Algunos compañeros hablan de rendirse, pero nadie se atreve a decirlo en voz alta. El viejo guerrillero cerró el cuaderno por un momento. Sus manos temblaban más que antes. En agosto, las cosas se empeoraron dramáticamente. Continuó Julio con voz tensa. El ejército había capturado algunos de nuestros compañeros.
Bajo tortura revelaron información sobre nuestras rutas y campamentos. Estábamos siendo cercados lentamente. Roberto se dio cuenta de que su padre estaba llegando al punto crítico de la historia. El Che tomó una decisión difícil. Dividió la guerrilla en dos grupos para confundir al ejército. Él lideraría un grupo de unos 17 hombres.
Yo estaba en ese grupo. Julio abrió de nuevo el diario, esta vez a una página marcada con una cinta roja desteñida. Esta es la entrada del 5 de octubre de 1967. Dos días antes de antes de que todo terminara, su voz se quebró. Ese día tuvimos un encuentro con soldados del ejército en el quebrada del yuro. Fue un desastre. Perdimos a tres compañeros.
El che resultó herido en la pierna. Su rifle fue destruido por una bala. Quedamos separados del resto del grupo. Roberto sintió la tensión aumentar. Esa noche acampamos en una quebrada estrecha. Éramos solo 16 hombres heridos, hambrientos y aterrorizados. El Che intentó mantener la moral alta, pero todos sabíamos que el final estaba cerca.
El 6 de octubre al amanecer, el Che nos reunió, dijo Julio. Su voz apenas un susurro. Ahora nos dijo que el ejército probablemente conocía nuestra posición, que tendríamos que intentar romper el cerco esa noche, pero había un problema. Julio se detuvo luchando por continuar. Roberto puso su mano sobre la de su padre. Qué problema, papá.
No teníamos suficientes armas”, respondió Julio. Varios rifles estaban rotos, casi no nos quedaban balas. Y el Che, nuestro líder, no tenía ni siquiera un rifle funcional. Estábamos indefensos. Las lágrimas ahora corrían libremente por el rostro arrugado de Julio. Esa tarde, mientras el che dormitaba bajo un árbol agotado por el asma y la fiebre de su herida, yo tomé la decisión que me perseguiría durante 50 años.
Roberto contuvo la respiración. Decidí huir. El silencio en la habitación era absoluto. Afuera el viento había cesado. Era como si el mundo entero estuviera esperando escuchar el resto de la confesión. No fui el único, admitió Julio. Otros dos guerrilleros jóvenes, Orlando y Benjamín, también estaban aterrorizados.
Hablamos en voz baja, planeando nuestra deserción. Alrededor de las 10 de la noche del 6 de octubre, cuando todos dormían, excepto el guardia, nosotros tres nos escabullimos del campamento”, confesó Julio, su voz llena de vergüenza. Me llevé mi mochila, mi rifle roto y me fui caminando en silencio hacia la oscuridad de la selva.
Cada paso que daba me alejaba del Cheé, me alejaba de la revolución, me alejaba del hombre que había prometido seguir hasta la muerte. Roberto escuchaba horrorizado y fascinado. Caminamos toda la noche alejándonos lo más posible. No hablábamos, solo caminábamos, cada uno perdido en su propia culpa y su propio terror.
Julio abrió el diario a una página específica. Esta es la entrada que escribí la mañana del 7 de octubre de 1967, escondido en una cueva a kilómetros del campamento del Cheé. leyó en voz alta con voz temblorosa. Esta mañana desperté y me di cuenta de lo que hice. Abandoné al che. Huí como un cobarde. Ahora estoy escondido en una cueva a salvo, mientras él y los demás enfrentan al ejército sin mí.
¿Qué clase de revolucionario soy? ¿Qué clase de hombre soy? He traicionado todo en lo que creía. El 8 de octubre continuó julio. Escuchamos disparos a lo lejos. Duraron horas. Supimos que había una batalla. Orlando, Benjamín y yo nos miramos, pero ninguno dijo nada. Estábamos aterrorizados de volver, pero también aterrorizados de lo que significaba no volver.
Roberto podía ver el tormento en los ojos de su padre. El 9 de octubre, un campesino que pasaba cerca de nuestra cueva nos dio la noticia. El Chegueevara había sido capturado el día anterior en Quebrada del yuro. Estaba prisionero en la higuera, una pequeña escuela en un pueblo cercano. Julio se cubrió el rostro con las manos.
