El resultado fue inconcluso. La paz de Fénix dejó las cosas prácticamente donde estaban, pero la semilla estaba plantada. En el año 200, Roma declaró la segunda guerra macedónica. Y aquí es donde la historia se vuelve realmente interesante, porque la guerra no fue una decisión sencilla ni unánime.
El Senado tuvo que llevar la propuesta ante los comicios, la Asamblea de Ciudadanos, que tenía la última palabra sobre las declaraciones de guerra. Y los ciudadanos romanos en la primera votación la rechazaron. Piénsalo un momento. Roma acababa de salir de 16 años de guerra devastadora. Los hombres querían volver a sus granjas, a sus familias, a dormir sin el miedo de que un ejército cartaginés apareciera en el horizonte.
La propuesta de cruzar el Adriático para pelear contra una potencia que no había atacado directamente el territorio romano les parecía una locura. El cónsul Zulpicio Galba tuvo que reunir de nuevo la asamblea y pronunciar un discurso que los registros históricos han conservado en sus líneas esenciales.
Y lo que dijo ese día es enormemente revelador de cómo Roma pensaba la política exterior. No les habló de honor, no les habló de venganza ni de gloria, les habló de prevención. les dijo que era mejor llevar la guerra al otro lado del Adriático que esperar que la guerra volviera a cruzar los Alpes hacia Italia.
Les recordó el pacto de Filipo con Aníbal. Les señaló que si se dejaba a Macedonia consolidar su posición en el Ejeo, si Filipo llegaba a un acuerdo con Antíoco Tercer de los Celeu Sidas, que en ese momento era la potencia hegemónica del Mediterráneo Oriental, Roma se encontraría frente a una coalición de dimensiones completamente distintas.
Era el argumento del peligro preventivo del enemigo que hoy está lejos, pero que mañana puede estar en casa. La segunda votación aprobó la guerra. Tito Quincio Flaminino era un hombre extraordinariamente inusual para ser general romano. Tenía apenas 30 años cuando fue elegido cónsul, por debajo de la edad mínima establecida por la costumbre.
hablaba griego con fluidez, lo cual era todavía bastante raro entre la aristocracia romana de ese periodo. Había crecido con la cultura helenística, la respetaba, en cierta medida la admiraba y entendía algo que muchos de sus colegas no habían comprendido todavía, que en Grecia ganar la guerra militarmente no era suficiente, que la legitimidad política tenía un peso específico en el mundo helenístico que Roma no podía ignorar si quería que sus victorias duraran.
En el año 197, en las colinas de Tesalia, en un lugar llamado Cinocéfalas, las cabezas de perro en griego, las legiones romanas y el ejército macedonio de Filipo se encontraron en un combate que iba a resultar decisivo por razones que tenían más que ver con la geografía del terreno que con el número de los combatientes.
La falange macedónica era una de las formaciones militares más aterradoras que el mundo antiguo había visto. Filas de soldados con lanzas de más de 6 m de longitud. La Arisa, avanzando en formación cerrada, creaban un muro de hierro prácticamente impenetrable en campo abierto. Era el arma con la que Alejandro había conquistado el mundo desde Grecia hasta la India.
Era la columna vertebral del poder militar macedonio durante 150 años, pero tenía un defecto fundamental. Necesitaba terreno llano. En terreno irregular, la formación se fragmentaba. Los soldados perdían contacto entre sí, los espacios se abrían y las colinas de Tesalia no eran terreno llano. Las legiones romanas estaban organizadas de manera radicalmente diferente.
En lugar de una gran masa uniforme, operaban en manípulos, unidades más pequeñas y autónomas capaces de adaptarse al terreno con una flexibilidad que la falange no podía igualar. Cuando el combate se trasladó a las laderas irregulares de sinocéfalas, la diferencia entre los dos sistemas fue inmediatamente visible.
La falange se rompió. Los manípulos romanos encontraron los huecos y entraron por ellos. Filipo pidió la paz y aquí Flaminino tomó una decisión que sorprendió a muchos de sus contemporáneos romanos y que en retrospectiva resultó ser uno de los movimientos políticos más inteligentes de esa generación. Podría haber exigido condiciones brutales, podría haber anexionado Macedonia o haberla reducido a un estado vasallo humillado.
