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Pedro Infante Escuchó su Propia Voz en la Calle – Nadie Esperaba Lo que Pasó en los Próximos 30 Min b

 Pero lo que Arturo no sabía era que Pedro Infante estaba a solo 15 met de distancia escuchando desde la entrada de los estudios. Pedro Infante había pasado toda la mañana filmando escenas para su película Tisoc y estaba exhausto. El calor del set, las luces intensas, las repeticiones interminables de la misma escena habían agotado hasta su legendaria energía.

 estaba listo para subir a su automóvil e irse a casa, quitarse el maquillaje, abrazar a sus hijos, pero esa voz lo detuvo completamente. Al principio pensó que alguien estaba reproduciendo una de sus grabaciones en la radio, pero luego se dio cuenta de que el sonido venía de una guitarra acústica y una voz humana. Caminó despacio hacia donde estaba el joven ocultándose entre la gente que se había detenido a escuchar.

 Se quedó ahí parado, observando a este muchacho delgado con ropa gastada que cantaba su canción como si le estuviera arrancando el alma. El pantalón del joven estaba parcheado en las rodillas. Sus zapatos, probablemente heredados, estaban tan gastados que Pedro podía ver donde el cartón reemplazaba la suela, pero su postura era orgullosa, digna.

 No cantaba como mendigo, cantaba como artista. Y no solo eso, la cantaba con la misma inflexión, el mismo quiebre de voz en las notas difíciles, el mismo sentimiento que Pedro Infante ponía cuando la interpretaba. Pedro sintió algo extraño en ese momento. No era celos ni molestia, era reconocimiento, como ver un espejo del tiempo, verse a sí mismo 15 años atrás, cuando él también había cantado en las calles de esta misma ciudad, con la misma hambre, el mismo sueño imposible.

 Cuando Arturo terminó la canción, el pequeño grupo que se había formado aplaudió y algunas personas dejaron monedas de 50 centavos. En lugar de 10, Arturo sonríó agradecido, sin saber que entre esa gente estaba el hombre cuya voz acababa de replicar con perfección casi sobrenatural. Pedro Infante se acercó todavía sin identificarse.

 Llevaba lentes oscuros y su sombrero de charro que ocultaba parte de su rostro. “Canta otra”, dijo con voz tranquila. Arturo lo miró, asintió sin reconocerlo y comenzó a tocar 100 años. Y otra vez esa similitud imposible, cada matiz, cada vibrato, cada respiración. Pedro Infante sintió un escalofrío recorrer su espalda porque era como escucharse a sí mismo en una dimensión paralela.

 Cuando la segunda canción terminó, Pedro Infante se quitó los lentes oscuros despacio. Algunas personas en el pequeño grupo lo reconocieron inmediatamente y comenzaron a murmurar. Arturo seguía sin darse cuenta, guardando las monedas que había recibido en su bolsillo. “¿Sabes quién soy?”, preguntó Pedro Infante.

 Arturo levantó la vista, lo miró directamente y su rostro se puso pálido. La guitarra casi se le cae de las manos. “Señor, señor infante”, logró articular con voz temblorosa. “Yo, yo solo estaba.” Pedro Infante levantó la mano para detenerlo. Tranquilo, cantas así siempre. O solo cuando imitas. La pregunta tenía un filo que Arturo sintió como una puñalada.

 Todos le decían que era imitador, que no tenía voz propia, que vivía de copiar a otro y ahora el mismo Pedro Infante estaba ahí frente a él, probablemente para decirle lo mismo. Yo no imito respondió Arturo con una dignidad que sorprendió incluso a sí mismo. Esta es mi voz. Nací así. No la escogí. Pedro Infante estudió su rostro por varios segundos que se sintieron eternos.

 Vio la vergüenza mezclada con orgullo, la desesperación contenida, el hambre oculta detrás de los ojos. Vio lo que él mismo había sido décadas atrás. ¿De dónde eres?, preguntó Pedro Infante. De Puebla. Llegué hace curo semanas buscando oportunidades y las has encontrado. Arturo negó con la cabeza. Nadie me nadie me escucha.

 Dicen que soy imitador. Pedro Infante sintió despacio como si cada palabra confirmara algo que ya sabía. Ven conmigo dijo señalando hacia los estudios. Quiero que grabes algo. Arturo parpadeó sin entender. Grabar ahora. Ahora aquí conmigo, la gente que había estado observando la escena comenzó a aplaudir. Algunos comentaban entre ellos porque en 1954 Overwy, aunque no había cámaras personales como las conocemos hoy, los reporteros de espectáculos a veces rondaban los estudios con sus cámaras profesionales buscando historias. Arturo

tomó su guitarra con manos temblorosas y siguió a Pedro Infante hacia el interior de los estudios América. Caminaron por pasillos que Arturo nunca había imaginado que vería por dentro. Las paredes estaban decoradas con fotografías en blanco y negro de las estrellas del cine mexicano. Jorge Negrete miraba desde un marco dorado.

María Félix sonreía con esa belleza que paralizaba corazones. Pasaron junto a pósters de nosotros los pobres. Y ustedes los ricos películas que Arturo había visto desde la galería más barata del cine de su pueblo, pagando 50 centavos por entrar. El olor del estudio era particular, una mezcla de barniz fresco, humo de cigarro, perfume caro y algo indefinible que solo existía en los lugares donde se fabricaban sueños.

Finalmente llegaron al estudio de grabación donde Pedro Infante había estado trabajando toda la mañana. Los ingenieros de sonido miraron confundidos cuando Pedro Infante entró con este desconocido que parecía salido de la calle. “Preparen todo otra vez”, ordenó Pedro Infante. “Este muchacho va a cantar.

” Arturo se paró frente al micrófono profesional, tan diferente de las esquinas donde había cantado, las luces del estudio, el equipo técnico, los ingenieros observándolo. Todo le recordaba cuán lejos estaba de su cuarto en la colonia Doctores. “Canta 100 años”, dijo Pedro Infante desde la cabina de control. “Y no pienses en nada más que en la canción.

” Arturo cerró los ojos, respiró profundo y comenzó a cantar. Su voz llenó el estudio con la misma emoción que había llenado la calle. Minutos antes, los ingenieros se miraron entre sí con expresiones de asombro absoluto. No podían creer lo que estaban escuchando. Cuando terminó, hubo un silencio de varios segundos. Arturo abrió los ojos temiendo haber fallado.

Pero entonces Pedro Infante salió de la cabina con lágrimas corriendo por su rostro. Es como escuchar un regalo del universo, dijo Pedro Infante con voz quebrada. Toda mi vida he cantado estas canciones y ahora escucho cómo sonarían si alguien más las sintiera igual que yo. Arturo no sabía qué decir. Las palabras se habían atascado en su garganta junto con sus propias lágrimas.

Pedro Infante puso su mano en el hombro del joven. El mundo va a decir que eres mi imitador. Van a intentar hacerte sentir menos por sonar como yo. Pero yo te digo algo, tu voz es un don. No, una copia, y voy a asegurarme de que todos lo sepan. Lo que Pedro Infante hizo en las siguientes semanas fue extraordinario.

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