En Michoacán, un operativo de fuerzas de seguridad en la comunidad de Apuzio, esto en Citácuaro, derivó en la detención de cinco presuntos integrantes del cártel Jalisco Nueva Generación. Atención, última hora. Sitácuaro está en guerra. Cuatro narcobloqueos simultáneos, cinco sicarios con uniformes falsos y armas de uso exclusivo militar fueron detenidos y un número de teléfono satelital que Omar García Harfuch ya tenía en sus archivos desde 19 días antes de que el primer vehículo ardiera en Citácuaro. Eso es lo
que los noticieros te contaron, que el cártel Jalisco Nueva Generación sembró el caos en Michoacán un sábado por la mañana, que quemaron vehículos, que bloquearon carreteras, que la ciudad se paralizó de miedo, te contaron la película que el cartel quería que vieras. Lo que no te contaron es lo que pasaba detrás del humo.
Harf no reaccionó ante los bloqueos. Sarfus ya estaba esperando. A las 4:17 de la madrugada del sábado 31 de mayo, un mensaje de voz viajó por una aplicación cifrada desde un hotel en Uruapan hasta cinco teléfonos en Sitácuaro. Ese mensaje decía una sola palabra operativa y 4 minutos después de ser enviado estaba siendo analizado en tiempo real por la Unidad de Inteligencia de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana.
Pero hay algo que los noticieros no te van a contar. Esa pregunta, ¿quién envió ese mensaje? ¿Desde dónde y por qué todavía no ha sido detenido? Tiene nombre en los archivos de Harf y ese nombre es el hilo que jala todo lo demás. Para entender lo que pasó en Citácuaro el 31 de mayo, tienes que entender que es Citácuaro para el CJNG.
No es un municipio cualquiera, es el corredor de entrada a la región oriente de Michoacán. La bisagra entre el territorio controlado por el cartel en la Tierra Caliente y los mercados de distribución hacia el Estado de México y la Ciudad de México. ¿Quién controla siuaro controla el flujo? Y el CJNG lleva 3 años construyendo esa ruta con sangre, extorsión y uniformes robados al ejército.
La célula que operaba ahí no era improvisada. Eran hombres entrenados con estructura de mando, con equipos de comunicación y con chalecos balísticos que llevaban bordadas las siglas del cartel como si fueran un escudo de armas. Se movían de noche, conocían cada retén, cada cámara, cada patrulla. Habían convertido la periferia del municipio en su patio trasero.
El clima esa mañana era el que tienen los sábados de mayo en la sierra michoacana. Frío de madrugada que se rompe tarde, niebla baja sobre los cerros, olor a pino y a tierra húmeda. Un sábado que para cualquier vecino deitácuaro debía parecer normal. La célula creyó que lo tenía todo calculado. Creyó que los bloqueos los protegerían.
creyó que el humo de los vehículos en llamas les daría el tiempo suficiente para completar su operación y desaparecer antes de que llegara cualquier respuesta del gobierno. Ese fue su error de cálculo fundamental, no el último, el primero. Y entonces llegó el dato que lo cambió todo. 19 días antes de que Sitácuaro ardiera, la célula cometió su primer error y lo cometió creyendo que era una decisión inteligente.
El líder de la célula al que sus propios hombres llamaban el contador porque era obsesivo con los números, con los tiempos, con los costos, decidió cambiar la frecuencia de radio operativa de su grupo al canal 154,875 MHz. Era una banda que él creía no monitoreada, una frecuencia que había comprado a un técnico de comunicaciones en Morelia por 12,000 pes.
Una frecuencia limpia, según le dijeron. Lo que el contador no sabía era que esa frecuencia había sido identificada por un dron de vigilancia de la SSPC durante un operativo previo en Apaching 3 semanas antes. Cada transmisión, cada orden, cada confirmación de posición que el contador creyó privada quedó grabada en los servidores de inteligencia en Ciudad de México.
En 19 días, los analistas de Harf habían reconstruido la estructura completa de la célula. ¿Quién mandaba? ¿Quién ejecutaba? ¿Qué rutas usaban, a qué horas se movían? Ese fue que el primero, el segundo error lo cometió 4 días antes del operativo. El coordinador logístico de la célula rentó tres camionetas en una agencia del centro de Citácuaro.
