PARTE 1: LA SACRISTÍA DEL BALOMPIÉ Y EL CRUJIDO DEL BOLSILLO
La persiana del salón de Paco no estaba bajada del todo, pero casi.
Aquel domingo, la luz de Madrid entraba en la habitación como si pidiera permiso, filtrándose en hileras de polvo suspendido que bailaban sobre el tapete de ganchillo.
Paco, jubilado de la Renfe y filósofo de barra de bar por derecho propio, se ajustó las gafas de cerca.
Eran unas gafas que tenían más años que la democracia y que estaban pegadas con un poco de celo en la patilla izquierda.
Sobre la mesa camilla, el aroma a café recién hecho peleaba contra el olor a cerrado de una casa que solo se ventilaba por compromiso.
Paco suspiró, un suspiro de esos que llevan dentro toda la fatiga de la clase trabajadora desde la posguerra.
Sostenía el periódico deportivo con las manos ligeramente temblorosas, no por la edad, sino por la indignación que le subía por el esófago.
Marta, su nuera, estaba sentada frente a él, intentando descifrar un correo electrónico en su portátil de última generación.
Ella era la representación de la modernidad: eficiente, rápida, acostumbrada a que todo se solucionara con un clic y un código QR.
Paco, en cambio, seguía creyendo que las cosas importantes de la vida se sellaban con un apretón de manos y un “te debo una”.
El silencio del salón solo era interrumpido por el tictac de un reloj de pared que parecía marcar el tiempo a regañadientes.
De repente, Paco soltó el periódico sobre el hule como si el papel quemara.
Miró a Marta por encima de la montura de sus gafas, con los ojos inyectados en una mezcla de incredulidad y furia contenida.
—Cien euros, Marta —dijo Paco, y la voz le salió como un graznido.
Marta ni siquiera levantó la vista de la pantalla, acostumbrada ya a los arranques de su suegro.
—¿Cien euros qué, suegro? ¿La factura de la luz? Porque si es eso, ni tan mal.
Paco se golpeó el pecho con la palma de la mano, justo donde se supone que reside el corazón y el carné de socio.
—¡Cien euros la entrada para el partido del domingo! —exclamó, elevando el tono hasta que el canario de la terraza empezó a piar con ansiedad.
Marta cerró la tapa del portátil con un suspiro resignado y se echó hacia atrás en la silla.
Sabía que cuando Paco entraba en ese bucle, no había estadística de mercado ni argumento de marketing que pudiera frenarlo.
—Cien euros por ver un partido de liga, Marta… ¡Es un robo a mano armada! ¡Un atraco sin pasamontañas!
Paco se levantó de la silla, haciendo que las patas de madera chirriaran contra el terrazo viejo.
Empezó a caminar por el salón, gesticulando como si estuviera dando un mitin en la Puerta del Sol en 1978.
—¿Tú sabes lo que eran cien euros antes? ¡Bueno, no eran euros, eran pesetas, que eso sí que era dinero de verdad!
—Suegro, no empiece con las pesetas, que nos conocemos —advirtió Marta con una sonrisa cansada.
—¡Con dieciséis mil pesetas yo me compraba media Gran Vía y aún me sobraba para invitar a tu suegra a cenar en un sitio con manteles de tela!
Paco se detuvo frente a un póster del equipo de sus amores, una reliquia de los años ochenta donde los jugadores aún llevaban bigote y los pantalones eran ridículamente cortos.
—Mira a estos tíos, Marta. Estos jugaban por el bocadillo de mortadela y el orgullo del barrio.
—Esos tíos ahora no aguantarían ni diez minutos contra un extremo de los de ahora, Paco, que son atletas.
Paco se dio la vuelta, ofendido en lo más profundo de su nostalgia futbolística.
—¡Atletas dice! ¡Gominas es lo que son! ¡Modelos de calzoncillos que se caen si les soplas un poco fuerte!
Se acercó de nuevo a la mesa y señaló el anuncio de las entradas en el periódico con un dedo acusador.
—Cien euros la entrada más barata, en el gallinero, donde los jugadores parecen hormigas con botas.
—Es el mercado, suegro —intentó razonar Marta, cruzando los brazos—. La oferta y la demanda.
—¿El mercado? ¡El mercado es el que pone mi mujer los martes, donde el kilo de tomates está a precio de oro! ¡Esto no es mercado, esto es usura!
