Era como si el tiempo se hubiera detenido, como si la facenda entera estuviera conteniendo la respiración. Don Armando salió de la oficina con pasos lentos, deliberados. En su mano derecha llevaba mi Biblia sosteniéndola con dos dedos como si fuera algo contaminado. En su mano izquierda llevaba un látigo de cuero.
No era un látigo común, era uno de esos látigos viejos de los que se usaban décadas atrás para arrear ganado rebelde. Tenía el mango de madera oscura, pulida por años de uso. La trenza de cuero era gruesa, de casi 2 metros de largo, con manchas oscuras que yo reconocí y de inmediato sangre seca de animales, tal vez de caballos.
Tal veg pronto sería de un hombre. El látigo colgaba de su mano con un peso siniestro. Cada paso que daba lo hacía balancearse levemente, produciendo un sonido suave, pero amenazante, como una serpiente arrastrándose por el polvo. “Este hombre”, dijo don Armando en voz alta, señalándome. “cree que Dios es más importante que su trabajo? ¿Cree que puede traer sus supersticiones aquí y desafiarme? Nadie habló.
” El silencio era pesado como piedra. Le voy a dar una oportunidad. Continuó Ezequiel. Si niegas a tu Dios ahora delante de todos te perdono, te devuelvo tu libro y seguimos como si nada hubiera pasado. Han sentí el peso de todas las miradas sobre mí. Sentí el sudor frío bajando por mi espalda y sentí algo más anuna voz suave, una certeza interna, una paz que no venía de mí.
No puedo hacerlo, don Armando”, dije con voz firme. “No voy a negar a Cristo.” Hubo murmullos entre los trabajadores. Don Armando soltó una carcajada seca. “Entonces prepárate.” Dijo, “porque vas a aprender que en este mundo solo existe lo que puedes tocar y lo que te voy a dar es muy real.” Me ordenó que me quitara la camisa y me pusiera de rodillas.
obedecí a no por su misión ciega, no por cobardía, sino porque sabía con una certeza que venía de lo profundo de mi espíritu que ese era mi momento de testimonio, mi momento de mostrar que Cristo vale más que mi comodidad, más que mi orgullo, más que mi dignidad humana, más que mi piel. Me quité la camisa lentamente.
Sentí el aire caliente golpeando mi torso desnudo. Sentí las miradas de los otros trabajadores clavándose en mi espalda. Me arrodillé sobre la tierra seca del patio. Las piedras pequeñas se clavaron en mis rodillas. Cerré los ojos por un momento y oré en silencio. Señor, dame fuerzas a no para evitar esto, sino para soportarlo con dignidad, para que tu nombre sea glorificado.
Escuché el silvido del látigo cortando el aire antes de sentir el impacto. El primer latigazo cayó sobre mi espalda como un relámpago de fuego puro. No hay palabras en español que puedan describir completamente ese dolor. Era como si mil agujas ardientes penetraran mi piel simultáneamente, como si alguien vertiera ácido sobre carne viva.
Como si me arrancaran la piel con tenazas al rojo vivo. Grité, no pude evitarlo. Ah, no soy un superhéroe. No soy de piedra, soy un hombre. Y aquel dolor era inhumano. Sentí la piel abrirse. Sentí el calor de mi propia sangre brotando de la herida. Sentí como comenzaba a deslizarse por mi columna vertebral, tibia, espesa, pegajosa.
“Sigues creyendo en tu Dios”, gritó don Armando. Con voz llena de triunfo cruel. Respiré profundo. Cada inhalación era agonía. Sí, respondí entre jinches apretados. Sí, creo en el segundo latigazo fue peor a mucho peor. Cayó exactamente sobre la misma herida abierta. Sabrá carne viva sobre nervios expuestos.
Esta vez el grito fue más largo, más desgarrador. Mi cuerpo se contrajo involuntariamente. Mis manos se clavaron en la tierra agarrando puñados de polvo con desesperación. Mis rodillas temblaron. Sentí que iba a desmayarme. Sentí que mi corazón iba a explotar dentro de mi pecho. ¿Y ahora? Preguntó don Armando. Acercándose más, disfrutando cada segundo de mi tormento.
Mi voz salió quebrada, apenas audible. Sigo creyendo. El tercero llegó desde un ángulo diferente. Cruzó mi espalda en diagonal abriendo nuevos surcos de dolor. El cuarto me arrancó un grito que resonó por toda la facenda. El quinto hizo que mi visión se llenara de puntos negros. Estaba al borde de la inconsciencia. Mi cuerpo ya no respondía correctamente.
