Esa noche, en 2025, 31 años después, lo subieron a un avión rumbo al penal del altiplano. El nombre del hombre es Jorge Antonio Sánchez Ortega. Era exagente del CISEN. Tenía apenas 7 meses trabajando para el servicio de inteligencia mexicano cuando lo asignaron a vigilar el miteting de lomas taurinas disfrazado de reportero. Estaba a un metro de Luis Donaldo Colosio cuando le pegaron los dos tiros y 32 años después todavía nadie ha querido contarte por qué su jefe, Jorge Carrillo Olea, lo dejó libre al día siguiente. Lo que vas a escuchar hoy no
es la historia de un loco solitario llamado Mario Aburto. es la reconstrucción documental con expediente desclasificado en mano de cómo el Estado mexicano cerró el magnicidio más importante de su historia moderna en cuestión de horas. ¿Cómo escondió las pruebas físicas que acreditaban a un segundo tirador? ¿Cómo blindó a una red de funcionarios cuyos nombres apenas hoy pueden pronunciarse en voz alta? ¿Y cómo dejó pasar 31 años antes de tocar al hombre que tenía sangre del candidato presidencial en la ropa? 31 años.
Un año por cada vez que un fiscal sucesivo decidió que la versión del asesino solitario era más cómoda que la verdad. Y si esto ya te parece grave, prepárate, porque lo que la docuserie Los asesinos de Colosio estrenada en HBO Max el 19 de marzo de 2026 acaba de poner en el espacio público es la confirmación con testimonios inéditos de que esto no fue un asesino con la cabeza rota disparando solo.
Esto fue según el propio padre del candidato muerto, Luis Colosio Fernández, citamos textual, un complot. Yo soy investigador del espectáculo y de los archivos políticos del México contemporáneo. Llevo 26 años metido en los expedientes prohibidos, los que el poder quiso enterrar. Y esta historia es la herida abierta de un país entero.
Suscríbete ahora mismo porque documentales como este, con los nombres reales, las fechas exactas y los papeles en la mano, no los vas a encontrar en ningún otro canal. Porque todos crecimos creyendo que a Luis Donaldo Colosio lo mató un mecánico de 23 años llamado Mario Aburto en un arrebato de locura individual.
Pero si eso fue un asesino solitario, alguien va a tener que explicar por qué a un metro del candidato había un agente del SISEN con plomo en las manos. ¿Por qué ese agente fue liberado a las 24 horas? ¿Por qué vivió libre tres décadas? ¿Y por qué 31 años después fiscalía decidió que sí, que sí había un segundo tirador y que sí, que se llamaba Jorge Antonio Sánchez Ortega.
Para entender lo que pasó esa tarde en Lomas Taurinas, hay que volver al hombre que estaban a punto de matar. Hay que entender por qué tenía que morir y por qué tenía que morir exactamente entonces. Luis Donaldo Colosio Murrieta había nacido en Magdalena de Quino, Sonora, el 10 de febrero de 1950. Hijo de empresario regional, estudios de economía en el Tecnológico de Monterrey.
Maestría en planificación regional en la Universidad de Pennsylvania. Doctorado inconcluso. Subió en el PRI por la vía técnica, no por la vía cacique, diputado federal, senador, presidente del PRI, secretario de desarrollo social. Y en noviembre de 1993, Carlos Salinas de Gortari le tocó el hombro y le dijo, “Tú vas a ser el próximo presidente de México.
En ese momento, en el sistema político mexicano, tú vas a ser el próximo presidente.” No era una posibilidad, era una sentencia. El dedazo del presidente saliente garantizaba la presidencia siguiente. Llevaba 65 años funcionando así. Si Salinas escogía a Colosio, Colosio iba a ser presidente. Pero algo se rompió entre ellos en cuestión de meses.
Y aquí es donde esta historia se pone realmente perturbadora. El 6 de marzo de 1994, frente al monumento a la revolución en Ciudad de México, Luis Donaldo Colosio dio el discurso más importante de su vida y viéndolo en perspectiva, también el último. Habló de un país con hambre, con sed de justicia. Habló de un PRI que tenía que reformarse desde adentro.
habló, con palabras cuidadas, pero clarísimas para quien sabía leer entre líneas, de una nomenclatura que había secuestrado al partido. Esta palabra nomenclatura, apuntaba hacia un nombre concreto, apuntaba al círculo más íntimo del presidente saliente, apuntaba a Carlos Salinas de Gortari y a su hombre fuerte, José María Córdoba Montoya, el francés mexicano, que había manejado la oficina de la presidencia durante 6 años con poder casi absoluto sobre las decisiones más sensibles del régimen.
Quédate un segundo en esa palabra. Nomenclatura es una palabra rusa. Es la palabra con la que en la antigua Unión Soviética se designaba a la élite del partido Único, al puñado de funcionarios privilegiados que controlaban los recursos del Estado a costa del pueblo. Que un candidato del PRI mexicano usara en pleno 1994 la palabra nomenclatura para describir a su propia cúpula partidaria era una bofetada deliberada.
era decirle al país, “El PRI se ha convertido en lo que combatió. Es una élite cerrada que ha capturado el aparato del Estado y yo voy a abrirla.” Cualquier observador medianamente atento a la política del régimen entendió en ese momento dos cosas. Primera, que Colosio había decidido romper con Salinas. Segunda, que Salinas no se lo iba a permitir.