Marta se levantó también, tratando de suavizar la tensión, sabiendo que Paco se estaba poniendo rojo de verdad.
—Es el precio de ver a los mejores del mundo, suegro. Si quiere calidad, hay que pagarla.
—¿Calidad? ¿Pagar cien pavos para ver a once millonarios corriendo detrás de una pelota mientras yo me quedo sin ahorros para la revisión de la caldera?
Paco se llevó las manos a la cabeza, revolviéndose el poco pelo canoso que le quedaba.
—¡Es que se ríen de nosotros! Se ríen del currante que lleva toda la vida pagando su cuota y aguantando chaparrones en la grada.
—Si tanto le duele, suegro, no vaya al estadio —dijo Marta, tratando de ser pragmática—. Lo vemos aquí en casa, o mejor aún, lo vemos en el bar con una caña.
Paco se quedó congelado a mitad de un paso, como si Marta hubiera sugerido ver el partido en Marte.
—¿En el bar? ¿Con una caña? —repitió Paco, masticando las palabras con desconfianza.
—Claro. En el bar de abajo, con el ambiente, con la gente gritando… Es casi como estar allí, pero sin el frío de la sierra.
Paco miró hacia la ventana, pensando en el Bar de Manolo, un establecimiento donde el serrín del suelo tenía más historia que muchos museos nacionales.
Pero la mención del bar no calmó su indignación; solo abrió un nuevo frente de batalla en su guerra particular contra la inflación.
—¡En el bar nos cobran 3 euros por una cerveza, Marta! ¡Otro robo! ¡Otra estafa organizada por el cártel de los grifos de Mahou!
Marta se echó a reír, una risa que a Paco le pareció casi una traición a los valores fundamentales de la clase media.
—Hombre, Paco, tres euros por una caña y una tapa de bravas no es para ponerse así.
—¿Que no es para ponerse así? ¡Tres euros por un vaso que tiene más espuma que líquido! ¡Eso es el 1% de mi pensión por cada trago!
Paco se volvió a sentar, esta vez con la pesadez de quien acepta que el mundo ha decidido volverse loco sin consultarle.
—Antes, con tres euros, o su equivalente, te daban la cerveza, la tapa, y el camarero te preguntaba por la salud de tu tía la de Cuenca.
—El mundo cambia, suegro. Ahora todo es una experiencia. El estadio es una experiencia, el bar es una experiencia…
—¡La única experiencia que yo tengo es que me están dejando la cartera más limpia que una patena! —gritó Paco.
Se hizo un silencio espeso en el salón, uno de esos silencios donde se nota que la lógica ha abandonado el edificio.
Marta miró a su suegro con una mezcla de ternura y desesperación, comprendiendo que para Paco, el fútbol no era un negocio, sino una herencia sagrada.
Y ver que esa herencia ahora pedía una fianza bancaria para ser disfrutada le rompía los esquemas de su mundo ordenado.
Paco se quedó mirando fijamente el televisor apagado, como si esperara que el mismísimo espíritu de Santiago Bernabéu bajara a darle la razón.
Pero el televisor solo le devolvía su propio reflejo: un hombre que recordaba un fútbol que ya no existía.
PARTE 2: LA NOSTALGIA DE LAS CINCO PESETAS Y EL DRAMA DE LAS BRAVAS
Paco seguía rumiando su rabia mientras Marta, con la paciencia de una santa, intentaba recoger las tazas del café.
—Es que no me entra en la cabeza, Marta, de verdad te lo digo —insistió Paco, siguiendo a su nuera hasta la cocina.
La cocina era pequeña, con azulejos de esos que tienen flores naranjas, testigos de miles de guisos y de discusiones sobre la alineación del domingo.
—¿Tú te crees que el fútbol es para ricos ahora? ¿Que solo pueden ir los que tienen el apellido compuesto y coche oficial?
Marta dejó las tazas en el fregadero y se giró, apoyándose en la encimera.
—No es que sea para ricos, Paco, es que se ha profesionalizado. Los clubes tienen que pagar sueldos astronómicos porque los jugadores son estrellas globales.
Paco soltó una carcajada amarga que sonó como una lija frotando contra una piedra.
—¡Estrellas globales! ¡Mi primo el de Albacete también era una estrella en la verbena y no cobraba cien euros por mirar a la gente!
