Ese video nunca fue entregado a la familia y cuando la prensa colombiana intentó publicar los detalles del caso, recibió una llamada. No de las autoridades iraníes de las colombianas. La divulgación abierta fue prohibida, pero hay cosas que no se pueden silenciar para siempre. Esta es una de ellas. Suscríbete al canal, dale like a este video y cuéntanos en los comentarios desde qué ciudad o país estás viendo esto.
Tu apoyo nos permite seguir trayendo historias como esta. Medellín, Colombia. Noviembre de 2025. La tarde del sábado en que Josías le propuso Irán como destino de luna de miel. Sandra se quedó en silencio durante varios segundos. No era el silencio del rechazo, era el silencio de alguien que acaba de recibir exactamente lo que siempre había querido, pero que no se había atrevido a pedir en voz alta.

Irán, repitió como si la palabra necesitara tiempo para aterrizar en la realidad. Irán, confirmó Josías, y en su voz había esa mezcla característica de entusiasmo contenido y convicción que Sandra conocía de memoria. Era la misma voz que había usado cuando le propuso irse a vivir juntos, cuando renunció a su trabajo corporativo para abrir su estudio de fotografía, cuando le dijo que quería casarse en una ceremonia pequeña porque lo que importaba era el momento, no el espectáculo.
Estaban sentados en la terraza del apartamento que compartían desde hacía 4 años en el barrio El Poblado. Era una de esas noches de Medellín que parecen inventadas. Temperatura perfecta, brisa suave que traía el olor a café desde algún balcón cercano, las luces de la ciudad extendiéndose como un manto brillante hacia las laderas.
“He estado investigando”, continuó Josías abriendo su computador sobre la mesa de madera. Mira esto. Isfaján, la ciudad de las mezquitas azules. Shiraz, donde está la tumba de Jafés. Y en pleno desierto con esas torres de viento que tienen miles de años y Teerán, que es completamente diferente a lo que uno imagina.
moderní con galerías de arte, restaurantes increíbles, mujeres con zapatos de tacón y abrigos de diseñador. Sandra se inclinó sobre la pantalla. Las fotos eran efectivamente impresionantes. Arquitectura que parecía de otro planeta, mercados con especias de colores imposibles, paisajes que alternaban entre jardines imperiales y desiertos infinitos.
La gente dice que es uno de los países más hospitalarios del mundo con los turistas”, añadió Josías. “y que en los últimos años ha cambiado muchísimo. Hay comunidades de viajeros independientes que van constantemente. “¿Tus papás qué van a decir?”, preguntó Sandra, aunque en su tono ya había algo que sonaba más a advertencia que a pregunta genuina.
Josías dejó escapar una carcajada corta. Lo mismo que dijeron cuando viajamos solos a Etiopía, lo mismo que cuando fuimos a Georgia cintur operador, que estamos locos, que por qué no vamos a Cartagena como todo el mundo, que si algo nos pasa a ellos no son responsables. Sandra sonrió. Conocía esa respuesta.
Era la misma que ella misma le daría a sus propios padres. Porque Sandra y Josías habían construido su relación alrededor de una filosofía compartida. El mundo no se conoce desde las zonas de confort. Los viajes que valen son los que te sacan del guion. Y aunque los dos tenían trabajos estables, ella como diseñadora gráfica independiente y él con su estudio de fotografía que había crecido con fuerza en los últimos dos años, ambos habían aprendido a priorizar la experiencia sobre la comodidad material.
Esa noche tomaron la decisión. El viaje sería en enero, cinco semanas después de la boda, dos semanas en Irán, 5co días en Teerán, luego un recorrido hacia el sur, pasando por Cashán, Isfahán y Shiraz, y los últimos días en la región de Jasd, en el corazón del desierto. Las reacciones de la familia fueron exactamente las que esperaban.
La mamá de Sandra, doña Cecilia, una mujer de 62 años que había pasado toda su vida entre Medellín y Santa Fe de Antioquia, los miró como si acabaran de anunciarles que pensaban viajar a la Luna. “Pero es que allá hay guerra, mi hija”, dijo con esa mezcla de preocupación genuina e información levemente inexacta que caracterizaba sus opiniones sobre geografía internacional.