No lo hizo. Impuso una indemnización económica significativa, redujo el ejército macedonio a 5,000 hombres y le prohibió operar fuera de sus fronteras. Pero dejó el reino en pie, dejó a Filipo en el trono y entonces vino el golpe maestro. En el año 196, en los juegos ísmicos, uno de los eventos deportivos y culturales más importantes del calendario griego, con delegaciones de toda la ela de congregadas en el santuario de Poseidón en el ismo de Corinto, Flaminino mandó hacer silencio y ordenó que un heraldo leyera una

proclama en voz alta. El heraldo anunció que el Senado y el pueblo romano declaraban libres a todos los griegos que hasta ese momento habían estado bajo dominio macedonio, sin guarniciones, sin tributos, sujetos únicamente a sus propias leyes y tradiciones. El silencio que siguió a las primeras palabras fue breve.
Algunos no habían entendido bien. El heraldo tuvo que repetirlo. Y cuando el significado de las palabras penetró en la multitud congregada, el griterío que estalló fue tan intenso, tan prolongado, tan masivo, que según cuenta Plutarco, los cuervos que sobrevolaban el estadio cayeron al suelo aturdidos por el sonido. Roma no se quedaba con el territorio, lo liberaba.
Era un gesto político de una sofisticación enorme. En un solo movimiento, Roma se posicionaba como la defensora de la libertad griega frente a la opresión macedonia, como la heredera legítima de los valores que los propios griegos habían proclamado en sus guerras contra Persia siglos antes. flamino había entendido algo que los generales puramente militares nunca comprenden, que la dominación más duradera no es la que se impone por la fuerza, sino la que se hace desear.
Por supuesto, esa libertad proclamada en los juegos iba a durar lo que tardó en aparecer el siguiente problema. Y el siguiente problema apareció puntual. Antío io, el rey de los celédas, era la potencia más grande del Mediterráneo oriental. gobernaba un territorio que iba desde Siria hasta las fronteras de la India. Había restaurado el prestigio del reino Seléucida después de décadas de decadencia y se veía a sí mismo como el heredero legítimo de Alejandro Magno.
La expansión romana hacia el Ejeo le parecía una amenaza directa a su propia esfera de influencia. En el año 192 cruzó hacia Grecia con un ejército. La Liga Etolia, que se sentía marginada por el arreglo romano con Macedonia y resentida por no haber recibido los beneficios que esperaba de la victoria en sinocéfalas, le había invitado.
Y con Antíoco venía alguien que hacía a los romanos perder el sueño. Aníbal Barca, el viejo general cartaginés, ahora en el exilio, que actuaba como asesor del rey Celeucida. era la combinación que Roma más temía, un monarca helenstico poderoso y el mejor estratega militar de la generación anterior, unidos en su contra, y resultó ser para ambos un desastre monumental.
Antío operó con una lentitud incomprensible, sin aprovechar su ventaja inicial. Esperaba que los griegos se levantaran en masa a su favor. La mayoría de las ciudades y ligas griegas calcularon sus intereses con frialdad y decidieron quedarse al margen o apoyar directamente a Roma. El movimiento de liberación panelénico que Antíoco esperaba encabezar nunca materializó.
El apoyo real que recibió fue una fracción de lo prometido. En el año 191 en Las Termópilas, el mismo desfiladero donde 300 espartanos habían detenido al ejército persa 289 años antes. El ejército de Antíoco fue derrotado y se retiró precipitadamente a Asia. Roma lo persiguió con una determinación que ya no dejaba margen para negociaciones tranquilas.
Al año siguiente, en la batalla de Magnesia, en suelo de la Anatolia occidental, el ejército romano al mando de Lucio Cornelio Escipión, hermano del africano, destruyó al ejército Celéucida de una manera tan definitiva que Antío nunca se recuperó como potencia occidental. La paz de Apamea del año 188 estableció una nueva frontera oriental de influencia romana y convirtió a Pérgamo y Rodas, los aliados locales de Roma en la región, en los principales beneficiarios territoriales.
