Las grabaciones empezaron en marzo de 2004. Erika tenía 40 años. Estaba en lo que para muchas actrices mexicanas de su generación era el último estertor del estrellato antes del salto al papel de mamá de la protagonista. Guarda esa fecha, marzo de 2004. Erika empezando a grabar corazones al límite e en el set de San Ángel con la presión de seguir vigente, con esa diferencia ya no tan sutil.
entre las protagonistas de 25 y las protagonistas de 40. Tres meses después, en mayo, Erika iba a recibir un golpe que no estaba en ningún libreto. Y mientras tanto, a unos kilómetros de ese set, en otro mundo, otra historia se estaba cocinando. El segundo mundo, el del privilegio Cedillo, tenía un protagonista de 28 años, Ernesto Cedillo Velasco, conocido en los círculos del poder simplemente como Junior.
era el primogénito de Ernesto Cedillo Ponce de León, 6 primer presidente de México, en el cargo entre el primero de diciembre de 1994 y el 30 de noviembre de 2000. Era el hijo mayor del matrimonio entre el presidente y Nilda Patricia Velasco. Tenía cuatro hermanos: Emiliano o ingeniero civil, Carlos, también arquitecto.
Rodrigo, que se autodefiniría años después como la oveja negra de la familia, dedicado al arte contemporáneo. Y Patricia, la única mujer, la que más bajo perfil mantuvo siempre. Junior se había graduado de arquitecto en la Universidad Anawak. Trabajaba en proyectos inmobiliarios de gran envergadura, la Torre Veracruz en Ciudad de México, un desarrollo turístico en Cozumel.
Su padre, ya retirado de la presidencia, daba clases en la Universidad de Jaale en New Haven, Connecticat, donde dirigía el Centro de Estudios sobre globalización. La familia se había repartido entre Jaale, Ciudad de México, y Los Cabos. Y Junior, a sus 28 años vivía la vida de un soltero de altísimo nivel, socio del restaurante Baoba, miembro del Baby O en Acapulco, en la lista de invitados de cada boda elegante del país.
Recuerda ese nombre del antro, Babio en Acapulco. Ahí empezó todo. Buenfil iba a Acapulco con frecuencia, como lo hacían entonces casi todas las figuras del medio. El Acapulco de finales de los 90 principios de los 2000 era todavía la capital nocturna del espectáculo mexicano. La costera Miguel Alemán brillaba con luces neón.
El Bó, propiedad de la familia Sánchez Navarro, era el antro más exclusivo del país. Sus paredes negras, sus mesas reservadas con meses de antelación, su lista de socios donde aparecían los apellidos del PRI, los productores de Televisa, los empresarios del norte. Si tu espectadora pasó por Acapulco alguna vez en aquellos años, recuerda perfectamente ese ambiente.
La mezcla del calor pegajoso con el aire acondicionado del antro, las cubetas de cerveza a corona, la música que mezclaba banda con electrónica, las parejas que entraban del brazo y salían cada una por su lado. Una noche de finales de 2003, Erika estaba ahí con un grupo de amigos. Junior se acercó, le habló.
Erika contó después en su entrevista con Jordi Rosado en 2021 lo que pasó. Le pareció demasiado joven. La diferencia de 12 años la incomodaba. estaba interesada en otra persona. Lo rechazó dos veces, tres veces, las que hicieron falta, hasta que una noche, ya cansada de la insistencia, le dio su número de teléfono y empezó lo que ella misma describió como una relación corta, muy corta, pero lo suficientemente larga para cambiarle la vida.
Aquí entra el tercer personaje en escena y es importante que retengas su nombre. Rebeca Sa Cárdenas, periodista de TV Azteca o nacida el 9 de mayo de 1972 en Culiacán, Sinaloa. Eresada de Ciencias de la Información y Comunicación en la Universidad de Monterrey. Cédula profesional 2, 371,745. Expedida por la Secretaría de Educación Pública en 1996.
Trabajaba en TV Azteca noreste en el área de ventas y después se mudó a Ciudad de México en el año 2000 para hacer la sección las 7 del 7. A inicios de 2004 era corresponsal de Azteca América en Estados Unidos, donde encabezaba el noticiero matutino junto a José Martín Sáo. Una periodista impecable, formal, con apellido del norte, con currículum sólido.
La novia presentable. Anota esa palabra. Presentable. Es una palabra que vas a necesitar más adelante. Rebeca Saent y Ernesto Cedillo Junior se conocieron en febrero de 2004 en Ciudad de México en la inauguración del restaurante Baoba del que él era socio. Las fuentes son consistentes en este punto. El flechazo fue inmediato.
Empezaron a salir a mediados de febrero. Mayo ya eran novios, pero un noviazgo discreto, un noviazgo de los que no salen en revista, un noviazgo entre el hijo del expresidente y una periodista de Azteca que cuidan su imagen porque ambos saben que cualquier salida pública es noticia. Esa relación en mayo de 2004 ya tenía 3 meses.
Ahí encaja el dato que todavía no sabes. Porque mientras Junior salía con Rebeca en Ciudad de México, en otra esquina del mismo país, seguía teniendo encuentros esporádicos con Erika Buenfield. Erika no sabía que Junior tenía una novia formal o la relación entre ellos había sido intermitente desde finales de 2003.
Se veían cada dos o tres semanas, a veces en Acapulco, a veces en Ciudad de México. La actriz pensaba que era un romance de ratos libres, sin compromiso, sin promesas, pero también sin secretos. Lo que no sabía era que el muchacho que la besaba en Acapulco le había pedido a otra mujer en Ciudad de México que se quedara a vivir en su departamento.
La mecánica del privilegio masculino mexicano funcionaba así y todavía funciona. Aquí es donde entra el primer personaje secundario que necesitas conocer y es alguien que tu espectadora seguramente recuerda. Jaime Camil, el hijo de Jaime Camil Garza, productor de cine, dueño del gran hotel de la Ciudad de México y de una de las fortunas más sólidas del país.
Jaime Camil, hijo, del actor que había debutado en la fea más bella y que se había vuelto galán de Televisa. un amigo cercano de Erika Wenfil, un amigo que tenía un yate en Acapulco y que un fin de semana de mediados de mayo de 2004 decidió organizar una fiesta privada a bordo. Guarda la fecha exacta. 15 de mayo de 2004.
Sábado. Es la fecha que la periodista Erika Roa, ex editora adjunta de la revista A quién, reveló años después en una conversación pública con el periodista Alberto Tavira. Es la fecha que cambió todo y es también la primera de las cuatro cosas que te prometí al principio de este vídeo.
Aquí viene lo primero que te prometí. Pero antes de contártelo, quiero que te pongas un momento en los zapatos de ella, porque quizá tú también has estado alguna vez en una relación que empezó divertida, sin presión, sin promesas y se convirtió de la noche a la mañana en el hecho que iba a definir el resto de tu vida.
Erika se metió a ese yate pensando que iba a ser una noche más. Salió del yate embarazada. No lo supo esa noche, lo supo tres semanas después. Aquella noche del 15 de mayo de 2004, en la bahía de Acapulco, Jaime Camil reunió a un grupo de amigos a bordo del yate familiar. La música, el alcohol, las luces reflejadas en el agua negra, el horizonte de hoteles que parpadeaban a lo lejos.
Erika Buenfil llegó con sus amigos. Junior llegó por separado. Se reencontraron a bordo. Nadie en la fiesta sabía que él tenía novia desde hacía tres meses en Ciudad de México. Erika tampoco lo sabía. Lo que pasó esa noche fue lo que pasa en miles de fiestas privadas de gente con dinero todos los fines de semana en este país.
Salieron a navegar. La fiesta se prolongó y en algún momento de esa madrugada, en uno de los camarotes inferiores, mientras el yate se mecía con la marejada, fue concebido el niño que iba a llamarse Nicolás de Jesús Buenfil López. La frase exacta que la periodista Erica Roa pronunció al narrar este episodio fue: “Ahí concibieron a Nicolás en el yate al baibén de las olas.