Cuando el sistema se siente amenazado desde dentro, el sistema se defiende con todos los recursos disponibles. Y en el caso del PRI mexicano de los 90, los recursos disponibles incluían el aparato de inteligencia, las fiscalías políticas y, en última instancia, las redes paralelas del crimen organizado con las que el régimen había cohabitado durante décadas.
Hay un detalle adicional sobre ese discurso del 6 de marzo que conviene subrayar porque es de los que más eriza la piel. Carlos Salinas de Gortari estuvo presente en el evento del monumento a la revolución, sentado en primera fila frente al candidato que le acababa de declarar en código la ruptura. Hay fotografías de ese momento, salinas con cara de piedra, aplaudiendo apenas, mirando hacia el frente con una expresión que los expertos en lectura corporal han descrito posteriormente como contenida, como conteniendo una furia. El presidente saliente acababa de
escuchar al candidato saliente que iba a heredar su poder anunciar en cadena nacional que iba a desmontar la herencia política que él tanto cuidó. En la noche siguiente, según trascendió en años posteriores en distintas fuentes periodísticas mexicanas, Salinas convocó a Colosio a Los Pinos.
La conversación, dicen quienes han documentado el episodio, fue dura. Salinas le habría reprochado el discurso, le habría exigido que rectificara, le habría dicho que ese tono no era el tono que esperaba de su sucesor. Colosio, según las mismas fuentes, no rectificó. volvió a insistir en que su candidatura iba a ser distinta, que el país necesitaba un cambio de fondo y salió de Los Pinos con una distancia ya marcada respecto a su padrino político.
A partir de esa noche, según testigos posteriores de la campaña que han hablado en años recientes, ciertos apoyos económicos clave dejaron de llegar, ciertas oficinas dejaron de devolver las llamadas, ciertos gobernadores empezaron a alejarse. La maquinaria del PRI, que un mes antes había estado al servicio del candidato, empezó a crujir desde adentro y el candidato, sin recursos plenos, sin apoyos completos, fue cargando con una campaña debilitada precisamente en las semanas previas a Lomas Taurinas.
17 días después de ese discurso, Colosio estaba muerto. 17 días. Esa es la distancia exacta entre el momento en que Colosio dijo en público que iba a romper con el padrinazgo de Salinas y el momento en que cayó al suelo de tierra de lomas taurinas con dos balazos en el cuerpo. 17 días. Y en esos 17 días, según ha documentado la periodista Anabel Hernández en sus libros y reportajes acumulados durante décadas, se habría celebrado al menos una reunión donde estaban presentes tres nombres muy específicos. José María Córdoba Montoya,
Manlio Fabio Beltrones y Jorge Carrillo Olea, el director del SISEN. Tres hombres con la capacidad operativa, la red de inteligencia y el poder político suficientes para mover las fichas necesarias. Anabel Hernández en su trabajo periodístico sostiene la hipótesis de que en esa reunión se habría planeado el crimen.
No tenemos su grabación, no tenemos su acta, pero tenemos los hechos posteriores y los hechos posteriores hablan por sí solos. Vamos a lomas taurinas. Vamos a la tarde del 23 de marzo de 1994. 5:10 de la tarde, Tijuana, Baja California. Una colonia popular en una ondonada de tierra en las afueras de la ciudad sobre un terreno irregular con escalones improvisados. Calor.
100 a 2,000 personas reunidas según los conteos posteriores. Música de banda, lonas con el rostro del candidato, un templete pequeño y arriba, en el templete, un hombre delgado, de bigote, traje gris, que termina su discurso con la frase “Mexicanos, vamos a hacer un nuevo trato.” Imagínate la escena física porque importa.
Lomas taurinas es una colonia construida en un cañón en una de esas ondonadas típicas de la Tijuana popular de los años 90 con casas de tabique sin terminar, antenas improvisadas, calles de tierra que se vuelven lodo cuando llueve, escaleras de cemento mal hechas que conectan los niveles del terreno. El templete del meting estaba al fondo de esa ondonada en una explanada irregular.
Los asistentes habían llegado bajando por las escaleras desde los niveles superiores. La salida natural, una vez terminado el discurso, era subir por esas mismas escaleras. Una multitud apretada en un embudo geográfico, las condiciones perfectas para que un asesino se acercara sin que nadie pudiera reaccionar a tiempo.
Las condiciones perfectas también para que un segundo tirador hiciera su trabajo y desapareciera entre el caos. Y eso es lo que hay que entender desde el principio. Lomas taurinas no fue una elección casual, fue una elección operativa. Los responsables de la seguridad del candidato eligieron de entre todas las posibles colonias de Tijuana una colonia en cañón con multitud apretada, con salida única.
¿Por qué? La respuesta oficial es siempre la misma, porque era una colonia popular simbólica que encajaba con el discurso reformista de Colosio. La respuesta no oficial es que esa elección dejó al candidato vulnerable de una forma que en un terreno abierto, con accesos múltiples no hubiera estado. Colosio baja del templete.
Empieza a caminar entre la gente, rodeado de su equipo de seguridad. La música suena fuerte, los simpatizantes le tienden la mano, le golpean la espalda, le piden fotos. En esos minutos lo que queda registrado en el famoso video que se hizo público en parte y que en su versión completa fue desclasificado años después es un caos coreografiado, demasiada gente, muy poco espacio y un equipo de seguridad sospechosamente flojo para un candidato presidencial en plena campaña.