Mamá, no hay guerra en Irán”, respondió Sandra con paciencia. En las noticias siempre salen cosas de esos países. En las noticias salen cosas de todos los países. Colombia sale todos los días y aquí seguimos viviendo. Eso cerró el debate por unos minutos, aunque doña Cecilia pasó los días siguientes enviando artículos de WhatsApp sobre peligros para turistas en Medio Oriente con una consistencia que rozaba lo académico.
El papá de Josías, don Héctor, fue más directo. Josías, yo entiendo que ustedes son aventureros y todo eso, pero ese es un país con un régimen muy particular. ¿Qué pasa si los detienen? Si hay algún problema diplomático. Colombia no tiene embajada propia allá. Tiene embajada en Turquía que cubre esa región. Papá, ya lo verifiqué.
Y si pasa algo en el desierto, me dices que van a ir a zonas muy remotas. Llevamos GPS, teléfonos con roaming internacional, una ruta planeada, no vamos a improvisar. Don Héctor asintió, pero con esa expresión de hombre que acepta que ya no puede decidir por su hijo adulto, aunque preferiría poder hacerlo.
La única persona que reaccionó diferente fue la hermana de Sandra Paola. 34 años, profesora de literatura en la Universidad de Antioquia. La verdad es que me da una envidia terrible”, dijo cuando se quedaron solas una tarde. “Irán es uno de los países con mayor densidad de historia por kilómetro cuadrado del mundo. La civilización persa tiene 3,000 años, Sandra. 3,000.
” “¿Te das cuenta de lo que van a ver?”, Sandra sonrió. Eso era exactamente lo que quería escuchar. Las semanas previas al viaje fueron un torbellino organizado. Josías se sumergió en la investigación con la misma obsesión metodológica que aplicaba a sus proyectos fotográficos. Leyó foros de viajeros, contactó a colombianos que habían estado en Irán.
Descargó mapas offline de todas las regiones que pensaban visitar. Identificó agencias locales de renta de vehículos con buenas reseñas en comunidades de viajeros independientes. Sandra se encargó de la logística práctica. Visas, seguros de viaje internacionales, lista de medicamentos, conversiones de moneda.
Descubrió que Irán tenía un sistema bancario desconectado del sistema internacional, lo que significaba que tenían que llevar efectivo en euros o dólares para cambiar allá. Una tarde, mientras revisaban juntos la ruta definitiva, Josías le mostró algo que había encontrado en un foro de viajeros. Mira esto, dijo señalando un post de hacía 3 años escrito por un mochilero alemán.
Hay un pueblo que se llama Karanac. Está a unos kilómetros de Yast en dirección al desierto. Dice que es un pueblo abandonado parcialmente con construcciones de adobe de varios siglos y que hay una zona de desierto cerca que casi nadie visita porque no está en los circuitos turísticos. dice que es de los lugares más silenciosos que ha conocido en su vida.
Sandra leyó el post. Las fotos que acompañaban eran extraordinarias. Torres de barro que parecían fundirse con el paisaje. [carraspeo] Calles vacías con sombras largas al atardecer. Un desierto que se extendía hacia el horizonte sin interrupción. “¿Cuánto queda de jazz?”, preguntó. unos 70 km hacia el noreste con el coche alquilado menos de una hora.
¿Hay señal? Josías hizo una pausa. El foro dice que es irregular, pero agrega que si uno avisa a dónde va y lleva agua suficiente, no hay problema. Sandra lo miró. Él la miró a ella. Esa conversación sin palabras que los dos habían perfeccionado durante 6 años de relación. Está bien”, dijo Sandra finalmente, “Pero avisamos exactamente a dónde vamos antes de salir.
” “Claro, respondió Josías. Y en ese momento los dos creyeron que eso sería suficiente. La boda fue el 10 de diciembre de 2025, un miércoles como habían querido, sin el peso expectante de un fin de semana, sin la presión de que todo fuera perfecto. 23 personas en una finca pequeña en las afueras de Medellín.
Buena comida, música en vivo de un cuarteto de cuerdas que tocó Piazzola durante la ceremonia y salsa durante la noche. En las fotos que quedan de ese día, Sandra lleva un vestido blanco sencillo con bordados en los hombros y una expresión que no es la sonrisa ensayada de las fotos de boda, sino algo más genuino, la cara de alguien que está exactamente donde quiere estar.
