Es el año 1985. Rancho de Cucamonga, California, Estados Unidos. Fábrica de fritolay. Richard Montañés, el conserje de la fábrica, tiene 27 años y entra a limpiar una sala de juntas donde recién se había cancelado una reunión de ejecutivos. Los ejecutivos dejan los restos de sus cafés sobre la mesa mientras limpia.
Richard observa [música] los papeles, gráficas, estadísticas y fotos de productos, pero un título lo hipnotiza. Nuevos mercados hispanos. Richard se entera que la fábrica de frituras está diseñando un nuevo producto para la comunidad latina de Estados Unidos. Los ojos le brillan, pues este soñador es un experto cocinero y lleva años tratando de hablar con algún directivo para proponerle un sabor ideal para esa fritura que está seguro le encantará al mercado hispano.

De forma increíble, Richard se inventa de una forma ingeniosa y desesperada la manera de que el directivo lo reciba en su oficina, realizando una llamada a su oficina donde le indicó a su secretaria que el directivo Liam Miller ya le había agendado cita con carácter de urgente al personal de mantenimiento. De esta forma, la secretaria no tuvo opción de negársela porque era un personal de la empresa y sabía que seguramente era algo importante.
De inmediato, Richard llega a casa y junto con su esposa vuelven a hacer la receta. tenían que condimentar los chitos con su sazón picante y agridulce para que Richard tuviera al menos 20 bolsas y la receta por escrito que iba a darles a los directivos al día siguiente en su reunión agendada de manera engañosa.
La reunión sería un éxito. Los directivos aprobaron su producto y lo pusieron como prueba piloto en diferentes sucursales. Esto le llevó a este hombre a generar ingresos por regalías de esta receta por cantidades que se cuentan en millones. Pero para entender cómo es que un conserje que lleva años trabajando en la fábrica de Friti como personal de limpieza y mantenimiento está diseñando una receta para frituras, tenemos que regresar al inicio de la historia.
Año [música] 1965, California, Estados Unidos. Un chico de 7 años, hijo de indocumentados mexicanos. Trabaja en la pisca de uva en los campos del Valle Central con los albores de la mañana junto a sus padres y cientos de trabajadores mexicanos que se mueven como sombras sobre el polvo, recogiendo racimos de uvas con las manos entumecidas por el rocío de la mañana.
Pasa largas jornadas trabajando bajo el sol. Sus padres son humildes, saben que no podrán costear sus estudios universitarios ni de broma, así que le enseñan a su pequeño hijo desde muy chico a ganarse el dinero. El nombre de este pequeño es Richard Montañés y como muchos trabajadores de hijos inmigrantes, aprende a temprana edad el significado del trabajo duro antes que el de su infancia.
El sol pega recio y llega la hora de la comida. Richard se sienta bajo la sombra de un árbol junto con sus padres. Hay tortillas, frijoles y un trozo de carne. Y eso sí, mucha agua. Este pequeño debería estar disfrutando de algún curso de verano, como muchos de sus compañeros de escuela, pero contrario a ello, Richard está aprendiendo a ganarse la vida.
Este chico jornalero a inicios de los años 60 en Estados Unidos, aparentemente con pocas oportunidades en la vida, se convertirá en el inventor de una de las frituras más famosas del mundo. Pero él aún no lo sabe. Richard se levanta temprano junto con sus padres para ir a los campos, trabaja en la recolección o pisca de hortalizas, fresas, uvas, manzanas y naranjas.
Él es un niño de aspecto escuálido, moreno, de cabello oscuro, pero una mirada curiosa. Observa, trabaja, pero siempre se pregunta todo lo de su entorno. Pregunta a su padre, “¿Y estas uvas a dónde van? ¿Cuántas canastas debemos de llenar al día? Con estas canastas, ¿cuántas cajas del tráiler se llenan? ¿Y cuánto nos pagan por un día de trabajo, padre?” Richard es pequeño, a veces testarudo, pero su padre se da cuenta que no es muy común que un pequeño de 7 años haga preguntas de gente grande.
Esa terquedad e incluso ser algo imprudente lo llevaría a ganar millones. El inglés no es problema. En su casa se hablan los dos idiomas. A pesar de que Richard es de sangre mexicana. Él ya es nacido en Estados Unidos. No tendrá problemas con migración. En casa su mundo es otro. Tortillas al fuego, el olor de los chiles secos.
La voz firme de su madre recordándole que su raíz es mexicana, aunque la tierra no lo reconozca. A los 7 años ya siente el peso de la exclusión. En clase, cuando habla inglés se hace notar su acento mexicano. Sus compañeros se ríen. A los 10 años, Richard es marcado por el destino, pues al salir del trabajo en las vacaciones de verano, Richard se topa junto con su padre un partido de béisbol de niños.
Todos visten uniformes elegantes como los jugadores de la televisión. Richard se emociona, suelta su morral y se recarga en una reja al ver jugar a esos chicos. Su padre lo aleja. Esto no es para ti, hijo. Eso es para la gente que tiene dinero y manda a sus hijos a jugar en equipos. Nosotros tenemos que trabajar, dice su padre. Richard triste obedece y llega al barrio mexicano de [música] Wasti.
La pobreza tiene rostro familiar. Esa noche no puede dormir. Si tiene que hacer dinero, sabe que lo hará de la forma que la vida se lo permita. Sabe que no podrá ir a la universidad. Él piensa, “Compraré muchos terrenos y seré yo quien contrate a los jornaleros para vender las frutas en supermercados. Pero recuerda que esos terrenos valen muchísimo.
¿De dónde sacará tanto dinero?” “Entonces seré transportista”, dice. Compraré mi camión y de ese modo me pagará más el patrón. Pero recuerda que el dueño del campo es quien controla ese negocio y los camiones cuestan mucho. Se jura a sí mismo que descubrirá la manera de ser un hombre adinerado, pero por esa noche decide mejor por intentar dormir.
Ya mañana será otro día. El primer negocio. A los 14 años, Richard compra un par de gallinas con sus ahorros y empieza a vender huevos en el barrio. No sabe escribir contratos ni calcular bien las ganancias, pero entiende la esencia del negocio, servir algo que la gente quiera. Cada moneda que gana la guarda en una caja de galletas bajo su cama.
Sueña con comprarse una bicicleta, pero termina dándole los ahorros a su madre cuando el gas se acaba. Pero al menos ya generó algo de dinero y eso lo motiva. Hacer negocios después de todo no es tan difícil. Piensa una tarde de 1972 con 14 años, Richard, estando en la escuela, escucha a un maestro decir que los mexicanos nunca llegarán lejos.
Él no responde, no levanta la voz, pero ese silencio ya no es de miedo, es promesa. Promesa de probar con hechos que estaba equivocado. Año 1974. Richard tiene 16 años. No terminó ni siquiera la secundaria. No porque no quisiera, en parte porque estaba harto del maltrato y menosprecio en la escuela.
