Cantaba porque era la única forma que tenía de hacer soportable lo que la vida le había puesto enfrente. Un niño que la vida abandonó antes de que pudiera caminar, que encontró en la voz la única casa que nadie podía quitarle. Ese carnicero que cantaba en silencio estaba a punto de ser descubierto.
Y cuando eso pasó, nada volvió a ser igual, ni para él, ni para la música mexicana, ni para las mujeres que tuvieron la desgracia y la fortuna de amarlo. Fue su jefe en la carnicería La Providencia, en la colonia Condesa, quien cambió el rumbo de su vida. David Lara Ríos lo escuchó cantar un día entre los cortes de carne y quedó tan impresionado que tomó una decisión inusual.
Le pagó las clases de canto con el maestro Noé Quintero, el mismo que había enseñado a Pedro Infante. Así comenzó todo. Gabriel empezó a cantar en concursos locales bajo el seudónimo de Javier Lukin, compitiendo por premios tan simples como un par de zapatos nuevos. Era tan bueno que terminaron prohibiéndole participar porque dominaba la competencia demasiado.
Luego vinieron los bares, los restaurantes, las cantinas. En 1955 fue contratado para cantar en el Bar Azteca, donde estaría durante 4 años perfeccionando su arte frente a públicos que no siempre querían escucharlo. En enero de 1956 firmó contrato con discos Columbia de México, la que hoy es Sony Music y ahí comenzó el problema.
Gabriel Siria Levario era un imitador extraordinario de Pedro Infante. Demasiado extraordinario. La disquera no quería otro infante, quería algo nuevo y lo que encontraron en él era un eco, una sombra del ídolo que ya existía. Estaban a punto de cerrarle el contrato cuando llegó Rafael Carrión, arreglista y compadre de Pedro Infante, con la instrucción que cambiaría la historia de la música latinoamericana.
Después de mil ensayos con la canción Llorarás. Después de intentos fallidos y correcciones interminables, Carrion lo miró y le dijo algo que ningún maestro le había dicho antes. Ahora imítate a ti mismo. En ese momento, en ese ensayo, Gabriel Siria Levario dejó de ser la sombra de alguien más y Javier Solís, el rey del bolero ranchero, comenzó a existir.
Había encontrado su voz y esa voz tenía un poder que ni él mismo comprendía todavía. En pocos años, ese carnicero de Tacubaya estaría sentado frente a Frank Sinatra, pero el éxito, como siempre, traía sus propias sombras y las sombras de Javier Solís eran más oscuras y más numerosas que las de cualquier otro. Lo que Javier Solís construyó en apenas 10 años de carrera activa es algo que la mayoría de los artistas no logran en toda una vida.
Más de 400 canciones grabadas, 33 películas producidas. Giras por toda Centroamérica y Sudamérica, presentaciones que agotaban cualquier sala en la que se anunciara su nombre. El 8 de febrero de 1965 grabó el tema que definiría su carrera entera, Sombras, el álbum del mismo nombre rompió todos los récords de ventas de la Columbia y le valió una medalla especial de la compañía.
Eran los tiempos en que la radio mexicana dictaba el pulso emocional de un país entero y la voz de Javier Solís estaba en todas partes. Lo comparaban con Jorge Negrete con Pedro Infante. Juntos los tres conformaban lo que el público llamaba los tres gallos de la música ranchera mexicana.
En 1965 en la ciudad de Nueva York, Frank Sinatra expresó en público su admiración por su voz y su estilo. Existían planes reales, conversaciones concretas para que los dos grabaran juntos. Un carnicero de Tacubaya, a quien su madre había abandonado de bebé, estaba a punto de grabar con Frank Sinatra.
Sin embargo, en su interior, Javier Solís nunca se creyó una estrella. decía, “Yo no he grabado todavía el tema que me inmortalice. Lo decía después de sombras, lo decía después de llorarás, de cuatro sirios, de si Dios me quita la vida de esclavo y amo.” Lo decía siempre como si ningún éxito fuera suficiente para callar la voz que llevaba adentro.
Esa voz que le recordaba de dónde venía y todo lo que aún podía perder. Y mientras México aplaudía a Javier Solís, Gabriel Siria Levario construía en silencio una arquitectura de secretos que ninguna de sus familias conocía por completo. Si ya entiendes por qué esta historia va a ser diferente a todo lo que has escuchado sobre Javier Solís, dale like a este video y suscríbete al canal.
