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El Guerrillero Que ABANDONÓ al Che 2 Días Antes de Su Muerte — 50 Años Después CONFIESA Por Qué

 

En ese momento nadie sabía que el anciano de 72 años que temblaba frente a su hijo en una pequeña casa de la paz estaba a punto de confesar el secreto que había destruido su vida desde 1967, lo que le dijo esa tarde de 2017 no solo revelaría por qué abandonó al Chegevara dos días antes de su muerte, sino algo mucho más doloroso, que durante 50 años vivió con la certeza de que si no hubiera desertado AD esa noche el Che probablemente seguiría vivo.

 Octubre de 2017. La paz Bolivia. Julio Méndez, con las manos temblorosas y los ojos llenos de lágrimas que había contenido durante cinco décadas, se sentó frente a su hijo Roberto en la pequeña sala de su casa. Afuera, el viento frío de los Andes golpeaba las ventanas. Adentro, un silencio pesado llenaba cada rincón. Roberto, de 45 años, había notado algo extraño en su padre durante semanas.

 El viejo guerrillero, que siempre había sido reservado sobre su pasado revolucionario, ahora parecía obsesionado con hablar del Cheeguevara. Veía documentales constantemente, leía libros viejos y cada noche Roberto lo escuchaba llorar en su habitación. Hijo, comenzó Julio con voz quebrada, hay algo que necesito decirte antes de morir, algo que he guardado durante 50 años y que me está matando por dentro más rápido que cualquier enfermedad.

 Roberto se inclinó hacia delante preocupado. Su padre nunca había sido un hombre emotivo. Verlo así, vulnerable y destrozado, era perturbador. Papá, ¿qué pasa? ¿Estás enfermo? Julio negó con la cabeza lentamente. No es el cuerpo lo que está enfermo, Roberto, es el alma. Y esta enfermedad comenzó el 7 de octubre de 1967 en las montañas de Ñancauazú.

 Roberto sintió un escalofrío. Conocía esa fecha. Todo boliviano la conocía. Era dos días antes de que el cheegue vara fuera capturado por el ejército. “Estuviste allí”, dijo Roberto, aunque sonó más como una pregunta que como una afirmación. Sí, estuve allí”, respondió Julio. “Pero lo que nunca te dije, lo que nunca le dije a nadie es que yo yo lo abandoné.A 50 años de su muerte: por qué aún perdura el legado del Che

” Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una confesión final. Roberto no entendía completamente. “¿Abandonaste al Che? ¿Qué quieres decir?” Julio se levantó con dificultad y caminó hacia un viejo baúl de madera en la esquina de la sala. lo abrió y sacó un cuaderno desgastado, amarillento por el tiempo.

“Este es mi diario de aquellos días”, dijo, sosteniéndolo como si fuera algo sagrado y maldito al mismo tiempo. Nunca lo he abierto desde que escribí la última entrada en octubre de 1967. Pero ahora, antes de morir, necesito que alguien conozca la verdad. Roberto tomó el cuaderno con cuidado. En la primera página escrita con tinta descolorida, había una frase: “Si alguien lee esto algún día, que sepa que fui un cobarde y que el chegue vara murió en parte por mi culpa.

” El corazón de Roberto latía con fuerza. Durante toda su vida había escuchado a su padre hablar del Che con reverencia, como si fuera un santo. Jamás hubiera imaginado que existía esta otra historia, esta verdad oculta. Cuéntame todo, papá”, dijo Roberto suavemente. Desde el principio, Julio respiró profundo, cerró los ojos y comenzó a hablar de un tiempo que había intentado olvidar durante medio siglo.

Era 1966. Yo tenía 22 años y trabajaba en una mina de estaño en Oruro. Las condiciones eran terribles, casi inhumanas. Muchos de mis compañeros morían de silicosis antes de cumplir 40 años. Yo estaba furioso con el mundo, con el gobierno, con la injusticia de todo. Julio hizo una pausa, sus ojos mirando hacia un pasado lejano. Entonces escuché rumores.

 Se decía que el Cheegevara, el mismísimo Cheegevara, el revolucionario más famoso del mundo después de Fidel Castro, estaba en Bolivia organizando una guerrilla. Al principio no lo creí. Parecía demasiado increíble, pero los rumores persistían. Roberto escuchaba fascinado. Nunca había escuchado esta versión de la historia de su padre.

 Un día, un hombre se acercó a mí en la mina. Se llamaba Inti Peredo. Me preguntó si estaba listo para luchar por la liberación de Bolivia para cambiar el mundo. Le dije que sí, sin dudarlo. Me llevó a las montañas en marzo de 1967. Julio abrió el cuaderno y mostró una entrada fechada el 15 de marzo de 1967. Este fue el día que conocí al Che.

 Nunca olvidaré ese momento continuó Julio con lágrimas corriendo por sus mejillas. Estábamos en un campamento escondido en la selva de Ñancaú. Había alrededor de 50 guerrilleros. Algunos eran bolivianos como yo, otros cubanos que habían venido con el che. Roberto vio como los ojos de su padre se iluminaban al recordar.

 El Che era más delgado de lo que parecía en las fotos y se veía cansado. Tenía 38 años, pero parecía mayor. Su asma lo estaba matando en esa humedad de la selva. Toscía constantemente. Pero cuando hablaba, cuando nos explicaba por qué estábamos luchando, sus ojos brillaban con una intensidad que nunca he vuelto a ver en nadie.

 Julio leyó en voz alta de su diario. Hoy conocí al hombre que va a cambiar América Latina. El comandante Guevara nos habló durante dos horas sobre el imperialismo, sobre la explotación, sobre nuestro deber de luchar. Dijo algo que nunca olvidaré. Un revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad.

 Yo lloré mientras lo escuchaba. Supe que daría mi vida por este hombre. Los primeros meses fueron duros, pero emocionantes”, explicó Julio. Marchábamos por la selva durante horas cargando mochilas de 30 kg. El che siempre iba al frente a pesar de su asma. A veces lo veíamos detenerse para usar su inhalador, pero nunca se quejaba.

 Nos daba lecciones de marxismo por las noches, nos enseñaba tácticas de guerrilla, nos inspiraba. Roberto notó como la voz de su padre cambiaba al hablar del Che, una mezcla de admiración y dolor. Pero también había problemas, admitió Julio. El ejército boliviano nos estaba buscando. Los campesinos locales no nos apoyaban como esperábamos.

Teníamos poca comida, menos medicinas. Algunos guerrilleros comenzaron a enfermarse gravemente. Julio pasó varias páginas de su diario aquí. En julio de 1967 escribí: “Llevamos 4 meses en la selva. Hemos perdido contacto con la habana. No llegan refuerzos. El che está preocupado. Lo veo en sus ojos, aunque nunca lo admite frente a nosotros.

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