Entonces, durante su adolescencia, Richard entra en una etapa donde trabaja en lo que puede y literal pasó por todo tipo de empleos, limpiando establos, cortando uvas, cargando costales, de camarero en restaurantes y lavaplatos en restaurantes de cocina mexicana. En este último empleo fue cocinero y aprendió a combinar bien los sabores.
Trabajó durante 2 años y se destacó por aplicar recetas de su madre que él mismo perfeccionó después. El restaurante donde él cocinaba estaba lleno, sobre todo las salsas que Richard preparaba volvían locos a los comensales. Para Richard eso fue un logro significativo. Ahí aprendió que a un estadounidense no le puede servir una salsa muy picante.
No están acostumbrados a comer de esa manera, aunque les agrada. No es en la misma cantidad que cuando los mexicanos visitan el restaurante. Ahí aprende a combinar mezclas exactas de picor para cada cliente. Mientras un gringo entra al restaurante, Richard le ofrece las salsas poco picantes, pero si ve que entran clientes mexicanos, les ofrece las verdaderas salsas picantes.
Este fue quizás el empleo en su juventud, donde Richard se sintió alguien. se sentía cómodo e importante porque él era el inventor de esas salsas que gustaron tanto a la gente. Richard se sentía muy cómodo en ese restaurante, pero como se aclientó y él sin ninguna pena había compartido las recetas a sus jefes, ellos terminaron vendiendo el restaurante a dueños gringos que no querían a mexicanos trabajando ahí.
Y de forma lamentable Richard fue despedido. No hubo ninguna felicitación, ningún reconocimiento, ni siquiera lo liquidaron. Simplemente le informaron que venderían el restaurante y lo despidieron. Richard se sintió derrotado, casi humillado. Él sabía que mucho del éxito de ese restaurante fue gracias a sus recetas de salsas. Año de 1978.
A los 22 años, Richard tiene que comenzar desde cero. Al llegar a su barrio, se percata que el tiempo ha pasado rápido. Sus amigos ya han tomado caminos oscuros. Pandillas, adicciones, muertes, cárcel. Richard los ve perderse uno a uno. Ahora solo quedan dos amigos de los 10 amigos que tenía en su adolescencia. El barrio es duro.
Richard sabe [música] que debe de actuar y ser persistente. En su pequeño cuarto alquilado, enciende una vela y escribe [música] su primer manifiesto mental. Nadie vendrá a salvarme. Me toca salvarme solo. El golpe de suerte. Dicen que las mejores oportunidades en la vida no son claras, sino que vienen acompañadas de duda.
A los 22 años, en 1980, un amigo le ofrece trabajo en una planta de [música] fritolay en Rancho Cucamonga, el puesto conserge, un uniforme gris, un trapeador y la oportunidad de entrar a la fábrica que había observado desde niño. Richard piensa que es ir en retroceso otra vez con Sergeje, otra vez ser lavaplatos. En el restaurante ya comenzaba a ser reconocido y mi trabajo [música] dio frutos importantes.
Lo piensa un par de días, pero no hay tiempo. Tiene una joven esposa y vive en una casa rodante, no tiene más [música] opción, acepta el empleo. Cuando entra, siente el olor del maíz tostado [música] y del aceite caliente. Eso le recuerda a la cocina en el restaurante donde fue tan feliz. Y también el aroma lo transporta [música] a su infancia, a los chiles que su madre molía cada mañana.
En ese momento, sin entenderlo [música] aún, dos mundos se cruzan, el de su pasado humilde y el de una empresa multimillonaria. Es su primer [música] día. A los 22 años, Richard ve como los ingenieros supervisan las máquinas con precisión quirúrgica. Él mientras trapea observa cada movimiento, cada engranaje, cada paso del proceso.
Siente dentro de sí algo ardiendo. No sabe si es frustración o propósito. Aún no lo sabe, pero el destino ya ha puesto las brasas sobre su camino y el fuego está por encenderse. Pues años después, [música] ese mismo hombre que limpiaba los pisos de Fritolai sostendría en sus manos el producto más exitoso de toda su historia.
Pero antes de inventar fuego, debía entender cómo se enciende el alma de una idea. Durante años, Richard Montañés caminó entre gigantes sin que nadie lo notara. Era el conserje que todos veían, pero al que nadie miraba. Y justo en esa invisibilidad encontró su poder. Richard en realidad soñaba que podía trabajar en el área de diseño de sabores, donde se ganaba mejor y tal vez sus conocimientos ayudaran a dar sabor a los productos.
Richard tiene 23 años y apenas un año trabajando ahí se da cuenta de algo que nadie parece observar. Los supervisores tiran toneladas de chitos sin sazonar. Richard observa como los descartan por no cumplir el estándar de color o textura. A él esas obras le parecen tesoros. Empieza a llevarse algunos a casa, no por hambre, sino por curiosidad.
Su esposa Gloria los prueba y dice, “Le falta [música] algo, sabor, algo de condimento y fuego.” Y Richard, sin saberlo, empieza a mirar el producto más vendido de Frit con otros ojos, los ojos de alguien que no tiene nada que perder. Richard en una oportunidad le dice a un supervisor que si puede hablar con él y comentarle algo sobre esos chitos.
Quiere ofrecerse para trabajar en el área de cocina donde salen los sabores. El supervisor ni siquiera le hace caso. Él se decepciona, pero no desiste. Piensa que si esos chitos tuvieran un condimento mejor y un poco de sazón, se venderían mejor. Pasan cuatro largos años desde que llegó a trabajar a la fábrica y hasta el momento solo ha recibido que lo ignoren.
Pero una mañana de 1984, Richard cambia su estrategia, decide aprender el lenguaje de los ejecutivos, escucha cómo hablan, cómo se visten, qué palabras usan. Inversión, proyección, branding. Empieza a imitar su tono, su postura, su forma de pensar. Sin darse cuenta ya no barre los pisos, estudia el sistema.
Cada noche frente al espejo, practica hablar como ellos, aunque nadie lo escuche. Ahora él no está limpiando pisos, está limpiando su destino. El día que todo [música] cambió. Año 1985. Richard tiene 27 años. Una reunión se cancela. Los ejecutivos dejan los restos de sus cafés sobre una mesa. Mientras limpia, Richard observa los papeles, gráficas, estadísticas, un título lo hipnotiza. Nuevos mercados hispanos.
Lee esas palabras una y otra vez. Por primera vez comprende que la empresa busca algo que él ya tiene, identidad. Él ya sabe qué condimentos debe de tener esa fritura, porque junto con su esposa ya habían practicado algunas recetas. Pero al ver esas palabras escritas en las hojas de reunión, nuevos mercados hispanos sabe que debe de hablarles sobre su receta porque él junto con su esposa ya había mezclado mantequilla, chiles en polvo, limón y sal.
