Hermano Mateo, gracias por defender la verdad. Nadie explica el griego como usted. Los católicos no tienen respuesta para esto. Recuerdo la primera vez que usé el argumento de los adelfos en público. Fue en 2012, en un parque cerca de mi casa, donde un grupo de católicos había organizado una procesión mariana. Yo tenía 32 años.
Entonces acababa de terminar mi segundo curso intensivo de griego por internet. y estaba convencido de que tenía las herramientas para demostrar los errores doctrinales del catolicismo. Me acerqué a uno de los organizadores, un hombre de unos 50 años con una imagen de la Virgen de Luján en las manos y le pregunté, “¿Por qué venera a María como si no hubiera tenido más hijos?” El hombre me miró confundido.
María fue siempre virgen. Dijo con simplicidad, es parte de nuestra fe. Yo saqué mi Nuevo Testamento griego del bolso. Lo abrí en Mateo 13:55 y le señalé la palabra. Ve esto. Adelfos significa hermano de sangre. Si Mateo hubiera querido decir primo, habría usado a Nepsios, pero usó adelfos. María tuvo otros hijos.
El hombre se quedó en silencio sin saber qué responder. Yo sentí una oleada de satisfacción. Había ganado. Mi conocimiento del griego había derrotado su fe tradicional. Esa noche le conté a Carolina sobre el encuentro. Ella aplaudió. Mateo, sos brillante. Ojalá hubiera alguien como vos cuando yo era católica.
Me habría ahorrado años de confusión. Sus palabras me inflaron. Yo era su héroe intelectual, el hombre que le había mostrado la verdad. Ese rol se convirtió en parte central de nuestra dinámica matrimonial. Yo era el maestro, ella la estudiante agradecida, pero antes de llegar a a ese punto que trabajar duro para ganarme esa posición.
Cuando conocí a Carolina en 2010, ella tenía 23 años y trabajaba como secretaria en una clínica odontológica. Era católica practicante. Iba a misa todos los domingos con su madre, Graciela, y tenía un rosario que había pertenecido a su abuela, colgado en el espejo retrovisor de su auto. Yo tenía 30 años, estaba empezando mi canal de YouTube y acababa de terminar un curso online de griego bíblico que me había costado 6 meses de salario.
Nuestro primer encuentro fue en una librería cristiana del centro de Córdoba. Yo estaba buscando un léxico griego español más completo que el que tenía y ella estaba ojeando biblias. Empezamos a hablar sobre traducciones. Ella me preguntó si la traducción que tenía su familia, la Biblia de Jerusalén, era buena.
Yo le dije que era una traducción católica con notas apologéticas sesgadas. ¿Por qué no usas una traducción más fiel al original? Le pregunté. Como la Reina Valera o la Biblia de las Américas. Ella pareció intrigada. Hay diferencias importantes. Yo sonreí. Esta era mi oportunidad. Enormes diferencias. Por ejemplo, en Mateo 1:25, algunas traducciones católicas tratan de suavizar el hecho de que José no conoció a María hasta que dio a luz a Jesús.
El griego es claro, Heos. Significa que después sí la conoció. Carolina frunció el seño, pero eso contradice lo que me enseñaron. Yo asentí, por eso necesitas leer el texto en su idioma original o al menos una traducción honesta. Le di mi número de teléfono ese día. Si querés aprender más sobre lo que realmente dice la Biblia, te invito a los estudios bíblicos que hago en mi casa los miércoles.
Ella dudó, pero tres semanas después apareció. llegó con su Biblia de Jerusalén bajo el brazo, nerviosa, sentándose en el borde del sofá de mi sala. Esa noche estaba enseñando sobre la justificación por fe, usando Romanos y Gálatas. Expliqué como el griego de Pablo era claro. Somos salvos por fe sola, no por obras. Las referencias católicas a Santiago 2 B24 son malinterpretadas porque no entienden el contexto.
Carolina escuchó con atención. Al final se acercó a mí. Nunca escuché estas cosas en la iglesia, dijo. Mi párroco nunca habla del griego. Yo le puse una mano en el hombro porque la Iglesia Católica no quiere que la gente lea la Biblia por sí misma. Quieren que confíes en su tradición, en su magisterio, en lugar de confiar en la palabra de Dios.
Vi algo cambiar en sus ojos esa noche. Duda, curiosidad, el comienzo de lo que se convertiría en su salida del catolicismo. Durante los siguientes 6 meses, Carolina vino a todos los estudios bíblicos. Trajo su Biblia de Jerusalén las primeras veces, pero luego compró una Reina Valera. 1960 que yo le recomendé. empezó a hacer preguntas sobre la misa, sobre los santos, sobre el purgatorio.
Yo tenía respuestas para todo. La misa es una repetición antibíblica del sacrificio de Cristo. Los santos no pueden escuchar nuestras oraciones porque no son omniscientes. El purgatorio no existe en ninguna parte del Nuevo Testamento griego. Cada respuesta que yo daba era acompañada por referencias al texto griego.
Mirá, Carolina, la palabra griega aquí es te leo, que significa completado, finalizado. Jesús en la cruz dijo, “Consumado es. Tetelestayái, tiempo perfecto del verbo te leo. El sacrificio está completo, no necesita ser repetido en la misa.” Ella asentía, tomaba notas, cuestionaba cada vez más su fe católica.
Su madre, Graciela notó el cambio. Empezaron a tener discusiones los domingos cuando Carolina decía que no quería ir a misa. “Carolina, ¿qué te está pasando?”, le preguntaba Graciela. “¿Es ese hombre, verdad? Ese Mateo, te está llenando la cabeza con ideas protestantes.” Carolina defendía mi enseñanza. Mamá, él solo me está mostrando lo que dice la Biblia, cosas que el padre Esteban nunca me enseñó. Graciela lloraba.
Estás abandonando la fe de tus abuelos, de tus bisabuelos. Esto es una traición. Cuando Carolina me contó sobre estas discusiones, yo le dije, “Es normal, la verdad siempre causa división. Jesús mismo dijo que vino a traer espada, no paz. Tu mamá está aferrada a tradiciones humanas.
Vos estás eligiendo la palabra de Dios. Mis palabras la fortalecían para seguir resistiendo la presión familiar. 6 meses después de conocernos, Carolina dejó de asistir a misa. Graciela dejó de hablarle durante dos semanas. El tío de Carolina, un diácono en su parroquia, vino a mi casa para confrontarme. “Usted le lavó el cerebro a mi sobrina”, me dijo con el dedo apuntándome.
Ella era una buena católica hasta que lo conoció. Yo mantuve la calma. Señor, yo no le lavé el cerebro a nadie. Solo le mostré lo que dice la Biblia en su idioma original. Si eso la llevó a cuestionar su catolicismo, es porque el catolicismo no puede sostenerse frente al escrutinio bíblico. El tío de Carolina se fue furioso. Carolina lloró esa noche en mis brazos.
Perdí a mi familia por esto. Dijo, “Vale la pena.” Le respondí, “Ganaste la verdad. Ganaste a Cristo. La familia que no entiende eso no merece tu lealtad. Ahora, años después, esas palabras me atormentan. Tenía derecho a decirle eso. Tenía derecho a causarle esa fractura familiar basado en mi interpretación del griego.
Nos casamos en abril de 2011 en nuestra congregación Iglesia Bíblica Nueva Vida. La familia de Carolina no asistió. Solo vinieron dos primas lejanas que tampoco eran muy religiosas. Yo invité a mis padres que vinieron con evidente incomodidad. Mi madre, católica no practicante, me había dicho semanas antes, Mateo, no podés casarte en la iglesia como la gente normal.
Yo le expliqué que las iglesias católicas no eran verdaderas iglesias, que eran instituciones humanas sin autoridad bíblica. Ella no entendió, pero vino de todos modos. El pastor Héctor ofició la ceremonia, Fue simple, sin rituales elaborados, centrada en la lectura de Efesios 5 sobre el matrimonio cristiano. Carolina estaba hermosa con un vestido blanco simple que compramos en una tienda del centro.
Yo usé un traje gris que había sido de mi padre. Hubo como 50 personas en total, todos de la congregación. Después comimos empanadas y tomamos gaseosas en el salón del fondo del local. Esa noche, en nuestro departamento alquilado de dos ambientes en barrio Hüemes, Carolina lloró. “Debería estar feliz”, dijo.
“Es mi noche de bodas, pero extraño a mi mamá, extraño a mi familia. Yo la abracé. Van a volver. Cuando vean cuán felices somos, cuando vean que tu fe es genuina, van a entender.” Era una promesa que no pude cumplir. Graciela nunca volvió. El tío diácono nunca volvió. Carolina había perdido su familia y yo era responsable. Los primeros años de matrimonio fueron buenos, al menos externamente.