Usó documentos que él creía perfectamente falsificados, credenciales, licencias, todo. El problema fue el CURP. El CURPE que usó estaba vinculado a una investigación abierta por la Fiscalía General de la República desde octubre de 2023. En el momento en que ese CURPE fue capturado por el sistema Plataforma México, al hacer la renta, se activó una alerta automática que llegó en tiempo real a los analistas de la SSPC.
Esa misma noche, un dron sobrevolaba la bodega de la colonia Fraccionamiento Los Laureles, donde las tres camionetas fueron estacionadas. Ya tenían fotografías satelitales, ya tenían la ubicación exacta. Pero hay algo que el contador nunca calculó. El tercer error fue el más costoso y lo cometió a las 4:17 de la madrugada del sábado cuando grabó un mensaje de voz en su teléfono y lo envió por aplicación cifrada a su coordinador en Uruapan, confirmando que el material estaba listo y los puntos activos.
Lo que ignoraba era que su teléfono había sido comprometido 11 días antes mediante una intervención técnica con orden judicial. Harfuch escuchó ese mensaje 4 minutos después de ser enviado. Lo escuchó antes de que el contador terminara de guardarse el teléfono en el bolsillo. Para cuando los sicarios encendieron el primer vehículo en el puente de fierro, los elementos tácticos de la Guardia Nacional, la Guardia Civil de Michoacán y el ejército ya llevaban 47 minutos en posición.
ya estaban ahí esperando en la oscuridad con visión térmica y silencio de radio. Ese tercer error fue lo último que calcularon mal, porque esa madrugada Harfuch ya tenía todo lo que necesitaba. A las 3:30 de la madrugada del sábado 31 de mayo, comenzó a moverse lo que el gobierno no quiere que el cartel sepa que puede mover.
No hubo sirenas, no hubo luces de emergencia cortando la oscuridad de la sierra michoacana. No hubo ninguna señal visible desde la carretera que pudiera alertar a cualquier halcón del CJNG apostado en los cerros. Lo que hubo fue silencio, un silencio calculado, entrenado, coordinado entre tres instituciones que esa madrugada operaron como una sola máquina.
Las primeras unidades en moverse fueron los elementos de la Guardia Civil de Michoacán en vehículos sin identificación, con las luces apagadas, siguiendo rutas secundarias que los análisis de inteligencia habían determinado como libres de vigilancia del cartel. Entraron al municipio por el poniente por caminos de terracería que los sicarios nunca consideraron una amenaza porque nunca los habían visto usados por fuerzas del orden.
Simultáneamente desde una base de operaciones temporal establecida 48 horas antes en las afueras de Ciudad Hidalgo, dos pelotones de infantería de La Sedena iniciaron su desplazamiento en vehículos blindados Sancat con los motores en ralentí. 220 m por minuto sin prisa. sin error. Sobre todo esto, a 400 m de altitud, un dron mail de vigilancia llevaba 53 minutos sobrevolando el municipio cuando comenzó el despliegue terrestre.
Sus cámaras de visión térmica pintaban el mapa en tiempo real. Manchas blancas de calor humano en los puntos de bloqueo, motores de vehículos encendidos, concentraciones de personal. El operador del dron trabajando desde una estación en tierra a 12 km de distancia iba actualizando las posiciones cada 90 segundos directo al centro de mando.
En el centro de mando, un oficial de enlace de la SSPC coordinaba la información entre el dron, los elementos terrestres y la sala de análisis en Ciudad de México. Cada movimiento de la célula estaba siendo observado, cada posición confirmada. Detente un segundo aquí porque lo que sigue es peor. Mientras el contador acomodaba a sus hombres en los cuatro puntos de bloqueo, creyendo que controlaba el tablero, el cerco ya era físicamente perfecto.

Las unidades de la Guardia Nacional habían sellado los dos accesos principales al municipio por el oriente. Los elementos del ejército cubrían los puntos de salida hacia Ocampo y hacia Apucho. La Guardia Civil tenía bloqueadas las rutas de escape hacia los cerros. No había ningún camino abierto en ninguna dirección.
Los cinco sicarios llevaban uniformes tipo militar, portaban armas largas y cortas, tenían chalecos balísticos y radios encriptados. Estaban armados para un enfrentamiento. Lo que no tenían era salida y no lo sabían todavía. A las 5:45 de la mañana, cuando el primer vehículo comenzó a arder en el puente de fierro y el humo negro empezó a subir sobre la niebla de la sierra, el comandante del operativo emitió una sola orden por el canal de comunicación encriptado.
