PARTE 1
El sol de las diez de la mañana entraba en el salón con una crueldad impropia de un martes.
No era una luz acogedora, de esas que invitan a leer un libro con una manta.
Era una luz acusadora, casi policial.
Elena entrecerró los ojos mientras sostenía la taza de café, todavía humeante.
Allí estaban.
Las huellas dactilares de los niños, marcadas como pruebas forenses en el ventanal de la terraza.
Un lamparón de procedencia desconocida, probablemente yogur de fresa, decoraba la esquina inferior derecha.
Y, por supuesto, esa pátina grisácea que el tráfico de la ciudad regala generosamente a quienes viven cerca de una avenida.
Elena suspiró, dejando la taza sobre la mesa de centro con un golpe seco.
—Hoy es el día —susurró para sí misma, con el tono de quien declara una guerra santa.
Se dirigió al armario de la limpieza con paso firme.
Apartó la aspiradora, que siempre parecía estar poniendo la zancadilla a propósito.
Localizó el cubo azul, el de las ocasiones especiales.
Sacó el frasco de limpiacristales, ese líquido de un azul radioactivo que prometía milagros de transparencia.
Y, lo más importante, su arsenal de bayetas de microfibra, perfectamente dobladas.
En ese preciso instante, el sonido de una llave girando en la cerradura interrumpió su liturgia.
Elena tensó los hombros.
Solo había una persona en todo Madrid que tuviera llave y la confianza suficiente para entrar sin llamar a las diez y diez.
—¿Se puede? —preguntó una voz que arrastraba las vocales con una autoridad natural.
Marisa apareció en el pasillo, con su bolso de piel colgado del antebrazo y una bolsa de la panadería en la otra mano.
—Traigo unas palmeras de chocolate que estaban diciendo “cómeme”, Elena.
Elena forzó una sonrisa mientras dejaba el cubo en el suelo.
—Hola, Marisa, qué sorpresa.
La suegra avanzó por el pasillo, escaneando el entorno con la precisión de un radar de la Guardia Civil.
Sus ojos se detuvieron, inevitablemente, en el cubo azul y el arsenal de limpieza.
—¿Pero qué haces con todo eso fuera, hija? —preguntó Marisa, dejando las palmeras sobre la encimera de la cocina.
—Voy a limpiar los cristales —respondió Elena, intentando sonar casual, como si no fuera una decisión trascendental.
Marisa se quedó petrificada a mitad de camino entre la cocina y el salón.
Se ajustó las gafas de ver de cerca, que colgaban de una cadena de eslabones dorados.
Miró a Elena.
Luego miró al ventanal.
Finalmente, miró hacia el cielo que se vislumbraba tras el edificio de enfrente.
—¿Vas a limpiar los cristales hoy? —repitió Marisa, con un tono de incredulidad absoluta.
—Sí, Marisa. Hoy.
—¿Hoy? ¿Precisamente hoy?
—Están sucios, Marisa. No se ve ni el edificio de enfrente.
La suegra soltó una risita nerviosa, de esas que preceden a un sermón de media hora.
—Pero hija de mi vida, ¿es que no has puesto la televisión?
Elena abrió el grifo de la cocina para llenar el cubo, ignorando la pregunta retórica.
—He puesto las noticias un rato, sí. Lo de siempre.
—Pues no has debido prestar atención al tiempo —sentenció Marisa, acercándose con paso decidido—. ¡Si han dicho que va a llover barro!
Elena cerró el grifo con un giro brusco.
El silencio que siguió fue denso, cargado de la electricidad estática de las discusiones domésticas.
—¿Barro? —preguntó Elena, dándose la vuelta lentamente.
—Barro no, lo siguiente —insistió Marisa, haciendo gestos exagerados con las manos—. Calima de esa que viene del Sáhara.
—Ayer dijeron que quizá llovía algo por la tarde, pero nada serio.
—”Nada serio” dice la juventud —bufó la suegra—. ¡El Brasero ha sacado un mapa que parecía el desierto del Gobi!
Marisa sacó su teléfono móvil del bolso con la agilidad de un pistolero del oeste.
Tardó unos segundos en desbloquearlo, peleándose con el reconocimiento facial.
—Mira, mira esto —dijo, plantándole la pantalla a dos centímetros de la cara a su nuera.
Era una captura de pantalla de una aplicación del tiempo, llena de iconos de nubes marrones y porcentajes alarmantes.
—Ochenta por ciento de probabilidad, Elena. Ochenta.
—Marisa, las aplicaciones fallan más que una escopeta de feria.
—Esta no falla, que me la instaló tu cuñado y dice que es la que usan los pilotos de Iberia.
Elena suspiró y agarró el mango del cubo, dispuesta a llevarlo al salón.
—Me da igual el Sáhara, Marisa. Me da igual Iberia.
—¿Cómo que te da igual?
—Están sucios hoy, se limpian hoy. No puedo esperar a que el tiempo decida por mí.
Marisa se cruzó de brazos, bloqueando el paso hacia el salón con la firmeza de un cuerpo de seguridad.
—Eso es una temeridad doméstica, Elena. Una pérdida de tiempo y de producto.
—Es higiene, Marisa. Entra la luz y parece que estoy viviendo en una cueva de polvo.
—Trabajar para nada es de tontos, hija mía. Que te lo digo por tu bien.
Elena sintió ese pequeño tic en el párpado que solo le salía cuando hablaba de logística del hogar con su suegra.
—No es trabajar para nada. Es trabajar para que, durante las próximas seis horas, mi casa no parezca un escenario de “Mad Max”.
—¡Seis horas! —exclamó Marisa—. ¡Para seis horas de gloria te vas a dar una paliza de tres pares de narices!