Rocía los chitos sin sabor con la mezcla y los deja secar. El olor invade la casa. Picante, dulce, [música] adictivo. Cuando los prueba siente un estremecimiento. Esto sabe a mi infancia, piensa. Pero aún no sabe que acaba de crear el snack más famoso del planeta. El fuego ya existe, solo falta que el mundo lo vea. Richard Montañés acaba de inventar el sabor que definirá su vida, pero aún no sabe cómo presentarlo a un mundo que no escucha a los invisibles.
Lleva casi 6 años trabajando ahí y nadie le hace caso. No ha podido hablar con ningún supervisor y enseñarle su producto. Richard se inventa una cita con uno de los directivos. le dice a su secretaria que tiene cita mañana con el Sr. Liam Miller. Es urgente, le dice. La secretaria no cuestiona nada y le agenda a las 3 en punto de la tarde.
Richard se presenta y con él le expone [música] al directivo que no se trata de nada de mantenimiento, sino de sabor. le presenta su producto ya terminado y condimentado. No lo pueden creer. El sabor es picante. No mucho, está equilibrado, pero es exquisito. Richard no es ningún orador. Carece de retórica, se da a entender como puede y de forma humilde, pero el directivo convoca a los demás y les llama para que prueben el producto.
Consigue que lo pongan a prueba en algunas sucursales de California. La llamada imposible. Unos días después, Richard se sienta frente al teléfono de su casa. El número que tiene escrito pertenece al CE O de Freitolay, Roger Enrico, un hombre que mueve millones de dólares al día mientras él gana centavos por hora. Tuvieron que pasar ocho largos años para que Richard pudiera ingeniárselas para tener una cita con los altos ejecutivos.
Ahora tienen un llamado a las oficinas ejecutivas. Él y su esposa preparan la presentación nuevamente, solo una bandeja con bolsas caseras de chitos rojos y una receta escrita a mano. El día de la reunión llega en su viejo carro con la camisa recién planchada y los nervios encendidos. Entra a las oficinas corporativas de Freitolay.
En la sala de juntas, ejecutivos observan al conserje con curiosidad. Sobre la mesa, las bolsas de plástico llenas de chitos caseros parecen insignificantes. No hay presentaciones, los directivos ya lo han decidido, solo lo citaron para reconocerle su trabajo. Richard está encantado. Los ejecutivos restantes que no habían probado el producto lo prueban y reciben su aprobación.
Semas después, 1989, Fritol anuncia el desarrollo piloto del nuevo producto, Cheitos Flaming Hot. El proyecto nacido de un conserje se convierte en leyenda interna. Richard es invitado a colaborar en marketing y producto. Ya no limpia pisos, sino que ahora está en el área de producción y calidad del [música] producto. Año 1990.
Richard tiene 32 años. Los pasillos de Freitol lo miran distinto ahora. Algunos lo saludan con admiración, otros con envidia. Richard ya no viste de conserje, ahora viste de corbata y zapatos bien lustrados. La prensa interna lo menciona, el rumor se expande. El conserje que creó los Flaming Hot en 1991. A los 33 años, Richard es promovido oficialmente al departamento de marketing.
Ahora es obligatorio no solo corbata, sino debe de vestir de traje como otro ejecutivo. En las reuniones intenta darse a explicar con un lenguaje más técnico y aportar ideas frescas, pero muchos trabajadores de su área lo interrumpen. Eso no funciona en teoría, le dicen. Sin embargo, los directivos lo elogian.
Lo que no entienden es que él no trabaja con teorías. trabaja con instinto. Pero lo que Richard desconocía que bajo esa máscara de elogios de los directivos se cerniría una sombra de traición, el sabotaje silencioso. En 1992, Richard nota algo inquietante. Su nombre comienza a desaparecer de los informes. Los créditos por el desarrollo de Flaming Hot se diluyen entre departamentos y ejecutivos.
La gloria se reparte, pero él queda fuera. [música] Siente rabia, impotencia. La despedida de Richard de Fritai. Los fritos faming hot están en las calles, son el producto estrella, pero de forma increíble, la empresa después de desempeñarse en el área de marketing lo relegan nuevamente a su antiguo puesto de conserje.
No le dan reconocimiento público, solo interno. De darle el reconocimiento, la empresa quedaría mal. ¿Cómo que un conserje les inventó su producto estrella? Entonces, la fábrica y su personal sirven para un dirán todos los titulares de periódicos y noticieros. Se sabe que la empresa lo elogió dentro de la fábrica. Todos supieron que él fue el creador de ese producto estrella, pero nunca lo quisieron hacer público.
Año 1995. Richard tiene 36 años. El mito del conserje que creó el fuego sigue creciendo. Dentro de la empresa, su nombre flota entre rumores, dudas y admiración. Richard abandona la fábrica. Año 1997. Richard Montañés tiene 39 años. es reconocido por su aportación tan valiosa. Comienza a dar entrevistas, comienza a dar conferencias, es invitado de honor en universidades, da charlas motivacionales.
Richard no se siente orador, pero entiende que su historia no le pertenece solo a él. Habla en escuelas, fábricas, [música] centros comunitarios. Comienza a ganar en una sola conferencia lo que ganaba en 3 años como trabajador de mantenimiento en la fábrica. Su fortuna comienza a nacer, curiosamente, no de la invención de los chitos, sino de su historia.
Cuenta como un conserge cambió el destino de una multinacional con una idea nacida del hambre. No busca fama, pero se niega a que lo ignoren nuevamente. A finales de los 2000, a los 50 años, la historia de Richard ya circula por todo el país. Pero también aparecen voces que intentan apagar su llama.
Richard Montañez en contra [música] de Fritolay. Finalmente, Richard demanda a Fritolay por la invención de ese producto. Harto de que nunca se le diera el crédito correspondiente [música] de forma pública, demanda a la empresa y comienza la batalla en los tribunales. Se van a un litigio que dura años. La marca jamás admitirá que un hijo de inmigrantes mexicanos les inventó su producto estrella [música] y que ahora, gracias a su invento, la marca gana millones.
de aceptarlo. Fritolay quedaría en ridículo. Lamentablemente Richard pierde en los tribunales. Nunca documentó nada, no grabó nada, no dejó nada por escrito, algún contrato, algún convenio donde demostrará que fue él quienes les enseñó a elaborar ese producto. Aún así, Richard no lo necesita. Él ya tiene su fortuna e invierte en bienes raíces.
Hasta ese entonces, su fortuna [música] ronda los 4 millones dó. De pronto, la prensa comienza a dividirse. Héroe o impostor. Richard no responde con ira. Sabe que la verdad no necesita gritar. Él no inventó solo un producto, sino una inspiración. Y esa ninguna corporación puede reclamarla. Año 2010. Richard tiene 52 años.
