Lo que sí existe es una regla implacable. Los hijos deben ser útiles al padre. Los hijos deben servir al estado. Los hijos, especialmente las hijas, no son personas, son herramientas. Y las herramientas no lloran. Ashraf va a recordar esa lección durante los 86 años siguientes. Su hermano gemelo, Mohamed Reza es todo lo contrario a ella, delicado, enfermizo, propenso a la fiebre. Pasa largas temporadas en cama.
Su madre lo protege como a una joya frágil. A Ashraf no la protege nadie y esa ausencia de ternura la transforma muy pronto en algo que pocos adultos poseen. Voluntad de hierro. Pero hay algo que los separa y que al mismo tiempo los une más que a ningún otro par de hermanos en la historia de Irán. Los gemelos Pahlaví tienen desde los primeros años una conexión extraña.
Una de esas conexiones que solo los gemelos comprenden. Cuando uno está enfermo, el otro lo siente. Cuando uno sueña algo, el otro sueña lo mismo. Cuando uno está en peligro, el otro sabe que tiene que correr. Ashraf lo va a resumir años después con una frase que se volverá famosa en los círculos de la corte.
Yo no tengo hermano, tengo una mitad de mí que vive fuera de mi cuerpo. En 1921, cuando los gemelos tienen apenas 2 años, su padre entra en Teerán al frente de 2000 cosacos. Tres días después el gobierno cae. Resan es nombrado ministro de guerra. 4 años más tarde, en diciembre de 1925, se corona Sha de Irán y funda la dinastía Pajlavi.
La familia se muda al palacio del mármol. Todo cambia de la noche a la mañana. De repente, Ashraf ya no es una niña cualquiera, es una princesa imperial. Vive rodeada de sirvientes. Come en vajilla de oro. Ashraf. estudia con profesores europeos que le enseñan francés, inglés, literatura, historia. Aprende a montar a caballo, aprende a tocar el piano, aprende a comportarse como una dama.
Pero por dentro, la niña que creció en el barrio humilde sigue ahí observando, calculando, esperando. Su padre, el nuevo Sha, es un hombre temido. Impone la ley con una violencia implacable. Moderniza el país a la fuerza. Prohíbe el velo obligatorio, ordena cortar las barbas a los clérigos, castiga a los terratenientes que se oponen a sus reformas y dentro del palacio es igual de duro.
A sus hijos los educa como soldados. Disciplina militar, despertar a las 6 de la mañana, ejercicios físicos, horarios estrictos, castigos físicos por cualquier desobediencia. Ashraf recibe más golpes que sus hermanos. Tal vez porque se parece demasiado a su padre. Misma mirada fría, misma voluntad, misma ambición salvaje. Reza Sha la observa crecer con una mezcla de orgullo y temor.
Y un día, según lo que ella misma contará, décadas después en sus memorias, le dice una frase que la va a perseguir para siempre. Si tú hubieras nacido hombre, habrías sido mejor que tu hermano. La niña no llora, no sonríe, solo archiva esa frase en algún lugar de su mente. Y a partir de ese día decide que si el mundo le niega ser un hombre, entonces ella va a hacer algo más peligroso.
Va a ser la sombra detrás del trono. Hay una escena que Ashraf cuenta en sus memorias y que revela la atmósfera de su infancia mejor que cualquier análisis. Tiene 8 años. Está jugando en los jardines del palacio con su hermano gemelo. Mohamad rea quiere ser un caballero medieval persa. Ashraf quiere ser un general.
Discuten. Su padre pasa por el jardín, los ve, se detiene, los observa durante varios segundos sin decir nada. Luego se acerca a Mohamad Resa y le dice algo en voz baja que Ashraf no puede escuchar. El niño baja la cabeza. asiente desaparece hacia dentro del palacio. Entonces el Sha se gira hacia Ashraf, se agacha hasta quedar a la misma altura que sus ojos y le pregunta con una voz que no admite respuestas infantiles.
¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y tu hermano? La niña sacude la cabeza. Él va a ser shabre. Tú vas a hacer lo que decidas ser, le responde el padre. Pero si quieres ser alguien en este mundo, vas a tener que trabajar 10 veces más duro. No llores nunca. No muestres nunca lo que sientes y no confíes nunca en nadie, ni siquiera en mí.
La pequeña Ashraf, de 8 años no entiende del todo lo que acaba de escuchar, pero lo graba en su memoria, como se graban las lecciones que definen una vida. No llores nunca. No muestres nunca lo que sientes. No confíes nunca en nadie. Tres reglas, tres espadas. Va a vivir con ellas durante los 88 años siguientes.
A los 10 años, Ashraf ya no juega con muñecas. Lee los periódicos europeos que llegan al palacio. Pregunta a los diplomáticos visitantes sobre la política internacional. Observa cómo su padre toma decisiones. Memoriza los nombres de los ministros, de los embajadores, de los generales. Su hermana mayor Shams prefiere los vestidos de París.
Su hermano Mohamad Resa prefiere los aviones. Ella prefiere el poder. Y aquí es donde todo empieza. Por cierto, antes de continuar, una pregunta rápida para ti. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Desde México, desde Argentina, desde España, desde Colombia, desde Perú, desde donde sea.
Queremos saber quién está al otro lado de la pantalla esta noche escuchando esta historia olvidada. Y ahora volvamos al palacio de Teerán, donde una niña de 12 años está a punto de descubrir el primer secreto que va a marcar su vida para siempre. En 1931, el Shah decide enviar a su hijo varón Mohammad Resa a estudiar a Suiza.
