PARTE 1
El sol de mediodía en Madrid no perdona.
Es ese tipo de calor que se pega a la piel como una mala conciencia.
Lucía caminaba por la acera de la calle Bravo Murillo, esquivando a los jubilados que salían de misa con paso lento y decidido.
A su lado, Javi resoplaba.
Llevaba una caja de pasteles de “La Mallorquina” en la mano derecha.
La caja estaba empezando a humedecerse por la base debido al calor de la palma de su mano.
—Te digo que no va a ser para tanto —dijo Javi, aunque su voz carecía de cualquier rastro de convicción.
—Javi, tu madre tiene un radar para las debilidades humanas que ya quisiera el CNI —respondió Lucía.
Ella se ajustó la correa del bolso.
Llevaba un vestido ligero, de esos que se compran pensando en las vacaciones, pero que terminan siendo el uniforme de supervivencia en la ciudad.
—Solo es una comida de domingo —insistió él.
—No existen las “solas comidas de domingo” en tu casa.
—Ha hecho croquetas.
Lucía se detuvo un segundo.
Las croquetas de Doña Purificación eran, probablemente, el único vínculo sólido que quedaba entre ella y su suegra.
Eran piezas de ingeniería culinaria.
Crujientes por fuera, con una bechamel que desafiaba las leyes de la física por su cremosidad.
—Vale, las croquetas son un punto a favor —concedió Lucía—. Pero recuerda lo que pasó la última vez.
—¿Lo del color de las cortinas?
—Lo de que mis cortinas “incitaban a la melancolía y al fracaso matrimonial”.
Javi soltó una risita nerviosa.
Llegaron al portal.
Era un edificio de los años sesenta, con ese portal de mármol frío que huele a cera de suelo y a años de chismes de escalera.
Javi pulsó el timbre.
El sonido llegó desde el fondo del pasillo, un “rin-rin” estridente que parecía el inicio de un asalto de boxeo.
—¿Quién es? —la voz de Puri sonó por el telefonillo, distorsionada pero cargada de autoridad.
—Nosotros, mamá.
—Ah, subid. La puerta está abierta.
El ascensor era uno de esos ataúdes de madera donde apenas caben dos personas y el silencio se vuelve insoportable.
Al llegar al tercero, la puerta del piso ya estaba entreabierta.
El olor a sofrito, ajo y desinfectante de pino los recibió como un bofetón.
Allí estaba ella.
Doña Purificación.
Puri para los amigos, “la jefa” para su marido, y “Doña Puri” para Lucía en sus momentos de mayor tensión interna.
Llevaba un delantal de flores perfectamente planchado sobre una blusa de seda.
—¡Hijo mío! ¡Pero qué flaco estás! —exclamó Puri, lanzándose al cuello de Javi.
Lucía miró a Javi.
Javi pesaba exactamente lo mismo que el domingo anterior.
O quizás doscientos gramos más por el estrés.
—Hola, mamá. Mira, hemos traído el postre.
Puri cogió la caja con una mano, mientras con la otra ya estaba comprobando la textura de la mejilla de su hijo.
—Pasad, pasad. Lucía, qué… veraniega vienes.
La palabra “veraniega” salió de la boca de Puri con una entonación que sugería que Lucía iba vestida para ir a un chiringuito de Benidorm en lugar de a su casa.
—Hola, Puri. Hace mucho calor hoy.
—Ya, ya. En mis tiempos el calor se combatía con decoro, pero claro, los tiempos cambian.
Entraron en el salón.
El salón de Puri era un museo al “horror vacui”.
No había una superficie plana que no estuviera cubierta por un tapete de ganchillo o una figurita de porcelana.
Había fotos de Javi en todas las etapas de su vida.
Javi haciendo la comunión.
Javi con granos en la graduación.
Javi vestido de tuno (una fase que Lucía prefería olvidar).
—Sentaos, que voy a por el vermú —dijo Puri, desapareciendo hacia la cocina con la agilidad de una gacela que conoce perfectamente su territorio.
