PARTE 1
Eran las tres de la tarde de un domingo de bochorno en Madrid.
El olor a paella recalentada todavía flotaba en el salón de Elena.
No era un domingo cualquiera, aunque en esa casa todos los domingos parecían el mismo capítulo de una serie que ya no tiene gracia.
Concha, la suegra, estaba sentada en el sofá de escay, con ese aire de quien inspecciona una aduana.
Tenía el abanico en la mano, moviéndolo con una cadencia que indicaba peligro inminente.
Elena estaba en la cocina, tratando de ignorar el silencio sepulcral que venía del salón.
De repente, Hugo, de seis años, entró corriendo con la mano cerrada como si guardara un tesoro nacional.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Se me ha caído! —gritó el niño con el entusiasmo de quien acaba de ganar la lotería.
Elena dejó el plato en el fregadero y se secó las manos rápidamente.
—A ver, cariño, enséñame.
Hugo abrió la palma de la mano con una solemnidad casi religiosa.
Allí estaba, un incisivo diminuto, blanco y con una raíz que parecía un alfiler.
—¡Por fin! —exclamó Elena, dándole un beso en la frente—. Esta noche viene el Ratoncito Pérez.
Concha, desde el sofá, dejó de abanicarse en seco.
El silencio que siguió fue más pesado que la paella de marisco.
—¿El Pérez? —preguntó la suegra con una voz que arrastraba décadas de escepticismo.
Elena suspiró, sabiendo que la paz dominical acababa de saltar por los aires.
—Sí, Concha, el Ratoncito Pérez, no va a venir el cobrador del frac —respondió Elena intentando mantener el tono amable.
Hugo ya estaba saltando por el pasillo, gritando que iba a ser rico.
—¿Rico? —murmuró Concha, levantándose con la agilidad de un depredador—. ¿Cuánto le vais a dar al niño por un trozo de hueso?
Elena se apoyó en el marco de la puerta de la cocina.
—Le vamos a poner diez euros debajo de la almohada, suegra. Es lo que se lleva ahora.
El abanico de Concha cayó al suelo con un golpe seco.
—¿Diez euros? —la voz de Concha subió dos octavas—. ¿Diez euros por un diente?
Se llevó la mano al pecho, como si acabara de presenciar un sacrilegio en plena Gran Vía.
—Al paso que vais, el niño se jubila a los ocho años, Elena.
—Es que ahora los dientes están muy caros, suegra —replicó Elena, cruzándose de brazos—. Hay que actualizarse.
Concha empezó a caminar en círculos por la alfombra, que ya estaba bastante sufrida.
—¡Actualizarse! ¡Habráse visto! —exclamaba dirigiéndose al techo, como buscando testigos celestiales.
—A mi hijo, a tu marido, el Pérez le traía una moneda de cinco duros y daba gracias a la Virgen de la Almudena.
Elena puso los ojos en blanco, una gimnasia ocular que practicaba mucho con Concha.
—Concha, con cinco duros hoy no te dan ni las gracias en el estanco.
—¡Cinco duros eran una fortuna! —insistió la suegra—. Compraba una bolsa de chuches que no se la terminaba en una semana.
—Ya, pero es que Hugo quiere ahorrar para un juego de la consola.
—¿Consola? ¿Qué consola? En mis tiempos jugábamos con un palo y un aro y no nos faltaba de nada.
—Pues los palos ahora también deben de estar caros, porque el mercado está así.
Concha se detuvo frente a un retrato de su hijo, Dani, que presidía el mueble bar.
—Diez euros… —repitió, paladeando la cifra como si fuera veneno—. Eso son mil seiscientas sesenta y tres pesetas, Elena.
—No empiece con el cambio a pesetas, por favor, que han pasado veintitantos años.
—Es que no tenéis sentido de la proporción. Le dais diez euros por un diente que se le ha caído solo.
—¿Y qué quiere que haga? ¿Que le regateé al niño? ¿Que le diga que el ratón está en ERTE?
—Yo lo que digo es que estáis criando a un capitalista sin escrúpulos.
Hugo volvió a aparecer en el salón, ajeno a la crisis económica que se estaba gestando.
—¡Abuela! ¿El ratón trae billetes o monedas?
Concha miró a su nieto con una mezcla de lástima y reproche.
—Tu abuelo, que en paz descanse, trabajaba catorce horas para traer a casa lo que tú vas a ganar durmiendo, hijo mío.
Elena intervino rápidamente antes de que Concha empezara con el discurso de la posguerra.
