Parte 1: El resplandor de las tres de la mañana
La noche madrileña no daba tregua en pleno mes de julio.
El calor se pegaba a las sábanas de algodón baratas del Ikea como si tuvieran pegamento de contacto.
Alberto roncaba con una cadencia sutil, rítmica, casi insultante para cualquiera que sufriera de insomnio.
Era el ronquido típico de un hombre que afirma tener la conciencia completamente tranquila.
A su lado, Beatriz mantenía los ojos abiertos como dos platos de Duralex de los antiguos.
La oscuridad de la habitación solo se veía rota por el parpadeo verde del router del salón, que se colaba por debajo de la puerta.
Beatriz no podía pegar ojo.
No era por el camión de la basura que acababa de pasar haciendo un estruendo infernal.
Tampoco era por el vecino del tercero, que seguía viendo la teletienda con el volumen al máximo.
La verdadera razón de su desvelo estaba a escasos treinta centímetros de su almohada.
Allí, sobre la madera barnizada de la mesita de noche, descansaba el enemigo.
Un smartphone negro, reluciente, con la pantalla bocabajo para no emitir destellos.
Un objeto que en los últimos tres meses se había vuelto más hermético que un búnker de la Guerra Fría.
Beatriz giró la cabeza milimétricamente, vigilando la respiración de Alberto.
Él seguía en su mundo, flotando en algún sueño donde seguramente ganaba la Champions o no le subían el alquiler.
Ella deslizó la mano derecha fuera de la sábana con la lentitud de un cirujano.
El roce de la piel contra la tela le pareció un ruido ensordecedor.
Se detuvo.
Alberto hizo un amago de darse la vuelta, soltó un gruñido incomprensible y volvió a estabilizarse.
Falsa alarma.
Beatriz contuvo el aliento durante cinco segundos exactos.
Su corazón golpeaba contra las costillas como un tambor de batucada en plenas fiestas del barrio.
Volvió a avanzar los dedos.
Las yemas de sus dedos rozaron por fin la superficie fría y metálica del aparato.
Lo levantó un milímetro.
Luego dos.
No sonó nada.
Lo trajo hacia su territorio, bajo el amparo de la sábana, creando una especie de tienda de campaña improvisada.
Giro el teléfono.
La pantalla se iluminó de golpe, arrojando una luz blanca y nuclear sobre su rostro.
Beatriz entrecerró los ojos, deslumbrada por los nits de brillo que Alberto tenía configurados al máximo.
“Madre mía, esto parece un faro de la costa gallega”, pensó, asustada de que la luz despertara al durmiente.
Apareció la pantalla de bloqueo.
Ninguna notificación visible.
Eso ya era sospechoso de por sí para alguien que solía recibir cincuenta memes por hora en los grupos de la universidad.
El teléfono mostraba una pulcritud digital que daba miedo.
Beatriz deslizó el dedo hacia arriba.
El dispositivo solicitó el reconocimiento facial.
“Introduce el código o usa Face ID”, decía la maldita interfaz con una tipografía implacable.
Beatriz miró de reojo a Alberto.
Su rostro estaba de perfil, con la boca ligeramente abierta y un hilo de saliva asomando por la comisura.
¿Funcionaría el Face ID si le acercaba el teléfono a la cara como quien enseña un crucifijo a un vampiro?
Se incorporó sobre el codo izquierdo, con una agilidad que no sabía que poseía a sus treinta y dos años.
Extendió el brazo, suspendiendo el móvil a unos veinte centímetros del rostro de su novio.
El teléfono vibró con un sutil zumbido que a ella le sonó como una alarma de evacuación nuclear.
“Inténtelo de nuevo”, leyó en la pantalla.
Alberto se movió.
Beatriz congeló el brazo en el aire, imitando a una estatua humana de la Puerta del Sol.
El sudor frío le resbalaba por la nuca.
Alberto se rascó la nariz con fuerza, cambió de postura y se puso bocarriba.
Era la oportunidad perfecta.
Beatriz volvió a colocar el teléfono sobre la vertical de su cara.
