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King Michael I: el rey al que obligaron a abdicar y abandonar su propio país

Y en un mundo donde todos gritaban, esa cualidad lo hacía diferente. Pero el mundo que lo rodeaba no era tranquilo en absoluto. Europa entera estaba cambiando de forma violenta. En Alemania, Adolf Hitler había llegado al poder en 1933. En Italia, Mussolini llevaba años construyendo su estado fascista. Los movimientos de extrema derecha florecían en todo el continente como hongos después de la lluvia.

y Rumanía no era la excepción. La guardia de hierro, un movimiento ultraderechista con tintes místicos y una brutalidad sin disimulo, ganaba seguidores a una velocidad alarmante. Carol II intentó gobernar entre esas fuerzas contradictorias, unas veces acercándose a las democracias occidentales, otras coqueteando con las potencias del eje.

Era un hombre de contradicciones profundas, capaz de grandes gestos y de pequeñas miserias, de decisiones valientes y de cobardías imperdonables. Y mientras él navegaba esas aguas turbulentas, Mijai observaba, aprendía y esperaba, sin saber que la historia ya estaba preparando para él una entrada que lo cambiaría todo. El verano de 1940 fue el momento en que Europa se rompió de verdad.

Francia había caído. Gran Bretaña resistía sola. La Unión Soviética y la Alemania nazi, unidas por un pacto que nadie creía que duraría, se repartía en Europa del Este como si fuera un pastel. Y Rumanía, atrapada geográficamente entre esos dos colosos, estaba a punto de pagar un precio devastador. Primero fue la Unión Soviética.

En junio de 1940, Moscú presentó un ultimátum. Krumanía tenía 48 horas para ceder Besarabia y el norte de Bucovina, sin negociación, sin debate. O cedía o la invadían. Carol II, sin aliados dispuestos a defenderla y con un ejército que no estaba preparado para enfrentarse a la maquinaria soviética, se dió. Más de 50,000 km² y varios millones de personas quedaron bajo control soviético de un día para otro. Pero eso fue solo el principio.

Semanas después, el arbitraje de Viena, dictado por Hitler y Mussolini, obligó a Rumanía a ceder el norte de Transyilvania a Hungría. Y como si eso no fuera suficiente, Bulgaria recibió el sur de Dobruja mediante el tratado de Crayova. En menos de 3 meses, Rumanía perdió un tercio de su territorio y varios millones de ciudadanos.

La humillación fue total. La población rumana estaba en shock. Las calles de Bucarest hervían de rabia y de dolor. Carol Segi, que había intentado maniograr entre las grandes potencias y había fallado en todos los frentes, se convirtió en el símbolo de esa derrota. Los mismos militares y políticos que lo habían sostenido comenzaron a alejarse.

La guardia de hierro y el general Ion Antonescu, un militar de lineadura con ambiciones propias, presionaron hasta que la situación se volvió insostenible. El 5 de septiembre de 1940, Carol II abdicó, “Esta vez de verdad y esta vez sin retorno posible.” Tomó un tren esa misma noche rumbo al exilio con Elena Lupescu.

Varios vagones llenos de pertenencias y una colección de obras de arte que algunos historiadores describen con cierta ironía como generosamente seleccionada. Abandonó el país en medio de la noche mientras grupos de la guardia de hierro intentaban atacar su tren varias estaciones. Y el joven Mihai, que tenía 19 años, se despertó siendo rey por segunda vez.

19 años. Esa era la edad de Mijai cuando volvió a sentarse en el trono que le habían quitado una década antes. Pero esta vez el contexto no podía ser más diferente. No era un niño rodeado de regentes benignos. Era un joven rey en un país devastado, ocupado en la práctica por tropas alemanas, gobernado por un dictador militar y encerrado en una Europa en llamas.

John Antonescu asumió el título de conducor, que vendría a ser algo similar al de Furer o Duche en los modelos fascistas de la época. Era él quien tomaba las decisiones reales, quien firmaba los decretos, quien ordenaba los movimientos del ejército, quien negociaba directamente con Berlín. Mijai desde el primer momento comprendió que su papel era principalmente ceremonial, era el símbolo de la continuidad del Estado, la figura que daba legitimidad constitucional a un régimen que de otra forma no tendría más base que la fuerza bruta. Lo que

Antonescu no calculó bien fue el carácter de ese joven silencioso. Mi aceptó la situación sin protestar abiertamente, pero observó. estudió a los hombres que lo rodeaban, aprendió los mecanismos del poder y fue construyendo con paciencia y discreción una red de contactos y una comprensión de la situación que con el tiempo lo llevaría a uno de los actos más audaces de toda la Segunda Guerra Mundial.

Mientras tanto, Rumanía entró formalmente en el eje. El 23 de noviembre de 1940, Antonescu firmó la adhesión al pacto tripartito junto a Alemania, Italia y Japón. Las tropas alemanas se instalaron en territorio rumano de manera permanente. El petróleo rumano, uno de los más importantes de Europa, comenzó a fluir directamente hacia la maquinaria de guerra nazi.

Y cuando Hitler lanzó la operación Barbarroja contra la Unión Soviética en junio de 1941, Rumanía entró en guerra junto a Alemania y Hai cumplió con sus funciones ceremoniales. Apareció en los actos oficiales, firmó lo que le pusieron delante, pero en privado, según testimonios de quienes lo rodeaban en esa época, nunca escondió sus dudas ni su incomodidad.

Era un rey sin poder real, sí, pero era un rey con conciencia. Y eso en el mundo que le había tocado vivir era más peligroso de lo que parecía. La guerra avanzaba y con ella avanzaba también el horror. Las tropas rumanas combatían junto al ejército alemán en el frente del este, primero en la reconquista de Besarabia y luego más allá, adentrándose en territorio soviético.

Los muertos se contaban por decenas de miles y mientras los soldados rumanos morían en las estas del, dentro del propio país se cometían crímenes que durante décadas quedarían en la sombra de la historia oficial. Las masacres de judíos en Yashi y en otras localidades rumanas en el verano de 1941 fueron algunas de las más brutales del holocausto en Europa del Este.

No fueron ejecutadas directamente por los alemanes, sino en gran medida por fuerzas rumanas bajo el mando de Antonescu. Miles de personas asesinadas en pogromos, en trenes de la muerte, en marchas forzadas que nadie sobrevivía. La participación rumana en el holocausto es una de las páginas más oscuras de la historia del país y es una página que tardó décadas en ser reconocida con honestidad.

Mi no tenía poder para detener esos crímenes. Eso es un hecho. Pero tampoco consta que hiciera gestiones directas para impedirlos durante esa primera etapa. Era un joven rey sin autoridad real, rodeado de hombres que no le informaban de todo y en un sistema donde su función era legitimar, no decidir. Con los años, esta parte de su historia sería objeto de debates históricos complejos que no admiten respuestas simples.

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