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El mes de febrero en esta ciudad no es un mes.

PARTE 1

El mes de febrero en esta ciudad no es un mes.

Es un castigo divino.

Un maldito experimento sociológico para ver cuánto tardamos en volvernos locos de hipotermia.

Y yo, para variar, estaba haciendo de rata de laboratorio a la perfección.

Hacía un frío que pelaba.

De ese frío seco, madrileño, traicionero.

Ese viento del Guadarrama que no hace ruido pero que se te mete por los bajos del pantalón y te congela las ideas.

Llevaba un abrigo que compré en las rebajas del dos mil dieciséis.

Y, seamos sinceros, en el dos mil dieciséis ya era feo de cojones.

Pero hoy no me importaba la estética, ni el street style, ni las tendencias.

Hoy me importaba la pura y dura supervivencia.

Metí las manos en los bolsillos buscando un milagro.

Había un billete de metro arrugado.

Medio paquete de pañuelos de papel que habían sobrevivido milagrosamente a un ciclo de lavadora.

Un envoltorio de un caramelo de menta.

Y polvo.

Misterioso y triste polvo de bolsillo.

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