Y de nuevo Roma repitió el patrón. Victoria militar aplastante, condiciones de paz que debilitaban estructuralmente al derrotado y retirada sin ocupación directa del territorio, dejando a aliados locales como garantes del nuevo equilibrio. Era un sistema, un sistema deliberado, coherente, extraordinariamente eficiente para proyectar poder sin el coste enorme de mantener guarniciones permanentes en territorios lejanos.
Roma era el árbitro. Roma tenía la última palabra, pero no ponía el precio inmediato de administrar directamente lo que controlaba. Funcionó mientras los griegos creyeron que la alternativa a Roma era peor que Roma misma, pero ese sistema generaba sus propias contradicciones internas y eran contradicciones que iban a explotar con el tiempo.
El mundo helenístico había funcionado durante siglos sobre la base de una competencia entre potencias más o menos equivalentes. Las ligas se formaban y disolvían según los intereses del momento. Las ciudades jugaban a una potencia contra otra para preservar su margen de maniobra. Era un sistema caótico, pero en cierta manera equilibrado, porque ningún actor era lo suficientemente dominante como para dictar condiciones permanentes a todos los demás.
Roma rompió ese equilibrio de manera irreversible. No era un miembro más del sistema helenístico. Era una fuerza externa que podía intervenir cuando quería, arbitrar los conflictos internos cuando le convenía y retirarse cuando lo decidía, pero cuya mera existencia distorsionaba todas las relaciones dentro del sistema. Era el jugador que no seguía las reglas del juego, porque las reglas del juego no habían sido escritas pensando en él.
Las ciudades y ligas griegas aprendieron a adaptarse. Cuando tenían un conflicto con un vecino, mandaban embajadas a Roma. Los senadores romanos se convirtieron en árbitros de disputas que en el pasado se habrían resuelto por guerra, negociación o simplemente dejando que el más fuerte se impusiera. Y para que Roma decidiera a tu favor, necesitabas buenos contactos en el Senado.
Necesitabas ofrecer algo a cambio. Necesitabas demostrar que eras el aliado útil y el otro era el problema. Era una trampa, una trampa que los griegos construyeron ellos mismos en parte porque la alternativa decidirlo todo por la fuerza era peor, pero era una trampa. En Macedonia, mientras todo esto ocurría, la humillación de cincéfalas siguió fermentando.
Filipo V murió en el 179 y su hijo Perseo heredó el trono. Perseo era inteligente, ambicioso y profundamente consciente de lo que su padre había perdido. Pasó años reconstruyendo el poder macedonio con una cuidadosa paciencia, ampliando alianzas con estados griegos descontentos, estableciendo contactos con pueblos del norte, cultivando su imagen como el rey griego que podía hacer frente a Roma y restaurar la dignidad del mundo helenístico.
Roma lo observaba y en el año 171 la tercera guerra macedónica comenzó. Duró 4 años y terminó el 22 de junio del año 168 en un lugar de Macedonia llamado Pitna. El ejército de Perseo era numeroso, estaba bien entrenado y ocupaba inicialmente una posición favorable junto al río Leucos. Cuando la falange macedónica cargó en la fase inicial del combate, las legiones romanas retrocedieron.
Hubo un momento en el que parecía que Perseo iba a repetir o quizás superar las victorias de Alejandro. Entonces, el terreno cambió nuevamente. Las legiones, siguiendo una táctica que algunos atribuyen a una iniciativa espontánea de los propios soldados, comenzaron a retroceder hacia un suelo más irregular.
La falange los siguió y al seguirlos cometió el error fatal que Flaminino había explotado en sino céfalas 29 años antes. La formación cerrada se fragmentó. Los espacios entre las unidades macedonias se abrieron. Los manípulos romanos giraron y entraron por esos huecos. Dicen que todo duró menos de una hora.
El ejército macedonio, que minutos antes parecía invencible, dejó de existir como fuerza organizada en el tiempo que tarda en ponerse el sol de verano. Los muertos macedonios se contaron por miles. Perseo huyó. Lo capturaron poco después, intentando escapar hacia el norte. Lo llevaron a Roma para el triunfo del general Emilio Paulo, uno de los espectáculos más elaborados que la ciudad había visto jamás.