Suena casi averso. Lo que vino después no. Tres semanas más tarde, ya de regreso en el set de corazones al límite en San Ángel, Erika empezó a sentirse mal por las mañanas. Una fatiga distinta, un mareo seco al despertar. Se cuidaba con anticonceptivos. Llevaba años con un tratamiento médico controlado que su ginecóloga le había prescrito, pero unas semanas antes había hecho un ajuste de dosis y ese ajuste mínimo fue suficiente para que el método fallara.
A una persona del equipo de vestuario, fue la primera en notarlo. Erika no podía abrocharse el pantalón de la escena del lunes. La señora del vestuario, una mujer mayor que había trabajado en Televisa toda su vida, le sugirió en voz baja que se hiciera una prueba. Erika se la hizo en su casa y cuando vio las dos rayas, lloró.
lloró de miedo, de terror, de preguntarse cómo iba a contárselo a un hombre 12 años menor que ella, que apenas conocía, con quien había tenido tres o cuatro encuentros sin compromiso. Se lo contó primero a su madre, María Marta. Y María Marta, aquella regiomontana firme, le dijo lo que solo una madre dice cuando una hija de 41 años le dice que está embarazada.
que adelante, que ese niño iba a llegar bendecido, que ella iba a estar al lado siempre. Anota ese nombre también. María Marta López es la madre de Erika. Es la única persona que la sostuvo durante los 9 meses siguientes. Y es además la mujer que va a aparecer otra vez al final de esta historia, dos años después.
en el momento más doloroso de la vida de Erika. Pero no me adelanto. Pasaron unas semanas más antes de que Erika reuniera el valor para decírselo a Junior. Él la llamó un sábado para invitarla a una fiesta en Valle de Bravo. Le mencionó casi de pasada que después se iba unos días a Estados Unidos. Erika sintió que ese era el momento.
Le dijo por teléfono primero que necesitaban hablar. Junior accedió. se vieron al día siguiente. Erika le dijo con la frase más sencilla que se puede pronunciar en una circunstancia así: “Estoy esperando un hijo tuyo.” La reacción de Junior, según ella misma narró después, fue extraña. No la negó dudó de la paternidad, pero tampoco la abrazó.
Pero tampoco prometió nada. Lo que dijo según las palabras textuales que Erika repitió ante Jordi Rosado en el 2021 fue, “Él no reacciona, padre, se asusta un poco. Sí me cree, pero no pensaba casarse. Nunca dudó. Yo decido tenerlo y él se aleja. Esa frase yo decido tenerlo y él se aleja. Grabatela es la frase que va a recorrer toda esta historia.
Es lo que hizo y lo hizo de la forma más cobarde posible. Junior se despidió de Erikaa prometiéndole que iban a hablar al regreso de su viaje a Estados Unidos, que él iba a estar al pendiente, que iba a apoyarla. Le dio un beso en la frente. Erika salió de aquella reunión con la sensación de que por lo menos aquel hombre no la iba a dejar sola.
Tú y yo sabemos lo que pasó después, aunque todavía no te lo haya contado. Y Junior viajó a Estados Unidos y al regreso hizo lo que hizo. Cambió el número de teléfono, cambió el celular completo, se cambió de SIM. Cuando Erikaa lo intentó llamar para preguntarle cómo seguía todo, el teléfono dio un mensaje de número no disponible.
Probó otra vez. Otra vez la voz mecánica repetía la misma frase. Erika se quedó con el celular en la mano en su departamento, embarazada de cinco semanas, sintiendo como el suelo se desfondaba. He ahí el hombre que le había hecho una promesa hacía apenas unos días, que le había dicho que iba a estar al pendiente, el mismo hombre que a la semana había cambiado el teléfono para que ella no pudiera localizarlo.
Eso es lo que hizo. No había una razón médica, no había una emergencia familiar, simplemente no quería recibir las llamadas de la mujer que llevaba a su hijo adentro. Durante los siguientes meses, Erika hizo lo que cualquier mujer haría. Lo buscó a través de amigos comunes, a través de gente del medio, a través de cualquier hilo que pudiera tirar.
Las primeras semanas pensó que era un error técnico, un cambio de operador, un viaje más largo de lo previsto. Después entendió, porque entendemos rápido cuando lo que nos están haciendo es esto. Hubo silencio, hubo desesperación, hubo noches de no dormir, hubo un set de telenovela donde tenía que llorar frente a las cámaras lágrimas falsas, mientras por dentro lloraba lágrimas verdaderas que nadie podía ver.
Erika siguió grabando Corazones al límite hasta el final del año. La producción se enteró. La productora Mapá Tele de Zatarain, según testimonios de ese momento, fue una de las pocas personas dentro de Televisa que cubrió a Erika, le permitió ajustar los horarios, le permitió disimular el embarazo lo más posible. La actriz protagonista de una telenovela juvenil no podía aparecer con la barriga creciendo, así que las escenas se reorganizaron.
Erika decidió que en cuanto terminara la grabación regresaría a Monterrey, a la casa de su madre, a esperar al niño en su tierra. Y eso fue exactamente lo que hizo. Pero antes de irse a Monterrey, hubo un episodio más. Un episodio que la periodista Erika Roa describió a Alberto Tavira con detalle.
Erika consiguió a través de una amistad en común el nuevo número de teléfono de Junior. Lo llamó. Él contestó. Acordaron verse. Erika ya tenía 5 meses de embarazo. Guarda ese detalle. 5 meses. Un niño con manos, con pies, con corazón funcionando, latiendo dentro del cuerpo de la actriz. A Junior se reunió con Erika en un sitio discreto de Ciudad de México y aquella tarde le dijo algo que ella no esperaba.
Le dijo, “Tengo novia.” le dijo el nombre Rebeca Saent, la periodista de Azteca América, una mujer guapa, de buena familia, de Culiacán, profesional, con quien él llevaba ya casi un año. Erika lo escuchó sin moverse y entonces le hizo la pregunta más obvia. Y la respuesta de Junior, según Roa, fue una respuesta que no esperaba.
Él pensaba, según le confesó después a un amigo cercano, que Erika ya no estaba embarazada, que en algún momento, durante esos meses de silencio, la actriz se había hecho cargo de otra manera, que el problema en su cabeza ya estaba resuelto. “¿Tú entiendes lo que te estoy diciendo?” Ese hombre, que había cambiado el teléfono precisamente para no enterarse asumió durante 5 meses que Erika se había hecho cargo sin preguntar, sin verificar, sin una llamada, el equivalente emocional de taparse los ojos y fingir que el problema no existe.
Cuando vio la barriga de Erika, sin embargo, cuando entendió que el niño venía en camino, Junior cambió de tono. Le dijo a Erika que no se preocupara, que él iba a estar al pendiente, que iba a haber comunicación periódica. Erika lo miró y por segunda vez le creyó. Salió de aquella tarde sintiéndose un poco más tranquila.
Por lo menos el padre del niño, ahora que sabía que el embarazo era real, iba a involucrarse. Por lo menos iba a haber una llamada de vez en cuando, por lo menos iba a haber alguien. Y por segunda vez, en menos de 6 meses, Junior volvió a desaparecer. Aquella fue la segunda vez que rompió su promesa. Pero lo que Erika no sabía, lo que no podía saber era que mientras le decía en esa reunión que iba a estar al pendiente en otra parte del país al mismo tiempo, estaba ocurriendo algo que le iba a doler mucho más que el abandono, algo
que iba a llegar a oídos de Erika. Un año después, como un golpe en la nuca, a través de una reportera de la revista ¿Quién? Pero eso todavía no te lo puedo contar, porque antes tienes que entender cómo funcionaba en el México de 2004 el sistema de protección que blindaba a los hijos del presidente. Para entender lo que vino después, hay que entender una cosa que tu espectadora intuye, pero que pocas veces alguien pone en palabras claras.