—Hugo, vete a lavarte la cara, que tienes un resto de tomate que parece que te han dado un puñetazo.
El niño obedeció, dejando a las dos mujeres solas en el ring del salón.
—No es por malmeter, Elena, de verdad te lo digo —dijo Concha, recuperando su abanico con elegancia.
—Cuando alguien empieza diciendo “no es por malmeter”, es que va a malmeter —respondió Elena con una sonrisa forzada.
—Solo digo que el valor del esfuerzo se pierde con estos gestos.
—Es un niño, Concha. Es ilusión.
—La ilusión de mi hijo era ver si el ratón se había comido el trozo de pan que le dejábamos.
—Hugo prefiere el queso brie, pero eso ya es otra historia.
Concha se sentó de nuevo, esta vez con la espalda muy recta.
—Diez euros… —insistió de nuevo—. Por ese precio, el ratón debería venir con un contrato de mantenimiento para el resto de la boca.
—Es que es un diente importante, es el primero de abajo.
—Todos son importantes para masticar el pan, Elena, que no me vendas la moto.
—Mire, el hijo de la vecina recibió quince por una muela.
Concha se santiguó.
—¡Quince euros! ¡Eso es usura! Ese niño va para banquero o para político.
—Es la inflación, suegra. El queso ha subido, el transporte ha subido… supongo que el ratón también tiene gastos.
—El ratón lo que tiene es mucha cara y unos padres que no saben decir que no.
La tensión en la habitación se podía cortar con un cuchillo de sierra.
Afuera, un vecino puso un reggaeton a todo volumen, subrayando el absurdo de la conversación.
Elena decidió que necesitaba un café cargado para sobrevivir a la tarde.
Se fue a la cocina, pero Concha la siguió como una sombra, arrastrando las zapatillas por el pasillo.
—A ver, enséñame el billete —exigió la suegra.
—¿Qué billete?
—El que le vas a poner. Quiero ver si es de los nuevos o de los que parecen de juguete.
Elena sacó su cartera del bolso y extrajo un billete de diez euros, azul y reluciente.
Concha lo cogió y lo puso a contraluz, como si buscara una falsificación.
—Es auténtico, Concha. Lo he sacado del cajero esta mañana.
—Qué desperdicio… Con esto compraba yo antes tres pollos y me sobraba para el postre.
—Ya, y con un duro se compraba usted media Extremadura, ya lo sabemos.
Concha le devolvió el billete con un gesto de desdén.
—Me parece una inmoralidad. El niño se va a creer que el cuerpo humano es un cajero automático.
—No exagere, que solo tiene veinte dientes de leche. No se va a hacer millonario.
—Veinte dientes a diez euros cada uno… son doscientos euros. ¡Doscientos euros por mudarse la dentadura!
Elena empezó a sacar la cafetera italiana, haciendo más ruido del necesario.
—Es un dinero invertido en su felicidad, suegra.
—En su felicidad no, en su avaricia. El Pérez de ahora es un corrupto.
—¿Ahora el ratón también tiene la culpa de la crisis de valores?
—Toda la culpa. Antes era un ratón humilde, un ratón de campo, que se conformaba con poco.
—Ahora es un ratón emprendedor, que vive en un loft en el centro y tiene que pagar autónomos.
Concha se quedó callada un momento, procesando el sarcasmo de su nuera.
—Te ríes, pero el día de mañana, cuando te pida un coche por un aprobado en gimnasia, te acordarás de este billete.
—Prefiero que me pida un coche por aprobar que por perder un diente, si nos ponemos así.
En ese momento, se oyó la llave girar en la cerradura de la puerta principal.
Era Dani, el marido de Elena e hijo de Concha, que volvía de comprar el periódico y el pan.
—¡Ya estoy aquí! —anunció con esa alegría inconsciente de quien no sabe que se mete en la boca del lobo.
Concha se giró hacia la puerta con los ojos encendidos.
—¡Hijo! Menos mal que llegas. Dile a tu mujer que deje de arruinar la economía familiar.
Dani dejó las bolsas en la mesa del comedor y miró a las dos mujeres con cautela.
—¿Qué pasa ahora? ¿Ha subido otra vez la luz?
—Peor —sentenció Concha—. Ha subido el precio de los dientes.
PARTE 2
Dani miró a su madre y luego a Elena, buscando un traductor para esa frase.
—¿Cómo que ha subido el precio de los dientes? ¿Es que te ha pasado algo en la dentadura, mamá?