Era solo dolor en solo sangre. solo resistencia pura de voluntad. Pero lo peor, lo absolutamente peor no era el dolor físico, era algo mucho más profundo, algo que me desgarraba el alma. Era el silencio de Dios. An. Yo oraba en mi mente, clamaba, an suplicaba. An, Señor, ¿dónde estás? ¿Por qué permites esto? Me has abandonado.

He hecho algo mal. ¿Es esta tu voluntad o estoy siendo un necio? Señor, necesito saber que estás aquí. Necesito una señal, aunque sea pequeña, aunque sea un susurro, algo, señor An. Cualquier cosa no había respuesta. Solo silencio, solo el sonido del látigo cortando el aire, solo el eco de mis propios gritos, solo el murmullo incómodo de los trabajadores que presenciaban mi humillación.
Y en ese silencio, en ese vacío aparente, mi fe fue probada de verdad, porque es fácil creer cuando Dios habla. Es fácil confiar cuando sientes su presencia. Es fácil adorar cuando todo va bien, pero creer cuando él calla, confiar cuando no entiendes, adorar cuando estás sangrando. Eso es fe verdadera.
El sexto latigazo me hizo caer hacia delante. Mis manos tocaron el polvo, mi rostro casi tocó la tierra. Respiraba con dificultad. Sentía náuseas. Sentía que iba a desmayarme. Última oportunidad, Ezequiel. Dijo don Armando, jadeando por el esfuerzo. Niega a tu Dios, Andy, que es una mentira. Y paro, cerré los ojos y en ese instante, en medio del dolor insoportable, recordé algo.
Recordé las palabras de Jesús. Han bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Recordé a los apóstoles siendo azotados y saliendo gozosos por haber sido dignos de padecer por su nombre. Levanté la cabeza. Mis ojos se encontraron con los de don Armando y con voz quebrada pero firme dije, “Ah, no, no lo negaré.
En él es real, más real que este dolor en su rostro se contorcionó de rabia pura. Sus ojos se inyectaron de sangre. Su mandíbula se apretó hasta que pude escuchar sus dientes rechinar. Levantó el látigo por séptima vez. Más alto que nunca. Sus músculos se tensaron. Todo su cuerpo se preparó para descargar el golpe más fuerte de todos, un golpe destinado a quebrarme, a hacerme retractarme y lo descargó con toda su fuerza, con todo su odio, con toda su ira.
Contra Dios, el dolor fue cegador. Fue como si me partieran la espalda en dos, como si me atravesaran con hierros candentes. Grité con una fuerza que no sabía que tenía. Mi voz se quebró a mi garganta ardió. Caí hacia delante con las manos hundiéndose en la tierra. Mi rostro casi tocó el polvo. Respiraba con dificultad, jadeando como un animal herido.
Sentía el sabor de la sangre en mi boca. Había mordido mi lengua sin darme cuenta. Y luego, luego todo cambió. Todo se volvió silencio, pero no un silencio normal, no un silencio de ausencia, sino un silencio de presencia, un silencio denso, pesado, sagrado. Un silencio que llenaba el espacio como si el aire mismo se hubiera vuelto más espeso.
Era como si el tiempo se hubiera detenido, como si el mundo entero hubiera dejado de girar. Abrí los ojos lentamente, parpadeando para aclarar mi visión borrosa. Lo primero que vi fue polvo en tierra seca, una piedra pequeña frente a mi rostro y entonces levanté la mirada. Don Armando estaba de pie frente a mí, pero había algo profundamente perturbador en su postura.
Estaba inmóvil en completamente inmóvil, como una estatua de carne. El látigo colgaba de su mano derecha, pero su brazo su brazo estaba detenido en el aire. No caído a su costado como debería estar. Después de descargar un golpe, non estaba levantado, han extendido, han congelado a medio movimiento, como si una mano invisible lo sostuviera.
Su rostro mostraba confusión absoluta. Sus ojos se movían frenéticamente, mirando su propio brazo con incredulidad. An intentó moverlo. Vi como sus músculos se tensaban con el esfuerzo. Vi como su rostro se ponía rojo. Vi como las venas de su cuello se abultaban, pero el brazo no bajaba. An movía ni 1 milro.
intentó soltar el látigo. Sus dedos se flexionaron, se estiraron, temblaron con el esfuerzo, pero permanecían cerrados alrededor del mango de madera, como si hubieran sido soldados allí, como si ya no fueran parte de su cuerpo voluntario, como si pertenecieran a otra cosa, a otra voluntad. ¿Qué? Murmuró con voz temblorosa, casi infantil.
