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CRISTINA SARALEGUI: Sonreía en TV Mientras su Hijo Se Moría. Por ESTO Univisión la Botó Sin Piedad.

Cristina rompió tabús desde la página impresa antes de romperlos en la pantalla, pero la pantalla estaba esperando. Recuerda este nombre, Marcos Ávila. Vas a necesitarlo varias veces en esta historia. En 1982, Cristina, que ya estaba divorciada de su primer esposo, Tony Menéndez, y tenía una hija de 5 años llamada Cristina Amalia, a la que todos en casa le decían Titi, conoció a un músico cubano 11 años menor que ella.

Marcos Ávila era el bajista del legendario grupo Miami Sound Machine. Sí, ese mismo, el de Gloria y Emilio Stefan, el de Conga, el de Rhythm is gonna get You. Marcos era el chico de 24 años que tocaba el bajo mientras Cristina, con sus 35 lo miraba desde la primera fila de un concierto en Miami. Se casaron ese mismo año.

Su padre, don Francisco Saralegui, le dijo a su hija, “Esto no va a durar más de 5 años.” Cristina respondió, “No importa, papá. Serán los 5 años más ricos de mi vida.” Marcos también tenía una hija de un matrimonio anterior, Stefhanie. Y en abril de 1986 llegó al mundo el único hijo en común de los dos, un niño al que llamaron John Marco.

Recuerda ese nombre, es la historia que vas a escuchar. Ahora la familia tenía tres hijos: una hijastra, una hija propia y un bebé común. Una familia ensamblada como tantas familias latinas que se rompen y se vuelven a hacer. Y mientras Cristina criaba a esos tres niños, la televisión hispana de Estados Unidos se preparaba para un cambio sísmico que iba a cambiarle la vida.

A finales de los años 80, Univisión, la cadena hispana más grande de Estados Unidos, decidió producir un programa de entrevistas para las tardes. Querían algo parecido a lo que estaba haciendo Opra Winfrey en inglés, pero en español, con sabor latino, con casos reales y caras conocidas. Buscaban una mujer carismática, con experiencia en periodismo y con la cara correcta para la cámara.

La buscaron en redacciones, en programas de radio, en agencias de talento. Y al final alguien dentro de Univisión se acordó de la editora rubia de Cosmopolitan, que escribía sobre los temas que ninguna otra revista latina se atrevía a tocar. La llamaron, le hicieron una prueba de cámara y en mayo de 1989, Cristina Saralegui se sentó por primera vez frente a una audiencia en vivo y dijo las dos palabras que abrirían cada uno de los más de 3000 programas que vendrían después.

Buenos días. Tenía 41 años. Era una mujer madura, casada, con tres hijos, sin experiencia previa en televisión, con una voz nasal cubana que el mismo Univisión consideraba poco televisiva. Y a las dos semanas el show de Cristina ya era el programa más visto de la televisión hispana de Estados Unidos. Tú te acuerdas perfectamente de ese momento.

Acuérdate, era la época en la que tú llegabas del trabajo, cocinabas la cena, ponías la mesa y a las 3 de la tarde prendías la televisión. Ahí estaba ella, esa señora rubia con el peinado alto, los aretes grandes, el labial rojo, sentada en aquel sillón blanco con las invitadas a su lado hablando de cosas que en tu casa nadie hablaba. La nuera que se acostaba con el suegro, la esposa que aguantaba 20 años de golpes, la hija que se enteró a los 40 de que su padre tenía otra familia.

el hombre que dejó a su mujer por una más joven y luego volvió a pedir perdón en cámara. Tú te sentabas frente al televisor con la taza de café o con la plancha o con el cesto de la ropa y mirabas y a veces lloraban las invitadas y tú llorabas con ellas y a veces se peleaban y tú levantabas la voz para regañar a la pantalla.

Y siempre, siempre había un momento en que Cristina con esa cara medio seria y medio compasiva miraba a la cámara y decía, “Esto que está pasando aquí, esto que estamos viendo, le pasa a más mujeres de las que crees.” Te lo decía a ti, a la mujer del otro lado de la pantalla. Para finales de los 90, el show de Cristina se transmitía en 11 países de América. latina.

En México iba primero por el canal de las estrellas, después por Galavisión. En Perú lo daba Awuite, en Argentina lo veían por Canal 9, en Venezuela por Benevisión, en Colombia por el canal A, en Ecuador por gama Tumb. La audiencia era tal que los productores de otras cadenas latinas empezaron a copiar el formato.

Laura Botso en Perú, María Laria en Argentina, Verónica Castro en México con Aquí está. Pero ninguno tenía lo que tenía Cristina, esa cara cercana, esa voz que sonaba avec vecina de barrio, ese tono de yo soy una de ustedes. Más de 100 millones de hogares en el mundo veían el programa. 12 premios enmi ganados a lo largo de los años. Más de 3000 horas grabadas.

La revista Time la incluyó en la lista de los 25 hispanos más influyentes de Estados Unidos. El 4 de noviembre de 1999, en el número 7060 del Hollywood Boulevard le pusieron una estrella en el paseo de la fama. Su hijo John Marco, que tenía 13 años estaba ese día a su lado en la foto. Sonreían los dos. Mira esa foto cuando puedas buscarla.

Es del 11 de noviembre del 99. Una madre con su hijo. La estrella en el suelo, recién pulida, el cielo de los ángeles, las cámaras de los fotógrafos. Cristina abraza al niño con orgullo. John Marco, con el pelo oscuro y el rostro todavía aniñado, mira a la cámara con una sonrisa tímida. Recuerda esa foto, la vas a necesitar al final.

Univisión la trataba como su gran tesoro. Y mientras tanto, la pequeña Cristina de Miramar se había convertido en una mujer que ya no necesitaba al abuelo, ni al apellido, ni al imperio del papel que se había quedado en Cuba. Ella era la prueba de que una mujer latina, exiliada, sin contactos en el mundo del entretenimiento, podía construir un imperio en la lengua de su madre.

Y aquí es donde la historia se parte en dos. Porque mientras la cara pública de Cristina se hacía más y más grande, dentro de aquella casa de Miami Beach, lejos de las cámaras, había un niño que crecía con un padecimiento que su madre tardaría 19 años en nombrar. Un niño dulce, callado, brillante, con esos ojos oscuros que había heredado del padre.

Un niño que adoraba a su madre y que la veía irse a grabar todos los días. John Marco. El primer secreto de la historia tiene su nombre. Antes de que él cumpliera 15 años, Cristina y Marcos empezaron a notar que el niño tenía algo, algo difícil de explicar. Pasaba de la euforia más alta a un silencio que duraba semanas. Tenía días en los que reía sin parar y otros en los que se encerraba en el cuarto y no quería ver a nadie.

La familia lo atribuía a la adolescencia, a las hormonas, a la presión de tener una madre famosa. Lo llevaron a un médico de cabecera, le recetaron vitaminas, le aconsejaron deporte, le dijeron a Cristina que era normal, pero lo que pasaba con John Marco no era normal. Todavía nadie en aquella casa sabía cómo se llamaba.

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