—No es una paliza, Marisa, es pasar el trapo.
—No es pasar el trapo, que te conozco. Tú te pones a desmontar las persianas y acabas llamando a los bomberos.
La suegra se acercó al ventanal y pasó un dedo por el marco de aluminio.
—Mira, si ya hay polvillo en suspensión. Se nota en el ambiente.
—Eso es el polen de los plátanos de sombra de la calle, Marisa. No es el Sáhara.
—Es el preludio, Elena. El preludio de la catástrofe.
Marisa se sentó en el sofá, como quien se dispone a observar un accidente de tráfico a cámara lenta.
—Tú misma. Limpia, limpia. Pero luego no digas que no te lo advertí cuando veas los churretes marrones bajando por el vidrio.
Elena no respondió.
Sumergió la bayeta en el agua jabonosa y la escurrió con una saña innecesaria.
—¿Quieres una palmera de chocolate mientras te decides a tirar el dinero? —preguntó Marisa con una amabilidad punzante.
—No, gracias. Quiero limpiar.
—Es que sois de un cabezón en esta generación… —murmuró la suegra para sus adentros—. Queréis controlarlo todo, hasta las nubes.
Elena se subió a la pequeña escalera de dos peldaños.
El primer contacto de la bayeta húmeda con el cristal sucio produjo un sonido chirriante.
Un sonido que, para Elena, era el de la victoria.
Para Marisa, era el sonido de la terquedad humana desafiando a las leyes de la meteorología.
—¿Sabes qué pasa? —dijo Marisa, elevando la voz para que se oyera sobre el frotar del trapo—. Que luego viene la frustración.
Elena se detuvo, con el brazo en alto.
—¿Qué frustración, Marisa?
—La de ver que tu esfuerzo se desvanece en cuanto caen cuatro gotas de chocolate líquido del cielo.
—No va a llover, Marisa. Mira qué sol hace.
—Ese sol es traicionero. Es sol de lluvia.
—¿Sol de lluvia? Eso ni siquiera existe.
—Existe de toda la vida. Es ese brillo raro, como de aceite, que se queda en el horizonte.
Marisa se levantó y fue hacia la cocina a por un plato para sus palmeras.
—Mi abuela decía: “Si el sol brilla y el gallo canta, el barro te llega a la garganta”.
—Tu abuela vivía en un pueblo de Zamora, Marisa. Aquí no hay gallos, solo hay palomas mensajeras de Glovo.
—El instinto es el mismo, Elena. Y mi instinto me dice que esos cristales van a durar limpios lo que tarda un cura en decir amén.
Elena volvió a la tarea, frotando con más fuerza una mancha de grasa que se resistía.
—Pues si duran diez minutos, habrán sido los diez minutos más felices de mi semana.
—Qué exagerada eres.
—No soy exagerada. Es que necesito ver el exterior sin filtros de color sepia.
Marisa regresó al salón masticando un trozo de palmera.
—Está un poco seca, ¿eh? Se nota que la harina no es lo que era.
—Pues no te la comas.
—Me la como porque me da pena que se desperdicie, igual que me da pena que desperdicies tu mañana en esos vidrios.
Elena bajó de la escalera para cambiar el ángulo.
—¿Te vas a quedar ahí todo el tiempo haciendo la crónica del desastre?
—Me quedo para acompañarte, hija. No te vayas a caer de la escalera por culpa de los nervios.
—No estoy nerviosa.
—Tienes el cuello que parece un manojo de cables. Relájate.
Marisa se acercó a la mesa de centro y apartó una revista para apoyar su plato.
—Fíjate en las nubes que asoman por el norte, por la sierra. ¿Ves ese tono grisáceo-rosado?
Elena miró de reojo, intentando no darle la razón.
Efectivamente, el azul impecable del cielo de Madrid empezaba a ensuciarse por el horizonte.
—Es contaminación —sentenció Elena de forma tajante.
—Es barro en potencia —corrigió Marisa—. Polvo sahariano viajando a toda velocidad hacia tus ventanas recién fregadas.
—Marisa, por favor. Déjame terminar este paño al menos.
—Si yo no te digo que no termines. Yo solo te aviso para que luego no te lleves el sofocón.
—No me voy a llevar ningún sofocón.
—Eso dices ahora. Pero cuando veas el “gotelé” de barro, te va a entrar una mala leche que se la vas a pagar al pobre de mi hijo cuando llegue de trabajar.
Elena dejó de frotar y miró a su suegra con una calma forzada que daba miedo.
—Tu hijo también quiere que limpie los cristales. El otro día dijo que esto parecía una casa abandonada.
Marisa soltó una carcajada que casi hace que se atragante con el hojaldre.
—¡Ricardo! Pero si Ricardo no vería una mancha de barro aunque se la pintaran en las gafas de sol.
—Pues esta vez la vio.
—Te lo diría por decir algo, por rellenar el silencio. Los hombres son así. No saben lo que implica el mantenimiento.
Marisa se limpió las migas de la falda con unos golpecitos secos.
—Él no sabe que limpiar cristales es un compromiso con el tiempo atmosférico. Es un contrato que firmas con las nubes.
—Yo no firmo nada con las nubes. Yo limpio mi casa.
—Pues vas a perder el juicio, Elena. Contra la naturaleza no se puede ganar.
Elena volvió a sumergir la bayeta. El agua ya empezaba a estar gris.
—Mira qué satisfacción —dijo Elena, señalando el rastro de limpieza que dejaba tras de sí—. ¿Ves la transparencia?
—Veo el espejismo —respondió Marisa, volviendo a su asiento—. El espejismo del orden en un mundo caótico.