El sensor infrarrojo buscó las facciones del durmiente.
Pero Alberto tenía los ojos cerrados como persianas bajadas a cal y canto.
El algoritmo de Apple, diseñado por ingenieros de Cupertino que claramente no pensaban en los celos españoles, se negó a desbloquearse sin contacto visual.
“Código de seis dígitos”, exigía la pantalla ahora de forma obligatoria.
Beatriz maldijo entre dientes a Steve Jobs y a toda su descendencia.
El código.
¿Cuál demonios era el código?
Antes era el año de nacimiento de su perro, el 2014.
Pero Alberto lo había cambiado hacía tres semanas, justo después de aquel viaje exprés a Valencia que tantas dudas había dejado en el aire.
Beatriz empezó a repasar mentalmente las opciones lógicas.
¿La fecha de su aniversario? No, Alberto no se acordaba de ella ni con un recordatorio en el calendario de Google.
¿El año de la décima Copa de Europa? Demasiado previsible para un madridista de pro.
¿Los cuatro últimos dígitos de su antiguo número de la tarjeta de la Renfe? Podría ser.
Probó con el año de nacimiento de la madre de él: 1964.
Tecleó los números con suavidad.
La pantalla vibró tres veces de forma violenta, tiñéndose de rojo.
“Código incorrecto”, sentenció el aparato.
Quedaban pocos intentos antes de que el móvil se bloqueara durante cinco minutos y delatara toda la operación.
El pulso de Beatriz se aceleró todavía más.
Sintió la imperiosa necesidad de encender el ventilador, pero el interruptor estaba demasiado lejos.
Miró fijamente el teclado numérico.
Recordó una conversación trivial de hacía meses en la terraza de un bar, tomando unas cañas con la Vane y el bicho de su cuñado.
Alberto había dicho que el mejor código era uno que se pudiera teclear dibujando una forma geométrica sencilla en el patrón.
Un cuadrado, una cruz, una línea recta.
Beatriz miró la disposición de los números.
Probó la línea vertical central: 2, 5, 8, 0 y luego repitió los extremos.
Nada.
Probó una L invertida: 1, 4, 7, 8, 9.
Faltaba un número.
Añadió el 6.
Un chasquido casi imperceptible sonó en el auricular.
El candado de la parte superior de la pantalla se abrió de par en par.
Beatriz sintió una descarga de adrenalina que ríete tú del puenting.
Estaba dentro.
El menú principal se desplegó ante sus ojos llenos de codicia informativa.
El fondo de pantalla seguía siendo una foto de los dos en la playa de Conil de la Frontera, lo cual le dio un breve remordimiento de conciencia.
Pero el remordimiento duró lo que tarda en cargarse un gif de WhatsApp.
Su dedo índice se dirigió directo, como un misil teledirigido, al icono verde de la aplicación de mensajería.
Al abrirse, la lista de chats apareció en pantalla.
Todo parecía normal a simple vista.
El grupo de la familia, donde su suegra mandaba fotos de piolines dando los buenos días.
El grupo del fútbol siete, donde se debatía si jugar el martes o el jueves entre insultos variados.
El chat con su compañero de trabajo, Carlos, hablando de unos informes pendientes de Excel.
Pero algo no cuadraba.
Beatriz notó que el orden cronológico de los mensajes estaba alterado.
Había un hueco de tiempo extraño entre la última conversación con su madre y el grupo de los amigos.
Hizo scroll hacia abajo con nerviosismo.
Nada raro.
Entonces se fijó en la parte superior de la pantalla.
Justo encima del buscador de chats, oculto por un milímetro de margen que requería un gesto específico de arrastre.
Apareció una pestaña grisácea, escrita con una tipografía casi invisible.
“Chats archivados (4)”.
Beatriz tragó saliva.
Los chats archivados son el cementerio de elefantes de las infidelidades modernas, de sobra lo sabía ella por las historias que contaba la Vane.
Pulsó sobre la pestaña con el dedo ligeramente trémulo.
Cuatro conversaciones aparecieron en la lista.