Hay revelaciones más grandes todavía por venir. Porque el hombre que cantaba al amor con esa voz de tercio pelo, el que hacía llorar a las mujeres en primera fila, el que llenaba estadios en dos continentes, ese mismo hombre vivía una vida paralela tan compleja y tan frágil que solo era cuestión de tiempo antes de que todo se derrumbara.
Lo que está a punto de leer en este bloque no es un rumor, no es chisme de la farándula, es historia documentada con actas de matrimonio como evidencia, con jueces como testigos y con 11 hijos como consecuencia. Javier Solís no tuvo una familia, tuvo cuatro de manera simultánea. Se casó con Enriqueta Valdés Hernández, con Socorro González, con Yolanda Mollinedo y con Blanca Estela Sainz, sin divorciarse entre un matrimonio y el siguiente.
Y para asegurarse de que nadie pudiera rastrear el patrón, usaba nombres falsos en las actas de matrimonio. En el registro civil donde se casó con Enriqueta, por ejemplo, no aparecía como Gabriel Siria Levario, sino como Gabriel Siria Martínez. Un apellido diferente, una identidad ligeramente distinta, la suficiente para crear confusión legal, la suficiente para que ninguna de sus esposas pudiera encontrar fácilmente a las otras.
11 hijos reconocidos repartidos entre esas cuatro familias y otras relaciones. Cuando murió, las cuatro mujeres con actas de matrimonio válidas se presentaron ante los tribunales para reclamar sus derechos sobre la herencia. Cuatro mujeres, cuatro actas, un mismo nombre. El caos legal que siguió a su muerte tardó años en resolverse y nunca se resolvió del todo.
Pero el capítulo más trágico de toda esta historia no ocurrió en un tribunal. Ocurrió en un pasillo del Hospital Santa Elena el día de su muerte, cuando dos de sus esposas, que nunca habían estado en el mismo cuarto al mismo tiempo, se encontraron de frente, mientras el cuerpo de Javier todavía estaba caliente.
El silencio entre ellas duró lo que duran las cosas que no tienen palabras. Y luego vino algo peor. Yolanda Mollinedo era bailarina. Era la mujer con quien Javier tuvo una hija y era también la que, según quienes la conocieron, lo amó con una intensidad que no cabía en ningún secreto. Cuando Javier murió, Yolanda no encontró la manera de seguir, no encontró el lugar a donde ir cuando la persona que organizaba tu mundo desaparece sin darte siquiera el derecho público de llorarla.
En abril de 1967, al cumplirse el primer aniversario de la muerte de Javier Solís, Yolanda se disparó en la 100 mientras escuchaba uno de sus discos. La mujer que lo amó murió escuchando su voz. Murió exactamente un año después que él, sola con esa voz, sin que nadie pudiera ofrecerle lo único que necesitaba, el permiso de haber existido en la vida de ese hombre.
Cuatro matrimonios simultáneos con nombres falsos, 11 hijos, cuatro familias que no se conocían entre sí. ¿Crees que el abandono que vivió de niño explica en algo lo que hizo o no hay justificación posible para esto? Quiero leer lo que piensas. Había construido un mundo tan complejo que ni él mismo podía sostenerlo.
Y mientras intentaba mantener ese equilibrio imposible, su cuerpo llevaba años mandándole una señal. que él se negaba a escuchar. Porque Javier Solís no solo ignoró a sus médicos, ignoró todo lo que su propio cuerpo intentaba decirle hasta que ya no hubo manera de ignorarlo más. Durante al menos dos años antes de morir, Javier Solís vivió con dolores abdominales intensos que venían y se iban sin aviso.
Eran las piedras en su vesícula biliar, una condición que los médicos le habían detectado y que requería atención. Pero Javier Solís no confiaba en los médicos convencionales. Era chapado a la antigua, como decían quienes lo conocían bien. Prefería recurrir al Dr. Manuel Trillanes, un médico homeópata que durante años lo trató con píldoras homeopáticas, lo que la gente llamaba simplemente los chochitos.