Se sabe que la empresa Freitolai llegó a un acuerdo por fuera con Richard, no se dan a conocer cantidades, pero si se sabe que la cuenta de Richard aumentó unos 10 millones de dólares. Año [música] 2019, Richard tiene 61 años. Decide escribir [música] su autobiografía From janitor to Executive. El libro se convierte en un fenómeno.
Hollywood llama a su puerta. Eva Longoria decide llevar su historia al cine y el guion se titula Flaming Hot. Richard sabe que el fuego ya no es suyo. Pertenece a cada inmigrante, a cada soñador, a cada persona que alguna vez fue invisible. A los 63 años, en 2021, se estrena la película Flaming Hot. Las luces del estreno iluminan alfombras rojas y cámaras.
Pero él observa con humildad. Mientras la audiencia ríe, llora y aplaude, Richard se mantiene en silencio. Recuerda que todo comenzó con un teléfono viejo, una bolsa plástica y una idea. El fuego que nació en su cocina ahora brilla en los ojos del mundo y su historia es conocida mundialmente con una fortuna [música] que supera los 20 millones de dólar.
Y el reconocimiento mundial Richard no busca más. Se demostró así mismo que la persistencia inclina a los gigantes y que el reconocimiento es imposible de ignorar. La vida le enseña que, a pesar de que fue ignorado tantas veces, ahora tiene el reconocimiento del mundo entero. Dedicamos este video a todos los hermanos mexicanos en condición de inmigrantes en Estados Unidos que día a día salen a trabajar y a tratar de superarse para ganar dinero de forma honrada para sus familias.
A todos ellos nuestra más sincera admiración y respeto, a quienes enviamos más que un saludo, un enorme abrazo por ser un ejemplo de trabajo, resiliencia y superación. A todos ellos, muchas, muchas gracias por ser parte de esta comunidad emprendedora. Si te ha gustado [música] esta historia, no dudes en darle like, compartir y suscribirte para seguir viendo este tipo de contenido.
este hombre que estás viendo. es el responsable de que ahora puedas disfrutar gráficos vivos y a todo color en tu televisor y tu celular y en cualquier videojuego. Sin embargo, vivió con recursos limitados durante su vida, casi rayando en la pobreza. Murió sin el reconocimiento económico proporcional a su invento.
Ese hombre fue el ingeniero, científico e inventor mexicano Guillermo González Camarena. [música] Y en Farwell Investor ha llegado el día de contar su fascinante, pero a la vez triste historia. Esta es la realidad a la que aún muchos genios mexicanos se enfrentan por la falta de oportunidades y el lucro de empresas y sobre todo el gobierno que se aprovechan de auténticos cerebros.
Antes de que la mayoría que ven este video nacieran, existió un hombre talentoso nacido en Guadalajara, Jalisco, que cambiaría el mundo para siempre. Era el año de 1940, cuando la mayoría del planeta apenas veía sombras grises parpadear en cajas de madera. Por aquellos tiempos, un joven mexicano ya había descifrado cómo pintar la realidad con luz.
Inventó la televisión a color, pero ganó dinero por inventar la televisión a color. Muy poco, mucho menos de lo que debería. Fue inteligente. Patentó su [música] sistema tricromático secuencial de campos en 1940. Sí, vendió licencias y recibió apoyos del Estado mexicano, pero insignificantes comparado con lo que su invención provocó a nivel mundial.
Sin embargo, Estados Unidos y Japón desarrollaron otros sistemas basados en su invención que dominaron el mercado global y estos sí que hicieron cientos de miles de millones de dólares. A los 23 años, Guillermo González Camarena no soñaba con fama ni fortuna, soñaba con vencer al blanco y negro. La pregunta no era si podía hacerlo.
La pregunta era por qué nadie parecía querer escucharlo y qué precio tendría atreverse a ver el futuro antes que los demás. A pesar de que su invento revolucionó el mundo entero. Un día común de 1965, después de seguir trabajando en su taller rodeado de circuitos eléctricos y transistores, se subió a su auto para ir en carretera y su mundo cambió para siempre.
Todo comenzaría de la siguiente manera. Es el año 1929. [música] En la ciudad de Guadalajara, Jalisco, un niño de 12 años corre cada tarde por calles polvorientas con el corazón acelerado. No corre por dinero [música] ni por juegos, corre por una ventana al futuro. En la casa de su abuela, [música] una mujer que no es rica, pero que tras una vida de trabajo decidió darse un lujo improbable.
Hay algo casi mágico, un televisor. Tener uno en esa época es señal de abundancia, de estatus, [música] de privilegio. Pero aquí no hay opulencia, hay sacrificio. Su abuela, de 79 años ahorró años de su vida para darse el lujo de tener una televisión. En la pantalla aparecen figuras temblorosas, las primeras caricaturas de Mickey Mouse transmitidas en México.
Imágenes simples, sin color, sombras vivas y aún así hipnóticas. Guillermo con 12 años no parpadea. Se sienta frente a la pantalla como si el mundo exterior dejara de existir. Las imágenes en blanco y negro no lo decepcionan, lo provocan. Mientras otros niños ven entretenimiento, él ve un misterio técnico. No entiende cómo viajan esas imágenes por el aire.
No comprende aún las ondas, los tubos, la electricidad. Pero sobre todo, se hace la siguiente pregunta: si el mundo es de colores, ¿por qué la televisión se ve en blanco y negro? Le pregunta a su abuela. Su abuela le responde, “Ay, mi hijito, así es como se ve la tele. No hagas preguntas. [música] Tú solo disfruta de las caricaturas, condenado chamaquito este.
El pequeño Guillermo se erige de hombros y continúa viendo el televisor. Por las tardes pasa el tiempo desarmando y armando unas radios viejas de su padre. Además, recién le dio un televisor viejo para que practicara con él. Ese mismo año 1929, mientras el mundo entra en una gran crisis económica, escucha a sus padres discutir por el dinero.
Si antes había un plato de sopa, tortillas y arroz y carne, ahora solo hay sopa y agua. Guillermo nota que el dinero escasea comienza a bajar de peso y el hambre se resiente. Su padre fue despedido y ahora sale en busca de un nuevo empleo. El pequeño Memo observa. Él no se quedará de brazos cruzados. Se le ocurre la idea que si puede aprender a cómo reparar radios y televisores, podría ayudar a llevar dinero a su casa.
Comienza a practicar más. se ha vuelto a una corta edad [música] en casi un experto y repara sus primeras radios con éxito. En su comunidad le llaman El pequeño ingeniero. Sí, a los 12 años ya sentía que el mundo estaba incompleto, sin color y reparaba sus primeras [música] radios. La pregunta que queda abierta es inevitable.
