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El ritual de la caña y el espejismo del cambio

Parte 1: El ritual de la caña y el espejismo del cambio

El sol de justicia de las cuatro de la tarde rebotaba contra el toldo mugriento del Bar Lolo, un establecimiento que presumía de tener el suelo más pegajoso de todo el barrio de Prosperidad y las servilletas de papel más inútiles de la historia de la celulosa. Esas servilletas que, en lugar de limpiar, esparcían la grasa de los torreznos con una eficiencia casi artística. Javi, con la parsimonia de quien no tiene prisa por enfrentarse a la vida adulta, observaba las burbujas de su caña subir hacia la superficie con una intensidad casi religiosa. Frente a él, Nacho sudaba la gota gorda, no solo por los treinta y cinco grados a la sombra, sino por el esfuerzo titánico que estaba haciendo para convencer a su amigo de que su vida había dado un giro de ciento ochenta grados.

— Que te digo que ya no es la misma, Javi. Es otra persona. De verdad. El otro día, sin ir más lejos, se levantó a las seis de la mañana para hacer yoga. ¡A las seis! ¡Elena! Que antes, si le hablabas antes de las diez, te lanzaba un cenicero a la cabeza o te pedía el divorcio por vía de apremio.

Javi levantó la mirada lentamente, dejando que un silencio dramático flotara entre ambos, solo interrumpido por el sonido de la máquina tragaperras al fondo, que soltaba su cantinela de “¡Premio Especial!” con la misma falsedad que las promesas de un político en campaña.

— Nacho, por favor. No me hagas hablar. Que nos conocemos desde que hacíamos botellón en el parque del Retiro y aún llevabas aparato. A las seis de la mañana no se levanta nadie por placer a menos que trabaje en el mercado de abastos o tenga un brote psicótico.

— No es un brote, es evolución —insistió Nacho, dando un manotazo a la mesa que hizo bailar el plato de aceitunas—. La gente evoluciona, tío. Se da cuenta de que la vida no es solo salir de cañas y quejarse del jefe. Ella ha leído ese libro, el del monje que vendió su Ferrari, y se lo ha tomado a pecho. Ahora desayuna gachas de avena que parecen cemento armado y dice que se siente “conectada con su centro energético”.

Javi soltó una carcajada que resonó en todo el bar, haciendo que Lolo, el dueño, levantara la vista del periódico con un gesto de desaprobación. Javi se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa de aluminio frío, y clavó sus ojos en los de su amigo con la severidad de un juez de la Audiencia Nacional.

— Escúchame bien lo que te voy a decir, porque esto es una verdad universal, como que la tortilla de patatas lleva cebolla o que el AVE siempre llega tarde: Tu pareja no cambia, Nacho. Solo actúa.

Nacho se quedó petrificado, con una aceituna a medio camino de la boca.

— ¿Cómo que actúa? ¿Me estás diciendo que Elena lleva tres meses fingiendo que le gusta el yoga y la avena solo por fastidiarme?

— No por fastidiarte, alma de cántaro. Por conveniencia —sentenció Javi, dándole un sorbo largo a su cerveza—. Es una “performance” de larga duración. Como esas obras de teatro alternativo que duran seis horas y no entiendes nada, pero aplaudes al final por no parecer un paleto. Elena no ha cambiado su esencia. Elena sigue siendo la misma tía que se zampaba un kebab mixto con extra de salsa picante a las cuatro de la mañana después de cerrar el Fabrik. Lo que pasa es que ahora, por la razón que sea —probablemente porque ha visto un documental en Netflix o porque su prima la de Albacete se ha puesto fit—, ha decidido que le conviene ser “Elena la Mística”. Y tú, como eres un romántico de manual, te lo has tragado con patatas.

— Eres un cínico, Javi. Un cínico de los de antes, de los que ya no quedan. ¿Me estás diciendo que no crees en el crecimiento personal? ¿En que uno puede ver la luz y decidir ser mejor?

— Yo creo en la gravedad, en la ley de la oferta y la demanda, y en que si dejas un cartón de leche fuera de la nevera en agosto, se convierte en queso en media hora. Eso son hechos. Lo de Elena es… escenografía. Es el “método Stanislavski” aplicado a la convivencia en un piso de sesenta metros cuadrados. La gente no cambia el motor del coche, Nacho; como mucho, le dan una capa de pintura metalizada y le ponen un ambientador de pino nuevo para que parezca otro. Pero por dentro, el embrague sigue rascando igual.

Nacho suspiró, frotándose la cara con las manos. Conocía a Javi lo suficiente como para saber que, cuando se ponía en plan filósofo de barra de bar, era más difícil de mover que un piano de cola. Pero algo dentro de él se negaba a aceptar esa visión tan sombría de la naturaleza humana.

— Pero es que la veo convencida, tío. Se ha comprado una esterilla de color lila y una aplicación que le dice cuándo tiene que respirar. ¡Incluso me ha pedido que meditemos juntos!

— ¡Peligro! —Javi levantó un dedo índice en señal de advertencia—. Ahí es donde empieza el drama. La fase de proselitismo. Cuando el actor no solo quiere que te creas su papel, sino que quiere que tú también te disfraces y salgas a escena. No te engañes, Nacho. ¿La gente cambia de verdad? Ni de coña. Solo se adaptan al medio para sobrevivir o para conseguir algo. Es darwinismo social puro y duro, pero con leggings de marca.

El ambiente en el bar se volvió más denso. Un grupo de obreros entró en tromba, pidiendo bocadillos de calamares y botes de cerveza, rompiendo la burbuja de la conversación. Javi esperó a que el ruido bajara un poco, deleitándose con la cara de desconcierto de su amigo. Para él, Nacho era el ejemplo perfecto del optimista antropológico, ese tipo de persona que cree que si plantas un palo de escoba en el jardín y le hablas con cariño, acabará dando limones.

— Mira —continuó Javi, bajando la voz como si estuviera revelando un secreto de Estado—. ¿Te acuerdas de mi ex, Marta? La que decía que se había vuelto “ecofriendly” y que no podíamos tener plásticos en casa?

— Sí, la que te obligó a llevar una bolsa de tela a todos lados que ponía “I love the Planet”.

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