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LA SACRISTÍA DEL BALOMPIÉ Y EL CRUJIDO DEL BOLSILLO

PARTE 1: LA SACRISTÍA DEL BALOMPIÉ Y EL CRUJIDO DEL BOLSILLO

La persiana del salón de Paco no estaba bajada del todo, pero casi.

Aquel domingo, la luz de Madrid entraba en la habitación como si pidiera permiso, filtrándose en hileras de polvo suspendido que bailaban sobre el tapete de ganchillo.

Paco, jubilado de la Renfe y filósofo de barra de bar por derecho propio, se ajustó las gafas de cerca.

Eran unas gafas que tenían más años que la democracia y que estaban pegadas con un poco de celo en la patilla izquierda.

Sobre la mesa camilla, el aroma a café recién hecho peleaba contra el olor a cerrado de una casa que solo se ventilaba por compromiso.

Paco suspiró, un suspiro de esos que llevan dentro toda la fatiga de la clase trabajadora desde la posguerra.

Sostenía el periódico deportivo con las manos ligeramente temblorosas, no por la edad, sino por la indignación que le subía por el esófago.

Marta, su nuera, estaba sentada frente a él, intentando descifrar un correo electrónico en su portátil de última generación.

Ella era la representación de la modernidad: eficiente, rápida, acostumbrada a que todo se solucionara con un clic y un código QR.

Paco, en cambio, seguía creyendo que las cosas importantes de la vida se sellaban con un apretón de manos y un “te debo una”.

El silencio del salón solo era interrumpido por el tictac de un reloj de pared que parecía marcar el tiempo a regañadientes.

De repente, Paco soltó el periódico sobre el hule como si el papel quemara.

Miró a Marta por encima de la montura de sus gafas, con los ojos inyectados en una mezcla de incredulidad y furia contenida.

—Cien euros, Marta —dijo Paco, y la voz le salió como un graznido.

Marta ni siquiera levantó la vista de la pantalla, acostumbrada ya a los arranques de su suegro.

—¿Cien euros qué, suegro? ¿La factura de la luz? Porque si es eso, ni tan mal.

Paco se golpeó el pecho con la palma de la mano, justo donde se supone que reside el corazón y el carné de socio.

—¡Cien euros la entrada para el partido del domingo! —exclamó, elevando el tono hasta que el canario de la terraza empezó a piar con ansiedad.

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