La cabina número si del teleférico de San Blaz colgaba a 90 met sobre el cañón del río Guainota con un sicario del CJNG adentro mirando por unos binoculares. Desde esa cabina el sicario veía 40 km de Sierra Nayarita en todas las direcciones. caminos de terracería que suben desde la costa, los puebloses que se esconden entre las barrancas, las parcelas de marihuana que verdean en las laderas que miran al sur y los retenes del ejército que se instalan en los cruces de la carretera federal.
Veía todo, como un águila metida en una caja de metal colgada de un cable de acero a 90 m del suelo. La cabina número siete no se movía. no se había movido en 19 años porque el teleférico de San Blas dejó de funcionar en 2006 cuando el gobierno estatal canceló el proyecto turístico que lo había construido 3 años antes.
Un teleférico que iba a ser la atracción principal de un corredor ecoturístico en la sierra de Nayarit, un teleférico con 22 cabinas para seis pasajeros cada una que cruzaba un cañón de 300 m de ancho a 90 m de altura sobre el río Guainamota. Un teleférico que costó 80 millones de pesos de dinero público, que funcionó durante 3 años con una ocupación promedio del 12% y que fue abandonado cuando el presupuesto para su mantenimiento fue recortado.
El motor de la estación superior se descompuso y nadie quiso pagar la reparación. 19 años abandonado. Las cabinas colgando inmóviles del cable de acero como frutos secos en una vidta. Las estaciones superior e inferior cerradas con candados oxidados. La vegetación tropical creciendo entre los rieles y los postes de soporte, los cables de acero cubiertos de musgo y de nidos de pájaros y el cañón del Guainamota abajo, con el río tronando entre las rocas como ha tronado durante millones de años, sin importarle que alguien haya colgado
cajas de metal sobre su cabeza. El CJNG encontró el teleférico abandonado y vio lo que nadie más vio. Una red de puestos de observación elevados distribuidos a lo largo de 300 m de cable. a 90 m de altura sobre un cañón inaccesible, con vista panorámica de la sierra en todas las direcciones y conectados entre sí por el propio cable del teleférico que los sicarios aprendieron a usar como vía de desplazamiento entre las cabinas.
Quiero que entiendas la ventaja táctica que un teleférico representa antes de seguir, porque sin eso el caso parece solo una extravagancia y en realidad es una adaptación militar brillante de infraestructura civil abandonada. Un vigía en el suelo de la sierra tiene un campo visual limitado por la topografía.
Los cerros, las barrancas, la vegetación, todo bloquea la vista. Un vigía en la cima de un cerro mejora la situación, pero sigue siendo visible. Una persona parada en la cima de un cerro se recorta contra el cielo y puede ser detectada con binoculares a kilómetros de distancia. Pero un vijía dentro de una cabina de teleférico a 90 m de altura sobre un cañón tiene lo mejor de ambos mundos.
La altura que da campo visual de kilómetros en todas las direcciones y la cobertura que da una caja de metal con paredes que lo esconden de la vista. La cabina es invisible desde abajo, contra el cielo, las cabinas del teleférico parecen puntos oscuros colgados de un cable. A 90 m, el ojo humano no puede distinguir si la cabina está vacía o si hay alguien dentro.
Desde el aire, las cabinas se confunden con la estructura del teleférico. Un drone que sobrevuele el cañón vería cables, postes y cabinas que podrían estar vacías o no. Solo un drone con cámara de alta resolución que enfoque directamente a una cabina específica podría ver que dentro hay una persona con binoculares y las cabinas se mueven con el viento, lo cual genera una firma visual natural.
El movimiento de una cabina vacía y el movimiento de una cabina con un vigía adentro. son idénticos. El viento las balancea igual. El cable cruje igual desde cualquier ángulo. Las cabinas parecen lo que el gobierno de Nayarit quiere que parezcan. Chatarra abandonada de un proyecto turístico fallido que nadie ha tenido la decencia de desmontar.
24 personas fueron detenidas en la operación. 24 sicarios del CE JNG que operaban desde el teleférico abandonado como una red de vigilancia aérea que cubría una zona de la sierra Nayarita, donde el cártel controla la producción de drogas sintéticas y el tránsito de cargamentos hacia la costa del Pacífico.
Nayarit, el estado pequeño que nadie menciona cuando habla de narcotráfico, pero que lleva décadas siendo territorio de cárteles que operan en la sierra con una impunidad que solo da la geografía. La sierra de Nayarit es la continuación de la Sierra Madre Occidental que baja desde Durango y Sinaloa. Barrancas profundas, cañones verticales, ríos que cortan la roca como cuchillos y una vegetación tropical tan densa que desde el aire la sierra parece una alfombra verde sin caminos, sin pueblos, sin nada que indique que debajo de esa alfombra
hay personas, parcelas, laboratorios y una economía criminal que mueve miles de millones de pesos al año. La sierra de Nayarit es territorio wiol. El pueblo Wixárica, que los mexicanos conocen como hicholes, vive en comunidades dispersas por las barrancas de la sierra desde hace siglos.
comunidades que hablan su propia lengua, que practican su propia religión, que peregrinan cada año a Hiricuta en San Luis Potosí para recolectar el pellote sagrado y que durante décadas han visto como el narcotráfico se instala en sus tierras sin que el gobierno haga algo para impedirlo. Los hicholes de la sierra de Nayarit viven atrapados entre el crimen organizado que ocupa sus tierras y un gobierno que los ignora.
