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Una monja fue quemada viva por defender a la Virgen de Guadalupe… Pero Ella mostró su poder

 

Me llamo Fray Miguel de la Torre, sacerdote misionero de la Orden de la Santa Cruz. Y aunque llevo más de 20 años recorriendo pueblos olvidados de México, jamás había vivido nada comparable a lo que sucedió aquel otoño en las montañas de Oaxaca. No lo cuento para llamar la atención ni para despertar temor.

 

De pronto, una figura femenina se materializó entre las brumas. No podía ver su rostro, pero su presencia irradiaba una paz imposible de describir. Cuando habló su voz, sonó como agua que cae suavemente de un manantial. Miguel, van a necesitarte. Donde la fe está herida, donde el fuego quiere levantarse, allí deberás ir tú.

Desperté de golpe. El corazón me latía como un tambor. No entendía el mensaje, pero me marcó el alma. Tres días después, mientras ayudaba a acomodar unas cajas con medicinas donadas, escuché la voz temblorosa de una anciana detrás de mí. Padre, la señora del Tepeella está llamando. Me giré sorprendido. Era una mujer de rostro surcado por arrugas profundas, ojos negros y brillantes, apenas sostenida por un bastón.

Antes de que pudiera preguntarle quién era, tomó mis manos con fuerza inesperada y murmuró, “Muy pronto su fe será probada. No tenga miedo. Ella lo cubrirá con su manto. Quise pedirle que explicara, pero la mujer se persignó y salió del convento. Al llegar a la calle desapareció entre la multitud como si nunca hubiese estado allí.

Nadie la había visto entrar, nadie la vio salir. Esa misma semana recibí una carta del arzobispo. El sello rojo de la arquidiócesis aún estaba fresco. Al abrirla un escalofrío, recorrió mi espalda Fray Miguel. Lo designó para una misión urgente en un poblado remoto de Oaxaca llamado Santa Esperanza del Monte.

No hay sacerdote residente allí desde hace casi 20 años. Me ha llegado el informe de tensiones peligrosas entre grupos locales. Creo que usted es el indicado. Vayase cuanto antes. Santa Esperanza del Monte. Jamás había escuchado ese nombre. No aparecía en los mapas comunes ni en las rutas misioneras habituales.

Pregunté a un par de frailes veteranos y ninguno lo conocía. Era como si el pueblo existiera fuera del tiempo. Partí al amanecer. Llevaba lo esencial mi breviario, una Biblia ya gastada, una pequeña lámpara de aceite y una estampita de la Virgen de Guadalupe que me había acompañado desde mi ordenación.

 El autobús que me conducía hacia el sur avanzaba lento, jadeante, como si las montañas quisieran impedir nuestro paso. A través de la ventana empañada vi campos de maíz, laderas secas, caminos de terracería que se perdían en la nada. En una parada improvisada, un vendedor de frutas se me acercó.

 Era un anciano de piel oscura, mirada profunda e inquietante. “¿Usted es el padre que va para las montañas?”, preguntó sin titubear. Me quedé inmóvil. Sí, ¿cómo lo sabe? El hombre sonrió con tristeza. Porque allá arriba lo están esperando, la monja y el fuego. Antes de que pudiera pedirle explicaciones, se alejó entre los puestos como si el viento mismo se lo hubiera llevado.

 A medida que el autobús avanzaba hacia las alturas, la niebla se hacía más densa, el aire más frío y el silencio más extraño. Algo se movía en las sombras del bosque, algo que observaba, que vigilaba, que esperaba. Y mientras el vehículo trepaba por los caminos de tierra, yo tuve la certeza profunda, dolorosa y luminosa de que me dirigía hacia una prueba que cambiaría para siempre mi vida.

 Y la vida de una mujer santa, que aún no conocía Sor Lucía, la que sería condenada al fuego por defender a la madre de Dios. Cuando por fin llegamos al punto donde el autobús ya no podía avanzar, el conductor apagó el motor y dijo en voz baja sin mirarme a los ojos. Aquí termina el camino, padre. Lo que sigue ya no es territorio del gobierno.

Vaya con Dios, porque por allá nadie más lo va a acompañar. Sus palabras me congelaron por dentro. Coloqué mi maleta al hombro y descendí. El aire era frío, húmedo, perfumado a resina de pino y tierra mojada. A lo lejos, apenas visible entre la bruma, se levantaba un sendero estrecho que se perdía dentro del bosque.

 No había señalización, ni casas, ni ruido humano, solo silencio. El tipo de silencio que pesa como una amenaza. Caminé durante casi dos horas siguiendo a tientas un sendero que subía y bajaba sin lógica. A veces la neblina era tan espesa que no podía ver mis propios pies. Las raíces de los árboles parecían manos tratando de sujetarme.

El viento helado silvaba, pero no de manera natural. Era como si arrastrara voces murmullos casi imperceptibles. Justo cuando pensé que estaba perdido, escuché el sonido débil de una campana. Una sola nota triste y apagada. Seguí avanzando y entre los troncos y la bruma apareció finalmente un pequeño conjunto de casas de adobe.

 Así llegué a Santa Esperanza del Monte. El nombre resultaba irónico. Aquel lugar parecía carecer por completo de esperanza. Las pocas personas en las calles evitaron mirarme. Algunas cerraron las ventanas con brusquedad al verme pasar. Un hombre joven escupió al suelo y murmuró con rabia. Otro más que viene a meterse donde no lo llaman.

 Sentí un nudo en el estómago, pero continué sin responder. La iglesia se alzaba en el centro del pueblo, una construcción antigua con paredes ennegrecidas por humedad y descuido. La puerta principal estaba entreabierta como si nadie se hubiera atrevido a cerrarla por completo. Entré. El interior olía a polvo madera podrida y algo más, un aroma metálico como de ceniza vieja.

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