—Eres muy poética hoy para hablar de limpieza, Marisa.
—Es que la calima me pone existencialista. Es como si el desierto viniera a decirnos que somos nada.
Elena ignoró el comentario y se centró en la esquina superior del marco.
Sentía el calor del sol en la espalda, un calor que, según Marisa, era el preludio del fin.
Pero por un momento, la claridad del cristal era tan perfecta que parecía que no hubiera nada entre el salón y la calle.
—¿Ves? —insistió Elena—. Ha merecido la pena solo por este momento de luz.
Marisa consultó su reloj de pulsera.
—Son las diez y veinte. A las doce empezamos con el barro. Disfruta de tus cien minutos de gloria.
—Eres gafe, Marisa. Te lo digo de corazón.
—No soy gafe, soy previsora. Que es una palabra que no se estila mucho hoy en día.
Elena bajó de la escalera y agarró el mango del limpiacristales de goma para dar la pasada final.
—Pues la previsora se va a quedar a cuadros cuando pase la tarde y no caiga ni una gota.
—Si no cae hoy, caerá mañana —dijo Marisa con una seguridad aplastante—. El barro siempre cae. Es una ley física.
—Pero hoy estarán limpios. Y mañana, si llueve, pues ya se verá.
—Ese “ya se verá” es lo que arruina las economías domésticas, hija.
Elena se detuvo un segundo para secarse el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—¿Sabes qué, Marisa? A veces limpiar es una cuestión mental. No es por el cristal, es por mí.
—Ah, que ahora los cristales son una terapia —se mofó la suegra—. Pues para terapia te sale más barato irte a tomar un vermú conmigo.
—El vermú no quita las huellas de yogur de la ventana.
—Pero te ayuda a que te importen un pimiento, que es más sano.
Marisa se levantó y se acercó a la ventana, observando el trabajo de Elena con ojo crítico.
—Has dejado un restregón en la esquina izquierda. Se ve con el reflejo.
Elena apretó los dientes.
—No es un restregón, es una sombra.
—No, no. Es un restregón de libro. Has apretado demasiado la goma.
Elena volvió a subir a la escalera, armada con un trozo de papel de periódico seco, el truco final que siempre le había funcionado.
—¿Papel de periódico? —preguntó Marisa, arrugando la nariz—. Eso es de la época de la transición, Elena. Hay espumas ahora que hacen maravillas.
—El papel de periódico es lo único que no deja pelusa, me lo dijiste tú el año pasado.
Marisa se quedó callada un instante, atrapada en su propia contradicción.
—Bueno… sí… pero el papel de ahora tiene una tinta peor. Mancha más de lo que limpia.
—Este es de un dominical, tiene buen gramaje.
—Pues dale, dale. Dale antes de que el Sáhara cruce el Estrecho.
Elena empezó a frotar con energía circular, haciendo que el papel chirriara contra el vidrio.
El sonido era molesto, pero para ella era música celestial.
Era el sonido de la limpieza absoluta.
Sin embargo, en el fondo de su mente, las palabras de Marisa sobre la calima empezaban a germinar como una semilla de duda.
Miró de reojo al horizonte.
Ese tono rosáceo… ¿era realmente contaminación o era el desierto avanzando implacable?
Sacudió la cabeza para espantar el pensamiento.
—No me vas a convencer, Marisa.
—Yo no quiero convencerte de nada. Yo solo estoy aquí sentada, disfrutando de mi palmera y viendo cómo desafías a la AEMET.
—La AEMET ha fallado antes.
—Pero el olor no falla —dijo Marisa, olfateando el aire con dramatismo—. Huele a tierra seca. Huele a lluvia sucia.
Elena cerró la ventana de golpe, bloqueando el ruido de la calle y las profecías de su suegra.
—Pues ya está el primero. Quedan cuatro.
Marisa miró el reloj de nuevo.
—Vas a ritmo de tortuga, Elena. A este paso, la lluvia te pilla por el tercer ventanal.
—Si me pilla, que me pille trabajando.
—Esa es la frase de los mártires, hija. Y en esta casa no necesitamos mártires, necesitamos gente que sepa cuándo guardar el cubo.
Elena agarró el cubo con fuerza y se dirigió hacia la siguiente estancia: el dormitorio principal.
Marisa, por supuesto, la siguió con su plato de palmera y su pesimismo antropológico.
La batalla por la transparencia no había hecho más que empezar.
PARTE 2
El dormitorio principal estaba sumido en una penumbra acogedora que Elena se disponía a destruir en nombre de la higiene.
Marisa entró detrás de ella, evaluando el estado de las sábanas con una mirada rápida antes de centrarse en su objetivo favorito: el gran ventanal que daba al patio interior.
—Este es peor —sentenció la suegra, señalando las motas de polvo que bailaban en un rayo de luz—. Aquí el aire no corre, Elena. Aquí la suciedad se estanca.
—Por eso mismo hay que limpiarlo —replicó Elena, dejando el cubo con un golpe seco sobre la tarima.
—¿En serio vas a seguir? —Marisa se apoyó en el marco de la puerta—. Mira que el cielo se está poniendo de un color que da miedo. Parece el filtro de una película de esas de Marte.
Elena se asomó al patio.
Era cierto que la luz había cambiado.
Ya no era ese blanco brillante de primera hora, sino un ocre extraño, denso, como si alguien hubiera puesto una gasa sucia sobre el sol.
—Es solo una nube, Marisa. No seas agorera.
—Una nube dice… —Marisa sacó de nuevo el móvil—. Mira, me acaba de llegar un aviso al WhatsApp. El grupo de las vecinas está que echa humo.