Ezequiel nació en 2012, Ana en 2014. Mi canal de YouTube crecía, mi reputación como apologista crecía. La gente me buscaba después de los cultos para hacerme preguntas. Hermano Mateo, ¿cómo respondo cuando me dicen que Pedro fue el primer papa? Hermano Mateo, ¿es cierto que los católicos adoran a María? Yo respondía con paciencia, citando el griego, mostrándoles que tenía las respuestas.
Carolina se ocupaba de los niños mientras yo estudiaba. Algunas noches, cuando ella estaba cansada y pedía ayuda, yo le decía, “Dame una hora más. Estoy en medio de un análisis importante de In Corintios. Ella suspiraba, pero accedía. Los niños eran su responsabilidad. El ministerio era el mío.
Esa división no la cuestionamos en ese momento. Era natural. Yo era el maestro, ella la cuidadora. Mi biblioteca crecía cada año. Gastaba gran parte de mi salario en libros de gramática griega, léxicos, comentarios exegéticos. Carolina a veces miraba los recibos de las compras y fruncía el seño. Mateo, realmente necesitas otro léxico.
Ya tenés tres. Yo le explicaba que cada léxico tenía matices diferentes, que un buen estudioso de las escrituras necesitaba múltiples herramientas. Es una inversión en el reino, le decía. Y ella aceptaba, aunque veía preocupación en sus ojos cuando revisaba nuestra cuenta bancaria. El argumento de los adelfos era mi favorito.
Lo había perfeccionado durante años. Abría mi Nuevo Testamento griego, señalaba Mateo 13556 y leía, “¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Jacobo, José, Simón y Judas? ¿Y no están todas sus hermanas con nosotros?” Entonces hacía una pausa dramática y declaraba, “La palabra que aquí se traduce como hermanos es Adelfos, que en griego significa hermano de sangre, hermano carnal.
” Si el evangelista hubiera querido decir primos, habría usado la palabra anepcios, que existe en el griego y se usa en Colosenses en Wat. Pero no lo hizo. Usó a Delfos. La conclusión es inescapable. María tuvo otros hijos. Este argumento era devastador en los debates. Los católicos que enfrentaba no sabían griego.
Recurrían a explicaciones teológicas vagas, a la tradición, al magisterio de la Iglesia. Pero yo tenía el texto original de mi lado. La gramática no miente, la morfología no se negocia, el léxico es objetivo y yo lo dominaba. Recuerdo un debate particularmente satisfactorio en 2016. Fue en una universidad pública de Córdoba, organizado por el grupo de estudiantes cristianos.
El tema era María en la Biblia, Virgen perpetua o madre de familia. Mi oponente era un profesor de teología de un seminario católico, el Dr. Vicente Morales, un hombre de 60 años con 30 años de experiencia enseñando mariología. El auditorio estaba lleno, quizás 200 personas, la mitad católicos, la mitad evangélicos.
Yo llegué con mi Nuevo Testamento griego y mi confianza inquebrantable. El doctor Morales llegó con una Biblia, Nakar Colunga y una colección de citas patrísticas. Él habló primero durante 20 minutos explicando la doctrina católica de la perpetua virginidad de María. Citó el protoevangelio de Santiago, un texto apócrifo del siglo segundo que presenta a los hermanos de Jesús como hijos de un matrimonio anterior de José.
citó a Jerónimo, a Agustín, al Concilio de Letrán. Su presentación fue académica, calmada, llena de referencias históricas. Cuando fue mi turno, ataqué inmediatamente. Drctor Morales, con todo respeto, usted ha citado tradiciones, documentos apócrifos y padres de la Iglesia, pero no ha citado el texto griego del Nuevo Testamento.
Y ahí está el problema. La doctrina católica de la perpetua virginidad no viene de la Biblia, viene de tradiciones humanas posteriores. Abrí mi Nuevo Testamento griego. Mateo 13:55. Adelfoy aou. Sus hermanos, no sus primos, no sus parientes lejanos, sus hermanos. Expliqué durante 15 minutos la diferencia entre adelfos y anepsios.
Proyecté en la pantalla dos palabras en griego. Mostré Colosenses 4:10, donde Pablo usa anepcios para decir primo. Si Mateo hubiera querido decir que Jesús tenía primos, habría usado esta palabra, pero usó adelfos. El caso está cerrado. El drctor Morales respondió con calma que me irritó. Hermano Mateo, su argumento lingüístico es interesante, pero ignora el contexto cultural.
En la Septoaginta, que era la Biblia que usaban los apóstoles, Adelfos se usa frecuentemente para parientes que no son hermanos carnales. Génesis 13:8. Abraham llama a Lot su adelfos, aunque Lot era su sobrino. Génesis 29:15. Labán llama a Jacob su adelfos, aunque Jacob era su sobrino. El griego de la Septo está traduciendo el hebreo a que significa hermano, pero también pariente cercano.
Yo ya tenía mi respuesta preparada. Dr. Morales. La Septoaginta fue traducida siglos antes de Cristo por judíos alejandrinos, cuyo griego era impreciso. Para él tiempo del Nuevo Testamento, el griego Coiné había desarrollado vocabulario más específico. Los evangelistas no estaban limitados por el griego primitivo de la Septuaginta.
Tenían palabras precisas, disponibles y las usaron. El debate continuó durante una hora más. Cada vez que él citaba tradición o contexto cultural, yo respondía con gramática griega. Al final, el moderador pidió al auditorio que votara quién había presentado el mejor argumento. La sala se dividió casi exactamente por la mitad.
Los evangélicos votaron por mí, los católicos por él. Técnicamente fue un empate, pero yo lo consideré una victoria. había demostrado que podía sostener mi posición frente a un teólogo con doctorado. Esa noche, en el viaje de regreso a casa, repasé mentalmente cada intercambio. Había momentos donde el doctor Morales había planteado puntos que no pude refutar completamente.
Su argumento sobre la Septuaginta era más fuerte de lo que admití públicamente, pero lo descarté. Él era católico, tenía que defender su doctrina. Yo tenía el texto griego de mi lado. Carolina notó mi estado de ánimo cuando llegué. ¿Cómo estuvo? Preguntó. Bien, dije. Fue bien. El tipo era inteligente, pero la verdad ganó.
No quise entrar en detalles sobre los puntos donde me había sentido menos seguro. Mantener la imagen de autoridad infalible era importante. Los domingos después del culto, varios hermanos de la congregación se acercaban para hacerme preguntas. Hermano Mateo, mi compañero de trabajo es católico y dice que Pedro fue el primer papa.
¿Qué le respondo? Preguntaba un ingeniero llamado Rodrigo. Yo respondía con paciencia pedagógica. Dile que la palabra papa no existe en el Nuevo Testamento, que Jesús llamó a Pedro piedra pequeña, Petros, mientras que sobre la roca grande, Petra, que es la confesión de fe de Pedro, edificaría su iglesia. El juego de palabras en griego demuestra que Pedro no es el fundamento de la iglesia. El fundamento es Cristo.
Rodrigo asentía, tomaba notas en su celular, se iba satisfecho y yo me sentía útil, necesario. Estaba equipando a los santos para la obra del ministerio, como dice Efesios 4:12. Mi conocimiento lingüístico era un don que Dios me había dado para defender su verdad contra la distorsión romanista, pero había señales de problemas que ignoré.
En 2018, un seminarista católico dejó un comentario en uno de mis videos sobre Mateo 1:25. Decía, “Hermano Mateo, su análisis de Jeos es incorrecto. La palabra no siempre implica cambio de estado posterior. Vertuundo Samuel 6:23. En la Septuaginta, Mical no tuvo hijos hasta el día de su muerte. Obviamente no tuvo hijos después de morir.
Heos simplemente indica el periodo de tiempo que el escritor quiere enfatizar sin necesariamente implicar cambio posterior. Leí el comentario tres veces. Busqué Dunem Samuel 6:23 en mi Septoaginta griega. El seminarista tenía razón. El texto dice que Mical no tuvo hijos Jeos gemeras zanatoues hasta el día de su muerte.
El uso de Jeos aquí claramente no implica que tuvo hijos después de morir, lo cual significaba que Jeos en Mateo 1:25 tampoco necesariamente implicaba que José conoció a María después del nacimiento de Jesús. Sentí una incomodidad en mi estómago. Busqué otros usos de geos en la Septuaginta. Encontré varios casos donde la palabra no implicaba cambio posterior, pero en lugar de reconsiderar mi argumento, lo racionalicé.
Estos son casos excepcionales”, me dije. El contexto de Mateo es diferente. Borré el comentario del seminarista y seguí adelante. En casa, después de cenar, ¿no? Yo pasaba dos o tres horas en mi escritorio rodeado de libros de gramática griega, léxicos, comentarios exegéticos. Carolina se acostaba temprano con los niños y yo seguía estudiando.