Concha soltó una carcajada amarga que resonó en toda la cocina.
—A mí no, hijo. A tu hijo Hugo se le ha caído un diente y tu mujer quiere pagarle un rescate digno de un magnate del petróleo.
Elena suspiró y sirvió el café en dos tazas de cerámica desconchada.
—No es un rescate, Dani. Le vamos a poner diez euros por el diente. Lo normal.
Dani se rascó la nuca, un gesto que hacía siempre que se sentía entre la espada y la pared.
—¿Diez euros? —repitió Dani en voz baja—. Joder, Elena, ¿no es un poco mucho?
Concha dio un salto de victoria, señalando a su hijo con el dedo índice.
—¡Lo ves! ¡Hasta tu marido, que es un bendito, se ha dado cuenta de la locura!
Elena miró a Dani con una expresión que decía claramente: “Como me dejes sola en esto, duermes en el sofá”.
—Dani, quedamos en que queríamos que Hugo tuviera un buen recuerdo de su primer diente —dijo Elena con voz gélida.
—Ya, ya… pero es que diez euros… —Dani empezó a hacer cálculos mentales—. Son tres cañas y una ración de bravas en el bar de abajo.
—¡Exacto! —gritó Concha—. ¡Es el sustento de una familia trabajadora entregado a un niño que no sabe ni atarse los cordones!
—Mamá, no exageres —pidió Dani—. Pero Elena, razón no le falta a mi madre en una cosa: a mí me daban una moneda.
—¡Cinco duros! —apostilló Concha con nostalgia—. Aquella moneda con la cara de Franco, que pesaba y todo.
—Bueno, yo ya pillé las del Rey, mamá —corrigió Dani—. Pero sí, era una moneda de cien pesetas a lo mejor.
Elena se sentó a la mesa, ignorando el café humeante.
—Estamos en el año 2026, chicos. ¿De verdad vamos a discutir por cinco euros de diferencia?
—No son cinco euros —dijo Concha, recuperando su tono de profesora de economía de la vieja escuela—. Es el concepto.
—¿Qué concepto? —preguntó Elena.
—El concepto de que las cosas se ganan con el sudor de la frente, no con el calcio de las encías.
—¡Pero si el diente se le ha caído comiendo un bocadillo de chopped! —exclamó Elena—. ¿Qué sudor quieres que ponga?
Concha se cruzó de brazos, irreductible.
—Podríais haberle dado dos euros. Una moneda de dos euros brilla mucho, a los niños les gusta el brillo.
—Hugo ya sabe contar, Concha. Sabe perfectamente que con dos euros no se compra ni un sobre de cromos de los buenos.
—¡Pues que se compre los malos! —sentenció la suegra—. Que aprenda a gestionar la escasez.
Dani intentó mediar, como siempre, fracasando estrepitosamente.
—A ver, ¿y si le ponemos cinco? Un billete de cinco es bonito, es verde, da sensación de dinero.
—No —dijo Elena tajante—. Ya le he dicho a la madre de Lucas que le íbamos a dar diez, porque ellos le dieron diez.
Concha se llevó las manos a la cabeza.
—¡Ah! ¡Que ahora es una competición! ¡Las Olimpiadas del Diente!
—No es una competición, es no ser los cutres de la clase —replicó Elena.
—Ser cutre es una virtud que se está perdiendo —dijo Concha con orgullo—. Gracias a ser cutre, yo pude pagaros la entrada del piso a vosotros.
Dani bajó la mirada, tocado en la fibra sensible.
—Eso es verdad, Elena. Mi madre ahorraba hasta en el hilo de coser.
—Y así tengo las sábanas, llenas de nudos —murmuró Elena para sí misma.
—¿Qué has dicho? —preguntó Concha.
—Nada, que el café está muy rico.
—No me cambies de tema. Diez euros es un insulto a la memoria de todos los ratones que han pasado por esta familia.
—Suegra, por favor, que el Ratoncito Pérez no tiene memoria histórica.
—La tiene, vaya si la tiene. Mi padre me contaba que a él le dejaban una castaña. ¡Una castaña! Y era el niño más feliz del mundo.
—Pues si le dejamos una castaña a Hugo, mañana nos denuncia a Servicios Sociales —dijo Elena, perdiendo la paciencia.
Dani intentó aligerar el ambiente.
—Oye, ¿y si le dejamos los diez euros pero le decimos que el ratón se ha equivocado y que le tiene que devolver el cambio?