En México, durante el sexenio Cedillo y los años inmediatamente posteriores, los hijos del presidente vivían en una burbuja de protección triple. Primera capa, la protección institucional e estado mayor presidencial, escoltas, chóeres, agendas paralelas que jamás aparecían en ningún reporte oficial. Segunda capa, la protección económica.
Negocios discretos en el sector inmobiliario, sociedades en restaurantes y desarrollos turísticos, contratos que iban llegando porque el apellido era el apellido. Junior tenía participación en el restaurante Baoba en la Torre Veracruz, en proyectos en Cozumel. La tercera capa, la más invisible y la más eficaz, era la protección mediática.
La prensa rosa mexicana desde los 90 tenía un acuerdo no escrito con el círculo presidencial. Los hijos del presidente no eran tema. Sus parejas, sus matrimonios, sus separaciones, sus escándalos, nada de eso se cubría. Tabiola, quien caras vanidades, todas las grandes revistas operaban con una lista invisible de nombres prohibidos.
Los apellidos de los Cedillo aparecían en eventos sociales, en bodas, en bautizos, pero jamás en una nota de espectáculo de las que sí se publicaban a montones sobre los demás. Era una norma de cortesía que se mantuvo en gran parte, incluso después del año 2000, cuando Cedillo Padre dejó la presidencia. Esa tercera capa fue la que decidió el destino de Erika Wenfil durante los siguientes 3 años.
Cuando ella regresó a Monterrey en diciembre de 2004, ya con 6 meses y medio de embarazo, lo hizo con una certeza dolorosa. Nadie iba a publicar el nombre del padre de su hijo. La prensa rosa iba a especular, iba a poner iniciales, iba a decir, “El padre del niño es un empresario regiomontano.” Iba a soltar pistas, pero el nombre no.
El nombre estaba protegido y eso le iba a tocar a Erika durante años a ser la única persona que cargaba la verdad mientras todo el país especulaba. Mientras tanto, en Ciudad de México, otra historia avanzaba a toda velocidad, la historia de Junior y Rebeca Sacience. Después de unos meses de noviazgo en los que Rebeca probablemente no tenía la menor idea de lo que pasaba con Erika, las cosas se aceleraron.
El 22 de octubre de 2004, exactamente 5 meses después de la noche del yate, Junior le pidió matrimonio a Rebeca. La pareja anunció a la familia Cedillo que iban a casarse. Rebeca, según se confirmó después, ya estaba embarazada. La fecha de boda se eligió rápido. Se eligió Los Cabos, Baja California Sur.
Se eligió el hotel Sheraton Grand, Los Cabos Hacienda del Mar. Se eligió la fecha del 8 de enero de 2005, una fecha extraña en plena temporada baja, con poca gente alrededor o con una boda íntima de pocos invitados. La razón de esa fecha tan precisa la entiendes en cuanto te detienes a pensarla. Erikafil estaba a punto de dar a luz.
Si la boda se hubiera un mes, el nacimiento de Nicolás habría salido en los periódicos al mismo tiempo que la boda. Casarse antes era, además de un compromiso emocional, un movimiento estratégico. Cuando Nicolás naciera, ya iba a ver una esposa oficial y una familia legítima del lado del padre. Y la prensa, que ya se movía con las reglas del silencio, iba a tener menos elementos para escribir.
¿Te das cuenta de lo que estoy diciendo? Mientras Erika Buenfil lloraba sola en Monterrey, en la casa de su madre, viendo cómo crecía la barriga, Junior y Rebeca cerraban en los cabos los detalles de una boda en hotel cinco estrellas. A mientras Erika compraba ropita de bebé en un centro comercial regiomontano, en Ciudad de México se imprimían las invitaciones de boda.
Mientras Erikaa escogía sola el nombre del niño, mientras se decidía por Nicolás de Jesús, en Los Cabos los meseros del Sheraton ya tenían una lista de pasabocas que iban a servir al juez del registro civil. La asimetría es brutal, pero es real. Y ocurrió el 8 de enero de 2005, sábado, en un kiosco con vista al Mar de Cortés, Ernesto Cedillo Junior y Rebeca Saz se casaron por lo civil delante de un juez y de sus respectivas familias.
Rebeca, por entonces de 32 años, lucía vestido blanco, embarazada de 3 meses, de la que iba a ser su primera hija, Isabela. La fotografía oficial muestra a una pareja sonriente, abrazada con el océano de fondo. Guarda también esa imagen mental. A porque 37 días después de esa foto, a casi 100 km de distancia en un hospital de Monterrey, iba a nacer otro hijo del hombre que en esa foto sonríe.
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Erika Buenfield siguió grabando hasta el último momento que pudo. Después se fue a Monterrey y se instaló en la casa familiar. Su madre, María Marta, le preparó la habitación que había sido su recámara de niña. La actriz famosa, la mujer que durante 20 años había sido protagonista de telenovelas en horario estelar, regresó a la habitación de su infancia como si volviera al útero.
Allí pasó las últimas semanas sin novios, sin cámaras, sin makeup, caminando por el patio, recibiendo visitas de su hermana Marta de algunas amigas íntimas, esperando el 2 de febrero de 2005 en el Hospital San José Tec de Monterrey o Nicolás de Jesús, Buenfil. López nació de cesárea. Pesó 3,2. Tenía los ojos como su madre y la frente, según dijeron las enfermeras, como su padre.
Lo cargó primero la abuela, luego Erika. Aquella habitación de hospital en pleno invierno regio montano, con el aire pesado del clima del norte, con esa luz blanca de las clínicas privadas mexicanas que parece de quirófano incluso en las habitaciones de recuperación. Fue el escenario de los primeros cinco días de vida de Nicolás.
Ningún flash de prensa entró, ningún reportero rondó por el pasillo. La actriz famosa, la mujer cuya cara aparecía en cada portada durante años, había logrado parir en silencio. Esa fue probablemente la última cosa que el destino le concedió en aquel momento de su vida, parir sin ojos encima. La actriz estuvo 5co días en el hospital a con un postoperatorio difícil en una habitación con flores que le mandaron sus colegas de Televisa, pero también con un silencio enorme.
Ningún comunicado oficial, ningún padre que firmara papeles. En el acta de nacimiento, en el espacio reservado para el nombre del Padre, fue dejado un guion. Un guion. Los dos apellidos del niño quedaron repetidos. Buen Phil López, como si fuera hijo de una mujer sola, que en cierta manera y para todo efecto legal de aquel mes lo era.
Ahí tienes lo primero que te prometí. Esa es la historia de la noche del yate y de lo que pasó después. Ahora te pido que guardes un momento lo que sientes, porque lo que viene en el siguiente bloque te va a doler más, no por lo que pasó, por la forma en que el propio sistema del espectáculo y del poder político mexicano lo hicieron posible.
Lo que pasó en los meses inmediatamente posteriores al nacimiento de Nicolás es la historia de un silencio coordinado. La prensa de espectáculos publicó la noticia del nacimiento, pero el nombre del padre no. Tvinovelas lo describió como un empresario del norte, quién habló de un personaje del medio empresarial. Vanidades mencionó a un caballero del que la actriz prefirió no hablar.
Todas las revistas, todas sabían. Algunas lo sabían desde el principio, pero ninguna lo publicó. La razón estaba clara para cualquiera del medio. El respeto que las revistas mantenían al apellido del padre pesaba muchísimo más que cualquier consideración hacia la actriz que había quedado embarazada. La protección mediática del círculo Cedillo, esa tercera capa de la que te hablé antes, funcionó a la perfección.
Y mientras eso ocurría, en Los Cabos, Aunior y Rebeca celebraban su luna de miel. En septiembre de 2005, 8 meses después de la boda, nació Isabela. Esa así salió en revista. Esa sí tuvo cobertura, fotos del bautizo, una entrevista de Rebeca Enola. La hija oficial, la hija con apellido completo, la hija que iba a crecer en Polanco, en una familia de fotos perfectas, mientras el otro hijo crecía en Monterrey, anónimo mientras su madre lo paseaba en Carriola por el parque, pretendiendo que era una mujer cualquiera.