¿Qué ocurre cuando un niño decide en silencio corregir la realidad entera? Antes de inventar el color, Guillermo González Camarena tuvo que romperlo todo. Radios, relojes, cables, piezas ajenas. A los 15 años, mientras otros jóvenes buscaban futuro en oficios seguros como eléctricos, carpinteros, mecánicos o simplemente seguir estudiando para ejercer alguna profesión.
Guillermo ya lo tenía claro. Descifrar cómo viaja las ondas, la electricidad y la energía a los aparatos eléctricos. En 1934, a los 18 años, Guillermo ya no es solo un joven curioso, es un técnico autodidacta con una visión clara. Se muda a la Gran Ciudad de México motivado a estudiar ingeniería. Se inscribe en la ESIME, Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica [música] de Ticomán, del Instituto Politécnico Nacional y se gradúa en 1939 como ingeniero mecánico y eléctrico, [música] especializándose en electrónica. A
partir de que consigue todos los conocimientos y aplicaciones que te ofrece estudiar una ingeniería, su capacidad se eleva al máximo. Diseña, crea, fabrica y aplica todo lo aprendido en la facultad. Es un ingeniero que raya en lo científico. Ahí surge una idea descomunal. Desconfigurar la imagen de la televisión en componentes básicos para reconstruirla después.
No lo sabe aún con términos académicos perfectos, pero lo intuye con claridad. El color puede transmitirse si se ordena correctamente la información. Aquí deja de ser aprendiz, aquí empieza a ser inventor. En 1939, [música] con 22 años recién egresado, Camarena ya empieza a mostrar resultados parciales con colores inestables, imágenes imperfectas, pero reales.
El joven hace una llamada a sus padres y en especial a su abuela y les dice lo siguiente: “Estoy a punto de convertir la señal de televisión de blanco y negro a colores. ¿Qué ocurrirá cuando el mundo vea por primera vez que el color es posible y descubra [música] quién lo logró? Con 22 años, Guillermo está a poco tiempo de su mayor logro, pero también a meses de enfrentarse a una realidad implacable.
Inventar algo no garantiza que el mundo esté listo para aceptarlo. Algunos inventos cambian la historia de inmediato, otros lo hacen en silencio. En 1940, con apenas 23 años, Guillermo González Camarena logra algo que debería haberlo colocado en el centro del mundo tecnológico. 1940, el nacimiento del color. Es 1940.
Guillermo tiene 23 años. Tras años de pruebas, errores y aislamiento, logra transmitir imágenes a color mediante su sistema tricromático secuencial de campos. No es un accidente, es una estructura lógica, funcional, reproducible. El blanco y negro deja de ser una condena técnica. En ese instante, el joven mexicano se adelanta al mundo entero, no a un país, no a una empresa, al planeta completo.
A los 23 años siendo muy joven, Guillermo González Camarena inventa la televisión a color. Su invención se denomina Sistema Ticromático secuencial de campos, STSC, por sus siglas, mismo que se patenta el 19 de agosto de 1940. ¿Cómo un niño de 23 se va a convertir en un genio inventor? Cuéntanos tú qué estabas haciendo a tus 23 años.
Lo que pocos sabían es que Camarena llevaba más de una década estudiando, descifrando, analizando, fabricando y construyendo esta invención. Pero el reconocimiento no siempre acompaña al genio. Mientras Guillermo alcanza este logro, el contexto internacional es adverso. La Segunda Guerra Mundial comienza a redirigir recursos, [música] atención y prioridades.
A los 23 años, su invento compite contra tanques, aviones y armamento. El color no es urgente, no es estratégico, no es rentable en ese momento. Fue quizás la peor fecha para una invención de esta magnitud. Pues su invención estaba en el entretenimiento, no en la industria de armamentos, fábricas y tecnología. [música] Aquí surge la primera gran ironía de su vida, haber ganado la carrera tecnológica en el momento equivocado.
¿Cómo es que inventas la televisión a color y pasas desapercibido? Lamentablemente, eso pasa mucho en México. No apoyan a inventores ni a la comunidad científica. Existe mucha fuga de cerebros hacia Estados Unidos y Europa. El joven sin aplausos. Guillermo no recibe ovaciones. No hay titulares globales.
No hay contratos millonarios inmediatos. A los 23 [música] años ya ha hecho historia, pero vive como si no. Su logro queda atrapado entre la incredulidad, la indiferencia y la lentitud institucional. El sistema funciona, el mundo no. Con 24 años, Guillermo entiende algo doloroso. El problema ya no es técnico, es político, económico [música] y cultural.
Los grandes consorcios extranjeros avanzan con más recursos, más [música] contactos y más paciencia. Él tiene la idea, ellos tienen el tiempo y el poder. Aquí comienza una nueva etapa, defender el invento, no solo crearlo. Entre 1940 y 1941, con 23 a 24 años, Guillermo se enfrenta a una realidad incómoda.
Haber probado que el color es posible no garantiza que se implemente. El siguiente desafío es aún más grande y peligroso. lograr que el mundo adopte el color antes de que alguien más se lo apropie. ¿Puede un inventor proteger su obra sin poder, sin dinero y sin padrinos? Fue esto lo que lo motivó ir a Estados Unidos para recibir apoyo y patentar su invención misma que fue patentada en 1941 en este país.
Sin embargo, tal vez el mayor error de Camarena fue ser patriota de su adorado México y él quería que su invención beneficiara a México, rechazando ofertas millonarias de empresas estadounidenses para comprarla, RCA, CBS o la Standard Television de Estados Unidos. Estas tres corporaciones verían al joven e inexperto Camarena como un cordero que desfila entre tres lobos hambrientos y feroces.
Además, su sistema tuvo que competir con otros estándares comerciales. Él quería que fuera reconocido en México, no en otros países. El ser tan patriota sería su mayor error. Guillermo siempre deseó el beneficio social, no tanto el económico. Siempre vio la televisión como un medio para la educación y el beneficio social, no solo como un negocio, lo que se materializó en proyectos como la telesecundaria, la inevitable competencia.
Aunque el sistema de Camarena era funcional y más económico, fue que la empresa llamada Estándar Televisión de Estados Unidos, en conjunto con la RSA, desarrollaron otro sistema similar al de Camarena, eludiendo a su patente y finalmente fue el que predominó comercialmente en el mercado, dificultando la adopción masiva de su sistema de camarena.
Si Guillermo Camarena hubiese sido asesorado de una mejor manera, hubiera vendido su patente con una cifra millonaria y hubiera colaborado con estas dos empresas de Estados Unidos, la historia que narraríamos aquí sería diferente. Estaríamos hablando de un hombre millonario, además de un genio reconocido mundialmente. Año de 1945, el mundo se acelera cuando termina la Segunda Guerra Mundial.
El mundo entra en una carrera tecnológica feroz. La televisión comienza a expandirse. El color, que antes no era prioridad, ahora se vuelve deseable. Ya nadie quiere la televisión en blanco y negro. El sistema ya comenzó a absorber la idea del color. La pregunta es inevitable. Camarena regresa a México, consigue poco dinero con su patente.