—¿El grupo de las vecinas? Eso es una fuente de información de altísima fidelidad, claro que sí.
—Ríete tú, pero la Paqui ya ha recogido los toldos. Y la Paqui no recoge los toldos por un “quizá”.
Elena sintió una punzada de duda, pero la rabia de la limpieza era superior.
—Pues la Paqui se va a quedar sin sombra y con los cristales sucios. Yo, al menos, tendré vistas durante un rato.
Se subió a la cama para alcanzar la parte superior del marco, haciendo equilibrio entre el edredón y la mesilla de noche.
—¡Cuidado, Elena! —gritó Marisa como si estuviera viendo a alguien caminar por la cuerda floja a cien metros de altura—. ¡Que te vas a herniar o algo peor!
—Estoy bien, Marisa. Llevo haciendo esto años.
—Sí, pero cada año los huesos están más secos, hija. No te fíes.
Elena empezó a rociar el líquido azul sobre el cristal.
El olor a amoníaco inundó la habitación, mezclándose con el aroma de la palmera de chocolate que Marisa seguía sosteniendo.
—Ese producto es muy fuerte, ¿no? —comentó la suegra, arrugando la nariz—. Te va a quemar las mucosas. Yo uso vinagre con agua tibia, de toda la vida.
—El vinagre deja olor a ensalada, Marisa. Prefiero el amoníaco.
—El vinagre desinfecta y da un brillo que no da la química esa. Pero claro, como soy antigua, no me haces caso.
Elena frotó con energía, ignorando el comentario sobre la antigüedad.
—Mira —dijo Marisa, señalando por la ventana hacia el patio—. La del tercero ya está metiendo las macetas.
Elena miró hacia abajo.
Efectivamente, la vecina del tercero estaba moviendo febrilmente sus geranios hacia el interior de la vivienda.
—Esa mujer es una histérica del tiempo —dijo Elena, aunque el corazón le empezó a latir un poco más rápido—. El otro día sacó el paraguas porque vio pasar una gaviota.
—Las gaviotas saben cosas, Elena. Los animales tienen un sexto sentido para estas cosas.
—Marisa, estamos en el centro de Madrid. Aquí las gaviotas solo saben dónde están los vertederos.
Marisa se sentó en el borde de la cama, justo al lado de donde Elena tenía los pies.
—¿Te acuerdas de la calima del 22? —preguntó la suegra con un tono de voz que pretendía ser nostálgico pero resultaba amenazador.
—Cómo no me voy a acordar. Todo el mundo se acuerda.
—Parecía el fin del mundo. Los coches rojos, las aceras rojas… y la gente que había limpiado ese día todavía está llorando por las esquinas.
—Yo no limpié ese día.
—Por eso. Tuviste suerte. Pero hoy te estás tentando a ti misma. Estás desafiando a los dioses del desierto.
Elena bajó de la cama de un salto, un poco más brusco de lo habitual.
—No estoy desafiando a nadie. Solo quiero que mi casa no parezca un escenario de “The Last of Us”.
—¿De qué?
—De una serie de zombis donde todo está lleno de polvo y moho.
Marisa soltó un bufido.
—Pues prepárate, porque si limpias ahora y llueve barro, el efecto es el doble de feo.
—¿Por qué va a ser el doble de feo?
—Porque el barro se agarra mejor al cristal limpio —sentenció Marisa con una lógica aplastante—. En el cristal sucio, el barro resbala un poco, se mezcla con la mugre que ya hay y ni se nota.
Elena se quedó con la bayeta en el aire, procesando esa teoría física de dudosa procedencia.
—Eso es una tontería, Marisa. El barro mancha igual.
—Que no, que no. En el cristal limpio, cada gota se convierte en una medalla de suciedad. Se ve a kilómetros. Es como poner un cuadro blanco en una pared llena de hollín.
Elena decidió no entrar en ese debate y se centró en secar el cristal con el papel de periódico.
—¿Oyes eso? —preguntó Marisa de repente, poniéndose muy recta.
—No oigo nada.
—Exacto. Ese silencio. Es el silencio que precede a la tormenta de arena.
—Marisa, es el silencio de que los niños están en el colegio y el vecino del cuarto se ha ido a trabajar.
—No, no… es un silencio pesado. Hasta los pájaros se han callado.
Elena miró hacia el patio.
Era verdad que no se oía ni un gorrión.
Pero lo que más le inquietó fue que el aire parecía haberse vuelto sólido.
Un viento suave, pero extremadamente cálido, empezó a silbar por las rendijas de la persiana.
—¿Ves? —dijo Marisa con un triunfo mal disimulado—. Ya está aquí. El aire caliente.
Elena sintió una gota de sudor bajándole por la sien.
No sabía si era por el esfuerzo físico o por la presión psicológica de su suegra.
—Es solo un cambio de presión —dijo Elena, aunque su voz sonó un poco menos segura.
—Es el aliento del Sáhara, hija. Te está diciendo: “Elena, guarda la bayeta”.
Elena se giró hacia ella, con el trapo azul en una mano y el limpiacristales en la otra, como si fueran armas.
—¿Sabes qué pasa, Marisa? Que si dejo de limpiar ahora, habrás ganado tú.
—¿Ganado yo? ¿Pero esto es una competición?
—Parece que sí. Parece que estás deseando que llueva barro solo para decirme el “te lo dije”.
Marisa puso una cara de ofensa digna de un Oscar.
—¿Yo? ¿Deseando que se te ensucie la casa? ¡Por Dios, Elena! ¡Si yo lo que quiero es que descanses!
—No quieres que descanse, quieres tener razón.