Tenía una biblioteca personal de más de 300 volúmenes sobre lenguas bíblicas, la mayoría comprados con el dinero que no gastábamos en vacaciones o salidas. Carolina nunca se quejaba abiertamente. Ella entendía que este trabajo era importante, que estábamos rescatando almas del error. Pero una noche en 2019, después de que compré cinco libros más por un total de 4000 pes, Carolina finalmente dijo algo.
Mateo, los chicos necesitan zapatillas nuevas. Ezequiel se queja de que las suyas le aprietan. ¿Podemos priorizar eso antes de más libros? Yo me sentí atacado. Carolina, estos libros son herramientas ministeriales. Son inversión en el reino. Las zapatillas pueden esperar una semana más. Ella no respondió, pero vi dolor en sus ojos.
Compré las zapatillas una semana después, pero el daño estaba hecho. Mis prioridades estaban claras. El ministerio primero, la familia después. En 2019, un sacerdote católico de una parroquia cercana, el padre Ignacio, apareció en uno de mis videos de YouTube. Había dejado un comentario extenso intentando refutar mi argumento sobre Adelfos.
Decía que en la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento que los apóstoles usaban, la palabra adelfos se utiliza para referirse a parientes que claramente no son hermanos carnales. Citaba Génesis 13:8, donde Abraham llama a Lot su hermano, Adelfos, aunque Lot era su sobrino. Citaba Génesis 29:15, donde Labán llama a Jacob Suenet, su hermano.
Aunque Jacob era su sobrino, leí su comentario con creciente irritación. Este cura pensaba que podía usar la septuaginta contra mí. Preparé una respuesta en video que subí 3 días después, 35 minutos, explicando por qué su argumento era inválido. La Septuaginta fue traducida siglos antes de Cristo por judíos alejandrinos, cuyo griego no era tan preciso como el de los autores del Nuevo Testamento.
Expliqué, ellos usaban adelfos de manera amplia porque carecían del vocabulario técnico que más tarde desarrollaría el griego Coiné. Pero para siempre el tiempo de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, el griego había evolucionado. Anepsios ya existía y significaba específicamente primo. Si el evangelista quería decir primo, habría usado a Nepsios.
Usó adelfos porque Jesús tenía pan hermanos carnales. El video tuvo 23,000 visualizaciones en una semana. Los comentarios fueron abrumadoramente positivos. Destruiste al cura. El padre Ignacio no sabe griego. Gloria a Dios por tu conocimiento, hermano. Imprimí la página de estadísticas y la pegué en la puerta de mi escritorio.
Carolina la vio y sonrió. “Estás haciendo un gran trabajo”, dijo. Y yo le creí. Pero el padre Ignacio no respondió. Eso me molestó más de lo que debería. Yo quería que siguiera el debate. Quería aplastarlo públicamente con más argumentos lingüísticos. Esperé una semana, dos semanas, un mes, nada. Eventualmente asumí que había reconocido su derrota en silencio, como hacían la mayoría de los católicos cuando enfrentaban argumentación exegética seria. Mi reputación crecía.
En 2020, a pesar de la pandemia, mi canal de YouTube duplicó sus suscriptores. Empecé a recibir invitaciones para dar conferencias en congregaciones de Buenos Aires, Rosario, Mendoza. Carolina no estaba cómoda con que viajara tanto, especialmente con el virus circulando. Pero yo insistía, “Este es mi llamado”, le decía, “no puedo quedarme quieto cuando hay tanta gente que necesita entender la verdad.
La pandemia también intensificó mi estudio. Con el confinamiento pasaba aún más horas en mi escritorio. Los videos en vivo de YouTube se volvieron mi principal forma de ministerio. Hacía transmisiones de 2 horas donde respondía preguntas en tiempo real. ¿Es María la reina del cielo? No según el griego. Es el Papa infalible. No según la Biblia.
Los católicos son salvos. Solo si confían en Cristo, no en sus obras o en María. Cada pregunta, cada respuesta reforzaba mi identidad. Yo era Mateo Sandoval, el experto en griego que defendía la verdad bíblica contra el error, católico. Mi autoimagen dependía completamente de esa narrativa. En octubre de 2020 participé en un debate organizado por una radio evangélica de Rosario.
Mi oponente era un teólogo católico con doctorado en escritura, el Dr. Fernando Ibarra. El tema, ¿es bíblica la perpetua virginidad de María? Yo estaba confiado. El doctor Ibarra sabía teología, pero yo sabía lenguas. Y en un debate sobre el texto bíblico, las lenguas siempre ganan. El debate duró 2 horas y Barra argumentó desde la tradición, desde los padres de la iglesia, desde la tipología del Antiguo Testamento.
Yo respondí con gramática, “Doctor Ibarra, usted puede citar a Agustín y a Jerónimo todo lo que quiera, pero el texto griego es claro. Adelfos significa hermano, no primo, no pariente genérico, hermano.” Mateo 1:25 dice que José no conoció a María hasta que dio a luz a Jesús. La palabra griega es Jeos, que indica un cambio de estado posterior al evento mencionado.
José no la conoció hasta el nacimiento de Jesús, lo que implica que después sí la conoció. Y Barra respondió con calma irritante. Hermano Mateo, Heos no siempre implica cambio posterior. En Dequino Samuel 6:23 dice que Mical no tuvo hijos hasta el día de su muerte. ¿Significa eso que tuvo hijos después de morir? Risas en la audiencia.
Yo sentí calor en el cuello. Ese es un caso diferente, dije. El contexto es diferente. Pero Ibarra ya había pasado a otro punto y yo quedé con una respuesta incompleta colgando en el aire. Luego, Ibarra dijo algo que me desestabilizó aún más. Hermano Mateo, su dependencia del griego es admirable, pero debe entender que los evangelistas eran judíos palestinos que pensaban en arameo y hebreo, aunque escribieran en griego.
El griego del Nuevo Testamento es un griego semitizado, influenciado por estructuras de pensamiento hebreas. No puede leerlo como si fuera un tratado filosófico griego clásico. Debe leer el griego con oídos judíos. Yo no tenía una respuesta preparada para eso. El texto inspirado es el texto griego. Repetí, Dios escogió preservar su palabra en griego para la Iglesia Universal.
Lo que pensaran en arameo es irrelevante, pero mi voz sonaba menos segura. El debate terminó sin un ganador claro, al menos según el moderador, pero yo sabía que no había ganado de manera contundente como esperaba. En el viaje de regreso a Córdoba en el colectivo que me llevaba a casa, repasé mentalmente cada intercambio, cada argumento.
Y Barra había sido más hábil de lo que anticipé. No me había derrotado, claramente no, pero tampoco lo había aplastado como hice con el padre Ignacio. Carolina notó mi estado de ánimo cuando llegué. ¿Cómo estuvo?, preguntó. Bien”, dije, “Fue bien. No quise entrar en detalles e esa noche, en lugar de estudiar me quedé viendo videos de otros debates míos en YouTube, victorias claras donde mis oponentes católicos no sabían qué responder.
Necesitaba recordarme a mí mismo que yo era bueno en esto, que mi metodología era sólida.” Dos semanas después, uno de los hermanos de la congregación, un contador llamado Sebastián, me trajo una pregunta inquietante. Hermano Mateo, estaba hablando con mi cuñado, que es católico, y él me dijo algo que no supe cómo responder.
Dijo que en arameo, el idioma que hablaba Jesús, no existe una palabra específica para primo y que por eso todos los parientes cercanos se llamaban hermanos. Es cierto eso. Me detuve en medio de ordenar las sillas después del estudio bíblico. Arameo, dije. Los evangelios fueron escritos en griego, no en arameo.
No importa qué idioma hablaba Jesús, lo que importa es qué idioma usó el evangelista para escribir. Y ese idioma fue el griego, donde Adelfos significa hermano. Sebastián asintió, pero vi duda en sus ojos. Pero no hablaban arameo e insistió. Sí hablaban arameo, admití, pero eso es irrelevante. El texto inspirado es el texto griego que tenemos, no las conversaciones orales arameas que nadie grabó.
Sebastián se fue satisfecho, pero yo me quedé inquieto. El arameo. Nunca había considerado seriamente el arameo. Yo era especialista en griego. El griego era el idioma del Nuevo Testamento. El idioma en el que Dios había escogido preservar su palabra para la Iglesia Universal. ¿Por qué importaría el arameo? Esa noche busqué información sobre el uso del término hermano en arameo.
Encontré algunos artículos que mencionaban que la palabra aramea ajá podía significar tanto hermano como pariente cercano, similar al hebreo meichi. Pero los artículos eran de fuentes católicas claramente sesgadas y los descarté. No íbé a dejar que la apologética católica me distrajera del texto griego que tenía frente a mí.
Pero la semilla de duda había sido plantada. Durante las siguientes semanas, cada vez que enseñaba sobre los adelfos, mi voz sonaba un poco menos segura. Algunos hermanos lo notaron. “Hermano Mateo, ¿estás bien?”, preguntó una hermana llamada Lucía después de un estudio. “¿Pareces cansado?” “Sí, solo trabajo.” Mentí.