¿Qué está pasando? ¿Por qué no puedo? Los trabajadores dieron pasos hacia atrás instintivamente algunos tropezaron con sus propios pies. Viajas cinto llevarse una mano a la boca con los ojos tan abiertos que parecían a punto de salirse de sus órbitas. Vi a Rubén santiguarse tres veces seguidas, murmurando oraciones que probablemente no había pronunciado desde su infancia.
Vi a Tomás palidecer hasta que su piel se volvió casi gris. Uno de los trabajadores más jóvenes. Un muchacho de apenas 18 años llamado Miguel, comenzó a retroceder lentamente, paso a paso, sin quitar la vista de don Armando. Otro, un hombre corpulento llamado Rafael, se dejó caer de rodillas con un golpe sordo, temblando de pies a cabeza.
Yo me quedé arrodillado donde estaba, respirando con dificultad, sangrando, pero incapaz de apartar la mirada de lo que estaba presenciando, porque sabía lo que era. Sabía exactamente lo que estaba viendo. No era un truco, a no era una ilusión, no era algo que pudiera explicarse con lógica humana. Era Dios, era su mano, era su poder, manifestándose de una manera visible, innegable, imposible de ignorar.
Don Armando intentó con todas sus fuerzas bajar el brazo. Su rostro se contorcionó con el esfuerzo. Sudor brotó de su frente, mezclándose con el polvo que cubría su piel. Gruñon gritó mal, dijom, pero nada funcionaba. El brazo permanecía levantado, firme, inmóvil, como si estuviera clavado en el aire por clavos invisibles.
“Ayúdenme”, gritó a los trabajadores con voz llena de pánico. “Alguien bájeme el brazo, por favor.” Hubo una pausa. Nadie se movió. An todos estaban demasiado asustados, demasiado choqueados. Finalmente, dos hombres se acercaron con cautela. Rubén, que ya se había levantado de sus rodillas y un trabajador llamado Fernando se miraron el uno al otro como preguntándose si realmente deberían tocar a don Armando en ese estado.
Luego, con movimientos lentos y cuidadosos, cada uno agarró el brazo de don Armando por un lado. Intentaron empujarlo hacia abajo. Pusieron todo su peso en ello. Rubén era un hombre fuerte acostumbrado a cargar pacas de alfalfa de 50 kg. Fernando no era tan grande, pero era robusto, con músculos curtidos por años de trabajo físico.
Juntos deberían haber podido bajar ese brazo sin problema, pero no se movió ni un centímetro, ni siquiera tembló. Era como si estuvieran intentando empujar una barra de acero soldada a una pared de concreto. No había flexión, no había movimiento, solo resistencia absoluta, sobrenatural. Imposible. Rubén retrocedió con los ojos muy abiertos.
Su respiración era agitada. Es imposible, susurró con voz llena de terror reverente. No se mueve. An. No es natural. An. Esto no. Esto no debería ser posible. Fernando simplemente negó con la cabeza y se alejó, limpiándose las manos en sus pantalones, como si acabara de tocar algo sagrado y peligroso.
Don Armando comenzó a entrar en pánico, un pánico real, visceral, del tipo que te hace perder toda compostura. Su respiración se aceleró hasta convertirse en jadeos cortos y desesperados. Su pecho subía y bajaba violentamente. Gotas de sudor caían de su rostro al polvo del patio, formando pequeñas manchas oscuras. Sus ojos, antes llenos de arrogancia y crueldad, ahora mostraban solo terror puro.
El terror de un hombre que ha vivido toda su vida creyendo que controla su destino solo para descubrir que hay poderes más allá de su comprensión. Intentó gritar, pero su voz salió quebrada. estrangulada por el miedo. Suelten mi brazo. Hagan algo. Esto no está pasando. No puede estar pasando.
Pero sí estaba pasando y todos lo sabíamos. An todos lo veíamos y ninguno de nosotros podía explicarlo. Yo seguía de rodillas sangrando, observando la escena con una mezcla de asombro, dolor y algo más profundo, algo que solo puedo describir como temor reverente, porque en ese momento entendí algo fundamental.