Mientras tanto, la agenda seguía. conciertos, grabaciones, películas, compromisos en tres países distintos al mismo tiempo. Un mes antes de morir, tuvo un cólico tan brutal que confesó a sus amigos cercanos algo que heló el ambiente. Prefería morirse a seguir sintiendo ese dolor. Sin embargo, cuando el episodio pasó, volvió al trabajo.
filmó su última película Juan Pistolas, empujando a través del dolor como había empujado a través de todo lo demás en su vida. Pero el cuerpo tiene sus propios límites y los de Javier Solís llegaron en plena filmación cuando otro cólico lo dobló sin aviso. Esta vez no había vuelta atrás. El martes 12 de abril de 1966, Javier Solís ingresó muy enfermo al Hospital Santa Elena.
A las 6:30 de la mañana del día siguiente entró a quirófano para que le retiraran la vesícula. La operación pareció salir bien. Para el 18 de abril, el cantante ya comía. Bebía refresco de manzana y masticaba hielo, algo que le gustaba hacer. Su médico le informó a Blanca Estela que el alta estaba programada para el 21 de abril. Faltaban tr días.
Todo parecía ir bien. Demasiado bien, diría Blanca Estela. años después, cuando ya sabía lo que entonces no sabía, que el médico que había operado a Javier no era cirujano, que no tenía la especialización que esa intervención requería, que algo desde el principio no estaba en su lugar, pero Javier Solís era un hombre de carácter fuerte, terco, de una manera que sus más cercanos reconocían sin sorpresa y estaba harto.
harto del dolor de los meses anteriores, harto del hospital, harto de los límites. Aprovechando un descuido de la enfermera, tomó una jarra entera de agua con limón que alguien había dejado cerca de su cama. Agua, lo único que le habían prohibido explícitamente después de la cirugía. Cuando volvió a descompensarse, confesó lo que había hecho.
Los médicos intentaron estabilizarlo, no pudieron. A las 5:30 de la madrugada del 19 de abril de 1966, el corazón de Javier Solís se detuvo. Una enfermera que estaba a su lado en ese momento contó después que él se incorporó levemente en la cama. La miró y sus últimas palabras fueron, “Ay, Dios mío, tenía 34 años y lo que vendría después sería tan oscuro como todo lo que había precedido a esa madrugada.
Si conoces a alguien que creció escuchando a Javier Solís, comparte este video con esa persona ahora mismo. Merece conocer toda la verdad detrás del hombre que tanto amó. México lloró aquella mañana. Las estaciones de radio transmitieron su voz durante horas. Cientos de personas fueron a despedirlo. Pero mientras el país lloraba a Javier Solís, comenzaban a moverse en silencio las piezas de algo que nadie vería venir. Preguntas sin respuesta.
Versiones que no coincidían, documentos que desaparecían y en el centro de todo eso un médico con un secreto. Hay preguntas que la muerte de Javier Solís dejó abiertas y que hasta hoy no tienen una respuesta completamente satisfactoria. Empecemos por el médico. El Dr. Francisco Subiría fue el responsable de la operación de vesícula de Javier Solís.
El 19 de abril de 1966, el mismo día de la muerte, subiría ofreció una conferencia de prensa en la que declaró oficialmente que Javier había muerto a causa de una colecistitis, una infección de los canales biliares. Esa fue la versión pública. Pero cuando el investigador José Felipe Coria de la Universidad Nacional Autónoma de México entrevistó al médico años después para su trilogía El Señor de Sombras, Subiría cambió su versión.
Esta vez dijo que la muerte ocurrió por una descompensación vesicular provocada por el propio Solís al tomar agua, lo que tenía prohibido, y que eso le produjo un deterioro cardíaco irreversible. Dos versiones distintas del mismo médico, dos explicaciones incompatibles sobre la misma muerte. Cuando Blanca Estela escuchó la segunda versión, algo no le cuadraba, porque ella recordaba que el 18 de abril, el día antes de que Javier muriera, el cantante ya había tomado refresco de manzana, ya masticaba hielo. Si ya había ingerido líquido sin
consecuencias graves, ¿por qué un poco de agua con limón fue suficiente para matarlo? Blanca Estela pidió ver el expediente médico de Javier Solís y entonces vino el golpe que nadie esperaba. El expediente había desaparecido del hospital sin rastro, sin que nadie pudiera ofrecer una explicación de dónde había ido ni quién lo tenía.