Durante los siguientes meses seguí mi rutina ministerial. Videos de YouTube cada semana, estudios bíblicos los miércoles, predicaciones ocasionales en congregaciones amigas. En marzo de 2021 publiqué un video que se volvió especialmente popular. Los 10 errores gramaticales más comunes en la teología católica. Fue un éxito. 42,000 visualizaciones en dos semanas, 1300 comentarios, en su mayoría elogios.
El punto número tres era, por supuesto, el tema de los adelfos. Pero algo había cambiado en mí después de la pregunta de Sebastián. No algo grande, apenas una grieta pequeña en mi confianza. Empecé a notar al leer comentarios de católicos en mis videos que muchos mencionaban el contexto arameo.
Estudia el trasfondo judío del primer siglo. Decía uno. El griego de los evangelios está influenciado por el pensamiento semítico, decía otro. Los evangelistas eran judíos que pensaban en hebreo y arameo, pero escribían en griego. Yo borraba estos comentarios o los dejaba sin respuesta. no merecían mi tiempo. En junio de 2021, recibí un correo electrónico de un hombre que se presentaba como David Goldstein, residente de Buenos Aires.
“Estimado Mateo,” decía el correo, vi varios de sus videos sobre el Nuevo Testamento. Me impresiona su conocimiento del griego coiné. Soy judío ortodoxo y estudioso del Talmud y la Mishn. Me gustaría conversar con usted sobre el uso del Nuevo Testamento en la evangelización judía. ¿Estaría dispuesto a reunirnos para discutir algunos pasajes mesiánicos? Mi corazón saltó.
Un judío ortodoxo queriendo hablar sobre pasajes mesiánicos. Esto era una oportunidad ministerial extraordinaria. Yo había estudiado los pasajes del Antiguo Testamento que predicen a Cristo. Isaías 53, Salmo 22, Daniel 9. Si podía convencer a Maú judío erudito de que Jesús era el Mesías usando el texto hebreo, sería un testimonio poderoso.
Imaginé el video que podría hacer. judío ortodoxo, reconoce a Jesús como Mesías después de debate bíblico. Respondí el mismo día proponiéndole un encuentro en un café del centro de Córdoba. Nos reunimos dos semanas después, un sábado por la tarde, en un café cerca de la Cañada. David Goldstein tenía alrededor de 50 años, barba gris recortada, quipa negra, traje oscuro.
Hablaba español con un acento que no pude ubicar, quizás algo de idish mezclado con Porteño. Traía consigo una Biblia hebrea, el tanar, con las páginas amarillentas y llenas de notas al margen. Nos saludamos cortésmente. Él pidió té verde, yo café con leche. Empezamos hablando de generalidades, de su trabajo como contador, de mi ministerio, de nuestras respectivas comunidades religiosas.
Me contó que había emigrado de Ucrania en los años 90, que su padre había sido rabino en Kiev, que él mismo había estudiado en una yeshiva en Jerusalén durante 5 años antes de establecerse en Argentina. Entonces, después de 20 minutos de conversación amigable, le dije, David en su correo mencionó que quería discutir pasajes mesiánicos.
¿Por qué el interés? Él sonrió de manera enigmática. Porque muchos cristianos usan el Nuevo Testamento para evangelizar a judíos, pero no entienden el contexto judío del primer siglo. Y eso crea malentendidos. Me incliné hacia delante. ¿Qué tipo de malentendidos? David abrió su Tanaj en Isaías 53. Por ejemplo, este pasaje del siervo sufriente.
Cristianos me dicen que habla de Jesús, pero en el contexto del profeta Isaías, el siervo es claramente Israel, el pueblo judío. Está escrito en forma colectiva, no individual. Yo había escuchado ese argumento antes. David, con todo respeto, el pasaje usa singular. Herido fue por nuestras rebeliones. No dice heridos fueron. Es claramente individual y apunta a Cristo.
David asintió lentamente. Interesante, pero en hebreo el singular colectivo es común. El siervo representa a la nación. Además, versículos posteriores en Isaías llaman explícitamente a Israel, mi siervo. Pasamos 30 minutos debatiendo Isaías 53. David conocía el hebreo tamban bien como yo conocía el griego.
Y cada vez que yo citaba un versículo, él me mostraba el contexto en hebreo que matizaba mi interpretación. No estaba ganando el debate de manera tan clara como esperaba. Finalmente decidí cambiar de tema. ¿Y qué hay del salmo 22? Pregunté. Está claramente describiendo la crucifixión de Cristo siglos antes de que ocurriera.
David negó con la cabeza suavemente. El salmo 22 es un lamento de David. Describe su propio sufrimiento. La frase que ustedes traducen como oradaron mis manos y mis pies es problemática en hebreo. La palabra es caí como un león. No oradaron. Es un escriba posterior quien cambió una letra para hacer que pareciera profecía mesiánica.
Yo sentí irritación creciente. David, eso es argumentación rabínica tendenciosa. Los traductores de la Septuaginta, siglos antes de Cristo, ya traducían el pasaje como oradaron. No fueron los cristianos quienes cambiaron el texto. Él levantó las manos en gesto conciliador. No estoy aquí para pelear sobre traducciones antiguas.
Solo quiero que entienda que el contexto judío del primer siglo es complejo. Las interpretaciones cristianas a menudo ignoran ese contexto. Respiré profundo. Está bien, pero el Nuevo Testamento fue escrito en griego, no en hebreo. Y el griego del Nuevo Testamento es claro. No necesito interpretar contextos rabínicos para entender lo que dice el texto griego.
David toma un sorbo de su té mirándome con expresión difícil de descifrar. Mateo, vi tu video sobre los en hermanos de Jesús, donde argumentas que Adelfos demuestra que María tuvo otros hijos. Mi irritación se transformó en interés renovado. Sí, dije, es uno de mis argumentos más sólidos. ¿Tienes alguna objeción? David dejó su taza sobre la mesa.
No una objeción, una observación, una observación desde mi conocimiento del judaísmo del primer siglo. Me preparé mentalmente. Aquí venía otro intento católico de refutar mi argumento, pero esta vez de un judío que ni siquiera creía en la virginidad perpetua de María. Te escucho, dije. David abrió su Biblia hebrea en Génesis. Permíteme mostrarte algo.
En Génesis 13:8, Abraham dice a Lot, aimaginu, que significa hermanos somos. Pero Lot no era hermano de Abraham, era su sobrino. En Génesis 14:14, cuando Lot es capturado, el texto dice que Abraham rescató a su hermano nuevamente Ahim. ¿Por qué Abraham llama a su sobrino hermano? Yo ya conocía esta objeción de mi intercambio con el padre Ignacio David.
Estamos hablando del Nuevo Testamento, no del Antiguo. El Nuevo Testamento fue escrito en griego, donde existen palabras distintas para hermano y primo. Los evangelistas no estaban limitados por el vocabulario hebreo. David asintió. Correcto. Fueron escritos en griego, pero los evangelistas eran judíos. Mateo era judío, Marcos probablemente también, Juan definitivamente.
Ellos pensaban como judíos del primer siglo, aunque escribieran en griego. Y pregunté, sintiendo ya hacia dónde iba esto. David se inclinó hacia delante. En el mundo judío del primer siglo, en Judea y Galilea, la gente hablaba arameo, no griego. El arameo, como el hebreo, usa la misma palabra para hermano y para pariente cercano, Anajá.

No existe una palabra separada para primo. Cuando Jesús hablaba con sus discípulos, cuando la gente del pueblo hablaba de Jesús, usaban arameo. Y en arameo todos los parientes cercanos son aha. Sentí algo extraño en mi pecho como un tirón. Pero los evangelistas escribieron en griego, repetí, podían haber usado anepos si quisieran decir primo. David levantó un dedo.
Ahí está el punto. Cuando un judío del primer siglo traduce del arameo al griego, traduce a como Adelfos, porque Adelfos es el equivalente natural de Ajaha. No es que el evangelista estuviera haciendo una distinción teológica precisa entre hermano y primo. Está traduciendo lo que la gente decía en arameo, donde esa distinción no existía lingüísticamente.
Me recosté en mi silla sintiendo que el suelo se movía ligeramente bajo mis pies. Estás diciendo que Adelfos en los evangelios no significa necesariamente hermano carnal porque está traduciendo un término arameo más amplio. David asintió. Mmm. Exactamente. Y hay más. En la cultura judía del primer siglo, especialmente en familias extendidas que vivían juntas o cerca.
Los primos y sobrinos eran tratados como hermanos. La distinción que hacemos hoy entre hermano y primo no era tan marcada. José, por ejemplo, probablemente tenía hermanos o sobrinos viviendo en su casa o taller. Ellos serían llamados hermanos de Jesús por la comunidad, sin que eso significara que María los dio a luz. Mi mente trabajaba rápidamente buscando contraargumentos, pero la Septoaginta usa anepcios en algunos lugares.
