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A los 82 años, Julio Iglesias Finalmente admite lo que todos sospechábamos

Fue simplemente un hombre que le dijo a otro, “Toma esto,  mueve los dedos, pasa el tiempo.” Algo tan sencillo como eso, algo tan pequeño como eso. Y sin embargo, ese gesto diminuto fue el momento exacto en que la historia de Julio Iglesias cambió para siempre, porque Julio tomó la guitarra y sus dedos, esos mismos dedos que habían atajado balones bajo la lluvia de Madrid.

comenzaron a moverse sobre las cuerdas con una torpeza inicial que fue transformándose  lentamente en algo parecido al lenguaje. Y ese lenguaje descubierto entre sábanas de hospital y olor a desinfectante resultó ser el más poderoso que Julio hablaría en toda su vida. Empezó a micar  sus propios poemas, palabras que había escrito en los momentos más oscuros, en las noches en que el dolor no dejaba dormir y la mente vagaba por lugares que era mejor no visitar.

Esas palabras encontraron  melodía. Y esa melodía encontró algo en julio que el fútbol con toda su gloria nunca había tocado. Hay descubrimientos que llegan en el momento equivocado y resultan ser lo más correcto que te ha pasado en la vida. La música fue eso para Julio. Llegó cuando todo lo demás se había ido.

Llegó cuando no quedaba fútbol, ni universidad, ni la certeza cómoda de saber quién eras y hacia dónde ibas. Llegó como llegan las cosas verdaderamente importantes, sin avisar y sin pedir permiso. Durante su recuperación, la familia de Julio solía pasar temporadas en Peñíscola, un pueblo costero de Castellón, donde el mar tiene esa calidad de luz que parece inventada, donde las piedras del casco antiguo guardan siglos de historias y donde el tiempo transcurre con una lentitud que en Madrid sería intolerable, pero allí

resulta sanadora. Julio fue con ellos y en ese pueblo que olía a sal y a historia antigua siguió tocando. No en  grandes escenarios, no ante multitudes que corearan su nombre. Tocaba en los  locales del casco antiguo, en esos bares donde la gente bebe vino barato y conversa sin prisa, donde  nadie espera que ocurra nada extraordinario y por eso a veces ocurre.

Hacía duetos con  músicos locales que nunca sabrían el papel que jugaron en la construcción de una de las carreras más grandes de la historia de  la música. Aprendía, observaba, absorbía  todo lo que podía de cada acorde y cada silencio. Su padre, con la visión práctica de los hombres de su generación, abrió en Peñíscola  un hotel que nombró en honor a una de las canciones de Julio. Hey.

un gesto que decía, sin decirlo, que el doctor Iglesias  Puga había visto algo en su hijo que quizás el propio Julio todavía no era capaz de ver con claridad, que había apostado a su manera silenciosa por ese nuevo camino que estaba  comenzando a dibujarse entre las cuerdas de una guitarra de hospital.

Cuando Julio tuvo suficiente fuerza, miró más  allá de España. Tenía un idioma pendiente, el inglés y una curiosidad  que la convalescencia no había logrado apagar. Viajó a Londres, que en aquella época era la capital del  mundo en términos culturales, el lugar donde la música se estaba reinventando a una velocidad que mareaba.

Primero se quedó en Ransgate, luego fue a Cambridge a la escuela de  idiomas Bell, donde aprendió no solo la gramática y el vocabulario, sino algo más difícil de enseñar y más valioso de aprender, la cadencia de otro mundo. Los fines de semana encontraba  un escenario diminuto en un pup local llamado el Airport Pub.

Ahí, ante una audiencia de trabajadores ingleses que bebían su cerveza sin demasiado protocolo, Julio Iglesias cantaba, cantaba Tom Jones, cantaba en Helberton Perdink, cantaba a los Beatles y algo en su  voz, ese algo que no se aprende y no se fabrica, hacía que la gente dejara el vaso sobre la mesa y prestara atención. Fue en Cambridge  donde conoció a Wendoline, una mujer que inspiró una de sus canciones más conocidas y que representa ese tipo de  encuentros que no definen una vida, pero si dejan una huella específica, una

melodía,  un recuerdo con nombre propio. Julio siempre tuvo esa capacidad, convertir lo que le ocurría en canción, convertir la experiencia vivida en algo que otros pudieran sentir como  propio. regresó a España con el inglés aprendido, con canciones en la cabeza y con  algo que no tenía nombre todavía, pero que empujaba desde adentro.

Y ese empuje lo llevó  en 1968 al festival de la canción de Venidor, donde presentó La vida sigue igual, una canción que era casi un manifiesto personal. La historia de un hombre que lo perdió todo y decidió que la vida seguía siendo suya de todas  formas. Ganó y con esa victoria el mundo comenzó a prestar atención.

Ganar el festival de venidor  fue el principio, pero los principios en la música, como en casi todo, son engañosos. Te hacen creer que lo más difícil ya pasó, que el camino de aquí en adelante es una línea recta hacia arriba. Y rara vez es así. El camino de julio después de Venidor fue tortuoso,  exigente, lleno de momentos en que la duda volvía a instalarse con la misma comodidad con  que se instala en los lugares que conoce bien.

Pero Julio tenía algo que no se compra ni se aprende en ningún conservatorio. tenía una voz que no era técnicamente perfecta en el sentido académico del término, pero que tenía alma, que tenía esa cualidad extraña e indefinible de hacer que quien la escucha sienta que esa canción fue escrita específicamente para él, para su dolor particular, para su amor específico, para su pérdida  concreta.

Eso no lo dan los festivales, eso lo da la vida. Y la vida de Julio había sido hasta ese momento suficientemente intensa como para llenar 100 canciones. Representó a España en el festival de Eurovisión de 1970, quedando en cuarto lugar con Gendoline. Esa canción que llevaba el nombre de la joven inglesa que había conocido en Cambridge.

No ganó Eurovisión, pero ganó algo más importante. Europa lo escuchó y Europa  en aquella época era la puerta hacia el mundo entero. Su carrera comenzó a despegar con una velocidad que él mismo describiría años después como algo casi irreal. Los discos se vendían, las giras se multiplicaban, las fronteras empezaban a caer una tras otra, el mercado latinoamericano primero,  luego el europeo, después el anglosajón.

Julio Iglesias se convertía disco a disco, gira a gira, en algo que España no había producido antes, una  estrella verdaderamente global. Grabó en español, en inglés, en francés, en italiano, en portugués, en alemán. No se conformó con  conquistar un mercado. Quiso todos y los fue tomando uno por uno  con esa combinación de carisma, trabajo y una voz que cruzaba idiomas como si los idiomas fueran apenas una formalidad.

En 1983  con el álbum 1100 Blace logró algo que pocos artistas en la historia habían conseguido. Una canción grabada con Willy Nelson Toal de Gels y Belap Before que llegó a la cima de las listas en Estados  Unidos. La última frontera había caído, pero mientras la leyenda crecía hacia afuera, hacia los escenarios y las portadas  de revistas, algo más complicado ocurría hacia adentro.

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