Al internado Le Rosei enrolroye, a orillas del lago alemán, Ashraf Nova, se queda en el palacio y por primera vez los gemelos inseparables se separan durante 5co años enteros. Esos 5 años la transforman. Sin su hermano al lado, sin el único ser humano que la entendía sin hablar, Ashraf se hunde en los libros. Devora las obras de Volter, de Rousseau, de Nietzsche, estudia la historia de los imperios.
se obsesiona con las figuras de mujeres poderosas, Catalina la Grande, Cleopatra, Isabel de Inglaterra y empieza a construir en silencio la arquitectura mental de la persona en la que se va a convertir. Cuando Mohamed Reza regresa de Suiza en 1936, los dos gemelos ya no son los mismos. Él ha conocido Europa. Ella ha conocido la soledad.
Él trae una educación occidental. Ella trae una voluntad de acero, pero el destino no les permite reencontrarse mucho tiempo, porque el Sha, el padre severo, tiene otros planes para Ashraf y estos planes no incluyen dejarla ser libre. Un año después, a los 17 años, la princesa va a descubrir que en el Irán imperial ni siquiera las hijas del shaen matrimonio arreglado. 1937.
Ashraf tiene 17 años. Una tarde su padre la llama a su despacho. El sha de pie junto a la ventana, mirando los jardines del palacio. Le da la espalda, no la mira a los ojos. le dice, “Con la voz plana que usa para los asuntos militares, te vas a casar con Aliam. La boda es dentro de dos meses.” Eso es todo.
Ni una pregunta, ni un permiso, ni una oportunidad de opinar. Alikabam es el hijo de uno de los clanes políticos más antiguos de Irán. Su tío Ahmad Kabam ha sido primer ministro varias veces. El matrimonio no es un acto de amor, es un pacto político. Resasha busca acercarse a los Cabam y su hija es la moneda de cambio.
Ashraf no discute, sabe que sería inútil, pero esa noche en su habitación hace una promesa silenciosa, una promesa que va a cumplir al pie de la letra. Este matrimonio no me va a destruir. Yo voy a destruirlo primero. La boda se celebra con todo el esplendor imperial, los diamantes, los invitados extranjeros, los fotógrafos.
Pero detrás del vestido blanco, Ashraf es una mujer furiosa. Furiosa con su padre, furiosa con su destino, furiosa con un mundo que la obliga a entregar su cuerpo a un hombre que apenas conoce. La vida con Aliam es un desastre desde la primera semana. Él es un playboy. Le gustan las fiestas, los carros rápidos, las mujeres.
No tiene ninguna ambición política, ninguna inteligencia estratégica, ninguna curiosidad intelectual. Para Ashraf, que ha pasado la adolescencia leyendo a Nietzsche, estar casada con ese hombre es una forma de tortura lenta, pero tiene un hijo con él. En 1940 nace Shahram, un niño hermoso al que Ashraf adora desde el primer momento y luego un año después todo se derrumba.
Agosto de 1941, Segunda Guerra Mundial. Las tropas británicas y soviéticas invaden Irán. Temen que Resa Sha se alíe con la Alemania nazi. En 48 horas, el Imperio Persa cae bajo ocupación extranjera. Los aliados obligan al Sha a abdicar. Lo envían al exilio, primero a la isla de Mauricio y después a Johannesburgo, donde va a morir solo 3 años después, sin volver a ver a su familia.
La noticia de la muerte del padre llega a Teerán en 1944. Ashraf tiene 25 años. La familia ni siquiera puede traer el cuerpo de regreso. Los ingleses no lo permiten. El patriarca de la dinastía Palav, el hombre que había fundado un imperio, muere en un país ajeno bajo vigilancia británica, sin un funeral digno.
Ashraf no llora, no en público, pero esa noche escribe en su diario privado, según fragmentos que se conocerán décadas después, una línea que revela toda su filosofía. Un día voy a hacer pagar a los ingleses lo que le hicieron a mi padre. No es una promesa vacía. Y en su lugar ponen en el trono a su hijo, al gemelo de Ashraf, a Mohamad rea Pahlavi.
Con apenas 21 años, Mohamad rea se convierte en Sha de Irán y su hermana gemela de golpe se convierte en algo mucho más peligroso que una simple princesa. Se convierte en la mujer más cercana al trono. En ese momento, Ashraf toma dos decisiones que van a definir el resto de su vida. La primera se divorcia de Alibam, un escándalo monumental en un país musulmán, pero a ella no le importa.
Ya no necesita a nadie que la proteja. La segunda decisión es más silenciosa, más estratégica, más oscura. decide convertirse en los ojos, los oídos y las manos secretas de su hermano Mohamad Resa, el nuevo Shah, es un hombre indeciso, dulce, culto, educado, pero débil. Tiene miedo de los políticos, tiene miedo de los clérigos, tiene miedo a veces hasta de su propia sombra.
No puede gobernar sin alguien que le diga qué hacer y esa persona va a ser su hermana. Desde 1942, Ashraf empieza a recibir en secreto a ministros, a diplomáticos, a agentes extranjeros, en salones privados, sin registro oficial, sin títulos, sin fotos. Ella escucha, ella habla, ella decide y luego le transmite las decisiones a su hermano que las firma.
Muchos en Teerán ya empiezan a murmurar, el Shah reina, pero su hermana gobierna. En 1944, Ashraf se casa por segunda vez con Ahmad Shafik, un piloto egipcio, apuesto, encantador, de una familia aristocrática de El Cairo. Este matrimonio es por amor, al menos al principio, lo conoció durante un viaje diplomático a Egipto.
El rey Faruk organizó una recepción en el palacio de Abdín, en el Cairo. Aquella noche, entre los invitados había un joven oficial de la Fuerza Aérea egipcia con uniforme blanco impecable. Ahmad Shafi se inclinó frente a ella, le habló en francés, le hizo reír. Según los testimonios de la época, Ashraf se fue de la recepción diciéndole a una amiga una sola frase: “Este es el hombre con el que me voy a casar.
