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El anuncio de la tragediaa

PARTE 1: El anuncio de la tragedia

El sol de mediodía en Madrid no perdona.

Entraba por las rendijas de la persiana del salón de Paco con una saña casi personal.

Era ese domingo de finales de mayo donde el calor ya empieza a avisar de que el verano va a ser un castigo divino.

En la mesa, los restos de una paella que, según Paco, “estaba pasable, pero le faltaba un pelín de fuego al final”.

El silencio que siguió al postre no era un silencio de paz.

Era el silencio que precede a la tormenta en una película de Sergio Leone.

Paco estaba sentado en su sillón de orejas, el que tiene la tapicería ya desgastada por el roce de décadas de siestas.

Tenía un palillo entre los dientes, moviéndolo de un lado a otro con una destreza de cirujano.

Frente a él, Lucía, su nuera, intentaba mantener la sonrisa de Instagram que practicaba frente al espejo.

Javi, el hijo de Paco, sudaba.

Y no era solo por el calor.

Javi sabía que lo que estaba a punto de ocurrir iba a cambiar el curso de la comida familiar.

Lucía dejó el móvil sobre el mantel de hule, con la pantalla hacia arriba, mostrando una foto de una playa con arena blanca y palmeras inclinadas.

—Paco, Concha… —empezó Lucía con una voz que pretendía ser casual pero sonaba a anuncio de perfume.

—Tenemos algo que contaros —añadió Javi, buscando el apoyo de su mujer.

Paco ni siquiera apartó la vista del televisor, donde un programa de reformas de casas en Arkansas parecía absorber toda su atención.

—Si es que os vais a comprar otra freidora de aire, ya os dije que eso es una tontería —gruñó Paco sin soltar el palillo.

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