A las 5:12 minutos de la tarde, alguien se abre paso entre la multitud y se acerca a Colosio. Le pone una pistola. Taurus calibre 38 en la 100 derecha. Dispara. La bala. Entra por la cabeza. Colosio cae en medio del tumulto. Alguien dispara un segundo tiro, esta vez al abdomen. Colosio queda en el suelo sangrando.
Lo levantan, lo suben a una camioneta, lo llevan al Hospital General de Tijuana. A las 6:50 de la tarde anuncian su muerte. El detenido en el lugar fue un hombre de 23 años, mecánico, originario de Zamora, Michoacán. Mario aburto Martínez, vestía una chamarra blanca. Confesó. La PGR cerró el caso. Asesino solitario, 42 años.
Posteriormente reducidos de prisión. Eso es lo que se les contó a los mexicanos durante 32 años. Pero quédate conmigo porque este dato es el que nadie ha juntado antes. A los pocos minutos del atentado, otros agentes detuvieron a un segundo hombre en la zona. Vestía chamarra azul oscura. Decía ser reportero, pero no tenía credencial de medio alguno.
En sus manos, al revisarlo, había rastros visibles y algo más perturbador, en su chamarra había salpicaduras de sangre fresca. La sangre posteriormente analizada resultó ser de Luis Donaldo Colosio. El hombre se identificó como Jorge Antonio Sánchez Ortega. Dijo trabajar para el sisén. Lo subieron a una patrulla, lo llevaron a un cuartel cercano.
Le tomaron una prueba estándar de balística química conocida como rodizonato de sodio. Esa prueba detecta residuos de los compuestos que se liberan al disparar un arma de fuego, plomo, vario, antimonio. La prueba salió positiva en sus dos manos. El hombre había disparado un arma esa misma tarde y entonces ocurrió lo que durante 31 años el sistema de justicia mexicano no quiso explicar.
Al día siguiente, 24 de marzo de 1994, Jorge Antonio Sánchez Ortega salió libre. Sin cargos, sin investigación abierta, sin custodia. La PGR lo dejó ir. Su jefe directo, Jorge Carrillo Olea, director del CIS, intervino para liberarlo bajo el argumento, según fuentes posteriores, de que el arma con la que se había matado a Colosio era distinta del arma que Sánchez Ortega podía haber portado.
Es decir, le aceptaron el argumento de que sí había disparado un arma, sí tenía residuos de pólvora, sí tenía sangre del candidato en la ropa, pero no había sido el arma asesina. Imagínate el absurdo procesal de esa decisión. Es como si en un asalto bancario detuvieras a un hombre con dinero del banco en el bolsillo, con la pólvora de su pistola todavía caliente y tu único argumento para liberarlo en 24 horas fuera que la pistola que él portaba no era exactamente la misma pistola que disparó al cajero.
Como si su sola presencia en la escena, con sangre, con residuos químicos, con identidad de empleado del aparato de inteligencia, no fuera suficiente para retenerlo en investigación. En cualquier país con un mínimo respeto por la metodología criminal, ese hombre habría permanecido bajo custodia hasta agotar las hipótesis de complicidad, planeación, encubrimiento.
En México, en 1994, con la PGR controlada por la cúpula de Salinas, esa decisión se tomó en menos de un día. Escúchame bien, porque este dato es el que nadie quiso publicar. En la lógica de cualquier proceso penal mínimamente serio, un hombre con sangre de la víctima en la chamarra y residuos de pólvora en las manos, capturado en la escena del crimen, es un sospechoso primario absoluto.
Aunque su pistola personal no fuera el arma exacta del homicidio, su perfil físico químico lo coloca disparando un arma en el momento del crimen. Eso jurídicamente abre una hipótesis inevitable. La hipótesis del segundo tirador, la hipótesis de la acción concertada, la hipótesis del complot. Esa hipótesis se cerró en cuestión de horas y se cerró por orden del director del SISEN, la misma institución de la que Sánchez Ortega era empleado.
Una institución, atención, juzgándose a sí misma, sin árbitros externos, pero hay un detalle adicional que vale la pena subrayar. La PGR de 1994, encabezada por Diego Baladés, designó como fiscales especiales para el caso Colosio sucesivamente a varios funcionarios. Miguel Montes García fue el primero, Olga Islas la segunda, Pablo Chapa Besanilla, otro nombre que aparece en distintas etapas.
Cada uno de esos fiscales heredó el expediente con las anomalías ya cocinadas. Sánchez Ortega liberado, las pruebas de pólvora minimizadas, la versión del asesino solitario consolidándose como narrativa oficial. Cada fiscal sucesivo, en lugar de revisar las anomalías originales, las dio por aceptadas. La maquinaria de Procuración de Justicia mexicana de los 90 funcionó así.
Cada fiscal nuevo recibía la versión consolidada y la perpetuaba. Nadie quiso ser el primero en abrir la puerta hacia arriba. Y aquí es donde esta historia se pone realmente inquietante. A lo mejor tú estás pensando que el sistema judicial mexicano de los 90 era frágil, que los protocolos forenses eran rudimentarios, que se pudo haber tratado de un error administrativo, pero no fue un error.
Las pruebas físicas estaban estaban documentadas, estaban en el expediente original, eran irrefutables. La chamarra con sangre, las manos con plomo. Lo que se hizo no fue ignorarlas por error. Lo que se hizo fue archivarlas conscientemente y construir alrededor de ellas una versión oficial que las neutralizara.