Cuando escuché eso, algo dentro de mí murió. Supe que si yo hubiera estado allí, si no hubiera desertado, tal vez las cosas habrían sido diferentes. Éramos tres hombres menos en esa batalla. Tres rifles menos, aunque rotos. tres revolucionarios menos defendiendo al Che. El viejo guerrillero soyaba ahora sin control.
El campesino nos dijo algo más, que solo 16 guerrilleros habían luchado contra más de 100 soldados que habían peleado heroicamente, pero fueron superados. Y yo yo estaba escondido en una cueva a solo 15 km de distancia. El 10 de octubre, dijo Julio con voz apenas audible, otro campesino trajo la noticia final.
El cheegevara había sido ejecutado en la higuera. Le dispararon en una pequeña escuela. Murió a las 1:10 de la tarde del 9 de octubre. Roberto vio como su padre se desmoronaba completamente. En ese momento, Orlando se quitó la vida. Se disparó con su rifle roto que milagrosamente tenía una bala. No dejó nota, solo se voló la cabeza.
Benjamín y yo lo enterramos en la selva sin decir palabra. Julio temblaba violentamente ahora. Benjamín y yo nos separamos días después. Nunca volví a verlo. Nunca supe qué fue de él. Yo caminé durante semanas hasta llegar a La Paz. Me escondí. Cambié mi nombre temporalmente. Viví como un fantasma. Roberto ahora también lloraba, comprendiendo el peso que su padre había cargado durante toda su vida.
Durante meses esperé que alguien viniera a arrestarme, a ejecutarme por desertor, pero nadie vino. Nadie sabía que había huído. En el caos de la derrota de la guerrilla, tres desertores más no importaban. éramos solo estadísticas perdidas en un fracaso mayor. En 1968 me casé con tu madre, continuó Julio. Nunca le conté la verdad completa.
Le dije que había sido guerrillero, que había conocido al Che, pero nunca le dije que había desertado. Vivimos una vida normal. Tuve un trabajo en una fábrica. Te criamos a ti y a tus hermanos. Pero cada noche, cada noche, durante 50 años veía el rostro del Che. Roberto tomó la mano temblorosa de su padre.
Papá, eras solo un niño de 22 años aterrorizado. No puedes culparte por Claro que puedo gritó Julio de repente con una fuerza que sorprendió a ambos. Yo le juré lealtad. Le prometí que lucharía hasta el final. Y cuando llegó el momento de la verdad, uy, huí y lo dejé morir. El anciano se calmó agotado por el arrebato emocional. ¿Sabes qué es lo peor, hijo? No es solo que huí, es que durante 50 años he vivido preguntándome, ¿y si me hubiera quedado? ¿Y si esos tres rifles más hubieran marcado la diferencia? ¿Y si mi presencia hubiera cambiado algo en esa
batalla? Roberto no tenía respuestas, solo podía escuchar y acompañar el dolor de su padre. He seguido cada libro, cada documental, cada testimonio sobre la muerte del Che”, confesó Julio. “Conozco cada detalle de esa batalla en quebrada del yuro. Sé que el che fue herido en la pierna. Sé que su rifle fue inutilizado.
Sé que gritó, “¡No disparen, soy el Cheegevara, valgo más vivo que muerto”. Cuando fue capturado, Julio abrió el diario a las últimas páginas. Durante todos estos años he escrito aquí tratando de entender, tratando de perdonarme, pero no puedo. Leyó una entrada reciente, 10 de octubre de 2016. Hoy hace 49 años que mataron al Che.
Tengo 71 años. He vivido 49 años más que él. Cada año extra que vivo se siente como un robo. Yo debería haber muerto en esa quebrada luchando a su lado. En cambio, él murió y yo viví una vida que no merezco. Roberto sintió un nudo en la garganta. Papá, el che no habría querido que vivieras así torturándote.
¿Cómo lo sabes? Preguntó Julio con amargura. Yo sí sé lo que el che habría pensado. Lo escuché hablar sobre la lealtad, sobre el compromiso revolucionario. Habría considerado mi deserción como la peor traición posible. En 2017, cuando se cumplieron 50 años de su muerte, algo cambió en mí, dijo Julio. Comencé a tener pesadillas más intensas.