Erika regresó a Televisa unos meses después. Le ofrecieron una participación en Duelo de Pasiones en 2006 junto a Ludbica Paleta. Ella aceptó. Se mudó por temporadas a Ciudad de México con Nicolás bebé. Cargaba al niño al set. Lo dejaba con una nana mientras grababa. Regresaba en cuanto cortaban. Los compañeros de trabajo lo recuerdan.
Era un bebé tranquilo, de ojos enormes, que crecía rodeado de actrices y maquillistas y técnicos de iluminación que se turnaban para sostenerlo. Era el bebé de la actriz. La rutina diaria era casi militar. Alarma a las 5 de la mañana, biberón, tina, ropa para el set, viaje en coche con el niño dormido en el asiento del bebé, llegada al foro de San Ángel a las 6:30.
Dejar al niño con la nana en el camerino, maquillaje y peinado. Mientras Nicolás tomaba la mañanita, grabar, comer, regresar al camerino, amamantar si era posible, regresar a grabar, terminar el día a las 9 o 10 de la noche, regresar al departamento, baño del niño, cuento, dormir y al día siguiente lo mismo.
Solo de madrugada, en los breves momentos antes de quedarse dormida, Erika se permitía pensar en lo que había pasado. Y el padre durante todo ese tiempo acero, ni una llamada, ni un mensaje, ni una flor, ni un peso de manutención. Erika nunca quiso pelear judicialmente. Ella misma lo explicaría años después con esa generosidad que siempre la caracterizó.
con esas palabras que dijo en una entrevista posterior, que jamás le exigió nada, que no quiso ensuciarle la vida a Junior ni a la nueva familia que él estaba construyendo, que prefería criar al niño sola con sus propios recursos. Una decisión que muchas mujeres de su generación entenderán perfectamente. Una decisión generosa, sí, pero también mirándola desde ahora.
una decisión que ningún hombre debería haber recibido sin avergonzarse, porque ella no tenía por qué hacerlo. Ella tenía todo el derecho de exigir pensión alimenticia, reconocimiento legal, apellido para el niño. Ella tenía el derecho legal y el derecho moral. O pero no lo hizo porque en el México en el que ella creció, en el México de tu generación, una mujer que exigía recibía una sola etiqueta en el medio, problemática.
Y con esa etiqueta las puertas de producción se le cerraban una por una. Aquí entra el mecanismo del que ya te hablé. La industria del espectáculo mexicana de los 2005 al 2008 era un mundo donde las actrices que demandaban a hombres poderosos perdían trabajo, donde las que callaban seguían trabajando. Erika lo sabía.
Tenía 42 años, un hijo recién nacido, un departamento que pagar en Ciudad de México, una madre mayor que dependía de ella en Monterrey. No podía permitirse pelear. Eligió, como tantas mujeres de su generación, criar sola, pero también eligió guardar el nombre del Padre como un secreto, no porque le debiera nada a Junior, o sino porque sabía que decirlo abiertamente era abrir una guerra que ella no iba a ganar, una guerra contra el apellido Cedillo, contra la prensa rosa, contra Televisa misma, donde algunos productores tenían
amistad. con el círculo presidencial y le hubieran cortado contratos. Tú y yo entendemos el tipo de decisión que eso es. Porque si tú tienes 65 años, tú eres de una generación que tuvo que tragarse cosas parecidas, no idénticas, pero parecidas. Una amiga tuya que tuvo un hijo y el padre nunca apareció. Una hermana tuya que se quedó embarazada y el hombre se borró.
una vecina tuya que levantó a sus niños sola y nunca jamás recibió un peso de pensión. Erika hizo lo que tantas hicieron. Ese es un dolor que tú reconoces inmediatamente porque está en la historia de tu familia, de tu calle, de tu generación entera. Mientras tanto, Junior seguía construyendo su vida con Rebeca. En septiembre de 2005 nació Isabela.
Un par de años después, en 2007, llegó Victoria. La familia Cedillo Junior se instaló en una casa en Lomas de Chapultepec. Rebeca dejó la televisión por 11 años para criar a las niñas. Junior siguió con sus proyectos arquitectónicos. La Torre Veracruz, los desarrollos en Cozumel, una mansión en Miami valuada después en 100 millones de pesos.
una propiedad en Rio Hudson, Nueva York, valuada en 61 millones de pesos, ambas vendidas en 2017 según reportes de Univisión y Proceso. La fortuna familiar, los apellidos, los círculos cerrados, las vacaciones en Europa, las niñas en colegios bilingües, la novia presentable cumpliendo el rol de esposa, el otro hijo lejos, en otra ciudad o con otro apellido, sin existir oficialmente en ninguna foto familiar de los Cedillo.
Y aquí es donde llegamos a la segunda promesa que te hice. Aquí viene lo segundo que te prometí. Y antes de contártelo, piénsalo un momento. Quizá tú también alguna vez descubriste que el hombre en el que confiabas le decía exactamente las mismas palabras a otra mujer. Quizá no. Quizá eso le pasó a una amiga tuya, pero tú sabes lo que se siente.
Ese tipo de traición que no se ve a simple vista, que no te da moratones, que te deja con un hueco en el estómago, que tarda años en cerrarse. Eso es lo que le pasó a Erika, pero multiplicado por 10. Lo que Erika no sabía aquella tarde de octubre de 2004, cuando Junior la miró a los ojos en aquel encuentro en Ciudad de México y le prometió que iba a estar al pendiente.
Era esto. En ese mismo mes, exactamente unos días antes o después de aquella reunión, Junior le había pedido matrimonio a Rebeca Saent el 22 de octubre de 2004. Mientras a Erika le prometía estar pendiente del embarazo, a Rebeca le entregaba un anillo de compromiso. Las dos mujeres estaban embarazadas del mismo hombre al mismo tiempo.
Erika con 5 meses. Rebeca en ese momento recién embarazada con la prueba positiva apenas hecha. Junior conocía las dos noticias y eligió. eligió a una, la que tenía apellido, la que era periodista de Azteca América, la que iba a aportar bien el rol social, la que la familia Cedillo iba a aceptar con menos murmuraciones y a la otra, a Erika, le mintió.
Le dijo lo que necesitaba decirle para que se quedara tranquila aquella tarde y se fue a cerrar la fiesta de compromiso con la otra. Pero hay un detalle más, un detalle que la periodista Erika Roa también reveló en aquella conversación con Alberto Tavira y que es el que explica por qué este episodio cruza la frontera de una traición sentimental cualquiera y aterriza de lleno en el terreno de una decisión calculada.
Cuando Junior y Rebeca anunciaron la fecha de la boda, eligieron el 8 de enero de 2005. Fíjate bien en la fecha. Erika iba a dar a luz a principios de febrero. Eso quería decir que la boda en Los Cabos iba a ocurrir exactamente 4ro semanas y media antes del nacimiento de Nicolás. Casarse antes del parto en términos prácticos era construir la versión oficial primero.
Cuando Nicolás naciera, la prensa ya iba a tener la imagen de la esposa legítima instalada en la cabeza. Cualquier intento de Erika por reclamar algo iba a chocar con esa imagen. Cualquier nota que se publicara sobre el niño iba a verse opacada por las fotos del matrimonio en Los Cabos. La logística, según todas las personas que estuvieron cerca de aquel proceso, llevaba dedo en el plano.
Alguien del círculo Cedillo había hecho los cálculos. Y aquí va un dato que me parece especialmente brutal, casi intolerable. Junior, según fuentes cercanas a aquel momento, le hizo el mismo regalo material a Rebeca y a Erika durante el embarazo. Una camioneta del mismo modelo, del mismo color, del mismo año.