El COTA NG siembra marihuana y amapola en las laderas de la sierra que son territorio ancestral Wiksarica. Instala laboratorios de metanfetamina en las Cañadas, donde los hicholes realizan sus ceremonias y recluta jóvenes de las comunidades con la promesa de un sueldo que la economía tradicional wixárica basada en la agricultura de subsistencia y la artesanía, no puede igualar.
El teleférico abandonado está en el borde del territorio Wixarica, en una zona donde la sierra se encuentra con los contrafuertes de la costa, donde las barrancas se hacen más profundas y donde los caminos se reducen a senderos de mula que solo los lugareños conocen. El teleférico cruzaba el cañón del Guainamota en un punto donde el cañón tiene 300 m de ancho y 90 de profundidad.
Un abismo vertical con paredes de roca cubiertas de elechos y bromelias, donde los pericos verdes anidan en las grietas y donde las cascadas caen durante la temporada de lluvias con un estruendo que se escucha a kilómetros. El CJNG convirtió el teleférico en un sistema de vigilancia que cubría los accesos a su zona de operaciones en la sierra y lo hicieron con una adaptación ingeniosa de la infraestructura existente que demuestra una vez más que el cártel ve oportunidades militares donde el gobierno ve infraestructura abandonada.
Quiero ir cabina por cabina porque cada una tenía una función específica dentro del sistema. Las 22 cabinas del teleférico estaban distribuidas a lo largo de los 300 m de cable que cruzan el cañón. 11 cabinas colgaban del cable que iba de la estación superior a la inferior. 11 colgaban del cable de retorno. De las 22 el CJNG usaba 14.
Las otras ocho, las que estaban en los e
xtremos del recorrido más cerca de las estaciones, fueron dejadas vacías como zona de amortiguamiento. Si alguien se acercaba a una estación y miraba las cabinas más cercanas, las vería vacías y pensaría que el teleférico seguía abandonado. Las 14 cabinas en uso se dividían en tres categorías.
Seis eran puestos de observación, equipadas con binoculares de largo alcance, radios de comunicación y bancos improvisados de madera, donde los vigías se sentaban durante turnos de 8 horas mirando la sierra en todas las direcciones. Cada puesto de observación cubría un sector diferente del horizonte.
Los que estaban más altos cubrían los caminos lejanos. Los que estaban más bajos cubrían el fondo del cañón y el río. Entre los seis puestos, la cobertura visual era de 360º. Nada se movía en la sierra sin que alguno de los seis vigías lo viera. Cuatro eran puestos de armamento, cabinas reforzadas con placas de acero soldadas a las paredes que contenían rifles de asalto, municiones y granadas.
El CJNG convirtió estas cabinas en nidos de águila artillados, posiciones elevadas desde donde un tirador con un rifle de alcance podía cubrir los caminos de acceso al cañón desde una altura que hace prácticamente imposible el contraataque desde el suelo. Un francotirador a 90 m de altura sobre un cañón tiene una ventaja táctica que los manuales militares describen como posición dominante absoluta.
Ve al enemigo antes de que el enemigo lo vea. Dispara hacia abajo con la gravedad a su favor y es casi imposible de alcanzar desde abajo porque disparar hacia arriba a 90 m con precisión requiere entrenamiento y equipo que las fuerzas de seguridad desplegadas en la sierra rara vez tienen. Dos eran cabinas de comunicaciones con radios de largo alcance, repetidores de señal y antenas que aprovechaban la altura de las cabinas sobre el cañón para transmitir y recibir señales a distancias que desde el fondo de las barrancas serían
imposibles. La sierra de Nayarit es un infierno para las comunicaciones. Las barrancas bloquean las señales de radio, los cerros crean sombras electromagnéticas y la cobertura celular es inexistente en la mayor parte del territorio. Pero a 90 m de altura sobre el cañón, las cabinas del teleférico tenían línea de vista directa con repetidores instalados en cerros a kilómetros de distancia, creando una red de comunicaciones que cubría una zona de la sierra, que para las fuerzas de seguridad es un punto ciego de radio. Y dos eran cabinas de
descanso con hamacas, cobijas, comida enlatada y garrafones de agua. Los vigías, que terminaban su turno de 8 horas, se movían a una cabina de descanso y dormían ahí colgados del cable a 90 m sobre el cañón, meciéndose con el viento de la sierra, escuchando el río abajo y los pericos en las paredes del cañón, durmiendo en una caja de metal suspendida en el vacío, como un alpinista, duerme en una plataforma colgada de la pared de una montaña.
