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La llegada y el campo de batallaa

PARTE 1: La llegada y el campo de batalla

El olor a cordero asado inundaba cada rincón del piso de ochenta metros cuadrados en el barrio de Moratalaz.

Laura se secó las manos húmedas en el delantal rojo con un estampado de renos bizcos.

Aspiró profundamente, intentando que el aire llegara hasta la parte más baja de sus pulmones.

Era su primera Nochebuena como anfitriona oficial.

Y ya se estaba arrepintiendo amargamente de haber tenido esta brillante idea allá por el mes de agosto.

La televisión del salón emitía de fondo el ineludible especial de Raphael.

Era una tradición inamovible, casi un mandamiento no escrito en la Constitución española.

Nadie estaba prestando atención a la pantalla, pero el eco de “El tamborilero” añadía una capa de tensión dramática al ambiente.

En el centro del salón, el verdadero protagonista de la noche no era el árbol de Navidad de plástico.

Ni siquiera era el belén en miniatura donde el niño Jesús era sospechosamente más grande que la mula.

El centro de gravedad del universo esa noche era la mesa del comedor.

Una mesa extensible de IKEA, modelo Bjursta, que normalmente acomodaba a cuatro personas sin apreturas.

Esta noche, mediante un complejo sistema de tablones adicionales y fe ciega en la física, debía albergar a once comensales.

Laura observó su obra maestra con una mezcla de orgullo y terror cerval.

Había puesto un mantel de lino blanco que había costado una pequeña fortuna.

Un mantel que, sabía con absoluta certeza, terminaría la noche manchado de vino tinto, salsa de marisco y grasa de cordero.

Alineó meticulosamente el tercer tenedor de la izquierda, el que nadie sabía para qué servía pero quedaba muy elegante.

En la cocina, su marido, Carlos, llevaba cuarenta y cinco minutos intentando cortar una pata de jamón ibérico.

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