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El resplandor de las tres de la mañanad

Parte 1: El resplandor de las tres de la mañana

La noche madrileña no daba tregua en pleno mes de julio.

El calor se pegaba a las sábanas de algodón baratas del Ikea como si tuvieran pegamento de contacto.

Alberto roncaba con una cadencia sutil, rítmica, casi insultante para cualquiera que sufriera de insomnio.

Era el ronquido típico de un hombre que afirma tener la conciencia completamente tranquila.

A su lado, Beatriz mantenía los ojos abiertos como dos platos de Duralex de los antiguos.

La oscuridad de la habitación solo se veía rota por el parpadeo verde del router del salón, que se colaba por debajo de la puerta.

Beatriz no podía pegar ojo.

No era por el camión de la basura que acababa de pasar haciendo un estruendo infernal.

Tampoco era por el vecino del tercero, que seguía viendo la teletienda con el volumen al máximo.

La verdadera razón de su desvelo estaba a escasos treinta centímetros de su almohada.

Allí, sobre la madera barnizada de la mesita de noche, descansaba el enemigo.

Un smartphone negro, reluciente, con la pantalla bocabajo para no emitir destellos.

Un objeto que en los últimos tres meses se había vuelto más hermético que un búnker de la Guerra Fría.

Beatriz giró la cabeza milimétricamente, vigilando la respiración de Alberto.

Él seguía en su mundo, flotando en algún sueño donde seguramente ganaba la Champions o no le subían el alquiler.

Ella deslizó la mano derecha fuera de la sábana con la lentitud de un cirujano.

El roce de la piel contra la tela le pareció un ruido ensordecedor.

Se detuvo.

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