Era el mismo impulso que la había llevado a ella a estudiar enfermería, a trabajar con los enfermos, a no conformarse con la vida cómoda que su apellido le garantizaba. Se vieron varias veces más durante ese verano y el otoño siguiente. Cada encuentro era más largo que el anterior. La correspondencia entre ellos comenzó a fluir con una frecuencia que no dejaba lugar a dudas.
Balduino escribía con una seriedad casi solemne, pero en sus cartas había algo que rara vez se permitía en público, una ternura auténtica, una vulnerabilidad que reservaba únicamente para ella. El 16 de septiembre de 1960, el palacio real de Bruselas emitió un comunicado breve y escueto. El rey valdu i primero de Bélgica anunciaba su compromiso con la señorita Fabiola de Mora y Aragón.
En España la noticia fue recibida con una mezcla de orgullo y asombro. Una española, una mujer de Madrid, iba a convertirse en reina de los belgas. Los periódicos dedicaron sus portadas a una fotografía de los dos. Él con su uniforme militar, ella con un vestido sencillo, los dos sonriendo con esa sonrisa de quien todavía no sabe del todo lo que le espera.
Bélgica, en cambio, reaccionó con más cautela. El país era y sigue siendo uno de los más complejos de Europa, dividido entre la comunidad flamenca y la balona, entre el norte y el sur, entre idiomas y culturas que conviven con una tensión de siglos. Una reina española era una incógnita. ¿Hablaría francés? ¿Hablaría neerlandés? ¿Entendería la delicada geometría política del país que iba a representar? Fabiola entendió el desafío desde el primer momento y lo que hizo a continuación diría mucho sobre el carácter que la acompañaría durante el
resto de su vida. se puso a estudiar neerlandés, francés con acento belda, historia de Bélgica, protocolos de la corte, tradiciones regionales. Trabajó en ello con la misma disciplina silenciosa con la que había estudiado enfermería, con la convicción de que el respeto no se reclama, se gana. La boda se celebró el 15 de diciembre de 1960 en la catedral de los Santos Miguel y Gúdula de Bruselas.
Las calles de la ciudad se llenaron de una multitud que quería ver a su nuevo rey y a la mujer que había elegido. Fabiola llegó vestida de blanco con un manto de 4 m de largo bordado en oro, una tiara de diamantes y esa expresión serena que ya se convertiría en su sello personal. la de alguien que está exactamente donde debe estar, aunque no sepa todavía cuánto le va a costar estarlo.
Esa noche, Bélgica tenía reina y la reina tenía todo por delante, o eso creía. Existe una forma de dolor que no tiene nombre en ningún idioma. No es el duelo por alguien que vivió y se fue. Es el duelo por alguien que nunca llegó a existir, por una vida que estuvo a punto de ser y se apagó antes de encenderse del todo.
Es un dolor invisible que no genera coronas de flores ni discursos fúnebres, pero que pesa igual o más que cualquier otro. Fabiola lo conoció muy pronto. El primer año de matrimonio transcurrió entre la adaptación a la vida palaciega, los viajes oficiales, los actos de estado y el aprendizaje constante de todo lo que implica representar a una nación.
Fabiola absorbía cada detalle con una capacidad de concentración que admiraba a quienes trabajaban con ella. Aprendía los nombres, recordaba los rostros, preguntaba por las familias de los funcionarios del palacio. No era protocolo, era ella. Y en medio de todo eso llegó la noticia que Balduino y ella habían esperado con una esperanza que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar en voz alta.
Fabiola estaba embarazada. El primer embarazo, el heredero que Bélgica necesitaba y que ellos en lo más privado de su vida deseaban con una intensidad que iba mucho más allá de las obligaciones dinásticas. Pero el embarazo se interrumpió sin aviso, sin explicación suficiente, con esa crueldad silenciosa que tiene la biología cuando decide que algo no puede continuar.
Fabiola perdió a ese hijo antes de que el mundo supiera siquiera que existía. Mientras Bélgica la veía sonreír en público, nadie sabía lo que estaba perdiendo en silencio. No hubo comunicado oficial, no hubo duelo público. En el protocolo real de aquella época, estas cosas se manejaban en silencio, con la discreción forzada que a veces se confunde con frialdad, pero que en realidad es simplemente la única armadura disponible.
La reina apareció en los actos oficiales con la misma compostura de siempre. Nadie que la viera desde afuera habría imaginado lo que llevaba por dentro. Pero volvieron a intentarlo como si la esperanza fuera más fuerte que el miedo. El segundo embarazo llegó con más precauciones, con más cuidado médico, con más esperanza contenida y también se perdió.