Los traductores judíos del Antiguo Testamento conocían la palabra. ¿Por qué los evangelistas no la usarían si los hermanos de Jesús eran realmente primos? David tomó otro sorbo de té. Buena pregunta, pero considera esto. Los evangelistas no estaban escribiendo tratados teológicos precisos sobre la familia biológica de Jesús.
Estaban narrando historias, preservando testimonios orales, traduciendo conversaciones arameas. Cuando alguien en Nazaret decía los hermanos de Yeshua en arameo, el evangelista lo traducía naturalmente como los adelfos de Jesús en griego. No estaba pensando, “Debo usar anepcios para mayor precisión técnica.
” Estaba traduciendo el idioma común de la gente. Hubo un silencio largo. Yo miraba mi café ya frío. David no estaba defendiendo la virginidad perpetua de María. Él era judío ortodoxo, no le importaba la doctrina mariana católica. Estaba simplemente explicándome desde su conocimiento de la cultura y lenguaje judíos del primer siglo, por qué mi argumento lingüístico no era tan sólido como yo pensaba.
David dije finalmente, “Lo que estás diciendo básicamente es que no puedo usar adelfos como prueba definitiva de que María tuvo otros hijos.” Él hizo un gesto con las manos. Lo que digo es que Adelfos en el contexto judío del primer siglo no prueba nada de manera definitiva. Podría significar hermanos carnales, podría significar primos, podría significar parientes cercanos.
El griego refleja el arameo subyacente y el arameo no distingue. Necesitarías evidencia adicional fuera del simple uso de adelfos para determinar la relación exacta. Mi defensa instintiva era argumentar, pero algo en mí se había roto. Toda mi estructura apologética sobre este tema descansaba en la precisión lingüística del griego.
Adelfos significa hermano. Pero David acababa de mostrarme que el griego de los evangelios no existía en un vacío. Existía en un contexto arameo, en una cultura judía donde las categorías familiares eran diferentes a las nuestras. ¿Y cómo sé que lo que dices es correcto? Pregunté con un tono más defensivo de lo que pretendía.
David abrió su Biblia nuevamente. Mira los evangelios con cuidado. Los hermanos de Jesús nunca son llamados hijos de María. Nunca. En Juan 19, cuando Jesús está en la cruz, encomienda a su madre al discípulo Juan. Si María tuviera otros hijos, ¿por qué Jesús haría eso? En la cultura judía, los hijos menores cuidan a la madre viuda, pero Jesús la encomienda a Juan porque no hay otros hijos.
Eso es teología no lingüística. Dije. David sonríó. Correcto. Pero la lingüística sin contexto cultural es incompleta. Tú conoces el griego mejor que yo, pero yo conozco el mundo judío del primer siglo mejor que tú. Juntos tenemos una imagen más completa. Pasamos otra hora conversando, pero mi mente estaba en otra parte.
Cada argumento que David presentaba era razonable, fundamentado en conocimiento genuino del judaísmo antiguo. No estaba intentando evangelizarme al catolicismo, no tenía ninguna agenda apologética, solo estaba corrigiendo lo que desde su perspectiva, como judío ortodoxo y estudioso del periodo del segundo templo, era una lectura culturalmente ingenua del texto griego.
Cuando nos despedimos, David me dio su tarjeta. Si quieres seguir conversando sobre el contexto judío del Nuevo Testamento, estaré encantado. Dijo, “Tu conocimiento del griego es impresionante, pero te ayudaría a entender mejor el mundo de donde surgieron esos textos griegos.” Estreché su mano y caminé hacia la parada del colectivo, sintiendo un peso extraño en el pecho.
Esa noche no le conté a Carolina sobre la conversación. No inmediatamente me encerré en mi escritorio y abrí mi nuevo testamento griego en Mateo 13:55. Adelfos leí el versículo 20 veces como si al leerlo repetidamente pudiera recuperar la certeza que tenía esa mañana. Pero ya no veía solo la palabra griega, veía detrás de ella una conversación aramea, una cultura judía, una familia extendida galilea, donde los límites entre hermano y primo eran difusos.
Busqué en Google uso de adelfos en cultura judía, primer siglo. Encontré varios artículos académicos, algunos de autores católicos, otros de autores protestantes, algunos de autores judíos. Los de autores católicos confirmaban lo que David había dicho, pero yo ya esperaba eso. Los de autores protestantes trataban de refutar el argumento católico, pero sus refutaciones ahora me sonaban débiles, repetitivas, ignorando el contexto arameo.
Los de autores judíos como David simplemente describían la estructura familiar judía antigua sin agenda cristológica. Y todos confirmaban que Ajá Adelfos era un término flexible. Pasé tres horas leyendo. Cuando finalmente apagué la computadora, eran las 2 de la mañana. Carolina dormía. Ezequiel y Ana dormían. Yo me quedé sentado en la oscuridad de mi escritorio mirando mi biblioteca de libros de griego, mi certificado del curso de griego coiné colgado en la pared, mis cuadernos y llenos de notas gramaticales.
Todo ese conocimiento era real, pero quizás no era suficiente. Durante las siguientes semanas intenté continuar mi ministerio como siempre. Subí dos videos a YouTube. Prediqué un domingo en nuestra congregación. Conduje el estudio bíblico del miércoles, pero cada vez que mencionaba los adelfos de Jesús, mi voz sonaba menos segura.
Varios hermanos notaron el cambio. “Hermano Mateo, ¿estás bien?”, preguntó Rodrigo después de un estudio. “Sí, solo cansado del trabajo.” Mentí. En agosto recibí una invitación para participar en otro debate, esta vez en una radio de Buenos Aires. El tema era la autoridad de la escritura versus la tradición. Acepté pensando que prepararme para el debate me devolvería el enfoque.
Mi oponente sería un sacerdote católico llamado padre Martín. Pasé dos semanas preparándome, repasando mis argumentos clásicos sobre sola escritura, la suficiencia de la Biblia, los errores del magisterio romano. El debate fue por Zoom, grabado para transmisión posterior. El padre Martín era joven, quizá hace 35 años, articulado con un doctorado en teología de la Universidad de Navarra.
Durante la primera hora defendí la autoridad final de la escritura usando pasajes como 1 Timoteo 3:16 y Juan 17:17. El padre Martín respondió citando Dun Tesalonicenses 2:15 sobre mantener las tradiciones enseñadas oralmente o por carta. Entonces, 40 minutos antes del final, el padre Martín mencionó a María, “Hermano Mateo,” dijo, “Ustedes, los protestantes rechazan la perpetua virginidad de María basándose en Mateo 13:55, donde se mencionan los hermanos de Jesús.
Pero si estudiamos el contexto judío y procedió a explicar exactamente lo que David me había explicado un mes antes, el término arameo. Ajá. La septuaginta usando adelfos para parientes no carnales. La cultura familiar judía del primer siglo. Yo debería haber respondido con mi argumento de siempre sobre la precisión del griego.
Pero las palabras no vinieron con la misma fuerza. Padre Martín”, dije con voz que sonaba extrañamente débil, incluso a mis propios oídos. El texto griego usa Adelfos, que significa hermano. Anepsios existe para decir primo. El evangelista eligió Adelfos. El padre Martín asintió, pero el evangelista era judío. Traduciendo conversaciones arameas donde esa distinción no existía.
No estaban haciendo teología sistemática sobre la biología de María. Estaba narrando lo que la gente decía en su idioma. El moderador intervino cambiando de tema, pero el daño estaba hecho, no en el debate mismo, sino en mi interior. Dos personas distintas, sin conexión entre ellas, uno judío ortodoxo y otro sacerdote católico, me habían presentado el mismo argumento y por primera vez en 11 años no tenía una refutación satisfactoria.
Después del debate apagué la cámara y me quedé sentado frente a la computadora mirando mi reflejo en la pantalla negra. Carolina entró al escritorio con un mate. ¿Cómo estuvo?, preguntó. No lo sé, dije honestamente. No estoy seguro de haber ganado. Ella se sentó a mi lado preocupada. ¿Qué pasó? No supe cómo explicarle. Nada específico, solo que tal vez hay cosas que no entiendo tan bien como pensaba.
Carolina me miró con una expresión que no supe interpretar. Preocupación, decepción, miedo. Mateo, tú eres el que me enseñó a confiar en la Biblia sobre la tradición. Tú eres el que me mostró que la Iglesia Católica estaba equivocada. Si ahora empiezas a dudar, dejó la frase sin terminar. Puse mi mano sobre la suya.