Veía al che en mis sueños, herido, rodeado de soldados, buscándome con la mirada y yo no estaba allí. Roberto abrazó a su padre. Por eso decidí contarte la verdad ahora, susurró Julio. Porque necesito que alguien sepa. Necesito que alguien entienda que el Cheegevara no solo fue traicionado por gobiernos y ejércitos, fue traicionado también por algunos de nosotros, los que juramos luchar a su lado.
El anciano miró directamente a los ojos de su hijo. Durante 50 años he vivido con esta pregunta. ¿Habría sobrevivido el Che si yo no hubiera desertado? No tengo respuesta, nunca la tendré, pero esa incertidumbre es mi castigo, mi infierno personal. Roberto no sabía qué decir. ¿Cómo juzgas a un hombre de 22 años aterrorizado que tomó una decisión de supervivencia? ¿Cómo condenas a alguien que ya se ha condenado a sí mismo durante medio siglo? Papá”, dijo finalmente Roberto, “creo que ya has pagado suficiente por esa noche.” Julio negó con la cabeza
lentamente. Nunca será suficiente, pero al menos ahora alguien más conoce la verdad. Cuando yo muera, tú sabrás quién era realmente tu padre. No el héroe revolucionario que la gente cree, sino el cobarde que huyó cuando más se le necesitaba. Roberto tomó el diario de las manos de su padre. Esto no te define, papá.
Una decisión en una noche terrible no borra quién eres. Tal vez no, respondió Julio, pero es la decisión que importa, es la que cambió la historia, es la que me robó la paz para siempre. Afuera, la noche había caído completamente sobre la paz. Padre e hijo permanecieron sentados en silencio, unidos por una confesión que había esperado 50 años para ser escuchada.
Julio Méndez había guardado su secreto durante medio siglo, pero ahora, al revelarlo se daba cuenta de algo terrible. Confesar no traía alivio, solo confirmaba lo que siempre había sabido. Que esa noche del 6 de octubre de 1967, cuando huyó de la selva de Yankaazu, no solo abandonó al Che Guevara, se abandonó a sí mismo y nunca pudo regresar.
Los días siguientes a esa confesión fueron extraños para Roberto. Su padre parecía más ligero, como si quitarse ese peso de encima hubiera aliviado algo en su alma. Pero al mismo tiempo más frágil, como si confesar lo hubiera hecho vulnerable de una manera nueva. Roberto comenzó a investigar por su cuenta.
Buscó documentos históricos sobre la guerrilla del Che en Bolivia. Leyó testimonios de sobrevivientes y encontró algo que nunca esperó. No estaban registrados todos los guerrilleros que estuvieron con el Che. Algunos nombres se habían perdido en el caos. Algunos hombres simplemente desaparecieron de los registros oficiales. Su padre era uno de ellos.
Julio Méndez no existía en ninguna lista oficial de la guerrilla de Ñankawasu. Era un fantasma en la historia. Una semana después de la confesión, Roberto regresó a la casa de su padre con noticias. Papá, encontré algo”, dijo sentándose frente al anciano que ahora parecía haber envejecido 10 años más en solo 7 días.
Hay otros, otros guerrilleros que desertaron y que nunca hablaron de ello. No está solo en esto. Julio levantó la vista. Sus ojos hundidos mostraban décadas de insomnio y culpa. ¿Qué encontraste? Roberto sacó unos papeles impresos de internet. Encontré un testimonio de 2004. Un hombre llamado Ciro Bustos, que era parte de la red de apoyo del Che, él desertó antes, en abril de 1967.
Fue capturado y bajo tortura reveló información sobre el campamento. Vivió con esa culpa hasta que murió en 2017. Julio tomó los papeles con manos temblorosas. Ciro Bustos, murmuró. Recuerdo ese nombre. El Che lo mencionó, lo llamó traidor. Roberto asintió. Pero aquí está lo interesante, papá. Antes de morir, Bustos escribió un libro.