Se casan en el Cairo en una ceremonia íntima. Los primeros meses son, según ella misma confesará décadas más tarde en sus memorias, los más felices de su vida. Viven entre Teerán y el Cairo. Navegan por el Nilo, van a la ópera, cenan con el rey Faruk y su esposa. Durante un tiempo brevísimo, Ashraf Palavi se permite ser simplemente una mujer enamorada, pero el poder no la deja en paz.
De esa unión nacen dos hijos, Shahriar en 1945 y Asadé algunos años después. Shahriar recuerda ese nombre porque va a aparecer de nuevo en la parte más oscura de esta historia. Mientras tanto, el poder de Ashraf no para de crecer. En 1946, Irán atraviesa una crisis mayor. Las tropas soviéticas no quieren retirarse del norte del país, como habían prometido al final de la guerra.
Quieren anexar las provincias de Azerbaiyán, iraní y del Kurdistán. Es una de las primeras crisis importantes de la Guerra Fría y según sus propias memorias es una mujer de 26 años quien va a enviar uno de los mensajes más firmes a Stalin. Ashraf viaja a Moscú como parte de la delegación diplomática iraní.
se reúne con Stalin en el Kremlin. Nadie sabe exactamente qué se dijeron en ese despacho. Pero cuando la delegación regresa a Teerán, los soviéticos anuncian pocas semanas después su retirada del norte de Irán, la princesa ha participado en su primera victoria diplomática y el mundo empieza a tomarla en serio.
En la embajada estadounidense de Teerán, según cables confidenciales que serán desclasificados décadas más tarde, algunos diplomáticos la describen con una frase que va a circular durante años en los pasillos del Departamento de Estado. La hermana del Sha no es una princesa, es un general sin uniforme. Pero el verdadero momento de gloria, el instante en que Ashraf Palavi pasa del rol de asesora secreta al de agente internacional de primer nivel, llega en 1953.
Y aquí es donde esta historia se vuelve peligrosa. Para entender lo que pasó en 1953, hay que presentar primero al hombre que va a cambiarlo todo. Se llama Mohamad Mosadeg. Tiene 71 años. Es el primer ministro democráticamente elegido de Irán y es un nacionalista convencido. En 1951, Mosadec toma una decisión que hace temblar al mundo entero.
Nacionaliza el petróleo iraní. Hasta ese momento, una compañía británica, la Angloiranian Oil Company, que más tarde se va a llamar British Petroleum, controla casi toda la producción de petróleo del país. Los iraníes cobran una miseria. Los británicos se llevan las ganancias. Mosadeg decide que esto se acabó. El petróleo iraní es de los iraníes.
Londres entra en pánico. Washington también. Si el ejemplo de Mossadec se propaga, los imperios petroleros occidentales pueden desmoronarse. Los hechos son estos. En el verano de 1953, la CIA y el MIS británico lanzan una operación secreta llamada operación Ajax. El objetivo es derribar al gobierno democrático de Mosadeg y devolver el poder absoluto al Sha.
Y aquí aparece Ashraf. Según los documentos desclasificados por la CIA en 2013 y según la propia versión que ella dará décadas después en varias entrevistas, la princesa Ashraf juega un papel clave en los preparativos. Se la describe viajando a Europa para reunirse con agentes británicos y americanos. Se la menciona entregando mensajes al Sha, que en ese momento duda entre apoyar el golpe o dejar caer a la monarquía.
Los servicios occidentales la consideran en ese verano de 1953 el eslabón más fuerte de la familia Palav, la persona sin miedo, la que no se queda paralizada cuando hay que actuar. El general Norman Schwarzcop, padre, enviado por la CIA, viaja expresamente a Europa para reunirse con ella.
Le pide que convenza a su hermano de no retirarse. Le pide que transmita instrucciones al palacio. Le pide que mantenga la sangre fría mientras todo se derrumba. Ashraf acepta sin dudarlo, porque para ella esta operación no es solo política, es personal. Es el momento de cobrar la deuda que los ingleses le dejaron cuando deportaron a su padre.
Es el momento de demostrar que los Palabi no son una dinastía que se puede apagar con un golpe militar. Es el momento de devolver el golpe. El plan casi fracasa. El Sha, aterrorizado, huye del país el 16 de agosto. Se refugia en Roma, en un hotel modesto con apenas equipaje. Durante varios días, la monarquía iraní cuelga de un hilo, pero Ashraf no se rinde.
Trabajando desde las sombras, la princesa coordina desde París con los aliados occidentales. Envía mensajeros a Teerán. Según algunos testimonios nunca plenamente confirmados, financia las manifestaciones de la calle que van a decidir el resultado. El 19 de agosto, las masas inundan Teerán, gritando larga vida al sha.
Los tanques leales al rey avanzanadeg. El primer ministro es arrestado. Tres días después, Mohamad reza regresa triunfante a Teerán y Ashraf regresa con él, más poderosa que nunca. A partir de ese momento empieza la edad de oro del imperio Palabi y el reinado en la sombra de la princesa Ashraf. Durante los 25 años siguientes, Irán se transforma a una velocidad vertiginosa.
El petróleo fluye, los dólares también. Se construyen autopistas, universidades, hospitales, aeropuertos. Teerán se vuelve una de las capitales más modernas de Asia. El ejército iraní se convierte en el quinto más poderoso del mundo y en el centro de todo, Ashraf Pahlavi. Su oficina en el norte de Teerán recibe cada semana a los embajadores más importantes del mundo.
Henry Kissinger, la consulta antes de tomar decisiones sobre Medio Oriente. Richard Nixon la recibe en la Casa Blanca con honores casi de jefa de estado. De Gold le envía notas manuscritas. Ella viaja en su propio avión privado. Tiene residencias en Teerán, París, Ginebra, Nueva York, Londres. Colecciona joyas, cuadros, manuscritos antiguos.
