Posted in

Exploradores Desaparecieron en la Selva Amazónica — 14 Meses Después, Hallados Viviendo Entre Simios

sirvió café. El equipo que lo acompañaría a la Amazonía brasileña era pequeño pero caro. Lorena Sifuentes, bióloga chilena de 36 años, experta en primates. Rabi Chandra, fotógrafo indio que había ganado premios por sus imágenes en el Congo y Estevon Cardoso, el guía local contratado en Manaos, 50 y algo años.

 Nacido y criado en alguna aldea ribereña que Damia ni siquiera sabía pronunciar bien. Estevon fumaba cigarrillos baratos y hablaba poco. Cuando lo hacía usaba un español roto mezclado con portugués. Damián lo trataba como si fuera parte del equipaje, útil pero prescindible. La expedición tenía un objetivo claro, documentar una colonia de monos araña, nunca antes fotografiada, ubicada en una zona inexplorada del estado de Amazonas, cerca de la frontera con Colombia.

 Tres semanas, entrada y salida. Fácil, o eso creía Damián. El primer error fue ignorar el cielo. Estémoló, señaló al cuarto día de caminata cuando el grupo ya estaba a casi 80 km del último puesto de control fluvial. El guía levantó la mano, frenó en seco y miró hacia arriba con esos ojos entrecerrados que Damián detestaba, como si el viejo estuviera leyendo algo invisible.

 “Viene tormenta grande”, dijo en su español trabado. Damián ni siquiera levantó la vista del GPS. No hay tormenta programada en el radar satelital. Seguimos. Lorena, que caminaba detrás cargando una mochila llena de frascos para muestras biológicas, se detuvo. Miró a Estebon, luego a Damián. “Y si esperamos unas horas, no perdemos nada.” Damián sonríó.

Esa sonrisa que Verónica conocía tamban bien, la sonrisa de yo sé más que todos ustedes juntos. Lorena, llevamos 4 días perdiendo tiempo porque este señor señaló a Esteban sin mirarlo. Ve serpientes en cada sombra. No vamos a acampar cada vez que un pájaro cante raro. Rabby, que venía atrás ajustando las correas de su cámara profesional, soltó una risa incómoda. No dijo nada.

Nunca decía nada cuando Damián decidía algo. Siguieron caminando. Tres horas después, el cielo se partió. No fue lluvia, fue castigo. El agua caía como si alguien hubiera abierto una compuerta gigante arriba de sus cabezas. El suelo de la selva, que ya era fango, se transformó en un río marrón que arrastraba ramas, piedras, insectos del tamaño de ratones.

 El rugido del agua era tan fuerte que no se podían escuchar entre sí. “Al campamento!”, gritó Damián, aunque nadie lo oyó. Corrieron o intentaron correr, porque en la selva no se corre, se tropieza, se cae, se levanta con barro en la boca y sangre en las rodillas. Cuando llegaron al claro donde habían montado las carpas esa mañana, ya no había nada, nada.

 Las carpas habían desaparecido, las mochilas con los suministros también. El río, que esa mañana estaba a 50 m de distancia, ahora la mía, el borde del claro con lenguas marrones llenas de troncos flotantes. Estev cayó de rodillas. No dijo, “Te lo dije, no hacía falta.” Lorena temblaba tanto que sus dientes castañeteaban como maracas.

 ¿Dónde está el GPS? preguntó Rabby con voz aguda, casi infantil. Damián buscó en su chaqueta, en los bolsillos, en la cintura. No estaba. Había quedado en la mochila, la mochila que ahora probablemente flotaba rumbo al Atlántico. “No importa”, dijo Damián, aunque su voz ya no sonaba tan segura. “Tengo brújula y conocemos la ruta.

Mañana volvemos al río principal.” Y un grito agudo, desgarrador. Lorena estaba señalando algo detrás de ellos, al borde de la selva. Esteban ya no estaba. El guía había desaparecido sin ruido, sin despedida, como si la selva se lo hubiera tragado mientras discutían. Damián gritó su nombre. Una vez, dos, 10. Silencio. Solo la lluvia y algo más.

Un sonido que Raby nunca había escuchado antes. Un aullido grave, gutural, que venía de todas direcciones a la vez. No era jaguar, no era humano. Lorena lo supo primero. Son monos, susurró. Pero no sonaban como los monos que había estudiado en la universidad, sonaban organizados. Esa noche durmieron, si es que se puede llamar dormir a estar despierto con los ojos cerrados, apoyados contra un árbol gigante, empapados, sin fuego, sin comida, sin idea de dónde estaban.

 Damián no dijo nada, pero por primera vez en su vida adulta sintió algo que jamás había experimentado en el Sahara, ni en el Ártico, ni en ninguna montaña. Miedo real, el tipo de miedo que te hace entender que no eres el depredador, que nunca lo fuiste, nadie durmió. Damián lo intentó, cerró los ojos, respiró hondo, contó hasta 100 como le había enseñado su terapeuta después de su divorcio, casi pero no.

 Pero cada vez que llegaba al número 80 algo crujía o aulaba o se movía tan cerca que podía oler el olor a tierra mojada y carne podrida. Lorena lloraba callada. Esas lágrimas silenciosas que son peores que los gritos porque significan que la persona ya dejó de tener esperanza. Rab temblaba no de frío, aunque estaban empapados hasta los huesos, sino de puro terror animal.

 El tipo de temblor que no puedes controlar aunque quieras. Sus labios murmuraban algo en hindi, una oración tal vez o un insulto hacia sí mismo por haber aceptado este trabajo. Cuando amaneció, si es que eso gris enfermizo que se filtraba entre las hojas podía llamarse amanecer, Damián se puso de pie primero. Nos movemos hacia el este. El río principal está en esa dirección.

Tres días de caminata máximo. Lorena lo miró como si le hubiera dicho que iban a volar. Tres días, Damián, no tenemos agua potable, no tenemos comida. Raby tiene una herida en la pierna que ya se está infectando. Era cierto. Durante la huida de la tormenta, Raby se había cortado la pantorrilla con una rama caída.

 La herida no era profunda, pero en la selva hasta un rasguño pequeño puede convertirse en gangrena en 48 horas. Entonces nos movemos rápido”, respondió Damián, aunque su voz sonaba hueca, como si estuviera leyendo un guion escrito por alguien más. Caminaron o arrastraron sus cuerpos a través del fango. No había sendero. Estebon era quien conocía los caminos.

 Él sabía leer las marcas en los árboles, los patrones de las plantas, los sonidos que indicaban agua cerca. Sin él estaban ciegos. A media mañana, Raby colapsó. Cayó de cara contra un tronco podrido lleno de hongos naranjas que parecían orejas humanas. Cuando Lorena lo volteó, vio que su piel estaba gris, gris como ceniza.

 Tiene fiebre, dijo tocando su frente. Altísima. Necesita antibióticos. Ya. Damián miró a su alrededor. Selva, selva, selva. No había farmacia, no había helicóptero, no había rescate. Por primera vez desde que había comenzado a escalar montañas a los 20 años, Damián Torres Blanca no tenía un plan. se sentó en el suelo, puso las manos en la cabeza y ahí fue cuando escucharon el ruido.

Read More