Tres días de desfiles, arte griego, armas capturadas, prisioneros, tesoros. Perseo desfiló con sus hijos frente a la multitud romana. Los niños eran demasiado pequeños para entender del todo lo que les estaba pasando. Y según cuentan los cronistas, fue esa imagen, esos niños confusos y asustados, la que más emocionó a la multitud romana, porque en ese momento el pueblo de Roma sintió compasión por el vencido.
Perseo murió prisionero en Italia, en una ciudad llamada Alba Futens. No quedaron registros de cómo fueron sus últimos años. Esta vez Roma no dejó el reino intacto. Macedonia fue dividida en cuatro repúblicas separadas con prohibición explícita de comerciar entre sí y de que sus ciudadanos se casaran entre sí.
No fue anexionada todavía, pero fue destruida como potencia. era la eliminación quirúrgica de cualquier posibilidad de que Macedonia volviera a ser una amenaza. Lo que siguió fue una ola de represalias contra quienes Roma consideraba que habían simpatizado con Perseo durante la guerra. Y aquí entra en escena uno de los personajes más interesantes de toda esta historia.
1000 hombres de la Liga Akea, la Federación de Ciudades Estado del Peloponeso, fueron deportados a Italia como rehenes políticos, no como prisioneros. Exactamente. Pero tampoco como hombres libres. Fueron distribuidos entre familias y ciudades italianas, donde vivieron en un limbo legal extraño, lo suficientemente bien tratados como para no morir, lo suficientemente vigilados como para no escapar.
Entre esos 1000 hombres había uno llamado Polivio, hijo de un político destacado de megalópolis, hombre culto, militar experimentado. Polivio tuvo la fortuna o la desgracia. según cómo se mire, de ser asignado a la familia de Emilio Paulo, el general que había ganado en Pitna. Y allí en Roma, en el círculo intelectual más sofisticado de la ciudad, Polivio pasó 17 años observando, conversando, preguntando y tomando notas.
El resultado fue una historia del ascenso romano que sigue siendo 2000 años después uno de los análisis más lúcidos del poder que jamás se han escrito. Bolivio entendió cosas sobre Roma que los propios romanos no habían articulado con esa claridad. Entendió que Roma no era simplemente un estado más poderoso que los demás.
Era un sistema institucional cualitativamente diferente, más resistente a las crisis, más capaz de incorporar a los derrotados como colaboradores, más estable frente a las presiones que destruían a otros estados. Su análisis de la Constitución romana, que combinaba elementos monárquicos en los cónsules, aristocráticos en el Senado y democráticos en las asambleas, sigue siendo un texto fundamental de la ciencia política occidental.
y la ironía que lo envuelve es perfecta. El mejor análisis del imperialismo romano de la antigüedad lo escribió un griego que lo vivió desde dentro como su primera víctima. Mientras Polivio escribía, las consecuencias económicas del nuevo orden romano se hacían sentir en Macedonia. La prohibición de comercio entre las cuatro repúblicas artificiales que los romanos habían creado arruinó a comunidades enteras que dependían del intercambio regional.
El resentimiento creció lentamente, pero sin pausa. En el año 148, ese resentimiento encontró su expresión en un hombre llamado Andrisco, que afirmaba ser hijo ilegítimo de Perseo y reclamaba el trono macedonio. Tenía poco de rey y mucho de aventurero, pero encontró apoyo genuino entre macedonios que simplemente querían volver a hacer algo, volver a tener una identidad política propia.
La revuelta fue sofocada militarmente sin demasiada dificultad, pero esta vez Roma no volvió al sistema anterior. Macedonia fue convertida en provincia romana, la primera provincia romana en suelo europeo fuera de la península ibérica. El experimento de las repúblicas separadas había fracasado. Roma asumiría el coste de administrar directamente el territorio.