En él dice, “He vivido 50 años preguntándome si mi deserción contribuyó a la muerte del Che.” La respuesta honesta es probablemente sí, pero también sé que el Che estaba destinado a morir en esa misión. Bolivia fue un suicidio desde el principio. Las palabras resonaron en la habitación. Julio cerró los ojos.
un suicidio desde el principio, repitió, “¿Qué quiere decir?” Roberto continuó leyendo. Bustos escribió, “El Che sabía que las probabilidades estaban en su contra. No había apoyo campesino. Fidel Castro en Cuba no enviaba los refuerzos prometidos. El ejército boliviano estaba siendo entrenado por asesores estadounidenses, pero el Che fue de todos modos porque para él morir por la revolución era más importante que vivir comprometiendo sus principios.
Julio abrió los ojos, lágrimas corriendo por sus mejillas. Entonces él sabía. Creo que sí, papá”, respondió Roberto suavemente. “Creo que el che sabía que probablemente no saldría vivo de Bolivia y creo que en algún nivel eso era exactamente lo que buscaba, morir como mártir, como héroe puro que nunca se rindió.
” El anciano guerrillero miró al techo procesando esta nueva información. Si eso es, es verdad. Si él estaba dispuesto a morir desde el principio, entonces mi deserción no cambió nada. Él iba a morir de todos modos. Roberto tomó la mano de su padre. No lo sé, papá. Tal vez sí, tal vez no, pero lo que sí sé es que no puedes cargar con toda la responsabilidad de la muerte de un hombre que eligió su propio destino.
Pero Julio no estaba convencido todavía. ¿Y qué hay de los otros que se quedaron, los que lucharon hasta el final? Ellos sí fueron leales. Roberto había investigado eso también. Papá, de los 16 guerrilleros que estaban con el Che en esa última batalla, solo cinco sobrevivieron. 11 murieron o fueron ejecutados.
Los cinco que sobrevivieron lo hicieron porque huyeron durante la batalla o se rindieron. Julio lo miró con incredulidad. ¿Qué es verdad?, Continuó Roberto. Un guerrillero llamado Pombo escapó durante el tiroteo y logró llegar a Chile. Otro llamado benigno fue herido, pero logró huir y también llegó a Cuba años después. Ellos huyeron durante la batalla.
Papá, tú huiste antes. ¿Cuál es realmente la diferencia moral? Julio se quedó en silencio por un largo rato. Nunca había considerado esta perspectiva. Siempre había asumido que todos los demás habían sido héroes perfectos. y que solo él había sido el cobarde. La diferencia, dijo finalmente Julio, es que ellos lucharon primero.
Yo antes de que comenzara la batalla. Roberto sacó otro documento. Papá, quiero leerte algo más. Es de una entrevista con Aleida March, la viuda del Che, hecha en 2007. Leyó en voz alta. Cuando le preguntaron si culpaba a los guerrilleros que desertaron o huyeron, Aleida respondió, “No los culpo.
” Eran jóvenes aterrorizados enfrentándose a un ejército profesional. Ernesto sabía que muchos no tenían la preparación mental ni física para lo que les estaba pidiendo. Él no los odiaba, sentía lástima por ellos. Julio soyó al escuchar esas palabras. La viuda del Che dijo eso. Sí, papá. La mujer que más derecho tenía a odiar a los desertores los perdonó.
Dijo que el Che entendía el miedo, que él mismo tenía miedo, pero lo superaba con voluntad. Roberto se acercó más a su padre. Papá, has vivido 50 años odiándote a ti mismo, castigándote, pero tal vez es momento de considerar que el Che, si estuviera aquí, te habría perdonado hace mucho tiempo. El anciano negó con la cabeza.
No lo sabes, no puedes saberlo. Tienes razón, admitió Roberto. No puedo saberlo. Pero, ¿sabes quién sí puede perdonarte? Tú mismo. Y no lo has hecho en 50 años. En las semanas siguientes, Roberto convenció a su padre de hacer algo que Julio había evitado durante medio siglo. Visitar la higuera, el pueblo donde el che fue ejecutado. No puedo, protestó Julio.
No puedo ir allí. No puedo pararme en el lugar donde él murió, sabiendo que yo lo abandoné. Por eso mismo tienes que ir, papá, insistió Roberto. Has estado huyendo de ese lugar durante 50 años. Es momento de enfrentar lo que pasó. Después de mucha persuasión, Julio aceptó. En noviembre de 2017, padre e hijo viajaron juntos a la higuera, un pequeño pueblo en las montañas de Bolivia que se había convertido en un lugar de peregrinación para admiradores del Cheé.