Arruinado y casi sintiéndose fracasado, continúa trabajando. Algunos inventores mueren cuando dejan de crear, otros mueren [música] porque nunca dejan de hacerlo. A inicios de los años 1950, Guillermo tiene 33 años. La televisión comienza a expandirse en México y en el mundo. El color aún [música] no es estándar, pero ya no es una fantasía.
Aunque su nombre no aparece siempre en los titulares internacionales, su sistema ha probado algo irreversible. El blanco y negro es solo una etapa. Aquí ocurre una transformación clave. Guillermo deja de ser solo inventor y comienza a convertirse en referente técnico, aunque pocas veces reconocido como pionero absoluto.
Entre los 33 y 36 años, Guillermo dedica gran parte de su tiempo a enseñar, a explicar, a compartir conocimiento. Lo hace no por estrategia, sino por convicción. Cree que la tecnología debe crecer, incluso si eso diluye su autoría. En 1954, con 37 años, el ritmo constante comienza a pasar factura. El trabajo prolongado, la presión acumulada y la falta de descanso se reflejan en su salud.
No es un colapso inmediato, [música] es un desgaste lento, casi invisible. Guillermo Camarena tiene apenas 37 años, pero parece como de 50. Guillermo no se detiene, nunca aprendió a hacerlo. Para él, parar significa retroceder y retroceder nunca fue una opción. A los 38 años, Guillermo observa como grandes industrias avanzan con recursos que él jamás tuvo.
El color empieza a popularizarse. Es ahí donde las empresas que prácticamente copiaron su patente hacen cientos de millones de dólares. Pero a él solo le toca ver de lejos como empresas gigantes se hicieron millonarias a partir de su patente. En 1956 [música] con 39 años, Guillermo sigue trabajando como si el tiempo no existiera.
No reduce el ritmo, no se protege. El niño que corría a casa de su abuela ahora corre contra el reloj. Aquí se siembra el conflicto final. Un hombre que dio todo por el futuro, pero que nunca reservó nada para sí mismo. Hay genios que mueren viejos y cansados. Otros mueren en plena marcha cuando aún están construyendo el futuro.
A inicios de los años 1960, Guillermo González Camarena ya no es un joven promesa, pero tampoco un hombre acabado. Es algo más inquietante, un pionero que todavía tiene demasiado por hacer y muy poco tiempo para hacerlo. Es 1960. Guillermo tiene 43 años. La televisión a color empieza a consolidarse en distintas partes del mundo.
El futuro que imaginó siendo niño ya no parece una locura. Sin embargo, su realidad personal es distinta. No vive rodeado de lujos, no acumula [música] fortunas, vive trabajando. Aquí se revela una verdad dura. Haber cambiado el mundo no garantiza haber cambiado la propia vida. El reconocimiento incompleto entre los 43 y 45 años.
Guillermo recibe reconocimiento parcial, técnico, institucional. Su nombre circula, pero no ocupa el lugar que debería en la narrativa global. No hay resentimiento visible, hay una aceptación silenciosa. Guillermo parece entender algo que pocos aceptan. La historia no siempre premia a quien llega primero, sino a quien tiene más poder para contarla.
El genio contraataca. En 1962 con 45 años. Guillermo intensifica su ritmo de trabajo. El tiempo comienza a sentirse distinto, no como una línea larga, sino como un recurso finito. Viaja, trabaja, explica, mejora sistemas. Aquí se percibe una urgencia interna, como si supiera, sin saberlo conscientemente, que no habrá segundas oportunidades.
Crea otra invención y la patenta. Sistema bicolor simplificado o SBS 1962. Un año después, otra, sinescopio bicromático. 1963, la NASA utilizó su mecanismo de adaptación cromática para transmitir imágenes de Júpiter en misiones espaciales como la del Voyager. El genio y científico ahí estaba contribuyó notablemente en la tecnología a nivel mundial.
Pero la pregunta que nos hacemos todos, ¿por qué este genio no fue compensado económicamente? parte ya lo hemos explicado, no vendió sus patentes a empresas millonarias. Camarena tenía otro sentido del provecho para el beneficio social y educativo. A sus años no pasa hambre, pero no vive en la opulencia. Tampoco acumula una fortuna.
Tiene algunas deudas, va casi al día, sin imaginar que su final estaría tan cerca. El presagio. Año de 1965. Guillermo tiene 48 años. El color ya es una realidad irreversible. Todo parece indicar que aún quedan capítulos por escribir, mejoras por desarrollar, reconocimientos por llegar, pero el destino no avisa, solo espera el momento exacto para intervenir.
18 de abril de 1965. Guillermo se encontraba de regreso de Puebla a la Ciudad de México, el asfalto de la carretera federal 150. Esa franja angosta y traicionera que une Tehuacán con Puebla hervía de automóviles. Era domingo, vacaciones, familias regresando del mar, prisa, cansancio, curvas cerradas como preguntas sin respuesta.
En uno de esos coches viajaba Guillermo González Camarena. No regresaba de un descanso, regresaba de trabajar. Como siempre, venía de inspeccionar un transmisor en el cerro de Las Lajas, Veracruz, todavía con la mente encendida, seguramente pensando en frecuencias, colores, mejoras posibles. El hombre que le había dado color al mundo no sabía apagar su cerebro.
Iba acompañado por sus dos hijos. El camino era estrecho, doble sentido, sin margen para el error y con demasiados autos queriendo llegar a casa al mismo tiempo. Chachapa, municipio de Amosoc, Puebla, una curva más peligrosa que las anteriores. Ahí ocurrió todo. Un instante seco, un choque brutal, metal contra metal, el futuro detenido en seco.
El impacto fue devastador. [música] Guillermo González Camarena murió en ese punto exacto del camino. Sus hijos sobrevivieron. Él no. Tenía apenas 48 años. El país [música] perdió en una curva cualquiera a uno de sus cerebros más brillantes. No hubo cámaras, no hubo discursos, no hubo honores de estado en ese momento, solo el silencio posterior al estruendo.
Aquel niño de 12 años en 1929 [música] que sintió que algo faltaba frente al televisor de su abuela y que nos había regalado a todo el mundo la televisión a color, se había ido para siempre. El niño que corría a ver caricaturas en blanco y negro terminó cambiando la forma en que el mundo ve la realidad. No fue olvidado por falta de grandeza, sino por haber sido demasiado grande, demasiado pronto.
Las lecciones que nos deja la vida de Guillermo González Camarena son las siguientes. Lección número uno, el valor no siempre paga de inmediato. Debes de ser inteligente y reservar tu idea, protegerla y planear tu resistencia financiera. Debes ser paciente y constante para saber venderla. Lección número dos, innovar no garantiza [música] riqueza.