Elena miró a su marido como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—¿Tú eres tonto? ¿Quieres que el niño piense que el ratón es un estafador?
—No, pero así recuperamos algo de liquidez —bromeó Dani, aunque nadie se rió.
Concha seguía a lo suyo, con el billete de diez euros imaginario flotando ante sus ojos.
—Es que no lo entiendo. Diez euros. ¿Sabéis cuántas barras de pan son eso hoy en día?
—Pocas, porque el pan también está por las nubes —respondió Elena.
—Pues con más razón. Si el pan está caro, no podemos ir regalando el dinero.
—¡Que no es regalar! —gritó Elena—. ¡Es un rito de paso!
—Un rito de paso hacia la bancarrota —murmuró Concha—. En mis tiempos, el rito de paso era que te dieran un guantazo si contestabas mal.
—Eso explica muchas cosas de la psicología familiar, la verdad.
Dani intervino de nuevo, esta vez con una idea que le pareció brillante.
—¿Y si le ponemos cinco euros y un vale por cinco euros para cuando se le caiga el siguiente?
Elena le lanzó una mirada fulminante.
—¿Un pagaré? ¿Le vas a dar a tu hijo un pagaré del Ratoncito Pérez?
—Es una forma de enseñarle lo que es el crédito financiero —dijo Dani, encogiéndose de hombros.
Concha asintió, aunque no entendía muy bien lo que era un pagaré.
—Cualquier cosa antes que darle el billete entero. El dinero quema en las manos de los jóvenes.
—Hugo tiene seis años, Concha. Lo único que le quema es el ansia por tener el muñequito de turno.
—Pues que espere a Reyes. La espera fortalece el carácter.
—Lo que fortalece el carácter es no tener que aguantar estas charlas cada vez que pasa algo en esta casa.
Elena se levantó y empezó a recoger las tazas, aunque apenas habían bebido el café.
—Se acabó la discusión. Se le van a poner diez euros porque yo lo digo, porque soy su madre y porque soy la que ha buscado el billete.
Concha se levantó también, con la dignidad de una reina destronada.
—Muy bien. Haz lo que quieras. Pero luego no vengas llorando cuando el niño te pida un aumento de sueldo por recoger su habitación.
—No se preocupe, que para eso ya tiene a su hijo, que me pide permiso hasta para comprarse calcetines.
Dani prefirió no entrar en ese charco y se fue al salón a ver si el Marca decía algo más interesante que sus dos mujeres.
Pero Concha no había terminado.
Se quedó en el umbral de la cocina, con esa mirada que ha ganado guerras civiles.
—Solo te digo una cosa, Elena. El Pérez sabe quién es generoso y quién es un manirroto.
—¿Y qué va a hacer el ratón? ¿Ponerse en huelga?
—No, pero a lo mejor el próximo diente no se le cae tan fácilmente.
—¿Me estás amenazando con una maldición dental, Concha? ¿En serio?
—Yo no amenazo, yo aviso. La vida es una noria, y hoy estás arriba dando diez euros y mañana estás abajo pidiéndolos.
Elena suspiró profundamente, contando hasta diez para no decir algo de lo que pudiera arrepentirse en la cena de Navidad.
—Suegra, de verdad, descanse un poco. El estrés de los diez euros le va a subir la tensión.
—La tensión la tengo yo por las nubes desde que vi cómo educáis a este niño.
Concha dio media vuelta y se marchó al salón, donde se sentó al lado de Dani y empezó a criticar el precio de la fruta en el supermercado.
Elena se quedó sola en la cocina, mirando el billete de diez euros sobre la encimera.
Por un momento, dudó.
¿Y si Concha tenía razón?
¿Y si estaba creando un monstruo consumista?
Miró el billete azul.
Era bonito, sí.
Pero entonces recordó la cara de ilusión de Hugo.
Recordó cómo el niño había guardado el diente en una cajita de cerillas vacía, con todo el cuidado del mundo.
No eran diez euros.
Era la entrada a un mundo de magia donde los animales nocturnos premiaban el crecimiento.
Se guardó el billete en el bolsillo del delantal y sonrió.
—Pues le voy a poner doce —susurró para sí misma—. Solo por fastidiar.
Pero sabía que no lo haría.
Diez ya era un salto al vacío suficiente para un solo domingo.
Mientras tanto, en el salón, Concha ya había empezado a contarle a Dani la historia de cuando ella perdió su primer colmillo.
—A mí me dieron una peseta agujereada —decía Concha—. Y con esa peseta fui la niña más envidiada de todo el pueblo.