Dormir en una cabina de teleférico a 90 m de altura. La lluvia golpeando el techo de lámina, el viento balanceando la cabina, el cable de acero crujiendo con cada ráfaga y abajo 90 m de aire y después las rocas del cañón. Si la cabina se soltaba, si el cable cedía, si la abrazadera que sostenía la cabina al cable fallaba, la caída era de 90 m al fondo del cañón, 6 segundos de caída libre antes del impacto.
Quiero describir un día típico en las cabinas porque la rutina tiene una cualidad surrealista que merece ser capturada. El turno de vigía empezaba a las 5 de la mañana, antes del amanecer. El vigía se deslizaba por el cable desde la estación superior hasta su cabina asignada en la oscuridad previa al alba con una linterna roja que apenas iluminaba el cable bajo sus manos.
llegaba a la cabina, se metía adentro, cerraba la puerta y encendía los binoculares. A medida que el sol salía sobre la sierra y la luz del amanecer iluminaba las barrancas, el vigía empezaba a escanear su sector. Caminos, senderos, ranchos, parcelas, puntos de referencia que había memorizado durante semanas de observación.
El desayuno era una lata de atún, galletas y agua de un garrafón que llevaba consigo en la mochila. No había calefacción en la cabina. A las 5 de la mañana en la sierra de Nayarit, a 90 m de altura donde el viento sopla sin obstáculos, la temperatura puede estar en 8ºC. Los vigías usaban cobijas gruesas y chamarras de mezclilla debajo de las que escondían los binoculares y el radio.
Parecían, si alguien pudiera verlos, indigentes acurrucados en una caja de metal en el cielo. Durante el turno de 8 horas, el vijía reportaba por radio todo lo que veía. Camioneta blanca subiendo por el camino de Jesús María. Tres personas, velocidad normal. Grupo de cuatro personas a pie por el sendero del arroyo.
Llevan machetes, parecen campesinos. Helicóptero militar rumbo norte, altura estimada 500 m, sin descender. Cada observación se reportaba al centro de comunicaciones en una de las dos cabinas equipadas con radios y desde ahí se retransmitía a los mandos del CJNG que operaban en la sierra. El sistema de vigilancia del teleférico era el equivalente a un radar humano.
24 horas de cobertura visual sobre una zona de la sierra donde el CJNG opera laboratorios de metanfetamina, almacena cargamentos y controla las rutas de transporte hacia la costa. Cada movimiento de las fuerzas de seguridad en la zona era detectado por los vigías del teleférico con minutos u horas de anticipación, dando tiempo al CJNG para ocultar los laboratorios, mover los cargamentos y evacuar a su personal antes de que las patrullas llegaran.
Quiero hablar de lo que el sistema de vigilancia protegía, porque la zona de la sierra que las cabinas cubrían es una de las zonas de producción de drogas sintéticas más importantes de México. La sierra de Nayarit produce metanfetamina en laboratorios clandestinos que se instalan en las cañadas más remotas debajo de la canopia de árboles tropicales que los esconde de la detección aérea.
Los precursores químicos llegan por la costa, suben por los caminos de la sierra y se procesan en laboratorios que producen entre 50 y 100 kg de metanfetamina por ciclo de producción. Cada ciclo dura entre 3 y 5 días. Cada kilo de metanfetamina vale entre 500,000 y millón de pesos en el mercado mexicano.
Un laboratorio que produce 100 kg por semana genera entre 50 y 100 millones de pesos semanales en producto terminado. El CJNG opera al menos cuatro laboratorios en la zona que las cabinas del teleférico vigilaban. Cuatro laboratorios que producen un total estimado de 300 kg de metanfetamina por semana. El valor semanal de esa producción supera los 200 millones de pesos al mes, 800 millones al año, casi 10,000 millones de pesos.
10,000 millones de pesos al año en producción de metanfetamina protegidos por 24 sicarios con binoculares en cabinas de teleférico a 90 m de altura. la inversión en vigilancia, sueldos de los vigías, equipo de comunicaciones, todo eso suma quizás 8 o 10 millones de pesos al año. El retorno de la inversión es de 1000 a un 10 millones invertidos en vigilancia para proteger 10,000 millones en producción.
Los vigías que dormían en esas cabinas lo sabían y dormían de todos modos porque el miedo a la altura se supera cuando la alternativa es dormir en el suelo de la sierra, donde una patrulla del ejército puede encontrarte mientras duermes. Quiero hablar de cómo el CJNG accedía a las cabinas porque este es el detalle que más impresionó a los murciélagos cuando descubrieron la operación.
Las cabinas del teleférico cuelgan de un cable de acero de 38 mm de diámetro. El cable corre desde la estación superior en la cima del cañón hasta la estación inferior en el fondo, pasando por postes intermedios que lo mantienen tenso. Las cabinas están fijadas al cable mediante abrazaderas de acero que se deslizan por el cable cuando el motor del teleférico las mueve.
Pero el motor del teleférico no funciona desde hace 19 años. Las cabinas no se mueven. Están fijas en los puntos donde quedaron cuando el motor se apagó por última vez. Algunas están cerca de las estaciones, otras están en medio del cañón a 90 m sobre el río, accesibles solo por el cable. Los sicarios del CJNG accedían a las cabinas caminando por el cable con arneses de escalada industrial, guantes de cuero y mosquetones de seguridad.
