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El Che Lloró UNA SOLA VEZ en Su Vida — El Soldado Que Lo VIO Guardó el Secreto 55 Años

 

En 55 años nunca le conté esto a nadie, ni a mi esposa, ni a mis hijos, ni al cura en confesión. Pero lo que vi aquella noche en Bolivia me persiguió cada día de mi vida. Vi al Cheguevara, el hombre que enfrentó pelotones de fusilamiento sin pestañear, caer de rodillas y llorar como si el mundo se hubiera terminado.

 Tenía sus manos cubiertas de sangre y repetía un nombre una y otra vez. Ahora, antes de morir, voy a contar qué pasó. Roberto Vargas tiene 82 años. Está sentado en una silla de ruedas en su pequeña casa de Santa Cruz, Bolivia. Los médicos le diagnosticaron cáncer de pulmón hace 6 meses y le dieron menos de un año de vida.

 Sus manos tiemblan mientras sostiene una fotografía amarillenta de 1967. En ella aparece un grupo de jóvenes soldados bolivianos, sonrientes e inocentes, sin saber que en pocas semanas participarían en la cacería del revolucionario más buscado del mundo. Roberto señala a un muchacho delgado en la esquina de la foto. Ese era yo con voz quebrada.

 Tenía 27 años y no sabía nada de la vida. Lo que vi en esa selva me enseñó todo. Roberto Vargas nació en una familia campesina en el Valle de Cochabamba. Su padre cultivaba papas y su madre lavaba ropa ajena para sobrevivir. Cuando cumplió 18 años, el ejército boliviano lo reclutó sin darle opción. Era 1958 y Bolivia atravesaba una época de inestabilidad política constante.

Roberto no tenía ideología ni ambiciones, solo quería enviar dinero a su madre cada mes y algún día regresar a su valle para comprar un pedazo de tierra. Durante 9 años sirvió en diferentes cuarteles sin ningún evento destacable. Aprendió a disparar, a obedecer órdenes sin preguntar y a sobrevivir con raciones miserables.

 En marzo de 1967, el sete, todo cambió. Su unidad fue trasladada a la región de Ñancau en el sureste de Bolivia. Los oficiales les dijeron que había guerrilleros cubanos infiltrados en la selva, comunistas peligrosos que querían derrocar al gobierno. Roberto no entendía mucho de política, pero sabía reconocer el miedo en los ojos de sus superiores.El soldado que lloró por Perón: emotiva entrevista al protagonista de la  emblemática foto | El Destape

 “Estos no son guerrilleros comunes,”, les advirtió el capitán. Su líder es el Cheegev Bara, el hombre más peligroso de América Latina. Si lo encuentran, no duden en disparar. Los primeros meses fueron de pura confusión y terror. La selva boliviana era un infierno verde donde los soldados morían más por enfermedades y accidentes que por balas enemigas.

Roberto vio a compañeros caer por picaduras de serpientes, fiebres tropicales y simple desesperación. Los guerrilleros parecían fantasmas, atacaban de noche, desaparecían antes del amanecer y dejaban trampas mortales en los senderos. Roberto empezó a escuchar historias sobre el Cheé, que lo fascinaban y aterrorizaban al mismo tiempo.

 Decían que nunca dormía, que podía caminar días enteros sin descanso, que curaba a sus hombres heridos con sus propias manos porque era médico. Decían también que trataba mejor a los prisioneros bolivianos que sus propios oficiales, que les daba comida y medicinas antes de liberarlos. Un soldado capturado y liberado les contó algo extraño.

 “Me preguntó por mi familia”, dijo el hombre con expresión confundida. “Quiso saber si mi madre estaba viva, si tenía hermanos. Cuando le dije que mi hermanito estaba enfermo, me dio medicinas de su propio botiquín.” Roberto no podía entender qué clase de enemigo era ese, pero lo que más impresionaba a Roberto era otra cosa que los sobrevivientes contaban.

 Todos, absolutamente todos los que habían visto al Che en persona, mencionaban lo mismo. Sus ojos decían, “Tiene los ojos más fríos que he visto en mi vida. No hay miedo ahí. No hay duda. Es como mirar a una estatua de piedra. Un oficial capturado durante una emboscada describió el momento en que el che lo interrogó personalmente.

 Le apunté con mi pistola cuando me atraparon”, contó el oficial. “Le dije que lo iba a matar.” El che ni siquiera parpadeó. me quitó el arma de la mano como si fuera un juguete y me dijo tranquilamente que los cobardes no matan, solo amenazan. Después me curó una herida en el brazo y me dejó ir. Nunca he conocido a alguien así.

 Roberto escuchaba estas historias con una mezcla de admiración y terror. Empezó a formarse una imagen mental del Cheegevara como una especie de máquina humana, un hombre sin emociones normales, alguien que había trascendido las debilidades comunes de la humanidad. Esa imagen estaba a punto de cambiar para siempre.

 Todavía no sabías lo que está por venir, porque lo que Roberto presenciaría en octubre de 1967 destruiría completamente esa imagen del Che como hombre de piedra. A principios de octubre, la situación de los guerrilleros se había vuelto desesperada. Estaban cercados, hambrientos, enfermos. El Che sufría ataques de asma tan severos que a veces no podía caminar.

 Su grupo original de más de 50 combatientes se había reducido a menos de 20. Entre ellos había un hombre que era más que un soldado para el Cheé. Se llamaba Jesús Suárez Gayol, pero todos lo conocían por su nombre de guerra, el rubio. El rubio era cubano, tenía 31 años y había estado con el Che desde los primeros días de la Sierra Maestra.

 Era más que un compañero de armas, era como un hermano menor que el Che había tomado bajo su protección. Roberto no sabía nada de esto en ese momento. Solo sabía que su unidad había recibido órdenes de rastrear un pequeño grupo de guerrilleros que supuestamente se dirigía hacia el río grande. Lo que encontrarían esa noche cambiaría su vida para siempre.

 La noche del 10 de abril de 1967 fue particularmente oscura. Las nubes cubrían la luna y la selva. Parecía tragarse cualquier rastro de luz. La unidad de Roberto avanzaba en silencio por un sendero estrecho cuando escucharon disparos a lo lejos. No eran muchos, quizás una docena de tiros y después silencio absoluto. El capitán ordenó avanzar con precaución.

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