Dani asentía con la cabeza, pensando en sus cosas, probablemente en si el Madrid ganaría el próximo partido.
—Una peseta, Dani. Y ahora diez euros. Es que no tenéis perdón de Dios.
La tarde avanzaba y la sombra del Ratoncito Pérez se alargaba sobre la casa de los García.
Nadie sospechaba que lo peor estaba por llegar.
Porque Hugo, en su habitación, estaba tramando algo.
Algo que pondría a prueba no solo la cartera de sus padres, sino la cordura de su abuela.
El niño salió al salón con una libreta y un lápiz.
—Papá, una pregunta —dijo Hugo con tono serio.
—Dime, campeón.
—¿Los colmillos valen más que los de delante? Es que he notado que el de al lado también se mueve un poco…
Concha se puso pálida.
—¡Ya empezamos! —gritó—. ¡Ya está buscando el bonus de productividad!
PARTE 3
El silencio que siguió a la pregunta de Hugo fue tan denso que se podía haber cortado con la misma tijera que Concha usaba para cortar los cupones del supermercado.
Dani miró a su hijo como si de repente el niño se hubiera convertido en un bróker de Wall Street.
—¿Que si los colmillos valen más? —repitió Dani, buscando desesperadamente la mirada de Elena en la cocina.
Elena apareció secándose las manos en el delantal, con una sonrisa que no auguraba nada bueno para la economía familiar.
—Bueno, Hugo, eso depende de la oferta y la demanda del mercado ratonil —dijo ella, siguiendo la broma.
Concha se levantó del sofá como si tuviera un resorte en las posaderas.
—¿Oferta y qué? ¡Ni oferta ni niño muerto! —bramó la suegra—. ¡Un diente es un diente!
—No, abuela —dijo Hugo con la lógica aplastante de los seis años—. El colmillo es más grande y pincha más. Tiene que ser más caro.
Concha miró a Elena con una expresión de “te lo dije”.
—¿Lo ves? ¿Lo ves ahora? ¡Ya tenemos aquí al tiburón de las finanzas! ¡A los seis años ya quiere aplicar tarifas diferenciadas!
—Es un razonamiento lógico, suegra —intervino Elena, divirtiéndose a costa de los nervios de Concha—. El colmillo requiere más energía para fabricarse.
—¡Energía la que me falta a mí para aguantar estas tonterías! —Concha se sentó de nuevo, abanicándose con una furia renovada—. En mis tiempos, si se te movía un diente, tu padre te ataba un hilo a la puerta y te daba un portazo. ¡Eso sí que era un sistema eficiente!
Hugo retrocedió un paso, protegiéndose la boca con las manos.
—¿A la puerta? ¡Eso duele!
—¡Claro que dolía! —exclamó la abuela—. ¡Por eso no pedíamos dinero! Bastante teníamos con conservar la mandíbula en su sitio.
Dani intentó suavizar el golpe histórico.
—Venga, mamá, no asustes al crío. Hugo, el Ratoncito Pérez tiene un precio fijo, sea colmillo, muela o incisivo. Es como el menú del día.
—¿Un menú del día? —Hugo frunció el ceño—. ¿Y no hay postre?
—El postre es que te quedas con el hueco para que te salga el diente de mayor —dijo Dani, esperando que esa explicación bastara.
—Pero Lucas dice que a él le dieron más por una muela porque “tenía más raíces” —insistió el niño, que claramente había hecho sus investigaciones previas en el recreo.
Concha se golpeó la frente con la palma de la mano.
—¡Ese Lucas es una mala influencia! ¡Es el hijo de la que compra el pan de molde del caro, no me digas más!
Elena se apoyó en el aparador, disfrutando del caos.
—Ves, Concha, si es que el mundo avanza. Ahora los niños comparan precios, calidad del servicio y plazos de entrega.
—¡El mundo no avanza, Elena, el mundo se está volviendo idiota! —sentenció la suegra—. ¿Plazos de entrega? ¡Si el ratón viene cuando le sale de los bigotes!
Hugo, que seguía con su libreta, anotó algo con mucha concentración.
—¿Qué escribes ahí, hijo? —preguntó Dani con curiosidad.
—Mi lista de precios —respondió el niño sin levantar la vista—. Para cuando se lo deje debajo de la almohada.
—¿Una lista de precios? —Concha se asomó a ver la libreta—. ¡Por la Virgen de los Desamparados! ¡Ha puesto “Diente normal: 10 euros. Diente con sangre: 12 euros”!