Lo que tendrás que hacer es buscar la forma de llegar a las personas [música] correctas, empresas correctas, pero siempre teniendo ya resuelta la primera lección, patentar tu invención. Lección número tres. Una visión grande con estructura chica. Es igual a riesgo. Esto fue lo mismo que le pasó a Camarena.
tenía algo grande en sus manos, pero con nulo apoyo que lo respaldara corría el riesgo de perderlo. Es como si tuvieras 100 kg de oro en una bolsa de plástico transparente. Si tienes algo grande en tus manos, protégelo por medio de instituciones, grupos de inversionistas y la comunidad científica para que las grandes empresas tengan filtros por las que deben de pasar antes de poder robarte.
Lección número cuatro. El dinero sigue al liderazgo, no solo al talento. Fue un genio, pero no un negociador feroz. Lección. El liderazgo empresarial exige saber vender, persuadir y cerrar, aunque duela más que soldar circuitos. Lección número cinco. El impacto. Es una moneda que no cotiza en bolsa. Su invención impactó al mundo, pero no supo capitalizarla.
El empresario debe caminar de la mano con el visionario y el vendedor. En resumen, Camarena nos enseñó que inventar cambia el mundo, pero emprender bien cambia tu destino. El futuro no es solo para los más brillantes, sino para los que saben cobrar sus ideas sin vender su alma. Si aprendiste algo con este video, déjanos tu like, comenta y comparte.
No te vayas sin antes ver los videos de la saga de Nicola Tesla, el genio más grande de la historia que murió en la miseria. Gracias por suscribirte y activar las notificaciones. Nos vemos en una próxima historia. inventó la máquina de tortillas y cambió para siempre la industria alimentaria en México y el resto del mundo.
La máquina que revolucionó la producción de los alimentos que actualmente conquista otras fronteras. Su nombre, Fausto Celorio, la mente detrás de la matrix de la industria de la tortilla que conocerás a continuación. Si has tenido la oportunidad [música] de visitar el hermoso país de México o si tienes el privilegio de vivir en este país, te habrás dado cuenta de un detalle que lo hace muy peculiar y que además crea una atmófera tremendamente especial en su gastronomía.
Son las deliciosas tortillas con las que se acompañan los alimentos cotidianos. Tan solo se estima que desde [música] el 2010, solo en Estados Unidos, la venta de tortillas alcanza los 57,700 millones de dólares y no es para menos. Esta herencia gastronómica viene desde la época prehispánica.
Las tortillas han sido un elemento que no puede faltar en la mesa de los mexicanos, siendo hijos del maíz, como lo afirma la cultura mexica, es la base de su alimentación desde sus ancestros como los aztecas, los mexicas. mayas, olmecas y [música] toltecas, así como el resto de las culturas de América en las que se tiene registro de este alimento.
Probablemente has tenido la oportunidad de comer la famosa tortilla mexicana hecha a base de maíz. O mejor aún, si las has probado elaboradas directamente de un comal con salsa molcajeteada y un poquito de sal, ¿sabes de lo que estamos hablando? Se te está haciendo agua la boca, ¿verdad? En este video conocerás la interesante historia de un mexicano que agilizó e hizo próspera la industria alimentaria en todo el mundo.
Déjanos saber de qué país nos ves en los comentarios y si en tu país comen las deliciosas tortillas. [música] Todo comenzaría de la siguiente manera. Año de 1859, México. Comienza la batalla por la fabricación de máquinas tortilladoras. Según el Archivo General de la Nación en el Fondo de Patentes y Marcas, donde resalta particularmente la solicitud con el folio, PM 2.5-375.
Hecha el 29 de abril de 1859, resalta que un emprendedor entusiasta de nombre Julián González solicitaba una patente por 12 años como introductor de una máquina para pulverizar toda clase de granos y sustancias minerales y de otra para fabricar toda especie de masas pastosas o granos mojados, alegando que ninguna de las dos máquinas eran conocidas en el país.
para aplicarse a la fabricación del pan de maíz o de tortillas. De primera instancia, su solicitud fue denegada, alegando que ya existían mecanismos similares al que estaba presentando en ese momento. Año de 1904. Más de cuatro décadas pasaron para que dos jóvenes entusiastas decidieran hacer frente a la demanda alimentaria y toma las riendas de la industria tortilladora, que en el futuro marcaría a los mexicanos y posteriormente al mundo.
De esta forma, Everardo Rodríguez y su socio Luis Romero diseñaron, fabricaron y pusieron en marcha el primer prototipo, un aparato que produjera tortillas de forma masiva. Dicho esto, tomaron como base la rudimentaria, pero eficiente máquina de tortillas de dos piezas. La construcción de esta máquina constaba de rodillos laminados que llevaban la masa hasta un comal, algo similar a la máquina de la actualidad.
Curiosamente, este aparato apuntaba a ser todo un éxito para ese siglo y efectivamente el prototipo cumplió su propósito, el cual era producir tortillas de forma masiva para cubrir las necesidades de los mexicanos que demandaba la tortilla. Si bien la máquina sí cumpliría con la cantidad superior de elaboración de tortillas demandada y solicitada por el pueblo, esta declinó siendo un fracaso colosal.
[música] Efectivamente, sí producía tortillas y también cubría la demanda en cuanto a cantidad de elaboración de tortillas por hora. Sin embargo, había un ligero escollo. El producto final no coincidía con el que la gente conocía en ese momento. Por lo tanto, la dupla del producto y la máquina no resultaron ser exitosas debido a la forma que tenía el producto final.
El pequeño, pero más grande y fatídico error fue que las tortillas eran cuadradas. Sí, escuchaste bien. Cuadradas. Fue de esta forma como la juventud que acompañaba Everardo y Luis, pues no pudieron hacer frente a la derrota, dejando en el olvido tan aparatoso proyecto. 1915, la empresa denominada La India rediseñó e incorporó a la máquina de los jóvenes un horno para el cocimiento continuo de las tortillas.
Sin embargo, aún había mucho trabajo por hacer. Inicialmente las máquinas de tortillas eran bastante rudimentarias, ya que básicamente consistían en dos pequeñas planchas unidas con una bisagra metálica con un mango largo situado en los extremos en cada una de las caras. Esto se hacía de esta forma para facilitar la compresión de la masa de maíz.
Dichas planchas y mango eran fabricadas de madera. Posteriormente se fabricaron de fierro colado, sustituyendo todas sus partes en dos piezas únicamente unidas por un perno. De esta manera, ambas máquinas rudimentarias ayudaban a dar forma a las bolas de masa de maíz para formar cada tortilla, lo cual reduciría considerablemente el tiempo de elaboración de cada una.
