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Predicaba que María tuvo más hijos… hasta que un rabino JUDÍO me explicó “hermanos” en arameo

Hermano Mateo, gracias por defender la verdad. Nadie explica el griego como usted. Los católicos no tienen respuesta para esto. Recuerdo la primera vez que usé el argumento de los adelfos en público. Fue en 2012, en un parque cerca de mi casa, donde un grupo de católicos había organizado una procesión mariana. Yo tenía 32 años.

 Entonces acababa de terminar mi segundo curso intensivo de griego por internet. y estaba convencido de que tenía las herramientas para demostrar los errores doctrinales del catolicismo. Me acerqué a uno de los organizadores, un hombre de unos 50 años con una imagen de la Virgen de Luján en las manos y le pregunté, “¿Por qué venera a María como si no hubiera tenido más hijos?” El hombre me miró confundido.

 María fue siempre virgen. Dijo con simplicidad, es parte de nuestra fe. Yo saqué mi Nuevo Testamento griego del bolso. Lo abrí en Mateo 13:55 y le señalé la palabra. Ve esto. Adelfos significa hermano de sangre. Si Mateo hubiera querido decir primo, habría usado a Nepsios, pero usó adelfos. María tuvo otros hijos.

 El hombre se quedó en silencio sin saber qué responder. Yo sentí una oleada de satisfacción. Había ganado. Mi conocimiento del griego había derrotado su fe tradicional. Esa noche le conté a Carolina sobre el encuentro. Ella aplaudió. Mateo, sos brillante. Ojalá hubiera alguien como vos cuando yo era católica.

 Me habría ahorrado años de confusión. Sus palabras me inflaron. Yo era su héroe intelectual, el hombre que le había mostrado la verdad. Ese rol se convirtió en parte central de nuestra dinámica matrimonial. Yo era el maestro, ella la estudiante agradecida, pero antes de llegar a a ese punto que trabajar duro para ganarme esa posición.

 Cuando conocí a Carolina en 2010, ella tenía 23 años y trabajaba como secretaria en una clínica odontológica. Era católica practicante. Iba a misa todos los domingos con su madre, Graciela, y tenía un rosario que había pertenecido a su abuela, colgado en el espejo retrovisor de su auto. Yo tenía 30 años, estaba empezando mi canal de YouTube y acababa de terminar un curso online de griego bíblico que me había costado 6 meses de salario.

Nuestro primer encuentro fue en una librería cristiana del centro de Córdoba. Yo estaba buscando un léxico griego español más completo que el que tenía y ella estaba ojeando biblias. Empezamos a hablar sobre traducciones. Ella me preguntó si la traducción que tenía su familia, la Biblia de Jerusalén, era buena.

 Yo le dije que era una traducción católica con notas apologéticas sesgadas. ¿Por qué no usas una traducción más fiel al original? Le pregunté. Como la Reina Valera o la Biblia de las Américas. Ella pareció intrigada. Hay diferencias importantes. Yo sonreí. Esta era mi oportunidad. Enormes diferencias. Por ejemplo, en Mateo 1:25, algunas traducciones católicas tratan de suavizar el hecho de que José no conoció a María hasta que dio a luz a Jesús.

 El griego es claro, Heos. Significa que después sí la conoció. Carolina frunció el seño, pero eso contradice lo que me enseñaron. Yo asentí, por eso necesitas leer el texto en su idioma original o al menos una traducción honesta. Le di mi número de teléfono ese día. Si querés aprender más sobre lo que realmente dice la Biblia, te invito a los estudios bíblicos que hago en mi casa los miércoles.

 Ella dudó, pero tres semanas después apareció. llegó con su Biblia de Jerusalén bajo el brazo, nerviosa, sentándose en el borde del sofá de mi sala. Esa noche estaba enseñando sobre la justificación por fe, usando Romanos y Gálatas. Expliqué como el griego de Pablo era claro. Somos salvos por fe sola, no por obras. Las referencias católicas a Santiago 2 B24 son malinterpretadas porque no entienden el contexto.

 Carolina escuchó con atención. Al final se acercó a mí. Nunca escuché estas cosas en la iglesia, dijo. Mi párroco nunca habla del griego. Yo le puse una mano en el hombro porque la Iglesia Católica no quiere que la gente lea la Biblia por sí misma. Quieren que confíes en su tradición, en su magisterio, en lugar de confiar en la palabra de Dios.

 Vi algo cambiar en sus ojos esa noche. Duda, curiosidad, el comienzo de lo que se convertiría en su salida del catolicismo. Durante los siguientes 6 meses, Carolina vino a todos los estudios bíblicos. Trajo su Biblia de Jerusalén las primeras veces, pero luego compró una Reina Valera. 1960 que yo le recomendé. empezó a hacer preguntas sobre la misa, sobre los santos, sobre el purgatorio.

Yo tenía respuestas para todo. La misa es una repetición antibíblica del sacrificio de Cristo. Los santos no pueden escuchar nuestras oraciones porque no son omniscientes. El purgatorio no existe en ninguna parte del Nuevo Testamento griego. Cada respuesta que yo daba era acompañada por referencias al texto griego.

 Mirá, Carolina, la palabra griega aquí es te leo, que significa completado, finalizado. Jesús en la cruz dijo, “Consumado es. Tetelestayái, tiempo perfecto del verbo te leo. El sacrificio está completo, no necesita ser repetido en la misa.” Ella asentía, tomaba notas, cuestionaba cada vez más su fe católica.

 Su madre, Graciela notó el cambio. Empezaron a tener discusiones los domingos cuando Carolina decía que no quería ir a misa. “Carolina, ¿qué te está pasando?”, le preguntaba Graciela. “¿Es ese hombre, verdad? Ese Mateo, te está llenando la cabeza con ideas protestantes.” Carolina defendía mi enseñanza. Mamá, él solo me está mostrando lo que dice la Biblia, cosas que el padre Esteban nunca me enseñó. Graciela lloraba.

 Estás abandonando la fe de tus abuelos, de tus bisabuelos. Esto es una traición. Cuando Carolina me contó sobre estas discusiones, yo le dije, “Es normal, la verdad siempre causa división. Jesús mismo dijo que vino a traer espada, no paz. Tu mamá está aferrada a tradiciones humanas.

 Vos estás eligiendo la palabra de Dios. Mis palabras la fortalecían para seguir resistiendo la presión familiar. 6 meses después de conocernos, Carolina dejó de asistir a misa. Graciela dejó de hablarle durante dos semanas. El tío de Carolina, un diácono en su parroquia, vino a mi casa para confrontarme. “Usted le lavó el cerebro a mi sobrina”, me dijo con el dedo apuntándome.

 Ella era una buena católica hasta que lo conoció. Yo mantuve la calma. Señor, yo no le lavé el cerebro a nadie. Solo le mostré lo que dice la Biblia en su idioma original. Si eso la llevó a cuestionar su catolicismo, es porque el catolicismo no puede sostenerse frente al escrutinio bíblico. El tío de Carolina se fue furioso. Carolina lloró esa noche en mis brazos.

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