No estaba solo, nunca había estado solo. Cada latigazo, cada gota de sangre, cada grito de dolor, Dios lo había visto. Dios lo había escuchado y ahora Dios estaba respondiendo, no con un susurro a no con una señal sutil, sino con un acto de poder innegable. Y entonces, en medio de todo ese caos, de todo ese miedo, sentí algo, una voz no a udible, no externa, no como escuchar a otra persona hablar.
Era una voz dentro de mí profunda, clara, firma, inconfundible, una voz que era al mismo tiempo completamente ajena y completamente familiar. Era la voz del Espíritu Santo. Levántate, Ezequiel enla. Por un momento no me moví. El dolor en mi espalda era insoportable. Cada músculo de mi cuerpo gritaba que me quedara donde estaba, que no me moviera, que esperara a que todo esto terminara.
Pero la voz fue más fuerte que el dolor. La obediencia fue más fuerte que el miedo. Me puse de pie lentamente. Cada movimiento era una agonía. Sentí como la piel desgarrada de mi espalda se estiraba con cada pequeño ajuste de mi postura. Sentí la sangre fresca brotando de las heridas, deslizándose por mi piel, empapando la cintura de mis pantalones.
Mis piernas temblaban, mi visión se nublaba por momentos, pero había una fuerza que no era mía, sosteniéndome, una fuerza que venía de arriba, una fuerza que me hacía capaz de lo imposible. Caminé hacia don Armando. Cada paso era deliberado, cada paso era un acto de fe. Dejé un rastro de gotas de sangre en la tierra seca detrás de mí.
Los trabajadores se apartaron a mi paso, creando un camino, mirándome con una mezcla de asombro y miedo. Era como si vieran a alguien más caminando hacia don Armando. Alguien más fuerte, alguien más grande. Me detuve frente a él. Estábamos a menos de 1 metro de distancia. podía ver cada detalle de su rostro, el sudor, las lágrimas que comenzaban a formarse en sus ojos, el temblor de sus labios.
Podía escuchar su respiración errática, podía sentir su miedo emanando de él como calor de un fuego. Él me miró An y en sus ojos vi algo que nunca había visto antes. En don Armando Salazar. Vi vulnerabilidad. Vi, vi a un hombre. que había perdido todo control, toda certeza, toda confianza en su propia visión del mundo. “¿Qué me hiciste?”, gritó con voz ronca, casi suplicante.
“¿Qué brujería es esta? ¿Qué he hechizo me pusiste?” Su acusación dolió más que los latigazos, porque revelaba cuán profundamente había malinterpretado todo, cuán ciego estaba a la verdad. No es brujería, don Armando”, dije con voz tranquila, pero firme. Cada palabra salía de mi boca con una autoridad que no era mía. No es hechizo, no es magia.
Es el Dios que usted niega. Es el Dios que usted llamó invento. Es el Dios que usted dijo que era para los débiles. Es ese mismo Dios, el Dios vivo, el Dios verdadero, el Dios todopoderoso, quien está mostrándole ahora mismo, en este preciso instante, Qelis Rio. Él negó con la cabeza violentamente, como un niño que se niega a aceptar una verdad dolorosa.
No, no, esto no puede ser. Tiene que haber una explicación, algo medico, un espasmo muscular, algo. Su brazo está levantado. Continué sin apartar mis ojos de los suyos, porque usted lo levantó para castigar a alguien por adorar al Dios vivo. Lo levantó para humillar a un hijo de Dios. Lo levantó con odio, con desprecio, con burla.
Y ese mismo Dios, el Dios que usted intentó humillar a través de mí, ha decidido que usted lo sostenga kulou sayanta, que comprenda que hay un poder mucho mayoere que el suyo en este universo. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Lágrimas de miedo, sí ahí, pero también de algo más, de comprensión, de quebrantamiento.
¿Qué quiere de mí?, preguntó. Y esta vez su voz no tenía rabia. Solo tenía desesperación, solo tenía miedo. ¿Qué tengo que hacer para que pare esto? Que él existe, que él ve, aunque él juzga, y que él también puede perdonar. Hubo un silencio absoluto. Solo se escuchaba la respiración agitada de don Armando y el viento soplando entre los árboles.
¿Qué quiere de mí?, preguntó. Ahora con voz rota. Arrepentimiento respondía en reconocimiento. No tiene que creer en él de un día para otro, pero tiene que reconocer que lo que está viviendo ahora mismo no tiene explicación humana y que si Dios puede sostener su brazo en el aire, también puede sostener su vida o quitarla.