Esa es una decisión política, no un error técnico. Y es la decisión que Jorge Carrillo Olea, José María Córdoba Montoya y la cúpula del régimen tomaron en las primeras 72 horas posteriores al asesinato. Vamos a hablar de Carrillo Olea, porque su figura es central y la mayoría de los mexicanos no la conoce.
Jorge Carrillo Olea era general del ejército. Había fundado el SISEN en 1989 durante el gobierno de Salinas. Era el hombre de inteligencia más influyente del régimen. Tenía acceso directo a Los Pinos y tenía bajo su mando entre cientos de agentes a un sinaloense recién contratado llamado Jorge Antonio Sánchez Ortega. Sánchez Ortega.
Según los registros confirmados por la prensa mexicana en 2025. Llevaba apenas 7 meses en el SISEN, 7 meses. Originario de Sinaloa, sin trayectoria previa significativa en inteligencia. Y aún así lo asignaron a vigilar de cerca el miting más sensible del candidato presidencial del partido en el poder en una colonia popular fronteriza disfrazado de reportero.
¿Quién toma esa decisión de asignación? ¿Por qué un agente novato, recién entrenado, está a un metro del candidato, sin uniforme oficial, sin radio de comunicación? visible sin protocolos de coordinación con la seguridad personal del candidato. La respuesta no figura en ningún expediente público, pero la pregunta sigue ahí, sin contestar, 32 años después.
Y aquí es donde quiero que te quedes conmigo, porque lo que viene ahora cambia completamente todo lo que creías saber. Las anomalías del expediente original son: Escuchando una a una, demoledoras, primera anomalía, los dos disparos. La autopsia reveló que Colosio recibió dos impactos, uno en la 100 derecha a quemarropa, otro en el abdomen.
Los peritos médicos que analizaron las trayectorias balísticas notaron algo que el expediente oficial trató de minimizar. Los ángulos eran incompatibles entre sí. El primer disparo en la 100 derecha requería que el tirador estuviera de frente y a la derecha de la víctima. El segundo en el abdomen requería un ángulo distinto, más bajo, posiblemente desde otra dirección.
Que un mismo tirador en una multitud apretujada en menos de 2 segundos se moviera de una posición a otra y disparara dos veces con esa precisión es físicamente cuestionable. Es la tesis que en su momento sostuvieron varios médicos forenses y que la fiscalía oficial decidió ignorar. Segunda anomalía.
La identificación de Mario Aburto. La defensa de Aburto durante décadas ha sostenido que el hombre detenido en lomas taurinas con la cabeza ensangrentada y la chamarra blanca no es exactamente la misma persona que años después aparece en las fotografías oficiales del penal del altiplano, que hubo en algún momento del traslado y procesamiento una sustitución de identidad.
La docuserie Los asesinos de Colosio de HB Max, estrenada el 19 de marzo de 2026 retoma esta tesis a través del testimonio inédito de la familia Aburto. Es una tesis explosiva. Si el hombre que cumple condena en el altiplano no es el hombre que fue detenido en lomas taurinas, entonces todo el pilar de la versión oficial se derrumba.
Tercera anomalía, el parecido físico entre Mario Aburto y Jorge Antonio Sánchez Ortega. Y aquí entra un detalle que hace 4 años corre en grupos de Facebook y publicaciones en X y que la docuserie de HBO Max retoma. Las fotografías de Aburto en 1994 y las fotografías de Sánchez Ortega de la época muestran un parecido físico llamativo.
Misma estatura, misma complexión, mismo tono de piel, misma forma del rostro. Coincidencia entre dos hombres que estuvieron a un metro de la víctima en el mismo segundo. Posible, pero la coincidencia en investigación criminal suele ser señal de algo más. Cuarta anomalía. El testimonio de Leticia Ortiz, compañera de trabajo de Mario Aburto en la fábrica de plástico camero magnéticos en la mesa de Otai.
En 1998 declaró que Aburto recibió tres visitas de un sujeto previo al magnicidio. Hizo un retrato hablado de ese sujeto. 25 años después, en 2023, frente a fotografías que le mostró la fiscalía, identificó a ese sujeto. Era Jorge Antonio Sánchez Ortega. Esa identificación con todos los problemas de fiabilidad de un reconocimiento 25 años posterior es uno de los pilares con los que la FGR pidió la orden de captura de 2025.
Y esto que acabo de decirte no es lo peor. Lo peor viene en un momento. Quinta anomalía, y esta es la que más me eriza la piel cuando la pienso. 31 años en libertad. Sánchez Ortega no se escondió. Vivió en Tijuana, trabajó en distintos empleos, salió, entró, tuvo familia y según trascendió en la prensa mexicana en 2025, tuvo en algún punto del camino vínculos con la red de Genaro García Luna, el exsecretario de seguridad pública de Felipe Calderón, hoy preso en Estados Unidos, por sus vínculos con el cártel de Sinaloa, es decir, el hombre que aparece en la
escena del crimen del candidato presidencial 30 años Después aparece protegido, según fuentes periodísticas, por el operador de seguridad más corrupto de la historia reciente del país. Esa cadena de protecciones no es accidental, es estructural. Piensa lo que esto significa en términos prácticos.