Los sicarios se deslizaban por el cable de acero de 38 mm desde la estación superior hasta la cabina que les correspondía. Un recorrido de entre 30 y 150 m colgados de un cable a 90 m de altura sobre un cañón con un río al fondo. Los murciélagos encontraron en la estación superior 10 arneses de escalada industrial, 20 mosquetones de seguridad, guantes de cuero reforzado y una polea de tirolesa que los sicarios usaban para deslizarse por el cable con la velocidad y la suavidad de un teleférico humano.
Se enganchaban al cable con la polea, se lanzaban al vacío y la gravedad los llevaba deslizándose hasta la cabina donde paraban frenando con los guantes contra el cable. Para regresar a la estación, usaban una cuerda auxiliar atada al cable principal que jalaban mano sobre mano arrastrándose de vuelta por el cable como una oruga sobre una rama.
Los sicarios que operaban el sistema del teleférico tenían que superar el miedo a la altura como requisito de ingreso. Los mandos del CJNG que establecieron la operación seleccionaron específicamente a combatientes que pudieran trabajar a 90 m de altura sin paralizarse. No todos podían. Varios de los detenidos admitieron que los primeros días en las cabinas vomitaron de vértigo y que tardaron semanas en acostumbrarse a mirar hacia abajo y ver 90 m de vacío.
Uno de los detenidos, un joven de 21 años de la costa de Nayarit, que nunca había estado en la sierra antes de ser asignado al teleférico, dijo, “La primera vez que me deslicé por el cable pensé que me iba a morir. Iba colgado de una polea con las manos en los guantes y abajo no había nada, solo aire y el río allá abajo que se veía chiquito como un gusano plateado.
Cerré los ojos y me solté. Cuando llegué a la cabina y me metí adentro, me temblaban las piernas y las manos y no podía agarrar los binoculares. Me tardé una hora en calmarme. Después de un mes, ya me deslizaba como si nada. Pero la primera vez, la primera vez pensé que me moría. Quiero hablar de cómo se descubrió la base porque la cadena de eventos empieza en un lugar inesperado, un centro ceremonial Uichol.
Los Wixaritari de una comunidad cercana al cañón realizan ceremonias en un sitio sagrado que se encuentra en la ladera del cañón debajo del cable del teleférico. Durante una ceremonia nocturna, el Maracame, el sacerdote tradicional Wiksarica, vio luces moviéndose en el cielo sobre el cañón. Luces pequeñas como linternas que se desplazaban a lo largo de una línea recta horizontal.
El Maracame sabía que la línea recta era el cable del teleférico y sabía que las linternas eran personas moviéndose por el cable de noche. El Maracame habló con las autoridades tradicionales de la comunidad. Las autoridades discutieron el asunto en asamblea y decidieron enviar la información a la guardia tradicional Wixarica, una institución comunitaria que funciona como policía y como enlace con las autoridades federales.
La guardia tradicional contactó a la base militar más cercana y la base militar activó el protocolo que terminó con los murciélagos subiendo al cañón del Guainamota. Quiero detenerme en la guardia tradicional wiksárica porque su papel en este caso es significativo. La guardia tradicional wixárica es una institución ancestral del pueblo wixárica que ha sido reconocida por el Estado mexicano como parte del sistema de seguridad comunitaria indígena.
Los guardianes tradicionales patrullan el territorio hicarica, protegen los sitios sagrados y vigilan que personas ajenas a la comunidad no entren a tierras wiixaritari sin autorización. Son jóvenes elegidos por la comunidad que cumplen un servicio de 2 años sin sueldo, armados con arcos, machetes y la autoridad moral que da a ser designado por tu pueblo para proteger lo que es de todos.
Cuando el Maracame reportó las luces en el cable del teleférico, la guardia tradicional investigó. Subieron a la estación superior del teleférico de día cuando los sicarios del CJ no estaban en las cabinas. Encontraron los arneses, las poleas. Los guantes vieron las cabinas en la distancia y con binoculares propios observaron modificaciones en las cabinas más cercanas, placas de metal soldadas, antenas y objetos que no eran parte del equipamiento original del teleférico.
La guardia tradicional documentó lo que vio y lo reportó a las autoridades militares. No confrontaron al CJNG, no intentaron detenerlos porque la guardia tradicional wigsárica sabe que 22 jóvenes con machetes y arcos no pueden enfrentar a combatientes del CJNG con rifles de asalto en cabinas artilladas a 90 m de altura.
Lo que sí pueden hacer y lo que hicieron es ser los ojos y los oídos de su territorio, ver lo que otros no ven porque conocen cada piedra, cada árbol, cada línea del horizonte de su sierra. Y cuando algo cambia, cuando algo aparece donde no debería estar, cuando hay luces moviéndose por un cable de teleférico a las 3 de la mañana, lo reportan.