Grecia, propiamente dicha, quedó nominalmente libre durante dos años más. Fue quizás el periodo más tenso de toda la relación entre Roma y el mundo griego y terminó de la manera más estúpida que podría haber terminado. La Liga Akea era el principal poder griego del momento. Controlaba la mayor parte del peloponeso y mantenía desde hacía años una tensión creciente con Roma por el estatus de varias ciudades, especialmente Esparta, que los saqueos querían integrar por la fuerza en la Liga.
y Roma, en su rol de árbitro supremo protegía. Las negociaciones en Roma se deterioraron. Los embajadores romanos enviados a Corinto para explicar la posición del Senado fueron recibidos con hostilidad en una asamblea pública. Algunos relatos hablan de insultos, de objetos arrojados, de una humillación deliberada.
Quizás fue exactamente así, quizás fue menos. Lo que importa es que Roma lo interpretó como una declaración de guerra y en el mundo de esa época insultar al embajador de Roma era insultar a Roma. Y insultar a Roma tenía consecuencias que nadie en su sano juicio debería haber querido provocar. El cónsul Lucio Mumio llegó a Grecia en el año 146 con un ejército.
El general Aqueo Critolao había muerto ya en una primera derrota. Su sucesor, un hombre llamado Dieo, hizo lo que pudo con lo que tenía. Movilizó a esclavos liberados, a ciudadanos sin entrenamiento militar, a cualquiera que pudiera sostener un escudo. Era desesperado en el sentido más literal de la palabra.
Sabía lo que se venía. En la batalla del Ismo de Corinto, las fuerzas aqueas fueron aplastadas con una rapidez que ni siquiera puede llamarse batalla en el sentido propio del término. Dieo regresó a Corinto, entró en su casa, mató a su esposa y a sus hijos para que no cayeran prisioneros y se envenenó. Mumio entró en Corinto.
Lo que siguió duró días y quedó grabado en la memoria del mundo mediterráneo como una advertencia que nadie olvidaría en generaciones. Los hombres adultos fueron ejecutados. Las mujeres y los niños fueron vendidos como esclavos en números que las fuentes antiguas calculan en decenas de miles. Las obras de arte de Corinto, que incluían algunas de las piezas más valiosas del mundo helenístico, pinturas, esculturas, objetos de oro y bronce, fueron cargadas en barcos con destino a Roma.
Las casas fueron saqueadas sistemáticamente y finalmente la ciudad fue incendiada. Mumio dejó las ruinas como estaban. Corinto permaneció deshabitada y en ruinas durante exactamente 100 años como un mensaje permanente grabado en piedra quemada para cualquiera que pudiera estar pensando en resistir a Roma. El mismo año en que Corinto ardía en el norte de África, Escipión Emiliano completaba la destrucción de Cartago.
Se dice que mientras la ciudad ardía, Espión lloró consciente de estar contemplando el futuro de Roma en las ruinas de su enemigo el mismo año. En un solo año, los dos polos del mundo mediterráneo rival de Roma desaparecieron simultáneamente. Fue el momento en que el Mediterráneo empezó a convertirse, de hecho, si no todavía de nombre, en lo que los romanos llamarían más tarde mare nostrum, nuestro mar.
Lo que Roma hizo con Grecia después de Corinto no fue, sin embargo, la ocupación brutal que ese episodio podría sugerir si lo tomamos como modelo de lo que vendría. La mayor parte de Grecia no fue organizada inmediatamente como provincia. Atenas conservó su autonomía y sus privilegios. Otras ciudades mantuvieron sus instituciones locales.
Los griegos siguieron hablando griego, practicando sus religiones, organizando sus festivales, escribiendo sus filosofías. La clase dirigente griega aprendió a negociar dentro del sistema romano y muchos encontraron en esa negociación oportunidades de enriquecimiento y poder que el mundo helenístico fragmentado y en guerra permanente no les ofrecía.
La PAX romana tenía un precio real, pero también tenía beneficios reales. Y no todos los griegos consideraron que el precio superaba a los beneficios, pero la dinámica fundamental había cambiado de manera irreversible. Roma tenía el poder de decisión última. Las disputas internas de las ciudades griegas terminaban en apelaciones al Senado romano.