Sánchez Ortega tuvo entre 1994 y 2025 exactamente 11,328 días de libertad, casi cuatro décadas de impunidad concedida. Durante esos años pasaron por la presidencia de México Ernesto Cedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador. Cinco presidentes, cinco fiscales generales distintos, cinco oportunidades históricas de reabrir el expediente y procesar al hombre que, con sangre de colosio en la ropa y plomo en las manos, había salido libre al día siguiente del magnicidio.
Ninguna de esas cinco oportunidades se aprovechó. Todas fueron desperdiciadas o mejor dicho conscientemente bloqueadas por jueces, fiscales y secretarios que entendieron que abrir esa puerta implicaba consecuencias institucionales mayores de las que el sistema podía absorber. Y aquí va una pregunta que conviene hacerse en voz alta.
Si Sánchez Ortega era un agente novato del SISEN con apenas 7 meses de servicio, sin red de protección propia, sin patrimonio personal significativo, ¿quién pagó por su silencio durante 31 años? ¿Cómo es que un hombre con esa marca encima, con la sangre de un candidato presidencial sobre su chamarra documentada en el expediente original vivió tanto tiempo sin que nadie lo molestara? La única explicación operativa es que alguien con poder real garantizó esa protección y esa protección no se ofrece gratis, se ofrece a cambio del silencio sobre quien
dio la orden. Es decir, Sánchez Ortega lleva 31 años callado porque hablar habría sido firmar su sentencia de muerte y eso, desde la lógica del sistema, era preferible al gesto de tocarlo legalmente. Quédate conmigo porque la parte más escalofriante todavía no llegó. Vamos a ese famoso 6 de marzo, al discurso del monumento a la revolución, porque ese discurso es la grieta por donde se cuela todo el motivo del crimen.
Colosio había recorrido el país durante los meses previos. Se había encontrado con un México que no era el México que Salinas le contaba en Los Pinos. Había visto pobreza, había visto descontento, había visto sobre todo un PRI envejecido, reducido a una élite financiera que vivía aislada del país real.
Y esa misma élite era hasta ese momento su jefatura de campaña. En el discurso del 6 de marzo, Colosio rompe con esa élite, lo hace en código, pero lo hace claramente. Habla de un México con hambre y sed de justicia. habla de un sistema que necesita reformarse y lo más explosivo dice esta frase, yo veo un México con hambre y con sed de justicia, un México de gente agraviada, ofendida por las deformaciones que hacen de la ley quienes deberían servirla, quienes deberían servirla.
Esa frase apuntaba a fiscales, jueces, ministros del régimen, a la maquinaria de procuración de justicia que él mismo como presidente iba a tener que rehacer. Y lo más significativo, añadió, el país necesita corregir los excesos del presidencialismo. Excesos del presidencialismo. Eso no era un comentario abstracto. Era una crítica directa al estilo de gobierno de Carlos Salinas de Gortari, una crítica pública en pleno acto de campaña del candidato del propio Salinas.
En la lógica del PRI de los 90, eso era una declaración de guerra interna. Después de ese discurso, según testigos cercanos a la campaña que han hablado en años posteriores, Salinas se enojó profundamente, llamó a Colosio, lo regañó. Algunos sostienen que le dio un ultimátum, otros que le retiró los apoyos económicos clave de la campaña, dejándolo aislado.
Y aquí es donde aparece el episodio del Monumento a la Revolución como punto de no retorno. Hay otro detalle que la docuserie de HBO Max destaca. Según se documenta, Colosio rechazó una aportación de 10 millones de dólares ofrecida a su campaña por personeros vinculados a un poderoso cartel del narcotráfico. En efectivo, presumiblemente del cártel de Sinaloa ofrecidos al candidato presidencial del PRI.
Y Colosio, según las fuentes, dijo que no, que no aceptaba ese dinero, que su campaña no se iba a financiar con esos recursos. Si esa información es correcta y la docuserie la sostiene, entonces tenemos a un candidato que en cuestión de semanas se enfrentó simultáneamente a Carlos Salinas, a José María Córdoba Montoya y a por lo menos un cartel del narcotráfico.
Tres adversarios con capacidades operativas reales, tres motivos para querer eliminarlo. Y aquí hay que detenerse porque rechazar 10 millones de dólares del narcotráfico en 1994 era un gesto político con consecuencias que en otros países serían inentendibles. En el México de los 90, los carteles ya tenían capacidad demostrada de matar gobernadores, jefes policiales, periodistas, candidatos.
El asesinato del cardenal Posadas Ocampo en mayo de 1993, apenas 10 meses antes del crimen de Colosio, había marcado el inicio de una etapa en la que el narcotráfico ya operaba sin pudor sobre figuras protegidas. Si Colosio rechazó ese dinero, sabía perfectamente lo que arriesgaba y aún así rechazó.
Esa es la dimensión moral del candidato y esa es también posiblemente una de las explicaciones operativas de su muerte. Hay quienes en el periodismo mexicano han sostenido durante años una hipótesis hibridada que el crimen de Colosio fue en parte un crimen de Estado y en parte un crimen del crimen organizado, que las dos redes se cruzaron en aquellos meses, que la facción salinista y el cartel de Sinaloa compartieron el interés de eliminar al candidato y se coordinaron a través de operadores intermedios para ejecutar el atentado en lomas taurinas.
Esa hipótesis es difícil de probar, pero explica más cosas de las que explica la versión del asesino solitario. Explica, por ejemplo, la presencia de un agente novato del sisén sinaloense a un metro del candidato sinaloense, originario del mismo estado de donde opera el cartel más poderoso de México.