—Tener razón es un efecto secundario de tener experiencia —dijo Marisa, dándole el último bocado a su palmera—. Y mi experiencia dice que hoy es día de sofá y manta, no de cubo y escalera.
Elena volvió al cristal, frotando con una furia renovada.
—Pues me voy a arriesgar. Voy a ser una rebelde de la limpieza.
—Una rebelde sin causa y con cristales mojados —comentó Marisa, levantándose para ir a dejar el plato en la cocina—. Voy a por un vaso de agua, que tanto hablar de arena me ha dejado la garganta como un cartón.
Elena se quedó sola en el dormitorio un momento.
Aprovechó para mirar el cielo sin la mirada fiscalizadora de su suegra.
El color ocre se había vuelto un naranja apagado, casi irreal.
La luz que entraba por la ventana tenía un matiz amarillento que hacía que todo en la habitación pareciera viejo, como una fotografía sepia de principios de siglo.
“No va a llover”, se repitió Elena a sí misma, como un mantra.
“Es solo polvo en suspensión. El viento se lo llevará”.
Pero entonces, un ruido sordo y lejano, un trueno seco que no parecía un trueno, retumbó en el horizonte.
Elena se quedó inmóvil.
—¡Elena! —gritó Marisa desde la cocina—. ¡¿Has oído eso?! ¡Eso no ha sido un camión de la basura!
—¡Ha sido un avión! —gritó Elena de vuelta, aunque sabía que mentía.
—¡Un avión dice! ¡Ha sido el cielo quejándose! ¡El cielo tiene cólicos de barro!
Elena terminó el cristal del dormitorio a toda velocidad.
No quedó perfecto. Había algunos restregones que en otras circunstancias la habrían vuelto loca, pero el tiempo apremiaba.
Recogió el cubo y salió al pasillo, encontrándose con Marisa, que ya estaba asomada a la ventana de la cocina.
—Mira —dijo Marisa, señalando un coche blanco aparcado abajo—. Mira el capó.
Elena se asomó.
Sobre el metal reluciente del coche empezaban a aparecer unos puntitos marrones, casi imperceptibles.
—Es polvo, Marisa. Solo polvo.
—Polvo que espera a la gota de agua para convertirse en cemento, Elena.
—Me quedan dos habitaciones y el salón. Puedo hacerlo.
—¿Estás loca? —Marisa se puso las manos en la cabeza—. ¡Que ya está cayendo la avanzada! ¡Que los exploradores del barro ya están aquí!
—Si limpio ahora, quizá la capa de suciedad sea menor —argumentó Elena con una lógica desesperada.
—¡Al revés! —exclamó Marisa—. ¡Ahora el cristal está pegajoso por el producto! ¡Va a ser un imán para la arena!
Elena sintió que el mundo se le venía encima, o al menos el desierto del Sáhara.
Pero su orgullo era un muro más alto que cualquier duna de arena.
—No me detendré —dijo Elena, caminando hacia el cuarto de los niños—. No voy a dejar que una predicción meteorológica gane a mi fuerza de voluntad.
—Hija, eso no es fuerza de voluntad. Eso es tozudez aragonesa, y eso que tú eres de Chamberí.
—Mi abuelo era de Teruel, Marisa. Algo me ha llegado.
Marisa la siguió, arrastrando las zapatillas por el pasillo con un sonido de resignación.
—Pues nada. Yo me siento aquí, en el pasillo, a ver cómo se desarrolla el drama.
—¿No vas a ayudar?
—¿Ayudar a qué? ¿A tirar agua al desierto? No, gracias. Yo guardo mis energías para cuando toque limpiar el desastre de verdad, dentro de tres días cuando pase la racha.
Elena entró en el cuarto de los niños.
Había juguetes por el suelo, pero no le importó.
Fue directa a la ventana.
Roció el líquido azul con la determinación de un bombero apagando un incendio forestal.
—¿Oyes eso? —preguntó Marisa desde el pasillo.
—¿El qué ahora?
—El viento. Ha cambiado de dirección. Viene del sur. Caliente y cargado de envidia sahariana.
Elena no respondió. El chirrido de la bayeta contra el cristal era su única respuesta.
Pero en su interior, una pequeña voz empezaba a darle la razón a su suegra.
El aire fuera se había vuelto espeso.
Las hojas de los árboles no se movían con frescura, sino que se agitaban con pesadez, como si les costara respirar.
Y de repente, una gota.
Una sola gota impactó contra el cristal recién limpiado.
No era una gota transparente.
Era una lágrima de color café con leche que se deslizó lentamente, dejando un rastro marrón que cruzaba todo el vidrio de arriba abajo.
Elena se quedó paralizada, con la bayeta apoyada en el marco.
—¿Ha sido una gota? —preguntó Marisa, asomando la cabeza por la puerta con una sonrisa que intentaba ocultar, pero no muy bien.
Elena no dijo nada.
—Elena… te he preguntado algo. ¿Ha caído ya la primera?
Elena se giró lentamente.
—Ha sido un pájaro —dijo Elena con una voz que carecía de toda convicción.
—¿Un pájaro que caga barro líquido? —Marisa se acercó a la ventana—. A ver, déjame ver…
Marisa inspeccionó la gota con la minuciosidad de un joyero.
—Eso no es un pájaro, Elena. Eso es el Sáhara saludándote. “Hola Elena, aquí estoy yo”.
Elena cerró los ojos un segundo.
—Es solo una gota. Puede ser que no caigan más.
En ese momento, como si el cielo hubiera estado esperando a que ella terminara la frase para reírse en su cara, se oyó un estruendo mayor.
Y de repente, empezó el bombardeo.
