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Ex compañero de CAROLINA FLORES Confiesa la verdad de su muerte dejando al mundo CONMOCIONADO

 Cuando su hijo le preguntó qué diablos había pasado tras el estruendo. Ella, sin un gramo de arrepentimiento, soltó esa frase que todavía me da escalofríos. Nada, es que me hizo enojar. Seis balas al pecho y seis a la cabeza por un simple enojo. Fue esa confesión cínica la que activó a la Interpol y desató una cacería internacional que terminó con ella esposada en Venezuela.

 La zona más vigilada de México no pudo evitar la tragedia, pero esas mismas cámaras y micrófonos fueron los que terminaron sellando el destino de la mujer que le arrebató la vida a mi compañera. Aquel de abril de 2026, la vida de mi amiga Carolina se apagó de la forma más rastrera posible. Imagínate una mujer que lo tenía todo, que había brillado las pasarelas y que apenas estaba empezando su familia con un bebé de meses, terminó tendida en el suelo mientras su suegra, Erika Herrera, salía caminando como si nada. Lo que a todos

nosotros nos vuela la cabeza es que esa señora ya tenía las maletas listas junto a la puerta antes de apretar el gatillo. No fue un arranque de locura del momento. Esa mujer ya sabía que se iba a pelar. Para los que investigan el caso, este detalle es la prueba de fuego. Nadie se toma el tiempo de empacar después de descargar un arma 12 veces.

Ella ya había planeado su ruta de escape mucho antes de que la primera bala impactara el cuerpo de Caro. Es indignante pensar en la sangre fría que tuvo para organizar su ropa, sabiendo el horror que estaba por cometer. Mientras la defensa intenta pintar el cuadro de una señora que perdió los estribos, la realidad es que el equipaje la delata por completo.

 Y luego está el tema del guardia del edificio en Polanco. El tipo jura y perjura que no escuchó ni un solo estruendo, lo cual es casi imposible cuando se disparan 12 tiros de una 9 mm en un espacio cerrado. Aquí hay de dos. O las paredes de ese edificio de lujo son muros de búnker insonorizados, o la vieja usó algún tipo de silenciador para que nadie interrumpiera su carnicería.

 A nosotros, que conocíamos el mundo en el que nos movíamos no nos engañan. Todo esto fue una ejecución calculada hasta el último detalle. La pistola de 9 mm quedó ahí tirada en la cocina como si fuera un traste sucio más. A esa mujer no le importó dejar la evidencia porque su única obsesión era desaparecer.

 Lo que me descompone el alma es lo que pasó en ese departamento mientras el cuerpo de Carolina se enfriaba. Alejandro, su esposo y el tipo que juraba protegerla, estaba ahí mismo con el bebé en brazos. Escuchó cada detonación y escuchó a su propia madre soltar esa asquerosidad de que estaba enojada mientras se sacudía las manos.

 Y lo peor, lo que no tiene perdón de Dios, es que el tipo se quedó de brazos cruzados. vio como la vieja agarraba sus maletas y la dejó salir por la puerta sin mover un dedo, sin llamar a emergencias, sin intentar salvar a la madre de su hijo. Ese silencio cómplice le dio a la asesina la ventaja que necesitaba. Pasaron casi 24 horas completas hasta que Alejandro se dignó a aparecer en el Ministerio Público, un día entero de ventaja para que ella borrara sus huellas.

 Para cuando él puso la denuncia el 16 de abril, Erika ya estaba volando lejos de México. La mujer se subió a un taxi en Polanco con la mayor tranquilidad del mundo rumbo al aeropuerto Benito Juárez, ejecutando una huida que parece de película. Mientras nosotros llorábamos a caro, la suegra ya estaba cruzando la frontera hacienda escala en Panamá para refugiarse en Caracas.

 Se movió con una rapidez que solo alguien que ya tiene todo fríamente calculado puede lograr entrando a Venezuela apenas un día después de haber masacrado a mi compañera. Esa mujer no dio un paso en falso. Lo de Panamá fue una jugada maestra de ajedrez. Eligió el aeropuerto de Tokumen porque sabía que desde ahí se puede saltar a cualquier rincón de Sudamérica en un parpadeo, pero sobre todo aprovechó el hueco que le dejó la justicia mexicana.

 Como Alejandro se quedó callado, la orden de captura no salió hasta el 17 de abril y para ese entonces la señora ya se había paseado por Panamá el día anterior. Iba un paso adelante de las computadoras y las alertas migratorias, ganándole la carrera al sistema por apenas 24 horas. Yo me pregunto, ¿y los investigadores también se lo muerden? Si ella ya sabía que contaba con ese margen de tiempo exacto porque sabía que su hijo no abriría la boca de inmediato.

 Todo encaja demasiado bien para ser solo suerte. Esa coordinación tan exacta huele a un plan trazado con regla y compaz. Incluso el hecho de elegir Venezuela como refugio final dice mucho de lo que tenía en la cabeza. No buscó el lujo de Miami o esconderse en España como hace otra gente con lana cuando se mete en broncas.

 Ella buscó un destino específico, un lugar donde sintiera que los tentáculos de la ley mexicana no la alcanzarían tan fácil. Mientras nosotros seguíamos procesando que Carolina ya no estaba, esa señora estaba ejecutando una logística de fuga perfecta, moviéndose con una precisión que te hiela la sangre.

 porque demuestra que cada segundo de su escape estaba fríamente calculado antes de que la sangre de mi amiga tocara el piso. La decisión de esconderse en Venezuela fue un movimiento de ajedrez muy bien pensado. Por un lado, esa mujer o quien estuviera ayudando sabían perfectamente que las broncas diplomáticas entre México y Caracas son el escenario ideal para que una extradición se pierda en un laberinto de trámites y tensiones políticas.

 Pensó que el pleito entre gobiernos le daría la impunidad que buscaba. Por otro lado, nadie cruza medio continente así como así. Estamos convencidos de que tenía algún contacto allá, alguien de confianza que le ofreció un techo mientras esperaba que el escándalo por la muerte de Carolina dejara de ser noticia. Aunque la Fiscalía Mexicana anduvo rastreando sus nexos, como esa pista de una abogada en Maracay que al final resultó ser un callejón sin salida, la realidad es que la vieja se movió como un fantasma.

Durante esas dos semanas que estuvo prófuga, Erika se las ingenió para pasar desapercibida, probablemente usando papeles chuecos o nombres falsos que todavía no salen a la luz. Lo más indignante de todo es que mientras nosotros aquí seguíamos llorando la partida de Carolina, ella no estaba sufriendo en cualquier rincón.

 Se movía en las zonas más exclusivas de Caracas, viviendo con lujos mientras huía de la justicia. estuvo operando prácticamente sola o con una red de apoyo tan hermética que los investigadores todavía no logran descifrarla del todo, demostrando una vez más que tenía los recursos y la frialdad necesaria para intentar enterrar lo que le hizo a mi amiga bajo el suelo de otro país.

Mantenerse escondida en los barrios más caros de Caracas no es barato y menos para una señora de su edad que supuestamente andaba sola. Eso te da la pauta de que Erika no se fue con lo que tenía en el monedero. Ahí había una lana fuerte que no sale de una jubilación cualquiera. Todo empieza a cobrar sentido cuando te enteras de quién era el marido y qué clase de calaña es esa familia.

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