Organiza fiestas legendarias donde se sirve caviar en cucharas de oro. Hay una anécdota que circula en los años 70 entre los diplomáticos estadounidenses. Cuando Richard Nixon, ya presidente, recibe a Ashraf en la Casa Blanca, un asistente le dice en el pasillo, “Señor presidente, recuerde que no es una reina oficial, no necesita arrodillarse.
” Nixon lo mira con una sonrisa irónica y responde, “Lo sé, pero tampoco quiero tenerla como enemiga.” Esa frase resume mejor que 1000 análisis políticos. Lo que Ashraf Palavi representa para el mundo occidental durante casi 30 años. Es una mujer con la que nadie quiere pelearse, pero nunca olvida por qué está ahí.
En 1963 empuja a su hermano a lanzar la famosa revolución blanca, una serie de reformas radicales que transforman el país. Reforma agraria, nacionalización de los bosques. Número Cel, ALES, derecho al voto para las mujeres. Alfabetización masiva. Ashraf lidera personalmente la campaña por los derechos de las mujeres iraníes.
En 1965 se convierte en la primera mujer de la historia en presidir la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. En Ginebra, frente a representantes de todo el mundo, da un discurso que nadie olvida. Habla de la educación de las niñas, de la violencia doméstica, de la libertad religiosa, de los derechos reproductivos.
En un momento en que estos temas son tabú en casi todos los países musulmanes, una princesa iraní los pone sobre la mesa de la ONU. Las delegaciones árabes la miran con incomodidad. Las delegaciones occidentales la aplauden de pie. La prensa internacional la bautiza con un apodo que va a marcarla durante décadas. La Pantera Negra de Oriente, por su piel morena, por sus ojos oscuros, por su elegancia felina cuando camina por los pasillos de la ONU con sus tacones de San Loran, pero sobre todo por algo más profundo, por una manera de hablar que
mezcla la suavidad con la amenaza, por un instinto político de depredadora. En Nueva York, en París, en Roma, recibe invitaciones de presidentes, de primeros ministros, de reyes. Se codea con Kennedy, con De Gol, con la reina Isabel. Maoedong, años después la recibirá personalmente en Pekín. Fidel Castro le escribirá una carta cordial desde La Habana, el mundo entero, de derecha a izquierda, de Washington a Pekín.
quiere reunirse con esta mujer que parece tener todas las llaves de oriente. Pero hay algo que el mundo no ve, algo que ni siquiera los diplomáticos más informados sospechan. Detrás del brillo, detrás de las joyas, detrás de los discursos sobre derechos humanos, algo oscuro empieza a gestarse. Los rumores empiezan a circular a finales de los años 60.
Al principio son susurros, informes confidenciales, artículos en periódicos que son retirados antes de distribuirse. Testimonios de pilotos que hablan de maletas sospechosas cargadas en aviones diplomáticos. Según algunos testimonios nunca confirmados oficialmente, la princesa Ashraf estaría implicada directa o indirectamente en el tráfico internacional de opiáceos.
El opio iraní, cultivado en las provincias del norte del país, circularía protegido por la inmunidad diplomática real. Nadie puede probarlo, pero nadie puede desmentirlo tampoco. En Teerán, los estudiantes empiezan a llamarla con un apodo que va a marcarla para el resto de su vida. La pantera negra. La pantera negra.
El apodo se propaga por las universidades iraníes como un fuego incontrolable. llega a las mezquitas, llega a los bazares, llega hasta los salones elegantes de Teerán, donde la propia Ashraf lo escucha por primera vez de boca de su propia hermana Shams. Fuera dicen que eres la pantera negra, le dice Shams una noche con una sonrisa incómoda.
Ashraf no ríe, no reacciona, se queda en silencio durante un largo minuto y luego pronuncia una frase que sus íntimos van a recordar durante décadas. Que digan lo que quieran. Las panteras no tienen miedo, pero por dentro algo se rompe, porque Ashraf sabe lo que los iraníes no saben. Sabe que el imperio de su hermano, esa fachada dorada que brilla ante el mundo, empieza a tener grietas profundas.
grietas que nadie en Occidente quiere ver. Grietas que dentro de poco se van a abrir como una falla sísmica y cuando el imperio se derrumbe, la pantera negra va a ser de las primeras a quienes vengan a buscar. Los años 70 empiezan bien. En 1971, el Sha organiza en Persépolis una celebración del Irante para conmemorar los 2500 años del Imperio Persa.
3 días de festejos, millones de dólares de presupuesto, invitados de todo el mundo, reinas, presidentes, emperadores. Ashraf está en primera fila, resplandeciente, coronada, victoriosa. Pero lejos de Persépolis, en la ciudad santa de Naya, en Irak, un clérigo exiliado desde hace años observa desde la distancia y cada noche, a través de cassetes grabados que se distribuyen clandestinamente pronuncia palabras que van a encender Irán.
Se llama Ruhola Homini y tiene un mensaje simple, un mensaje que los pobres de las ciudades iraníes escuchan cada vez con más atención. El sham vendido Irán al extranjero. Han vendido nuestra alma, nuestro petróleo, nuestras mujeres. Hay que echarlos. Al principio, Ashraf se ríe de Homeini. Lo considera un fanático religioso marginal, un hombre del pasado sin futuro.
Le dice a su hermano, “Ese viejo no es un problema, es solo un mulá amargado. Error, uno de los peores errores de su vida, porque el mensaje de Homeini se propaga rapidísimo. Los pobres de Teerán, que viven en barrios donde no hay agua potable mientras la princesa bebe champán en la costa azul, escuchan esos cassetes.
Los jóvenes intelectuales que leen sobre los abusos de la policía secreta, Sabac, los escuchan también los obreros, los estudiantes, las amas de casa. Y lentamente, muy lentamente, al principio, Irán empieza a cambiar. En 1977 ocurren tres cosas que nadie conecta entre sí hasta mucho después. La primera, el presidente estadounidense Jimmy Carter presiona al Sha para que respete los derechos humanos.