Elena soltó una carcajada que no pudo contener.
—¡Muy bien, Hugo! ¡Plus por peligrosidad! ¡Eso es tener visión de negocio!
—¿Visión de negocio? —Concha estaba al borde del colapso—. ¡Eso es extorsión! ¡Estás criando a un extorsionador de roedores!
Dani se acercó a su hijo y le quitó suavemente la libreta.
—A ver, campeón… esto no funciona así. El ratón no negocia. Él deja lo que cree conveniente según te hayas portado.
—¿Y si me porto muy, muy bien, me deja veinte? —preguntó Hugo con los ojos brillando.
Concha se levantó de nuevo, señalando al niño.
—¡Ventiún latigazos te daba yo! ¡Venga ya! ¡Veinte euros! ¡Eso es lo que gano yo de intereses en el banco en tres años!
—Abuela, pero tú eres mayor, tú ya no tienes dientes que se caigan —dijo Hugo con inocencia.
El comentario cayó como una bomba de racimo en el salón.
Dani se tapó la boca para no reírse.
Elena giró la cabeza hacia la ventana, fingiendo que miraba un pájaro inexistente.
Concha se quedó petrificada, con la boca ligeramente abierta, revelando su propia dentadura postiza de última generación.
—¿Qué… qué ha dicho este niño? —preguntó Concha con un hilo de voz.
—Que ya no tienes dientes de leche, mamá —se apresuró a decir Dani—. Que ya eres una experta en la materia.
—¡No! ¡Ha dicho que soy vieja! ¡Y que por eso no gano dinero! —Concha se llevó el abanico al pecho—. ¡Esto es lo que conseguís con vuestra educación moderna! ¡Falta de respeto y diez euros por un diente!
—Hugo, pídele perdón a la abuela —dijo Elena, aunque por dentro estaba aplaudiendo al niño.
—Perdón, abuela. Si quieres, yo te doy un poco de mi dinero cuando venga el ratón.
Ese gesto de generosidad infantil desarmó a Concha por unos segundos, pero solo por unos segundos.
—No quiero tu dinero manchado de… de calcio —refunfuñó la suegra, aunque se le ablandó un poco la mirada—. Solo quiero que entiendas que el dinero no cae del cielo, ni sale de debajo de la almohada así porque sí.
—Sale porque el ratón lo trae —insistió Hugo, firme en su mitología.
—¡El ratón lo trae porque tus padres son unos manirrotos! —gritó Concha, volviendo a la carga—. ¡Dani! Dile algo a tu hijo. Dile que a ti el Pérez te dejaba caramelos de los que se pegaban a las muelas.
—Hombre, mamá, que se le cayeran los dientes por culpa de los caramelos que le traía el ratón era un poco círculo vicioso, ¿no crees? —apuntó Elena.
Dani se sentó en el suelo, a la altura de Hugo.
—Mira, Hugo. El Ratoncito Pérez tiene mucha gente a la que visitar. No podemos pedirle tanto dinero porque entonces otros niños se quedarían sin nada.
—¿El ratón es comunista? —preguntó Hugo, que debía de haber oído la palabra en la tele.
Concha casi se atraganta con su propia saliva.
—¡No! —gritó la suegra—. ¡El ratón es ahorrador! ¡Que es muy distinto!
—Es un gestor de recursos limitados, Hugo —explicó Elena, intentando sonar técnica—. Por eso, diez euros es el máximo histórico que se puede permitir en esta casa. No hay plus por sangre, ni por colmillo, ni por portarse bien.
Hugo pareció decepcionado.
Miró su libreta y tachó lo de los doce euros con rabia.
—Vale… entonces diez. Pero que sean nuevos.
Concha se desplomó en el sofá.
—”Que sean nuevos”… —repitió como un mantra—. No puedo más. Me va a dar un parraque. Dani, tráeme un vaso de agua con azúcar.
Dani corrió a la cocina, esquivando a Elena, que seguía apoyada en el marco de la puerta con una expresión de triunfo absoluto.
—¿Estás contenta? —susurró Concha cuando Dani se alejó—. Has creado a un pequeño burgués que exige billetes recién impresos.
—He creado a un niño que sabe lo que quiere, Concha. Es mejor que criar a alguien que se conforma con una moneda de cinco duros y una palmadita en la espalda.
—Las palmaditas en la espalda no devaluaban la moneda —replicó la suegra—. El orgullo de recibir tu primer duro era algo que hoy no podéis entender.