Paco empezó a contar con los dedos, una costumbre que tenía cuando quería demostrar que las cuentas no salían ni a tiros.
—Mira, apunta. Cien euros la entrada. Diez euros el transporte, porque aparcar cerca del estadio es como intentar aparcar en el salón de tu casa.
—Vaya en metro, suegro, que tiene el abono de la tercera edad casi gratis —interrumpió Marta.
—¡El metro! —exclamó Paco como si le hubieran propuesto ir en burro—. ¿Tú has visto cómo va el metro los días de partido? ¡Eso es una lata de sardinas con olor a sudor y nerviosismo!
Marta puso los ojos en blanco, pero Paco no se detuvo.
—Seguimos. Otros diez euros para el bocadillo de aluminio de fuera del estadio, porque dentro te cobran quince por una hamburguesa que tiene menos carne que un chicle.
—Pues se lleva el bocadillo de casa, Paco, como ha hecho siempre suegra.
—¡Ahí está la cosa! ¡Que ya ni nos dejan entrar con el bocadillo envuelto en Albal como si fuéramos delincuentes! ¡Que si el papel de plata es peligroso, que si la tapa de la botella…!
Paco se indignaba por capas, como una cebolla de cabreo que nunca terminaba de pelarse.
—Al final, entre una cosa y otra, te plantas en ciento treinta o ciento cuarenta euros por noventa minutos de un partido que, con mi suerte, acaba cero a cero.
Marta intentó cambiar de táctica y apelar al sentimiento.
—Pero Paco, piense en la emoción. Ver el césped, oler la hierba, escuchar el grito de la grada cuando hay un gol… Eso no tiene precio.
—¡Que no tiene precio dice! ¡Lo tiene y es de tres cifras! —replicó Paco volviendo al salón—. La emoción yo la siento igual en el sofá, lo que no siento es el sablazo en la cuenta corriente.
Se sentó de nuevo en su sillón, el que tenía la forma de sus nalgas grabada tras décadas de uso intensivo.
—Y luego está lo del bar, Marta, que lo has soltado como si fuera la panacea.
—Es una opción, suegro. Tres euros la caña. Por diez euros tiene tres cervezas y ha pasado la tarde.
Paco negó con la cabeza, con una expresión de profunda decepción pedagógica.
—Tres euros por una caña es una declaración de guerra, Marta. Que yo me acuerdo cuando la caña valía ochenta pesetas. ¡Ochenta!
—Ya estamos otra vez…
—¡Escúchame! Con una moneda de cien pesetas te tomabas la caña, te ponían un plato de aceitunas que parecían balones de reglamento y te daban el cambio para el periódico.
Paco hacía gestos con las manos, recreando ese mundo idealizado donde el dinero parecía estirarse como un chicle infinito.
—Ahora entras en el bar de Manolo, pides una caña y te pone un cuenco con tres patatas fritas de esas que vienen en bolsa y están más rancias que el baúl de la Piquer.
—Manolo hace lo que puede, Paco, que a él también le han subido el alquiler y la luz de las neveras.
—¡Pues que apague las neveras y nos tomemos la cerveza del tiempo, como los ingleses, pero que no me cobre tres euros por un vaso de tubo!
Paco se cruzó de brazos, hundiéndose en el sillón.
—Es que todo es un complot. Los de arriba quieren que nos quedemos en casa, comiendo pipas de marca blanca y mirando la televisión por un agujerito.
—Nadie quiere eso, suegro. Simplemente el fútbol ha dejado de ser un deporte de barrio para ser un espectáculo de masas mundial.
—¿Mundo? ¿Qué mundo? A mí qué me importa lo que opine un chino o un americano sobre mi equipo.
Paco señaló con el dedo la ventana, señalando hacia el horizonte donde se intuían los bloques de pisos de los trabajadores.
—El equipo es de la gente de aquí. De los que bajamos a la calle y discutimos con el panadero.
—Los tiempos han cambiado, Paco. Los equipos ahora son empresas.
—¡Pues que se vayan a la bolsa y nos dejen el balón a nosotros! —sentenció Paco.
Marta suspiró. Sabía que la discusión estaba llegando a ese punto donde el sentido común y la nostalgia chocan frontalmente.
—Mire, hagamos una cosa. Yo le invito a la entrada —propuso Marta, buscando la paz familiar.
