El ciclo se repite así todos los días. Desde julio de 2019, cada día igual al anterior, salvo porque su memoria empieza a fallar y ya no puede estar seguro de si ese recuerdo específico fue ayer o hace 6 meses. Las Sams se diseñaron pensando en terroristas que pudieran seguir coordinando ataques desde la cárcel. Pero en el caso del Chapo hay un detalle que hace que la situación sea todavía más irónica y más oscura.
Según reportes del Buró Federal de Prisiones Filtrados a El Financiero, Guzmán Loera, logró, a pesar de la SAMS, enviar instrucciones a los chapitos sus hijos, que ahora controlan el cártel de Sinaloa a través de su propio equipo legal. Los abogados supuestamente actuaron como canal de comunicación. El departamento de justicia respondió apretando más las restricciones.
Redujo el número de abogados autorizados para visitarlo. Aumentó la supervisión de sus comunicaciones legales. Añadió capas al proceso de aprobación de cada contacto. Pero eso plantea una pregunta que vamos a responder más adelante. Si el Chapo puede seguir mandando órdenes desde la celda más vigilada del planeta, ¿qué tan diferente es hoy su vida de la que tenía antes? La respuesta.
Cuando lleguemos a ella, va a sorprenderte, no de la manera que esperas. Para entender el peso de la caída, hay que entender la altura desde la que cayó. Y para entender esa altura, hay que entender el suelo desde el que empezó a trepar. Joaquín Guzmán lo era. Nació el 4 de abril de 1957 en La Tuna, Badirahuato, Sinaloa.
Un rancho en la sierra donde no había electricidad permanente, donde los niños iban descalzos. y donde el Estado mexicano era, en términos prácticos, una ficción lejana. No era una ficción por ausencia de decretos o instituciones. Era una ficción porque en la Sierra de Sinaloa en los años 60 la autoridad real no tenía uniforme del gobierno.
Tenía camionetas sin placas y hombres con radios. Su padre era un gomero cultivador de amapola y su tío Pedro Avilés Pérez era uno de los primeros grandes narcotraficantes del noroeste de México. Un pionero en el sentido más brutal de esa palabra. Alguien que abrió rutas donde no había rutas, que estableció acuerdos donde no había acuerdos, que construyó un negocio en un terreno donde las reglas de cualquier negocio convencional no aplicaban.
Para el joven Joaquín, ese tío era la prueba de que había una salida de la sierra que no pasaba por emigrar al norte a lavar platos. A los 15 años ya sembraba marihuana bajo su tutela, no como elección romántica, como supervivencia, como el único camino visible desde donde estaba parado. Antes de eso vendía naranjas en la calle.
Esa distancia de vender naranjas a sembrar mota, de sembrar mota a controlar rutas, de controlar rutas a dirigir el cartel más grande del mundo, no ocurrió de golpe. Ocurrió decisión a decisión durante cuatro décadas. Cada decisión más grave que la anterior, cada escalón hacia arriba requiriendo más sangre que el anterior.
El Chapo no nació capo, se construyó como uno, con la misma metodología que usa cualquier empresario exitoso, identificar oportunidades, eliminar competencia, expandir territorio, fidelizar aliados, pero en un negocio donde la consecuencia de los errores estratégicos era una fosa clandestina en el desierto de Chihuahua. Lo que hace especial su historia no es que haya sido un criminal, es que fue un criminal extraordinariamente eficiente durante un periodo de tiempo extraordinariamente largo.
Y esa eficiencia no se construyó solo con violencia, se construyó también con inteligencia logística, con capacidad para leer personas, con un instinto político que muchos funcionarios electos envidiarían. 30 años después, ese niño que vendía naranjas movía más cocaína que cualquier otro individuo en la historia documentada del narcotráfico internacional no es hipérbole.
Es la conclusión a la que llegó el Jurado federal de Brooklyn tras meses de testimonio en el juicio más extenso relacionado con el crimen organizado en la historia de Estados Unidos. 100 toneladas de cocaína al mes, según testigos del juicio, en el mejor momento del cartel. Rutas terrestres a través de México y Estados Unidos.
