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Chavela Vargas: La Obligaron a Esconderse 50 Años… y a los 81 Por Fin Pudo Ser Ella Misma

El padre se llamaba Francisco, la madre se llamaba Herminia. Y cuando nació la pequeña Isabel en abril de 1919, fueron dos meses de alegría tibia en una casa que esperaba un hijo varón y se había encontrado con otra niña. A Isabel la trataron al principio como se trataba entonces a las niñas, vestidos, cintas en el pelo, lecciones de catecismo, pero algo desde muy temprano no terminaba de funcionar.

La niña se quitaba los lazos, no quería ponerse los zapatos blancos. Cuando jugaba con los otros niños del pueblo, prefería estar con los varones, corriendo por los cafetales, subiéndose a los árboles, peleando con palos como si fueran espadas. Y cuando llegaba a casa con la ropa rasgada y las rodillas sangrando, Herminia la miraba como se mira a un enigma incómodo y le decía, “Tú no eres como las otras niñas.

” Lo decía sin cariño, lo decía con miedo. Hay un detalle de aquellos años recogido en las pocas entrevistas que Chabela dio sobre su infancia, que cuenta más que cualquier otra cosa. Cuando los vecinos venían de visita, cuando se acercaba a alguien importante, sus padres la escondían literalmente.

La metían en el cuarto del fondo. Le decían que se quedara callada, que no saliera. Le tenían vergüenza. una vergüenza específica, una vergüenza que no sabían explicar, pero que sentían cada vez que miraban a su propia hija. Esa niña con esa forma de mirar, con esa manera de moverse, con esa voz grave que ya tenía a los 5 años, una Honduras que asustaba.

Esa niña no era lo que ellos esperaban. Esa niña era un problema. Y un día, alrededor de 1926, los padres tomaron una decisión. Hicieron una maleta pequeña con la ropa de Isabel. Metieron dentro una foto de ellos dos doblada por la mitad. Le dijeron a la niña que se iba a casa de unos tíos por unos días.

Subieron a un tren, llegaron a otra casa, dejaron la maleta en el suelo, dejaron a la niña al lado de la maleta y se fueron. No volvieron en una semana, no volvieron en un mes, no volvieron en un año, no volvieron nunca. Aquí, antes de seguir, hay que detenerse porque esto es lo más brutal de toda la historia y merece toda la lentitud que merece lo brutal.

No hubo guerra, no hubo pobreza extrema, no hubo enfermedad terminal, no hubo catástrofe que justificara aquella decisión. Francisco y Herminia Vargas Lisano simplemente eligieron no quedarse con su hija. La trasladaron, como se traslada, un mueble incómodo. La depositaron en otra casa, como se deposita un paquete, y siguieron con sus vidas como si nunca hubiera existido.

¿Qué precio tiene eso? ¿Qué precio paga una niña de 7 años cuando se da cuenta, mes tras mes, de que las dos personas que la trajeron al mundo no van a volver a buscarla? ¿Qué precio paga un cuerpo pequeño cuando entiende por primera vez que el amor no es algo que te toca por nacer, sino algo que te puede ser retirado sin explicación? Chabela Vargas pasó el resto de su vida intentando responder a esa pregunta.

La buscó en el alcohol, la buscó en los amores imposibles, la buscó en las cantinas de Ciudad de México y en los hoteles vacíos de México y en las habitaciones donde dormía sola con un vaso de mezcal sobre la mesilla. La buscó en cada canción de desamor que cantó, porque el desamor era el único lenguaje que su cuerpo había aprendido a hablar de niña.

Nunca la encontró, nunca supo por qué la habían dejado. Pero esa búsqueda, esa búsqueda desesperada y hermosa de una respuesta que nadie le iba a dar es lo que produjo todas sus canciones. Cada vez que Chabela cantaba Macorina, cada vez que cantaba Paloma Negra, cada vez que cantaba la llorona, lo que estaba cantando debajo de las palabras, era esa misma pregunta.

¿Por qué te fuiste sin decirme nada? ¿Por qué me dejaste? ¿Cómo se aprende a vivir cuando los primeros que se fueron fueron los que tenían que quedarse? Hay una frase que Chabela repitió toda su vida, en cada entrevista, en cada documental, cada vez que alguien le preguntaba por su infancia. Una frase corta, sin adornos, dicha con esa voz suya que parecía hablar desde el fondo de una cueva.

La frase es esta: “Yo no tuve infancia, tuve una maleta.” Una maleta, una maleta pequeña de cuero gastado con la ropa que sus tíos le habían dado los primeros días, porque la que sus padres habían dejado se le había quedado pequeña enseguida. Dentro de esa maleta había una foto, la foto de Francisco y Herminia doblada por la mitad.

Chabela la guardó toda su infancia. La llevó consigo cuando los tíos la enviaron a una escuela. La llevó cuando años más tarde cogió el barco rumbo a México. La llevó hasta el final. Pero hay un detalle. Un detalle que aparece en uno de los pocos testimonios fiables sobre su niñez y que es Chabela entera. Nunca la miraba. La foto estaba ahí, doblada, cerrada, sin abrir, como una herida que se sabe que existe, pero que no se quiere ver toda su vida.

Chabela tuvo aquella foto y nunca la desdobló. Toda su vida llevó dentro de sí mismo el rostro de los dos seres humanos que la habían abandonado. Y nunca pudo, ni de adulta, ni de famosa, ni de vieja, soportar volver a verlos. Esa foto doblada que no se mira es la imagen más exacta que hay de la herida central de Chabela Vargas, la herida que la convirtió en quién fue y la herida que nunca se le cerró.

En la casa de los tíos, en aquel pueblo de Costa Rica, que ya no era el suyo del todo, la niña Isabel se hizo adolescente. Los tíos no eran malas personas, pero tampoco eran sus padres. Le daban de comer, le daban un techo, la mandaban al colegio, pero la trataban con una distancia educada, como se trata a un huésped que se queda más tiempo del previsto.

Y la niña aprendió muy pronto que los afectos son frágiles, que pueden retirarse sin previo aviso, que confiar en que alguien se va a quedar es la primera estupidez que un cuerpo aprende a no cometer. que nadie supo en aquella época. Lo que ni siquiera la propia Isabel se atrevía a nombrar todavía era que dentro de ella había algo más, algo que se sumaba al abandono y lo complicaba todo.

Le gustaban las mujeres, le habían gustado siempre, desde que tenía memoria, antes incluso de tener palabras para nombrarlo. forma en que una vecina caminaba, el cuello de una compañera de escuela, la risa de una mujer adulta que llegaba al pueblo en coche y se quedaba un fin de semana. Eso le hacía algo por dentro que ella no podía explicar y que no se atrevía a contar, porque sabía, sin que nadie se lo hubiera dicho con esas palabras, que aquello era exactamente lo que sus padres habían intuido en ella desde niña. Aquello era lo que le tenía

vergüenza. Aquello era la razón secreta y nunca confesada por la que la habían dejado. Crecer así con esa certeza no demostrada, pero permanente es lo que más adelante explicaría todo. La forma de Chabela de cantar el desamor, su rabia escondida detrás del mezcal, su incapacidad para creer, ni siquiera en los momentos de mayor éxito que alguien la quería de verdad y por mucho tiempo.

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