Paco se quedó callado un momento. Sus ojos brillaron por un segundo, pero luego su orgullo de viejo rockero de la clase obrera se impuso.
—Ni hablar. No voy a dejar que te gastes cien euros en esa estafa. Sería como colaborar con el enemigo.
—Pero suegro, si es por disfrutarlo juntos…
—No, Marta. Es una cuestión de principios. Si paso por el aro hoy, mañana me cobrarán doscientos por ver un entrenamiento.
Paco se levantó de nuevo, esta vez con una energía renovada por la terquedad.
—Vamos a ir al bar. Pero no al de Manolo, que se ha vuelto un moderno con eso de poner la cerveza en copa de vino.
—¿Y a dónde quiere ir?
—Al de Paco “El Cojo”. Allí la caña sigue a dos con cincuenta. Sigue siendo un robo, pero es un robo con un poco más de ética.
Marta sonrió. Sabía que, al final, Paco necesitaba el ritual, aunque le costara la salud y el bolsillo.
—Está bien, Paco. Vamos al de “El Cojo”. Pero no se me queje de la tapa, ¿eh?
—¡Si la tapa es de torreznos, no me quejo! Pero como me ponga frutos secos de esos que tienen más sal que el Mar Muerto, me oye.
Paco empezó a buscar su chaqueta, esa de pana que aguantaba lo que le echaran.
La tensión cómica empezaba a transformarse en una resignación compartida, pero el runrún del precio seguía ahí, latente.
Porque para Paco, cada euro de más en el ticket era un paso más lejos de su juventud.
PARTE 3: EL SÍNCOPE DEL TICKET Y LA BATALLA DEL BAR
Llegaron al bar de “El Cojo” diez minutos antes de que empezara el partido.
El lugar era un santuario de la vieja escuela: paredes amarilleadas por el humo de décadas pasadas y un televisor colgado del techo con un soporte que desafiaba las leyes de la física.
Paco entró saludando a la parroquia como si fuera el alcalde de un pueblo pequeño.
—¡Vaya precios, eh, Paco! —le gritó a su tocayo, el dueño del bar, que estaba tras la barra secando un vaso con un trapo de dudosa higiene.
—¡Ni que lo digas, tocayo! —respondió el Cojo—. Me han subido el barril otro 10%. A este paso voy a tener que servir el alcohol con cuentagotas.
Paco y Marta se hicieron un hueco en una esquina de la barra, rodeados de hombres que miraban la pantalla con la intensidad de quien espera un milagro.
—¿Ves, Marta? —susurró Paco—. Aquí está la resistencia. La gente que no puede pagar los cien euros de los señores feudales del estadio.
Marta asintió, aunque el olor a fritura le estaba empezando a calar en la ropa nueva.
—Ponme una caña, tocayo. Y a la niña ponle lo que quiera, que hoy paga el abuelo… o pagas tú si te portas bien.
El Cojo soltó una carcajada seca y sirvió dos cervezas con una maestría que solo se adquiere tras cuarenta años de oficio.
—Siete euros con cincuenta —dijo el Cojo, dejando los vasos sobre el mostrador.
Paco se quedó con la mano en el bolsillo del pantalón, petrificado.
—¿Siete con cincuenta? —preguntó Paco, con la voz temblando—. Pero si somos dos. Y la mía es una caña, no un tanque de la División Azul.
—Dos con cincuenta cada una, más la tapa especial de hoy, que son dos cincuenta de suplemento porque hay partido grande.
Paco miró la tapa: tres trozos de tortilla que parecían haber sido cortados con una regla y un poco de chorizo.
—¿Suplemento por partido? ¡Pero si el televisor es tuyo y la señal la pagas igual juegue el Madrid o el Alcorcón!
—Es la oferta y la demanda, Paco, como dice tu nuera —dijo el Cojo, guiñándole un ojo a Marta.
Paco se volvió hacia Marta con una mirada de absoluta traición.
—¡Lo ves! ¡Es un virus! ¡Se extiende! ¡La codicia ha llegado hasta a las barras de zinc!
Marta sacó un billete de diez euros y lo puso sobre la barra antes de que Paco sufriera un amago de infarto.
—Deje, Paco. Pago yo. Disfrute del partido y olvídese del dinero por un rato.
—No puedo, Marta, no puedo —decía Paco mientras daba el primer sorbo a la cerveza—. Cada trago me sabe a factura del gas.