Los murciélagos llegaron a la zona 5 días después del reporte. Verificaron la información con drones que sobrevolaron el cañón de noche y que captaron las firmas térmicas de personas dentro de las cabinas. Los drones identificaron 14 cabinas con presencia humana y ocho vacías. Contaron entre 18 y 22 personas distribuidas en las cabinas en diferentes momentos y planificaron un operativo que requirió resolver un problema táctico que ningún otro operativo en la historia de las fuerzas especiales mexicanas había enfrentado.
Cómo detener a personas que cuelgan de un cable a 90 m de altura sobre un cañón. El operativo se ejecutó a las 4 de la mañana. Los murciélagos se dividieron en tres equipos. El primer equipo aseguró la estación superior. 12 operadores entraron por la puerta trasera de la estación que estaba cerrada con un candado que cortaron con cizaya y detuvieron a los ocho sicarios que dormían en la estación en hamacas y colchonetas.
La estación superior era la base de operaciones terrestre. Ahí se almacenaban los suministros, se cargaban las baterías de los radios y se coordinaban los turnos de los vigías. El segundo equipo aseguró la estación inferior al fondo del cañón junto al río. Seis operadores descendieron por la ladera del cañón con equipo de rapel y detuvieron a los cuatro sicarios que custodiaban el acceso inferior y que vigilaban el camino que sube por el río.
El tercer equipo fue el que ejecutó la maniobra más espectacular, la detención de los 12 sicarios que estaban dentro de las cabinas colgadas del cable. Los murciélagos se deslizaron por el cable del teleférico usando las mismas poleas que los sicarios usaban. Ocho operadores enganchados al cable con arneses de asalto, avanzando cabina por cabina en la oscuridad con visión nocturna, abriendo las puertas de las cabinas y sometiendo a los ocupantes a 90 m de altura sobre el cañón del Guainamota. La imagen de los murciélagos
deslizándose por el cable merece que te detengas a imaginarla. Ocho figuras negras enganchadas a un cable de acero a 90 m sobre un cañón invisible en la oscuridad de las 4 de la mañana, moviéndose en silencio hacia las cabinas donde los sicarios dormían o vigilaban. Las poleas hacían un chirrido suave que el viento de la sierra se llevaba antes de que llegara a los oídos de los vigías.
Los operadores avanzaban de cabina en cabina, deteniéndose en cada una para abrirla, someter al ocupante, esposarlo a la estructura de la cabina y seguir a la siguiente. El primer murciélago en llegar a una cabina ocupada contó después que lo más difícil fue abrir la puerta sin que la cabina se balanceara demasiado, porque cuando aplicas fuerza a una cabina de teleférico para abrir su puerta, la cabina se mueve sobre el cable y el movimiento puede alertar al ocupante.
El operador tuvo que abrir la puerta con una lentitud exasperante, milímetro a milímetro, sujetándose del cable con una mano y empujando la puerta con la otra, mientras el viento lo balanceaba y el abismo negro del cañón se extendía debajo de sus pies. Los sicarios que estaban en las cabinas de observación fueron sorprendidos mirando sus binoculares o dormitando.
Los que estaban en las cabinas de descanso fueron despertados por el sonido de las poleas deslizándose por el cable. un chirrido metálico que a las 4 de la mañana en el silencio del cañón sonaba como una alarma. Varios intentaron tomar sus armas, pero en una cabina de 2 m por metro y medio no hay espacio para maniobrar un rifle.

Los murciélagos entraban por la puerta de la cabina con pistola en mano y en el espacio reducido la ventaja era total. Un sicario intentó saltar de la cabina. Se lanzó al vacío sin arnés, agarrándose del cable con las manos desnudas, intentando deslizarse hacia la estación inferior. Avanzó 10 m antes de que la fricción del cable le quemara las palmas de las manos y lo obligara a soltarse.
se quedó colgado del cable agarrándose con los codos y las piernas a 80 m de altura sobre el cañón, gritando hasta que un murciélago llegó con una polea, lo enganchó al cable con un arnés de rescate y lo llevó de vuelta a una cabina donde lo esposó. Cero disparos, 24 detenidos, 31 rifles decomizados de las cabinas artilladas, equipos de comunicaciones y vigilancia de comisados de las cabinas de observación y un teleférico abandonado de 80 millones de pesos recuperado de las manos del CJNG.
Quiero hablar de lo que los murciélagos encontraron dentro de las cabinas, porque los objetos cuentan una historia de meses de ocupación que va más allá de los rifles y los radios. En las cabinas de descanso encontraron cobijas enmoecidas, latas de atún vacías apiladas en una esquina, botellas de agua reutilizadas como orinales y en una de ellas un cuaderno escolar de rayas donde alguien escribió un diario.
El diario está en manos de los investigadores y contiene anotaciones diarias que describen la rutina de los vigías con una honestidad que resulta desgarradora. Día 14. El viento no paró en toda la noche. La cabina se balanceaba tanto que no pude dormir. Me amarré a la hamaca con un cinturón para no caerme.
