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Amado Carrillo: Quiso BORRAR Su Rostro para DESAPARECER… Y Los Médicos aparecieron MUERTOS

Amado Carrillo era ese alguien. Los dos construyeron  una sociedad que en su momento de mayor capacidad movía más cocaína hacia los Estados Unidos que ninguna otra organización criminal del mundo.  La DEA lo describió como el narcotraficante más poderoso de su época.

No el más violento, aunque la violencia era parte del negocio. No el más temido, aunque lo temían. El más poderoso en términos de capacidad logística, de alcance  geográfico, de la red de protección institucional que había construido comprando a los funcionarios correctos en México y  en Colombia, se movía con libertad en la Ciudad de México.

Los reportes de la época decían que entre mayo y julio  de 1997, los últimos meses de su vida o de su existencia conocida,  había viajado a Rusia, Cuba y Chile para expandir sus operaciones. El hombre que debería  haber estado escondido en algún búnker en la sierra estaba haciendo turismo de negocios por tres continentes.

Esa libertad de movimiento  era posible por una cosa, la red de protección que había comprado. No  policías de barrio, funcionarios de alto nivel, comandantes de la policía judicial, agentes de la Dirección Federal de Seguridad, personas  dentro del sistema que hacían que las órdenes de apreciónsión en su contra fueran papel sin consecuencias.

Amado Carrillo tenía en su momento 26  investigaciones abiertas en Estados Unidos. El gobierno mexicano lo buscaba con dos órdenes de apreciónsión y él volaba a Rusia y a Cuba y a Chile a expandir su negocio. Eso era el  poder del Señor de los cielos. Pero el poder tiene un costo específico para los que lo ejercen desde las  sombras.

Y ese costo es la cara, el rostro que las autoridades de cuatro países tienen fotografiado, que  la DEA tiene en sus archivos, que los agentes de inteligencia en México tienen en sus pantallas, el rostro que hace  imposible que el hombre más poderoso del narco pueda caminar por una calle de cualquier ciudad importante del mundo sin el riesgo de que alguien lo reconozca.

Por eso la cirugía, la idea de cambiar el rostro para desaparecer no era nueva en el narco. Otros capos lo habían intentado con distintos resultados, pero Amado Carrillo lo planificó con la misma meticulosidad con que planificaba las rutas de sus aviones. Eligió el hospital correcto en el barrio correcto de la ciudad donde tenía más protección.

Elegió a los cirujanos correctos.  Entró con un nombre falso y se sometió a 8 horas de cirugía. para que el hombre que saliera de ese hospital  fuera alguien que ninguna base de datos en el mundo pudiera identificar. El problema no fue la cirugía, el problema fue lo que le pusieron cuando despertó con dolor.

Dormicum, el nombre comercial del midazolam, un medicamento hipnótico  y sedante que se usa para calmar la ansiedad y el dolor en los  procedimientos médicos. En las dosis correctas, bajo supervisión médica  adecuada, es un medicamento estándar, pero mezclado con la anestesia que todavía circulaba en el organismo de Amado después de 8  horas en el quirófano, en un cuerpo que, según reveló después, el rey Zambada  tenía un problema cardíaco previo.

La combinación fue letal, paro cardiorrespiratorio, o eso dice la versión oficial,  porque 4 meses después de que Amado Carrillo salió del Hospital Santa Mónica de Polanco en una bolsa, en noviembre de 1997,  automovilistas en la autopista México, Acapulco vieron algo en el acotamiento de  la carretera que no debería estar ahí.

Tres tambos metálicos sellados  con cemento con manchas oscuras en la superficie y un olor que los automovilistas describieron como insoportable incluso pasando a velocidad  normal. Las autoridades llegaron, abrieron los tambos. Dentro estaban los cuerpos de Jaime Godoy,  otorrino laringólogo de 37 años, y de Carlos Ávila y Ricardo Reyes, los dos cirujanos plásticos que habían realizado la operación.

Reyes era colombiano, lo que explicaba por qué había sido elegido para el procedimiento. Un cirujano extranjero al que nadie en México iba a buscar tan fácilmente. Los tres habían sido torturados antes de morir. Tortura, cemento, tambo. El mensaje era completamente claro para quien supiera leer el lenguaje del narco. Estas  personas sabían algo que nadie más tenía permitido saber.

Y para cuando las autoridades identificaron los  cuerpos en los eran cinco los médicos relacionados con la cirugía de Amado Carrillo que habían muerto. Los otros dos habían fallecido en circunstancias que las autoridades también atribuyeron a causas relacionadas con el caso. Y un sexto médico había desaparecido sin que nadie supiera su paradero.

Seis médicos  muertos o desaparecidos, todos relacionados con la misma cirugía, todos silenciados antes de que pudieran hablar. Hablar de qué exactamente ahí es donde la historia de la muerte de Amado Carrillo se convierte en algo más que la historia de un capo que murió en un quirófano.

Porque la pregunta que los periodistas mexicanos se hicieron en ese momento  y que nunca encontró respuesta oficial satisfactoria era simple. ¿Quién mató a los médicos? Si Amado Carrillo había muerto en el quirófano, la pregunta de quién mandó matar a los médicos tenía una respuesta lógica. Alguien  del cártel, furioso por la supuesta negligencia que había costado la vida de su jefe, los había ejecutado como venganza.

Esa era la versión que circuló. Vicente Carrillo  Fuentes, el hermano que se quedó al mando del cártel de Juárez después de la muerte de Amado, había ordenado el asesinato de los médicos. Pero si Amado Carrillo no había muerto en el quirófano,  si había fingido su muerte para desaparecer con un nuevo rostro, entonces la pregunta de quién mató a los médicos  tenía una respuesta completamente diferente.

Los médicos fueron asesinados porque eran las únicas personas en el mundo que podían identificar el nuevo rostro de Amado Carrillo. Las únicas personas que sabían cómo se veía ahora el hombre más buscado del mundo después de 8 horas de cirugía. Silenciarlos no era venganza, era necesidad.

El bigote fue lo que más habló. Cuando el cuerpo de Amado Carrillo fue  mostrado públicamente en su ataúd, los fotógrafos que cubrieron el velorio notaron algo que no tenía  explicación médica evidente. El bigote negro del capo estaba intacto, perfectamente arreglado, como si no hubiera pasado nada. Pero para realizar una reconstrucción facial completa de 8 horas, los cirujanos tienen que preparar el campo quirúrgico.

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