Cuando llegaron, Julio comenzó a temblar. No puedo respirar, dijo. Es como si el aire aquí estuviera cargado con su muerte. Roberto sostuvo a su padre mientras caminaban por el pueblo. Había murales del che en las paredes. Turistas tomaban fotos. Vendedores vendían souvenirs con la imagen icónica del revolucionario. Todo se sentía extraño y profano para Julio.
Su culpa se había convertido en una industria turística. Finalmente llegaron a la vieja escuela donde el Che había sido ejecutado. Ahora era un museo. Julio se detuvo en la puerta incapaz de entrar. No puedo susurró. No puedo entrar ahí. Un anciano estaba sentado en un banco cerca de la entrada. Tenía que tener al menos 80 años.
Miró a Julio con curiosidad. ¿Usted lo conoció? Preguntó el anciano. Julio volteó sorprendido. ¿Cómo lo sabe? Por la forma en que mira este lugar, respondió el viejo, solo los que estuvieron allí miran así. Yo también estuve aquí ese día. Soy de este pueblo. Tenía 30 años cuando trajeron al Che prisionero.
Julio se sentó junto a él. Sus piernas ya no podían sostenerlo. ¿Usted lo vio? El anciano asintió. Lo vi. Vi como lo trajeron, herido y débil. Vi como los soldados lo metieron en esa escuela. Y al día siguiente escuché los disparos que lo mataron. Hubo un silencio pesado. Dígame, preguntó Julio con voz quebrada. Él Él tuvo miedo.
El anciano consideró la pregunta cuidadosamente. Vi sus ojos a través de la ventana antes de que lo ejecutaran. No vi miedo. Vi tristeza, vi cansancio, pero no vi miedo. ¿Sabe qué es lo que más me impactó? Continué el anciano, que era solo un hombre. Toda mi vida había escuchado sobre el Cheguevara, el revolucionario invencible, pero cuando lo vi ahí herido, con asma, tosiendo, muriendo, era solo un hombre de 39 años que había tomado decisiones que lo llevaron a ese momento.
Julio comenzó a llorar abiertamente. Yo estuve con él. Yo era guerrillero y yo lo abandoné dos días antes. El anciano no mostró sorpresa ni juicio, simplemente asintió. Y ha cargado con esa culpa todos estos años. 50 años, confesó Julio. 50 años preguntándome si mi deserción contribuyó a su muerte. El anciano puso su mano arrugada sobre el hombro de Julio.
Hijo, voy a decirte algo. Yo vi como el ejército operaba. trajeron más de 100 soldados para capturar a 16 guerrilleros. Tenían helicópteros, armas modernas, entrenamiento estadounidense. Ustedes tenían rifles viejos y casi sin balas. Hizo una pausa. El che iba a morir ese día con el sin usted. La única diferencia es que si usted se hubiera quedado, ahora habría dos tumbas en lugar de una.
Las palabras del anciano resonaron en julio como un trueno. Durante 50 años había asumido que su presencia habría marcado la diferencia. Pero, ¿y si no era así? ¿Y si su muerte no habría salvado al Che? Solo habría añadido otro nombre a la lista de caídos. Pero la lealtad, susurró Julio. Le prometí lealtad hasta la muerte. El anciano sonrió tristemente.
Y la vida no es una forma de lealtad. vivir, recordar, mantener viva la memoria. Usted ha pensado en el che olvida después de usar su imagen en una camiseta. Roberto observaba esta conversación fascinado. Este encuentro casual estaba haciendo más por su padre que cualquier cosa que él hubiera podido decir.
“Yo también desconfío de algo”, confesó el anciano. Después de que ejecutaron al Che, los soldados celebraron. Bebieron, se rieron y yo yo no hice nada para detenerlos. Eso me hace cómplice. Debería haber protestado y ser ejecutado también. Julio lo miró. Es diferente. ¿Usted era civil? ¿Lo es?, preguntó el anciano. O simplemente nos justificamos de maneras diferentes.
Todos tenemos nuestros fantasmas, hijo. La pregunta es, ¿vamos a dejar que nos persigan hasta la tumba? El anciano se levantó con dificultad. Voy a decirle algo más, algo que nunca le he dicho a nadie. Se acercó a la ventana de la vieja escuela, la misma por la que había visto al Che 50 años antes.