Otra vez en silencio, otra vez con esa sonrisa pública que ocultaba una grieta que iba haciéndose más profunda con cada pérdida. El tercero terminó igual y luego otro y otro más. sufrió varios embarazos perdidos, una experiencia que marcaría toda su vida, una y otra vez, ese dolor sin nombre que no tiene funeral ni epitafio. Los médicos de la época hacían lo que podían con los conocimientos que tenían, pero la medicina de los años 60 no ofrecía respuestas claras para las pérdidas gestacionales repetidas, palabras técnicas para explicar algo que
no tenía explicación suficiente. Según personas cercanas a la pareja, Balduino y Fabiola atravesaron cada una de esas pérdidas juntos con una solidaridad que reforzó entre ellos algo que ninguna ceremonia había podido garantizar. El dolor compartido tiene esa propiedad extraña, puede destruir o puede soldar.
En este caso, soldó. Con el paso de los años, Fabiola dejó entrever el dolor que había vivido. Dijo que cada pérdida era un hijo, que los había llorado a todos, que nunca dejó de pensar en ellos. Usó la palabra hijos sin titubear, en una época en que esa palabra, aplicada a embarazos no llevados a término era todavía un terreno cargado de silencios sociales y debates médicos.
Ella no debatía, simplemente nombraba lo que había perdido con la dignidad de quien sabe exactamente lo que tuvo, aunque solo lo tuvo por un tiempo muy breve. Y siguió, siguió reinando, siguió aprendiendo el neerlandés con una pronunciación que los flamencos agradecían aunque le encontraran el acento.
Siguió visitando hospitales, escuelas, comunidades marginadas. Siguió siendo la reina que saludaba a los barrenderos por su nombre y que se arrodillaba para hablar con los niños en silla de ruedas. El pueblo belga lo notaba y Alo en esa mujer te sonreía sin que nadie le pidiera una explicación por la sonrisa, comenzó a ganarse un lugar que ningún protocolo podía haber fabricado.
Hay reinas que gobiernan desde la distancia, que cumplen con el protocolo, aparecen en las fotografías oficiales, pronuncian los discursos que otros escriben para ellas y regresan al palacio sin haber tocado realmente nada ni a nadie. Y hay otras que gobiernan desde la cercanía, desde esa zona incómoda donde el poder se mezcla con la humanidad.
Y ya no es tan fácil distinguir dónde termina la reina y dónde empieza la persona. Fabiola pertenecía al segundo tipo y eso en la Bélgica de los años 60 no era un detalle menor. El país que ella había adoptado como suyo vivía una transformación profunda. El imperio colonial belga se desmoronaba. El Congo, que durante décadas había sido explotado con una brutalidad que la historia tardó años en documentar completamente, proclamó su independencia en junio de 1960, apenas 6 meses antes de la boda real.
La sociedad belga procesaba ese cambio con una mezcla de alivio, culpa y desorientación que no encontraba fácil salida. Al mismo tiempo, la tensión entre flamencos y balones se agudizaba en debates lingüísticos y territoriales que amenazaban con fragmentar el país desde adentro. En ese contexto, la figura de la reina tenía un peso simbólico enorme y Fabiola lo entendió con una claridad que a veces superaba a la de los propios políticos.
Ella no podía resolver las disputas lingüísticas, no podía reescribir la historia colonial. Pero podía hacer algo que los políticos raramente logran hacer bien. Podía estar presente de una manera que no pareciera calculada. Visitaba los barrios obreros de Lieja y de Gante, con la misma naturalidad con que asistía a las galas en el palacio del Aken.
Se detenía, escuchaba, hacía preguntas que no estaban en ningún guion. Una anciana flamenca que la recibió en su casa durante una visita a una residencia de mayores en Amberes, contó años después que la reina se había sentado a su lado, le había tomado la mano y le había preguntado por sus hijos, por sus nietos, por cómo pasaba los inviernos, no por protocolo, porque quería saber.
Ese estilo dejaba huella y la prensa, que en los primeros años de su reinado la había observado con cierta reserva, comenzó a retratarla de otra manera. Las fotografías más recordadas de Fabiola de esa época no son las de los actos de estado, son las de ella, inclinada hacia un niño enfermo o riendo con un grupo de trabajadoras en una fábrica o caminando bajo la lluvia sin paraguas porque alguien le había contado algo importante y no quería interrumpir la conversación para buscar refugio.
Balduino, por su parte, era el contrapeso perfecto. Donde ella era cálida y cercana, él era reflexivo y solemne. Donde ella sonreía con facilidad, él pensaba antes de hablar. Pero en el fondo compartían la misma convicción que los hacía más parecidos de lo que parecía a simple vista. Ambos creían que la monarquía tenía sentido únicamente si servía a algo más grande que sí misma.