Es fácil ver como en la actualidad se siguen utilizando estos pequeños dispositivos [música] para la producción de tortillas a baja escala debido a su fácil operación y mantenimiento. Tras el aumento en la demanda de la tortilla de maíz, talentos mexicanos se propondrían construir una de las máquinas más prometedoras del siglo XX, a fin de satisfacer la creciente necesidad alimentaria de los mexicanos.
A la postre surgiría una mente que parecía haber llegado de otra era, pues representaría la evolución alimenticia de los mexicanos [música] a pasos agigantados. Año de [música] 1934. Tres décadas después, el mundo conocería un nuevo inventor que retomaría el invento fallido de los audaces jóvenes, Everardo y Luis, quien perfeccionaría y produciría la nueva máquina automática, que a la vez daría un giro inesperado, ya que sin saberlo revolucionaría la industria de los alimentos en México.
Su nombre Fausto Celorio Mendoza. padre de la máquina tortilladora y modelo de la máquina que actualmente sigue funcionando y dejando de que hablar hasta la actualidad. Este diseñador e inventor veracruzano retomó el viejo artilugio que habían dejado morir dos jóvenes tres décadas atrás. Fausto sería el sucesor de este proyecto que décadas antes no había tenido éxito, realizando un par de modificaciones y una serie de innovaciones a la máquina antecesora.
Entre ellos, implementó el sistema de rodillos para troquelar y transportar la tortilla, motivo por el cual es recordado como el auténtico inventor de la tortilladora. Su mayor acierto conservar la tortilla con forma circular, dejando atrás el diseño cuadrado. Fundamental para los famosos tacos en los que una tortilla circular se adapta mejor al doblez y no tiene excesos que se desperdician.
La tortilla es y seguirá siendo circular [música] generación tras generación, justo como la consumían los ancestros de los mexicanos. Ahora nos parecería increíble que en México, en tiempos pasados, se llegaron a consumir tortillas cuadradas. Es cierto que a través de los años la máquina ha sufrido un par de modificaciones a nivel técnico, pero este artilugio revolucionador sigue causando furor entre los comensales que suelen disfrutar de este delicioso alimento.
Ya sea que se consuma en las calles o en los restaurantes de México de New York. No hay persona que se resista a este sencillo pero delicioso manjar. Como dato curioso que actualmente nos daría risa, en sus inicios el oreio comercializaba su máquina escondidas de las mujeres que vendían tortillas hechas a mano, pues tenía miedo de que le atacaran, ya que en aquel entonces la cultura de los emprendedores no era tan bien vista como ahora.
Él tenía miedo que estas señoras que vendían tortillas se juntaran y en alguna ocasión fuera atacado por estas mujeres. Las ventas eran modestas, pero a principios de los 50s apenas pudo vender una máquina al mes. Tras asociarse con Alfonso Gándara, un ingeniero del Instituto Politécnico Nacional, encontraron la manera de perfeccionar el proceso dándole más textura a la tortilla.
Así, de esta forma, las ventas se dispararon a 40 máquinas por semana. Año de 1963. Mientras tanto, Celorio no pierde el tiempo, así que modifica y perfecciona su ingenioso invento. En la nueva versión maximiza la producción, logrando procesar 132 kg de tortillas por hora, una verdadera ferocidad para ese año. Pasaron cerca de 100 años para que Fausto pudiera patentar su famoso invento, ya que anteriormente se habían presentado algunos intentos de patentar máquinas similares.
Fue por ello que tuvo que realizar una serie de mejoras e innovaciones para poder conseguir la patente. Entre ellas, coloca rodillos de piedra para triturar el maíz, muy similar a la empleada en la elaboración de tortillas a mano, además de la introducción de la eliminación de petróleo como combustible y la introducción del gas como medida para acelerar el proceso de cocción.
En 1975, con una presencia predominante en el mercado, su empresa Celorio lanzó las primeras [música] máquinas de bajo consumo que ahorraban hasta un 50% de gas en comparación con cualquier otra. Su producción también aumentó, pues las máquinas eran capaces de producir aproximadamente 200 kg [música] porh. Entre 1960 y 1980, Celorio vendió [música] 42,000 máquinas tortilladoras.
Después, en el 2001, la empresa Celorio empezó a inventar y lanzar al mercado nuevos modelos de máquinas tortilladoras compactas y con sistema revolucionario, el cual reduce el consumo de refacciones y el consumo de gas. Hace que la máquina sea ideal para la producción de la tortilla moderna. Don Fausto Celorio Mendoza murió en la Ciudad de México el 30 de julio de 1996 a la edad de 87 años.
Se le atribuye más de 150 inventos con los cuales hizo su aporte a la renovación industrial y tecnológica del siglo XX. Parece cosa fácil poner una tortilla en la mesa de tu casa, ¿verdad? Ahora recuerda cuando vas al supermercado, haces las compras y en ello adquieres un par de kilogramos de tortillas. Bien, ahora que ya sabes quién inventó la máquina tortilladora, veamos cómo se elaboran las tortillas en esta singular máquina.
En realidad no es un proceso sencillo, pero sí es un asunto bastante peculiar que conlleva cierta magia, ya que solo las personas que elaboran saben el trabajo que sobrelleva hacer este alimento. Inicialmente se lleva a cabo el proceso de lavado del maíz. Posteriormente sigue el denominado proceso de nixtamalización, el cual consta de mezclar maíz, cal viva y agua.
Una vez hecho esto, el nixtamal es llevado a la molienda para transformarse en masa. Ya en la máquina, la masa es aplastada, laminada y cortada en forma circular para tomar la clásica forma de disco. Después la tortilla es transportada en una banda tres hornos donde se cosce. Finalmente sale y se acumula en forma de baterías verticales.
El tiempo promedio de preparación de cada tortilla es de 60 segundos. Aparentemente te hemos descrito una historia sencilla con algunos datos más revelantes, otros menos. Sin embargo, si eres una persona observadora, podrás darte cuenta cómo una persona puede alcanzar la gloria del éxito sin dejar atrás sus sueños. Tal es el caso de Fausto Celorio, que a pesar de encontrarse con varios baches en su camino, persistió hasta patentar su máquina casi un siglo después de que otros lo intentaran.
Puedes darte cuenta como otras personas lo ambicionaron y sin embargo no lo lograron. Pues tal vez si la primera persona que intentó patentarlo habría persistido sin descansar. Seguramente pudo haberlo logrado. Desgraciadamente, ahora esta industria en las ciudades en nada se parece las tortillas hechas a máquina con las hechas a mano, ya que muchos comerciantes agregan insumos e ingredientes para preservar la masa y así las tortillas tengan mayor tiempo de caducidad.

Es por ello por lo que nunca debes de perder oportunidad de comer con deliciosas tortillas hechas a mano de masa a 100% natural sin aditamentos distintos. Esto sobre todo puedes conseguirlo comiendo en pueblos de provincia en México o incluso hacerlas tú mismo. Cuéntanos si ya sabías la historia de Celorio.
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