Túneles subterráneos bajo la frontera con iluminación eléctrica, rieles y ventilación, barcos semisumergibles en el Pacífico, aviones privados, camiones de verduras, de latas de chiles, de tubería de plomería. El cártel de Sinaloa que Guzmán construyó junto a Ismael el Mayo Zambada. No era una organización criminal convencional, era una corporación multinacional de distribución con brazos en 40 países y una infraestructura logística que hacía palidecer a algunas empresas legítimas del Fortune E500. Y él era el CEO.
Forbes lo incluyó en su lista de billonarios. Su fortuna fue estimada en más de 1000 millones de dólares. 14 propiedades registradas, un rancho en Sinaloa con tigres, leones y un hipopótamo. Vehículos blindados. escoltas, un sistema de comunicación cifrada propio que durante años burló las capacidades de intercepción de la DEA.
Presidentes mexicanos le temían, generales lo protegían, jueces miraban para otro lado y cuando finalmente lo capturaron por primera vez en 1993 en Guatemala, la maquinaria funcionó como siempre. fue extraditado a México, condenado a 20 años y transferido a Puente Grande, Jalisco, el penal de máxima seguridad más moderno del país. Pero hay un problema con encerrar a un hombre que tiene suficiente dinero para comprar a cualquier persona que lo vigile.
El problema es que el dinero siempre llega primero. La primera fuga ocurrió la noche del 19 de enero de 2001. Era sábado. El director del penal, varios custodios y empleados administrativos llevaban meses en nómina del cártel de Sinaloa, lo que en otro contexto se llamaría corrupción sistémica. En Puente Grande se llamaba simplemente el orden de las cosas.
Testimonios posteriores revelaron que el Chapo tenía en ese penal una vida que se parecía más a un hotel de categoría media que a una prisión de máxima seguridad. Pedía comida especial, recibía visitas no autorizadas, tenía acceso a teléfono. El dinero del cartel había comprado no solo la indiferencia de los guardias, sino su colaboración activa.
Esa noche, un empleado de lavandería entró al área de celdas con un carrito de ropa sucia. Salió con el Chapo escondido dentro. Los guardias en las torres de vigilancia no vieron nada. O vieron y no dijeron nada. Para cuando se activó la alarma, Guzman llevaba horas fuera, probablemente en camino a Sinaloa en un vehículo preparado con anticipación.
El director del penal fue arrestado. 73 funcionarios fueron investigados. El presidente Vicente Fox tuvo que salir a dar explicaciones en cadena nacional, un momento de humillación institucional del Estado mexicano que anunciaba lo que vendría en los años siguientes. El Chapo pasó 13 años prófugo. 13 años en los que no solo se mantuvo en libertad, consolidó el cartel, eliminó a rivales del calibre de los Arellano Félix, expandió rutas hacia Europa y Asia, sobrevivió a docenas de operativos que llegaban horas tarde y se convirtió en una figura mítica que la
DEA, el Ejército Mexicano y la Marina perseguían sin poder atrapar. La narrativa del invencible, del escurridizo, del que siempre se va antes de que lleguen. En 2014 lo atraparon de nuevo, esta vez en Mazatlán. Esta vez había operativos en seis países coordinados simultáneamente con información de inteligencia que había tardado meses en consolidarse.
Esta vez lo llevaron directamente al altiplano, el Centro Federal de Readaptación Social número uno, construido precisamente para no repetir los errores de Puente Grande. cámaras en todos los ángulos, guardias rotados para evitar que construyeran relaciones con los presos, protocolos diseñados con la colaboración de asesores internacionales de seguridad penitenciaria.
El gobierno mexicano declaró públicamente que esta vez no habría fuga. Lo que ocurrió a continuación es técnicamente imposible y sin embargo ocurrió. El 11 de julio de 2015, agentes penitenciarios entraron a revisar la celda del Chapo y encontraron la regadera vacía. No el hombre la regadera. Levantaron la base y debajo había un túnel de 1,40 de altura con iluminación eléctrica tendida con cable convencional, ventilación mecánica, rieles metálicos y una pequeña moto adaptada para desplazarse dentro con mayor velocidad. El túnel medía 1,m y5.