—Entendemos que el mundo cambia, suegra. Y que si no nos adaptamos, nos quedamos atrás. Como las pesetas.
Concha bebió el agua que le trajo Dani de un solo trago.
Se puso en pie y recogió su bolso de piel de imitación.
—Me voy. No puedo estar en una casa donde se rinden cultos paganos al dinero infantil.
—Venga, mamá, no te vayas enfadada —pidió Dani—. Quédate a cenar, que Elena va a hacer una tortilla.
—¿Una tortilla? —Concha miró a Elena con sospecha—. ¿Y cuánto vas a cobrar por el trozo de tortilla? ¿Cinco euros? ¿O hay plus por si lleva cebolla?
—Para usted es gratis, suegra —dijo Elena con una sonrisa angelical—. El respeto a los mayores todavía no cotiza en bolsa en esta casa.
Concha gruñó algo ininteligible, pero se volvió a sentar.
No se iba a perder la oportunidad de criticar el punto de sal de la tortilla de su nuera.
Hugo, mientras tanto, se había ido a su habitación.
Se oía el ruido de los juguetes siendo movidos de un lado a otro.
—¿Qué hará ahora? —preguntó Dani, aliviado de que hubiera paz momentánea.
—Estará preparando el escenario —dijo Elena—. Ya sabes que para él esto es como una producción de Hollywood.
Pero Hugo no estaba preparando ningún escenario.
Estaba frente al espejo del baño, mirándose fijamente la boca.
Con un dedo, empujaba suavemente el diente de al lado del que ya se le había caído.
—Se mueve… —susurró el niño con una sonrisa diabólica—. Se mueve mucho.
Si el Ratoncito Pérez pensaba que iba a salir de esa casa con solo diez euros menos en la saca, estaba muy equivocado.
Hugo acababa de descubrir la base de la economía de escala.
Y en el salón, las dos mujeres y el hombre que intentaba ser puente entre ellas, no sabían que la verdadera guerra de precios acababa de empezar.
PARTE 4
La noche cayó sobre el barrio con la lentitud de los domingos de verano.
En el salón, el ambiente era de una tregua armada.
La tortilla de Elena había pasado el filtro de Concha, aunque con una anotación al margen sobre el exceso de aceite.
—Estaba pasable —había dicho la suegra, lo que en su idioma significaba “estaba deliciosa pero no te voy a dar ese gusto”.
Hugo ya estaba en la cama, después de un ritual que incluyó lavar el diente con pasta de dientes “para que el ratón lo vea brillante” y meterlo en un sobre que él mismo había decorado con purpurina.
—Diez euros, Elena —murmuró Dani mientras se lavaba los dientes—. Sigo pensando que es un precedente peligroso.
—Peligroso es que tu madre siga pensando que un duro compra un castillo —respondió Elena desde la cama—. Duérmete ya y mañana, cuando el niño se despierte, haz el favor de disimular.
—¿Disimular qué? Si el billete lo tienes tú.
—Lo he puesto debajo de su almohada hace diez minutos, mientras estaba en el baño.
—¿Y el diente?
—En el joyero, con los otros que se le han caído… espera, que este es el primero. En el joyero, solo.
Dani apagó la luz y el silencio se apoderó del dormitorio.
Pero en el salón, alguien no podía dormir.
Concha estaba instalada en el sofá cama, mirando al techo.
La idea de los diez euros le corroía las entrañas como un ácido.
No era el dinero, se repetía a sí misma. Era la degradación de la tradición.
Se levantó con cuidado, sin hacer ruido, y se puso las zapatillas de estar por casa.
Caminó por el pasillo como un fantasma en camisón de flores.
Llegó a la puerta de la habitación de Hugo y la abrió con la pericia de un ladrón de guante blanco.
El niño dormía profundamente, con la boca abierta, mostrando el hueco que había causado tanto drama.
Concha se acercó a la cama.
Su mano temblaba un poco.
Buscó debajo de la almohada con la punta de los dedos.
Allí estaba. El sobre con purpurina.
Lo sacó con cuidado y, a la luz del pasillo, vio el billete azul de diez euros.
—Qué locura… —susurró—. Qué absoluta locura.
Metió la mano en el bolsillo de su camisón y sacó algo.
Era una moneda de dos euros, reluciente, y tres monedas de cincuenta céntimos.
—Tres cincuenta —murmuró—. Una cifra digna. Ni mucho, ni poco. Lo justo para un niño de su edad.
