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Fabiola de Bélgica: sonreía en público… pero vivía una tragedia

Era el mismo impulso que la había llevado a ella a estudiar enfermería, a trabajar con los enfermos, a no conformarse con la vida cómoda que su apellido le garantizaba. Se vieron varias veces más durante ese verano y el otoño siguiente. Cada encuentro era más largo que el anterior. La correspondencia entre ellos comenzó a fluir con una frecuencia que no dejaba lugar a dudas.

Balduino escribía con una seriedad casi solemne, pero en sus cartas había algo que rara vez se permitía en público, una ternura auténtica, una vulnerabilidad que reservaba únicamente para ella. El 16 de septiembre de 1960, el palacio real de Bruselas emitió un comunicado breve y escueto. El rey valdu i primero de Bélgica anunciaba su compromiso con la señorita Fabiola de Mora y Aragón.

En España la noticia fue recibida con una mezcla de orgullo y asombro. Una española, una mujer de Madrid, iba a convertirse en reina de los belgas. Los periódicos dedicaron sus portadas a una fotografía de los dos. Él con su uniforme militar, ella con un vestido sencillo, los dos sonriendo con esa sonrisa de quien todavía no sabe del todo lo que le espera.

Bélgica, en cambio, reaccionó con más cautela. El país era y sigue siendo uno de los más complejos de Europa, dividido entre la comunidad flamenca y la balona, entre el norte y el sur, entre idiomas y culturas que conviven con una tensión de siglos. Una reina española era una incógnita. ¿Hablaría francés? ¿Hablaría neerlandés? ¿Entendería la delicada geometría política del país que iba a representar? Fabiola entendió el desafío desde el primer momento y lo que hizo a continuación diría mucho sobre el carácter que la acompañaría durante el

resto de su vida. se puso a estudiar neerlandés, francés con acento belda, historia de Bélgica, protocolos de la corte, tradiciones regionales. Trabajó en ello con la misma disciplina silenciosa con la que había estudiado enfermería, con la convicción de que el respeto no se reclama, se gana. La boda se celebró el 15 de diciembre de 1960 en la catedral de los Santos Miguel y Gúdula de Bruselas.

Las calles de la ciudad se llenaron de una multitud que quería ver a su nuevo rey y a la mujer que había elegido. Fabiola llegó vestida de blanco con un manto de 4 m de largo bordado en oro, una tiara de diamantes y esa expresión serena que ya se convertiría en su sello personal. la de alguien que está exactamente donde debe estar, aunque no sepa todavía cuánto le va a costar estarlo.

Esa noche, Bélgica tenía reina y la reina tenía todo por delante, o eso creía. Existe una forma de dolor que no tiene nombre en ningún idioma. No es el duelo por alguien que vivió y se fue. Es el duelo por alguien que nunca llegó a existir, por una vida que estuvo a punto de ser y se apagó antes de encenderse del todo.

Es un dolor invisible que no genera coronas de flores ni discursos fúnebres, pero que pesa igual o más que cualquier otro. Fabiola lo conoció muy pronto. El primer año de matrimonio transcurrió entre la adaptación a la vida palaciega, los viajes oficiales, los actos de estado y el aprendizaje constante de todo lo que implica representar a una nación.

Fabiola absorbía cada detalle con una capacidad de concentración que admiraba a quienes trabajaban con ella. Aprendía los nombres, recordaba los rostros, preguntaba por las familias de los funcionarios del palacio. No era protocolo, era ella. Y en medio de todo eso llegó la noticia que Balduino y ella habían esperado con una esperanza que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar en voz alta.

Fabiola estaba embarazada. El primer embarazo, el heredero que Bélgica necesitaba y que ellos en lo más privado de su vida deseaban con una intensidad que iba mucho más allá de las obligaciones dinásticas. Pero el embarazo se interrumpió sin aviso, sin explicación suficiente, con esa crueldad silenciosa que tiene la biología cuando decide que algo no puede continuar.

Fabiola perdió a ese hijo antes de que el mundo supiera siquiera que existía. Mientras Bélgica la veía sonreír en público, nadie sabía lo que estaba perdiendo en silencio. No hubo comunicado oficial, no hubo duelo público. En el protocolo real de aquella época, estas cosas se manejaban en silencio, con la discreción forzada que a veces se confunde con frialdad, pero que en realidad es simplemente la única armadura disponible.

La reina apareció en los actos oficiales con la misma compostura de siempre. Nadie que la viera desde afuera habría imaginado lo que llevaba por dentro. Pero volvieron a intentarlo como si la esperanza fuera más fuerte que el miedo. El segundo embarazo llegó con más precauciones, con más cuidado médico, con más esperanza contenida y también se perdió.

Otra vez en silencio, otra vez con esa sonrisa pública que ocultaba una grieta que iba haciéndose más profunda con cada pérdida. El tercero terminó igual y luego otro y otro más. sufrió varios embarazos perdidos, una experiencia que marcaría toda su vida, una y otra vez, ese dolor sin nombre que no tiene funeral ni epitafio. Los médicos de la época hacían lo que podían con los conocimientos que tenían, pero la medicina de los años 60 no ofrecía respuestas claras para las pérdidas gestacionales repetidas, palabras técnicas para explicar algo que

no tenía explicación suficiente. Según personas cercanas a la pareja, Balduino y Fabiola atravesaron cada una de esas pérdidas juntos con una solidaridad que reforzó entre ellos algo que ninguna ceremonia había podido garantizar. El dolor compartido tiene esa propiedad extraña, puede destruir o puede soldar.

En este caso, soldó. Con el paso de los años, Fabiola dejó entrever el dolor que había vivido. Dijo que cada pérdida era un hijo, que los había llorado a todos, que nunca dejó de pensar en ellos. Usó la palabra hijos sin titubear, en una época en que esa palabra, aplicada a embarazos no llevados a término era todavía un terreno cargado de silencios sociales y debates médicos.

Ella no debatía, simplemente nombraba lo que había perdido con la dignidad de quien sabe exactamente lo que tuvo, aunque solo lo tuvo por un tiempo muy breve. Y siguió, siguió reinando, siguió aprendiendo el neerlandés con una pronunciación que los flamencos agradecían aunque le encontraran el acento.

Siguió visitando hospitales, escuelas, comunidades marginadas. Siguió siendo la reina que saludaba a los barrenderos por su nombre y que se arrodillaba para hablar con los niños en silla de ruedas. El pueblo belga lo notaba y Alo en esa mujer te sonreía sin que nadie le pidiera una explicación por la sonrisa, comenzó a ganarse un lugar que ningún protocolo podía haber fabricado.

Hay reinas que gobiernan desde la distancia, que cumplen con el protocolo, aparecen en las fotografías oficiales, pronuncian los discursos que otros escriben para ellas y regresan al palacio sin haber tocado realmente nada ni a nadie. Y hay otras que gobiernan desde la cercanía, desde esa zona incómoda donde el poder se mezcla con la humanidad.

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