Salía en una casa en construcción a varios kilómetros del penal que sus hombres habían adquirido específicamente para ese propósito. Sus hombres habían excavado durante meses desde afuera hacia adentro con equipo de construcción industrial que nadie en el entorno del penal cuestionó, porque en México hay obras de construcción en todas partes, calculando con precisión milimétrica la ubicación exacta de su celda dato que alguien dentro del penal les había proporcionado.
La operación requirió decenas de personas, millones de pesos, meses de coordinación y la participación de alguien con acceso interno no fue audacia, fue ingeniería. México volvió a entrar en crisis política. El gobierno de Enrique Peña Nieto sufrió un golpe del que nunca se recuperaría del todo. La imagen del Estado mexicano como institución capaz de contener al narco quedó destruida de manera que ningún discurso oficial pudo reconstruir.
El Chapo volvió a ser libre. Volvió a Sinaloa, volvió al negocio como si los 14 meses de encierro hubieran sido unas vacaciones forzadas. Pero esta vez la tercera captura solo tardó 6 meses y esta vez no hubo más fugas, no porque el sistema mejorara, sino porque el lugar al que lo llevaron esta vez no fue construido por el gobierno mexicano.
El 8 de enero de 2016, agentes de la Marina Armada de México y personal de la DEA rodearon un conjunto de casas en Los Mochis, Sinaloa. El Chapo estaba adentro con un pequeño grupo de sicarios. La inteligencia que llevó a ese operativo. Había tardado meses en construirse vigilancia de comunicaciones, seguimiento de personas cercanas, triangulación de patrones de movimiento.
El operativo fue una masacre. Cinco de los hombres del Chapo murieron en el tiroteo inicial. Uno fue capturado vivo. Guzmán huyó a través de las alcantarillas de la ciudad. Literalmente corrió por las cloacas de los Mochis con el agua hasta los tobillos y emergió varios kilómetros adelante, donde intentó robar un vehículo en una carretera secundaria.
Lo arrestaron ahí, sin resistencia, sin disparos adicionales, solo un hombre agotado, sucio y sin opciones a un lado de la autopista. Las imágenes de esa captura circularon en todo el mundo. El Chapo esposado, con la ropa manchada, sin la investidura de poder que había construido durante décadas, era la foto que el gobierno mexicano necesitaba.
Era también, aunque nadie lo dijo en ese momento, la foto del principio del fin. Lo que vino después fue, en muchos sentidos peor que la cárcel. El gobierno mexicano, aterrorizado por la posibilidad de una tercera fuga, que esta vez sería el final de múltiples carreras políticas, lo mantuvo en condiciones de aislamiento extremo mientras tramitaba la extradición.
Lo movían de penal en penal sin previo aviso para que sus hombres no pudieran preparar ningún operativo de rescate. Lo mantenían en celdas distintas cada pocas semanas, nunca en el mismo lugar dos meses seguidos. Cuando el 19 de enero de 2017, exactamente 16 años después de su primera fuga, en una ironía que parece diseñada por un guionista con sentido del humor negro, fue entregado a autoridades estadounidenses en el aeropuerto de Ciudad Juárez, el proceso que culminaría en ADX, Florence ya había comenzado. El juicio en Brooklyn duró 3
meses declararon más de 50 testigos, incluyendo varios exsocios, exicarios y dos de sus propias exesposas. Se presentaron videos, grabaciones interceptadas, documentos de transacciones y testimonios que pintaban un retrato exhaustivo de dos décadas de narcotráfico. Los fiscales llamaron al estrado a personas que habían operado en todos los niveles de la organización, desde pilotos de aviones cargados de cocaína hasta hombres que describieron en detalle las instrucciones para eliminaciones específicas. El Chapo escuchó el juicio
completo sentado a la mesa de la defensa. Sus abogados trabajaron con la limitación de que su cliente no podía testificar sin exponerse a preguntas que hundirían cualquier argumento de defensa. El jurado no tardó en deliberar. El 17 de julio de 2019, el juez Brian Kogan leyó la sentencia cadena perpetua más 30 años adicionales y una orden de confiscación de 12.