Esta convicción lo llevó a tomar decisiones que no siempre fueron populares en los círculos conservadores de la aristocracia europea. Fabiola apoyó públicamente programas de planificación familiar en países en desarrollo en una época en que eso era políticamente delicado para una reina católica. Balduino se negó a firmar una ley de aborto en 1990, lo que generó una crisis constitucional sin precedentes en Bélgica.

Fuera cual fuera la opinión de cada uno sobre esas decisiones, nadie podía decir que eran una pareja que actuaba por conveniencia. Y en todo ese tiempo la ausencia seguía ahí, silenciosa, constante, presente en cada acto oficial donde aparecían niños, en cada visita a una maternidad, en cada fotografía donde Fabiola sostenía en brazos a un bebé ajeno con una ternura que no necesitaba explicación.
No tuvieron hijos propios, nunca los tuvieron. Pero algo en la manera en que Fabiola miraba a los niños que se acercaban a ella durante las visitas reales hacía pensar que ese amor no había desaparecido. Simplemente había encontrado otros destinatarios, muchos, repartidos por todo el país que gobernaba con una dedicación que no disminuyó con los años, sino que extrañamente fue creciendo, como si cada pérdida, en lugar de vaciarla la hubiera hecho más capaz de dar.
El tiempo tiene una manera peculiar de revelar el carácter de las personas, no en los momentos de gloria que son fáciles de sostener cuando todo acompaña, sino en los momentos largos, grises, sin aplausos ni reconocimiento, cuando la única razón para seguir adelante es una convicción que nadie más puede ver ni tocar.
Fabiola llevaba más de una década siendo reina cuando Bélgica empezó a verla de una manera diferente. No fue un cambio repentino, fue una acumulación lenta de gestos, de presencias, de palabras dichas en el momento exacto. La reina, que había llegado de España como una desconocida, se había convertido en algo que los belgas raramente conceden con facilidad, un símbolo en el que tanto flamencos como balones podían verse reflejados sin sentir que traicionaban su propia identidad.
Eso era casi un milagro político en un país donde ponerse de acuerdo en cualquier cosa era una hazaña monumental, pero los años 60 daban paso a los 70 y con ellos llegaron nuevas turbulencias. Europa se transformaba a una velocidad que desorientaba a las instituciones más antiguas. Los movimientos estudiantiles, la revolución cultural, el cuestionamiento de todas las jerarquías establecidas, incluida la monarquía, sacudían los cimientos de lo que hasta entonces parecía inamovible.
En Bélgica, como en casi todos los países occidentales, una nueva generación miraba a sus reyes con ojos diferentes, más críticos, menos dispuestos a reverenciar por tradición lo que no lograban justificar por razón. Fabiola no se defendió, no dio discursos sobre la legitimidad de la corona, ni intentó seducir a los jóvenes con gestos calculados.
hizo lo que siempre había hecho, aparecer donde hacía falta, escuchar lo que nadie más quería escuchar, sostener lo que otros soltaban. Fue en esos años cuando su trabajo con organizaciones de ayuda a la infancia se intensificó de manera notable. Fabiola se involucró de forma directa con proyectos destinados a niños en situación de vulnerabilidad, tanto en Bélgica como en el extranjero.
Visitó campos de refugiados, recorrió hospitales pediátricos en países donde la mortalidad infantil seguía siendo una realidad cotidiana. Se reunió con madres que habían perdido hijos por enfermedades prevenibles, con una empatía que sus interlocutoras describían como algo que iba más allá de la compasión protocolar.
Quienes la acompañaban en esos viajes notaban algo que era difícil de describir, pero imposible de ignorar. Cuando Fabiola tomaba en brazos a un niño enfermo o cuando se sentaba junto a una madre que acababa de perder a un bebé, había en su mirada algo que no era solo bondad, era reconocimiento. Era la mirada de alguien que conoce ese dolor desde adentro, no desde los libros ni desde los informes médicos, sino desde el lugar más íntimo y más oscuro de la experiencia humana.
Nadie lo decía en voz alta, ella tampoco, pero estaba ahí. En los años 70, Fabiola publicó cuentos infantiles en francés. El libro era delicado, lleno de personajes que encontraban su lugar en el mundo a través de la bondad y la perseverancia, a través de la capacidad de ver lo extraordinario en lo ordinario.
La crítica literaria lo recibió con respeto, pero sin demasiado entusiasmo. El gran público, sin embargo, lo acogió con una calidez que sorprendió a los propios editores. Quizás porque en esas historias había algo que la gente reconocía como auténtico. No era la escritura de alguien que finge interesarse por la infancia.
Era la escritura de alguien para quien los niños representaban algo profundamente personal, una ventana hacia un mundo que ella misma había soñado habitar de otra manera y que había aprendido a amar desde la distancia que le había impuesto el destino. Los años pasaban. Balduino envejecía con esa dignidad severa que lo había caracterizado desde siempre.
