En el ajedrez político de Colombia, pocas figuras generan tanto magnetismo y controversia como Álvaro Uribe Vélez. A sus años, lejos de optar por la tranquilidad del retiro, el expresidente se define a sí mismo como un “agitador de la calle”, un hombre que recorre los municipios con la vitalidad de un principiante pero con el colmillo de quien ha gobernado un país durante ocho años en sus momentos más convulsos. En una reciente y profunda intervención, Uribe desmenuzó la actualidad nacional, abordando desde la posibilidad de volver al gabinete ministerial hasta las heridas abiertas de los falsos positivos y la polarización con figuras como Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella.
La conversación comenzó con un tono casi poético. Ante la pregunta de si aceptaría ser el Ministro de Defensa en un eventual gobierno de Paloma Valencia —quien ha expresado públicamente ese deseo con convicción—, Uribe no dio un “no” rotundo. Invitó a los oyentes a usar la “imaginación” y a transportarse a un “mundo de fantasía”. Aunque reconoció que los años pe
san, su negativa no fue técnica sino estratégica, dejando la puerta abierta a una influencia que, en la práctica, ya ejerce recorriendo el país junto a la senadora Valencia.
La seguridad democrática en el siglo XXI: Un país sitiado
Para Uribe, el estado actual de la seguridad en Colombia es “gravísimo”. Con la precisión de quien conoce la geografía nacional palmo a palmo, relató su paso por Aguachica y el sur del César, describiendo regiones dominadas por lo que él denomina grupos terroristas. Denunció una problemática que, según él, el periodismo debe investigar con urgencia: el robo masivo de combustible de Ecopetrol para ser llevado al Catatumbo y procesar cocaína.

El expresidente lanzó una advertencia tecnológica preocupante. Aseguró que los grupos armados ilegales cuentan hoy con equipos de drones más potentes que los de las propias Fuerzas Armadas. En este contexto, la candidatura de Paloma Valencia surge, según Uribe, como la única “coalición de matices democráticos” capaz de frenar lo que él llama la “cubanización” de Colombia, personificada en la figura de Iván Cepeda y el actual gobierno de Gustavo Petro. Según el líder del Centro Democrático, el programa de Cepeda se resume en “estado, estado, estado, impuestos e impuestos”, un camino que, a su juicio, aniquila el equilibrio público-privado de la Constitución del 91.
Falsos positivos: “Me equivoqué”
Uno de los momentos más tensos y reflexivos de la charla fue cuando se abordó la cifra actualizada de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) sobre los mal llamados “falsos positivos”: 7.837 casos entre 1990 y 2016. Uribe fue directo al grano, pero también autocrítico. Reconoció que su famosa frase de la época —”esos muchachos no estarían recogiendo café”— fue un error basado en información que recibió de la fiscalía de entonces.
“Cuando a uno le cuentan que alguien que uno quiere está haciendo mal, en principio uno no cree”, confesó con sinceridad. El expresidente reiteró que siempre actuó con severidad ante las quejas, recordando la desvinculación de altos mandos militares y su denuncia pública sobre los asesinatos en Ocaña. Defendió su gestión alegando que, si bien el país no quedó perfecto, avanzó significativamente en seguridad y confianza inversionista. Al mismo tiempo, contraatacó a Iván Cepeda, cuestionando su supuesta colaboración con las FARC evidenciada en los computadores de Raúl Reyes y su responsabilidad en el ascenso político de figuras con pasado criminal.
Divisiones internas y la sombra de Abelardo de la Espriella
La política no solo se juega contra los opositores de izquierda, sino también dentro de las filas del mismo sector. Uribe se refirió a la molestia que existe en el Centro Democrático por la presencia de ciertos personajes en la campaña de Abelardo de la Espriella, específicamente el abogado Carlos Suárez. Según denuncias del propio hijo del expresidente, Tomás Uribe, Suárez habría sido una pieza clave en las visitas de Piedad Córdoba a cárceles de Estados Unidos para buscar testimonios contra el exmandatario.
Aunque Uribe intentó mantener una “diplomacia de caballo cochero” para no distraerse de la campaña de Paloma Valencia, la tensión fue evidente. La molestia radica en que personas que en el pasado habrían trabajado en estrategias contra su honra, ahora hablen “al oído” de figuras que se presentan como alternativas en su mismo espectro político. Para Uribe, la prioridad es la protección de la democracia y evitar que el país caiga en manos de quienes proponen un estatismo total.
El incidente en Ecuador: “Petro ha mentido”
Finalmente, el expresidente aclaró la polémica sobre su reciente visita a Ecuador y una fotografía con el presidente Daniel Noboa. Uribe desmintió tajantemente al presidente Petro y a la cancillería, quienes aseguraron que él había ido a conspirar o a convenir aumentos de aranceles. “El presidente Petro ha mentido”, afirmó, explicando que sus visitas a Ecuador son frecuentes para dictar conferencias sobre liderazgo y manejo de crisis en universidades y gremios privados.

Uribe aprovechó para recordar el bombardeo contra Raúl Reyes en 2008, pidiendo perdón nuevamente al pueblo ecuatoriano por la violación de su soberanía, pero defendiendo la acción como necesaria contra un “grupo terrorista invasor”. Concluyó reafirmando el compromiso de Paloma Valencia con el “Escudo de las Américas”, un Plan Colombia ampliado que busca la colaboración de varios países del continente para derrotar el narcoterrorismo y normalizar las relaciones comerciales, hoy estancadas por la ideologización de la frontera.
La intervención de Álvaro Uribe deja un mensaje claro: su influencia en la política colombiana está lejos de desvanecerse. Entre la defensa de su legado y la promoción de nuevas figuras, el exmandatario sigue siendo el epicentro de un debate que define el futuro del país, moviéndose entre la nostalgia de lo que fue y la firmeza de lo que, según él, debe ser para no perder la libertad.