6 6 billones de dólares en activos del cartel. Fue la sentencia más extensa que un juez federal estadounidense había pronunciado jamás en un caso de narcotráfico. El Chapo escuchó la sentencia sentado, con traje oscuro y corbata, con expresión inexpresiva. Sus abogados pidieron clemencia. El juez no dio señales de haberlos escuchado.
El fiscal aplaudió ante los medios. Los agentes de la DEA, que habían pasado décadas persiguiéndolo, se tomaron fotografías afuera del juzgado y tr días después, el número 8 9805 hasta 053 entró caminando en ADX Florence. Aquí empieza la parte que las notas oficiales del gobierno no cuentan. Las Sams impiden que la familia del Chapo hable libremente sobre su condición.
Sus abogados tienen restricciones sobre lo que pueden revelar públicamente. El propio Buró Federal de Prisiones no emite comunicado sobre el estado de sus reclusos de alto perfil. La política es el silencio institucional. El silencio funciona como su propia forma de mensaje. Pero en octubre de 2024, familiares lograron filtrar a medios, principalmente a Infobae, información sobre su salud que resultó imposible de ignorar.
Guzmán loa, sufre de hipertensión severa. No la hipertensión leve de quien necesita reducir la sal, la hipertensión que requiere medicación constante, monitoreo regular y que en un hombre de 72 años bajo estrés crónico puede provocar eventos cardiovasculares. Tiene ataques de ansiedad que sus médicos describen como episodios clínicamente significativos.
Está medicado para ambas condiciones y según su abogada de Aveas Corpus, Mariel Colón, miró, los cambios que observa en él durante las pocas visitas permitidas la preocupan profundamente. No usó esas palabras como retórica legal, las usó como observación clínica de alguien que lleva años viendo al mismo hombre deteriorarse.
en cartas que el propio Guzmán lo era, envió al juzgado y que se convirtieron en registro público, describió en sus propias palabras lo que siente. Dolores de cabeza constantes que no ceden con los medicamentos disponibles. Pérdida de memoria que va empeorando mes a mes no los olvidos normales de una persona mayor, sino lagunas en recuerdos que antes tenía claros, calambres en las extremidades, estrés crónico que describe como una presencia física permanente, depresión que no califica de otra manera, pero que impregna cada
línea de esas cartas. No son quejas de alguien que quiere atención, son el relato metódico de un hombre que está documentando su propio colapso porque es lo único que puede hacer. Hay una razón médica para todo esto y es más seria de lo que cualquier condena podría haber articulado formalmente.
El aislamiento extremo y prolongado no es solo psicológicamente dañino, es neurológicamente destructivo. Los estudios sobre el tema coinciden con una claridad que hace incómoda la lectura. El cerebro humano es, en términos evolutivos, un órgano diseñado para el contacto social, no como preferencia como necesidad biológica.
Las mismas regiones del cerebro que procesan el dolor físico procesan también el aislamiento social. Cuando un individuo es privado de contacto humano de manera sostenida, el cerebro interpreta esa privación como una amenaza de supervivencia y activa respuestas de estrés de manera permanente. El cortisol se dispara.
La amígdala, el centro de procesamiento del miedo, entra en modo de alerta que nunca se apaga. Las funciones cognitivas superiores, memoria, capacidad de atención, razonamiento complejo, se deterioran porque el cerebro destina sus recursos al manejo del estrés crónico. Estudios publicados en el British Journal of Psychiatry y en múltiples revistas de neurociencia han documentado que el aislamiento sostenido durante más de 15 días consecutivos comienza a producir cambios estructurales en el cerebro comparables a los causados por
el trauma agudo. A los 90 días hay deterioro cognitivo medible en personas sin historial previo de condiciones mentales. A los 2 años, los cambios en la estructura del hipocampo, la región asociada a la memoria, pueden ser permanentes. El Chapo lleva más de 5 años bajo ese régimen, sin descanso, sin variación, sin contacto humano real.