Lucía y Javi se sentaron en el sofá.
El sofá estaba cubierto por una funda de plástico transparente para que no se manchara la tapicería.
Hacía un ruido de succión cada vez que te movías.
—¿Has visto? —susurró Lucía—. Ya ha empezado.
—¿El qué?
—La microagresión textil. “Qué veraniega vienes”.
—Cariño, es su forma de decir hola.
—Es su forma de decir que voy enseñando demasiada rodilla para su gusto católico.
Puri volvió con una bandeja de plata que brillaba más que el sol.
Traía tres vasos de vermú, un cuenco de aceitunas rellenas y unas patatas fritas de bolsa que ella misma había dispuesto con una simetría aterradora.
—Tomad, que hay que abrir el apetito —dijo Puri, sentándose en su sillón orejero.
Era el trono.
Desde allí dominaba visualmente todo el salón y parte del pasillo.
—¿Cómo va el trabajo, Javi? —preguntó ella, ignorando olímpicamente la presencia de Lucía por un momento.
—Bien, mamá. Con mucho lío. Estamos con un proyecto de diseño nuevo para una aplicación de banca.
Puri arrugó la nariz.
—Aplicaciones… Todo son aplicaciones ahora. Con lo bonito que era ir al banco y que Don Manuel te diera los buenos días.
—Don Manuel murió hace quince años, mamá.
—Pero te daba los buenos días con educación.
Puri se giró entonces hacia Lucía.
Sus ojos brillaron con una luz especial.
Esa luz que indica que ha encontrado una pieza de información valiosa y está a punto de soltarla.
Lucía sintió un escalofrío a pesar de los treinta grados exteriores.
—Por cierto, Lucía —empezó Puri, dando un sorbo delicado a su vermú.
—Dime, Puri.
—No sabes a quién vi ayer en el Mercado de la Paz.
—No tengo ni idea.
—A Alberto.
El silencio que siguió a ese nombre fue tan denso que se podía cortar con el cuchillo del jamón.
Javi se atragantó con una aceituna.
Lucía sintió que el sofá de plástico se pegaba un poco más a sus muslos.
Alberto.
El ex.
El “médico”.
El que, según la mitología de Puri, era el hombre perfecto que Lucía dejó escapar por pura insensatez juvenil.
—¿Ah, sí? —dijo Lucía, intentando mantener la voz neutra—. ¿Y qué tal está?
—¡Ay, hija! ¡Está guapísimo! —exclamó Puri, juntando las manos—. Iba con su bata blanca debajo del abrigo… bueno, no, no llevaba abrigo, que hace calor, pero se le veía que venía del hospital.
—Los médicos suelen venir de los hospitales, mamá —intervino Javi, recuperando el aliento.
—No me interrumpas, Javier. Estaba comprando unos aguacates. Me dijo que ahora es jefe de sección. ¡Jefe de sección!
Puri suspiró, mirando al techo como si estuviera viendo una visión celestial.
—Hablamos un buen rato. Se acordaba perfectamente de mí. “Doña Puri”, me dijo, “está usted igual de joven que siempre”. Qué educado, qué planta…
Lucía dio un trago largo a su vermú.
—Me alegro mucho por él —dijo Lucía.
—¡Qué buen partido perdiste, Lucía! —soltó Puri de repente, disparando la bala de plata sin anestesia.
Javi miró a su madre, escandalizado.
—¡Mamá!
—¿Qué? Si es la verdad. Un médico, con plaza fija, con ese pelo que parece de anuncio de champú…
Puri miró a Lucía con una mezcla de lástima fingida y superioridad moral.
—Solo digo que aquel chico tenía mucho futuro… y un sueldo de los de antes, no como esas cosas modernas de ahora que no se sabe ni lo que sois.
Lucía apretó el vaso de vermú.
La tensión estaba servida, y el arroz ni siquiera había salido de la cocina.