Fabiola envejecía de otra manera. con más luz, con más arrugas alrededor de los ojos de tanto reír, con el pelo cada vez más blanco y la espalda cada vez más erguida, como si los años en lugar de doblarla la fueran afilando. Eran una pareja extraña para los estándares de la realeza europea. No tenían herederos directos, no protagonizaban escándalos, no generaban titulares fáciles, eran simplemente dos personas que se habían elegido y que cumplían con lo que habían prometido ante el país y ante ellos mismos, con una coherencia que en el mundo de los
palacios y las coronas era más rara de lo que debería. Y en esa coherencia tranquila, sin estridencias, Fabiola seguía construyendo algo que todavía no tenía nombre, pero que Bélgica ya sentía como suyo. Existen matrimonios que el tiempo desgasta y matrimonios que el tiempo afina.
Los primeros son más comunes, los segundos son los que la gente recuerda. El de Balduino y Fabiola pertenecía al segundo tipo y eso se hacía más evidente con cada año que pasaba. No era una relación construida sobre la pasión desbordante que alimenta las novelas, sino sobre algo más sólido y más difícil de sostener. La elección diaria de estar, de escuchar, de respetar lo que el otro lleva dentro, aunque no siempre sea cómodo ni sencillo.
Los años 80 llegaron con una Bélgica más compleja que nunca. Las tensiones lingüísticas se habían institucionalizado en reformas del Estado que dividían el país en comunidades y regiones con competencias propias. El debate sobre el futuro de la monarquía en ese contexto era constante. Tenía sentido un rey para un país que no lograba ponerse de acuerdo ni en el idioma de sus leyes.
¿Podía una institución tan antigua seguir siendo relevante en una sociedad que se fragmentaba a velocidad creciente? Balduino respondía a esas preguntas con actos, no con palabras. y Fabiola hacía lo mismo. Fue en esa década cuando la reina comenzó a involucrarse de manera más sistemática en causas relacionadas con la salud mental, un territorio que en aquella época seguía siendo profundamente estigmatizado.
Visitaba centros psiquiátricos en una época en que hacerlo era todavía considerado políticamente arriesgado para cualquier figura pública. se reunía con pacientes, con familias, con profesionales que trabajaban en condiciones difíciles y con recursos escasos. Prestaba su nombre y su presencia a campañas que pedían más inversión en salud mental en momentos en que esa petición sonaba casi radical.
Nadie le preguntó públicamente en aquel entonces si había una razón personal detrás de ese interés particular, pero quienes la conocían de cerca sabían que Fabiola entendía el peso invisible que carga quien sufre por dentro sin que el sufrimiento sea visible desde afuera. Lo entendía porque lo había vivido, porque había aprendido a llevar un dolor profundo con una compostura que el mundo interpretaba como fortaleza, pero que ella sabía que era simplemente la única forma de seguir funcionando.
En 1983, durante una visita a un hospital de Bruselas, Fabiola se detuvo junto a la cama de una mujer joven que había perdido a su bebé pocos días antes. La conversación duró mucho más de lo que el protocolo permitía. Los asistentes esperaban en el pasillo, los fotógrafos habían sido retirados, los relojes avanzaban.
Cuando Fabiola salió de esa habitación, tenía los ojos húmedos. No lo ocultó. siguió el recorrido con la misma presencia de siempre, pero esos ojos húmedos fueron lo que aquella mujer joven recordó durante el resto de su vida. No las flores, no el protocolo, los ojos de una reina que sabía exactamente lo que ella estaba sintiendo. Ese mismo año, un periodista belga publicó un perfil extenso de Fabiola en una revista de gran circulación.
El artículo intentaba descifrar lo que llamaba el misterio de la reina, esa capacidad suya de estar presente de una manera que parecía trascender el papel institucional. Después de semanas de investigación y de entrevistas con personas cercanas a la familia real, el periodista llegó a una conclusión que expresó con una sencillez que quizás no había planeado.
escribió que Fabiola era una mujer que había convertido sus pérdidas en combustible, que todo lo que la vida no le había dado lo había transformado en una capacidad de dar que pocas personas en cualquier posición social lograban sostener durante tanto tiempo. La reina nunca comentó públicamente ese artículo, pero se supo que lo guardó.
Mientras tanto, Balduino cumplía 30 años de reinado con un país que lo respetaba profundamente, aunque no siempre lo comprendiera. Era un rey difícil de conocer, hermético en lo personal, riguroso en lo institucional, pero había algo en la manera en que miraba a Fabiola en los actos públicos, una fracción de segundo de ternura antes de recuperar la compostura oficial, que decía más sobre él que cualquier discurso de estado.