Tres de ellas estaban silenciadas, con el icono del altavoz tachado para siempre.
La primera era un grupo llamado “Proyectos 2026”.
Un nombre sospechosamente corporativo para un tío que odiaba las reuniones de empresa más que ir al dentista.
La segunda conversación era con un contacto guardado simplemente como “Talleres Martínez”.
Beatriz sabía perfectamente que el coche de Alberto no había pisado un taller desde la revisión de la ITV de hace dos años.
Y además, la foto de perfil de “Talleres Martínez” no era un logotipo de un coche ni un destornillador.
Era un primer plano difuminado de lo que parecía ser una playa, con un filtro de Instagram que gritaba “estética milenial” a los cuatro vientos.
Sintió un vuelco en el estómago.
La tercera conversación era un chat con un número sin guardar, precedido por un prefijo extranjero que no logró identificar de buenas a primeras.
Y la cuarta… la cuarta era la que hizo que se le helara la sangre.
Un chat con una tal “Elena (Gimnasio)”.
Alberto se había apuntado al gimnasio del barrio en enero, bajo la promesa de perder la barriga cervecera que arrastraba desde la pandemia.
Hasta la fecha, solo había ido tres veces a hacer el paripé con las mancuernas y dos a la sauna.
¿Para qué necesitaba chatear con una monitora, o lo que fuera esa Elena, a altas horas de la noche?
Beatriz pulsó sobre el chat de “Elena (Gimnasio)” con el corazón en un puño.
La conversación se abrió, revelando una hilera de mensajes que no se parecían en nada a una rutina de entrenamiento de glúteos.
Había fotos.
Muchas fotos.
La mayoría eran imágenes enviadas por Alberto de platos de comida, de paisajes urbanos, de cosas cotidianas.
Pero el tono de las respuestas de ella era de una familiaridad espantosa.
“Qué gracioso eres, Alberto, de verdad”, decía el último mensaje de Elena, acompañado de un emoticono de una carita sonriente con corazones en los ojos.
El mensaje tenía fecha de ayer por la tarde, justo a la hora en que Alberto supuestamente estaba atrapado en un atasco en la M-30.
Beatriz sintió que la habitación empezaba a dar vueltas.
Continuó bajando por el historial, devorando cada palabra con una mezcla de masoquismo y rabia contenida.
No había ningún “te amo” explícito, ningún plan de fuga a las Seychelles, pero la complicidad que destilaban aquellas líneas era innegable.
Era esa clase de tonteo sutil, esa neblina gris donde se cuecen las peores traiciones porque siempre queda la excusa de “solo somos amigos”.
“A ver cuándo nos tomamos ese café pendiente fuera de las clases de spinning”, escribía Alberto en un mensaje de la semana pasada.
Un café.
A Alberto no le gustaba el café; le daba taquicardia y le descomponía el cuerpo, como él mismo repetía cada mañana.
Beatriz apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula.
Iba a seguir indagando, iba a abrir la conversación de “Talleres Martínez” para ver qué clase de bujías se cambiaban allí, cuando ocurrió el desastre.
Una notificación entró en directo.
No de Elena, sino del grupo “Proyectos 2026”.
El teléfono vibró con saña en su mano.
El reflejo de la luz cambió bruscamente, proyectando una sombra alargada sobre la pared de la habitación.
A su lado, la respiración rítmica de Alberto cesó de golpe.
Hubo un silencio sepulcral de un segundo.
Un segundo eterno en el que el universo pareció detener su rotación.
Beatriz se quedó petrificada, con el móvil a medio camino entre la sábana y su pecho.
Alberto se movió, no de la forma perezosa de antes, sino con la presteza de un resorte que se libera.
Abrió los ojos.
La luz de la pantalla impactó de lleno en sus pupilas dilatadas por el sueño.
Tardó exactamente medio segundo en procesar la escena que tenía ante sí.
Su novia, en camisón, bajo la sábana levantada, sosteniendo su teléfono desbloqueado con cara de haber sido atrapada robando en un supermercado.
Alberto se incorporó de golpe, apoyando la espalda contra el cabecero de la cama con un crujido de la madera.