Las palabras salían de mi boca, pero yo sabía que no eran completamente mías. Era el Espíritu Santo hablando a través de mí. Andón Armando cerró los ojos. Lágrimas rodaron por sus mejillas. Su cuerpo entero temblaba. Yo yo no sé cómo balbuceó. Solo reconozca que Dios es real, dije suavemente. Solo dígalo. An hubo una pausa larga, tan larga que parecía eterna.
Y entonces, con voz apenas audible, don Armando susurró Dios, es real. En ese instante su brazo cayó. Cayó como si las cuerdas invisibles que lo sostenían hubieran sido cortadas. El látigo resbaló de su mano y golpeó el suelo. Don Armando se tambaleó hacia atrás, sosteniendo su brazo con la otra mano, masajeándolo con incredulidad.
“Se movió”, dijo mirando su propia mano como si no la reconociera. Se movió an. Los trabajadores estaban en shock. Algunos tenían la boca abierta, otros lloraban en silencio. Uno de ellos, el más joven, cayó de rodillas y comenzó a rezar el Padre Nuestro. Don Armando me miró. An ya no había desprecio en sus ojos. Había miedo, había confusión, había algo que nunca había visto en él el humildad.
¿Qué en qué fue eso? Preguntó con voz temblorosa. Un milagro, don Armando. Respondí. Dios le mostró su poder a no destruirlo, sino para llamarlo. Él negó con la cabeza, como si no pudiera procesar lo que había vivido. Se alejó caminando hacia atrás, tropezando con sus propios pasos, hasta que entró en la casa principal y cerró la puerta.
Yo me quedé de pie en el patio sangrando, agotado, pero lleno de una paz inexplicable. sabía que algo había cambiado no solo en don Armando, sino en todos los que habían presenciado ese momento. Pero lo que sucedió después fue algo que nadie esperaba. Uno de los trabajadores, un hombre mayo r llamado Jacinto, se acercó a mí con cautela.
Llevaba un trapo limpio en las manos. Ezequiel, dijo con voz suave, déjame limpiarte las heridas en asentí. Me senté sobre un banco de madera acerca del corral. Jacinto mojó el trapo en agua y comenzó a limpiar mi espalda con cuidado. Cada toque ardía como fuego. Pero yo no me quejé. Estaba demasiado absorto en lo que acababa de suceder.
Nunca había visto algo así, dijo Jacinto mientras trabajaba. He vivido 63 años. He visto muchas cosas extrañas, pero esto esto no tiene explicación. La tiene, respondí en voz baja. Se llama Dios. Anel guardó silencio por un momento. Luego dijo, “Yo era católico cuando era niño, pero dejé de ir a la iglesia hace 40 años.
Pensé que Dios no se metía en estas cosas, que él estaba muy lejos, muy ocupado, con cosas más importantes. Dios nunca está lejos, Jacinto, dije girando mi cabeza para mirarlo. Él siempre está presente, solo que a veces necesitamos que nos lo recuerde. Otros trabajadores comenzaron a acercarse, formaron un círculo alrededor de mí.
Algunos hacían preguntas, otros solo miraban en silencio. Tomás, el joven que me había avisado sobre la Biblia, se arrodilló frente a mí. Ezequiel, dijo con lágrimas en los ojos, yo me burlaba de la religión. Pensaba que la gente que creía en Dios era débil. Pero lo que vi hoy no puedo negarlo. Tú estabas destrozado, sangrando. Anaí no negaste tu fe.
Y luego luego el brazo de don Armando. Eso no fue coincidencia. Eso fue Dios. Completé la frase. Eso fue Dios mostrándose. Tomás asintió limpiándose las lágrimas con la manga de su camisa. Quiero lo que tú tienes en Quiero esa paz, esa seguridad. ¿Cómo? ¿Cómo puedo tenerla? Mi corazón se llenó de gozo a pesar del dolor.
Es simple, Tomás. Reconoce que eres pecador. Reconoce que necesitas un salvador y acepta a Jesucristo en tu corazón. Él hizo todo el trabajo en la cruz. Tú solo tienes que recibirlo ahora, preguntó Ana. Ahora respondí, allí mismo, en el patio polvoriento de esa facenda perdida en el norte de Chihuahuáa, Tomás oró conmigo, repitió cada palabra que yo decía, y cuando terminó su rostro había cambiado.