Eran dos personas que se habían elegido en un mundo donde los matrimonios reales ramente eran elecciones genuinas. Y esa elección renovada en silencio cada día durante décadas era quizás el acto más revolucionario que ninguno de los dos había cometido jamás. Hay fechas que se graban en la memoria de un país como cicatrices, no por lo que celebran, sino por lo que arrebatan.
Para Bélgica el 31 de julio de 1993 fue una de esas fechas. Balduino y Fabiola habían viajado a Motril, en la costa sur de España, para descansar unos días en la villa que la familia de ella tenía allí. Era un retiro habitual, uno de los pocos espacios donde el rey podía bajar la guardia completamente, donde el protocolo cedía el paso a la vida simple, a los paseos por la orilla del mar, a las conversaciones largas, sin agenda ni testigos.
Fabiola lo describió años después como el lugar donde Balduino era más él mismo. La mañana del 31 de julio, Balduino amaneció con dolor en el pecho. Los médicos que lo atendieron de inmediato reconocieron la gravedad de la situación, pero no hubo tiempo suficiente. El corazón del rey de los belgas se detuvo a los 62 años en una villa española con su mujer a su lado.
Fabiola tenía 64 años, llevaba 33 casada con él. La noticia llegó a Bélgica con la velocidad brutal que tienen las noticias que nadie espera. El país entró en un duelo que sorprendió incluso a quienes habían observado con escepticismo en la monarquía. Durante años, las calles de Brusela se llenaron de flores, las televisiones interrumpieron su programación.
Los políticos, que llevaban décadas debatiendo el futuro de la institución real guardaron silencio por una vez. Balduino había sido muchas cosas para muchas personas, pero en ese momento todos coincidían en que había sido algo genuino. Fabiola regresó a Bélgica acompañando el féretro de su marido con una dignidad que el país entero observó en silencio.
No se derrumbó en público, no era su estilo y nunca lo había sido. Pero quienes estuvieron cerca de ella en esas horas, describieron a una mujer que cargaba un peso diferente a todos los anteriores. Las pérdidas de antes habían sido silenciosas, privadas, procesadas en la intimidad del palacio. Esta era distinta.
Esta tenía nombre y apellido. Tenía 33 años de historia compartida. Tenía una silla vacía en cada habitación. El funeral de estado se celebró el 4 de agosto de 1993 en la catedral de los santos Miguel y gúdula de Bruselas, la misma donde 33 años antes había entrado del brazo de Balduino vestida de blanco. Fabiola entró esta vez vestida de negro, con la misma expresión serena de siempre, con los ojos fijos al frente, con esa manera suya de estar presente que hacía imposible mirar hacia otro lado. La corona pasó al sobrino de
Balduino, Alberto II, hijo del rey Leopoldo I. Fabiola dejó de ser reina reinante para convertirse en reina viuda. Una categoría que en el lenguaje de los protocolos reales suena a reducción, pero que en su caso no lo fue en absoluto. Conservó su título, conservó sus compromisos institucionales, conservó su presencia en la vida pública belga con una naturalidad que desconcertó a quienes esperaban que se retirara a un segundo plano. No se retiró.
No era su manera. En los meses siguientes al fallecimiento de Balduino, Fabiola continuó apareciendo en actos públicos, en visitas a organizaciones benéficas, en ceremonias conmemorativas. respondía a las preguntas de los periodistas con la concisión de quien ha aprendido que las palabras precisas pesan más que las palabras abundantes.
Cuando alguien le preguntó cómo estaba sobrellevando la pérdida, respondió con una frase que circuló ampliamente en la prensa belga y española de la época. dijo que Balduino no se había ido, que seguía presente en cada decisión que ella tomaba, en cada momento en que elegía servir en lugar de rendirse. Era una respuesta que podía sonar a fórmula hecha, pero viniendo de ella, de esa mujer que llevaba décadas demostrando con hechos lo que decía con palabras, no sonaba a nada fabricado, sonaba simplemente a verdad.
Bélgica la observaba con una mezzla de admiración y de algo parecido al asombro. Esa mujer española, que había llegado 33 años antes como una desconocida, había enterrado a su marido. Había sobrevivido a cinco pérdidas que nadie le había pedido que revelara. Había aprendido dos idiomas, había recorrido el país en todas sus direcciones y seguía ahí de pie, con la espalda recta y los ojos abiertos, sin explicaciones, sin quejas audibles, sin pedir nada a cambio de todo lo que había dado.
