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El Ritual del Amanecer y el Sacrilegio Cutáneo

PARTE 1: El Ritual del Amanecer y el Sacrilegio Cutáneo

El sol de mediodía entraba por el ventanal del salón con una mala leche impropia de un domingo de primavera.

Era esa luz cruda, casi forense, que sacaba a relucir hasta la última mota de polvo en la vitrina de las figuras de Lladró.

Doña Purificación, a la que todos llamaban Puri —aunque ella prefería “Madre” con una mayúscula invisible—, observaba a su nuera.

Elena intentaba desesperadamente terminar su café con leche sin que la mirada de su suegra le perforara el cráneo.

Puri no miraba a Elena.

Puri miraba el pelo de Elena.

Un moño improvisado, ligeramente deshecho, que para Elena significaba “comodidad dominical” y para Puri significaba “abandono moral”.

El silencio en la mesa era denso, como un chocolate a la taza que lleva tres días en la nevera.

Solo se oía el ruidito metálico de la cucharilla de Puri golpeando rítmicamente contra la porcelana de la Cartuja de Sevilla.

—Hija, Elena, te lo digo con todo el cariño del mundo, que tú sabes que yo por ti bebo los vientos.

Elena apretó la mandíbula hasta que le crujió un premolar.

—Dime, Puri.

—Es que te veo esa cara de cansada, como de no haber roto el huevo todavía.

—Es domingo, Puri, son las doce de la mañana y acabo de poner tres lavadoras.

Puri suspiró, un suspiro largo, cargado de la sabiduría de varias generaciones de mujeres que nunca se sentaron antes de las diez de la noche.

—No es el trabajo, Elena, que todas trabajamos.

—Es la actitud.

—Es que vas con las sábanas pegadas al alma, y eso se nota en el brillo de los ojos.

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