A las 3 de la mañana dejó de soplar y me dormí como 2 horas. Me desperté con los binoculares clavándoseme en la pierna. Día 23. Llovió desde las 4 de la tarde hasta la medianoche. El techo tiene goteras en dos esquinas, todo mojado. La cobija mojada, los binoculares empañados. No se veía nada. Reporté visibilidad cero y me dijeron que me quedara en posición de todos modos.
8 horas mirando lluvia. Día 41. Hoy vi un águila real volando a la misma altura que la cabina. Pasó a 10 m de mí. Me miró. Yo la miré. Duró como 3 segundos. Después siguió volando. Me dieron ganas de ser ella. Me dieron ganas de ser ella. Un sicario del CJNG encerrado en una cabina de teleférico a 90 m de altura, mirando un águila real volar libre y deseando ser ella.
es la frase que cierra el diario. Después de esa anotación, las páginas están en blanco. La temporada de lluvias era la peor época para los vigías del teleférico. En la sierra de Nayarit llueve con una intensidad tropical que convierte las barrancas en ríos, los senderos en arroyos y las cabinas del teleférico en jaulas de lámina, donde el agua se filtra por cada junta, cada soldadura, cada grieta que el óxido de 19 años ha abierto en el metal.
Los vigías pasaban horas empapados con la ropa chorreando, con los binoculares inservibles por el empañamiento, escuchando el trueno de las tormentas que en la sierra de Nayarit sacuden el aire con una violencia que hace vibrar los cables de acero del teleférico como cuerdas de guitarra. Durante las tormentas eléctricas, los cables de acero del teleférico funcionaban como para rayos.
Los rayos caían en los postes de soporte y la descarga eléctrica recorría los cables, generando un zumbido agudo que los vigías sentían en las manos si tocaban las paredes de metal de la cabina. Un vigía fue alcanzado por una descarga secundaria que le entró por la mano cuando agarró la manija de la puerta de la cabina durante una tormenta.
Perdió la sensibilidad en tres dedos de la mano derecha durante una semana. Desde entonces, los vigías usaban guantes de goma durante las tormentas y no tocaban nada metálico dentro de la cabina hasta que pasara el rayo. Quiero hablar de los 24 detenidos. De los 24, 14 eran vigías y combatientes que operaban en las cabinas.
Seis eran personal de apoyo en la estación superior, los que gestionaban los suministros, cargaban baterías y coordinaban los turnos. y cuatro eran seguridad en la estación inferior. La mayoría eran jóvenes de entre 19 y 28 años, originarios de municipios costeros de Nayarit, jóvenes que crecieron en pueblos de la costa donde la pesca y el turismo son las únicas fuentes de empleo, donde la preparatoria más cercana está a 2 horas en camión y donde el CJNG recluta con la misma facilidad de siempre.
Un sueldo de 20,000 pesos al mes contra los 4000 que ganas empacando camarón en la congeladora. Tres de los 24 eranicholes, tres jóvenes wixaritari de comunidades de la sierra que fueron reclutados por el CJNG porque conocían el terreno como nadie, porque sabían caminar por las barrancas sin perderse, porque sabían leer el clima de la sierra, predecir las lluvias, encontrar agua y moverse en la oscuridad por senderos que para un forastero son invisibles.
conocimiento ancestral del territorio Wixárica puesto al servicio del narcotráfico. La habilidad de generaciones de indígenas que caminaron esa sierra durante siglos, ahora usada para vigilar los caminos por donde pasa la metanfetamina. Quiero contar la historia de uno de los tres jóvenes Wixaritari, porque su caso ilustra la destrucción que el narcotráfico causa en las comunidades indígenas de la sierra.
Se llamaba, según los registros, Cau Yumarie, 20 años. Nació en una comunidad wixárica de la sierra que no tiene carretera de acceso. Se llega a pie o al lomo de mula por un sendero de tres horas desde la carretera más cercana. Su padre es Maracame, sacerdote tradicional. Su madre teje artesanía wixárica que vende a intermediarios que la llevan a las tiendas de artesanía de Tepic y Guadalajara, donde se vende a 10 veces el precio que le pagan a ella.
Cau Marie creció en la sierra. Aprendió a caminar las barrancas antes de aprender a leer. Conocía cada sendero, cada arroyo, cada cueva de la zona. Sabía leer las nubes para predecir la lluvia. Sabía encontrar agua en la temporada seca raspando la corteza de ciertos árboles. Sabía identificar huellas de animales en el barro y determinar cuánto tiempo llevaban ahí.
Era el tipo de conocimiento que los pueblos indígenas transmiten de generación en generación y que ninguna escuela puede enseñar. El CJNG llegó a su comunidad buscando guías. Alguien les dijo que Cauyumarí conocía la sierra como nadie. Le ofrecieron 15,000 pesos al mes por trabajar de vigía, 15,000 pesos para un joven de una comunidad donde el ingreso familiar mensual rara vez supera los 3,000.
Su padre se opuso. Le dijo que los que trabajan para el narco no regresan iguales, que la sierra les quita algo a los que la usan para hacer daño. Cauyumarí escuchó a su padre y aceptó el trabajo de todos modos, porque a los 20 años 15,000 pesos al mes pesan más que las palabras de un maracame. Cauyumarí fue asignado a la cabina número siete, la que colgaba en el punto más alto del cable a 90 m sobre el cañón.
