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ANA GABRIELA GUEVARA : LA ASQUEROSA VERDAD DETRÁS DEL CONADE

77 millones de mexicanos pegados a la televisión la noche del 24 de agosto, la final de los 400 m. Su carrera entera apuntaba a esa noche. No ganó. La baameña Tonque Williams le quitó el oro por 23 centésimas. Ana Gabriela cruzó la meta segunda con la mirada perdida, sabiendo que se le había escapado por un suspiro la única medalla que de verdad importaba.

La medalla de plata se la colgaron al cuello. Subió al podio y mientras la bandera mexicana ascendía en el segundo lugar del mástil, la mujer más rápida de México apretó los labios para que las cámaras del mundo no la vieran llorar. Esa noche en Atenas, Ana Guevara aprendió una lección que iba a marcar la segunda mitad de su vida.

Aprendió que la diferencia entre la gloria absoluta y el segundo lugar son 23 centésimas. Y aprendió que el país que la había aplaudido en París la iba a olvidar en Atenas. Lo que esa mujer no podía imaginar es que 14 años después, sentada en una oficina de CONADE, iba a tomar venganza por esa medalla que se le escapó y la iba a cobrar contra las únicas personas que no tenían culpa de nada, las atletas que venían detrás de ella.

En 1997, Ana Gabriela había firmado su primer contrato profesional en el 2008. 12 años después lo rompió. anunció su retiro a los 31 años en plena cumbre, con todavía velocidad en las piernas, y lo hizo con una frase que la prensa mexicana publicó al día siguiente. Dijo que estaba asqueada del sistema deportivo mexicano, que la federación no apoyaba a las atletas, que los recursos se quedaban en los escritorios y nunca llegaban a las pistas, que ella no iba a seguir corriendo para un país que se robaba el dinero de sus campeones. El presidente

de la Federación Mexicana de Atletismo se llamaba Mariano Lara. Ana Guevara lo señaló con nombre y apellido. Lo acusó públicamente de corrupción, de desviar recursos, de abandonar a las atletas mujeres, de usar a los deportistas como adornos políticos sin pagarles lo que les correspondía.

Esa fue la denuncia más sonada del deporte mexicano en aquellos años. Y el público mexicano la escuchó y le dio la razón. 10 años después de hacer esa denuncia, Ana Guevara iba a sentarse exactamente en la misma silla que ocupaban los hombres a los que ella había acusado. Iba a manejar los mismos recursos públicos, iba a tener bajo su mando a las mismas atletas mujeres que ella había defendido.

Y lo que iba a hacer con ese poder es lo que vas a saber en los próximos minutos. Pero antes hay que entender cómo llegó ahí. El 2009, un año después del retiro, el Partido de la Revolución Democrática le ofreció a Ana Guevara una candidatura para jefe delegacional en Miguel Hidalgo, una de las zonas más caras de la Ciudad de México. Aceptó, perdió.

La derrotó Demetrio Sodi del PAN por seis puntos. Pero Ana Guevara no regresó a Sonora a entrenar muchachas. Se quedó en Ciudad de México. Aprendió cómo se mueve el poder. Aprendió quién paga las campañas. Aprendió en qué pasillos del Senado se firman los contratos. En el 2012, ahora con el Partido del Trabajo, llegó al Senado de la República por la vía plurinominal, senadora por Sonora, un cargo que iba a ocupar durante 6 años.

Presidió la Comisión de Asuntos Migratorios, fue secretaria de la Comisión de Relaciones Exteriores y empezó a viajar a Cuba, a Estados Unidos, a reuniones diplomáticas donde una excorredora de 400 m no debería tener nada que opinar. Pero opinaba y empezó a tejer relaciones que ningún periodista deportivo seguía de cerca, porque a la prensa mexicana le interesaba la senadora de las medallas, no la senadora que estaba aprendiendo a firmar convenios internacionales.

En esos 6 años en el Senado, Ana Guevara construyó una red de contactos políticos que después le iba a permitir hacer algo que ningún ex deportista mexicano había hecho jamás. tomar el control absoluto del presupuesto del deporte nacional y ese presupuesto durante los siguientes 6 años iba a ser de más de 18,000 millones de pesos.

Pero antes del nombramiento de CONADE, antes del poder absoluto, hubo una noche que cambió a Ana Guevara para siempre. Una noche que el país entero recordó al día siguiente cuando vio la fotografía en los periódicos y que hoy, 8 años después todavía pesa sobre todo lo que vino después. Domingo 11 de diciembre del 2016, carretera México Toluca. 5 de la tarde.

Ana Guevara, de 39 años, regresaba en su motocicleta Harley Davidson de un fin de semana en Valle de Bravo. La acompañaba una amiga Karina Rincón. En otra moto hacía frío. La carretera estaba llena de gente que también regresaba al Distrito Federal después del puente. A la altura del kilómetro 26, cerca de la marquesa, una camioneta Dodge Voyager con placas del Estado de México impactó la moto de Ana por detrás. La senadora salió disparada.

La Harley Davidson cayó al asfalto rebotando varios metros. Ana golpeó contra la valla central. se levantó adolorida, se quitó el casco y se acercó a la camioneta a reclamar el choque, pensando que era un accidente común. No le pidieron disculpas, no le ofrecieron el seguro, la rodearon. Los cuatro hombres bajaron al mismo tiempo, la empezaron a gritar.

Le dijeron lo que las mujeres mexicanas escuchan cada vez que un hombre se siente ofendido por su existencia. Le insultaron por andar en moto, por reclamar, por levantar la voz, por ser mujer. Y entonces, mientras Karina Rincón los grababa con un celular desde la otra moto, los cuatro hombres rodearon a Ana Gabriela y empezaron a pegarle.

Patadas en las costillas, puñetazos en la nuca. Una mujer cayó al asfalto. Otro hombre la pateó en la cara. Esa patada le rompió el pómulo. La fractura del maxilar superior fue tan severa que los médicos del hospital A, B, C, esa misma noche dijeron que el hueso se había desplazado 2 cm del lugar donde debía estar.

Ana Guevara cayó al suelo por segunda vez ese día, sangrando, con la cara hinchada, con los huesos fracturados, mientras los cuatro hombres se subían a la camioneta y se iban por la carretera sin que nadie los detuviera, sin que la policía federal llegara a tiempo, sin que ningún testigo saliera del carro a defenderla. La medallista olímpica, la mujer más rápida de México, la senadora de la República, quedó tirada en el asfalto del Estado de México como cualquier otra mujer mexicana golpeada en una carretera, sin protección, sin guardaespaldas, sin

justicia inmediata. Logró subirse a su moto. Avanzó algunos metros. Encontró una patrulla federal a la altura del kilómetro 26. Le suplicó a los oficiales que la llevaran al hospital. La trasladaron al ABC de Santa Fe. Esa misma noche la operaron de emergencia. La cirugía duró 3 horas. Le pusieron placas de titanio en el pómulo, le suturaron las heridas de la cara, le inmovilizaron las costillas magulladas.

Dos días después, el martes 13 de diciembre del 2016, Ana Guevara dio una conferencia de prensa en el Senado de la República. Pudo haber dado la rueda con lentes oscuros para tapar los moretones. Pudo haber dado un comunicado escrito. Pudo haberse escondido en su casa hasta que la cara se desinflamara.

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