Piensa en lo que eso significa concretamente. El hombre que coordinaba operaciones en 40 países simultáneamente, que manejaba redes de comunicación cifradas con decenas de nodos, que gestionaba la logística de 100 toneladas de cocaína al mes, recordando rutas, nombres, fechas, acuerdos y traiciones, con una precisión que sus propios colaboradores describieron en el juicio como sobrenatural.
Ese hombre está perdiendo la memoria en una celda de concreto, no por la edad, sino por lo que la celda le hace al cerebro todos los días. Hay algo casi poético en eso. Aunque la palabra correcta probablemente no sea poética, la palabra correcta es implacable. Volvamos a la pregunta que dejamos abierta antes. Si el Chapo, bajo las condiciones más restrictivas del sistema penitenciario más poderoso del planeta, ¿lró seguir enviando instrucciones a sus hijos? ¿Sigue siendo poderoso? La respuesta corta es en la superficie, sí.
En la práctica, ya no importa. Los chapitos Iván Archivaldo Guzmán Salazar y Joaquín Guzmán López llevan años tomando decisiones sin consultarle a su padre. Eso no es especulación periodística, es la conclusión que emerge de analizar las acciones del cartel desde 2019, las alianzas que se hicieron, los territorios que se disputaron, las guerras que se iniciaron, ninguna de ellas tiene la firma estratégica del Chapo, que durante décadas evitó confrontaciones directas cuando podía resolverlas con corrupción.
Sus hijos no tienen esa paciencia. La estructura del cártel de Sinaloa evolucionó. Los socios de la vieja guardia murieron, fueron capturados o cambiaron de bando. El mayo Zambada Ismael Zambada García, el cofundador que durante 30 años fue el cerebro callado detrás del cartel, fue arrestado en Estados Unidos en julio de 2024 y las circunstancias de ese arresto son dantescas en lo que revelan sobre el estado actual de la organización que el Chapo construyó.
Porque aparentemente el propio Joaquín Guzmán López, el hijo menor del Chapo, carne de su carne, negoció su propia rendición ante las autoridades estadounidenses entregando a Zambada. Subió al mayo a un avión con engaños y aterrizaron en Estados Unidos juntos, donde agentes federales estaban esperando. En el mundo que el Chapo construyó, esa traición un hijo entregando al cofundador del cartel de su propio padre habría sido impensable en el mundo que sus hijos heredaron.
es simplemente otra maniobra de supervivencia. Lo que queda del legado del Chapo en el cartel que él construyó es cada vez más simbólico. Su nombre todavía tiene peso. Sus instrucciones todavía se ejecutan, si es que llegan, pero las decisiones estratégicas, la expansión a nuevos territorios, la guerra sangrienta con el cártel de Jalisco, Nueva Generación, que ha convertido ciudades de Sinaloa en campos de batalla, todo eso ocurre sin él, sin su aprobación real. sin su estilo.
Y eso para un hombre que dedicó su vida entera a construir ese imperio que murió varias veces metafóricamente para que el cartel sobreviviera, que tomó decisiones brutales para preservar la estructura, es una forma de muerte en vida que ninguna sentencia podría haber prescrito formalmente.
El poder fue siempre la razón de ser del Chapo. No el dinero. El dinero era consecuencia, no la fama. La fama era herramienta, a veces útil, a veces un estorbo. El poder era lo que organizaba su mundo y le daba coherencia a cada decisión que tomó desde los 15 años en la sierra de Sinaloa. Y ese poder no fue confiscado de golpe.
No desapareció la noche en que los agentes de la Marina lo sacaron de las alcantarillas de los Mochis. Fue vaciándose lentamente, como el aire de un globo con un pinchazo pequeño que no se ve, pero que trabaja sin parar. Cada mañana que despierta en ADX Florence hay un poco menos y él lo sabe. Eso es lo más cruel que lo sabe.
En el año 2024 su abogada Mariel Colón miró, solicitó al Tribunal Federal que revisara las condiciones de su confinamiento, argumentando que las SAMS estaban siendo aplicadas de manera inconstitucional y que el deterioro mental de su cliente era documentable y severo. presentó declaraciones médicas, citó precedentes legales, describió en detalle lo que había observado.