Tres palabras, sin adornos, ejecuten la fase dos. Afuera todo parecía normal, adentro ya era demasiado tarde. A las 6:08 de la mañana, el operativo dejó de ser silencioso. Los primeros 4 minutos fueron de contención. Las unidades de la Guardia Nacional activaron sus luces de emergencia de manera simultánea en los cuatro puntos de bloqueo. No para anunciarse.
Era demasiado tarde para eso, sino para cerrar cualquier ilusión de escape que los sicarios pudieran todavía tener. El efecto fue inmediato y calculado. Los cinco integrantes de la célula distribuidos en los cuatro puntos se encontraron de frente con vehículos blindados, apostados exactamente donde ellos esperaban tener camino libre.
Las órdenes de alto fueron emitidas por altavoz en los cuatro puntos de manera simultánea, coordinadas por radio para que ningún integrante de la célula escuchara el silencio en otro punto y creyera que tenía opción de correr hacia allá. Dos de los sicarios obedecieron la orden de alto de inmediato tiraron las armas y levantaron las manos.
Eran los más jóvenes de la célula, 18 y 22 años, según confirmarían los documentos después. Los otros tres no. Los siguientes 7 minutos fueron de resistencia activa. El contador Butó, apostado en el punto de San Felipe junto a dos de sus hombres, tomó la decisión que define a los hombres que llevan demasiado tiempo creyendo que son intocables. Abrió fuego.
No fue un tiroteo largo, pero fue real. Los elementos de la Guardia Civil respondieron con fuego de contención desde posiciones cubiertas, utilizando la formación en cuña, que les permite mantener presión. Sin exposición frontal, un segundo sicario intentó maniobrar hacia los matorrales en la orilla de la carretera usando el humo del vehículo incendiado como cobertura.
El operador del dron lo vio en tiempo real. La coordenada fue transmitida. Los elementos terrestres ya estaban ahí esperándolo cuando salió del humo. Eso no es todo. El siguiente hallazgo hizo silencio en la sala. En el punto de Jucá, el bloqueo en el camino hacia las rosas. El tercer sicario resistente intentó algo que nadie en el equipo de operaciones había contemplado.
Usó su radio para intentar activar un grupo de refuerzo. Transmitió dos veces en la frecuencia 154,875 MHz. Nadie respondió. La frecuencia estaba siendo bloqueada activamente desde la estación de tierra del dron desde las 5:50 de la mañana. Sus refuerzos nunca escucharon el llamado. Los últimos 3 minutos fueron de colapso total.
El contador fue el último en caer, no porque fuera el más valiente, sino porque era el que más tenía que perder con la captura. Cuando el segundo integrante de su grupo en San Felipe tiró el arma y se hincó en el asfalto con las manos en la nuca, el contador quedó solo parapetado detrás de una de las camionetas rentadas con un fusil AK103 y exactamente cero opciones.
El comandante del operativo ordenó el cese de fuego ofensivo y activó el protocolo de rendición asistida. Altavoz, instrucciones claras, cuenta regresiva de 90 segundos. A los 44 segundos, el AK103 cayó al asfalto desde atrás de la camioneta. 2 segundos después, el contador salió con las manos abiertas y los ojos cerrados.
Los elementos de la Guardia Civil lo redujeron en el suelo. Esposado con la mejilla contra el asfalto frío de la carretera michoacana, el líder de la célula del CJNG en Citácuaro dejó de existir como amenaza a las 6:19 de la mañana. 11 minutos. Eso duró. Desde el centro de mando, el oficial de enlace de la SSPC transmitió el parte operativo en tres líneas.
Alto al fuego, amenaza neutralizada, cero bajas federales, cinco detenidos, cuatro bloqueos liberados y una bodega en la colonia fraccionamiento Los Laureles, cuya puerta nadie había abierto todavía. Lo que encontraron después no estaba en ningún reporte previo. La bodega de la colonia Fraccionamiento los Laureles tenía un candado industrial en la puerta principal y dos ventanas selladas con lámina soldada desde adentro.
Desde afuera aparecía un negocio cerrado abandonado, uno más entre los locales sin letrero que pueblan las periferias de cualquier municipio michoacano. Adentro era otra cosa completamente. Los elementos de la Sedena abrieron la puerta a las 7:14 de la mañana. Lo que encontraron tomó 40 minutos documentar, 14 armas de fuego largas, entre ellas cuatro fusiles AK10 con cargadores extendidos de 45 cartuchos.
