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Eran las ocho y cuarto de una mañana de domingo en Madrid.

PARTE 1

Eran las ocho y cuarto de una mañana de domingo en Madrid.

El sol entraba por la ventana de la cocina con una timidez que no encajaba con el carácter de doña Concha.

Marta, con el pelo alborotado y las ojeras de quien ha dormido cinco horas, se acercó a la encimera.

La encimera estaba impoluta, de ese cuarzo blanco que parece que te juzga si dejas una gota de agua.

En el centro, reinaba la cafetera.

Era una máquina roja, brillante, con un diseño aerodinámico que recordaba a un monoplaza de Fórmula 1.

Marta pulsó el botón de encendido.

La máquina emitió un par de parpadeos de luz naranja, como si estuviera despertando de un coma profundo.

Detrás de ella, una sombra se proyectó sobre el suelo de porcelánico.

Era Concha.

Llevaba una bata de boatiné que parecía haber sobrevivido a tres guerras y dos transiciones.

Caminaba sin hacer ruido, una habilidad que Marta juraría que solo poseen los ninjas y las suegras.

Concha se detuvo a un metro de la máquina, cruzó los brazos y entornó los ojos.

Su mirada era la de un perito judicial examinando una escena del crimen.

Marta insertó una pequeña cápsula de aluminio de color dorado.

“Volluto”, ponía en la caja, prometiendo notas de cereales y una suavidad inigualable.

La máquina empezó a vibrar.

No era un ruido cualquiera; era un zumbido industrial que hacía temblar la taza de porcelana fina.

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