La miró fijamente, con una mezcla de desconcierto, rabia y una frialdad que helaba el ambiente veraniego.
El silencio que siguió fue denso, pesado, cortante como un cuchillo de carnicero.
Parte 2: La carpeta de la discordia
Alberto estiró el brazo con una lentitud que daba pavor y le arrebató el teléfono de las manos con un movimiento seco.
La pantalla seguía mostrando el listado de los chats archivados, un escaparate de secretos al descubierto.
Él apagó el dispositivo de un plumazo, sumiendo la habitación de nuevo en la penumbra, rota solo por los ojos llameantes de ambos.
Se frotó la cara con las dos manos, soltando un suspiro largo, de esos que presagian una tormenta de proporciones bíblicas.
—Te pillé mirando mi móvil mientras dormía, eres una sinvergüenza —dijo Alberto, con la voz rota por el sueño pero cargada de un veneno insospechado.
La palabra “sinvergüenza” resonó en las cuatro paredes del dormitorio como un eco de película de posguerra.
Beatriz no se amilanó; la culpa inicial que había sentido al ser descubierta se transformó instantáneamente en una indignación volcánica.
Se cruzó de brazos, clavándole la mirada con el desparpajo de quien se sabe con motivos para la guerra.
—Si no tuvieras tantas carpetas ocultas y mensajes en silencio, no tendría que buscar la verdad —replicó ella, elevando el tono lo justo para no despertar a todo el bloque, pero con una firmeza aplastante.
Alberto soltó una risa amarga, de esas que se usan cuando no se tienen argumentos sólidos pero se quiere ganar tiempo.
Se destapó las piernas con brusquedad, sentándose en el borde de la cama, dándole la espalda a Beatriz durante unos instantes.
—¿La verdad? ¿Qué verdad estás buscando tú a las tres de la mañana con nocturnidad y alevosía? —preguntó él, girándose a medias.
—La verdad sobre “Talleres Martínez”, por ejemplo —espetó Beatriz, dibujando unas comillas sarcásticas en el aire con los dedos—. Que no sabía yo que los mecánicos ahora usaban fotos de playas pijas de Ibiza en el WhatsApp.
Alberto se quedó un instante en blanco, un microsegundo de vacilación que a los ojos de Beatriz fue una confesión en toda regla.
Luego, recompuso el gesto, adoptando esa postura de superioridad moral que tanto desquiciaba a su pareja.
—¿”Talleres Martínez”? ¿Me estás tomando el pelo, Beatriz? —dijo él, usando su nombre completo, lo cual era síntoma inequívoco de crisis de Estado.
—No, el pelo me lo estás tomando tú a mí desde hace meses con tus secretitos y tus misterios de agente de la T.I.A. —respondió ella, incorporándose también hasta quedar de rodillas sobre el colchón.
—”Talleres Martínez” es el grupo que tenemos los de la urbanización de mis padres para gestionar el arreglo de las goteras del garaje, lista, que eres una lista —dijo Alberto, elevando las manos al cielo.
—¿Ah, sí? ¿Y el administrador de las goteras se pone una foto de perfil en bañador enseñando los abdominales con un filtro de sepia? —contraatacó Beatriz con precisión de cirujano.
—Esa es la hija de Martínez, que es la que lleva la cuenta del negocio de su padre porque el hombre es mayor y no aclara con los botones del smartphone —explicó él, con una fluidez que sonaba sospechosamente ensayada.
—Ya, claro, y la tal Elena del gimnasio, ¿también lleva la contabilidad de las goteras del bloque de tus padres en Segovia? —soltó ella, poniendo el dedo en la llaga principal.
Alberto se levantó de la cama de un salto, visiblemente alterado, y empezó a caminar por el reducido espacio del dormitorio como un león enjaulado.
Iba descalzo, y el roce de sus pies contra el suelo de tarima flotante ponía una banda sonora un tanto cómica a la tragedia.
—Lo de Elena es de locos, de verdad, es que estás enferma de la cabeza, Beatriz —dijo él, llevándose las manos a la cabeza—. Es la monitora de spinning, te lo he dicho mil veces.