El arma favorita de las células de choque del CJNG, porque no se encasquilá en condiciones de polvo y humedad de sierra. Tres rifles AR15 modificados para fuego automático, lo que en México es una modificación ilegal que convierte una carabina en una ametralladora portátil, dos escopetas calibre 12 con cañón recortado y cinco armas cortas, tres pistolas calibre 40 y dos Desert Eagle calibre 50.
Una pistola cuyo cartucho tiene suficiente energía cinética para atravesar la puerta blindada de un vehículo federal. Tradúcelo así, esa bodega tenía capacidad de fuego suficiente para sostener un enfrentamiento de 40 minutos contra una unidad completa de la Guardia Nacional. No era un escondite, era una posición de guerra.
El inventario continuó y cada objeto contó una historia diferente. 2300 cartuchos útiles de distintos calibres organizados en cajas de madera con marcas de inventario escritas a mano, lo que indicaba una operación con disciplina logística, no improvisación. Ocho chalecos balísticos, nivel cuatro, el nivel de protección que detiene proyectiles de rifle de alto poder.
Cuatro equipos de radio encriptado marca Motorola DP-570. Los mismos equipos que usa la Guardia Nacional en operaciones rurales ha adquirido, según los análisis posteriores, a través de un proveedor corrupto en Morelia, cuya investigación quedó abierta esa misma tarde. $3,000 en efectivo divididos en fajos iguales dentro de una bolsa de plástico sellada y granadas.

Cuatro granadas de fragmentación M67, el tipo que se usa en combate militar convencional, no en enfrentamientos de crimen organizado, colocadas con cuidado sobre una cobija doblada en el rincón derecho de la bodega. Pero lo más valioso no brillaba, porque entre todo ese arsenal, entre todo ese metal y pólvora y tecnología de guerra, los elementos de la sedena encontraron algo que ningún analista había anticipado.
Un cuaderno de pasta dura color negro con las hojas cubiertas de anotaciones en tinta azul. Coordenadas GPS escritas a mano. Fechas. Nombres en clave. Rutas marcadas con flechas y en la última página con escritura rodeada por un círculo hecho con marcador rojo una fecha de la semana siguiente y tres letras que los analistas reconocieron de inmediato como identificadores de municipios en Michoacán y el Estado de México.
Ese cuaderno salió de la bodega en una bolsa de evidencia sellada directamente hacia los analistas de la SSPC en Ciudad de México. Su contenido no ha sido hecho público y eso por sí solo dice más que cualquier comunicado oficial. Pero ahora el chaleco del contador, el chaleco balístico nivel 4 que llevaba puesto cuando cayó al asfalto en San Felipe, cuando los elementos de la Guardia Civil lo procesaron como evidencia, encontraron algo en el bolsillo interior izquierdo.
El bolsillo que queda exactamente sobre el corazón, una fotografía plastificada del tamaño de una credencial de elector. En la foto, dos niños pequeños de quizás cuatro y 6 años parados frente a un árbol de Navidad decorado con luces de colores. Los dos sonríen. Uno de ellos sostiene un regalo sin abrir, un hombre con granadas de fragmentación y un AK103 llevaba la foto de sus hijos pegada con cinta canela al interior del chaleco.
En el mismo chaleco que las balas de los federales podrían haber atravesado esa mañana. Ese detalle pequeño cuenta una historia grande, pero la pregunta que nadie está respondiendo es esta: ¿Quién le ordenó activar los bloqueos? ¿Quién desde Uruapan, desde un hotel de tres estrellas, dio la instrucción que puso a ese hombre y a la foto de sus hijos en el asfalto frío de Sitácuaro? Ese cuaderno negro tiene la respuesta y Harfuch ya la está leyendo.
Omar García Harfuche no hace conferencias de prensa después de cada operativo. Cuando habla es porque quiere que alguien específico lo escuche. La declaración oficial de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana sobre el operativo en Sitácuaro fue breve. Cuatro oraciones sin adjetivos, sin retórica.
Exactamente así se detuvo a cinco integrantes del CJNG vinculados a los hechos violentos del 30 de mayo en Sitácuaro. Se aseguró armamento, equipo táctico y material de inteligencia. Las investigaciones continúan y determinarán la responsabilidad de quiénes ordenaron estas acciones. Nadie que financie o dirija estas operaciones está fuera del alcance de la ley.