Josías, de traje azul oscuro sin corbata, tiene el brazo alrededor de ella con esa naturalidad de quien ya no necesita demostrar nada. En una de las últimas fotos del álbum, tomada ya de madrugada, los dos están sentados solos en los escalones de la finca, zapatos quitados con vasos de aguardiente en la mano, mirando hacia la oscuridad del campo.
Nadie sabe exactamente de qué estaban hablando, pero quien los conocía dice que probablemente estaban hablando del viaje. 14 de enero de 2026 tomaron un vuelo de Medellín a Madrid con conexión a Teerán. Doña Cecilia fue al aeropuerto, abrazó a Sandra durante más tiempo del habitual. Cualquier cosa me llaman, dijo. Mamá, vamos a estar bien.
Sé que van a estar bien, pero me llaman igual. Sandra le prometió que sí. Fue la última conversación que tuvieron en persona. Teerán Irán. Enero de 2026. El vuelo aterrizó en el aeropuerto internacional Iman Homeini a las 2:47 de la madrugada, hora local. Sandra tomó la primera foto desde la ventanilla del avión antes de aterrizar.
Una ciudad enorme que se extendía bajo ellos. Miles de luces blancas y anaranjadas. en una cuenca rodeada de montañas, más grande de lo que cualquiera de los dos había imaginado. Teerán tiene casi 10 millones de habitantes. Desde el aire a esa hora parece una galaxia posada sobre la tierra. Es enorme, murmuró Sandra.
Lo sé, respondió Josías y ya tenía la cámara en las manos. El hostal donde se hospedaron los primeros cinco días estaba en el barrio Yusf Abad, una zona residencial al norte de la ciudad, recomendada por varios viajeros independientes como uno de los lugares más auténticos y seguros para alojarse. Era un edificio de principios del siglo XX con pisos de mosaico, techos altos y una terraza desde donde se veían las montañas al bors al fondo.
El dueño, un hombre de unos 50 años llamado Darius, habló con ellos en un inglés fluido y curioso. Colombianos, preguntó con evidente interés. Tenemos pocos colombianos, mexicanos, sí, brasileños, algunos, pero colombianos, no tanto. ¿Y cómo nos reciben?, preguntó Josías. Igual que a todos, respondió Darius con una sonrisa completamente genuina.
En Irán, el turista extranjero es bienvenido. La gente quiere conocerlos. Van a ver. Tenía razón. Los primeros días en Teerán fueron una revelación continua. La ciudad era absolutamente diferente a cualquier imagen que los medios occidentales proyectaban de Irán. Calles amplias con árboles frondosos, centros comerciales modernos, cafeterías donde jóvenes con ropa de marca tomaban café de especialidad y usaban sus iPhones libremente, galerías de arte con obras de artistas contemporáneos, restaurantes con cocina, fusión, iraní
francesa. Citaron el gran bazar de Teerán, un laberinto de más de 10 km de pasillos cubiertos donde se vendía de todo. Alfombras tejidas a mano, especias que pintaban el aire de amarillo y rojo y verde, joyería de plata, cerámica pintada, telas con bordados que parecían cuadros en miniatura. Sandra compraba con los ojos, Josías compraba con la cámara.
No puedo parar de fotografiar”, le dijo una tarde mientras cargaban bolsas de la mano por una calle secundaria del bazar. Cada esquina es una composición. La luz entra por esos techos de cúpula y crea patrones que cambian con cada paso. “¿Cuántas fotos llevas?” Josías miró su cámara. 13 en tres días. Sandra se rió.
Las enviaban a sus familias cada noche. Fotos del bazar, de la plaza Azadi, del Museo Nacional, de platos de comida que fotografia antes de comer. Gormé sapsi, un guiso de hierbas que les voló la cabeza, kebab de cordero con arroz azafranado, pan sangac recién salido del horno de piedra.
Doña Cecilia respondía con emoticones de corazón y mensajes que alternaban entre el orgullo y la ansiedad. Don Héctor escribía frases cortas pero regulares. Bien, hijos, con cuidado. La hermana Paola enviaba preguntas académicas sobre lo que estaban viendo. Referencias a libros, nombres de poetas persas relacionados con los lugares que visitaban. Todo era perfecto.