El tribunal denegó la solicitud. Sus abogados han presentado múltiples apelaciones a lo largo de estos años. Todas han sido rechazadas. El argumento del gobierno es siempre el mismo. Guzmán lo era, sigue siendo peligroso. Su historial de fugas y su capacidad demostrada para coordinar operaciones desde la cárcel hacen necesarias las restricciones especiales.
Mientras exista la posibilidad de que sus instrucciones lleguen al exterior, las permanecen. En términos legales, tienen razón. En términos humanos, lo que ocurre en esa celda es algo que la ley nunca describió explícitamente, pero que funciona como condena adicional no adjudicada. ¿Qué hace un hombre como Joaquín Guzmán lo era durante 23 horas al día en 4 m²? No lo sabemos con certeza.
Las cámaras graban, pero no publican. Los guardias no hablan. Su familia solo puede decir lo poco que ve en las visitas, que son escasas y monitoreadas. Pero podemos inferir a partir de lo que otros internos en condiciones similares han reportado a organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional y Human Rights Watch.
Lo que probablemente ocurre al principio, los días se organizan con una disciplina casi militar. Hay rutinas que crear porque sin rutina el tiempo se convierte en algo amorfo e insoportable. Ejercicio en el espacio disponible 20 pasos de un lado al otro. Series de flexiones, movimientos que mantienen el cuerpo activo.
Quizás revisión mental de recuerdos específicos, como quien repasa una película favorita, quizás oración o ritual. La mente busca estructura donde el entorno no la provee, pero después de semanas que se vuelven, meses que se vuelven años, las rutinas pierden el significado que tenían. El cuerpo los ejecuta, pero la mente ya no está presente en ellos.
El cerebro privado de estímulos externos nuevos empieza a generar los propios recuerdos que se repiten hasta deformarse, pensamientos circulares que no resuelven nada, ansiedades que se amplifican porque no hay nada que las contrarreste. En casos documentados, algunos internos de ADX reportaron que llegado cierto punto ya no podían distinguir con certeza si estaban dormidos o despiertos.
La frontera entre los dos estados se vuelve permeable cuando el entorno es idéntico en ambos. Para el Chapo, ese proceso lleva 5 años. El mismo hombre que en su momento de mayor poder tenía un ejército privado, múltiples esposas, propiedades en tres estados, una flota de vehículos blindados y la lealtad de decenas de miles de personas, ese hombre hoy recibe su comida por una puerta de metal del tamaño de un ladrillo.
No hay nadie a quien ordenarle nada. No hay nadie que lo mire con miedo. No hay nadie que espere su llamada. No hay nadie que necesite su aprobación. No hay nadie. Hubo una versión del Chapo que el México de los años 90 y 2000 construyó como mito. No el gobierno, la gente, los corridos. Los narcocorridos que cantaban su nombre como si fuera el de un héroe popular, con trompetas y guitarras y letras que describían sus hazañas como si fueran proezas de un guerrero medieval.
La narrativa del chico pobre de la sierra que se hizo a sí mismo, que burló al sistema, que se escapó dos veces de las cárceles más seguras del país. Esa narrativa tuvo audiencia porque tenía los ingredientes correctos: el subalterno que vence al poderoso, el ingenio contra la fuerza bruta, el hombre que construye su mundo desde cero con lo que tiene.
Lo que esa narrativa siempre omitió fue el precio que otros pagaron. Durante el juicio en Brooklyn, los fiscales presentaron evidencia de que Guzmán lo era, ordenó o aprobó personalmente decenas de asesinatos, rivales que intentaron competir con él, testigos potenciales que sabían demasiado, socios que se volvieron inconvenientes o que mostraron signos de flaquear bajo presión de las autoridades, agentes mexicanos e informantes del FBI que interfirieron en operaciones del cartel.