Analiza cada frase porque cada una es un mensaje. Se detuvo a cinco integrantes del CJNG vinculados a los hechos violentos del 30 de mayo. No dice presuntos, no dice relacionados con, dice vinculados. es una declaración jurídica y táctica al mismo tiempo. Significa que el gobierno ya tiene la evidencia que conecta a estos cinco hombres con los bloqueos antes de que cualquier juez la haya revisado.
La certeza es intencional. Se aseguró armamento, equipo táctico y material de inteligencia. La palabra que importa ahí no es armamento, es material de inteligencia. Esa frase es un aviso directo. Tenemos tu cuaderno, tenemos tus coordenadas, tenemos tus fechas. Quien escucha esa frase desde Uruapan sabe exactamente qué significa.
Las investigaciones continúan y determinarán la responsabilidad de quienes ordenaron estas acciones. ¿Quiénes? Plural. No uno. No. El líder de la célula que ya está detenido. ¿Quién es la cadena completa de mando hacia arriba, hacia el que dio la orden sin ensuciarse las manos? Es una advertencia con destino específico.
Nadie que financie o dirija estas operaciones está fuera del alcance de la ley. Esta última oración no está dirigida al público general, está dirigida a una persona, alguien que esa mañana despertó en un hotel en Uruapan, encendió su teléfono y no recibió confirmación de que la operación había salido bien. Esa oración le dice, “Sabemos que existes. Ya vamos por ti.
” Esa declaración no fue un resumen, fue un mensaje codificado. Dale like si llegaste hasta aquí, porque esto apenas comienza. Lo que pasó en Sitcuaró el 31 de mayo no es un incidente aislado. Es la tercera vez en 8 meses que una célula del CJNG activa narcobloqueos en municipios del oriente de Michoacán como operación de distracción.
Y la tercera vez que el gobierno los está esperando antes de que el humo se disipe. En septiembre del año pasado, una célula similar activó bloqueos en Apatzingán mientras intentaba mover un cargamento de precursores químicos hacia Jalisco. La Guardia Nacional interceptó el cargamento a 40 km del municipio. El patrón fue idéntico.
extracción urbana, movimiento paralelo, confianza excesiva en que el gobierno respondería al ruido visible en lugar de seguir el movimiento real. El patrón que el operativo de Sitácuaro confirma es este. El CJNG sigue apostando a la distracción porque históricamente le funcionó. Durante años, los bloqueos paralizaban la respuesta institucional.
Había que atender el fuego literalmente antes de poder pensar en inteligencia. Lo que cambió es que el ASPC ahora opera con dos capas simultáneas, una capa reactiva que responde al incidente visible y una capa de inteligencia que ya está en movimiento antes de que el incidente ocurra. Eso no es improvisación, es arquitectura institucional y tomó años construirla.
Pero la pregunta incómoda que ninguna institución está respondiendo públicamente es esta: ¿cómo llegaron cuatro granadas de fragmentación M67? Fabricación militar estadounidense a una bodega en Citácuaro. Esas granadas no se compran en ningún mercado negro convencional, tienen un origen rastreable, tienen un número de lote y ese número de lote si los analistas lo siguen hasta el final, va a llevar a una conversación que el gobierno mexicano no quiere tener en público sobre el tráfico de armamento desde el norte.
Y aquí es donde la historia cambia de dirección completamente, porque el cuaderno negro encontrado en la bodega no solo tiene coordenadas de Michoacán, tiene coordenadas del Estado de México, lo que significa que la operación que el contador estaba coordinando desde Citácuaro no era local. Era el nodo de una red más amplia con ramificaciones hacia el centro del país, con fechas programadas y con un coordinador que nunca pisó el municipio.