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La viudez tiene una geografía propia. Hay habitaciones que se vuelven insoportables, objetos que de pronto pesan demasiado, silencios que antes eran cómodos y ahora tienen una textura diferente, más densa, más difícil de atravesar. Fabiola conoció esa geografía con la misma honestidad con que había conocido todas las anteriores, sin atajos, sin anestesia, pero también con algo que la había acompañado desde siempre y que ninguna pérdida había logrado extinguir.
una fe que no era decorativa ni heredada por inercia, sino trabajada, cuestionada, sostenida a través de décadas de pruebas que habrían bastado para convencer a cualquiera de que el universo era indiferente al sufrimiento humano. Fabiola no llegó a esa conclusión, o si la rozó en algún momento oscuro, no se quedó en ella.
Su fe católica era el eje alrededor del cual organizaba todo lo demás. No de una manera rígida ni exhibicionista, sino de la manera en que las convicciones profundas funcionan cuando son genuinas, como un suelo firme bajo los pies que permite caminar sin miedo a hundirse, aunque el terreno alrededor sea inestable. Esa fe la había sostenido durante los cinco embarazos perdidos.
la había sostenido durante las décadas de vida pública bajo escrutinio constante y la sostuvo ahora en el silencio enorme que dejó Balduino al marcharse. Los años 90 fueron años de reconstrucción interior que nadie vio desde afuera porque Fabiola no puso carteles. Siguió cumpliendo con sus compromisos, siguió apareciendo.
Pero quienes la conocían bien notaban que algo había cambiado, no en el sentido de que hubiera disminuido, sino en el de que se había concentrado, como si la pérdida del rey hubiera destilado en ella algo esencial que antes estaba mezclado con otras cosas. comenzó a hablar con más frecuencia y más directamente sobre el duelo, sobre la pérdida, sobre lo que significa perder a alguien y seguir siendo uno mismo al otro lado de esa experiencia.
Lo hacía en contextos concretos, en visitas a hospicios, en encuentros con familias que habían perdido hijos, en conversaciones con personas mayores que vivían la soledad de la viudez sin los recursos que ella tenía. y lo hacía con una autoridad que no venía de ningún título, sino de algo mucho más difícil de obtener, la autoridad de quien habla desde la experiencia propia.
En 1998, 5 años después de la muerte de Balduino, Fabiola concedió una entrevista extensa a un periodista belga que se convertiría en uno de los documentos más citados sobre su figura. En ella habló por primera vez con ese nivel de detalle sobre los embarazos perdidos. Describió cada uno como una presencia, no como una ausencia.
dijo que pensaba en esos hijos que no habían llegado a nacer con una regularidad que no la entristecía, sino que la acompañaba, que los consideraba parte de su historia con la misma naturalidad con que consideraba parte de ella los años junto a Balduino, los viajes, los actos de estado, las conversaciones con la gente en las calles de Bruselas o de Gante o de Lieja.
La entrevista generó reacciones muy diversas. Algunos la encontraron conmovedora, otros la consideraron políticamente delicada, dado que en aquella época el debate sobre el estatuto legal del feto no nacido era especialmente sensible en Bélgica y en Europa en general. Fabiola no respondió a las interpretaciones políticas.
No era eso lo que había querido decir y probablemente lo sabía. Había hablado desde un lugar personal, desde la intimidad de una experiencia que nadie más podía juzgar desde afuera. Y eso era todo. Lo que la entrevista dejó en el imaginario colectivo belga fue algo diferente a cualquier debate político. dejó la imagen de una mujer que a los 70 años, con todo lo que había vivido y todo lo que había perdido, seguía siendo capaz de hablar de sus heridas sin victimismo y sin artificios, que nombraba el dolor con precisión y luego
seguía hablando de otras cosas, de sus proyectos, de los jóvenes con quienes trabajaba, de los cambios que veía en la sociedad belga y que le parecían esperanzadores. Era esa combinación la que resultaba difícil de categorizar y que hacía que la gente siguiera mirándola con una atención que no era solo la que se presta a la realeza, era la atención que se presta a alguien que ha descubierto algo sobre la vida que la mayoría todavía no sabe y que lo comparte no con palabras grandiosas, sino simplemente siendo lo que es.
Bélgica tenía nueva reina reinante, Paola, esposa de Alberto Segundo. La familia real crecía con nuevas generaciones, con nuevas bodas y nuevos bebés que llenaban las portadas de las revistas. Fabiola observaba todo eso desde un lugar diferente, con la serenidad de quien ya no necesita estar en el centro para sentir que pertenece.
pertenecía profundamente, irrevocablemente a ese país que no era el suyo de nacimiento y que, sin embargo, llevaba dentro como si lo fuera desde siempre. Envejecer en público tiene sus propias reglas. Las arrugas se vuelven noticia. Los pasos más lentos generan titulares. Cada aparición es analizada en busca de señales de declive, como si el tiempo que pasa sobre una figura pública fuera un espectáculo que la sociedad tiene derecho a comentar.