Mil gotas marrones empezaron a repicar contra el cristal con un sonido seco, terroso.
No era el sonido refrescante de la lluvia de abril.
Era el sonido de un ejército de barro reclamando su territorio.
PARTE 3
Elena se quedó de pie frente a la ventana, con la bayeta colgando de la mano como una bandera blanca tras una rendición incondicional.
A través del cristal, el mundo se había vuelto de color chocolate.
Cada gota que impactaba dejaba una mancha sólida, un pequeño cráter de arena que se secaba casi instantáneamente debido al calor del viento.
—Vaya —dijo Marisa, rompiendo el silencio con una suavidad que era más dolorosa que un grito—. Parece que el Brasero tenía razón después de todo.
Elena no se movió. Observaba cómo su trabajo de la última hora desaparecía bajo una costra de suciedad que nunca antes había visto tan densa.
—Es impresionante, ¿eh? —continuó la suegra, colocándose a su lado—. Parece que alguien esté tirando cubos de Nesquik desde la azotea.
—No puede ser —susurró Elena—. Acababa de dejarlo perfecto.
—Perfecto estaba, hija. Un espejo era. Pero ya sabes lo que dicen: “Lo perfecto es enemigo de lo meteorológico”. O algo así.
Marisa pasó el dedo por la parte interior del cristal, que seguía impoluto, comparándolo con el desastre del exterior.
—Mira el lado bueno —dijo Marisa, dándole una palmadita en el hombro—. Por dentro están impecables. Si no miras hacia afuera, ni se nota.
Elena se giró hacia ella con los ojos encendidos.
—¿Que no se nota? ¡Marisa, parece que vivo dentro de una botella de Coca-Cola!
—Exageras, Elena. Es solo un fenómeno natural. Un intercambio cultural con África.
Elena soltó la bayeta dentro del cubo con un chapoteo ruidoso.
—¡Me rindo! ¡Me rindo! ¡Tenías razón! ¡Soy una tonta que trabaja para nada!
Marisa puso cara de circunstancias, pero en sus ojos brillaba el destello de la victoria absoluta.
—No digas eso, mujer. No eres tonta, solo eres… optimista. Y el optimismo en este país siempre acaba manchado de barro.
Elena caminó hacia el salón y se dejó caer en el sofá, cubriéndose la cara con las manos.
—Una hora de mi vida. Una hora de frotar, de subir escaleras, de oler amoníaco… ¿para esto?
Marisa la siguió y se sentó en el sillón de enfrente, adoptando su pose de consejera de estado.
—Escúchame una cosa, Elena. Esto te sirve de lección de vida.
—No necesito lecciones de vida, Marisa. Necesito un limpiaparabrisas gigante para toda la fachada.
—No, en serio. La vida es como la calima. Tú te esfuerzas, tú limpias, tú pones orden… y de repente viene un viento del desierto y te lo llena todo de mierda.
Elena levantó la cabeza, mirando a su suegra con extrañeza.
—¿Te has vuelto filósofa de repente?
—Es que a mi edad ya he visto llover mucho barro —respondió Marisa con un suspiro—. He visto cristales limpios ensuciarse y he visto vidas enteras llenarse de polvo. Y lo único que puedes hacer es esperar a que pase.
—¿Esperar a qué?
—A que deje de caer. A que el cielo se aclare. Y luego, solo entonces, sacar el cubo.
Elena miró por el ventanal del salón. El bombardeo continuaba. El cielo estaba ahora de un naranja oscuro, casi tenebroso.
—¿Y si no deja de caer nunca? —preguntó Elena con un toque de drama.
—Entonces nos acostumbraremos a vivir en color sepia. Como en las películas de antes. Seremos muy elegantes.
Elena no pudo evitar soltar una pequeña carcajada, a pesar de su frustración.
—Eres increíble, Marisa. Hace diez minutos me estabas llamando tonta y ahora me dices que seremos elegantes.
—Es que una cosa no quita la otra —dijo la suegra, sonriendo—. Se puede ser tonta y elegante a la vez. Mira a muchas famosas de la tele.
Se quedaron un rato en silencio, escuchando el golpeteo del barro contra los cristales.
Era un sonido hipnótico, una percusión constante que parecía querer entrar en la casa.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Elena de repente.
—¿Qué?
—Que Ricardo llegará esta tarde y me dirá: “¿Pero para qué los has limpiado si sabías que iba a llover?”.
Marisa asintió con gravedad.
—Eso es inevitable. Los hombres tienen un radar para detectar el esfuerzo inútil ajeno.
—¡Es que no lo sabía! ¡Pensaba que no sería para tanto!
—Tú dile que los limpiaste ayer —sugirió Marisa con un guiño—. Dile que ayer hacía un sol espléndido y que no se podía prever este ataque del Sáhara.
—No puedo mentirle, Marisa. Él sabe que hoy era mi “día de cristales”. Lo tenemos apuntado en el calendario de la nevera.
Marisa miró hacia la cocina, donde el calendario lucía un círculo rojo en el día de hoy con la palabra “CRISTALES” escrita en mayúsculas.
—Pues haberlo escrito con lápiz, hija. El calendario doméstico siempre se escribe con lápiz para poder borrarlo cuando el tiempo se pone tonto.
Elena se levantó y fue hacia la ventana, apoyando la frente contra el cristal interior.
—Siento que el barro se está riendo de mí. Cada gota es una carcajada.
—No seas paranoica, Elena. El barro no tiene sentido del humor. Solo tiene peso y humedad.
De repente, un relámpago iluminó el cielo naranja, seguido casi instantáneamente por un trueno ensordecedor que hizo vibrar los cristales.