En la pantalla, los jugadores saltaban al campo. El estadio estaba a reventar, una marea de colores y banderas.
—Mira eso —dijo Paco señalando la pantalla—. Todos esos que están allí, o son turistas o han pedido un crédito personal para estar en la grada.
—O simplemente quieren disfrutar de la vida, suegro. Que para eso trabajamos.
—¡Se disfruta con cabeza, Marta! No dándoles de comer a los que ya tienen el buche lleno.
El partido empezó y, por unos minutos, Paco pareció olvidar su cruzada contra el capital.
Gritaba, se desesperaba, insultaba al árbitro con una creatividad léxica que Marta desconocía.
—¡Pero muévete, pedazo de vago! ¡Que cobras más que un ministro y pareces un poste de la luz! —le gritaba a la televisión.
De repente, un jugador estrella falló un gol cantado, mandando el balón directamente a las nubes.
Paco se llevó las manos a la cabeza, tirando casi su cerveza en el proceso.
—¡Ahí lo tienes! ¡Cien euros por ver eso! ¡Ese balón ha costado más que mi primer coche y lo ha mandado a Cuenca!
La indignación de Paco estaba alcanzando niveles estratosféricos.
Cada vez que el locutor mencionaba el precio de un fichaje o el valor de mercado de un jugador, Paco soltaba un gruñido.
—Ochenta millones dice… —mascullaba—. Con ochenta millones yo arreglo este barrio, pongo escaleras mecánicas hasta en el metro y me sobra para asfaltar la calle de mi prima.
Marta intentaba seguir el partido, pero el comentario de texto de Paco era más entretenido que el propio juego.
—Suegro, ¿usted cree que el fútbol de verdad se ha acabado? —preguntó Marta, queriendo profundizar en la herida.
Paco se puso serio, dejando el vaso vacío sobre la barra.
—El fútbol, Marta, era el único sitio donde el rico y el pobre gritaban lo mismo en el mismo sitio.
Sus ojos se humedecieron un poco, quizás por el humo, quizás por la verdad de sus palabras.
—Ahora, el rico está en el palco comiendo canapés y el pobre está aquí, en el bar del Cojo, pagando suplementos por una tortilla fría.
—Es una forma de verlo —dijo Marta suavemente.
—Es la única forma, hija. Nos han quitado hasta el derecho a quejarnos en la grada.
En ese momento, el equipo local marcó un gol. El bar estalló en gritos, abrazos y saltos.
Paco, a pesar de sus principios y de sus cuentas, saltó de la silla y abrazó a un desconocido que tenía al lado.
—¡Goooool! ¡Toma ya! ¡A ver si ahora me cobras el suplemento por el gol, Cojo!
La alegría duró lo que dura un suspiro en una tarde de domingo.
Cuando la calma volvió, Paco se sentó de nuevo, recuperando su compostura de crítico social.
—Ha sido un buen gol, eh —admitió Marta.
—Sí, ha sido bueno. Pero no ha sido un gol de cien euros. Ha sido un gol de, como mucho, cuarenta y cinco.
Marta no pudo evitar soltar una carcajada sonora que llamó la atención de medio bar.
—¿Usted tasa los goles por el precio de la entrada, Paco?
—¡Por supuesto! Si pago cien pavos, quiero chilenas, regates imposibles y que el portero pare el balón con la punta de la nariz.
—Usted es incorregible.
—Soy coherente, Marta. Coherente con una cartera que tiene más telarañas que la cueva de Batman.
Paco miró el reloj. Aún quedaba media parte, y el Cojo ya estaba rondando con la bayeta, esperando que pidieran otra ronda.
—Marta, vámonos —dijo Paco de repente.
—¿Pero no quiere ver el final?
—No. Me da rabia. Me da rabia que me guste tanto algo que me maltrata tanto el bolsillo.
Se levantó, se ajustó la chaqueta y miró a la pantalla una última vez.
—Que gane el que tenga más presupuesto, total, para lo que nos queda…
Caminaron hacia la salida, dejando atrás el ruido del bar y el aroma a decepción económica.
PARTE 4: EL PITIDO FINAL Y LA CUENTA DE LA VIEJA
El camino de vuelta a casa fue tranquilo, con el sol de la tarde cayendo tras los edificios de ladrillo visto.
