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El fantasma de la declaración de la rentad

Parte 1: El fantasma de la declaración de la renta

El silencio en el salón de aquel piso en el barrio de Aluche era absoluto.

Era ese tipo de silencio espeso que se mastica.

Un silencio de tarde de domingo.

De esas tardes en las que el sol empieza a caer y te entra una especie de melancolía mezclada con pereza.

La televisión estaba encendida, pero con el volumen al mínimo.

Un partido de fútbol de segunda división avanzaba sin pena ni gloria por la pantalla.

Paco estaba sentado frente a la mesa del comedor.

La mesa, una reliquia de madera de pino heredada de su suegra, estaba sepultada bajo una montaña de papeles.

Había facturas de la luz.

Recibos del gas con el membrete de Iberdrola.

Cartas comerciales que nadie se había molestado en abrir.

Y, en el centro de todo, un ordenador portátil con la pantalla parpadeando.

Paco tenía las gafas de leer caídas sobre la punta de la nariz.

Su dedo índice derecho permanecía congelado sobre la tecla de dirección.

Los ojos se le habían abierto tanto que casi se le salían de las órbitas.

Miraba la pantalla como si acabara de ver una aparición mariana.

O como si el mismísimo inspector de Hacienda se hubiera materializado en su salón.

A unos metros de él, en el sofá, estaba Marta.

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