Exige liberar presos políticos, reducir los poderes de la SABC, abrir el sistema. Bajo esta presión, por primera vez en 20 años, la oposición iraní puede respirar un poco. La segunda, la inflación golpea al país, los precios se disparan, los ricos se vuelven más ricos, los pobres se vuelven más pobres.
Y todos miran las fotos de la princesa Ashraf en los casinos europeos con vestidos que cuestan más que el salario anual de 10 familias iraníes. La tercera. En julio de ese mismo año, alguien intenta matar a la princesa Ashraf en Juan Les Pins. Pero ahora cuando miramos de nuevo esa escena con la que empezamos nuestra historia, entendemos algo nuevo.
Los atacantes de Juan Les Spins no son ladrones. No son terroristas cualquiera. Según las investigaciones posteriores de los servicios franceses, son militantes de una organización iraní opuesta a la monarquía Palabí, dispuestos a matar para enviar un mensaje. Ashraf sobrevive esa noche, pero el mensaje es claro.
Alguien en alguna parte ha declarado la guerra. En 1978 todo se acelera. En enero, un artículo insultando a Jomeini aparece en un periódico del gobierno. Los seminaristas de COM se lanzan a la calle, la policía dispara, mueren estudiantes. 40 días después, siguiendo la tradición musulmana, se celebran manifestaciones de duelo en otra ciudad.
La policía dispara de nuevo. Más muertos. 40 días después, más ciudades se levantan. Es una cadena imparable, un mecanismo de duelo infinito. Y Ashraf desde su villa en la costa azul sigue todo lo que pasa como si estuviera viendo una película en cámara lenta, una película en la que ella sabe el final y no puede hacer nada para cambiarlo.
Llama a su hermano cada semana. Hay tensiones crecientes entre ellos. Ashraf quiere mano dura. Mohamad Reza, debilitado por el cáncer que todavía nadie conoce públicamente, duda, vacila. A veces ordena represión, a veces ordena concesiones, a veces simplemente no ordena nada. Un país no puede gobernarse así y Ashraf lo sabe.
En agosto, un incendio misterioso devora un cine en la ciudad de Abadán. Cientos de personas mueren quemadas vivas. El régimen acusa a los islamistas. Los islamistas acusan a la Sabac. Nunca se va a saber la verdad completa, pero todo el país se une contra el Sha. En septiembre, millones de iraníes salen a las calles en lo que se conoce como el viernes negro.
El ejército dispara contra la multitud. Oficialmente mueren unas 80 personas. Oficiosamente muchísimas más. El país se incendia. Y la familia real, encerrada en el palacio Niabarán, en Teerán, observa impotente como todo lo que construyeron durante 50 años se desmorona en cuestión de meses. Ashraf insiste a su hermano en aplastar la rebelión con el ejército, un escarmiento le dice, y todo esto se acaba.
Pero Mohamed Resa, que siempre fue más débil que ella, no puede. Está enfermo. Tiene cáncer linfático, nadie lo sabe todavía, pero lleva años sufriendo en silencio. Hay una conversación telefónica registrada por los servicios americanos que ha circulado entre historiadores desde los años 90. En esa conversación, al final de 1978, Ashraf le grita a su hermano desde París, “Si tú no actúas ahora, vamos a perderlo todo.
Y no solo tú, todos nosotros, tus hijos, mis hijos, el país entero.” Mohamad Dra responde con una voz apagada. dice que ya es demasiado tarde, que el mundo ha cambiado, que ni siquiera sus aliados americanos lo defienden ya. Ashraf cuelga el teléfono. Por primera vez en su vida comprende que no puede salvar a su gemelo, que el hombre al que protegió desde la adolescencia se le muere entre las manos sin que ella pueda hacer nada y que su propio destino muy pronto va a estar en manos de asesinos.
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Ashraf no va con ellos, ya está en el extranjero desde hace varios meses. Al recibir la noticia en su apartamento de París, se sienta frente a la ventana y llora por primera vez en años, no por el poder perdido, por el país. El primero de febrero, Homeini regresa triunfante a Teerán.
Millones de personas lo reciben en el aeropuerto. 11 días después, el gobierno imperial cae definitivamente. La República Islámica de Irán nace y empieza la casa. El nuevo régimen crea tribunales revolucionarios, fusila generales, ministros, jefes de la SABC. Los nombres de la familia Palavi aparecen en primera línea de la lista negra.
Se les acusa de corrupción, de saqueo, de traición, de crímenes contra la humanidad, se pone precio a sus cabezas. Y el nombre que aparece entre los primeros de esa lista, antes incluso que el del sha exiliado, es un nombre, Ashraf Pahlavi, la pantera negra, la mujer que según los mulas es la responsable de toda la corrupción del régimen caído.
Y los asesinos ya están en camino. Los meses que siguen al triunfo de Homeini son para Ashraf Palabi, una caída libre sin fondo. Su hermano, El Sha, enfermo de cáncer, vaga por el mundo buscando refugio. Ningún país lo quiere durante demasiado tiempo. Egipto lo recibe primero, luego Marruecos, luego las Bahamas, luego México, luego los Estados Unidos, solo para operarse, luego Panamá, luego de nuevo Egipto, donde finalmente va a morir.
Ashraf sigue un camino parecido desde la distancia. huye de París cuando teme que los servicios iraníes hayan descubierto su dirección. Se muda a Nueva York, luego a Londres, luego a la Costa Azul, luego a Montreo. Tiene que cambiar de residencia cada pocos meses, viajar con nombres falsos, rodearse de guardaespaldas armados, porque el nuevo régimen iraní no ha olvidado a la pantera negra y ha lanzado contra ella a sus mejores hombres.