—¿Y los monitores de spinning mandan corazones con ojos a las siete de la tarde a tíos que tienen pareja? —preguntó Beatriz, sin bajar el listón de la acusación.
—Es un emoji de agradecimiento porque le pasé el contacto de un fisioterapeuta para su madre, que tiene la ciática fatal, ¡la ciática! —exclamó Alberto, gesticulando de forma exagerada.
—Claro, el famoso truco de la ciática, un clásico de la literatura de la infidelidad española, Alberto, que no soy nueva en esto —dijo ella, soltando una carcajada carente de toda gracia.
—¿Ah, no? ¿Y desde cuándo eres inspectora de la Policía Nacional para venir aquí a registrar mis pertenencias privadas sin una orden judicial? —inquirió él, plantándose frente a ella.
—Desde que tu teléfono empezó a pasar más tiempo bocabajo que una tostada con mantequilla —sentenció Beatriz, fulminándolo con la mirada.
—Mire usted por dónde, ahora resulta que la privacidad es un delito en esta casa —dijo Alberto, cruzándose de brazos a su vez—. Que yo sepa, tener el móvil en silencio es una medida de higiene mental para que no me despierten las tonterías del grupo de tus amigas.
—No metas a mis amigas en esto, que la Vane bien que me lo advirtió el mes pasado en las fiestas de San Isidro —comentó ella, sacando a relucir la artillería pesada del entorno social.
—¡Faltaba la Vane! —gritó Alberto, aunque en un susurro contenido—. La filósofa de Carabanchel, la que cambió de novio tres veces en un año y nos viene a dar lecciones de estabilidad emocional a los demás.
—La Vane tiene un radar para los embusteros que ya lo quisiera la Interpol, Alberto, y me dijo que tu lenguaje corporal cuando hablas por el móvil es de culpable cien por cien —afirmó Beatriz con total convicción.
—Mi lenguaje corporal es el de un tío que está harto de que le controlen hasta los gigas que consume viendo vídeos de recetas de cocina en el TikTok —protestó él, volviendo a coger el móvil de la mesita como si fuera un escudo protector.
—Pues enséñame la carpeta oculta —desafió Beatriz, extendiendo la palma de la mano con gesto imperioso.
—¿Qué carpeta oculta? No tengo ninguna carpeta oculta, qué obsesión tienes con las carpetas, parece que trabajas en una gestoría —dijo él, intentando desviar el tema.
—La que tienes dentro de la aplicación de fotos, esa que se abre solo con el Face ID y que pone “Oculto” al final del todo, abajo de los selfis con tus amigos del fútbol —detalló ella, demostrando que su labor de investigación venía de lejos.
Alberto tragó saliva de forma visible; el pomo de la manzana de Adán subió y bajó como un ascensor averiado.
Esa carpeta existía, y ambos lo sabían perfectamente.
—Ahí solo hay capturas de pantalla de los billetes de tren para la sorpresa que te estaba organizando para nuestro aniversario, desagradecida —improvisó Alberto, aunque el tono de su voz bajó un octavo de potencia.
—¿Un viaje sorpresa? Sí, seguro, con destino a la frustración y con escala en la mentira —replicó Beatriz, que esa noche estaba especialmente inspirada para las metáforas dramáticas.
—De verdad, Beatriz, lo tuyo es digno de estudio —dijo él, sentándose ahora en la silla de escritorio, donde se acumulaba la ropa de toda la semana—. Has roto una barrera que no se puede arreglar con una disculpa de tres al cuarto.
—La barrera la rompiste tú cuando decidiste ponerle contraseña hasta a la aplicación del tiempo para que no viera si buscas el clima de la playa donde vive la de spinning —zanjó ella, sin bajarse del burro.
El ambiente seguía cargándose de una tensión que casi se podía cortar con unas tijeras de cocina.
Ninguno de los dos parecía dispuesto a dar su brazo a torcer en aquella batalla nocturna por el control de la verdad digital.