Coincidencia geográfica que en investigación suele ser indicio. Y aquí entra la pregunta decisiva. ¿Quién tenía a Sánchez Ortega de pie a un metro del candidato esa tarde en Lomas Taurinas? Su jefe directo, Jorge Carrillo Olea, era el director del SISEN, una institución que respondía al presidente Salinas a través de la Secretaría de Gobernación.
La cadena de mando es directa. La asignación operativa de un agente novato sinaloense a vigilar el miting más sensible del candidato presidencial pasó necesariamente por esa cadena de mando. Y esa cadena de mando, en el contexto del enfrentamiento entre Colosio y la élite saliente era hostil al candidato. Y aquí es donde esta historia se pone realmente perturbadora.
En los días posteriores al asesinato, Carlos Salinas tomó una decisión que en la cultura del PRI fue estremecedora. eligió como candidato sustituto a Ernesto Cedillo Ponce de León. Cedillo, hombre técnico con menos perfil propio que Colosio, leído por muchos como la pieza adecuada para mantener la continuidad del régimen sin amenazas internas.
La docuserie de HBO Max apunta directamente a este punto. El beneficiario del crimen en términos de poder no fue Mario Aburto, que cumple 42 años de prisión. El beneficiario, hablando objetivamente del cambio de equilibrios políticos, fue Ernesto Cedillo y atrás de Cedillo, según fuentes periodísticas, estaba el operador de siempre, José María Córdoba Montoya.
Esto no significa que Cedillo haya ordenado el crimen. No hay prueba de eso. Lo que significa en términos de investigación criminal seria es que el cambio de candidato benefició a una facción específica del régimen. Y en investigación criminal, ¿a quién benefició? Es una de las primeras preguntas que se hace cualquier fiscal. Hay que añadir un dato que pocas veces se subraya.
La continuidad del proyecto salinista a través de Cedillo se rompió poco después de 1995, cuando el nuevo presidente ordenó la detención de Raúl Salinas de Gortari, hermano del expresidente, por enriquecimiento ilícito, y posteriormente por su presunta vinculación con el asesinato de José Francisco Ruiz Maie. Esa detención fue, en términos políticos, una declaración de guerra retroactiva y obligó a Carlos Salinas al exilio en Irlanda primero y luego en Cuba.
Es decir, la pieza que originalmente parecía cuidar al salinismo terminó paradójicamente golpeándolo. Pero esa traición posterior no borra la primera ecuación. En marzo de 1994, cuando se eligió a Cedillo como sustituto, los equilibrios internos beneficiaron a la facción de Córdoba Montoya y a las redes que controlaban el aparato de inteligencia.
El crimen de lomas taurinas tuvo un beneficiario inmediato y ese beneficiario durante las primeras semanas posteriores no fue casual. Vamos ahora al periodista que más ha hecho por mantener viva esta investigación durante tres décadas, Anabel Hernández. Sin su trabajo, este documental no existiría.
Anabel Hernández, en sus libros y reportajes acumulados desde los años 2000, ha sostenido la tesis de que el asesinato de Luis Donaldo Colosio fue un crimen de estado. Ha documentado, con fuentes en distintos niveles del aparato de inteligencia mexicano, que en una reunión previa al magnicidio se habrían encontrado tres figuras clave.
José María Córdoba Montoya, jefe de la oficina presidencial, Manlio Fabio Beltrones, figura del PRI son honorense con peso en el norte. y Jorge Carrillo Olea, director del CISEN. Tres hombres con la capacidad operativa, la red institucional y los motivos políticos para haber gestionado un crimen de esa magnitud.
Esa hipótesis no ha sido probada en tribunales, pero la Fiscalía Especial que reabrió el caso después de 2022 bajo el mandato del fiscal Alejandro Gertzmanero, ha tomado parte de esa hipótesis como base de su investigación renovada y la captura de Sánchez Ortega en noviembre de 2025 es la primera consecuencia tangible de esa renovación.
Escúchame bien, porque este dato es el que nadie quiso publicar. La FGR consiguió la orden de aprensión contra Sánchez Ortega solo en su tercer intento. Los dos primeros en años anteriores fueron rechazados por jueces federales que consideraron que las pruebas nuevas eran circunstanciales o estaban inducidas por la fiscalía. Es decir, durante años jueces del poder judicial mexicano se negaron a permitir el procesamiento del segundo tirador presunto.
Solo en septiembre de 2025, finalmente, el juez Daniel Marcelino Niño Jiménez del juzgado cuarto de distrito en materia penal del Estado de México, emitió la orden de captura. El 8 de noviembre se ejecutó. El 15 de noviembre se dictó auto de formal prisión. Esa demora, esa resistencia judicial sostenida durante tres décadas es por sí sola un dato político.
No fue por falta de pruebas, fue por la gravedad institucional de lo que esas pruebas implicaban. Procesar a Sánchez Ortega significa abrir oficialmente la puerta a la teoría del segundo tirador y abrir esa puerta significa tarde o temprano llamar a declarar a otros nombres mucho más altos. Y aquí es donde quiero que prestes atención, porque lo que sigue cambia completamente todo lo que creías saber.
El 19 de marzo de 2026, hace apenas semanas mientras grabamos este documental, HBO Max estrenó la docuserie Los asesinos de Coloso. Tres episodios. producida por Par produ Producciones para Warner Bross Discovery. Acceso al expediente desclasificado del caso y por primera vez entrevista a Carlos Salinas de Gortari hablando del asesinato.
