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El Ritual del Capó y el Sacramento del Chapapote

PARTE 1: El Ritual del Capó y el Sacramento del Chapapote

Era un domingo de esos que en España huelen a una mezcla confusa de libertad y melancolía.

El sol de mediodía caía a plomo sobre el asfalto de la urbanización, ese tipo de calor que hace que las chicharras se pongan nerviosas.

Paco estaba allí, plantado en medio de la entrada de su garaje, como un centinela que custodia un fuerte que ya a nadie le importa.

Llevaba puesta esa camiseta de publicidad de una marca de fertilizantes que tenía más años que la democracia.

Paco no era un hombre de palabras vacías; era un hombre de hechos, de herramientas y de un oído clínico para las máquinas.

Podía detectar un rodamiento suelto en un camión a tres manzanas de distancia solo por la vibración del aire.

Y entonces, lo oyó.

Era el coche de su nuera, Lucía, que doblaba la esquina con ese zumbido electrónico tan aséptico que a Paco le ponía enfermo.

Era un SUV de esos modernos, de un blanco tan brillante que hería la vista, un coche que parecía diseñado por alguien que odia ensuciarse las manos.

Lucía aparcó con una suavidad insultante, frenando justo donde la sombra del porche empezaba a ceder ante el sol.

—Ya estamos aquí, Paco —gritó ella desde dentro, mientras apagaba el motor con un botón.

Un botón.

Para Paco, encender un coche sin girar una llave era como intentar hacer un cocido en el microondas: una falta de respeto a la tradición.

Lucía bajó del coche con su energía de ciudad, hablando por el manos libres hasta el último segundo, con el bolso colgado al hombro y las gafas de sol puestas.

Paco no respondió al saludo de inmediato.

Se quedó mirando el frontal del vehículo, entrecerrando los ojos, como un forense que detecta algo raro en un cadáver que aún respira.

—Hija —dijo Paco, con esa voz de barítono que solo tienen los jubilados que han fumado mucho y hablado poco.

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