Parte 3: El juicio del salón con luces LED
Alberto se levantó de la silla de un tirón y salió de la habitación sin decir una palabra más, dejando la puerta entornada.
Beatriz tardó dos segundos en reaccionar; se calzó las chanclas de playa con un chasquido molesto y lo siguió por el pasillo oscuro.
Llegaron al salón, un espacio donde las luces LED decorativas que Alberto había instalado detrás de la televisión daban un ambiente de discoteca de bajo presupuesto a las cuatro de la mañana.
Él se sentó en el sofá de tres plazas, hundiéndose en los cojines con los brazos cruzados sobre el pecho y el móvil firmemente sujeto contra su costado.
Beatriz se plantó delante de él, de pie, como un juez de la Audiencia Nacional dispuesto a dictar sentencia tras un juicio sumarísimo.
—Has roto la confianza para siempre, esto no tiene vuelta atrás —dijo Alberto, mirándola desde abajo con una solemnidad impostada que a ella le pareció ridícula.
La frase cayó en el salón como un jarro de agua fría, helando los pocos restos de romanticismo que quedaban en la convivencia.
Beatriz se echó a reír, una risa histriónica, de esas que denotan que la paciencia se ha agotado por completo.
—¿La confianza? ¿Tú me estás hablando de confianza a mí, Alberto? —le espetó ella, señalándole con el dedo índice—. El tío que borra el historial de búsqueda del navegador tres veces al día como si fuera un prófugo de la justicia.
—Borro el historial porque compartimos la cuenta de Amazon y no quiero que veas los regalos que te compro, que eres una ansiosa y lo chafas todo —se defendió él, buscando una justificación benévola a su paranoia informática.
—¡Venga ya! —exclamó Beatriz, cruzando los brazos—. ¿Y los mensajes de texto que te llegan a las once de la noche del número que empieza por más treinta y cuatro? Que esos no se borran solos.
—Esos son de la compañía telefónica, que me quieren cambiar de tarifa de fibra óptica y son unos pesados de tres pares de narices —dijo Alberto, sin parpadear.
—Nadie ofrece fibra óptica a las once de la noche un viernes santo, Alberto, que hasta para mentir eres cutre —le echó en cara ella, dando un paso hacia el sofá.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Dormir con el teléfono bajo la almohada para que no vinieras tú con tus dedos de pianista a registrarme la vida? —preguntó él, visiblemente irritado.
—Lo que tendrías que hacer es ser un hombre y decir las cosas a la cara, en vez de andar escondiéndote por las esquinas del WhatsApp como un adolescente en celo —replicó Beatriz con dureza.
Alberto se puso en pie de un salto, quedando a la misma altura que ella, con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño y el agobio de la situación.
—Estoy harto de este interrogatorio de tercer grado cada vez que suena un pitido en esta casa —declaró él, alzando la voz más de la cuenta—. Que parece que vivo en Guantánamo en vez de en un piso de cincuenta metros cuadrados en Alcorcón.
—Vives en un piso donde la gente que te quiere merece respeto, no mentiras piadosas que huelen a chamquina desde el rellano —le espetó ella, sin retroceder un milímetro.
—¿Respeto? ¿Llamas respeto a esperar a que me quede frito para usar mis huellas dactilares como si fuera un cadáver en la morgue? —inquirió Alberto, sacando a relucir el método del asalto nocturno.
—No usé tus huellas, que tu móvil moderno no quería funcionar con tus dedos sudados —aclaró Beatriz con un deje de orgullo detectivesco—. Tuve que adivinar el código, que por cierto, poner la fecha de la L invertida es de primero de primaria de la seguridad informática.
Alberto se quedó estupefacto al descubrir que su elaborado sistema de seguridad había sido vulnerado por pura deducción lógica.
—Eres peligrosa, Beatriz, de verdad te lo digo, tienes una mente criminal que ya la quisiera el de la serie de Netflix —dijo él, negando con la cabeza.
—La mente criminal la tienes tú, que creas un chat que se llama “Proyectos 2026” para hablar con tus amigotes de las timbas de póquer ilegales que montáis en el bar de abajo —destapó ella, revelando otro de los secretos periféricos del dispositivo.