La noche después de que ejecutaron al Che, un joven soldado vino a mi casa. Estaba llorando incontrolablemente. Era uno de los que había estado de guardia cuando mataron al Che. Julio y Roberto escuchaban atentamente. Ese soldado me dijo, “Maté al hombre equivocado. Él no era el enemigo. Los enemigos son los que nos ordenaron matarlo.
Ese soldado se suicidó tres meses después. Tenía solo 20 años. El anciano se volvió hacia Julio. Mi punto es este: la muerte del Che creó muchas víctimas. Los que murieron con él, los que lo mataron, los que lo abandonaron, los que no pudieron salvarlo, todos cargamos con algo. Pero él no habría querido eso. El Che creía en la vida, en luchar por un mundo mejor, no en que la gente se destruyera por su muerte.
Julio sintió algo quebrarse dentro de él. Algo que había estado apretado durante 50 años finalmente se aflojó. Finalmente, Julio entró a la escuela museo. Era una habitación pequeña, simple. Había fotos del che en las paredes, flores frescas en el suelo, una placa que marcaba el lugar exacto donde había caído. Julio se arrodilló frente a esa placa.
Roberto se quedó atrás dándole espacio a su padre. Comandante”, susurró Julio, hablándole directamente al fantasma que lo había perseguido durante medio siglo. “He venido a decirle algo que debí decir hace 50 años.” Las lágrimas caían sobre la placa de bronce. Lo siento. Siento haberlo abandonado.
Siento haber sido un cobarde. Siento no haber estado a su lado cuando me necesitaba. Juré luchar con usted hasta el final y rompí esa promesa. Roberto vio como su padre se quebraba completamente. Pero también quiero decirle algo más, continuó Julio. Quiero decirle que nunca lo olvidé, que cada día de estos 50 años pensé en usted, que traté de vivir de una manera que honrara lo que usted representaba.
Trabajé honestamente. Crié una familia con valores. Luché contra la injusticia de maneras pequeñas pero reales. Hizo una pausa. No fui el revolucionario que usted quería que fuera, pero intenté ser un buen hombre y espero que eso cuente para algo. Julio se quedó arrodillado por largo rato.
Roberto comenzó a preocuparse, pero entonces vio que su padre estaba sonriendo. Era una sonrisa triste, pero genuina. El anciano se levantó lentamente. “¿Me perdonó?”, susurró. “¿Qué, papá?”, preguntó Roberto acercándose. “El che me perdonó”, repitió Julio con más fuerza. “Lo siento aquí se tocó el pecho. Por primera vez en 50 años siento que el peso se ha ido.” Roberto abrazó a su padre.
No sabía si realmente había habido algún tipo de experiencia espiritual o si su padre finalmente había encontrado la manera de perdonarse a sí mismo. Pero no importaba. Lo que importaba era que después de medio siglo, Julio Méndez finalmente tenía paz. Antes de irse de la higuera, Julio hizo algo más. Fue al pequeño cementerio del pueblo y plantó un árbol.
¿Para qué es?, preguntó Roberto. Es un algarrobo, explicó Julio. El Che amaba los árboles de algarrobo. Decía que eran resistentes, que sobrevivían en cualquier condición. Este árbol va a crecer aquí, cerca de donde él murió. Y cuando yo muera, al menos algo que yo planté, seguirá viviendo, dando sombra, dando vida. De regreso en La Paz, Julio era un hombre diferente.
No es que la culpa hubiera desaparecido completamente, pero ahora era manejable. Ya no lo consumía. Comenzó a hablar más abiertamente sobre su experiencia. Roberto lo convenció de dar su testimonio a un historiador que estaba investigando sobre los guerrilleros olvidados de la campaña boliviana. En febrero de 2018, Julio dio una entrevista extensa.
Contó toda su historia, su reclutamiento, su tiempo con el Che, su deserción, sus 50 años de culpa. El historiador le preguntó por qué decidió hablar ahora después de tanto tiempo. Julio respondió, porque me di cuenta de algo. Mi silencio no protegía al Che, solo me protegía a mí de la vergüenza. Y el che no habría querido que yo viviera en vergüenza y silencio.