El sexto día salieron de Teerán hacia Cashán en un autobús interbano atravesando paisajes que cambiaban cada hora. De la aglomeración urbana a campos cultivados, de campos cultivados a colinas áridas, de colinas áridas a la primera visión del desierto real. En Isfán, que los locales llaman Nesf Edjahan, la mitad del mundo, visitaron la plaza Nak Ehan, rodeada por la mzquita del shaes imperiales.
Sandra se sentó en el centro de la plaza durante casi una hora, simplemente mirando mientras Josías caminaba alrededor fotografiando los detalles de los arcos y las cúpulas. ¿En qué estás pensando? le preguntó Josías cuando se sentó junto a ella. En que este lugar lleva 500 años aquí, respondió Sandra, y va a seguir estando aquí 500 años más.
Y nosotros estamos en el medio ahora mismo, en este instante que nadie va a recordar, excepto nosotros dos. Josías no dijo nada. Tomó una foto de ella sin que lo notara. Esa foto también estaba en el teléfono que recuperaron después. Esa foto sí se la entregaron a la familia. Llegaron a Jazz el noveno día de viaje.
Jazd es una ciudad única en el mundo, construida casi enteramente en adobe, con sus torres de viento tradicionales, los Badgar, que se elevan sobre los techos como chimeneas invertidas diseñadas para capturar la brisa y refrescar las casas desde hace dos milenios. Al atardecer, los tonos de barro toman colores que van del dorado al cobre al naranja intenso y la ciudad parece arder suavemente como una brasa enorme y silenciosa.
El hostal en Jast lo manejaba una pareja joven, él iraní y ella alemana, que llevaban 4 años viviendo allí. Se llamaban Omid y Kaja hablaban un español básico pero funcional, aprendido de los varios viajeros latinoamericanos que habían pasado por su lugar. La primera noche, mientras cenaban en la terraza del hostal con otros viajeros, Josías mencionó el pueblo de Karanac y la zona de desierto cercana. Omid lo conocía.
Karan es precioso, confirmó. El pueblo viejo está casi completamente abandonado. Hay una fortaleza de barro que tiene siglos y hay una zona de desierto a unos 15 km del pueblo que es bastante solitaria. No van turistas porque no está en ningún circuito organizado y el camino es de tierra sin señalización. ¿Es difícil llegar? Preguntó Sandra.
Con un buen coche. No, nosotros fuimos hace dos años, pero hay que ir con agua. combustible de sobra. Y hay que avisar a alguien a dónde van y a qué hora calculan volver. ¿Hay señal de celular? Preguntó Josías. Omid hizo una pausa que vista en retrospectiva lo decía todo. En el pueblo sí y algo.
Más adentro en el desierto depende. Es irregular. Hay zonas donde sí y zonas donde no. Lo mejor es no depender de eso. Katha, que había estado escuchando en silencio, dijo algo en voz baja que Sandra no olvidaría. Solo tengan cuidado con el tiempo. En el desierto, el atardecer llega y en menos de 20 minutos es completamente de noche y en la oscuridad todo parece igual.
Todos los caminos de tierra parecen el mismo. Entendido, dijo Josías. Volvemos antes del atardecer. Eso también fue una promesa que creyeron poder cumplir. Los días siguientes en jazz fueron tranquilos y magnéticos. Exploraron los callejones del casco histórico. Visitaron el templo del fuego soroástrico, donde una llama sagrada lleva ardiendo de forma ininterrumpida desde hace más de 100 años, protegida en una vitrina de cristal, pequeña y persistente como una afirmación.
Una mañana fueron al desierto de las dunas de Marbast para experimentar el amanecer. Sandra llevaba un sombrero de ala ancha y una túnica de lino comprada en el mercado de Isfaján. Se sentaron en lo alto de una duna y vieron el sol salir sobre un horizonte completamente plano, sin una sola construcción humana visible en ninguna dirección.
“Esto es lo más silencioso que he escuchado en mi vida”, dijo Sandra. “Yo pensé lo mismo la primera vez que vi el mar de noche”, respondió Josías. Pero esto es diferente. El mar tiene sonido. Esto no tiene nada. No era exactamente cierto. Había viento y el viento movía la arena con un susurro continuo, como si algo muy antiguo estuviera contándole algo a alguien que todavía no había llegado.