PARTE 2
Lucía miró el fondo de su vaso de vermú como si buscara una salida de emergencia microscópica.
La frase de Puri seguía flotando en el aire del salón, mezclándose con el olor a incienso que siempre emanaba de la figurita de la Virgen de la Macarena que presidía el aparador.
“¡Qué buen partido perdiste!”.
Era una frase clásica.
Una de esas que se quedan grabadas en el muro de las lamentaciones familiar.
—Mamá, de verdad, no empieces —dijo Javi, tratando de apaciguar las aguas.
—¿Yo? Si yo no empiezo nada, hijo —respondió Puri con una inocencia que no se creía ni ella misma—. Solo comento lo que vi. Es que Alberto tiene esa… esa dignidad que dan los estetoscopios.
Lucía forzó una sonrisa.
Era esa sonrisa de azafata de vuelo que sabe que el avión se va a estrellar pero tiene que seguir ofreciendo café y cacahuetes.
—Puri, Alberto es un médico excelente, estoy segura —dijo Lucía con voz aterciopelada—. Pero creo que ya hace siete años que no estamos juntos. Supongo que su futuro ya no tiene mucho que ver con el mío.
—Siete años… —Puri suspiró dramáticamente—. Siete años perdidos de cotización a la Seguridad Social en forma de marido de provecho.
—¡Mamá! —Javi subió el tono—. Que Lucía está conmigo ahora. ¿Se te olvida?
Puri miró a su hijo como si fuera un cachorro que acaba de morder un mueble caro.
—No se me olvida, cielo. Si yo te quiero mucho. Pero hay que reconocer que lo tuyo es… diferente. Tú estás con los ordenadores, con los dibujitos esos que haces en la tableta…
—Soy diseñador de producto digital, mamá.
—Eso, dibujitos que se mueven. Pero Alberto… Alberto salva vidas. El otro día me contó que operó a un señor de la vesícula y el señor salió andando por su propio pie.
—Faltaría más que saliera haciendo el pino —murmuró Lucía para sus adentros.
—¿Has dicho algo, Lucía? —preguntó Puri, afilando el oído.
—Que qué maravilla es la medicina moderna.
Puri asintió, satisfecha por haber recuperado el control de la narrativa.
Se levantó del sillón con una parsimonia casi real.
—Voy a ver cómo va el arroz. No os mováis de ahí, que tengo que contaros lo que me dijo Alberto sobre su nueva casa en Pozuelo.
Pozuelo.
La palabra mágica para la clase media-alta con aspiraciones.
Puri desapareció en la cocina, y Lucía aprovechó para hundir la cabeza entre las manos.
—Te lo dije —susurró Lucía—. Te dije que sacaría el tema.
—No sabía que se lo había encontrado en el mercado —se disculpó Javi—. Mi madre tiene un imán para los encuentros fortuitos que le sirven para chinchar.
—No es un imán, Javi. Es una estrategia de inteligencia militar. Seguro que ha estado patrullando el Mercado de la Paz durante semanas solo para coincidir con él.
—No seas exagerada.
—¿Exagerada? Tu madre sabe perfectamente que Alberto es mi criptonita familiar. Cada vez que lo menciona, me hace sentir como si hubiera cambiado un Ferrari por un patinete eléctrico.
Javi puso cara de ofendido.
—¿Yo soy el patinete eléctrico?
Lucía lo miró y le acarició la mejilla con ternura.
—No, cariño. Tú eres un coche eléctrico de última generación, sostenible y maravilloso. Pero para tu madre, si no quemas gasolina y haces ruido de motor de los años cincuenta, no eres un coche de verdad.
Se oyó un ruido de platos en la cocina.
—¡Javi! ¡Ven a ayudarme con la sopera! —gritó Puri.
Javi se levantó, dándole un beso rápido a Lucía en la frente.
—Aguanta. Piensa en las croquetas.
Lucía se quedó sola en el salón.
El reloj de pared, uno de esos de péndulo que suenan como el corazón de un gigante, marcaba las dos y media.
