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La REALIDAD de la MUERTE de JOAN SEBASTIAN que NADIE se atrevió a CONTAR…

Joan Sebastian murió de cáncer. Eso es lo que nos dijeron, lo que todos aceptamos sin cuestionar, lo que quedó escrito en el acta de defunción oficial. Pero hay algo que no te contaron esa noche del 13 de julio de 2015, algo que sucedió en las últimas horas antes de que el poeta del pueblo cerrara los ojos para siempre en su rancho de Juliantla, algo que su familia decidió guardar en silencio, que los doctores prefirieron no registrar y que las personas más cercanas a él apenas se atreven a mencionar en voz baja, porque la verdad

sobre cómo murió realmente Joan Sebastian es mucho más oscura, más dolorosa y más perturbadora de lo que cualquiera podría imaginar. Y esta noche, por primera vez, vas a escuchar lo que realmente pasó. La madrugada del domingo 12 de julio, aproximadamente a las 4 de la mañana, algo cambió en el rancho Cruz de la Sierra.

 Los empleados que llevaban años trabajando ahí, los que conocían cada rincón de esa propiedad, los que habían visto a Joan Sebastian en sus mejores y peores momentos, sintieron que algo no estaba bien. No era solo el silencio habitual de la noche guerrerense, ni el viento que bajaba de las montañas arrastrando el olor a pino y tierra mojada.

 Era algo más profundo, más visceral, como si la muerte misma hubiera llegado a reclamar lo que era suyo y estuviera esperando pacientemente en algún rincón oscuro del rancho. Los caballos, esos animales que Joan amaba más que a nada en el mundo, comenzaron a comportarse de manera extraña. Relinchaban sin motivo aparente, pateaban las puertas de sus establos, se negaban a comer.

 Uno de los cuidadores, un hombre llamado Esteban, que llevaba más de 20 años al servicio de la familia Figueroa, juró más tarde que vio algo esa madrugada que nunca podrá olvidar. Vio el caballo blanco andaluz, ese que Joan llamaba el padrino y que había costado $5,000. Parado completamente inmóvil frente a la ventana de la habitación donde dormía el cantante.

 El animal miraba fijamente hacia el interior como si estuviera vigilando algo, como si supiera algo que los humanos todavía no podían comprender. Y lo más perturbador de todo es que ese caballo, el favorito absoluto de Joan Sebastian, el que había sido su compañero en cientos de presentaciones, había muerto exactamente 5co días antes.

Esteban insiste hasta el día de hoy en que no estaba borracho, que no se había imaginado nada, que vio al padrino ahí tan real como cualquier cosa en este mundo, y que cuando se atrevió a acercarse, el animal simplemente desapareció en la oscuridad. Pero esa no fue la única señal extraña de aquella madrugada.

 Alrededor de las 3:30, Alina Espino, la última mujer que acompañó a Joan Sebastian durante 19 años, salió corriendo de la habitación principal, gritando que necesitaban un doctor inmediatamente. Varios empleados la escucharon desde sus cuartos. Decía que Joan había tenido una especie de ataque, que no podía respirar bien, que estaba diciendo cosas sin sentido, nombres que ella no reconocía, palabras en un idioma que no era español.

 Los trabajadores se miraron entre ellos sin saber qué hacer. El doctor más cercano estaba a más de una hora de distancia por caminos de terracería y llamar a una ambulancia era prácticamente inútil en un lugar tan remoto como Juliantla. Para cuando llegara ayuda profesional podrían pasar tres o cu horas. Entonces Federico Figueroa, el hermano de Joan, ese mismo hermano que años después sería vinculado con el crimen organizado y acusado de estar relacionado con la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzsinapa, tomó el control de la situación, sacó su

teléfono celular y comenzó a hacer llamadas. No llamó a hospitales, no llamó a doctores, llamó a números que ninguno de los empleados reconoció, números que no estaban guardados bajo ningún nombre en su agenda, solo una serie de dígitos sin identificación. habló en voz baja, alejándose de donde estaban los demás, caminando hacia la parte trasera del rancho, donde la señal era más débil, pero donde nadie podía escucharlo.

 Y cuando regresó 20 minutos después, simplemente dijo que todo estaba bajo control, que ya venía alguien en camino, alguien que sabría exactamente qué hacer. Joan Sebastian había luchado contra el cáncer de huesos durante 16 años. 16 años de quimioterapias, de tratamientos experimentales, de doctores que le daban 6 meses de vida y él los demostraba equivocados una y otra vez.

 Pero en esos últimos meses algo había cambiado, no solo en su cuerpo, que ya estaba visiblemente deteriorado, consumido por dentro, con los huesos tan frágiles que cualquier movimiento brusco podía causar una fractura. Había cambiado algo en su mente, en su espíritu. Las personas cercanas a él notaron que se había vuelto más retraído, más silencioso.

 Ya no componía canciones con la misma frecuencia. Pasaba horas enteras sentado en el ruedo de su rancho, mirando a sus caballos, fumando cigarros que los doctores le habían prohibido terminantemente, bebiendo coñac, aunque sabía que estaba envenenando aún más su cuerpo destruido, y hablaba solo.

 Los empleados lo escuchaban mantener conversaciones completas con personas que no estaban ahí. Al principio pensaron que era el efecto de los medicamentos para el dolor, esos opioides potentes que le habían recetado y que él tomaba en cantidades cada vez mayores. Pero después comenzaron a darse cuenta de que no estaba delirando, estaba hablando con sus hijos muertos.

 Con trigo, ese hijo que había sostenido en sus brazos mientras se desangraba en un estacionamiento de Texas después de recibir un balazo en la cabeza. con Juan Sebastián, al que le habían disparado en el cuello y el abdomen en un bar de Cuernavaca, y cuyo asesinato había sido reivindicado por un cártel que dejó un narcensaje lleno de acusaciones.

 Joan les hablaba como si estuvieran ahí, como si pudiera verlos caminando entre los árboles del rancho, montando los caballos, riéndose con esa risa que ya nadie más podía escuchar. Y lo más perturbador de todo es que cuando le preguntaban con quién estaba hablando, él sonreía con una expresión que sus empleados describirían después como completamente en paz, completamente consciente, y simplemente decía, “Están esperándome. Ya casi es hora.

 La relación de Joan Sebastián con la muerte nunca fue normal. No después de perder a dos hijos de forma violenta, no después de vivir 16 años sabiendo que el cáncer podía matarlo en cualquier momento. Pero había algo más, algo que se remontaba mucho más atrás en el tiempo, a su infancia en esas montañas de Guerrero.

Su abuela materna, una mujer que todos en Juliant la conocían y respetaban, practicaba lo que la gente del pueblo llamaba medicina tradicional, pero que en realidad era algo mucho más profundo y oscuro. Ella le había enseñado desde pequeño que la muerte no era el final, que los espíritus de los que se van siguen caminando entre nosotros, especialmente en lugares como Juliantla, donde la tierra está empapada de historia y de sangre.

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