La revista ¿Quién? Según contó después la propia Erika Roa, llegó a fotografiar las dos camionetas en eventos distintos. Cuando los reporteros las cotejaron, descubrieron que eran el mismo vehículo, mismo modelo, mismo color, mismo año, una para la novia oficial, una para la madre del hijo no reconocido, como si el hombre que las había embarazado a las dos hubiera resuelto el dilema con un cheque idéntico para cada una, como si la presencia simbólica de un padre se pudiera a comprar con un mismo regalo replicado.
Si tú llegas hasta este punto del video, si todavía estás aquí escuchándome, quiero que te tomes un segundo y que entiendas lo que estas historias representan. Tú escuchaste una historia sobre famosos y por debajo te llegó algo más grande, la historia de todas las mujeres que en este país han sido borradas por el apellido de alguien.
Es la historia de tu tía, de tu madre, de tu vecina, de ti misma si alguna vez fuiste la otra sin saberlo. Estas historias no pueden olvidarse, por eso este canal existe. Si te importa que las mujeres que pagaron el precio del silencio tengan por fin una voz, suscríbete a este canal.
O lo hago porque cada suscripción es una voz más que dice que no vamos a dejar que estas historias se entierren otra vez. Vuelvo a la historia. Erika no supo lo de la camioneta hasta mucho después. No supo del compromiso de octubre hasta principios de 2005 cuando ya había nacido Nicolás. lo supo, según narró años después en entrevistas por terceras personas y lo supo de una forma que no le gustó a nadie, porque la prensa rosa, que durante años había callado el nombre del padre, sí publicó las fotos de la boda en Los Cabos.
Sí publicó las fotos del nacimiento de Isabela, sí publicó las fotos de Rebeca con su nueva familia. Y Erika tenía que abrir la revista en el kiosco mientras esperaba en una clínica con su bebé en brazos para una vacuna y ver al padre del niño que tenía en el regazo asonriendo en una playa de Los Cabos con otra mujer y otra hija.
Eso es lo que las palabras humillación pública significan en un caso real. Eso es lo que pasa cuando el silencio mediático se aplica selectivamente. Callan al borrarte, pero amplifican al borrar el otro lado, donde está la familia presentable. La muerte de María Marta López en 2007 marcó un antes y un después.
Erika perdió a su madre cuando Nicolás tenía 2 años. Era la mujer que la había sostenido desde el momento en que descubrió el embarazo, la que le había dicho, “Tenlo, mi hija, tenlo.” La que había llamado a sus amigas para hacer corro alrededor de Erika en aquellos primeros meses en Monterrey. Ahora Erika quedó sola con un niño pequeño con su carrera tambaleante por las pausas que había hecho con la casa de Monterrey vacía con su hermana Marta y su hermano Raúl la acompañaron como pudieron, pero la columna principal se
había caído. Y fue precisamente en ese momento de fragilidad cuando le llegó el siguiente golpe, el que le rompió el corazón. el que tuvo que tragarse frente a un micrófono en un pasillo de foro. El que todavía hoy cuando ella habla de aquello se le quiebra la voz. Era el 2008. Tres años habían pasado desde el nacimiento de Nicolás.
La actriz seguía guardando el nombre del padre, no porque le debiera lealtad a Junior, sino porque había llegado a un acuerdo tácito con el medio. Ella no decía, ellos no especulaban, pero hubo una persona que decidió romper ese acuerdo y esa persona en ese momento era una de las conductoras más vistas de la televisión mexicana, Inés Gómez Mont.
Repítelo conmigo. Inés Gómez Mont, una mujer alta, rubia, pan de origen guanajuatense, que había llegado a la conducción de espectáculos a través de TV Azteca y que en aquellos años copresentaba Ventaneando, el programa de Patti Chapoy, en el que tu espectadora veía religiosamente a las 5 de la tarde.
Ventaneando era el programa de chismes más visto de Latinoamérica. Sus revelaciones sacudían carreras enteras y lo que pasó esa tarde en Ventaneando, según las propias declaraciones públicas que se hicieron después, fue algo inesperado. Inés Gómez Montó tener permiso. Eso es importante. Aseguró que la propia Erika le había dado luz verde para revelar el nombre del padre.
La versión que ha circulado durante años, repetida por varias fuentes, es que existía un pacto de silencio entre las dos amigas y que Inés decidió en aquella transmisión específica romper ese pacto en cadena nacional. Y la frase exacta que pronunció en vivo, según los archivos del propio programa que se pueden consultar todavía, fue contundente.
Inés dijo en sustancia que el padre del hijo de Erika Buenfil era Ernesto Cedillo Junior, hijo del expresidente de México. Lo dijo así, sin atenuante, frente a las cámaras, frente a Patti Chapoy, frente a millones de espectadores que esa tarde en sus salas soltaron la cuchara de la sopa. Imagínate la escena.
Las 5:30 de la tarde, hora de México, la cabecera musical de Ventaneando, el set rojo y blanco, Pati Chapoy en el centro, esa mujer pequeña con el cabello pelirrojo que durante más de tres décadas había manejado el chisme nacional con una precisión casi quirúrgica. A su lado, Inés Gómez Mont, alta, rubia, joven, con ese estilo más glamoroso que el de la jefa.
Mónica Castañeda, Pedro Sola, u Daniel Bisoño, el equipo entero. Y de pronto, en el bloque del programa donde se estaban tratando los chismes del momento, Inés introduce el tema de Erika Buenfiil y empieza a hablar. Paty la mira, la deja avanzar. Inés suelta el nombre, el padre del niño, la identidad, el apellido.
Paty abre los ojos. Pedro sola se lleva la mano al pecho. Daniel Bisoño hace un gesto de se armó. Las cámaras del estudio captan la escena en tiempo real. Los teléfonos de las redacciones de los demás programas de espectáculos del país empiezan a sonar al instante y en miles de salas mexicanas las espectadoras se levantan del sillón a llamar a sus comadres.
Oíste lo que dijeron de Erika Buenfil, el hijo de Cedillo. Tú te acuerdas de ese momento si veías Ventaneando. Tú te acuerdas del escándalo que se armó. Las redes sociales no existían como hoy, pero los teléfonos sonaron. Las amigas se llamaron unas a otras. La pregunta que durante 3 años había circulado entre cuchicheos de revista por fin tenía respuesta pública.
El padre del niño de Erika Buenfield era el hijo del expresidente Cedillo. La actriz favorita de las telenovelas tenía un hijo con un primogénito presidencial y todo el mundo había estado callando durante 3 años enteros. Una verdad que ahora una conductora en Ventaneando acababa de pronunciar en vivo.
Erika, según contó después, no estaba viendo el programa esa tarde. Le llamaron por teléfono. Una amiga le dijo, “Prende la tele, prende la tele.” Pero Erika no quiso prender la tele. Sabía exactamente lo que había pasado. Y lo único que pudo hacer fue encerrarse en su recámara. y llorar, llorar de rabia, de impotencia, de saber que tres años de silencio cuidadoso a de protección de Nicolás, de evitar que el niño tuviera que crecer con flashes y micrófonos persiguiéndolo, se habían roto en una transmisión de 5 minutos.
Se sintió traicionada por una amiga. Se sintió expuesta. Se sintió durante semanas incapaz de salir a la calle. Aquí hay que hacer una pausa porque necesitas saber quién era Inés Gómez Mont en ese momento y quién es Inés Gómez Mont hoy. Ella era en 2008 la reina intocable de los espectáculos de TV Azteca.
Pero hoy en 2026 Inés Gómez Mont está prófuga de la justicia mexicana junto con su marido, Víctor Álvarez Puga. Pesa sobre ellos una investigación por lavado de dinero por más de 3000 millones de pesos. Se encuentran, según las últimas informaciones, fuera del país. No han pisado México en años. El destino tiene cosas como estas.
La mujer que rompió el silencio de otra mujer vive hoy escondida, ocultando su propio nombre en algún lugar del mundo. Pero volvamos a 2008. Después de aquella revelación en Ventaneando, los medios se lanzaron sobre Erik. Ahora había nombre, había apellido, había foto, había genealogía. La conversación cambió de golpe. Ya no se hablaba del padre misterioso, sino de un cedillo.