Los procóns romanos administraban los territorios con sus propios intereses y ambiciones. El dinero fluía hacia Roma. Las personas más talentosas de Grecia también. Los filósofos, los retóricos, los médicos, los arquitectos griegos emigraban a Roma porque allí encontraban patronos ricos, audiencias grandes y un mercado cultural en expansión que el mundo griego fragmentado ya no podía ofrecer.
Atenas siguió siendo la universidad del mundo mediterráneo, el lugar donde los jóvenes ricos de Roma iban a completar su educación, pero el centro de gravedad del mundo había cambiado definitivamente de lugar. Y entonces ocurrió algo que nadie había planeado y que resulta ser quizás la parte más fascinante de toda esta historia.
Roma conquistó Grecia y Grecia conquistó a Roma. El poeta Horacio lo resumió en un verso que los romanos repetían con una mezcla de orgullo y cierta incomodidad. Graesia capta Ferum Victorem Sepit. Grecia conquistada conquistó a su feroz vencedor. Era verdad en un sentido tan profundo y tan concreto que resulta casi asombroso. El griego se convirtió en la segunda lengua de la élite romana, casi en lengua de cultura por derecho propio.
Escipión, el africano, el vencedor de Zama, hablaba griego, flamenino lo hablaba. Cicerón, el mayor orador romano, estudió retórica en Atenas y en Rodas y consideraba a los maestros griegos sus modelos intelectuales fundamentales. Julio César, según el relato de Suetonio, pronunció sus últimas palabras en griego cuando vio a Bruto entre sus asesinos.
Marco Aurelio, el filósofo emperador que gobernó Roma en el siglo segundo de nuestra era, escribió sus meditaciones en griego porque consideraba que era el único idioma adecuado para el pensamiento filosófico serio. Los templos romanos adoptaron los órdenes arquitectónicos griegos, el dórico, el jónico, el corintio. Los dioses romanos fueron identificados con los griegos hasta el punto de hacerse casi indistinguibles.
Júpiter era Zeus, Marte era Ares, Venus era Afrodita, Mercurio era Hermes. La mitología griega se convirtió en la mitología romana. La literatura latina comenzó como imitación deliberada y declarada de los modelos griegos y terminó creando algo nuevo y propio que, sin embargo, llevaba la marca indeleble de esa herencia.
Cuando Virgilio escribió la Eneida para dar a Roma una épica fundacional comparable a la Ilíada, no simplemente imitó a Homero, lo incorporó, le respondió, construyó sobre él con plena conciencia de lo que estaba haciendo. La Eneida cuenta la fundación de Roma como el reverso de la destrucción de Troya, Roma como continuadora y heredera legítima de la civilización griega, no como su verdugo.

Era una manera de redimir históricamente una conquista que algunos romanos sentían a cierto nivel como algo moralmente incómodo. Bajo Augusto, en el año 27 anes de Cristo, Grecia recibió su estatuto definitivo dentro del imperio como la provincia de Acaya. Atenas mantuvo privilegios especiales, estatus de ciudad libre, exensión de impuestos, reconocimiento de su papel como centro cultural y educativo del mundo mediterráneo.
Corinto, la ciudad que Mumio había destruido 100 años antes, fue refundada como colonia romana por Julio César en el año 44 y creció rápidamente hasta convertirse en la capital provincial, más romana que griega en su nueva encarnación, pero construida sobre el fantasma de la vieja ciudad. Los emperadores romanos viajaban a Grecia con la misma actitud que los viajeros cultos europeos del Gran Tour adoptarían 19 siglos después.
Una mezcla de devoción, fascinación intelectual y turismo cultural levemente nostálgico. Nerón se presentó a los Juegos Olímpicos como competidor, tocó la lira, compitió en carreras de carros y ganó en todas las categorías en que participó. Que nadie se atreviera a derrotar al emperador romano era evidentemente parte del protocolo.
Adriano era tan obsesivo en su amor por Atenas que los atenienses, con ese sentido práctico que siempre habían demostrado, le llamaron Olimpio y le construyeron un templo. Y Adriano financió la construcción de una biblioteca enorme y un arco triunfal que todavía puede verse en Atenas hoy. Grecia había dejado de ser un campo de batalla para convertirse en un archivo vivo en el depósito sagrado de la civilización que Roma reclamaba como su legado y su herencia.