No estoy dudando de la Biblia. dije, “Solo estoy reconociendo que interpretarla es más complejo de lo que pensaba. Esa noche, por primera vez en años, no abrí ningún libro de griego. Me acostéo, pero no pude dormir. Mi mente volvía una y otra vez a la conversación con David, a su explicación tranquila, sin agenda apologética, sobre cómo los judíos del primer siglo usaban el lenguaje familiar.
a su pregunta sobre por qué Jesús encomendaría a María a Juan si ella tuviera otros hijos. A la imagen de una familia extendida Galilea, donde los primos de Jesús, los hijos de otras Marías mencionadas en los evangelios, serían naturalmente llamados sus hermanos por la comunidad. Durante septiembre, mi producción de contenido disminuyó.
Subí solo un video a YouTube, un análisis de Juan 3:16 que no tocaba ningún tema controversial. Los comentarios preguntaban cuándo haría otro video sobre María o sobre el papado o sobre los sacramentos. Pronto respondía, pero no sabía si era cierto. En octubre, Sebastián, el contador de la congregación, me trajo un libro. Hermano Mateo, encontré esto en una librería católica del centro.
Es sobre los padres de la Iglesia y lo que enseñaban sobre María. Pensé que te interesaría verlo, aunque sea solo para refutarlo mejor. Tomé el libro con desgano, Los padres apostólicos y la virginidad perpetua de María. Se titulaba. El autor era un sacerdote argentino con doctorado en patrística. Lo dejé en mi escritorio sin abrirlo durante una semana.
Finalmente, una noche cuando no podía dormir, bajé y comencé a ojearlo. El autor citaba a Ignacio de Antioquía, discípulo del apóstol Juan, quien en el año 110 de Cristo escribía sobre la virginidad de María como un misterio conocido por todos. Citaba Justino mártir año 150 en Pendebuérto comparando a María con Eva. ambas vírgenes.
Citaba a Ireneo de Lón, discípulo de Policarpo, quien fue discípulo de Juan, afirmando la perpetua virginidad de María en el año 180 de Cris. Yo conocía estos textos patrísticos, pero siempre los había descartado como corrupciones tempranas del cristianismo original. Los padres de la Iglesia eran falibles. Era mi respuesta estándar.
Solo la escritura es infalible. Pero leyendo el libro esa noche, algo me golpeó. Estos hombres estaban apenas dos o tres generaciones después de los apóstoles. Ignacio conoció a Juan, Policarpo conoció a Juan, Ireneo conoció a Policarpo. Si los apóstoles hubieran enseñado que María tuvo otros hijos, ¿no lo habrían mencionado estos discípulos cercanos? Cerré el libro con la cabeza dándome vueltas.
La habitación estaba silenciosa, excepto por el tic tac del reloj de pared. 3 de la mañana volví a la cama, pero Carolina estaba despierta. “¿No podés dormir?”, preguntó. “No”, dije. Estoy pensando demasiado. Ella se acercó a mí sobre qué. No quería preocuparla, pero tampoco podía seguir guardándome todo sobre lo que creemos, sobre si entendemos la Biblia tan bien como pensamos.
Carolina se incorporó encendiendo la luz del velador. Mateo, me estás asustando, ¿eh? ¿Qué está pasando? Le conté sobre David, sobre su explicación del arameo, sobre el debate con el padre Martín, sobre el libro de patrística. Hablé durante 20 minutos. Y ella escuchó en silencio. Cuando terminé, había lágrimas en sus ojos. Mateo, ¿me estás diciendo que todo lo que me enseñaste sobre la Iglesia Católica estaba equivocado? No lo sé, dije.
No sé qué estoy diciendo. Solo sé que mi argumento sobre los adelfos no es tan sólido como creía. Y si me equivoqué en eso, dejé la frase sin terminar. Carolina se limpió las lágrimas. Si te equivocaste en eso, ¿en qué más te equivocaste? En todo. Dejé a mi familia, a mi madre, que todavía llora por mí por una mentira. Su voz subió de volumen.
Mateo, yo confié en vos. Dejé todo porque vos me dijiste que la Iglesia Católica distorsionaba la Biblia y ahora me decís que tal vez no entendías la Biblia tan bien como pensabas. No supe que responder. Ella tenía razón. Yo había sido la autoridad espiritual de nuestra familia. Ella había dejado su fe de origen por mis enseñanzas.
Y ahora esas enseñanzas estaban siendo cuestionadas no por ateos o agnósticos, sino por personas que conocían el contexto histórico y cultural de las escrituras mejor que yo. Carolina salió de la habitación. La escuché llorar en el baño. Yo me quedé acostado mirando el techo, sintiendo el peso de 11 años de ministerio aplastándome.
Había construido mi reputación, mi identidad, mi propósito de vida sobre el conocimiento del griego. Pero ahora descubría que el griego, sin el contexto arameo y judío era incompleto, como un médico que conoce anatomía, pero ignora fisiología. El conocimiento era real pero insuficiente. Los días siguientes fueron tensos.
Carolina apenas me hablaba. Ezequiel, que ahora tenía 9 años, me preguntó una mañana, “Papá, ¿por qué mamá está triste?” No supe qué decirle. Mamá y papá están teniendo una conversación difícil sobre cosas de adultos. Le dije, “Pero la queremos mucho a ella y a vos y a Ana.” Ezequiel asintió. Pero vi preocupación en sus ojos.
Los niños sienten cuando algo está mal, aunque no entiendan qué. En noviembre decidí contactar nuevamente a David. Le envié un correo. David, necesito entender más sobre el mundo judío del primer siglo. ¿Estarías dispuesto a enseñarme? Respondió al día siguiente. Por supuesto, Mateo. ¿Qué quieres saber específicamente? Le dije, “Quiero saber cómo las palabras griegas del Nuevo Testamento reflejan conceptos arameos o hebreos.
Quiero saber que estoy perdiendo al leer el texto solo en griego. Nos reunimos semanalmente durante el resto de noviembre y todo diciembre. David me prestó libros sobre judaísmo del segundo templo, sobre arameo galileo, sobre estructura familiar judía. Empecé a ver el Nuevo Testamento con ojos diferentes.
Cada palabra griega ocultaba un trasfondo semítico. Cada narración reflejaba costumbres judías que yo desconocía. Lucas 12:7 diciendo que María dio a luz a su hijo. Primogénito no necesariamente implicaba que hubo segundos o terceros hijos. En la cultura judía, el primogénito tenía un estatus legal especial desde el nacimiento, independientemente de si venían más hijos después.
Le pregunté a David sobre otros pasajes problemáticos, Mateo 1:25, que dice que José no conoció a María hasta después del nacimiento de Jesús. David me mostró un Samuel 6:23, donde dice que Mical no tuvo hijos hasta el día de su muerte. obviamente no tuvo hijos después de morir. La palabra hasta en hebreo y en griego no siempre implica un cambio posterior.
Puede simplemente indicar el periodo de tiempo enfatizado por el escritor. Cada respuesta que David me daba era razonable basada en evidencia textual y cultural. Y cada respuesta desmantelaba otra pieza de mi apologética anticatólica. No estaba tratando de convertirme al catolicismo, ni siquiera al judaísmo. Solo me estaba mostrando que mi interpretación del Nuevo Testamento había sido culturalmente ingenua.
En diciembre dejé de subir videos a YouTube. Los comentarios en mi canal preguntaban qué pasaba. Hermano Mateo, ¿está bien? ¿Por qué no hay vídeos nuevos? Lo extrañamos, hermano. No respondí. No sabía qué decir. No podía admitir públicamente que estaba dudando de mis propias enseñanzas. Mi reputación se derrumbaría, mi ministerio terminaría.
Las 80,000 personas que me seguían sentirían que las había decepcionado. Carolina y yo apenas hablábamos. Ella estaba enojada, herida, confundida. Una noche después de acostar a los niños me enfrentó en la cocina. Mateo, necesito saber que vas a hacer. Si vas a volver a la Iglesia Católica, decímelo ahora, porque yo no sé si puedo hacer eso.
Mi familia me va a decir, “Te lo dijimos.” Mi mamá va a Se quebró. Va a tener razón y no sé si puedo soportarlo. No sé qué voy a hacer, admití. Todavía no estoy convencido de que la Iglesia Católica tenga razón en todo, pero sí estoy convencido de que yo estaba equivocado en algunas cosas y eso es suficiente para no poder seguir enseñando con la misma autoridad.
Carolina se limpió las lágrimas y tu canal y la congregación y todos los que confían en vos no tenía respuestas. En enero de 2022 recibí una invitación para dar una serie de conferencias en una congregación grande de Rosario. El tema sería Desmintiendo los mitos católicos. Seis conferencias, 2000 pesos por conferencia, gastos pagos.
Hace un año habría aceptado inmediatamente. Ahora miré el correo electrónico durante tres días sin responder. Finalmente escribí, “Gracias por la invitación, pero debo declinar por compromisos previos. Era mentira, no tenía compromisos, solo tenía dudas. El pastor de nuestra congregación, el pastor Héctor, me llamó en febrero.