La prensa rosa, que durante 3 años había guardado el secreto por respeto al apellido Cedillo, descubrió de repente que la Veda se había levantado y empezó a publicar reportajes, entrevistas, especulaciones. La pregunta que durante años había sido tabú, ¿quién es el padre? se convirtió en la pregunta cotidiana en cada alfombra roja, en cada estreno, en cada premiación.
Erika tenía que sonreír mientras le ponían el micrófono o tenía que esquivar mientras los reporteros le preguntaban si Junior se había hecho cargo. Tenía que, sobre todo, proteger a Nicolás de aquella súbita exposición. El niño tenía 3 años. No entendía por qué de pronto las personas en la calle se quedaban viéndolo.
No entendía por qué su mamá ya no podía caminar tranquila por un centro comercial. Ese es el precio que pagaron. No solo ella, el niño también. El niño que no tenía padre y que ahora tampoco tenía anonimato. El niño que a los 3 años ya era material de portada. Eso es parte de la historia también y es parte de lo que Erika nunca jamás le perdonó del todo a Inés Gómez Mont.
La familia Cedillo nunca, en ningún momento, hizo una declaración pública sobre el tema. Ni el expresidente, ni Junior, ni Rebeca Saz, ni los hermanos. Hubo un silencio absoluto, un silencio que decía mucho. Cuando los reporteros conseguían acercarse a Junior en eventos donde aparecía, él esquivaba. Cuando intentaban preguntarle a Cedillo Padre en alguna conferencia académica en Jail, los asesores los apartaban.
Cuando alguna revista intentaba conseguir una declaración del círculo Cedillo, recibía la misma respuesta. No comments. Esa palabra en inglés repetida desde Jail por un equipo de prensa profesional durante años. No comments, el borrado total. Como si el niño no existiera, como si la madre del niño tampoco.
Erika siguió trabajando. Hizo tormenta en el paraíso en 2008. Mañana es para siempre en 2009. Mar de amor en 2009. Triunfo del amor en 2010 junto a su gran amiga Victoria Rufo. Amores verdaderos entre 2012 y 2013 a con Eduardo Yáñez y Elear Gómez. Ese papel, el de Victoria Balbanera de Briz, fue uno de los más importantes de su carrera. Ganó premios TV y novelas.
Erika se reinventó. Aceptó que ya no iba a ser la protagonista de 29 años y empezó a aceptar papeles de mujer madura, de mamá, de villana sofisticada. Y siguió criando a Nicolás sola, sin pensión, sin apellido paterno, sin un solo regalo del lado Cedillo en cumpleaños o en Navidades. Nicolás creció sabiendo que su papá era alguien, pero no entendiendo bien quién.
Erika se lo contando despacio, conforme el niño podía digerirlo. Cuando Nicolás tenía siete u 8 años, ya sabía que su padre era arquitecto. Cuando tenía 10, ya sabía el nombre. Cuando tenía 12, ya sabía que su abuelo había sido presidente de México. Y aquí entra la tercera promesa. Aquí viene lo tercero que te prometí.
Es la noche exacta en que Inés Gómez Mont rompió el pacto. Es la frase que pronunció en cadena nacional. Pero hay un detalle que casi nadie cuenta y es lo siguiente. La revelación de Inés no destapó el silencio del lado Cedillo. Ese silencio se mantuvo. Lo que destapó fue algo más sutil.
cambió la posición de Erika dentro del medio. La actriz pasó de ser la mujer del secreto a ser la madre soltera de un hijo no reconocido. Esa transición, que parece sutil, es enorme. Le quitó el último resto de glamur misterioso y la convirtió en una figura de empatía masiva. Cada mujer mexicana que había vivido una historia parecida, ya fuera en su propia carne o en la de una hermana, una madre, una vecina, se convirtió desde aquel día en la legión silenciosa que protegía a Erika Buenfield y las cartas que recibía, los abrazos en la calle, las
fans que se acercaban a contarle que ellas también habían criado solas. Erika desde aquel día dejó de ser una actriz famosa y se convirtió en algo más. se convirtió en una mujer que le pertenecía a su gente, en una representante de todas las mujeres silenciadas por el sistema del apellido. Eso es lo que Inés Gómez Monto prever, que al destaparla le entregó al país una figura nueva, una figura más fuerte que la actriz que había sido, una figura que su gente iba a defender hasta hoy.
Mientras Erika se reinventaba como actriz y como madre en el otro lado del país, en otra órbita, Junior y Rebeca seguían su vida. Las hijas crecían. Isabella iba al colegio. Victoria, dos años menor también. Las niñas no tenían noticia de su medio hermano Nicolás. La familia Cedillo no hablaba del tema. Cuando alguien lo sacaba en una conversación, en una cena, Junior cambiaba de tema.
Cuando alguien le preguntaba a Rebeca por el otro hijo de su marido, ella sonreía y pasaba de largo. Era, según testigos de aquel círculo, un tema vetado dentro de la propia casa, como si Nicolás fuera un fantasma que habitaba detrás de la puerta del comedor, que existía, pero del que no se hablaba. Junior tampoco le hablaba a su padre.
Cedillo padre en jail, completamente involucrado en su vida académica, no preguntaba. Si supo del nieto, fue porque alguien se lo dijo. Si lo supo y nunca preguntó fue por elección. La familia Cedillo, esa primera familia presidencial de la transición democrática mexicana, simplemente decidió que ese niño no formaba parte de su árbol genealógico.
Y aquí pasa algo que es importante que entiendas. Porque el dolor de tener un padre que no te llama, aunque sea un dolor enorme, tiene un peso distinto que el dolor de tener un abuelo que gobernó a tu país y que nunca, en ningún momento, mostró interés por conocerte. El padre ausente te duele como persona.
El abuelo que te borra te duele como historia. Porque tu apellido, tu linaje, tu lugar en el mundo está definido por ese abuelo que no te quiere en su foto familiar. Ese es el dolor que Nicolás Buenfield tuvo que cargar durante los años en que fue adolescente. Hubo un momento alrededor de 201627 en que Nicolás empezó a hacer preguntas más serias. Tenía 11, 12 años.
Erika lo notó. Estaba creciendo, estaba viendo como otros niños iban con sus papás a partidos de fútbol, cómo otros niños tenían abuelos que los recogían en la escuela y empezaba a sentir, como sienten todos los hijos no reconocidos, esa sensación específica de que falta una pieza. Le preguntó a Erika por primera vez de manera directa si su papá iba a aparecer alguna vez.
Erika le contestó con sinceridad, “Yo no sé, mi vida, eso depende de él.” Le preguntó si su abuelo, el expresidente, iba a querer conocerlo. Erika tuvo que tragar saliva. Le contestó, “No sé, hijo, no sé.” Era la respuesta más honesta que una madre puede darle a su hijo, aunque le doliera al pronunciarla. Erikaa no podía prometer nada.
Llevaba 12 años esperando una llamada que no llegaba, pero la llamada llegó, eventualmente llegó. Y aquí es donde tenemos que llegar a la última de las cuatro promesas. Aquí viene lo cuarto que te prometí. O esta es la parte que casi nadie ha contado de manera completa. Esta es la llamada del 13 de febrero de 2019 y el contexto que la rodea. Era miércoles.
Ese día de la semana es relevante porque a Erika Buenfil le gusta organizarse. Los miércoles a media tarde suele tener libre. Estaba en su casa con una amiga tomando un café. El teléfono sonó. Erika revisó la pantalla. Era un número que no tenía guardado, pero había una segunda razón por la que lo descolgó, porque aquellas semanas Nicolás estaba a punto de cumplir 14 años.
Su cumpleaños iba a ser el 2 de febrero de 2019 y aquel 13 de febrero faltaban 11 días para esa fecha. La actriz pensó que podía ser el colegio, una llamada relacionada con la fiesta, lo que fuera. Contestó y al otro lado de la línea, después de casi 14 años de silencio, escuchó la voz de Ernesto Cedillo Junior. La conversación, según narró ella misma después, en alguna entrevista privada, fue corta.