La cabina con la mejor vista de toda la sierra. Lo pusieron ahí porque sus ojos, entrenados desde la infancia para ver detalles en la distancia podían detectar una camioneta militar a 30 km de distancia en un camino de terracería, que para otro vigía sería una línea borrosa en la ladera de un cerro. Cau Marie pasó 4 meses en la cabina número siete, 4 meses mirando la sierra donde nació desde 90 met de altura, viendo los sitios sagrados de su pueblo desde arriba, identificando los caminos donde sus abuelos caminaron durante generaciones y
reportando por radio cada movimiento de las fuerzas de seguridad que intentaban llegar a los laboratorios de metanfetamina que envenenan la tierra que su pueblo considera sagrada. Fue detenido a las 4 de la mañana de un jueves cuando un murciélago abrió la puerta de la cabina número siete y lo encontró dormido con los binoculares en las piernas y el radio en la mano.
Tiene 20 años. Va a enfrentar cargos de delincuencia organizada. Su padre se enteró cuando un primo bajó a Tepic y vio las noticias. El Maracame que vio las luces en el cable del teleférico y que inició la cadena de denuncia que terminó con la detención de los 24 sicarios es el padre de uno de los tres jóvenes Wic Saritari detenidos.
No es el padre de Kau Yu Marie, es el padre de otro de los tres. Un maracame que denunció la actividad en el teleférico sin saber que su propio hijo estaba dentro de una de las cabinas. Cuando se lo dijeron, el Maracame guardó silencio durante un rato largo. Después dijo, “Hice lo que tenía que hacer. Mi hijo hizo lo que eligió hacer.
El cañón sabe quién tiene razón. El cañón sabe quién tiene razón.” Una frase wixárica que contiene siglos de relación con un territorio que para ellos es más que geografía. Es un ser vivo que observa, que juzga y que recuerda. El cañón del Guainota vio a los sicarios deslizarse por el cable del teleférico de noche.
Vio a los murciélagos hacer lo mismo 4 meses después y vio al hijo de un Maracame salir esposado de una cabina a 90 m de altura sobre el río sagrado de su pueblo. Los tres jóvenes Wixaritari, detenidos como vigías en las cabinas porque su capacidad de observación, entrenada desde la infancia en una cultura que vive observando la naturaleza para sobrevivir, era superior a la de cualquier otro combatiente.
Los mandos del CJNG lo sabían y los pusieron donde su talento rendía más, en las cabinas de observación, a 90 m de altura, donde la capacidad de leer el paisaje, de distinguir una patrulla militar de un grupo de campesinos, de detectar movimiento a kilómetros de distancia, era la diferencia entre la alerta temprana y la sorpresa.
Quiero hablar de lo que el teleférico significa para el patrimonio público de Nayarit. El teleférico costó 80 millones de pesos cuando se construyó en 2003. 80 millones de dinero público invertidos en un proyecto turístico que funcionó 3 años y que lleva 19 abandonado. En esos 19 años la estructura se deterioró.
Los cables tienen corrosión superficial, los postes de soporte necesitan mantenimiento, las cabinas tienen óxido en las soldaduras y las estaciones están invadidas por la vegetación. Los ingenieros de La Sedena, que evaluaron la estructura después del operativo concluyeron que el teleférico todavía es recuperable. Los cables, a pesar de la corrosión superficial, mantienen su integridad estructural.
Los postes de soporte están firmes y las cabinas, aunque oxidadas, no tienen daños estructurales que comprometan su seguridad. La inversión necesaria para rehabilitar el teleférico y ponerlo a funcionar de nuevo se estima en entre 30 y 40 millones de pesos. 30 millones para rehabilitar un teleférico de 80 que lleva 19 años abandonado.
El gobierno no encontró esos 30 millones durante 19 años y durante esos 19 años el teleférico se convirtió primero en chatarra, después en refugio de pájaros y finalmente en una base de vigilancia del narcotráfico. La secuencia es predecible. El gobierno construye, el gobierno abandona, el crimen organizado ocupa.
La hemos visto en conventos, en acueductos, en escuelas, en faros, en hoteles y ahora en un teleférico. La pregunta que nadie quiere responder es, ¿cuántas piezas de infraestructura pública abandonada hay en México que el crimen organizado está usando en este momento? ¿Cuántos teleféricos? ¿Cuántos hospitales cerrados? ¿Cuántas escuelas abandonadas? ¿Cuántas estaciones de tren en desuso? ¿Cuántos puentes clausurados? ¿Cuántas presas sin mantenimiento están sirviendo como bases, como almacenes, como puestos de vigilancia, como dormitorios para los
ejércitos privados que los cárteles mantienen en todo el territorio nacional? A ti que llegaste hasta aquí, la imagen que te dejo es la del Maracame, un sacerdote tradicional Wixárica realizando una ceremonia nocturna en un sitio sagrado de la sierra de Nayarit, cantando los cantos de sus antepasados, ofreciendo las ofrendas que su pueblo ha ofrecido durante siglos a las fuerzas de la naturaleza.
y levantando la mirada al cielo sobre el cañón para ver las estrellas y viendo en lugar de estrellas unas luces pequeñas que se mueven a lo largo de una línea recta, linternas de sicarios deslizándose por un cable de teleférico a las 3 de la mañana sobre un cañón sagrado del pueblo Wixárica. El Maracame vio las luces y entendió que no eran estrellas.