Se levantó y se acercó a la estantería.
Allí, en un rincón algo escondido pero no tanto como para ser invisible, había una foto vieja.
Era una foto de grupo de una cena de Navidad de hace casi una década.
En una esquina aparecía Alberto.
Tenía esa sonrisa perfecta, de esas que parece que nunca han tenido que lidiar con un problema real en la vida.
Era el yerno que toda madre española sueña: médico, educado, de buena familia y con un coche alemán.
Lucía recordó por qué rompieron.
Alberto era tan perfecto que era aburrido.
Era como vivir dentro de un catálogo de muebles suecos: todo estaba en su sitio, pero no había rastro de alma.
Sus conversaciones giraban en torno a su carrera, su prestigio y lo bien que le quedaban las camisas de marca.
Javi, en cambio, era el caos creativo.
Era la risa a las tres de la mañana por una tontería en Twitter.
Era el apoyo incondicional cuando Lucía decidió dejar su trabajo estable para montar su propia agencia.
—¿Mirando el pasado? —la voz de Puri la sobresaltó.
Puri estaba en el umbral de la puerta, con dos fuentes de croquetas en las manos.
—No, solo miraba lo mucho que ha crecido el poto de la esquina —mintió Lucía.
—Es un poto muy agradecido. Como las personas que saben apreciar lo que tienen.
Puri dejó las fuentes en la mesa del comedor, que ya estaba vestida con un mantel de hilo blanco con bordados.
—Sentaos. Vamos a comer antes de que se enfríe la bechamel. Porque la bechamel fría es como un amor que se apaga: se queda duro y no hay quien lo trague.
Se sentaron a la mesa.
Javi servía el vino, un Rioja que Puri guardaba “para las ocasiones especiales”, lo cual significaba cualquier domingo en el que quisiera impresionar a alguien o humillar a otro alguien.
Las croquetas estaban allí.
Eran doradas, perfectas, emanando un aroma que casi hacía que Lucía olvidara los comentarios sobre su ex.
—Prueba una, Lucía —dijo Puri—. Alberto siempre decía que mis croquetas eran mejores que las de su madre, y eso que su madre era de una familia muy bien de Bilbao.
—Están buenísimas, Puri. Como siempre.
—Sí… —Puri suspiró mientras masticaba con elegancia—. Alberto siempre comía tres de golpe. Decía que le daban energía para las guardias en el hospital. Pobre chico, tanto trabajar para salvarnos a todos.
—Mamá, por favor —suplicó Javi—. Deja de hablar de Alberto. Estamos comiendo.
—¿Y qué tiene de malo? Es cultura general —replicó Puri—. Además, me contó que se ha echado una novia.
Lucía levantó la vista del plato.
—¿Ah, sí? —no pudo evitar preguntar.
Puri sonrió. Sabía que había pescado el anzuelo.
—Sí. Es anestesista. Una chica monísima, de una familia de toda la vida. Dicen que hacen una pareja de cine. Los dos de blanco, ¿te imaginas? Parece el principio de una serie de esas de la televisión.
Lucía sintió que la comicidad de la situación empezaba a tornarse en una tensión progresiva.
Puri no estaba simplemente “comentando”.
Estaba realizando una autopsia en vivo de la relación de Lucía y Javi, usando a Alberto como el bisturí más afilado de la cocina.
—Seguro que son muy felices —dijo Lucía, intentando cerrar el tema.
—Bueno, felices… ya se sabe. Pero al menos no tienen que preocuparse por llegar a fin de mes con esos trabajos tan raros que hay ahora.
Puri miró a Javi con una tristeza fingida.
—Hijo, ¿tú sigues cobrando en esos… cómo se llaman? ¿Bits? ¿Monedas de esas que no existen?
—Criptomonedas, mamá. Y no, cobro en euros, como todo el mundo.
—Ya, bueno. Pero no es lo mismo que una nómina del Estado. Alberto tiene su plaza, su seguridad…
—Yo también tengo mi empresa, Puri —intervino Lucía—. Y nos va muy bien.
