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El Fín de la Grecia Clásica: Cómo el Imperio Romano Conquistó Grecia

En el verano del año 216 ates de Cristo, un mensajero llegó a Roma con una noticia que nadie quería creer. Cerca de un pueblo llamado Canas, en el sureste de Italia, el ejército más grande que Roma había reunido hasta entonces acababa de ser destruido en una sola tarde. Casi 50,000 soldados muertos en un solo día.

 Los cónsules que los comandaban muertos también. Los supervivientes dispersos por los campos de Apulia sin saber hacia dónde huir. Hubo un momento en que el Senado romano no supo qué decir. Las crónicas cuentan que senadores veteranos, hombres que habían visto guerras y crisis, se quedaron en silencio durante minutos. Nadie tomaba la palabra.

 Fuera del edificio, las madres esperaban noticias de sus hijos. Muchas ya no iban a recibirlas. Aníbal Barca llevaba dos años en Italia. Había cruzado los Alpes con elefantes. Había derrotado a Roma en el Tesino, en la Trevia, en el lago Trasimeno. Cada vez que Roma le enviaba un ejército, Aníbal lo destruía.

 Y ahora Canas, la mayor derrota militar de la historia romana hasta ese momento. Una derrota tan absoluta, tan perfecta en su ejecución táctica. que los historiadores militares la siguen estudiando. 2200 años después. Cartago dominaba el sur de Italia. Ciudades aliadas de Roma empezaban a cambiar de bando. La situación era desesperada.

 A 3000 km al este, el mundo griego observaba y algunos lo hacían con esperanza. Filipo V de Macedonia vio en ese momento la oportunidad que llevaba años esperando. Roma, la potencia emergente del Mediterráneo occidental, estaba de rodillas. Si Cartago la terminaba de hundir, el equilibrio del mundo mediterráneo quedaría despejado para Macedonia.

Filipo firmó un pacto con Aníbal en el año 215. Era una alianza lógica. era en retrospectiva uno de los errores estratégicos más costosos de la historia antigua, porque Roma no cayó. 70 años después de ese pacto, el último rey macedonio sería llevado encadenado por las calles de Roma en el mayor desfile triunfal que la ciudad había celebrado jamás.

 La gente se subía a los tejados para verlo pasar. Sus hijos desfilaban junto a él sin entender del todo lo que estaba ocurriendo. Y 100 años después de eso, el mundo griego entero, desde las costas del Adriático hasta las orillas del Ejeo, desde los valles de Macedonia hasta el Peloponeso, sería una provincia romana. Esto es la historia de cómo pasó eso.

 No fue un golpe único, no fue una decisión tomada en una sala del Senado una tarde cualquiera. Fue un proceso largo, extraño, lleno de contradicciones, de guerras que Roma decía no querer y de victorias que no siempre sabía cómo administrar. un proceso en el que los vencidos terminaron conquistando a sus vencedores de una manera que nadie había planeado ni previsto.

 Para entender cómo Roma llegó a Grecia, hay que entender primero qué era Grecia en ese momento. Porque cuando decimos Grecia en el siglo tercero antes de Cristo, no estamos hablando de un país unificado. Estamos hablando de un mosaico político extraordinariamente complejo que Alejandro Magno había puesto en marcha décadas antes y que tras su muerte prematura nadie había logrado volver a unir.

 El mundo helenístico que Alejandro dejó al morir en Babilonia en el año 323 era un mundo en guerra permanente. sus generales, los llamados diáos, los sucesores, se habían pasado décadas matándose entre sí para repartirse el imperio. Y para cuando llegamos al siglo tercero, el mapa quedaba así. Macedonia controlaba el norte de Grecia y ejercía una influencia intimidatoria sobre buena parte del mundo griego continental.

Los celédas gobernaban un territorio enorme que iba desde Siria hasta las fronteras de la India. Los poltlomeos controlaban Egipto y se habían convertido en los mecenas culturales del mundo helenístico con Alejandría como su capital espléndida. Y luego estaban decenas de entidades más pequeñas. El reino de Pérgamo en Anatolia, la isla de Rodas con su poderosa flota, Esparta con su orgullo militar intacto, pero su poder real disminuido.

 Atenas con su peso cultural inmenso, pero su influencia política bastante reducida. La liga Etolia, la liga akea, era un sistema caótico, vibrante, intelectualmente extraordinario y políticamente inestable. Las alianzas cambiaban de un año para otro. Las guerras eran casi constantes, pero raramente definitivas. Ninguna potencia era lo suficientemente dominante como para imponer un orden duradero sobre todas las demás.

Roma conocía ese mundo desde hacía tiempo. Tenía relaciones comerciales con las ciudades griegas del sur de Italia, con Sicilia, con el Adriático. Pero intervenir militarmente en los asuntos del ejeo era una empresa completamente distinta. Y Roma hasta la Segunda Guerra Púnica, tenía más que suficiente con sus propios problemas en el Mediterráneo occidental.

Lo que cambió todo fue Aníbal. 16 años duró la Segunda Guerra Púnica. 16 años en los que un general cartaginés recorrió Italia de norte a sur, ganando batallas con una regularidad que habría destruido a cualquier estado normal. Y Roma no era un estado normal. Cada derrota, en lugar de quebrarla, parecía endurecerla.

 Cada ciudad aliada que desertaba la obligaba a repensar y reforzar su sistema de alianzas. Cada año de guerra aceleraba la profesionalización del ejército y la centralización de las instituciones. Hay algo que los historiadores han señalado repetidamente sobre Roma en esos años y que resulta casi difícil de creer. Después de Canas, con el ejército destruido y Aníbal a pocas jornadas de marcha de la ciudad, el Senado romano no negoció, no envió embajadores, no pidió condiciones, declaró luto, reorganizó las legiones y continuó la guerra.

Eso nos dice algo fundamental sobre el tipo de estado que era Roma, sobre la profundidad de su cohesión institucional, sobre algo en su cultura política que los hacía cualitativamente diferentes a casi todo lo que existía en ese momento. Cuando Espión cruzó a África y derrotó a Aníbal en Sama en el año 202, Roma emergió de esa guerra transformada.

Tenía un ejército veterano enorme, probado en 16 años de combate continuo, sin una misión clara para el tiempo de paz. Tenía una clase dirigente que había aprendido a pensar en términos estratégicos que iban mucho más allá del lacio o de la península itálica y tenía una cuenta pendiente con Macedonia. Filipo V había firmado ese pacto con Aníbal en el 215. Roma lo recordaba.

 La primera guerra macedónica que se desarrolló entre el 214 y el 205 fue un conflicto secundario. Roma no podía permitirse abrir un frente serio al otro lado del Adriático mientras Aníbal seguía en Italia. Operó principalmente a través de la Liga Etolia, que aportó las tropas terrestres mientras Roma contribuía con su flota.

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