—¿Ilegales? Son partidas de cinco euros la entrada, que no somos los de Ocean’s Eleven, por el amor de Dios —se quejó Alberto, desinflándose un poco ante la precisión de los datos.
—Me da igual el dinero, Alberto, lo que me revienta es el secretismo, la tontería, el tener que enterarme de las cosas como si fuera una portera de vecindario —dijo ella, con la voz empezando a quebrarse por la mezcla de rabia y decepción.
—Si te lo contara todo, estarías todo el día juzgándome y poniéndome caras largas, como estás haciendo ahora mismo —argumentó él, intentando pasar de acusado a víctima del sistema.
—Te pongo caras largas porque me mientes, no al revés, que confundes el tocino con la velocidad —sentenció Beatriz, sentándose en el sillón individual con los ojos fijos en el suelo.
Un silencio pesado volvió a adueñarse del salón, roto solo por el zumbido lejano de la nevera que acababa de arrancar su motor.
Alberto miró el teléfono que tenía en la mano, luego miró a Beatriz, que parecía más pequeña e indefensa en el sillón de lo que había estado durante toda la discusión en el dormitorio.
La comicidad de las excusas baratas empezó a disiparse, dejando paso a la cruda realidad de una crisis de pareja que venía fraguándose desde hacía meses y que había estallado por culpa de una pantalla de seis pulgadas.
Parte 4: La sentencia final
Alberto se acercó al sillón con paso vacilante y se apoyó en el brazo del mueble, mirando a Beatriz de reojo.
El teléfono seguía apagado en su mano derecha, convertido ahora en un trozo de plástico inservible que pesaba toneladas.
La tensión cómica del principio, con las excusas sobre mecánicos esculturales y goteras imaginarias, había dado paso a un cansancio plúmbeo que les nublaba las ideas.
—¿De verdad piensas que hay algo con la chica del gimnasio? —preguntó Alberto, con un tono de voz que por primera vez en toda la noche sonaba sincero y desprovisto de dobleces.
Beatriz levantó la cabeza lentamente, con las ojeras marcadas por la luz azul de los LED que seguían encendidos en la pared.
—Pienso que te gusta gustar, Alberto, y que para conseguirlo te da igual dejarme a mí en el papel de la loca desconfiada que te amarga la existencia —respondió ella, con una calma que resultaba mucho más amenazadora que todos los gritos anteriores.
Él no supo qué responder a eso; se limitó a mirar el aparato de tecnología punta que sostenía entre los dedos, el verdadero detonante de todo el embrollo.
—Esto ha sido la gota que ha colmado el vaso —continuó Beatriz, levantándose del sillón con una dignidad renovada—. Que me pilles mirando el móvil es lo de menos; lo gordo es lo que he encontrado por tener que mirar.
—Has roto la intimidad, Bea, y eso no se cura con un “lo siento” —insistió él, aferrándose al último clavo ardiendo de su argumentación jurídica doméstica.
—La intimidad se respeta cuando hay algo que respetar, Alberto, no cuando se usa como un escudo para esconder una vida paralela de cafés que no te gustan y masajes en la ciática —concluyó ella, dándose la vuelta para regresar al dormitorio a recoger sus cosas.
La discusión había llegado a ese punto de no retorno donde las palabras ya no sirven para arreglar el desaguisado, sino para certificar el desastre.
Él se quedó solo en el salón, bajo el influjo de las luces de colores, contemplando el abismo que se abría en su relación por culpa de no haber sabido borrar a tiempo un par de emoticonos de corazones.
La escena final quedaba suspendida en el aire del piso madrileño, con el eco de los reproches flotando entre las paredes tapizadas de dudas.
Y ahora, tras este despliegue de reproches nocturnos, secretos desvelados a la luz de una pantalla y excusas que rozan el absurdo cotidiano, queda en el aire la gran pregunta que divide a las parejas del siglo veintiuno.
¿Si pillas a tu pareja mirándote el móvil, la perdonarías o terminarías la relación?