Él habría querido que viviera con honestidad. La entrevista fue publicada en un libro sobre los testimonios perdidos de la guerrilla boliviana. Para sorpresa de Julio, la reacción no fue de condena, sino de comprensión. Muchos lectores escribieron cartas expresando empatía, diciendo que entendían su decisión, que ellos probablemente habrían hecho lo mismo.
Uno de esos lectores fue alguien completamente inesperado. En marzo de 2018, Julio recibió una carta de Cuba. El remitente era Aleida Guevara March, la hija mayor del Che. Roberto estaba con su padre cuando abrieron la carta. Las manos de Julio temblaban tanto que Roberto tuvo que leer en voz alta. Estimado señor Méndez, he leído su testimonio sobre su tiempo con mi padre en Bolivia.
Quiero que sepa que no lo juzgo por su decisión de desertar. Mi padre entendía el miedo. Él mismo tenía miedos, aunque pocos lo vieron. Roberto continuó leyendo. Lo que importa no es que usted huyó una noche en 1967. Lo que importa es cómo vivió los siguientes 50 años. El hecho de que cargara esa culpa muestra que tenía conciencia.
El hecho de que finalmente hablara muestra que tenía valor. Mi padre respetaba ambas cualidades. Julio lloraba mientras escuchaba. La carta continuaba. Si pudiera hablar con usted, creo que mi padre le diría, “Camarada, viviste. Eso no es un crimen, es un regalo. Ahora usa ese regalo para hacer algo bueno en el mundo. Con respeto y comprensión, Aleida Guevara March.
Julio leyó esa carta cientos de veces en los meses siguientes. La llevaba en su billetera junto con una foto vieja del Che. En octubre de 2018, exactamente 50 y un años después de la muerte del Che, Julio regresó a la higuera para el aniversario. Esta vez no fue solo. Llevó a toda su familia, Roberto, sus otros hijos, sus nietos.
Quería que todos entendieran esta parte de la historia familiar. En la ceremonia de conmemoración, Julio hizo algo extraordinario. Pidió permiso para hablar. Frente a cientos de personas contó su historia, confesó su deserción públicamente. “Mi nombre es Julio Méndez”, comenzó con voz temblorosa pero clara.
“Hace 51 años, yo era un guerrillero de 22 años que luchaba junto al Cheegevara. Y dos días antes de su captura, hu. Hui porque tenía miedo. Durante 50 años me odié por esa decisión. hizo una pausa mirando a la multitud. Pero hoy estoy aquí para decir algo diferente. Estoy aquí para decir que soy humano, que cometí errores, que el miedo es real y que el Che, a pesar de ser un héroe, también entendía que no todos podemos ser héroes todo el tiempo.
La multitud guardó silencio por un momento. Luego algo inesperado sucedió. comenzaron a aplaudir. No era un aplauso de celebración, sino de reconocimiento, de humanidad compartida. Después del evento, varios ancianos se acercaron a Julio. Uno era un ex soldado del ejército boliviano. Otro había sido campesino en la zona durante la guerrilla.
Cada uno compartió su propia historia de culpa, de decisiones difíciles, de cómo la guerra afecta a todos de maneras que nadie puede predecir. Julio Méndez murió en enero de 2019 a los 73 años, apenas un año después de hacer las pesado. En su funeral, Roberto leyó la última entrada del diario de su padre. Hoy cumplí 73 años. He vivido 34 años más que el Che.
Durante mucho tiempo sentí que no merecía estos años extra. Pero ahora entiendo que la vida no es sobre merecer, es sobre aceptar. Acepto que fui imperfecto. Acepto que tuve miedo. Acepto que el che murió y yo viví. Y finalmente, después de 51 años, acepto que eso está bien. La historia de Julio Méndez es la historia de miles de hombres y mujeres que lucharon en revoluciones que no terminaron como esperaban.
Es la historia del costo humano de los ideales y es un recordatorio de que detrás de cada gran figura histórica hay personas comunes enfrentando decisiones imposibles. El Cheegevara murió como quería, luchando por sus ideales. Julio Méndez vivió como pudo, cargando con su culpa hasta que aprendió a soltarla. Ambos, a su manera, fueron humanos.
Y tal vez, al final eso es todo lo que cualquiera de nosotros puede ser. Yeah.