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Así Fue la BATALLA más Sangrienta de 1911: Zapata ANIQUILA a la Élite Federal en Cuautla

Hay que comprender que aquellos hombres no peleaban por una abstracción política, sino por la tierra que durante las décadas anteriores les había sido sistemáticamente arrebatada y que aquella motivación específica, arraigada en agravios concretos y acumulados, producía una determinación combativa que ningún cálculo militar convencional podía anticipar adecuadamente.

 régimen de Porfirio Díaz, que para 1911 había gobernado México durante aproximadamente 34 años, mediante una combinación de modernización económica y autoritarismo político, había producido un crecimiento material considerable, concentrado en manos de un grupo reducido de la población. Los ferrocarriles habían multiplicado las comunicaciones nacionales.

La inversión extranjera había desarrollado la minería y la industria. exportaciones agrícolas habían crecido sostenidamente, pero aquella modernización se había construido sobre una concentración de la riqueza y de la tierra que durante las décadas del porfiriato había marginado y explotado sistemáticamente a los campesinos, a los obreros y a los sectores populares de la sociedad mexicana, generando un descontento social acumulado que para finales de la primera primera década del siglo XX había alcanzado dimensiones que el

régimen no lograba contener. El estado de Morelos era el ejemplo paradigmático de aquella contradicción estructural. La región, ubicada al sur de Ciudad de México y caracterizada por tierras fértiles ideales para el cultivo de la caña de azúcar, había experimentado durante el porfiriato un proceso de concentración de la propiedad agraria de una intensidad excepcional.

Las haciendas azucareras, modernizadas con tecnología industrial y orientadas a la exportación habían expandido sistemáticamente sus territorios a costa de las tierras comunales que durante siglos habían pertenecido a los pueblos campesinos de la región. Aquel despojo se había ejecutado mediante una combinación de mecanismos legales y extralegales.

La aplicación de leyes de desamortización que convertían las tierras comunales en propiedad privada, susceptible de adquisición por los hacendados, litigios prolongados que las comunidades campesinas no podían costear y la simple coacción respaldada por las autoridades locales que sistemáticamente favorecían a los propietarios poderosos.

Para comienzos del siglo XX, los pueblos de Morelos habían perdido la mayor parte de las tierras que durante generaciones habían sostenido su forma de vida. Emiliano Zapata Salazar había nacido en 1879 en el pueblo de Aneneculco, en el corazón de aquella región de despojos. Era un campesino de condición relativamente acomodada.

 dentro de los parámetros de la pobreza rural morelense, que trabajaba además como arriero y como entrenador de caballos, ocupaciones que le proporcionaban una independencia económica relativa respecto a las haciendas. Aquella independencia, combinada con su carácter, su prestigio local y su conocimiento profundo de los agravios agrarios de su comunidad, lo había convertido progresivamente en una figura de liderazgo dentro de los pueblos de Morelos.

En 1909, los habitantes de Anenecuilco lo eligieron presidente de la Junta de Defensa de las Tierras del Pueblo, cargo que lo comprometió formalmente con la lucha legal por la recuperación de los territorios comunales despojados. Zapata intentó durante aquellos años agotar las vías legales. Presentó documentos coloniales que acreditaban los derechos ancestrales de los pueblos sobre las tierras.

recurrió a las autoridades, buscó soluciones dentro del marco institucional del porfiriato. Aquellas gestiones legales fracasaron sistemáticamente, demostrando a Zapata y a las comunidades que representaba que el régimen no ofrecía ninguna vía pacífica para reparar el despojo agrario. El estallido de la revolución maderista.

 Durante 1910 y 1911 proporcionó el marco político en que aquel agravio agrario acumulado se transformó en insurrección armada. Francisco Madero, miembro de una de las familias más ricas del norte del país, había convocado a una revolución contra el porfiriato tras el fraude electoral de 1910, articulando su llamado en el plan de San Luis Potosí, manifiesto que pedía el derrocamiento de días, el establecimiento de elecciones libres y en un punto que resultaría decisivo para Morelos, el compromiso de restituir a los campesinos las tierras que les

habían sido arrebatadas. Aquella promesa de restitución agraria fue lo que vinculó a los campesinos morelenses con el movimiento maderista. No peleaban primariamente por la democracia electoral abstracta que constituía el centro del programa de madero. Peleaban por la Tierra y el maderismo ofrecía el vehículo político para aquella lucha.

 Los disturbios agrarios de Morelos se convirtieron en rebelión abierta durante marzo de 1911. El grupo inicial de insurrectos encabezado por Pablo Torres Burgos, se levantó en armas al grito de apoyo a Madero. Cuando Torres Burgos fue capturado y ejecutado por las fuerzas gubernamentales pocas semanas después del levantamiento, Emiliano Zapata asumió el mando de las fuerzas revolucionarias de Morelos, convirtiéndose el 29 de marzo de 1911 en el jefe principal del maderismo en el sur del país.

Zapata heredaba así la dirección de una insurrección campesina, cuya motivación profunda no era la agenda política maderista, sino la recuperación de las tierras despojadas, distinción que durante los años siguientes produciría la ruptura entre el zapatismo y el maderismo, pero que en mayo de 1911 todavía permanecía contenida por el objetivo común de derribar al porfir.

La estrategia que Zapata diseñó para aquella tarea conduciría durante las semanas siguientes a la batalla que aniquilaría a la élite militar del régimen en las calles de Cuautla. La decisión de atacar Cuautla, una ciudad fuertemente guarnecida y fortificada, en lugar de objetivos militarmente más accesibles, fue una de las decisiones estratégicas más reveladoras de toda la trayectoria temprana de Emiliano Zapata y su reconstrucción detallada ilustra que el campesino de Anenecuilko poseía una capacidad de cálculo político y militar

que sus adversarios porfiristas, despreciándolo como un simple bandolero rural, subestimaron sistemáticamente hasta que fue demasiado tarde para revertir las consecuencias de aquella subestimación. El 22 de abril de 1911, Zapata se reunió con Ambrosio Figueroa, otro líder revolucionario que operaba en la región fronteriza entre Morelos y Guerrero.

 Los dos hombres acordaron que operarían independientemente en cualquier punto de México con zapata en el mando supremo si se ejecutaban operaciones conjuntas dentro de Morelos. Figueroa prometió apoyo militar a Zapata en el estado, pero Zapata no confiaba en él y aquella desconfianza determinó la elección estratégica que conduciría a Cuautla.

El objetivo militarmente más fácil dentro de la región era la ciudad de Jojutla, una plaza que tradicionalmente pagaba dinero de protección a los Figueroa. Zapata temía que si atacaba a Johutla, los Figueroa y sus tropas lo abandonaran durante el combate, dejándolo enfrentado en inferioridad numérica a las fuerzas federales que acudieran en defensa de la ciudad.

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