Fue entonces cuando Blanca Estela descubrió algo que hizo que todo lo anterior tomara una dimensión completamente diferente. El Dr. Francisco Subiría, el hombre que había operado a Javier Solís de la vesícula, no era cirujano. No tenía la especialización necesaria para practicar esa intervención.
Y según versiones que circularon entre personas cercanas al caso y que recogió la prensa de la época, el médico, al ver que la situación de su paciente se complicaba, desapareció. Algunos decían que regresó a Puerto Rico, de donde era originario, sin dar más explicaciones. El expediente médico nunca apareció.
Nadie investigó formalmente al médico, nadie respondió por nada y el caso, con todas sus preguntas sin respuesta, quedó archivado en el silencio cómodo de una época en la que los poderosos no respondían ante nadie. Hoy, décadas después, la pregunta sigue en pie. ¿Murió Javier Solís por lo que él mismo hizo o murió por lo que alguien más no hizo? Un médico que no era cirujano, un expediente que desapareció para siempre, versiones contradictorias y nadie que respondió por nada.
¿Crees que hubo encubrimiento detrás de la muerte de Javier Solís o fue simplemente la negligencia de una época en que esto era posible? Dime qué piensas en los comentarios. Y entonces uno se detiene y mira el cuadro completo. Un niño abandonado que se convirtió en rey. Un rey que murió en silencio.
Una herencia robada con firmas falsas. Un médico que no era cirujano. Un expediente que desapareció. Cuatro familias sin justicia. 11 protección. ¿Qué queda de un hombre cuando todo eso se acaba? La última canción que Javier Solís grabó y que se estrenó públicamente mientras su cuerpo era velado se llamaba Amigo Organillero. Era una composición de Rafael Carrión, el mismo que años atrás le había enseñado a imitarse a sí mismo, el hombre que le había dado la voz.
La canción hablaba directamente de la muerte, hablaba de despedida, de partir, de ese momento en que uno decide dejar de luchar. Muchos lo llamaron una canción de Malagüero. Hoy parece más una profecía que alguien debería haber escuchado a tiempo, porque Javier Solís llevaba años hablando de la muerte como quien habla del clima.
A Blanca Estela le repetía, “Tú lo verás, no voy a llegar a viejo.” A refugio Robles, compañera de su tío Valentín, le confesó una vez, “Fíjate que tengo ganas de morirme a los 34 años.” Y cuando Refugio le preguntó por qué, Javier respondió con una lógica que solo tiene sentido si entiendes de dónde venía ese hombre.
No quiero que nadie me tenga lástima cuando ya no pueda cantar como canto ahora. murió a los 34 años, exactamente como lo había dicho. Hoy, más de medio siglo después de su muerte, los discos de Javier Solís siguen vendiéndose en catálogo al doble de lo que venden los de Pedro Infante, el hombre al que una vez intentó imitar.
Su música suena en México, en Colombia, en toda América Latina. Hay quienes la escuchan y lloran sin saber muy bien por qué. Quizás porque la tristeza que había en esa voz era real. Quizás porque un hombre que fue abandonado de bebé, que trabajó de carnicero antes de ser rey, que construyó cuatro familias que nunca se conocieron entre sí, que murió a los 34 años, operado por alguien que no era cirujano, con un expediente médico que desapareció y una herencia que alguien robó con firmas falsas. Quizás ese hombre
sabía exactamente lo que estaba cantando cada vez que abría la boca. Su tumba está en el Panteón Jardín, en la sección especial de actores de la anda en la ciudad de México. La Virgen de Guadalupe la resguarda. Los floreros suelen estar vacíos. El hombre que llenó estadios, que hizo llorar a un continente a quien Frank Sinatra admiró, pasa semanas sin una flor en su tumba.
Esa es quizás la última injusticia de todas, la más silenciosa, la más cruel. Sombras nada más. Si esta historia te llegó al corazón, si sentiste algo que no esperabas sentir, te pido que le des like a este video, que te suscribas al canal y que actives la campanita para que no te pierdas ninguna historia de las que vienen.
Y cuéntame en los comentarios cuál es la canción de Javier Solís que más te llega al alma y qué sientes al escucharla ahora que sabes todo lo que había detrás de ese hombre. Porque una cosa es escuchar sombras y otra muy distinta es escucharla sabiendo que esas sombras eran reales.