En esa entrevista Salinas no confiesa nada, no podría confesar nada en términos jurídicos porque el caso está abierto. Pero según los reportes de quienes han visto la serie, Salinas evita preguntas concretas, redirige hacia teorías de su propia narrativa y al final la sensación que queda es la de un hombre defendiendo una posición que 32 años después sigue siendo insostenible.
La docuserie complementa esa entrevista con el testimonio del padre del candidato, don Luis Colosio Fernández. Y don Luis, que vivía hasta hace poco en Magdalena de Quino, dijo en cámara, sin filtros, algo demoledor. Dijo, refiriéndose a la muerte de su hijo, que todo lo que sucedió fue, citamos textual, un complot. Don Luis no es un periodista, no es un investigador, no es un opositor político, es el padre del muerto, es el hombre que enterró a su hijo en 1994 y cuando el padre del muerto, 32 años después, frente a las cámaras de un
documental internacional, usa la palabra complot para describir lo que le pasó a su hijo, esa palabra adquiere un peso moral que ninguna fiscalía puede igualar. Piensa lo que es esa frase dicha por ese hombre en ese momento. Don Luis Colosio Fernández es un hombre mayor, originario de Magdalena de Quino, padre de un candidato presidencial al que le robaron la vida y le robaron la presidencia que ya estaba escrita.
Durante 32 años ese padre vivió con la duda. Vio a Salinas seguir libre. Vio a Córdoba Montoya seguir libre. Vio a Carrillo Olea seguir libre escribiendo libros, dando entrevistas. defendiendo su versión. Vio a Sánchez Ortega caminar por las calles de Tijuana mientras Mario Aburto cumplía 42 años de condena.
Y todo ese tiempo el padre cargó la dignidad de no acusar sin pruebas. Solo cuando la docuserie llegó, solo cuando vio que finalmente alguien le iba a dar el espacio audiovisual para decirlo, soltó la palabra que llevaba 32 años atragantada. Complot. Y a lo mejor tú mismo mientras escuchas esto, ¿recuerdas dónde estabas el 23 de marzo de 1994? ¿Recuerdas el momento en que la radio o la televisión interrumpió la programación para anunciar que habían matado al candidato? ¿Recuerdas el silencio de tu casa? ¿Recuerdas a tu
papá, a tu abuelo, a tu mamá diciendo, “Dios mío, ¿qué va a pasar con México? ¿Recuerdas que esa noche el país no durmió?” Esa imagen colectiva, ese trauma nacional, lo cargamos los mexicanos en algún rincón de la memoria histórica desde hace 32 años y nunca tuvimos justicia real. Tuvimos un asesino solitario.
Tuvimos una sentencia, pero nunca tuvimos verdad. Quédate conmigo porque la parte más dolorosa todavía no llegó. Mario Aurto Martínez, el mecánico de 23 años, lleva 32 años preso en el penal del altiplano. Su sentencia fue inicialmente de 42 años, posteriormente reducida a 45 según otros registros y luego ajustada por reformas penales.
Aburto siempre ha mantenido su inocencia. Ha dicho que fue víctima de tortura policial para que confesara. ha dicho que la chamarra blanca con la que aparece en los videos no es la misma chamarra que vestía esa tarde en lomas taurinas. Ha dicho incluso que el hombre que está en el altiplano no es exactamente él, que en algún punto del traslado hubo una sustitución.
Esto último suena a teoría conspirativa, lo sé, pero la familia Aburto en la docuserie de HBO Max lo sostiene y el equipo de defensa del condenado lleva años pidiendo sin éxito una revisión integral del expediente. Si Sánchez Ortega es procesado y se prueba la acción concertada, la teoría del asesino solitario se cae y si se cae, la sentencia de aburto entra en revisión obligatoria y entonces el sistema judicial mexicano tiene un problema serio.
Tendría que aceptar que un hombre lleva 32 años preso por un crimen que cometió, en parte otra persona que vivió libre el mismo tiempo. La asimetría sería intolerable y el costo político enorme. Imagina por un segundo a esos dos hombres en el mismo penal del altiplano hoy en abril de 2026. Mario aburto cumpliendo 32 años de una condena que siempre ha negado merecer.
Jorge Antonio Sánchez Ortega, recién ingresado en noviembre de 2025 esperando audiencias. Los dos hombres presos por el mismo magnicidio. Los dos hombres que los videos de Lomas taurinas pusieron a un metro del candidato esa tarde de marzo de 1994. Si en algún momento ambos coinciden en un patio del altiplano, si en algún momento se cruzan miradas, esa será una de las imágenes más significativas de la historia política reciente de México.
Dos hombres que cargan cada uno a su manera, la verdad incompleta de un crimen que cambió al país. Por eso, según fuentes judiciales, hay quienes preferirían que el caso de Sánchez Ortega se desinflara discretamente, que las pruebas no alcancen, que un juez encuentre vicios procesales, que el segundo tirador termine otra vez libre por motivos administrativos, por motivos técnicos, por cualquier motivo que evite la revisión completa del expediente original.
Si eso ocurre en los próximos meses, tú lo vas a saber y vas a recordar este documental. Y vas a entender que el patrón se repitió. Vamos al ángulo final, al hijo, porque el hijo es la voz más sobria de toda esta historia. Luis Donaldo Colosio Riojas tenía 7 años cuando mataron a su padre. Hoy tiene 39. es senador político del Movimiento Ciudadano y a propósito de la captura de Sánchez Ortega dijo algo en noviembre de 2025 que conviene escuchar.