Entendió que algo estaba pasando en el teleférico que no debería estar pasando y habló. habló con las autoridades de su comunidad, habló con la guardia tradicional y la cadena de denuncia del Maracame a la comunidad, de la comunidad a la guardia, de la guardia al ejército. Funcionó. Un sacerdote Wixarik mirando el cielo durante una ceremonia sagrada fue el primer eslabón de la cadena que terminó con 24 detenidos y un teleférico recuperado.
La sabiduría ancestral detectando lo que la tecnología no vio. Los ojos de un anciano distinguiendo linternas de estrellas a 3 km de distancia en la oscuridad de una sierra donde no hay contaminación lumínica y donde las estrellas brillan con una intensidad que los habitantes de las ciudades han olvidado que existe. Dale like, suscríbete, activa la campanita.
El teleférico de San Blas está cerrado con cintas y candados militares. Las cabinas siguen colgando del cable. Los binoculares fueron decomizados. Los rifles fueron retirados, las hamacas fueron desmontadas, pero las cabinas siguen ahí, balanceándose con el viento de la sierra, crujiendo con cada ráfaga, mirando el cañón del Guainamota con las puertas abiertas y los asientos vacíos.
Algún día quizás alguien ponga los 30 millones de pesos que el teleférico necesita para funcionar otra vez y las cabinas volverán a cruzar el cañón con turistas adentro que mirarán el río abajo y las paredes de roca y los pericos verdes y dirán, “¡Qué bonito!” Sin saber que la cabina donde están sentados fue durante meses el puesto de vigilancia de un sicario del CJ que desde ahí veía 40 km de sierra en todas las direcciones. Nos vemos. mañana.
Cuídate. Y si algún día estás en la sierra de Nayarit y ves las cabinas de un teleférico colgando inmóviles de un cable oxidado sobre un cañón, no pienses que están vacías. Porque en México las cosas que el gobierno abandona no se quedan vacías mucho tiempo, alguien siempre las llena. Y ese alguien rara vez tiene buenas intenciones.
México tiene un inventario de infraestructura pública abandonada que nadie ha cuantificado. Teleféricos que no funcionan. Puentes cerrados, hospitales rurales que se construyeron y nunca se equiparon, estaciones de ferrocarril sin trenes, presas a medias. Cada pieza de infraestructura abandonada es una puerta que el Estado deja abierta para el crimen organizado.
Cerrarlas no requiere ejércitos, requiere presupuesto para mantenimiento, requiere voluntad política para sostener lo que se construye. Requiere que alguien decida que un teleférico en la sierra de Nayarit vale 30 millones para funcionar como atracción turística en lugar de valer cero para el gobierno y todo para el CJNG. El Maracame sigue realizando sus ceremonias en el sitio sagrado del cañón.
Sigue cantando los cantos de sus antepasados. Sigue mirando el cielo sobre el cañón. Y ahora, cuando ve el cable del teleférico cruzando sobre su cabeza, ve las cabinas vacías balanceándose con el viento y sabe que están vacías porque él las vació, porque levantó la voz. Porque un sacerdote wixárica que mira el cielo durante una ceremonia sagrada y ve algo que no debería estar ahí, tiene la obligación ante sus dioses y ante su pueblo de decirlo. Y lo dijo.
Y 24 personas fueron detenidas y la sierra respiró un poco más tranquila, al menos hasta que el próximo grupo descubra la próxima pieza de infraestructura abandonada y la llene con lo que el estado no quiso llenar. El cañón sabe quién tiene razón y el cañón sigue ahí con el río tronando en el fondo, con los pericos volando entre las paredes de roca, con el cable del teleférico cruzando sobre el vacío como una cicatriz de metal en el cielo de la sierra.
Y con la cabina número siete, la más alta, la que mejor vista tiene, la que fue el puesto de un joven wixárica de 20 años que miraba su sierra desde 90 m de altura y que ahora la mira desde una celda balanceándose vacía con cada ráfaga de viento como una campana que suena sin que nadie la escuche. Dale like por el Maracame que vio las luces y habló.
Suscríbete por la guardia tradicional wigsárica que patrulla su territorio con arcos y machetes y la autoridad moral de 500 años de resistencia. Activa la campanita por el murciélago que se deslizó por un cable de acero a 90 m de altura sobre un cañón a las 4 de la mañana para abrir la puerta de una cabina de teleférico donde un sicario dormía con los binoculares en las piernas.
Y nos vemos mañana porque mañana hay otro caso, otra pieza de infraestructura que el gobierno olvidó y que el narcotráfico recordó. Siempre es la misma historia. El Estado olvida, el crimen recuerda. Y la sierra observa.