—¡Ay, madre! —gritó Marisa, santiguándose por costumbre—. ¡Eso ha caído cerca!
—¡Es el apocalipsis de chocolate! —exclamó Elena, sintiendo que la situación empezaba a volverse tan absurda que ya no valía la pena enfadarse.
Empezó a llover con más fuerza. Ya no eran gotas aisladas, era una cortina densa y viscosa que ocultaba por completo la calle.
Los coches de abajo ya no eran blancos, rojos o azules. Todos eran de un uniforme marrón arcilla.
—¿Te imaginas que esto no se quita nunca? —preguntó Elena—. ¿Que se queda pegado y tenemos que rascar con espátula?
—No me des ideas —dijo Marisa—, que mi vecina la Paqui es capaz de salir con el rascador de la vitrocerámica a la terraza.
Elena se quedó observando cómo el agua sucia resbalaba por el vidrio.
Curiosamente, el barro estaba creando patrones extraños, formas abstractas que subían y bajaban.
—Mira, Marisa. Ese churrete de ahí parece el perfil de tu hijo.
Marisa se acercó, entornando los ojos.
—Pues es verdad. Tiene la misma nariz prominente. Y ese de al lado parece tu madre, con ese moño tan alto que se pone.
Ambas se quedaron un momento analizando las formas del barro como si fueran manchas de Rorschach.
—Ese de arriba es el perro de la del quinto —apuntó Marisa—. El caniche ese que no para de ladrar.
—Y aquello de allí parece el mapa de España —dijo Elena señalando una mancha especialmente grande—. Mira, ahí está Madrid, justo debajo de la mancha de grasa que no pude quitar.
La tensión cómica se había relajado. El desastre era tan absoluto que ya solo quedaba la aceptación y el humor negro.
—¿Quieres que te diga una cosa, Elena? —dijo Marisa, volviendo a sentarse.
—Dime.
—A pesar del barro, te ha quedado un brillo muy bonito en los marcos.
Elena la miró, sospechando una ironía, pero la cara de su suegra era de una sinceridad total.
—¿En serio lo dices?
—Sí. El aluminio reluce. Se nota que le has dado con ganas. El barro pasará, pero el brillo del marco se queda.
Elena sintió un pequeño consuelo, una victoria pírrica en medio de la derrota total.
—Gracias, Marisa. Al menos alguien aprecia el detalle.
—Yo siempre aprecio el detalle, hija. Lo que no aprecio es el mal momento. Pero el trabajo está bien hecho.
Elena volvió a mirar su cubo azul, que ahora contenía un agua grisácea y triste.
—¿Qué hago ahora con esto?
—Guardarlo —sentenció Marisa—. Guardarlo y esperar. Mañana será otro día.
—Mañana va a estar todo hecho un asco.
—Pues mañana lo limpiaremos juntas.
Elena se quedó congelada. ¿Había oído bien?
—¿Juntas? ¿Tú vas a ayudarme a limpiar cristales?
—Bueno —matizó Marisa rápidamente—, yo te supervisaré desde el sofá y te iré pasando las bayetas limpias. No querrás que una mujer de mi edad se suba a la escalera con este riesgo de humedad.
Elena sonrió. Era lo máximo que podía esperar.
—Me parece un trato justo.
—Y ahora —dijo Marisa levantándose—, vamos a tomarnos un café de verdad. Porque con este tiempo de fin del mundo, lo único que apetece es algo caliente y un poco de chisme.
—¿Chisme de quién?
—De la del tercero, que ha metido los geranios pero se ha dejado la ropa tendida fuera.
Elena miró por la ventana hacia el piso de abajo.
Efectivamente, una hilera de sábanas blancas estaba ahora decorada con lunares marrones que parecían un diseño de vanguardia fallido.
—Pobre mujer —dijo Elena, sintiendo una solidaridad inmediata.
—Pobre mujer no —corrigió Marisa—. Esa sí que es tonta. Porque yo le dije ayer en la carnicería: “Paqui, no tiendas hoy, que viene el Sáhara”.
—¿Y qué te dijo?
—Me dijo que ella no creía en esas cosas, que eran inventos del gobierno para que no gastáramos agua.
Elena soltó una carcajada limpia, sonora, que pareció espantar un poco la oscuridad de la habitación.
—Vaya, entonces no soy la única rebelde de la zona.
—No, pero tú al menos tienes los cristales limpios por dentro. Ella tiene las sábanas sucias por los dos lados.
Se dirigieron a la cocina, dejando atrás el salón sumido en su luz ocre.
Mientras Elena preparaba la cafetera, el sonido de la lluvia de barro se hizo más suave, volviéndose un murmullo lejano.
—¿Crees que durará mucho? —preguntó Elena.
—Lo que tarde el viento en cansarse. El desierto es muy pesado, pero se agota rápido.
Marisa sacó una nueva bolsa de galletas de su bolso mágico.
—Toma, estas son integrales. Para compensar la palmera.
—Gracias, Marisa.
Se sentaron a la mesa de la cocina, en silencio, mientras el aroma del café empezaba a ganar la batalla al olor del amoníaco.
Afuera, el mundo seguía tiñéndose de marrón, pero dentro, en el pequeño refugio de la cocina, todo empezaba a parecer un poco más claro.
—¿Sabes qué es lo más gracioso? —dijo Marisa después de un sorbo de café.
—¿Qué?
—Que mañana, cuando salga el sol, todos los cristales de Madrid van a estar igual de sucios que los tuyos. Pero los tuyos serán los únicos que habrán tenido un momento de gloria de diez minutos.
—Diez minutos exactos —confirmó Elena mirando el reloj.
—Pues quédate con eso. Hay gente que vive toda su vida sin tener ni diez minutos de transparencia absoluta.