Había una luz en sus ojos que no estaba antes. No fue el único. Tres trabajadores más oraron esa tarde. Jacinto fue uno de ellos. Lloró como un niño mientras pedía perdón por 40 años de alejamiento. Fue uno de los momentos más hermosos y más dolorosos de mi vida. Hermoso por las almas que se entregaban a Cristo. Doloroso por las heridas que aún ardían en mi espalda.
Pasaron 2s horas, el sol comenzaba a descender hacia el horizonte. Yo seguía sentado en el banco, rodeado de hombres que ahora me miraban con respeto y admiración. Y entonces la puerta de la casa principal se abrió. Don Armando salió, caminó lentamente hacia nosotros. Su rostro estaba pálido, sus ojos enrojecidos. Se detuvo a unos metros de distancia.
Ezequiel dijo con voz ronca, necesito, necesito hablar contigo. A solas los trabajadores se dispersaron en silencio. Jacinto me ayudó a ponerme de pie. Don Armando me hizo una seña para que lo siguiera. Caminamos hacia la parte trasera de la casa, donde había una pequeña capilla abandonada. Hacía años que nadie entraba allí.
Las puertas estaban cubiertas de polvo y telarañas. Don Armando empujó la puerta, entró ano lo seguí. Adentro había bancas viejas, un altar deteriorado y una cruz de madera colgando torcida en la pared. Todo estaba cubierto de polvo, pero aún se sentía sagrado. Andón Armando se sentó en una de las bancas, se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar.
No era un llanto suave, era un llanto desgarrador, un llanto de alguien que lleva décadas conteniendo dolor. No sé qué hacer, dijo entre soyoso san. Toda mi vida, toda mi vida he creído que Dios era un cuento, que la religión era para los débiles. A mi padre era ateo, me enseñó a burlare de los creyentes y John, yo lo hice a me burlé, and desprecié y hoy, hoy Dios me mostró que estaba equivocado y no sé cómo vivir con eso.
Me senté a su lado, aunque cada movimiento me dolía. Don Armando”, dije suavemente, “Dios no lo confrontó para destruirlo, lo confrontó para salvarlo. Él no quiere su vergüenza, quiere su corazón.” “Pero lo que hice”, dijo mirándome con ojos llenos de culpa. “te asaté ante humillé ante y sangrar. ¿Cómo puedo?” “Ya lo perdoné”, dije con firmeza.
Antes incluso de que usted me pidiera perdón, ya lo había perdonado. Porque así es como Cristo me enseñó. Él me perdonó cuando yo no lo merecía. Y yo hago lo mismo con usted. Don Armando, me miró como si no pudiera creer lo que escuchaba. ¿Por qué? ¿Por qué me perdonas? Porque el perdón no es un sentimiento. Don Armando es una decisión y yo decido perdonarlo.
Ahora, la pregunta es, ¿usted está dispuesto a recibir el perdón de Dios? Él bajó la mirada, no sé cómo, a no sé orar. No sé a nada de esto, a no necesita saber, respondí. Solo necesitas ser honesto. Dígale a Dios lo que siente pidal y perdón. Reconozca a Jesús como su Señor. Eso es todo. Anubo un silencio largo. Y entonces don Armando se arrodilló.
Allí, en esa capilla abandonada, un hombre de 67 años que había pasado toda su vida negando a Dios, se arrodilló y oró. No fue una oración elocuente, no fue teológicamente perfecta, fue simple, fue quebrada, fue real al Dios. Si estás ahí, an, yo te pido perdón. Perdón por negar tu existencia. Perdón por burlare de los que creen en ti.
Perdón por lastimar a Ezequiel en yo. Yo no sé cómo hacer esto. Pero si tú eres real y sé que lo eres porque vi tu poder hoy, entonces quiero conocerte. Quiero quiero paz como la que tiene Ezequiel. Ayúdame, por favor. Cuando terminó, se quedó arrodillado llorando en silencio. Yo puse mi mano sobre su hombro y oramos juntos.
No sé cuánto tiempo pasamos allí. Tal vez 30 minutos, tal vez una hora. Pero cuando salimos de esa capilla, don Armando era un hombre diferente, no completamente transformado, no instantáneamente sant, pero diferente. Algo había cambiado en su interior. Los siguientes días fueron extraños. Don Armando no volvió a burlarse de nadie. No volvió a beber.
Pasaba horas solo caminando por la propiedad pensando, me buscaba a menudo para hacer preguntas sobre la fe. Preguntas simples, preguntas profundas. ¿Cómo sé que Dios me escucha? ¿Por qué Jesús tuvo que morir? ¿Qué pasa si vuelvo a fallar? Yo respondía lo mejor que podía, con paciencia, con amor, con la verdad de la escritura.