Los testimonios fueron específicos. con nombres y fechas y descripciones de circunstancias. No fue un hombre que se hizo a sí mismo, fue un hombre que se hizo sobre otros. La guerra del cártel de Sinaloa con los Carrillo Fuentes en los años 90 dejó miles de muertos en Chihuahua y Sonora, comunidades enteras fracturadas, familias desplazadas.
una generación que creció con la violencia como paisaje cotidiano. La batalla por Ciudad Juárez entre 2008 y 2012 convirtió esa ciudad en la más violenta del mundo durante 3es años consecutivos y dejó más de 10,000 muertos documentados, no sicarios, no criminales, sino también periodistas, policías, maestros, estudiantes, personas que estaban en el lugar equivocado cuando los grupos del Chapo y los Carrillo Fuentes chocaron.
La operación limpieza interna del cartel, bajo sus órdenes, eliminó a socios sospechosos de cooperar con la DEA, con una eficiencia que los fiscales compararon con la depuración de una corporación que prescinde de empleados ineficientes. No hay manera de cuantificar el número exacto de muertes que se pueden atribuir directa o indirectamente al periodo en que Joaquín Guzmán lo era, controló el cártel de Sinaloa.
Los cálculos más conservadores hablan de miles, los más amplios de decenas de miles. Las cifras exactas nunca se sabrán porque muchas víctimas desaparecieron sin dejar registro oficial. Esa es la otra parte de la historia, que la celda no puede cambiar. El Chapo no puede devolverle a nadie lo que le quitó. No puede reconstruir las familias que destruyó.
No puede resucitar a los que ordenó matar ni deshacer el daño que décadas de flujo masivo de narcóticos hicieron en comunidades de ambos lados de la frontera, en los barrios de Los Ángeles y Chicago, donde la cocaína del cártel de Sinaloa alimentó epidemias que todavía no terminan, tanto como en los ejidos de Sinaloa, donde los jóvenes encontraron en el narco, la única promesa de ascenso social disponible.
Lo que ADX Florence le hace es severo. Es en muchos sentidos una forma de aislamiento que organizaciones internacionales de derechos humanos han criticado repetidamente como contraria a los estándares internacionales de trato a presos. Pero la pregunta de si merece lo que recibe no tiene una respuesta cómoda en ninguna dirección.
Hay una cosa que el Chapo logró, que ningún otro narco, ningún terrorista, ningún criminal de su calibre había logrado antes. Se convirtió en el estándar, el antes y el después, el hombre para el que construyeron una jaula nueva, porque las jaulas que existían no eran suficientes. X Florence tiene presos como Timothy McVay, que mató a 168 personas en Oklahoma City, como Terry Nichols, su complice, como Ted Kazinski, elabomber, que durante 17 años envió paquetes bomba desde una cabaña en Montana, como Tzokar Tarnaev, el atentado del maratón de
Boston, como Richard Reed, el terrorista que intentó detonar una bomba escondida en su zapato en un vuelo transatlántico con 300 pasajeros a bordo. El Chapo está entre ellos, no porque haya matado más que todos ellos juntos, aunque los números podrían debatirse, sino porque el sistema llegó a la conclusión de que era el único nivel de contención proporcional a lo que representaba, no solo como individuo, como símbolo, como demostración de que ningún sistema es inescapable cuando el dinero es suficiente. ADX Florence era
la respuesta a esa demostración. Eso, en su propio y retorcido marco de referencia podría leerse como el mayor reconocimiento que recibió jamás. El criminal tan peligroso que el gobierno tuyo, que construir una versión nueva del sistema para contenerlo. Pero los reconocimientos no calientan las noches en Colorado y los símbolos no recuerdan por ti cuando la memoria empieza a fallar.
Hoy, en algún momento de esta noche, mientras tú ves este video, el número 8 9 805 hasta 053, va a despertar en su cama de concreto con los calambres que describe en sus cartas. Va a mirar el trozo de cielo de 15 cm que tiene sobre su cabeza. No va a poder llamar a nadie. No va a poder pedir nada. No va a poder hacer nada más que esperar a que llegue la comida por la puertecita.
El hombre que una vez hizo temblar a México entero, tiene 72 años, hipertensión, ataques de ansiedad y una memoria que se deteriora sola en el silencio. No hay corrido para eso. Si este documental te hizo pensar en algo que no esperabas, compártelo con alguien que también necesite escucharlo. A veces las historias más importantes son las que terminan así, sin música, sin fuga, sin nadie, esperando afuera. Yeah.