—Sí, hija, sí. Si yo no digo que no. Pero donde esté un médico…
Puri dejó la frase en el aire, permitiendo que el peso de la palabra “médico” aplastara cualquier logro profesional que Lucía pudiera presentar.
La tensión seguía subiendo.
Lucía miró a Javi.
Javi miraba su plato de croquetas como si buscara una respuesta existencial en el pan rallado.
La comida no había hecho más que empezar.
PARTE 3
El plato principal llegó a la mesa con la pompa de un desfile militar.
Era un redondo de ternera en su jugo, rodeado de cebollitas caramelizadas y zanahorias que brillaban bajo la luz de la lámpara del comedor.
Puri servía las raciones con una precisión de cirujano, lo cual, dada la conversación previa, resultaba irónico.
—Lucía, te pongo un poco más de salsa, que te veo un poco pálida —dijo Puri.
—Estoy bien, Puri, de verdad. Es solo el calor.
—O falta de hierro. Alberto siempre decía que las mujeres jóvenes de hoy no comen suficiente carne roja. “Doña Puri”, me decía, “el hierro es la base de la alegría”.
Javi soltó un suspiro tan largo que las velas (que no estaban encendidas, pero estaban allí por decoración) parecieron temblar.
—Mamá, si vuelves a decir la palabra “Alberto”, voy a empezar a cobrarte un euro por cada mención —amenazó Javi, medio en broma, medio en serio.
Puri puso cara de ofendida, una expresión que tenía ensayadísima frente al espejo.
—¡Válgame Dios! ¡Ahora una madre no puede ni mencionar a los amigos de la familia!
—No era un amigo de la familia —puntualizó Lucía—. Era mi novio. Hace siete años.
—Y un encanto de muchacho —añadió Puri, ignorando la corrección—. ¿Sabéis que me dijo que se ha comprado un barco?
—¿Un barco? —Javi arqueó una ceja.
—Un velero. Pequeñito, pero velero. Dice que el mar le relaja después de tantas operaciones a corazón abierto.
—Alberto era dermatólogo, Puri —dijo Lucía con una frialdad quirúrgica.
Puri se quedó callada un segundo, procesando la información.
—Bueno… la piel también tiene su importancia. Es el órgano más grande del cuerpo, ¿no? Pues eso. El caso es que opera cosas. Manchas, pecas… cosas que salvan a la gente de quedar feas.
La lógica de Puri era un laberinto sin salida.
Lucía empezó a cortar su carne con una energía algo excesiva.
El sonido del cuchillo contra el plato de porcelana era el único ritmo en la habitación.
—Solo digo —continuó Puri, recuperando su tono de “gran observadora de la realidad”— que aquel chico tenía mucho futuro. Tenía una dirección clara en la vida. No como otros que se pasan el día mirando una pantalla de colorines.
Javi dejó el tenedor en la mesa.
—Mamá, mi trabajo es igual de digno y probablemente más estresante de lo que tú crees.
—Sí, hijo, si yo no digo que no seas digno. Eres mi hijo y te quiero aunque seas un “influencer” de esos.
—¡Que no soy influencer!
—Bueno, lo que seas. Pero reconoce que no es lo mismo decirle a alguien “mi hijo es médico” que decirle “mi hijo hace que los botones del teléfono cambien de sitio”.
Lucía sintió que la rabia empezaba a burbujear en su estómago, justo al lado del vermú y la croqueta.
Era el momento.
La tensión cómica había llegado a su punto de no retorno.
Esa fase en la que o te ríes o lanzas la jarra de agua por la ventana.
Puri miró a Lucía con esa sonrisa de suficiencia que guardaba para los finales de los argumentos.
—Es que, Lucía, hija… a veces pienso que te precipitaste. Que no supiste valorar lo que tenías delante. Un hombre con carrera, con futuro, con ese pelo…
Lucía dejó el cuchillo.