Dos semanas después del incidente, don Armando reunió a todos los trabajadores nuevamente. Esta vez no había látigo en su mano en solo mi Biblia. Hace dos semanas dijo con voz clara, yo castigué a este hombre por su fe. Lo humillé, lo hice sangrar y Dios me mostró que estaba equivocado. Me mostró que él es real.
Me mostró que yo estaba viviendo en tinieblas. Los trabajadores escuchaban en silencio. “Hoy quiero pedirles perdón”, continuó con voz quebrada. “Perdón por ser un mal ejemplo. Perdón por ser un hombre lleno de orgullo y amargura.” Y quiero decirles algo que nunca pensé que diría an. “Yo ahora creo en Dios.” An, no sé mucho.
Estoy aprendiendo an, pero sé que él es real y sé que Ezequiel es un hombre. de Diosan me extendió la Biblia. Esto te pertenece y quiero que sigas leyéndola aquí libremente en Sinedo. Y si alguien tiene problema con eso, que hable conmigo. Tomé la Biblia con manos temblorosas. No pude contener las lágrimas.
Tres meses después, don Armando construyó una pequeña capilla nueva en la facenda e no grande e no lujosa, pero limpia, sagrada. Y cada domingo por la mañana, antes de comenzar el trabajo, nos reuníamos allí. Yo leía la Biblia, angorábamos, cantábamos himnos viejos. No todos los trabajadores asistían, por muchos sí.
Guay, poco a poco, esa facenda perdida en el norte de Chihuahuá se convirtió en un lugar de luz en medio del desierto. Han pasado 5 años desde ese día. 5 años desde que un látigo abrió mi espalda y Dios abrió los ojos de un hombre que vivía en oscuridad. Las cicatrices siguen en mi espalda. Puedo sentirlas cada vez que me pongo una camisa, pero ya no me duelen son un recordatorio, un testimonio físico de que Dios es fiel incluso en medio del sufrimiento.
Don Armando ya no es el mismo hombre. Ahora lee la Biblia todos los días. ha pedido perdón públicamente a varias personas a las que lastimó con sus palabras y acciones en el pasado. No is perfecto, sigue teniendo su carácter fuerte, pero ahora ese carácter está siendo moldeado por el Espíritu Santo. A la facenda también cambió.
Ya no es un lugar de miedo y amargura, es un lugar donde Dios se mueve. Hemos visto más milagros, no tan dramáticos como aquel día, pero igual de reales. Ansanidades, an restauraciones, familiares, liberaciones de adicciones. Yo sigo trabajando allí. Pero ahora también soy algo más. Soy el líder espiritual de esos hombres.
No porque yo lo busqué, sino porque Dios me puso en esa posición. Y es un honor que no tomo a la ligera. Cada vez que cuento esta historia, la gente me hace la misma pregunta. ¿Tuviste miedo? ¿En algún momento pensaste en negar a Cristo? La respuesta honesta es, An. Sí, tuve miedo a mucho miedo. El dolor era real, la humillación era real.
Y hubo un momento después del cuarto latigazo en que pensé, “¿Por qué no simplemente digo lo que él quiere oír? ¿Por qué seguir sufriendo?” Pero entonces recordé algo. Recordé que Jesús pudo haber bajado de la cruz, pudo haber llamado a legiones de ángeles para que lo salvaran. Pero no liso, porque mi salvación valía más que su comodidad.
Y si él hizo eso por mí, ¿cómo podía yo negarlo por un poco de dolor temporal? El versículo que más significado tiene para mí después de todo esto es Romanos las 8:18. Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Ese día, en ese patio polvoriento, bajo el sol implacable de Chihuahuáa, las aflicciones fueron reales.
Pero la gloria que Dios manifestó fue infinitamente mayo R. No solo en el milagro del brazo de don Armando, sino en las vidas que fueron transformadas. en las almas que se entregaron a Cristo, en la luz que comenzó a brillar en medio de la oscuridad. Hay algo que aprendí en todo esto. Aprendí que Dios no siempre nos libra del sufrimiento, a veces nos libra a través del sufrimiento.
Yo no fui rescatado antes de los latigazos, fui sostenido durante los latigazos. Y eso hizo toda la diferencia. También aprendí que nuestro testimonio más poderoso no es cuando todo está bien, es cuando todo está mal. Y aún así seguimos confiando. Es cuando estamos sangrando y aún así seguimos adorando.