Pero la peor herida, la que va a marcarla para siempre, no llega por una bala dirigida a su propio cuerpo. Llega de una forma mucho más cruel. Llega por teléfono la noche del 7 de diciembre de 1979. En esa noche fría de invierno parisino, Ashraf está en su residencia. Es tarde, está leyendo. De repente suena el teléfono, contesta al otro lado.
Una voz familiar y quebrada. Algo terrible ha pasado. Ashraf no comprende al principio. No puede comprender porque las palabras que escucha son imposibles. Han matado a Shahriar. Shahriar tiene 34 años. Es oficial de la marina imperial iraní. Vive en París con nombre falso desde hace meses. Es el hijo que ella adora, el niño que creció entre Teerán y el Cairo.
El joven apuesto que se casó con una princesa española no puede estar muerto, pero los detalles van llegando durante las horas siguientes. Sharier Chafik regresaba a pie a su apartamento cerca del distrito 16 de París. Un hombre joven se le acercó por detrás, sacó una pistola con silenciador, le disparó dos veces en la cabeza y huyó a pie.
El cuerpo del príncipe quedó tendido en la acera durante casi una hora antes de que alguien llamara a la policía. Los vecinos habían escuchado un ruido extraño, nada más. No habían pensado en un asesinato. En París, en diciembre de 1979, nadie imaginaba que los agentes del nuevo régimen iraní ya habían llegado a Europa.
Cuando los inspectores franceses llegan al lugar, encuentran a Shariar Chafic con los documentos falsos en el bolsillo, con un reloj de pulsera de lujo, con 100 francos en efectivo y con una foto de su madre en la cartera. La foto tiene una dedicatoria en persa escrita con la letra precisa de Ashraf, a mi sol, a mi cielo, a mi razón de seguir viva. Tu madre.
Una frase escrita años antes, en circunstancias desconocidas, en un instante cualquiera de ternura entre una madre y un hijo. Una foto guardada durante meses en la cartera de un joven oficial exiliado que ya sabía quizás que estaba siendo casado y que aún así la noche de su muerte llevaba encima el rostro de la única persona del mundo que lo había amado sin medida.
Los asesinos eran agentes enviados por el nuevo régimen islámico. Habían atravesado Europa para vengar décadas de humillaciones, para castigar a los Pajlavi, para mandar un mensaje a todos los exiliados. Los vamos a encontrar uno a uno. Y habían empezado con el favorito de Ashraf. Al día siguiente, Ashraf viaja a París. Se niega a hablar con nadie.
Los periodistas la esperan en el aeropuerto de Leburg. Ella los atraviesa sin mirarlos, con unos lentes oscuros que le cubren casi toda la cara. Llega al Instituto Médico Legal. Los policías franceses le advierten, “Señora, no está obligada a verlo. Puede identificarlo por las huellas dactilares.” Por una foto, ella responde con una sola palabra, “Quiero verlo.
” Entra sola en la sala fría. Los testigos que la acompañaron hasta la puerta cuentan años después que no escucharon nada, ni un grito, ni un soyoso, solo un silencio largo, largo de varios minutos. Cuando salió tenía la cara de piedra, firmó los documentos sin decir nada y pidió que repatriaran el cuerpo a un país que aún no estaba decidido.
Porque Shahriar Chafik, nacido en Teerán, criado entre tres continentes, asesinado en París, ya no tenía patria. Esa noche la princesa no duerme, se sienta en el suelo de su apartamento, no llora, no grita, solo respira de una forma extraña, entrecortada, como si el aire le quemara los pulmones. Y en algún momento, cuando amanece sobre París, cuando la luz gris entra por las ventanas, pronuncia una frase que solo escucha su doncella.
Dios no me ha perdonado. Nunca va a explicar qué quería decir con eso, pero durante el resto de su vida va a repetir esa misma frase en los momentos de soledad más profunda. Dios no me ha perdonado. 7 meses después, el 27 de julio de 1980, llega el segundo golpe. su hermano gemelo, el hombre con quien compartió el útero materno, el shap imperio, el gemelo enfermo al que siempre protegió y gobernó desde las sombras.
Mohamad Reza Palavi muere en el Cairo a los 60 años, cáncer linfático, el mismo que se diagnosticó cuando ya era demasiado tarde para tratarlo. Ella lo había visto por última vez dos meses antes, en el hospital militar de Maadi, a las afueras del Cairó. ya estaba irreconocible. Había perdido más de 20 kg. Tenía el rostro hundido, los ojos enormes, la piel gris.
Le hablaba con voz débil, casi infantil. Según los testimonios de los pocos allegados que estuvieron presentes en esos días, los dos gemelos pasaron horas hablando en persa, tomados de la mano, como cuando eran niños en el palacio de Teerán. Nadie sabe qué se dijeron, pero cuando Ashraf salió de la habitación, la vieron llorar por primera vez en años.
Dicen que su hermano le pidió una sola cosa antes de morir, que protegiera a sus hijos, que no dejara que el régimen islámico los alcanzara. Ashraf prometió y cumplió. Ashraf llega a El Cairo para el funeral. El presidente egipcio Anwar El Sadatad le rinde honores de reina. Los ataúdes cubiertos con la bandera imperial persa, las oraciones en árabe y en persa, los últimos dignatarios leales a los palabincones del mundo.
Y ella, vestida de negro, los ojos escondidos detrás de unos lentes oscuros, camina detrás del féretro de su gemelo, completamente sola. Cuando el cuerpo desciende a la tumba provisoria en la mezquita, Alrifai, Ashraf, comprende algo que nunca había comprendido hasta ese momento. Está sola, total y absolutamente sola. Su padre murió en Johannesburgo.
Su hijo Shahriar murió en París. Su hermano gemelo muere en el Cairo. Su hermana Shams está recluida en California, negándose a aparecer en público. Sus otros familiares están dispersos por el mundo, cada uno cargando con sus propios muertos. El imperio Palav, que una vez fue uno de los más ricos y temidos del planeta, se ha reducido a esto.