Fabiola envejeció en público durante décadas y lo hizo con una indiferencia hacia ese escrutinio que era en sí misma una forma de elegancia. Entró en el nuevo siglo con 72 años. y una agenda que habría agotado a personas 20 años más jóvenes. Seguía viajando, seguía apareciendo en actos vinculados a la infancia, a la salud mental, a la cooperación internacional.
Seguía siendo la primera en llegar y la última en marcharse en los eventos donde su presencia era requerida. seguía recordando nombres, haciendo preguntas, escuchando con esa atención completa que era su forma más constante de generosidad. Los primeros años del siglo XXI trajeron consigo una Bélgica que seguía debatiendo su propia identidad con la energía inagotable que los belgas dedican a ese ejercicio.
Las crisis de gobierno se sucedían con una regularidad que habría resultado cómica. si no fuera porque tenía consecuencias reales sobre la vida de las personas. En ese contexto de fragmentación permanente, la figura de Fabiola adquirió una dimensión nueva. Ya no era la reina reinante ni la viuda reciente.
Era algo diferente y quizás más valioso para ese momento histórico concreto. Era una constante. En un país donde casi todo cambiaba y casi nada se resolvía. Ella seguía siendo la misma, la misma presencia. el mismo estilo, la misma capacidad de aparecer en un hospital de provincias o en una escuela de un barrio difícil con la misma naturalidad con que había aparecido en los salones de los palacios europeos durante décadas.
Esa continuidad tenía un efecto tranquilizador que trascendía la política y los debates constitucionales. Era un recordatorio de que había cosas que permanecían, aunque todo alrededor se moviera. Sin embargo, los años comenzaron a cobrar su precio de maneras que no podían ocultarse del todo. Las apariciones públicas se espaciaron, las visitas se acortaron.
Los médicos, que desde siempre habían acompañado los viajes de la familia real, estaban ahora más presentes y más visibles. Fabiola había tenido problemas de salud que se mencionaban en la prensa con la discreción habitual, pero que eran reales. Fracturas, problemas cardíacos, el desgaste acumulado de una vida vivida con una intensidad que el cuerpo eventualmente presenta en factura.
Pero incluso en esos momentos de fragilidad física había algo en ella que se resistía a reducirse. En 2012, cuando tenía 84 años, tomó una decisión que generó polémica en el país y que reveló hasta qué punto seguía siendo una mujer con criterio propio y voluntad de usarlo. El gobierno belga, en el marco de medidas de austeridad, propuso reducir la dotación económica destinada a los miembros de la familia real, que no ejercían funciones oficiales.
La medida afectaba directamente a Fabiola, cuya asignación anual era considerable. La reina viuda respondió con un movimiento que nadie había anticipado. Anunció su intención de crear una fundación privada a la que transferiría parte de su patrimonio para protegerlo de futuras reducciones presupuestarias. La reacción fue inmediata y encendida.
Los partidos de izquierda denunciaron la maniobra como un intento de eludir el control democrático sobre los fondos públicos. Los medios la cubrieron durante semanas con una intensidad que Fabiola no había generado desde la muerte de Balduino. Por primera vez en décadas, su imagen pública recibió críticas directas y sostenidas.
Lo que ocurrió a continuación fue revelador. Fabiola, después de escuchar las críticas y consultar con sus asesores, dio marcha atrás. anunció que renunciaba al plan de la fundación y que aceptaría las condiciones que el gobierno estableciera. No hubo declaraciones defensivas ni explicaciones elaboradas.
simplemente reconoció que la decisión había generado una percepción que no reflejaba sus intenciones y que prefería la transparencia al privilegio. Para algunos eso fue insuficiente, para otros fue exactamente lo que debía hacerse. Pero lo que nadie pudo negar fue que esa capacidad de reconsiderar, de corregir sin dramatismo, de anteponer la relación con el país a la comodidad personal era coherente con todo lo que Fabiola había demostrado durante más de 50 años de vida pública.
No era una reina de adorno, nunca lo había sido. Y ni siquiera a los 84 años, con el cuerpo cansado y la vida entera ya vivida, había dejado de ser una mujer que tomaba decisiones y asumía sus consecuencias. Bélgica la regañó y ella escuchó y eso curiosamente la hizo más grande. Hay vidas que terminan y hay vidas que se depositan.
Las primeras simplemente se apagan. Las segundas dejan algo en el suelo de la historia, algo que otros pisan sin saberlo, pero que sostiene cada paso que dan. La vida de Fabiola de Bélgica fue del segundo tipo. Los últimos años los pasó en el castillo de Stuberg, la misma residencia privada donde había conocido a Balduino más de medio siglo antes.
