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HUGO SANCHEZ : FINALMENTE REVELO EL ASQUEROSO SECRETO DE SU HIJO  d

HUGO SANCHEZ : FINALMENTE REVELO EL ASQUEROSO SECRETO DE SU HIJO  d

Hugo Sánchez no perdió a su hijo, a su hijo se lo mataron. Y la versión del calentador de gas, esa que llevas 11 años creyendo, la armaron en menos de 6 horas para que tú no preguntaras lo que vas a oír esta noche. Quédate porque hoy vas a saber quién fue el asqueroso que mató a Hugo Sánchez Junior y por qué lo hizo.

 Pero antes de meternos en esa madrugada del 8 de noviembre de 2014, necesitas entender algo, porque lo que ocurrió en el séptimo piso del edificio de Polanco no empezó esa noche. Empezó muchos años antes en una casa de la colonia Mixqu, donde un padre que había fracasado como futbolista decidió que su hijo iba a llegar a donde él no llegó.

 Y esa decisión, esa obsesión, esa hambre que Hugo Sánchez padre le inyectó al niño, fue la misma hambre que 36 años después lo dejó parado frente a una puerta cerrada con dos llaves en la mano. Una era la llave del piso de su hijo, la otra es la que vas a conocer en este video y todavía nadie ha hablado de ella.

 Hugo Sánchez Márquez nació el 11 de julio de 1958 en la Ciudad de México. El país tenía a Adolfo López Mateos en la presidencia. El peso valía 12,50 por dólar. Los televisores eran en blanco y negro. Y si tú tenías 25 años aquel verano, hoy estás cerca de los 90. Esos detalles importan, no por nostalgia, importan porque te dicen quién era el México donde se formó este hombre.

 Un país pobre, callado, donde un padre podía pegarle a un hijo y nadie decía nada. Un país donde la palabra del padre era ley y el padre de Hugo se llamaba Héctor. Héctor Sánchez había jugado en el Atlante en los años 40. Primera división. No fue figura, no fue estrella, no fue nadie que hoy recuerdes.

 Se retiró joven por lesiones con el sabor amargo del que pisó la cancha grande, pero nunca llegó a brillar en ella. Cargó esa frustración toda la vida y se hizo una promesa que cumplió con una disciplina militar. Mi hijo va a llegar a donde yo no llegué. Desde los 3 años, Héctor le puso un balón en los pies a Hugo. Cada mañana antes de la escuela.

 Cada tarde al regresar, sábados, domingos, sin un solo día de descanso, le enseñó a patear, le enseñó a controlar, le enseñó a rematar, pero le enseñó algo más, algo que le iba a marcar la vida entera y que después le iba a marcar también la vida a su propio hijo 30 años más tarde le enseñó hambre, una hambre enferma, la obsesión por ser el mejor, La incapacidad de aceptar un error, la idea de que el fútbol no era un juego, sino una guerra y que en la guerra o ganas o mueres.

 Héctor nunca le dijo bien hecho, siempre le dijo otra vez, ese tiro fue malo, ese control fue lento. De nuevo, otra vez, hasta que salga perfecto. Y Hugo creció así, perfeccionista, obsesivo, incapaz de mirar a otro hombre como un compañero. Solo veía rivales, solo veía objetivos. Aquí guarda esto porque vas a entender por qué importa. Hugo Sánchez no aprendió a ser padre, aprendió a ser ganador.

 Y esas dos cosas, en un mundo justo, deberían poder convivir. En el suyo no convivieron. Lo que vino después fue peor, porque ese niño obsesionado, ese muchacho que entrenaba mientras los otros jugaban, ese adolescente que no sabía perder, terminó siendo padre él también. Y le hizo a su hijo exactamente lo mismo que su padre le había hecho a él, solo que con una diferencia, la diferencia que terminó costándole la vida al muchacho.

Hugo debutó con Pumas en 1976 con 18 años. Para entonces ya era una bestia. Saltaba más alto que defensores que le sacaban 10 cm. Cabeceaba como si la pelota le pidiera permiso y tenía algo que muy pocos tienen, ni en México ni en ningún otro lado. Tenía olfato. Sabía dónde iba a caer el balón antes de que el balón supiera dónde iba a caer.

 Y eso no se entrena, eso se trae de fábrica. En 1977, Pumas ganó su primer campeonato de liga, el primero en la historia del club. Hugo no fue el goleador de la temporada, pero fue clave y fue ahí donde nació la marca que lo iba a ser eterno. La voltereta, el salto mortal hacia delante después de cada gol. ¿De dónde salió esa voltereta? De su hermana Nora.

 Nora Sánchez, gimnasta olímpica, representó a México en Montreal 76. Si tú seguías los juegos en aquella época, probablemente la viste competir. Nora le enseñó a Hugo cómo hacer el salto sin partirse el cuello. Hugo lo perfeccionó, lo limpió, lo convirtió en su firma y cada chamaco de México que veía un partido por Televisa esperaba el momento en que Hugo metiera gol para imitar la maroma en el patio de la casa.

Tu hijo lo intentó, tu nieto lo intentó, tú mismo si te animaste, lo intentaste alguna vez. Así de grande era Hugo Sánchez en aquellos años, un fenómeno cultural, un símbolo nacional. En 1981 ganó otra liga con Pumas y entonces se fue. Atlético de Madrid, España, primera división europea. Tenía 23 años.

 una maleta, una sonrisa de oreja a oreja y una hambre que le devoraba el estómago. Se llevó dos cosas más, dos cosas que casi nadie menciona cuando cuentan esta historia. Se llevó una novia y se llevó la presión de toda una nación. La novia se llamaba Ema Portugal. Era joven, hermosa, callada.

 Lo había conocido en México y se había enamorado del muchacho de la Mixqu antes de que fuera nadie. Cuando Hugo le dijo que se iba a la España, Ema no lo pensó. Hizo las maletas, dejó a su familia, dejó su país, dejó todo. Y aquí vas a sentir esto. Si tú alguna vez te fuiste a otro país siguiendo a alguien, si tu mujer dejó su casa por ti, si tú dejaste la tuya por ella.

Esa sensación de subirte a un avión sin saber bien a qué vas, solo porque la persona que amas te dijo, “Ven, vámonos.” Ema se subió a ese avión y a los pocos meses estaba sola en un departamento de Madrid. Hugo entrenando, Hugo en concentraciones, Hugo en eventos, Hugo en cenas con directivos, Hugo en todos lados menos en casa.

 ¿Sabes lo más oscuro de esta primera etapa? Hugo ya estaba mintiéndole a Ema y el primer engaño no fue con una mujer, fue con un grabador. En el Atlético de Madrid, los primeros meses fueron un infierno. Los aficionados rivales le gritaban, “Indio, Sudaka, regrésate a tu país.” El racismo de los 80 no era el de hoy.

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