Y el último acto de esta historia se desarrolló con una simetría que parece demasiado perfecta para ser casual de nuevo en suelo griego. En el año 42 anes de Cristo, en los campos de Filipos en Macedonia, los dos ejércitos que iban a decidir el futuro de Roma se enfrentaron. Por un lado, Bruto y Casio, los republicanos, los asesinos de Julio César, que combatían por la restauración de la República y de un orden político que consideraban el único legítimo.
Por el otro, Marco Antonio y el joven Octavio, los herederos políticos de César. Las guerras civiles de la República Romana llegaron a su fase decisiva en suelo macedonio, en la misma región donde cuatro generaciones antes las legiones habían aplastado a Perseo. Bruto y Casio perdieron, ambos se suicidaron en el campo de batalla.
Dos años después en Axio, frente a las costas del epiro griego, Octavio derrotó a Marco Antonio y a Cleopatra y se convirtió en el único dueño del mundo romano. El escenario de la conquista se convirtió también en el escenario del fin de la República. Y cuando Octavio recibió el título de Augusto y se convirtió en el primer emperador, el mundo que emergió de esa transformación era ya, sin posibilidad de discusión, un mundo greco-latino, no romano con influencias griegas, no griego con una superestructura romana, algo nuevo, algo
que los dos mundos habían producido juntos al colisionar, que ninguno de los dos podría haber creado. Solo. Hay una pregunta que los historiadores llevan siglos debatiendo y que merece plantearse directamente antes de terminar. ¿Fue la conquista romana de Grecia una destrucción o una preservación? La respuesta honesta es que fue las dos cosas al mismo tiempo, en proporciones que variaron enormemente según el lugar, el momento y sobre todo la clase social de quien la viviera.
Para los habitantes de Corinto, en el año 146 fue una catástrofe sin matices, sin redención posible, sin perspectiva histórica que pudiera suavizarla. Para un filósofo ateniense del siglo iero que daba clases a los hijos de senadores romanos y cobraba bien por ello, fue una oportunidad. Para Polivio, el deportado que terminó escribiendo la historia del poder que lo había deportado, fue una experiencia que lo hizo más lúcido sobre el mundo de lo que habría sido si se hubiera quedado en casa.
Para la cultura griega como conjunto fue una transformación radical que, sin embargo, preservó más de lo que destruyó, precisamente porque los conquistadores decidieron con notable coherencia que esa cultura valía la pena de ser preservada, incorporada y reclamada como propia. El latín que con el tiempo se convertiría en español, en francés, en italiano, en portugués, llevaba dentro del vocabulario y la estructura griegos.
El derecho romano, que sigue siendo la base de los sistemas jurídicos de buena parte de Europa y de América Latina, se desarrolló en diálogo constante con la filosofía política griega. El cristianismo, la religión que se extendería por el Imperio Romano y terminaría cambiando el mundo, fue predicado y escrito en griego, en el griego coiné, que el helenismo había extendido como lengua común por todo el Mediterráneo oriental.
Roma venció militarmente, Grecia venció culturalmente. Esa tensión nunca se resolvió del todo. Y de esa tensión sin resolver, de esa síntesis imperfecta y fecunda, salió buena parte de lo que hoy llamamos civilización occidental. Lo que empezó en las colinas de Cinocéfalas con la derrota de la falange macedónica terminó en Bisancio, la ciudad que el emperador Constantino llamó Nueva Roma en el año 330 de nuestra era y donde el griego volvió a ser la lengua del poder, la lengua de la corte, la lengua de la Iglesia. Siglos después de que las
primeras legiones romanas cruzaran el Adriático por primera vez, el círculo se cerró, aunque tardó 800 años en cerrarse. Y aunque lo que quedó dentro de ese círculo era algo que ni los griegos de sinocéfalas ni los romanos de Canas habrían reconocido del todo como propio, aunque quizás si hubieran mirado con suficiente atención habrían encontrado en ello algo que les pertenecía a ambos. M.