Junior le dijo que quería ver a Nicolás. que le había comprado un regalo de cumpleaños, que quería entregárselo en persona, que llevaba tiempo pensando en aquello. Erika se quedó muda durante unos segundos. La amiga que estaba con ella, que había escuchado el inicio, vio como a la actriz se le iba la sangre de la cara. Erika preguntó por qué ahora.

Junior respondió algo en sustancia parecido a esto, que había llegado el momento, que el niño ya estaba grande, que merecía conocer a su padre, que él también lo merecía. Erika, en ese momento hizo lo que las madres hacen cuando llevan 14 años protegiendo a un hijo. Dudó. le dijo que tenía que pensarlo, aunque se lo iba a consultar al niño, que si Nicolás aceptaba, ella no se iba a interponer.
Junior aceptó las condiciones, quedaron en hablar otra vez en los próximos días. Erika colgó el teléfono, la amiga la abrazó. Erika lloró. lloró de una mezcla rara de cosas, de alivio porque por fin alguien del lado paterno había dicho algo, de rabia porque era 14 años tarde. De miedo por cómo iba a reaccionar Nicolás, de agotamiento por todo lo que había aguantado durante esos 14 años.
Yo decido tenerlo y él se aleja. Esa frase que ella repetiría en público por primera vez dos años después en la entrevista con Jordi Rosado. Esa frase que encerraba todo lo que había vivido. En aquel momento de febrero de 2019 esa frase estaba más vigente que nunca, porque el hombre que se había alejado estaba ahora queriendo regresar y ella no sabía si dejarlo regresar era un acto de perdón. o de ingenuidad.
Erika habló con Nicolás esa misma noche. El niño ya casi no era un niño. Tenía esa cara seria de los chicos a punto de cumplir 14, esa mezcla rara de niño y adolescente. Erika le contó. Le dijo que su padre quería verlo, que había llamado, que tenía un regalo, que la decisión era suya. Nicolás se quedó pensando un buen rato y después dijo lo que muchos hijos no reconocidos dicen cuando finalmente el padre aparece.
Dijo que sí, que quería verlo, que llevaba demasiado tiempo preguntándose cómo era, que si no lo conocía ahora iba a guardarse esa duda toda la vida. Erika asintió, se mordió el labio, le dijo que iba a organizar el encuentro. El primer encuentro entre padre e hijo ocurrió pocos días después, todavía en febrero de 2019.
Fue un encuentro privado en un sitio neutral con Ericaa presente para asegurarse de que todo estuviera bien. Junior llevó el regalo. Era un reloj, un reloj caro, como no, de los que se compran con apellido y con cuenta corriente abultada. Pero Nicolás, según Erika contó después en una transmisión en vivo en sus redes, no le hizo demasiado caso al reloj.
Lo que le impactó fue otra cosa. Lo que le impactó fue el parecido físico con su padre, la frente, los ojos, la forma del mentón. Nicolás, en aquella reunión, según testigos cercanos, miró a Junior durante varios minutos sin hablar. estaba viendo por primera vez en su vida el origen biológico de la mitad de su rostro.
Un adolescente que durante 14 años había crecido viéndose al espejo y reconociendo solo a su madre, a la hora tenía enfrente al hombre del que había heredado la otra mitad. Esa impresión, según ha podido reconstruirse después, lo dejó callado durante los primeros minutos. Junior, por su parte, tampoco habló mucho.
Hubo un abrazo torpe, hubo un silencio incómodo, hubo intentos de empezar conversaciones que se cortaban a la mitad. La conversación se construyó en pequeños fragmentos. El colegio, los deportes, qué le gustaba escuchar al niño, qué arquitecturas le interesaban a él. Pero también hubo, según ambas partes confirmaron después, el inicio de algo.
La línea entre ellos, después de 14 años cortada, había vuelto a establecerse. Aquella tarde, según contó Erika, ella permaneció discreta en una mesa cercana, viendo como padre e hijo se conocían. Y cuando salieron del lugar, Nicolás le dijo en el coche a mientras volvían a casa, “Es raro, mamá, pero está bien.
” Esas palabras, esa sencillez de adolescente fueron las que la actriz se llevó esa noche al departamento. Pero faltaba una pieza, la pieza más alta de la familia. El abuelo Ernesto Cedillo Ponce de León, el 6 primer presidente de México. ¿Dónde estaba el exmandatario mientras todo esto ocurría? en New Haven, Connecticat, en su despacho de la Universidad de Jail, donde ocupaba una cátedra como profesor de economía y dirigía el Centro de Estudios sobre globalización desde 2002.
Vivía con Nilda Patricia Velasco, su esposa de toda la vida, en una casa cómoda de barrio universitario. daba conferencias por todo el mundo, escribía artículos para Project Syndicate, asesoraba a gobiernos sobre política económica, la vida pública del expresidente o en la segunda década de los 2000 era una vida de prestigio académico internacional, de reputación cuidada, de apariciones en foros como el de Davos.
Y en toda esa vida pública, durante 15 años jamás hubo una sola declaración sobre el tema de Nicolás Buenfield. Ni una, ni un comunicado, ni una respuesta a una pregunta de prensa. Cero. Si los reporteros mexicanos intentaban acercarse al tema en alguna gira por México del expresidente, la oficina de prensa de Jaale, profesional los ignoraba.
La consigna era simple, no hay declaración. Por eso lo que ocurrió después del primer encuentro entre padre e hijo es tan revelador. Después de aquel febrero de 2019, Nicolás fue creciendo en su relación con Junior. Hubo más encuentros, vacaciones compartidas, convivencias con las hermanas Isabela y Victoria. En mayo de 2024, tras una comida familiar en alguna playa mexicana, probablemente Xtapa o Cihuatanejo, Nicolás publicó por primera vez fotos abiertas con su padre y con su hermana Isabella en redes sociales.
La foto, captada en una carne asada, mostraba al joven mostrando algo en su teléfono a un junior sonriente. Lo que era impensable durante años, ahora ocurría. El hijo no reconocido, la familia legítima, todos en la misma mesa comiendo juntos. La fotografía recorrió México en cuestión de horas. La revista Hola la publicó. Infobae la analizó.
Las dos hermanas, Isabela y Victoria, comentaron la publicación con corazones. Erika desde sus redes escribió simplemente, “Mi hijo” con un corazón. Pero hay algo que ningún medio publicó en aquel momento y es lo siguiente. Cuando los reporteros, aprovechando aquella reaparición pública, intentaron contactar a Jale para conseguir una declaración del abuelo, el expresidente Cedillo, sobre el reencuentro de su nieto con su hijo, la respuesta de Jale fue la misma de siempre, sin declaración, sin comentarios. 14 años
después del nacimiento de Nicolás, el expresidente de México seguía sin pronunciarse, ni para reconocerlo, ni para negarlo, ni para felicitar a nadie. Silencio absoluto. Ese silencio que cabía en un comunicado de dos palabras y que no llegó. Hasta donde se ha podido documentar públicamente hasta la fecha, el expresidente Cedillo nunca ha conocido a su nieto Nicolás Buenfield.
Nunca lo ha invitado a ninguna reunión familiar en Jail o en México. Nunca lo ha incluido en una foto de Loscedillo. Nunca ha emitido ni una felicitación de cumpleaños pública. Esa información, o importante decirlo, es la información disponible públicamente. Es posible que haya habido un intercambio privado del que no tenemos noticia, pero hasta donde se sabe, hasta donde la prensa ha podido reportar con base en lo que padre e hijo han comentado en redes, hasta donde Erika misma ha confirmado en sus pocas declaraciones sobre el tema.