Es cuando estamos en el valle de sombra de muerte y aún así decimos, “No temeré mal alguno, porque tú estás conmigo.” Don Armando me dijo algo hace unos meses que nunca olvidaré. Estábamos sentados en la capilla después del servicio dominical. Todos los demás ya se habían ido. Él me miró y dijo en Ezequiel, “Yo te odié ese día.
Te odié porque tu fe me mostraba mi vacío. Te odié porque tú tenías algo que yo nunca había tenido en paz. Y pensé que si te destruía y te incuebraba, podría destruir esa paz. Pero no pude, am, porque tu paz no venía de ti, venía de alguien más grande. Y cuando vi que ni siquiera siete latigazos podían quitarte esa paz, supe que tenía que conocer a ese alguien.
Esas palabras me quebraron porque me hicieron entender algo profundo. A mi sufrimiento no fue en vano. Fue el instrumento que Dios usó para alcanzar un alma perdida. ¿Valió la pena? Cada gota de sangre, caricatras, cada momento de dolor valió la pena. Porque don Armando ahora conoce a Cristo, porque Tomás ahora camina con Dios.
Porque Jacinto regresó a la fe después de 40 años. Porque otros hombres, hombres rudos del campo, que nunca habrían entrado a una iglesia, ahora oran con sinceridad. Y todo comenzó con un látigo, con un castigo, con una elección. La elección de no negar a Cristo, incluso cuando dolía, incluso cuando parecía que Dios estaba en silencio, incluso cuando no entendía por qué tenía que pasar por eso.
Hay un himno que cantamos ahora en la capilla, se llama Adiós sea la gloria. Hay una estrofa que dice, “Han grandes cosas ha hecho, grandes cosas hará, grandes victorias a él nos dará.” Cada vez que la cantamos, recuerdo ese día, recuerdo el dolor, el recuerdo el miedo, pero sobre todo recuerdo el milagro.

Recuerdo el brazo de don Armando suspendido en el aire. Recuerdo su rostro lleno de terror transformándose en un rostro lleno de asombro. Y sé con cada fibra de mi ser que Dios es real, que él ve aunque él escucha. Q, no siempre de la manera que esperamos, no siempre en el tiempo que queremos, pero siempre de la manera perfecta, siempre en el tiempo perfecto.
Si estás viendo este testimonio ahora mismo, tal vez estás pasando por un momento difícil. Tal vez alguien te está presionando para que niegues tu fe. Tal vez te sientes solo, abandonado, olvidado por Dios. Quiero decirte algo con toda la autoridad que me da haber vivido esto. An Dios no te ha olvidado. En él está contigo, incluso cuando no lo sientes, incluso cuando el dolor es insoportable, incluso cuando parece que el cielo está en silencio.
Él está ahí trabajando, moldeando, han preparando un milagro que tú aún no puedes ver. No sé qué látigo estás recibiendo en tu vida en este momento. Puede ser una enfermedad, puede ser una traición, puede ser persecución, puede ser soledad, puede ser duda, lo que sea que estés enfrentando, no lo enfrentes solo. Clama a Dios.
Incluso si sientes que no te escucha, clama de todas formas, porque él está más cerca de lo que imaginas. Y si estás viendo esto y aún no conoces a Cristo, si aún no has entregado tu vida a él, este es tu momento. No esperes a que Dios detenga tu brazo en el aire. No esperes a un milagro dramático al responde ahora.
Mientras tu corazón aún está sensible, mientras el Espíritu Santo aún está tocando tu vida, di con sinceridad a Dios, yo creo en ti. Perdona mis pecados, entra a mi vida. Sé mi Señor en es simple, es poderoso, anés, transformador. Mi nombre es Ezequiel Ramírez. Llevo cicatrices en años que cuentan una historia de dolor, de fe y de milagro.
Y si pudiera volver atrás, si pudiera habitar ese día, no lo haría. Porque ese fue el día en que Dios usó mi sufrimiento para su gloria. Y no hay nada más grande que eso. Que Dios te bendigan, que Dios te fortalezca y que cuando llegue tu momento de decidir entre negar a Cristo o sufrir por él, tengas el valor de elegir correctamente, porque él vale más, mucho más.
A Dios sea la gloria. Amén. Comenta desde qué país estás viendo este milagro y si este testimonio tocó tu corazón, compártelo. Alguien que conoces puede estar necesitando escuchar esto. Dios te bendiga.