” Mateo, varios hermanos están preocupados. Dicen que no has estado enseñando con la misma pasión últimamente. ¿Hay algo que deba saber? Nos reunimos en su oficina, un cuarto pequeño en el fondo del local donde congregábamos. Le conté de manera resumida sobre mi crisis, sobre David, sobre el contexto arameo, sobre mis dudas crecientes.
El pastor Héctor escuchó con expresión seria. Cuando terminé, él dijo, “Mateo, entiendo que estás pasando por un proceso, pero necesito que seas honesto con la congregación. Si ya no estás seguro de lo que enseñamos, no podés seguir enseñando. Estarías confundiendo a los hermanos. Asentí, lo sé. Por eso he estado reduciendo mi participación.
” El pastor Héctor se inclinó hacia delante. “¿Estás considerando volver al catolicismo?” La pregunta era directa, sin rodeos. No lo sé”, dije. Honestamente no lo sé. En marzo dejé de asistir a los estudios bíblicos de los miércoles. Inventaba excusas, trabajo atrasado, niños enfermos, cansancio. La verdad era que no podía sentarme frente a 30 personas y enseñar con autoridad sobre el texto griego cuando ya no confiaba en que mi interpretación fuera completa.
Varios hermanos me enviaron mensajes preocupados. Rodrigo vino a mi casa. Hermano Mateo, ¿qué está pasando? Te extrañamos en los estudios. Le dije que estaba atravesando una crisis espiritual y necesitaba tiempo. Él oró por mí antes de irse, pidiendo a Dios que me fortaleciera contra los ataques del enemigo.
Sus palabras eran sinceras, pero me hicieron sentir peor. ¿Era esto un ataque del enemigo o era Dios mismo mostrándome que había estado enseñando error? En abril empecé a asistir a misa católica. No regularmente, solo de vez en cuando, los domingos temprano, cuando sabía que Carolina estaba ocupada con los niños y no notaría mi ausencia.
Fui a una parroquia lejos de nuestro barrio, San Martín de Porres, en Barrio Alto o Alberdi, donde nadie me conocía. Me senté en la última fila observando la liturgia con ojos nuevos. No ojos creyentes, sino ojos de antropólogo estudiando una cultura extraña. La misa me resultaba extraña y familiar a la vez.
El ritual, las vestiduras, la Eucaristía elevada por el sacerdote. Yo había enseñado durante años que la misa era una repetición antibíblica del sacrificio de Cristo que contradecía Hebreos 10:10. Pero esa mañana, escuchando al sacerdote decir, “Este es mi cuerpo entregado por ustedes, me pregunté si quizás había entendido mal, si la misa no era una repetición, sino una participación, si Jesús en la última cena había establecido algo más que un simple memorial simbólico.
No comulgué, obviamente, pero me quedé hasta el final escuchando los cantos, viendo a las familias acercarse al altar. ancianos, jóvenes, niños, personas que creían que estaban recibiendo el cuerpo real de Cristo. ¿Eran todos engañados o había algo allí que yo no había entendido? Cuando llegué a casa, Carolina me preguntó dónde había estado.
Fui a caminar, mentí, necesitaba pensar. Ella me miró con sospecha, pero no insistió. Esa tarde busqué en mi biblioteca el libro de patrística que Sebastián me había dado meses atrás. Lo abrí en la sección sobre la Eucaristía. Ignacio de Antioquía, año 110 de pies de Cristo. La Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo.
Justino Mártir, año 150 20 y Cristo. El alimento eucarístico es la carne y sangre de Jesús encarnado. Ireneo de Lón, año 180 de Nenés mientó Cristo. El pan que recibe la invocación de Dios ya no es pan común, sino eucaristía. Estos hombres, dos generaciones después de los apóstoles, creían en la presencia real.
No era una invención medieval, era la fe cristiana desde el principio. ¿Cómo había pasado por alto esto durante 11 años de estudio bíblico? En mayo, David me invitó a cenar en su casa en barrio 11 de septiembre. Conocía a su esposa Miriam y a sus tres hijos, Jacob de 17, Ester de 14 y Moisés de 11. Comimos un Shabbat tradicional con velas, bendiciones en hebreo, panjalá.
Durante la cena, David me preguntó, “Mateo, ¿cómo va tu búsqueda? Miré a Miriam y a los niños dudando de hablar abiertamente. Ha sido difícil”, admití. Estoy descubriendo que muchas de mis certezas eran prematuras. David asintió. La verdad es humillante, especialmente cuando descubrís que la tenías parcialmente equivocada.
Miriam intervino. David me contó sobre tus conversaciones. Debe ser muy difícil para vos después de tantos años enseñando con tanta convicción. Sus palabras eran amables, sin condena. Lo es, dije. Siento que perdí 11 años de mi vida construyendo algo que ahora se está derrumbando. David negó con la cabeza.
No perdiste 11 años. Aprendiste griego, estudiaste las escrituras profundamente, desarrollaste disciplina intelectual. Esas cosas tienen valor. Lo único que estás haciendo ahora es agregar contexto a tu conocimiento. No lo estás destruyendo, lo estás completando. Sus palabras me consolaron, pero solo parcialmente, porque completar mi conocimiento significaba admitir públicamente que había estado equivocado y esa admisión destruiría mi ministerio.
Jacob, el hijo mayor de David, me preguntó durante la cena, “Señor Sandoval, ¿es cierto que usted era maestro de Biblia?” Asentí, “Sí”, enseñaba el Nuevo Testamento. Jacob pareció pensativo. “Mi papá dice que muchos cristianos no entienden el judaísmo del primer siglo. Es verdad.” Miré a David, quien sonrió levemente.
“Tu papá tiene razón”, admití. “yo no lo entendía, por eso estoy aprendiendo ahora. En junio, Carolina encontró en mi historial de internet las visitas al sitio web de la parroquia católica cercana. Me enfrentó esa noche. Mateo, ¿estás investigando el catolicismo? No tenía sentido mentir más. Sí, dije. Estoy tratando de entender qué es lo que realmente enseñan más allá de las caricaturas que yo presentaba en mis videos.
Carolina se sentó en el borde de la cama pálida. ¿Y qué estás encontrando? Estoy encontrando que la Iglesia Católica no es lo que yo pensaba. No es una estructura humana corrupta. Es compleja. Tiene tradiciones que se remontan a los apóstoles. Tiene teología profunda que yo descartaba sin entender realmente. Carolina cerró los ojos.
No puedo creer que estés diciendo esto. Vos el que me convenció de dejar la iglesia, el que me dijo que todo era tradiciones humanas. sin base bíblica. “Lo sé”, dije. Y lo siento. Fui arrogante. Pensé que dominar el griego era suficiente para entender todo, pero no lo era. Carolina se levantó.
Necesito tiempo para procesar esto. No sé qué sentir. Estoy enojada con vos, pero también estoy, no sé, confundida. Porque si vos estabas equivocado, eso significa que mi mamá tenía razón todo el tiempo. Y no sé si puedo aceptar eso. Durante julio y agosto, nuestra relación se volvió tensa. Hablábamos solo lo necesario. Ella se ocupaba de los niños.
Yo iba a trabajar y volvía tarde. Seguía reuniéndome con David semanalmente y empecé a reunirme también con el padre Ignacio, el sacerdote que había comentado en mi video años atrás. Cuando le envié un correo pidiéndole hablar, respondió inmediatamente, “Mateo, estaré encantado de conversar contigo.
Nos reunimos en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario en su oficina llena de libros. El padre Ignacio tenía 60 años, cabello gris, expresión amable pero seria. Mateo dijo después de que nos sentamos, “¿Qué te trae por aquí?” Le conté todo sobre David, sobre mis dudas, sobre mi crisis de identidad ministerial.

Hablé durante una hora y el padre Ignacio escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, él dijo algo que no esperaba. “Gracias por tu honestidad. Sé cuánto coraje se necesita para cuestionar las propias certezas. Durante los siguientes meses, el padre Ignacio se convirtió en mi guía espiritual. Me prestó libros de teología católica. Joseph Ratzinger, Henry de Lubach, John Henry Newman.
Libros densos, intelectualmente rigurosos que presentaban el catolicismo no como una distorsión del cristianismo, sino como su plenitud. Leí sobre la sucesión apostólica, sobre el desarrollo de la doctrina, sobre la relación entre escritura y tradición. Todo tenía sentido de una manera que el protestantismo, con sus 30,000 denominaciones contradictorias nunca tuvo.
En octubre de 2022 tomé una decisión. Le dije al pastor Héctor que renunciaba a mis responsabilidades de enseñanza en la congregación. No puedo seguir enseñando lo que ya no creo con certeza”, le dije. Él estaba decepcionado, pero no sorprendido. Mateo, lamento que hayas tomado este camino. Vas a perder tu ministerio, tu reputación, tu comunidad.