Esa misma tarde, Josías revisó en el hostal la ruta hacia Caranac. Con el GPS descargado offline y el mapa detallado, la ruta parecía completamente manejable. Autopista hasta cierto punto, luego carretera secundaria pavimentada hasta las afueras de Caranac y finalmente un camino de tierra de unos 12 km hacia la zona del desierto.
Decidieron ir al día siguiente. La noche anterior, Sandra llamó a su mamá. ¿Cómo están, mi hija?, preguntó doña Cecilia. Increíble, mamá. Esto es de otro mundo. Yd es una locura. Mañana vamos a ver un pueblo en el desierto. Solos. Sí, en carro. Ya sabemos la ruta. ¿Hay señal allá? Nos dijeron que sí. Eso era verdad a medias, pero Sandra no lo sabía.
Bueno, mi hija, me mandan fotos. Te mandamos, mamá. Los quiero. También te quiero. Esa fue la última conversación que Sandra tuvo con su madre. A la mañana siguiente, 24 de enero de 2026, Sandra preparó una mochila con 2, y medio de agua por persona, frutos secos, barras energéticas, el botiquín, el GPS con rutas descargadas, ambos teléfonos al 100% y les dejó una nota escrita a mano a Omid y Kadya con la ruta exacta y la hora estimada de regreso.
Antes de las 6 de la tarde, Josías revisó el coche rentado, un Pejot 207 blanco con el tanque lleno y los neumáticos en buen estado. A las 9:15 de la mañana salieron del hostal. Sandra tomó una foto desde la ventanilla, las torres de viento de Justéndose pequeñas mientras se alejaban. El cielo de un azul imposiblemente intenso.
La carretera abriéndose hacia el horizonte. la subió a su cuenta de Instagram con una frase que en ese momento era simplemente el pie de foto de una foto de viaje. Luego, con el tiempo, se convertiría en otra cosa. La frase decía, “El mundo se hace más grande cuando dejas de tenerle miedo.
” Esa fue la última publicación de Sandra en cualquier red social. Desierto de Jast, Irán. 24 de enero de 2026. La carretera desde Justanac por un paisaje que va cambiando gradualmente, como si el mundo estuviera tomando más y más distancia de la idea de ser habitable. Primero, hay campos cultivados a los costados, sistemas de irrigación que traen agua desde las montañas lejanas a través de canales subterráneos milenarios llamados canats.
Luego los cultivos se hacen más escasos, luego desaparecen y lo que queda es tierra, piedra y cielo. Sandra iba en el asiento del copiloto con el mapa en la pantalla del teléfono. Osías manejaba sin prisa, con la cámara en el asiento trasero, lista para cuando necesitara parar. Llegaron a Karanac alrededor de las 11 de la mañana.
El pueblo era efectivamente una superposición de dos tiempos, un caranac nuevo con quizás 200 familias viviendo en casas de concreto moderno y un caranac viejo abandonado, un laberinto de construcciones de adobe que se elevaban y colapsaban en una especie de arquitectura geológica, como si el pueblo hubiera crecido naturalmente desde la tierra y estuviera volviendo lentamente a ella.
Josías fotografió durante más de una hora sin parar. Sandra caminó por los callejones del pueblo viejo con esa atención silenciosa que era su forma particular de relacionarse con los lugares. No el turista que busca el ángulo para la foto, sino el observador que simplemente permite que el lugar le hable.
Un niño de unos 10 años lo siguió durante un rato con la curiosidad inocente de quien raramente ve turistas extranjeros. Cuando Josías le pidió con señas si podía fotografiarlo, el niño [carraspeo] se irguió y puso una expresión de seriedad, que era evidentemente su idea de cómo debía verse uno en una foto importante. La foto quedó hermosa.
Almorzaron a la sombra de una pared de adobe con lo que llevaban en la mochila. Un hombre mayor del pueblo que los había observado desde la distancia con la tranquilidad de quien observa todo lo demás, se acercó a ofrecerles dátiles de una bolsa de tela. No hablaba inglés y ellos no hablaban falsy.