Paco caminaba con las manos en los bolsillos, pateando una piedra imaginaria como si fuera ese balón de cien euros.
—¿Sabe qué es lo peor de todo, Marta? —preguntó mientras subían el portal.
—Dígame, suegro.
—Que el domingo que viene volveré a preguntar cuánto valen las entradas.
Marta sonrió, abriendo la puerta del piso.
—Es lo que tiene ser un apasionado, Paco. El corazón no entiende de hojas de cálculo.
—¡El corazón no, pero el riñón sí! Que me va a dar un cólico de ver tanto número rojo.
Entraron en el salón y Paco se dirigió directamente al cajón del aparador, donde guardaba una vieja caja de puros llena de entradas antiguas.
Sacó una, amarillenta y con los bordes desgastados.
—Mira, Marta. Año noventa y cuatro. Final de copa. ¿Sabes cuánto costó?
Marta se acercó y miró el papelito. El precio estaba en pesetas, claro.
—Cinco mil pesetas —leyó ella—. Unos treinta euros de ahora, más o menos.
—Exacto. Treinta euros por una final. ¡Una final! Con prórroga y penaltis incluidos.
Paco guardó la entrada con un cuidado casi religioso, como si fuera un incunable.
—Eso era justicia social balompédica. Lo de ahora es selección natural para millonarios.
Se sentó en su sillón y encendió la radio, para escuchar el final del partido por la onda corta, como si quisiera volver a una época más sencilla.
—¿Sabe una cosa, Paco? —dijo Marta sentándose a su lado—. He estado mirando en el móvil mientras caminábamos.
—¿Qué has mirado ahora? ¿El precio del oxígeno?
—He visto que si nos hacemos abonados los dos el año que viene, y aprovechamos el descuento familiar, nos sale la entrada a unos cuarenta euros por partido.
Paco abrió los ojos como platos, dejando la radio a un lado.
—¿Cuarenta euros? ¿Me estás diciendo que hay una forma de no ser atracado?
—Es una inversión inicial, claro. Hay que pagarlo todo junto.
Paco empezó a hacer cálculos mentales, moviendo los labios en silencio.
—Cuarenta euros… —murmuró—. Eso ya suena más humano. Sigue siendo dinero, pero al menos no te obliga a donar un órgano.
Marta le guiñó un ojo.
—Lo que pasa es que hay que ir a todos los partidos, incluso cuando llueve o cuando jugamos contra los de abajo.
Paco se puso recto, recuperando su dignidad de veterano de las gradas.
—Escúchame bien, Marta. Yo he ido al estadio con nieve, con granizo y con una gripe que me tenía a cuarenta de fiebre.
—Lo sé, suegro.
—Si me consigues las entradas a cuarenta euros, yo voy hasta cojo. Y te prometo que no me quejaré del precio de la cerveza… bueno, me quejaré un poco menos.
Marta se rió y le dio un beso en la frente.
—Trato hecho, Paco. Pero me tiene que prometer que dejará de darme la charla de las pesetas al menos durante un mes.
Paco se lo pensó, mirando hacia el póster de los jugadores con bigote.
—Un mes es mucho tiempo, Marta… Déjalo en quince días y tenemos acuerdo.
—Hecho. Quince días sin pesetas.
Paco suspiró aliviado, como si se hubiera quitado un piano de encima.
Se quedó escuchando la radio, donde el locutor gritaba el final del partido.
—¿El fútbol se ha vuelto un deporte solo para ricos? —se preguntó Paco en voz alta, mirando al techo.
—A ratos parece que sí, Paco —respondió Marta desde la cocina.
—Pues habrá que hacerse rico, Marta. O al menos, habrá que aprender a engañar a la cartera para que crea que sigue viviendo en los años noventa.
Paco cerró los ojos, imaginando el estadio lleno, el olor a césped y la emoción de un gol que, por una vez, no le recordara a su cuenta corriente.
Al final, pensó, el fútbol es como la vida: una estafa maravillosa por la que todos estamos dispuestos a pagar un poco más de lo que deberíamos.
Porque la felicidad, aunque sea en cómodos plazos y con intereses abusivos, siempre merece la pena.
Y con esa reflexión, Paco se quedó dormido, soñando con un mundo donde las cañas volvieran a valer ochenta pesetas y los delanteros no llevaran gomina.
El televisor seguía apagado, pero en el salón de Paco, el partido nunca terminaba.