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Eran las tres de la tarde de un domingo de bochorno en Madrid.

PARTE 1

Eran las tres de la tarde de un domingo de bochorno en Madrid.

El olor a paella recalentada todavía flotaba en el salón de Elena.

No era un domingo cualquiera, aunque en esa casa todos los domingos parecían el mismo capítulo de una serie que ya no tiene gracia.

Concha, la suegra, estaba sentada en el sofá de escay, con ese aire de quien inspecciona una aduana.

Tenía el abanico en la mano, moviéndolo con una cadencia que indicaba peligro inminente.

Elena estaba en la cocina, tratando de ignorar el silencio sepulcral que venía del salón.

De repente, Hugo, de seis años, entró corriendo con la mano cerrada como si guardara un tesoro nacional.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Se me ha caído! —gritó el niño con el entusiasmo de quien acaba de ganar la lotería.

Elena dejó el plato en el fregadero y se secó las manos rápidamente.

—A ver, cariño, enséñame.

Hugo abrió la palma de la mano con una solemnidad casi religiosa.

Allí estaba, un incisivo diminuto, blanco y con una raíz que parecía un alfiler.

—¡Por fin! —exclamó Elena, dándole un beso en la frente—. Esta noche viene el Ratoncito Pérez.

Concha, desde el sofá, dejó de abanicarse en seco.

El silencio que siguió fue más pesado que la paella de marisco.

—¿El Pérez? —preguntó la suegra con una voz que arrastraba décadas de escepticismo.

Elena suspiró, sabiendo que la paz dominical acababa de saltar por los aires.

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