Inspiró profundamente.
Miró a Javi, que le devolvió una mirada de “por favor, no la mates, es mi madre”.
—Puri —empezó Lucía con una calma que daba miedo—. He escuchado mucho sobre el futuro de Alberto hoy.
—Es que es un tema fascinante —interrumpió Puri.
—Y estoy de acuerdo en que es un gran partido. Para alguien que busque un dermatólogo con velero y una madre de Bilbao.
Puri parpadeó, sorprendida por el tono.
—Pero —continuó Lucía— resulta que yo estoy muy feliz con su hijo.
Javi sonrió tímidamente.
—¿Ah, sí? —dijo Puri, escéptica—. ¿A pesar de los botones del teléfono?
—A pesar de todo. Porque Javi tiene algo que Alberto nunca tuvo, ni tendrá por mucho que opere pecas.
Puri se inclinó hacia delante, intrigada.
—¿Y qué es eso, si se puede saber?
Lucía miró fijamente a su suegra.
Era el momento de soltar el “chốt”, la estocada final que llevaba preparando desde que entró por el portal.
—Javi tiene una paciencia infinita, Puri.
—¿Paciencia? —Puri soltó una carcajada—. Si de pequeño era un rabo de lagartija.
—No hablo de la paciencia para estarse quieto —dijo Lucía, manteniendo el contacto visual—. Hablo de la paciencia que tiene con usted.
El silencio que cayó sobre la mesa fue absoluto.
Incluso el reloj de péndulo pareció detenerse un instante para ver qué pasaba.
Puri abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
Javi se quedó petrificado, con un trozo de ternera a medio camino entre el plato y la boca.
—Porque, Puri —siguió Lucía, ya sin frenos—, hace falta ser un santo, o un profesional de la meditación budista, para aguantar cada domingo que su propia madre le diga que el ex de su novia es mejor que él.
Puri recuperó el habla, aunque con un tono algo tembloroso.
—Yo… yo solo decía que aquel chico tenía futuro…
—Y yo solo digo —replicó Lucía con una sonrisa triunfal— que el futuro es relativo. El futuro de Alberto es ser un médico rico y aburrido en Pozuelo. El futuro de Javi es ser el hombre que me hace reír todos los días y que tiene la elegancia de no mandarla a paseo a usted cuando empieza con sus comparaciones odiosas.
Lucía dio un bocado a su ternera.
Estaba deliciosa.
Javi bajó la mano y miró a su novia con una mezcla de terror y adoración absoluta.
Puri se recolocó la blusa de seda.
Se hizo un silencio largo, cargado de una electricidad que hacía que los vellos de los brazos se erizaran.
—Bueno —dijo Puri finalmente, con una dignidad herida pero irreductible—. Al menos el arroz con leche me ha salido de cine.
PARTE 4
El postre se sirvió en una atmósfera que podría describirse como “paz armada”.
Puri trajo los cuencos de arroz con leche, cada uno con su correspondiente costra de azúcar quemada y un toque de canela.
Nadie decía nada.
El único sonido era el “clinc, clinc” de las cucharillas golpeando el cristal.
Puri comía con la espalda muy recta, como si estuviera ante un tribunal internacional.
De vez en cuando, lanzaba una mirada fugaz a Lucía.
Ya no era esa mirada de superioridad, sino una de reconocimiento.
Como un general que acaba de perder una escaramuza y empieza a respetar la estrategia del enemigo.
—Está muy bueno el arroz, mamá —dijo Javi, rompiendo el hielo.
—Tiene el azúcar en su punto —añadió Lucía, sin rastro de ironía.
Puri asintió levemente.
—Es la receta de mi abuela. Ella decía que el secreto está en remover siempre hacia la derecha, para que no se maree el grano.
—Pues el grano está muy centrado —bromeó Javi.
Puri soltó un pequeño suspiro, una especie de rendición sonora.