Cada párrafo de este análisis tiene un hecho nuevo, porque este operativo no termina con cinco detenidos, apenas empieza. Cinco hombres están esta noche bajo custodia ministerial. El arsenal está en la cadena de custodia. El cuaderno negro está siendo analizado en Ciudad de México y el reloj sigue libre. El coordinador regional que activó los bloqueos desde Uruapan, el que nunca pisóaro, el que envió tres palabras por mensaje cifrado a las 4:17 de la madrugada y luego apagó su teléfono, no está detenido, no ha sido identificado
públicamente, no aparece en ningún comunicado oficial, pero aparece en los archivos de Harfos con nombre con fotografía con un historial de operaciones que se extiende por al menos 18 meses en la región oriente de Michoacán. Lo que Harfuch tiene ahora es esto. Cinco detenidos que pueden hablar un cuaderno con coordenadas y fechas, cuatro equipos de radio encriptado cuyos registros de transmisión pueden ser reconstruidos y un número de teléfono satelital intervenido que llevaba 19 días grabando conversaciones. Es el
expediente más completo que la SSPC ha construido contra una célula operativa del CJNG en esta región en los últimos 2 años. Lo que le falta es una sola cosa, el reloj sentado frente a un juez federal. Y aquí está lo que ningún noticiero va a adelantar, pero que este canal tiene confirmado desde sus fuentes en la zona, hay una fecha escrita en ese cuaderno negro.
Una fecha de la semana que sigue a esta grabación, tres municipios marcados y una operación que el reloj lleva meses preparando y que si los tiempos se cumplen debería activarse antes de que termine el mes. La pregunta no es si Harf, ya lo sabe. pregunta es si va a llegar antes que el reloj active su siguiente movimiento o si vamos a ver otro sábado de humo negro sobre los cerros michoacanos mientras el verdadero arquitecto del caos desayuna en otro hotel de otra ciudad. Eso no es todo.
El siguiente hallazgo hizo silencio en la sala porque entre las transmisiones interceptadas de la frecuencia 154,875 MHz, los analistas identificaron una voz que no pertenece a ninguno de los cinco detenidos. Una voz que aparece en tres conversaciones distintas durante los 19 días de monitoreo. Una voz que da instrucciones con la precisión de alguien que conoce los protocolos militares.
Tiempos, fases, palabras clave. Una voz que el sistema de reconocimiento de la SSPC tiene en proceso de identificación desde el domingo 1 de junio. Esa voz tiene dueño y ese dueño tiene una fecha en el calendario de Harfush. regresa al principio por un momento. Esta mañana comenzamos con tres datos, cuatro bloqueos, cinco sicarios y un número de teléfono satelital que Harfuch tenía en sus archivos 19 días antes de que siuaro ardiera.
Te dije que los noticieros te habían contado la película que el cartel quería que vieras. Ahora ya sabes la otra película, la que se filmó en silencio, a 400 m de altitud, con cámaras de visión térmica y sin una sola sirena encendida. El CJNG activó una operación de distracción y encontró una trampa. Cinco hombres cayeron. Un arsenal fue desarmado.
Un cuaderno negro viajó a Ciudad de México dentro de una bolsa de evidencia sellada y el reloj en algún lugar de Michoacán o de Jalisco o de cualquier ciudad donde los hombres que nunca ensucian sus manos duermen con las cortinas cerradas, despertó ese sábado sin confirmación de que su operación había salido bien. lo que sigue nadie lo vio venir ni ellos porque la investigación que arrancó el 31 de mayo en Citácuaro no va a detenerse con cinco fichas en el sistema ministerial.
Va a seguir los hilos hacia arriba, hacia la voz, sin identificar en las grabaciones hacia el proveedor corrupto en Morelia que vendió los radios Motorola, hacia el origen del número de lote de las granadas M67, hacia la fecha marcada en ese cuaderno negro que los analistas de Harf están leyendo línea por línea mientras este video llega a tus ojos.
Si este canal te da algo que los noticieros no te dan, es esto, el contexto que convierte una nota de ocho párrafos en la radiografía de una guerra que se pelea en silencio de madrugada en carreteras que la mayoría de los mexicanos nunca van a pisar. Si llegaste hasta aquí, sabes más que el 90% de la gente que vio el titular y siguió scroleando.
Dale like, suscríbete si todavía no lo has hecho y activa la campana porque cuando el reloj caiga y va a caer, este canal va a ser el primero en contarte cómo pasó desde adentro con los detalles que nadie más va a tener. El próximo video viene con una fecha, un municipio y un nombre en clave que ya aparece en ese cuaderno negro. Falta poco.
Y mientras tanto, recuerda la imagen con la que terminamos hoy. Una fotografía plastificada del tamaño de una credencial encontrada en el chaleco balístico del hombre que cayó al asfalto en San Felipe. Dos niños frente a un árbol de Navidad, uno de ellos sosteniendo un regalo sin abrir. El contador ya no va a estar ahí para ver si lo abren.
La guerra no terminó, solo cambió de nombre. Yeah.