Pidió que el caso se cerrara para sanar, sanar esa palabra. No pidió justicia, no pidió revancha, no pidió la cabeza de los responsables, pidió poder cerrar la herida. Esa es la voz de un hijo que entiende que en México, 32 años después, la verdad completa, ya no se va a saber, que los responsables últimos están muertos, algunos, otros protegidos, otros simplemente fuera del alcance del aparato judicial y que para él como hijo lo importante en algún momento es dejar de cargar el peso.
Pero esa frase, para sanar también tiene otra lectura posible. Es la frase de un hombre que sabe que en este país las heridas grandes no se curan con justicia, se curan con olvido pactado. Se curan cuando los protagonistas mueren y la siguiente generación renuncia a seguir buscando. Colosio Riojas, hoy senador, conoce el sistema desde adentro y sabe lo que cuesta seguir abriendo expedientes.
sabe que cada paso adelante en la investigación significa enemigos nuevos, presiones nuevas, riesgos nuevos para él y para su familia. Y por eso, con la prudencia política de quien quiere construir su propia carrera sin convertirla en una venganza, eligió la palabra menos confrontacional del diccionario, sanar. Pero la verdad, desde la perspectiva del país, no se cierra solo porque un hijo necesite cerrarse personalmente.
La verdad sigue pendiente para todos los que el 23 de marzo de 1994 lloramos a un candidato que prometía cambiar México. Para todos los que crecimos creyendo que la versión oficial era completa. Para todos los que ahora con la docuserie de HBO Max, con la captura de Sánchez Ortega, con la confesión del padre que llama complot a lo que pasó.
Empezamos a entender que durante 32 años nos vendieron media película. Si este documental te ha movido algo por dentro, si has sentido durante estos minutos que tu versión oficial de la historia se resquebrajaba un poco, entonces ya sabes por qué existe este canal. Suscríbete ahora mismo, porque documentales como este, con los nombres reales, las fechas exactas y las preguntas que el poder enterró, no los vas a encontrar en ningún otro lugar de internet.
Y comparte este video con alguien que recuerde dónde estaba el 23 de marzo de 1994, con alguien que lloró ese día, con alguien que merezca saber que aquel candidato no murió por la mano de un loco solitario, sino por una operación que 32 años después todavía no termina de aclararse, porque hay un hombre en el penal del altiplano que lleva tres décadas diciendo que él no estuvo solo.
Hay otro hombre en el mismo penal, recién ingresado en noviembre de 2025, que pasó 31 años libre con sangre del candidato en la chamarra. Hay un expediente desclasificado, 11 tomos y 43 anexos que apenas la docuserie de HBO Max y los periodistas serios de México están empezando a descifrar. Y hay un padre, don Luis Colosio Fernández, que en cámara dijo la palabra que durante 32 años nadie en el poder se atrevió a pronunciar. complot.
Y mientras no haya proceso judicial completo, mientras no caigan las preguntas hacia los nombres más altos de la red original, mientras el sistema mexicano siga prefiriendo la versión cómoda del asesino solitario, la herida del 23 de marzo de 1994 va a seguir abierta, no por necedad, por dignidad histórica, porque un país que no sabe quién mató a su candidato presidencial es un país que no termina de saber qué es.
Y conviene cerrar con una reflexión que muchos analistas mexicanos han hecho a lo largo de los años. El asesinato de Colosio no fue solo el asesinato de un hombre, fue el asesinato de una posibilidad, la posibilidad de un PRI que se reformara desde dentro, la posibilidad de una transición más ordenada hacia la democracia, la posibilidad de que México, en lugar de estallar en la crisis económica de finales de 1994 y la posterior fractura política de los años siguientes encontrara una vía menos dolorosa de cambio.
Esta posibilidad murió en lomas taurinas y todo lo que vino después, la crisis del peso, el efecto tequila, la guerra zapatista que ya había empezado en enero de ese año, el ascenso descontrolado de los carteles del narcotráfico que el régimen había sabido contener cuando estaba unido y no supo controlar cuando se fragmentó.
Todo eso es, en cierta forma consecuencia indirecta de aquel disparo en la 100 derecha del candidato. 23 de marzo, 5:12 minutos de la tarde. Un momento en que la historia de México podía haber tomado otro camino y no lo tomó. Y esa al final es la pregunta que sigue abierta esta semana, mientras Jorge Antonio Sánchez Ortega aguarda en su celda del altiplano la próxima audiencia.

va a hablar, va a callar como ha callado 31 años, va a entregar nombres, fechas, instrucciones recibidas o el sistema, una vez más va a encontrar la forma de cerrar el expediente sin que la verdad complete del 23 de marzo de 1994 llegue jamás a la luz. Esa pregunta no la va a responder este documental, la va a responder México en los próximos meses y tú vas a estar ahí para verlo porque ahora sabes lo que estaba detrás de la versión oficial.
Ahora sabes qué nombres se han pronunciado durante décadas en voz baja. Ahora sabes que 1 metro fue la distancia entre Colosio y el segundo tirador y 31 años. El tiempo que ese segundo tirador caminó libre por las calles de Tijuana, mientras un país entero seguía creyendo que un mecánico solitario con la cabeza rota había matado solo al hombre que iba a cambiar México. Co?