Un cementerio de tumbas repartidas en cuatro continentes y a una mujer de 60 años en la Costa Azul que ya no sabe para qué sigue viva. Los años 80 son para Ashraf, un largo vagar sin destino. Alquila un apartamento en Montr, cerca del lago alemán. Luego se muda a Nueva York, donde vive durante un tiempo en el edificio Carlle, luego de regreso a la costa azul, luego a Monte Carlo.
Nunca se queda mucho tiempo en el mismo sitio. El miedo no la abandona. Cada hombre desconocido que la mira en un restaurante es un posible asesino. Cada carro estacionado demasiado cerca de su casa podría estar cargado de explosivos. Cada llamada telefónica podría ser la última. La paranoia se vuelve su compañera permanente, pero Ashraf no se rinde.
En 1980 publica sus memorias, un libro titulado Rostros en un espejo, un título elegido con cuidado, porque ella sabe que toda su vida ha sido una historia de espejos. Ella y su gemelo, ella y la pantera negra, ella y las versiones inventadas de sí misma que circulan por el mundo. El libro es un éxito, pero también un fracaso. Un éxito porque se traduce en varios idiomas y se vende en el mundo entero.
Un fracaso porque Ashraf comprende al leer las reseñas que nadie le cree del todo. Todos piensan que esconde algo, que la verdadera pantera negra sigue oculta en alguna parte detrás de esas páginas cuidadosamente escritas. Y quizás todos tienen razón, porque hay cosas que Ashraf Palavi nunca va a contar, ni en sus memorias, ni a sus hijos, ni a nadie.
Se las va a llevar a la tumba, pero aún le quedan años, muchos años. Y una última obsesión, un último combate silencioso que pocos imaginan. Los años 90 encuentran a Ashraf Palavi en Monte Carlo en un apartamento con vistas al mar, un lugar elegante, pero sin la opulencia salvaje de sus años de gloria. Aquí ya no hay fiestas con caviar, ya no hay recepciones con embajadores, ya no hay agentes de la CIA esperando instrucciones, solo hay una mujer mayor y un silencio muy largo.
Ashraf pasa días enteros sin hablar con casi nadie. Lee mira el mar, riega sus plantas, juega al ajedrez con una computadora que le regaló uno de sus nietos. Rechaza casi todas las entrevistas, rechaza casi todas las invitaciones públicas, se ha vuelto invisible. Su doncella, una mujer francesa llamada Marie Claire, que la acompaña desde hace casi 30 años, cuenta en una entrevista posterior que la princesa tiene una rutina casi monástica.
Se levanta cada mañana a las 6, reza en silencio durante 15 minutos frente a una ventana que da al Mediterráneo, desayuna té negro y un trozo de pan tostado. Luego abre una caja de fotos antiguas, siempre la misma caja, y mira durante una hora los rostros de los muertos. su padre con uniforme militar, su hermano vestido de Sha, su hijo Shahriar cuando tenía 5 años sonriendo en una playa del Mar Caspio y luego cierra la caja y empieza el día.

Es una mujer que ha sobrevivido a todos los que amó y no sabe cómo perdonarse por seguir viva. Pero en su escritorio hay un archivador que guarda bajo llave y dentro de ese archivador hay una carpeta con un nombre escrito a mano en la portada, Shah Riar. Porque Ashraf tiene una obsesión, una sola obsesión, que la mantiene viva, saber quién mató a su hijo.
Durante décadas, desde 1979, la princesa contrata investigadores privados, paga informantes, coordina con antiguos agentes del SABAC en el exilio. Sigue las pistas de los miembros de los servicios iraníes que atravesaron Europa para matar a los Palavid. Según algunos testimonios nunca plenamente confirmados, ella misma habría financiado operaciones para localizar a los responsables del asesinato.
Algunos de los sospechosos habrían muerto en circunstancias extrañas. accidentes de carro, caídas inexplicables, desapariciones que nadie investigó a fondo, nadie lo puede probar, pero tampoco nadie lo puede desmentir del todo. Ashraf, en sus raras conversaciones con íntimos, a veces se limita a sonreír cuando le preguntan sobre ese tema.
Una sonrisa extraña, ni satisfecha ni triste. La sonrisa de alguien que sabe algo y no lo va a decir. Los años pasan, llega el 2000, llega el 2010, su cuerpo empieza a traicionarla. Problemas de corazón, de memoria, de huesos. tiene que usar un bastón, luego una silla de ruedas, luego ya casi no sale del apartamento, pero su mente hasta el final sigue afilada como un cuchillo.
Hay un detalle que pocas personas conocen de esos últimos años. Cada año, el 7 de diciembre, en el aniversario de la muerte de Shariar, Ashraf pide que le preparen una mesa para dos en su comedor privado. Platos para dos, copas para dos, servilletas para dos. Una de las dos sillas está vacía, pero tiene un marco con una foto encima.
La foto de Shariar sonriendo vestido con el uniforme de la Marina imperial iraní apenas un año antes de su asesinato. Ashraf come sola durante 3 horas, luego se retira a su habitación. No habla con nadie hasta la mañana siguiente. Nadie le pregunta nunca qué pasa por su mente durante esas 3 horas. Ni su personal, ni sus hijos, ni sus nietos.
Algunos dolores no se tocan, se respetan, se dejan arder solos. En 2013, cuando la CIA desclasifica oficialmente por primera vez los documentos sobre la operación Ajax de 1953, reconociendo públicamente el papel de la agencia en el golpe, un periodista viaja hasta Montecarlo para hacerle una pregunta. Solo una. ¿Es verdad que usted fue pieza clave para convencer al Shah de apoyar el golpe contra Mosadeg? Ashraf, con 93 años, sentada en su sillón, lo mira fijamente durante un minuto entero.
