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EL CASO QUE CONGELÓ MÉXICO: una madre dejó a su hijo en la escuela y alguien más lo sacó

Marta se acercó a la reja y le preguntó a la señora de la cooperativa, una mujer mayor que siempre estaba ahí parada con su delantal verde, se había visto a Yael. La señora frunció el seño. A Yael, ese niño ya se fue, señora. Se fue temprano. Marta sintió algo raro en el estómago. Un jalón frío. ¿Cómo que se fue temprano? Yo lo vengo a recoger ahorita. No, señora. Se fue como a la 1.

Una señora lo vino a buscar. Dijo que era su tía. El frío en el estómago subió hasta la garganta. Ya él no tiene tías, dijo Marta. Y su voz sonó extraña, lejana, como si viniera de otra persona. Lo primero que hizo Marta fue entrar a la escuela. No fue tranquila, no fue ordenada. empujó la reja, cruzó el patio vacío, llegó a la dirección con los pies temblándole sin que ella lo estuviera ordenando.

La directora era una mujer de nombre Graciela Fuentes, de unos 50 años, seria, con lentes de armazón grueso y el cabello recogido siempre en un chongo apretado. Cuando Marta entró a su oficina y le dijo lo que la señora de la cooperativa le había dicho, la cara de Graciela Fuentes hizo algo que Marta nunca olvidaría. Se puso blanca, no pálida, blanca, como si la sangre le hubiera bajado de golpe a los pies.

Espérame”, le dijo y salió de la oficina casi corriendo. Marta quedó sola en ese cuartito pequeño que olía a papel viejo y a desinfectante. Sobre el escritorio había una foto de la directora con quien se suponía eran sus hijos, una taza con lápices de colores y un montón de circulares sin firmar. Marta los miró sin verlos.

Tenía el corazón en la boca. Graciela regresó tres minutos después con la maestra de Yael. Se llamaba Sandra Ríos. Tenía unos 28 años, joven para ser maestra de primaria, con el cabello teñido de castaño oscuro y una expresión de pánico mal disimulado. “Señora Solano”, dijo Sandra y le costó trabajo empezar. A la 1:20 llegó una mujer a la puerta del salón.

me dijo que era familiar de Yael, que había una emergencia familiar y que usted le había pedido que lo recogiera. Marta la miró sin parpadear. Y usted se lo entregó. Sandra bajó los ojos. Hubo un silencio que pesaba toneladas. Ella sabía el nombre completo del niño dijo Sandra con la voz quebrada. Sabía cómo se llamaba usted, sabía en qué salón estaba.

Yo pensé, le pidió identificación. Sandra no contestó. Marta salió de la oficina, salió de la escuela, llegó a la banqueta y marcó el número de emergencias. El reporte de desaparición de Yael Solano fue levantado a las 3:18 de la tarde del martes 8 de octubre de 2019 en la delegación de la Fiscalía del Estado de Baja California, ubicada en la zona norte de Tijuana.

El agente que lo recibió se llamaba Rodrigo Calderón, 39 años, 12 años en la fiscalía, los últimos cuatro en la unidad de personas desaparecidas. Un hombre flaco, de bigote entreco, con unas ojeras permanentes que contaban más historias que su expediente. Rodrigo escuchó a Marta. La escuchó completo, sin interrumpirla, tomando notas a mano en una libreta con pasta de plástico azul.

Cuando ella terminó, él le hizo las preguntas de protocolo. Tenía fotos recientes del niño. Había tenido conflictos con alguien. El padre del niño estaba en el panorama. Había recibido amenazas. Debía dinero. A cada pregunta Marta respondía con monosílabos o frases cortas. No, no, no. El padre de Yael era un hombre llamado Eric Mota, con quien Marta había terminado cuando el niño tenía 3 años.

Eric vivía en Mexicali y tenía una visita acordada cada dos meses, aunque según Marta rara vez la cumplía. No había conflicto abierto entre ellos, solo la distancia y la indiferencia de un hombre que había decidido ser padre a medias. ¿Tiene la señora datos de quién fue a recoger al niño a la escuela?, preguntó Rodrigo.

La maestra dice que era una mujer. No le pidió identificación. Rodrigo apretó los labios, anotó algo que Marta no alcanzó a leer. “¿Las cámaras de la escuela?”, preguntó él. “La directora dice que tienen un sistema de videovigilancia”, respondió Marta en la entrada principal. Rodrigo se levantó de la silla. Las imágenes del sistema de videovigilancia de la primaria Benito Juárez eran de baja resolución.

Ese era el primer problema. Las cámaras eran de una marca genérica instaladas hacía 4 años, del tipo que se compra en cualquier tienda de electrónicos del Mercado Hidalgo por menos de 500 pesos. grababan en blanco y negro con una granulación que borroneaba los contornos de todo lo que capturaban. Pero ahí estaba.

A la 1:17 de la tarde del martes 8 de octubre, una figura femenina se acercó a la puerta principal de la escuela. La cámara la captó de frente, luego de costado, luego de espaldas. Cuando entró al patio, Rodrigo observó el video tres veces seguidas sin decir nada. La mujer era de estatura media, complexión delgada, quizás mediana. Llevaba una sudadera de color oscuro con la capucha puesta, aunque hacía calor ese día, lentes de sol de armazón grande que le cubrían buena parte del rostro, un cubrebocas sobre la boca y la nariz, de los que en 2019 aún no eran

habituales en la calle, de los que la gente usaba cuando estaba enferma o cuando trabajaba en construcción. Solo se le veían los pómulos y la frente y el pelo oscuro, lacio, recogido en una cola baja. Rodrigo llamó al técnico forense de la unidad para que procesara las imágenes. Luego se acercó a Marta, que estaba sentada en una silla de plástico en el pasillo de la delegación, con las manos entrelazadas sobre las rodillas mirando el piso.

Señora Solano”, le dijo, “¿Usted reconoce a esta mujer?” Le mostró una captura de pantalla en su teléfono. Marta la miró durante mucho tiempo. “No”, dijo al fin. “Y luego, ¿quién es?” Rodrigo no le respondió de inmediato, porque la verdad es que no lo sabía y esa respuesta era la que más miedo daba. En México, cuando desaparece un niño menor de 12 años, existe un protocolo de alerta que se llama alerta Amber.

Fue adoptado de manera oficial en 2012 y en teoría permite activar una red de difusión masiva. Medios de comunicación, señales en carreteras, mensajes de texto a celulares en la zona de búsqueda. La alerta Amber, en el caso de Yael Solano se activó a las 7 de la tarde del martes 8 de octubre. Para ese momento habían pasado casi 6 horas desde que la mujer se había llevado al niño de la escuela. 6 horas.

En casos de secuestro infantil, las primeras horas son las más críticas. Los expertos en rastreo de personas desaparecidas tienen un término para esto, la ventana dorada. Pasadas las primeras tres horas, las probabilidades de encontrar a la persona con vida disminuyen de manera estadísticamente significativa.

Pasadas las 6 horas, el margen se reduce todavía más. Rodrigo Calderón lo sabía. Llevaba 12 años sabiéndolo. Había trabajado casos que se resolvían en horas y casos que nunca se resolvían. había aprendido a funcionar con esa incertidumbre sin que le aplastara el pecho, o al menos eso se decía a sí mismo.

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