Estuvo a punto de dar el cambiazo, de recuperar el billete de diez para devolverlo a la cartera de Elena y darles una lección de humildad financiera a todos.
Pero entonces, vio la cara de Hugo.
El niño tenía una pequeña sonrisa mientras dormía, quizás soñando con ese videojuego que tanto quería o con una montaña de gominolas de colores.
Concha suspiró.
Miró el billete de diez euros y luego sus monedas.
—Si es que me tenéis el corazón robado… —dijo en voz baja.
Volvió a meter el billete de diez euros en el sobre de purpurina.
Pero entonces, en un arrebato de generosidad que no le pegaba nada, sacó de su otro bolsillo un billete de cinco euros arrugado que guardaba para el pan.
—Toma, por el colmillo ese que dices que se te mueve —susurró, metiendo también el billete de cinco en el sobre.
Cerró el sobre, lo metió bajo la almohada y salió de la habitación de puntillas.
A la mañana siguiente, el grito de Hugo despertó hasta a los vecinos del cuarto.
—¡MAMÁ! ¡PAPA! ¡ABUELA! ¡EL RATÓN SE HA VUELTO LOCO!
Elena y Dani saltaron de la cama, asustados.
Concha ya estaba en el pasillo, fingiendo que acababa de levantarse.
Hugo salió de su habitación agitando el sobre como si fuera una bandera.
—¡Me ha dejado quince euros! ¡Quince! —gritaba el niño, saltando sobre el sofá—. ¡Es el mejor ratón del mundo!
Elena se quedó petrificada.
Miró a Dani. Dani la miró a ella.
—¿Elena? —preguntó Dani con voz sospechosa—. ¿Le has puesto quince al final?
—No… yo puse diez. Te lo juro por mi vida.
Ambos giraron la cabeza lentamente hacia Concha.
La suegra estaba en la cocina, preparando el café con una parsimonia irritante.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Concha sin mirarlos—. ¿Es que el niño no está contento?
—Mamá… —dijo Dani, acercándose a ella—. ¿Has sido tú?
Concha se encogió de hombros, con una sonrisa de suficiencia.
—Yo no sé de qué me hablas. Yo solo sé que el Pérez sabe quién se porta bien en esta casa.
—¡Pero si ayer decías que diez euros era una inmoralidad! —exclamó Elena, entre la risa y el desconcierto.
—Y lo sigo pensando —dijo Concha, dándose la vuelta con la cafetera en la mano—. Pero como el niño dijo que yo ya no tenía dientes, he pensado que a lo mejor el ratón me había dado a mí la parte que me correspondía por jubilación y yo se la he cedido a él.
Hugo abrazó a su abuela por la cintura.
—¡Abuela, eres la mejor! ¡Ahora puedo comprarme la edición especial del juego!
Concha le acarició la cabeza, mirando a Elena con un brillo desafiante en los ojos.
—Ya ves, Elena. Al final, los dientes no están tan caros. Lo que está caro es el cariño.
Elena no pudo evitar sonreír y abrazar a su suegra.
—Es usted imposible, Concha.
—Soy coherente, que es distinto —respondió la suegra—. Ayer me quejaba de vuestros diez euros. De los míos no me quejo, porque mi dinero lo gasto en lo que me da la gana.
Dani se echó a reír, sentándose a la mesa.
—Pues nada, ya tenemos nuevo estándar de precios. Quince euros el incisivo. Prepárate para la muela, Elena.
—La muela la paga su padre —dijo Elena, dándole un beso a Hugo—. O el ratón tendrá que pedir un préstamo al banco.
Hugo se sentó a desayunar, mirando sus quince euros con una devoción casi mística.
—Oye, mamá —dijo el niño mientras mojaba una galleta en la leche.
—¿Qué, cariño?
—¿Tú crees que si me saco yo mismo el de al lado, el ratón se enfada?
Concha soltó una carcajada que casi hace que se le salte su propia dentadura.
—¿Lo ves, Elena? ¿Lo ves? ¡Ya tenemos aquí al autónomo del diente!
—¡Hugo, ni se te ocurra! —gritaron Dani y Elena a la vez.
Y así, entre risas, reproches y billetes que aparecían por arte de magia, la familia García terminó su domingo.
Porque al final, da igual si son cinco duros, diez euros o quince.
Lo que importa es que, en esa casa, siempre habría alguien dispuesto a pelear por un diente… y alguien dispuesto a pagar por la sonrisa de un niño.
Aunque Concha siguiera pensando que, con ese dinero, ella habría comprado media España en 1960.