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EL RITUAL DEL DOMINGO Y LA CHISPA INICIAL

PARTE 1: EL RITUAL DEL DOMINGO Y LA CHISPA INICIAL

El sol de justicia de las tres de la tarde rebotaba contra las persianas bajadas a media asta.

En el salón de Paco, el aire pesaba como si estuviera hecho de plomo y vapores de cocido madrileño.

Era ese momento crítico de la sobremesa donde el destino de una familia se decide entre la siesta o la discusión.

Paco, sentado en su sillón de orejas que ya tenía la forma de su espalda grabada a fuego, se hurgaba los dientes con un palillo de madera.

A su lado, el televisor escupía imágenes de deportes con ese brillo saturado que tienen las noticias del mediodía.

Lucía, su nuera, estaba terminando de apilar los platos sucios con una precisión que rozaba lo militar.

Ella sabía que el silencio en esa casa era siempre el preludio de una tormenta de cuñadismo ilustrado.

Paco suspiró, un suspiro largo, de esos que llevan acumulados treinta años de cotizaciones y cuatro décadas de ver fútbol de barro.

En la pantalla, aparecieron las jugadoras de la selección nacional celebrando un gol por la escuadra.

Las imágenes se repetían a cámara lenta, mostrando la técnica depurada y el grito de júbilo de las jugadoras.

Paco arqueó una ceja, dejando que el palillo bailara de un lado a otro de su boca.

Lucía se detuvo un segundo, con la bandeja en la mano, observando la reacción de su suegro.

Ella ya conocía esa mirada de escepticismo crónico que Paco reservaba para el arte moderno y la tecnología táctil.

El hombre carraspeó, preparándose para lanzar la primera piedra de una catedral de prejuicios.

— Mira que lo intentan, ¿eh? — soltó Paco, sin apartar la vista de la pantalla.

Lucía apretó los labios, sintiendo cómo el termómetro de su paciencia subía dos grados de golpe.

— ¿El qué intentan exactamente, Paco? — preguntó ella, manteniendo un tono peligrosamente neutro.

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