Una simetría que la vida raramente ofrece con tanta precisión. El castillo estaba rodeado de jardines que ella había cuidado durante décadas con una atención que sus colaboradores describían como meditativa, tais religiosa. Caminaba por esos jardines cuando el cuerpo se lo permitía, despacio con esa presencia total en el momento que había sido siempre su manera de habitar el mundo.
Las visitas se redujeron, el círculo se cerró, pero dentro de ese círculo reducido, Fabiola seguía siendo la misma persona que había sido siempre. Hacía preguntas, escuchaba, se interesaba por los hijos y los nietos del personal, que la atendía con una fidelidad que en algunos casos se extendía por generaciones.
Había familias enteras que habían servido en Stüenberg durante décadas. y que consideraban a la reina viuda algo que iba más allá de una empleadora, una presencia que organizaba el tiempo en un antes y un después. El 5 de diciembre de 2014, Fabiola de Mora y Aragón, reina viuda de los belgas, murió en Stoemberberg a los 86 años.
Murió en el mismo lugar donde había empezado a conocer al hombre con quien compartiría su vida. rodeada de silencio y de jardines, con la misma discreción que había caracterizado cada uno de los momentos más importantes de su existencia. Bélgica se detuvo, no con la conmoción aguda del día en que murió Balduino, que había sido una sorpresa brutal e inesperada, esta vez con algo diferente, más tranquilo y más profundo.
La serenidad de quien despide a alguien que ha vivido plenamente y que se va en el momento adecuado, habiendo dicho todo lo que tenía que decir con los hechos, porque las palabras nunca fueron su idioma preferido. Los homenajes llegaron de todas partes. Del rey Felipe y la reina Matilde, que la habían conocido desde la infancia, de Alberto Segundo y Paola, que habían compartido con ella décadas de vida institucional.
de líderes políticos de todas las tendencias, incluso de aquellos que años antes habían criticado la controversia de la fundación, de organizaciones benéficas en las que había trabajado durante décadas, de hospitales que llevaban su nombre, de escuelas en barrios humildes de Bruselas, Lieja y Gante, donde su visita seguía siendo un recuerdo vivo en la memoria de maestros que ya eran abuelos.
Pero los homenajes más reveladores no llegaron de los palacios ni de los parlamentos, llegaron de personas ordinarias que se acercaron a dejar flores frente al castillo de Stubenberg, sin que nadie les pidiera que lo hicieran. Llegaron de cartas manuscritas enviadas al palacio real por mujeres que habían perdido embarazos y que describían como las palabras de Fabiola, aquellas palabras dichas en una entrevista décadas atrás.
Les habían ayudado a sentirse menos solas en un dolor que el mundo raramente reconoce. Llegaron de enfermeras que recordaban haberla visto trabajar en hospitales antes de ser reina y que decían que siempre había sido la misma persona antes y después de la corona. Eso es lo que el tiempo reveló sobre Fabiola, que la corona no la había cambiado porque no había nada que cambiar en el sentido fundamental.
Había llegado a Bélgica siendo quien era, y se había marchado siendo quien era. Había perdido hijos que nunca llegaron a nacer. Había perdido al hombre con quien había elegido vivir. Había envejecido en público con una dignidad que no era pose, sino costumbre. Había cometido errores y los había corregido.
Había amado a un país que no era el suyo de nacimiento, con una lealtad que muchos nativos no logran sentir por el propio. Y había sonreído a lo largo de todo eso. había sonreído, no con la sonrisa vacía de quien finge que todo está bien, sino con la sonrisa de quien ha decidido que estar bien es una elección que se renueva cada día, independientemente de lo que la vida haya depositado la noche anterior.
Esta sonrisa fue su legado más duradero, más que los títulos, más que los actos de estado, más que los discursos y los protocolos y las fotografías oficiales. La sonrisa de una mujer que perdió más de lo que la mayoría de las personas pierde en una vida entera y que decidió cada vez que eso no sería la última palabra.
Fabiola de Bélgica no dejó herederos de sangre, pero dejó algo que no se hereda por sangre, sino por ejemplo, la demostración silenciosa y sostenida de que el dolor no tiene por qué definir a una persona, de que es posible cargar con lo que no se pudo evitar y seguir siendo generoso, seguir siendo curioso, seguir siendo capaz de mirar a los ojos a un desconocido y preguntarle ¿Cómo está de verdad? En los jardines de Stubenberg, donde caminó durante décadas y donde finalmente se detuvo, las estaciones siguen pasando con la misma
indiferencia hermosa con que siempre pasaron. La primavera llega, las flores abren. Y hay algo en ese ciclo que parece más elocuente que cualquier epitafio. Algunas vidas no terminan, simplemente cambian de forma. Yeah.