Luego pronuncia una sola frase: “Los papeles nunca cuentan toda la historia y se niega a decir una palabra más. El 7 de enero de 2016, a los 96 años, Ashraf Palabi muere en su apartamento de Montecarlo. Problemas cardíacos durante el sueño, sin dolor aparente, sin ruido, sin drama, como si al final hubiera elegido el momento y la forma.
Sus hijos y nietos llegan desde distintos países. La entierran en el cementerio de Monte Carlo, en la costa mediterránea, lejos de Irán, lejos de Teerán. Lejos del palacio donde había crecido, lejos del imperio que había ayudado a construir y cuya caída nunca pudo aceptar. El funeral es discreto, muy discreto. Asisten unos pocos familiares, algunos diplomáticos retirados, ningún jefe de estado, ninguna cámara de televisión, ningún discurso oficial.
La mujer que una vez era recibida en la Casa Blanca, que se sentó con Stalin en el Kremlin, que fue descrita por la prensa internacional como una de las mujeres más poderosas del mundo, se va de este mundo en un silencio casi total. Pero hay un detalle que pocos conocen, un detalle que aparece en los testimonios de sus allegados y que ha circulado en voz baja entre los miembros de la familia desde entonces.
Según relatos de sus cercanos, Ashraf había pedido en vida una sola cosa personal para el día de su muerte. Quería estar acompañada por una foto, una sola foto, pequeña, en blanco y negro, tomada en los años 20. La foto de dos niños gemelos de pocos años mirando fijamente a la cámara con la misma expresión seria, casi idéntica. Los gemelos Plavi, Mohamad Resa y Ashraf, juntos en esa foto, juntos antes del trono, juntos antes del poder, juntos antes de todos los muertos, juntos como al principio.
¿Quién fue realmente Ashraf Pahlavi? Nadie lo sabe. Nadie lo sabrá nunca con certeza. Para los iraníes de la diáspora que añoran la monarquía, fue una heroína, la mujer que contribuyó a dar a las mujeres iraníes el derecho al voto, la primera en presidir la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, la que luchó contra el analfabetismo femenino cuando casi nadie hablaba del tema.
Para los iraníes que celebran la revolución islámica, fue un monstruo, una corrupta, una agente de los imperialistas extranjeros, la personificación de todo lo que había que destruir. Y en algún lugar, entre esas dos versiones, está la verdad, una verdad compleja, gris, contradictoria, la verdad de una mujer que nació en un mundo que la quería silenciar y que decidió desde los 10 años que nadie la iba a silenciar jamás.
Pagó un precio altísimo por esa decisión. Perdió a su padre al exilio, perdió a su hermano gemelo al cáncer, perdió a su hijo a los asesinos. perdió su país a la revolución, perdió su nombre, que se convirtió en un insulto en las calles de Teerán. Perdió incluso el derecho a ser llorada en público en el lugar donde había nacido.
Pero hasta el último día, Ashraf Palavi no pidió perdón. No pidió perdón por el dinero. No pidió perdón por las fiestas. No pidió perdón por la operación Ajax. No pidió perdón por las acusaciones que nunca pudo desmentir del todo. No pidió perdón por haber sido durante 40 años una de las mujeres más temidas de Medio Oriente.
Y aquí, amigos, es donde esta historia nos hace pensar en algo más profundo. Cuántas veces en la historia una mujer poderosa ha sido llamada monstruo por hacer exactamente lo que un hombre poderoso habría hecho sin ser juzgado? ¿Cuántas veces la ambición femenina se ha convertido en un crimen? Cuántas veces las palabras que usamos para condenar a una princesa ambiciosa, calculadora, fría, manipuladora, se convierten en elogios cuando las aplicamos a un rey? Ashraf Palabi no fue una santa, probablemente tampoco fue el demonio
absoluto que describe la propaganda iraní. fue una mujer de su tiempo, una mujer que nació en un imperio en decadencia, que ayudó a construir un imperio en ascenso y que sobrevivió a la caída de todos los imperios que amó. Una mujer que hasta el último suspiro mantuvo cerca de sí una imagen de su hermano gemelo, el único ser humano quizás a quien amó sin condiciones.
Hoy en Irán su nombre sigue siendo pronunciado en voz baja. En las universidades se enseña que fue una agente de los imperialistas. En los bazares se susurra que tenía cuentas secretas en Suiza por cifras que nadie ha podido encontrar. En los salones de los exiliados se dice que sabía secretos que podrían haber reescrito la historia del siglo XX.
Quizás todo es cierto, quizás nada lo es, pero hay algo que sí podemos afirmar con certeza, algo que ninguna propaganda, ninguna revolución, ningún tribunal puede borrar que una noche de verano en la Costa Azul dos hombres con pasamontañas abrieron fuego contra un Rolls-Royce. que una mujer se lanzó al suelo del carro y se salvó por milagro.
Y que esa mujer, con los oídos aún zumbando por los disparos y las manos cubiertas de la sangre de su amiga, no gritó, no lloró, no suplicó, se levantó y caminó hacia el hotel con el vestido negro destrozado, con el moño deshecho, con la piel manchada de sangre ajena, sola, erguida, indomable, como una pantera.
Ahora te toca a ti decidir, ¿fue una mujer que merecía todo lo que le pasó o fue una criatura atrapada en un mundo demasiado grande para cualquier ser humano que hizo lo que pudo con las armas que tenía? Suscríbete y activa la campanita para no perderte la próxima historia. Y cuéntanos en los comentarios, ¿conocías toda esta historia? ¿Qué es lo que más te ha sorprendido? Porque la próxima semana vamos a contarte la vida de otra figura olvidada del siglo XX.
Una mujer que también vivió entre el lujo y la tragedia. Una mujer que tuvo casi todo el dinero del mundo y murió sola en una habitación con una foto borrosa bajo la almohada. Su nombre pronto va a ser imposible de olvidar. Yeah.