Elena asintió, sintiendo que, después de todo, el barro no había ganado del todo.
PARTE 4
El café estaba en su punto justo de amargor, ese que te devuelve a la realidad después de un pequeño trauma doméstico.
Elena y Marisa compartían el silencio de la cocina, mientras fuera el cielo parecía haber decidido que ya había descargado suficiente arena sobre la capital.
La lluvia de barro se había transformado en un chirimiri fino, una llovizna pálida que, lejos de limpiar, terminaba de asentar el polvo sobre todas las superficies imaginables.
—Bueno —dijo Marisa, dejando la taza vacía sobre el hule de la mesa—, ha dejado de tronar. Algo es algo.
Elena se levantó y se acercó a la pequeña ventana de la cocina, que daba al tendedero cubierto.
—Mira —señaló Elena—, incluso aquí ha entrado. Hay una fina capa sobre la caldera.
—Es que el polvo del desierto es muy cotilla, hija. Se mete por donde no le llaman.
Marisa se puso en pie con un leve crujido de rodillas y se ajustó la chaqueta.
—Me voy a ir yendo, que no quiero que me pille la segunda oleada en mitad de la calle.
—¿Crees que habrá una segunda oleada? —preguntó Elena con cierto temor.
—El Brasero ha dicho que por la tarde entra otro frente. Uno que viene con más agua, pero menos tierra. A ese es al que tenemos que esperar.
—¿Para qué?
—Para que nos haga el prelavado, mujer. Si llueve fuerte y limpio, nos ahorrará la mitad del trabajo de mañana.
Elena acompañó a su suegra hasta la puerta del pasillo.
Al pasar por el salón, ambas se detuvieron inevitablemente ante el gran ventanal.
La luz de la tarde empezaba a filtrarse, pero era una luz tamizada por una costra marrón que cubría el vidrio por completo.
Parecía un cuadro expresionista, una obra de arte accidental titulada “Frustración en Chamberí”.
—Mañana a las diez estoy aquí —dijo Marisa, señalando el cristal con el dedo—. Traeré el vinagre y unos periódicos nuevos, de los que no manchan tanto.
—Te tomo la palabra, Marisa. Pero esta vez miraremos el radar de la lluvia antes de sacar el primer trapo.
—El radar, las nubes y el vuelo de las golondrinas, si hace falta —sentenció la suegra.
Marisa abrió la puerta principal y, antes de salir, se giró con una sonrisa pícara.
—Y no le digas a Ricardo lo de la palmera de chocolate, que luego dice que le subo el azúcar con solo mirarle.
—Tranquila, será nuestro secreto. Igual que el “momento de gloria” de mis cristales.
Elena cerró la puerta y se quedó un momento en el silencio del recibidor.
Suspiró.
Miró sus manos, que todavía olían ligeramente a ese líquido azul de promesas incumplidas.
Fue hacia el salón, agarró el cubo con el agua sucia y lo llevó al baño para vaciarlo.
Mientras veía el agua gris marcharse por el desagüe, sintió una extraña ligereza.
Había perdido la batalla contra el tiempo, sí.
Había trabajado para nada, según la lógica económica de su suegra.
Pero había algo en la derrota compartida que la hacía menos amarga.
Regresó al ventanal.
Se acercó tanto que su respiración empañó el cristal por dentro, creando un pequeño círculo de vaho en medio del desierto exterior.
Con el dedo índice, dibujó una carita sonriente en el vaho.
—Pues sí —susurró para sí misma—, mañana será otro día.
Se sentó en el sofá, estiró las piernas y, por primera vez en toda la mañana, se relajó de verdad.
Ya no le importaban las huellas de yogur, ni el polvo africano, ni el juicio de los vecinos.
Había aceptado el caos.
Y el caos, curiosamente, tenía un color ocre que, si lo mirabas con suficiente ironía, hasta resultaba acogedor.
Cuando Ricardo llegó a casa un par de horas más tarde, entró cerrando el paraguas con cuidado para no gotear barro en el parqué.
—¡Vaya día, Elena! —exclamó desde la entrada—. ¡Has visto cómo está la calle? ¡Parece que estamos en el Sahara!
Elena apareció en el pasillo, con un libro en la mano y una expresión de paz absoluta.
—Algo he oído, sí —respondió ella con una calma sospechosa.
Ricardo caminó hacia el salón y se quedó petrificado ante el ventanal.
—¡Madre mía! —dijo él, acercándose al cristal—. ¡Pero si no se ve nada! ¡Qué desastre!
Se giró hacia Elena, que lo observaba desde la puerta.
—Menos mal que al final no te pusiste a limpiarlos hoy, ¿verdad? Me lo dijiste esta mañana, que igual te ponías… ¡Te habrías dado una paliza para nada!
Elena mantuvo el contacto visual durante unos segundos, recordando el olor a amoníaco, el sudor en la frente y las palabras de Marisa.
Una sonrisa lenta y misteriosa se dibujó en sus labios.
—Pues sí, Ricardo. Menos mal.
Elena se dio la vuelta y volvió hacia la cocina para preparar la cena, dejando a su marido frente a la ventana.
Ricardo se quedó allí un momento más, observando las manchas marrones.
—Aunque es raro… —murmuró Ricardo para sí mismo—, juraría que los marcos de las ventanas brillan más que ayer.
Pero Elena ya no le escuchaba.
Estaba pensando en el vinagre, en los periódicos de mañana y en que, después de todo, la limpieza no es un estado del hogar, sino una actitud ante la vida.
Aunque esa actitud, a veces, venga cubierta de un par de milímetros de barro sahariano.