El abuelo presidencial nunca quiso conocer al nieto. Y eso, mi gente, es un hecho que a ti y a mí nos duele lo mismo que le duele a Nicolás. Porque todos nosotros en algún momento de la vida hemos sido los borrados de alguien y sabemos lo que se siente. ¿Qué quedó entonces de toda esta historia mirándola desde 2026? Quedan muchas cosas.
Quedó Nicolás, el niño que crecía en Monterrey y hoy tiene 21 años. Quedó famoso por mérito propio, sin necesidad del apellido Cedillo. Lo conocemos como Nico Wenfield. Es uno de los influencers mexicanos jóvenes más seguidos. Su mamá lo apoyó. Lo apoyó hasta el último día. Cuando empezó a hacer videos en TikTok, fue Erika a la que primero lo grabó.
Cuando empezó a ser invitado a programas, ella lo acompañó. En febrero de 2023, cuando Nicolás cumplió 18 años, Erika le organizó una fiesta en Ciudad de México con 230 invitados. Dato que generó críticas por la cantidad, pero que Erika defendió diciendo que era una tradición familiar invitar la misma cantidad de personas que años cumplidos.
Hoy Nicolás trabaja en Televisa. Ha sido criticado de Nepo Baby y su madre lo defiende públicamente cada vez que sale el tema, asegurando que va a apoyarlo en todo. La frase exacta que dijo Erika en respuesta a esas críticas o captada en uno de los micrófonos de la prensa fue: “Lo voy a apoyar.” Tres palabras.
Esas son las tres palabras que resumen 22 años de su vida. Quedaron también las tres hijas de Junior, Nicolás, Isabella y Victoria. Hoy se ven, conviven, comparten momentos. Lo que nunca pudo darse en la infancia se está armando en la juventud. Una familia en cierta manera reconstruida después. Quedó Rebeca Saentz, la novia oficial de aquel 2004.
la esposa de Junior durante casi 20 años, la madre de Isabela y Victoria. Su matrimonio con Junior, según pudo confirmarse en octubre de 2024, terminó. Rebeca apareció públicamente con una nueva pareja, el empresario Michel Curi, sobrino de Carlos Slimelu, en el Gran Premio de México de Fórmula 1. 20 años después de la boda en Los Cabos, con la pareja oficial también se separaba.
La vida tiene esas vueltas. La novia presentable, después de criar dos hijas también dijo basta. Y Junior hoy en 2026, según las últimas notas que han circulado en la prensa rosa, está divorciado y residiendo principalmente en Ciudad de México, dedicado a sus proyectos de arquitectura. Quedó Inés Gómez Mont, prófuga.
Quedó Jaime Camil, todavía actor. Quedó Pati Chapoy, todavía conduciendo, ventaneando. Después de tantos años quedaron las telenovelas de Erika en repeticiones, en reposiciones, en plataformas de streaming donde una mujer mexicana de tu edad puede esta misma noche prender una pantalla y volver a ver Amor en silencio en 1988.
reverlas y entender ahora lo que aquella muchacha de 25 años todavía no sabía que le iba a tocar vivir. Las lágrimas que en pantalla eran de actuación en la vida real iban a ser ríos y los hijos que en pantalla eran ficción en la vida real iban a ser uno solo, criado sola, sin apellido paterno, durante 14 años.
Quedó sobre todo Erika Buenfield, la actriz que nació un 23 de noviembre de 1963 en Monterrey y que hoy con 62 años cumplidos vive en Ciudad de México. Baila en TikTok donde tiene millones de seguidores. Conduce su canal de cocina sazonando con la buenfil. Hace participaciones especiales en telenovelas. Va a firmas de autógrafos.
Se toma fotos con señoras de tu edad que se le acercan emocionadas en plazas comerciales y aeropuertos. Erika es hoy una mujer plena, una mujer sin amargura, una mujer que tiene a su hijo cerca, que tiene su trabajo, que tiene su público o una mujer que decidió en aquel momento crítico de 2004 no dejar que la traición la convirtiera en un personaje resentido.
Y eso, mi gente, no es poca cosa. Vuelvo al principio. Vuelvo al hospital de Monterrey, a aquel 14 de febrero de 2005, a aquella habitación con las flores enviadas por colegas de Televisa y con un silencio enorme y con una mujer de 41 años cargando por primera vez al niño que iba a ser su única razón de existir durante muchos años.
Aquella mujer sola, sin marido, sin un padre que firmara papeles, sin un anuncio en revista de la familia legítima del lado paterno, hizo lo único que se podía hacer. Apretó al niño contra su pecho, sintió los latidos de él pegados a los de ella y eligió. Eligió no destruirse de rabia. Eligió no convertirse en víctima permanente.
Eligió no demandar o eligió cargar lo que le tocaba cargar. Lo dijo después con las palabras más exactas que existen para describir lo que pasó. Yo decido tenerlo y él se aleja. Esa es la sentencia. Esa es la frase que define los últimos 21 años de la vida de Erika Buenfield. y la escribió ella misma en un momento de absoluta claridad frente a Jordi Rosado. Una tarde cualquiera de 2021.
Tú que llegaste hasta aquí, tú que te quedaste conmigo durante toda esta historia, tú que probablemente conociste a Erika por Xu por amor en silencio, o por Marisol, o por triunfo del amor. Tú que la viste crecer en pantalla y que ahora supiste completa la historia de su parte oscura, quiero que te quedes con una idea final.
El poder político mexicano tiene muchas formas de borrar a una persona. Una de ellas, la más limpia, es el silencio. No hay gritos, no hay amenazas, no hay violencia explícita, simplemente nunca se habla de ti, nunca se te llama, nunca se te invita, nunca se te incluye en una foto. Ese silencio es el arma.
Y cuando ese silencio lo ejecuta una familia que tuvo la presidencia, el peso es insoportable. Erika Buenfiil lo soportó. Nicolás lo soportó. Cada una de tus amigas, que fue borrada por un hombre de buen apellido, lo soportó. Por eso estas historias, mi gente, no pueden olvidarse. Por eso hay que contarlas completas para que la próxima generación de mujeres que le vaya a pasar algo parecido tenga al menos la tranquilidad de saber que alguien en algún lado le va a prestar la voz.
a toda mi gente que está escuchando desde México, desde Estados Unidos, desde Colombia, desde Argentina, desde Chile, desde España, desde donde sea que estés esta noche con los audífonos puestos o con el celular sobre la mesa de la cocina. Gracias, gracias por llegar hasta aquí. Gracias por permitirme contar esta historia con la profundidad que merecía.
Quiero pedirte un favor antes de que termines de escuchar. En los comentarios cuéntame cuál fue la primera telenovela en la que viste a Erika Buenfield. ¿Recuerdas la canción de Xu? ¿Qué se sintió la tarde aquella en que Inés Gómez Mont rompió el silencio en Ventaneando? Quiero leer tus historias. Quiero que esto se convierta en una conversación porque ella merece después de tantos años de silencio, escuchar que sus espectadoras también la acompañaron.
Y antes de terminar, una última cosa. La próxima historia que vamos a contar es la historia de otra mujer del medio del espectáculo que también pagó un precio carísimo por amar a un hombre con apellido, una mujer cuyo nombre tú reconoces, una mujer que también lloró sola. Pero esa, mi gente, te la cuento la próxima semana. Hasta entonces, cuídate mucho.
Que esta historia no se quede en el aire, que se quede en el corazón. Yo decido tenerlo y él se aleja. Esa frase es de Erika Buenfil. Es también de alguna manera la frase de todas las mujeres que cargaron solas algo que dos personas habían empezado juntas. Y mientras tu espectadora estuvo aquí esta tarde escuchándome, Erika en algún departamento de Ciudad de México probablemente está grabando un video de cocina con su hijo Nicolás al lado, riéndose de algo que él dijo, sin rencor, sin amargura.
a simplemente viviendo la vida que decidió construirse cuando tenía 41 años y nadie le firmaba el acta de nacimiento de su hijo. Es la última imagen, la que cierra la historia y la que tú, mi gente, te tienes que llevar contigo esta noche. Ç.