—Mira, Lucía —empezó Puri, dejando la cucharilla a un lado—. A lo mejor me paso un poco con lo de Alberto.
Lucía levantó las cejas. ¿Era eso una disculpa?
—Es que ese chico… me recordaba a mi hermano mayor. El que se fue a hacer las Américas y volvió con un anillo de oro en cada dedo. Siempre he tenido debilidad por la gente que parece que tiene la vida resuelta.
—Puri, nadie tiene la vida resuelta —dijo Lucía con suavidad—. Ni siquiera los dermatólogos con velero.
—Ya, supongo que tienes razón. Pero es que me gusta chinchar un poco. Si no nos chincharamos los domingos, ¿de qué íbamos a hablar? ¿Del tiempo?
Lucía no pudo evitar reírse.
—Podríamos hablar de lo bien que te salen las croquetas sin necesidad de mencionar a mis ex.
Puri esbozó una sonrisa astuta.
—Bueno, pero entonces no tendría tanta gracia ver cómo se te ponen las mejillas rojas. Te pones igualita que un tomate del terreno, hija.
Javi miró a una y a otra, aliviado de que la sangre no hubiera llegado al río (o al menos no al río Manzanares).
—Entonces, ¿estamos en tregua? —preguntó Javi.
—En tregua hasta el café —sentenció Puri—. Porque luego tengo que enseñaros las fotos del viaje a Benidorm de mi vecina Conchi. No sabéis qué bañadores se pone esa mujer a los setenta años. Eso sí que es un drama nacional.
La tarde transcurrió de forma más relajada.
Vieron las fotos de la vecina Conchi, que efectivamente desafiaban varias leyes de la estética y la decencia pública.
Puri criticó el exceso de sol, la calidad de la arena y el precio del menú del día en la costa.
Cuando dieron las seis de la tarde, Lucía y Javi se levantaron para irse.
—Llevaos estas croquetas que han sobrado —dijo Puri, metiéndolas en un túper de plástico desgastado—. Que luego en la semana no coméis más que porquerías de esas que pedís por el móvil.
—Gracias, mamá.
Puri acompañó a la pareja hasta la puerta del ascensor.
Justo antes de que se cerrara la puerta, Puri puso una mano en el brazo de Lucía.
—Lucía —susurró.
—¿Sí, Puri?
—Que sepas que Alberto me dijo que todavía se acuerda de tu risa.
Lucía sintió que el dardo volvía a volar, pero esta vez con la punta roma.
—Pues dile que mi risa está ahora en muy buenas manos, Puri.
Puri sonrió, esta vez de verdad, y les dijo adiós con la mano mientras el ascensor empezaba su lento descenso.
Al salir a la calle, el calor seguía allí, pero ya no pesaba tanto.
Lucía y Javi caminaron hacia el metro, compartiendo el peso del túper de croquetas.
—¿Sabes qué? —dijo Lucía.
—¿Qué?
—Que tu madre es un personaje de una novela que todavía no se ha escrito.
—Y tú eres la única que sabe cómo darle el final a cada capítulo.
Lucía se rió y le dio un beso a Javi.
—La próxima vez que vea a un médico, le voy a pedir una receta para la paciencia. Aunque creo que ya tengo la mejor dosis en casa.
Caminaron juntos por Bravo Murillo, esquivando de nuevo a los jubilados, mientras el sol empezaba a bajar, dejando largas sombras sobre el asfalto de Madrid.
Al final, pensó Lucía, las suegras son como el arroz con leche: a veces empalagan, a veces se queman, pero en el fondo, son lo que le da sabor al domingo.
Aunque te recuerden a tu ex solo para ver si todavía saltas.
Y Lucía sabía que, mientras tuviera a Javi y sus croquetas, podía saltar todos los domingos que hiciera falta.
¿Vuestra suegra os recuerda a vuestros ex para chinchar?
Porque la mía ha convertido el recuerdo en un deporte olímpico.
Y yo, sinceramente, ya estoy entrenando para la próxima medalla de oro en paciencia.