¿Estás seguro? No estaba seguro de nada, pero asentí de todos modos. Necesito seguir la verdad donde me lleve, aunque me cueste todo. La noticia se esparció rápidamente por la congregación. Algunos hermanos me llamaron intentando convencerme de que estaba siendo engañado. Rodrigo vino a mi casa llorando. Hermano Mateo, el está atacando tu mente.
Tenés que resistir. Sebastián me envió un mensaje duro. Me decepcionaste. confiaba en tu conocimiento de la Biblia y resulta que no sabías nada. Cada mensaje dolía porque tenían razón en algo. Yo había sido su maestro, su autoridad bíblica y los estaba abandonando. Carolina finalmente accedió a hablar conmigo seriamente en noviembre.
Nos sentamos en la cocina después de que los niños se durmieron. Mateo, necesito saber qué va a pasar con nosotros. Si vas a volver a la Iglesia Católica, ¿qué significa eso para nuestra familia? Le tomé las manos. Significa que tengo que pedirte perdón por haber sido tan arrogante, por haberte alejado de tu fe sin entenderla realmente, por haberte hecho creer que creer.
Yo tenía todas las respuestas cuando no las tenía. Lágrimas bajaban por sus mejillas. Y ahora que volvemos a ser católicos, le decimos a mi mamá que nos equivocamos, ¿cómo explicamos esto a Ezequiel y Ana? No tenía respuestas fáciles. No sé cómo explicarlo a los niños, pero sí sé que no puedo seguir viviendo en una mentira.
No puedo seguir enseñando algo que no creo y no puedo pedirte que vengas conmigo si no estás convencida. Esta es mi crisis, no la tuya. Carolina retiró sus manos. Es nuestra crisis, Mateo, porque yo dejé todo por vos. Dejé mi familia, mi fe, mi identidad y ahora me decís que estabas equivocado.
¿Cómo se supone que confíe en tu juicio ahora? Si te equivocaste, entonces, ¿cómo sé que no te estás equivocando ahora? Era una pregunta justa y no tenía una respuesta satisfactoria. No lo sabes, admití. Solo podés decidir si me acompañás en este nuevo proceso o no. En diciembre publiqué un video final en mi canal de YouTube.
Lo titulé ¿Por qué me retiro del ministerio apologético? Hablé durante 20 minutos, explicando que había descubierto que mi comprensión del contexto histórico y cultural de las escrituras era inadecuada, que necesitaba tiempo para estudiar más profundamente, que no podía seguir enseñando con autoridad cuando tenía tantas dudas.
No mencioné el catolicismo explícitamente, pero muchos en los comentarios dedujeron hacia dónde iba. Los comentarios fueron brutales. Traidor, te vendiste a Roma. Vas a arder en el infierno. Falso maestro. Algunos fueron más amables. Hermano Mateo, oraremos por ti. Que Dios te guíe de vuelta a la verdad.
Pero la mayoría eran condenatorios. Perdí 60,000 suscriptores en dos semanas. Mi reputación en la comunidad evangélica argentina estaba destruida. Los pastores que antes me invitaban a predicar, ahora me bloqueaban en redes sociales. En enero de 2023, después de un año y medio de estudio y oración, le dije al padre Ignacio que quería entrar en plena comunión con la Iglesia Católica.
Él sonrió con calidez. Mateo, será un honor recibirte, pero debes entender que este camino no será fácil. Vas a enfrentar rechazo de tu antigua comunidad. Tu familia extendida te criticará. Tu esposa está luchando con todo esto. ¿Estás preparado? No lo estaba, pero de todos modos dije, “Sí.” El proceso de recepción en la Iglesia Católica fue humillante de la mejor manera.
Tuve que confesarme algo que nunca había hecho. Tuve que arrodillarme y admitir mis pecados, incluido el orgullo intelectual que me había llevado a enseñar error con tanta convicción. El sacerdote me dio la absolución y sentí algo que no había sentido en años. Paz, no certeza absoluta, no respuestas perfectas, pero paz.
Carolina no vino a mi primera misa como católico. Se quedó en casa con los niños. Yo fui solo. Me senté en la misma última fila donde me había sentado meses atrás y por primera vez en mi vida adulta recibí la Eucaristía. No puedo describir lo que sentí en ese momento. Era como volver a casa después de un exilio largo, como encontrar algo que no sabía que estaba buscando.
Después de misa llamé a la madre de Carolina, Graciela. No habíamos hablado en 5 años. Graciela dije cuando contestó, soy Mateo. Quiero pedirte perdón. Hubo un silencio largo. ¿Perdón por qué? preguntó ella con voz cautelosa. Por haberte quitado a tu hija de la iglesia, por haber sido tan arrogante, por haber enseñado que la fe de tu familia era falsa.
Estaba equivocado y lo siento. Ella empezó a llorar. Mateo, esperé años para escuchar esto. Hablamos durante una hora. Le conté todo. David, el arameo, los padres de la iglesia, mi proceso de conversión. Ella escuchó sin interrumpir y al final dijo, “Gracias por tu honestidad. Voy a orar por vos y por Carolina.
Sé que esto debe ser muy difícil para ustedes. Su gracia me rompió. Yo había sido su enemigo durante años, el hereje que robó a su hija. Y ahora ella me ofrecía perdón y oraciones.” Carolina y yo seguimos en un proceso difícil. Ella viene a misa conmigo algunas veces, pero todavía no comulga. Todavía está procesando todo.
Ezequiel y Ana preguntan por qué papá ya no va a la iglesia de antes. Les explicamos de manera simple que papá descubrió que había entendido mal algunas cosas sobre Dios y la iglesia y que está aprendiendo de nuevo. No sé si lo entienden completamente. Perdí mi ministerio, perdí mi reputación. Perdí la mayoría de mis amigos evangélicos.
Mi canal de YouTube es un monumento a ideas que ya no sostengo. Cada tanto recibo mensajes de personas que vieron mis videos antiguos y quieren aprender griego para refutar el catolicismo. Les respondo cuando tengo fuerzas, explicándoles que el griego es importante pero insuficiente sin el contexto.
Algunos escuchan, la mayoría no. Trabajo todavía como técnico informático. Ya no tengo tiempo para estudios bíblicos semanales o conferencias apologéticas. Mis noches las paso con Carolina y los niños tratando de reconstruir la confianza que mi crisis fracturó. Algunos días Carolina me mira con amor, otros días con algo que parece decepción o resentimiento.
No la culpo, sigo estudiando. Ahora estudio no solo griego, sino también arameo y hebreo gracias a David. Estudio a los padres de la iglesia, estudio la historia de los concilios, estudio teología sacramental. Cada cosa que aprendo me muestra cuán limitada era mi comprensión anterior. Es humillante, pero también liberador.
No tengo que tener todas las respuestas. No tengo que ser la autoridad infalible. Puedo ser un estudiante perpetuo de una tradición que es más antigua y sabia que yo. David y yo seguimos reuniéndonos. Él no se ha convertido al cristianismo y no espero que lo haga, pero nuestra amistad es importante para mí.
Él me mostró sin intención apologética que mi lectura del Nuevo Testamento era culturalmente ingenua y ese acto de honestidad académica viniendo de alguien que no tenía nada que ganar con ello fue el inicio de mi conversión. El padre Ignacio se ha convertido en mi director espiritual. nos reunimos mensualmente. Él me desafía intelectual y espiritualmente.
Me recuerda que la fe católica no es solo una posición doctrinal correcta, sino una vida de santidad. Que no basta con tener la teología correcta si no vivo en caridad. Que mi conversión no termina con mi recepción en la iglesia, sino que apenas comienza. Todavía lucho con el orgullo.
Todavía tengo momentos donde quiero defender mi interpretación con la misma pasión con que defendía mis argumentos protestantes. Todavía, en momentos de debilidad, reviso los comentarios en mis videos antiguos y siento tentación de responder, de defender mi antiguo yo. Pero entonces recuerdo la conversación con David en aquel café, su explicación tranquila sobre Ajaá y Adelfos.
y me humillo de nuevo. No sé cómo termina esta historia. Carolina puede decidir que no puede seguir este camino conmigo. Ezequiel y Ana crecerán con recuerdos de dos iglesias distintas y tendrán que decidir por sí mismos qué creer. Mi familia extendida, todos evangélicos, me ven como un apóstata. Las consecuencias de mi conversión continúan desarrollándose.
Lo que sí sé es esto. Una sola palabra griega, Adelfos, fue suficiente para construir mi identidad durante 11 años. Y un rabino judío ortodoxo con una simple explicación sobre el uso cultural del arameo fue suficiente para comenzar su derrumbe. La verdad es más grande que el griego, más grande que mi conocimiento, más grande que mi certeza y seguirla me ha costado casi todo lo que tenía.
Pero no puedo hacer otra cosa, porque vivir en el error, incluso un error bien fundamentado en gramática, no es vivir en la verdad. Y la verdad, como dijo Jesús, es lo que nos hace libres, aunque esa libertad venga con un precio alto que todavía estoy pagando. No.