Pero la transacción fue completa y cálida, sin ninguna palabra. Eran las 12:40 del mediodía. Vamos, preguntó Josías mirando el GPS. Vamos, dijo Sandra. El camino de tierra era más angosto de lo que esperaban, apenas suficiente para un coche con surcos profundos donde el paso de vehículos había marcado la superficie. El Peyot avanzaba a paso lento a ambos lados del camino, el paisaje era absolutamente plano y vacío, tierra gris, ocre, rocas pequeñas dispersas, unas colinas bajas y redondeadas en la distancia que parecían hechas del mismo barro comprimido que el resto del
paisaje, sin vegetación, sin sonido de viento, sin pájaros, un silencio que era físico que se sentía en los oídos como presión. Es raro dijo Sandra después de varios minutos. No silencioso como la duna de ayer, diferente, como si el silencio aquí fuera más serio. Josías no respondió de inmediato, luego dijo, “Sé a qué te refieres.
Siguieron, llegaron a la zona del desierto alrededor de la 1:15 de la tarde. Era exactamente lo que las fotos prometían, un espacio de arena y roca donde el terreno ondulaba suavemente sin las dunas dramáticas de un desierto de película, sino con esa textura árida y casi mineral que tiene algo de abstracto, como una superficie lunar.
Se detuvieron, salieron del coche. El calor era considerable, probablemente 38 gr, pero era un calor seco, manejable con los sombreros que llevaban. Josías comenzó a fotografiar. Sandra caminó hacia una elevación suave del terreno y sacó el teléfono. Dos barras de señal. Suficiente, llamó a doña Cecilia. Mi hija respondió doña Cecilia al primer tono.
Están bien perfectos, mamá. Estamos en el desierto. Es precioso. ¿Cuándo vuelven al hotel? Antes de las 6. No te preocupes. Hijosas. Aquí está fotografiando. Parece un niño en un parque de diversiones. Doña Cecilia se rió. Cuídense, llamen cuando lleguen. Prometido. Esa fue la última llamada que Sandra hizo a su madre.
Lo que pasó después es lo que nadie puede reconstruir con certeza. Lo que se sabe, el GPS del coche registró que el vehículo permaneció estático en esa ubicación desde la 1118 hasta las 7:43 de la tarde cuando el registro terminó, probablemente porque la batería del dispositivo se agotó. Lo que también se sabe, ninguno de los dos teléfonos registró actividad después de las 2:51 de la tarde, hora en que Josías tomó la última foto en su cámara.
Una imagen de Sandra de espaldas mirando hacia el horizonte del desierto, con la luz de la tarde cayendo sobre ella y el paisaje extendiéndose infinito detrás. Es una foto extraordinaria, técnicamente impecable, como todas las de Josías. La silueta de Sandra contra el desierto, pequeña pero definida. La postura de alguien que está mirando algo que vale la pena mirar.
[carraspeo] Esa foto también se la entregaron a la familia. Es la última imagen que existe de Sandra con vida. En el hostal, Omid y Kadja comenzaron a preocuparse alrededor de las 7 de la tarde, cuando la hora de regreso estimada había pasado con creces. Intentaron llamar a los dos teléfonos. Nada. Mandaron mensajes. Nada.
A las 9 de la noche llamaron a la policía local. La respuesta inicial fue la habitual. Calma, espera. Probablemente no hay señal. probablemente decidieron quedarse más tiempo. Pero a la mañana siguiente, cuando Sandra y Josías seguían sin aparecer y los teléfonos seguían mudos, la policía local envió un vehículo a la ruta indicada. encontraron el peot 207 blanco a las 11:23 de la mañana del 25 de enero.
Estaba exactamente donde el GPS lo indicaba, intacto, las cuatro puertas cerradas, pero sin seguro, como si hubieran salido con la intención de volver en minutos. Las maletas en el asiento trasero sin abrir, dos botellas de agua de medio litro con algo de agua todavía adentro, la mochila con los snacks y el botiquín en el piso del copiloto, la cámara de Josías en el asiento trasero y en el piso, entre el asiento del conductor y el del copiloto, el teléfono de Josías.
No había señales de lucha, sin vidrios rotos, sin marcas de frenado brusco, sin sangre, sin rastro de violencia de ningún tipo, solo arena y huellas de los dos que se alejaban del coche hacia el desierto y que el viento había borrado parcialmente hasta que simplemente desaparecían en la superficie plana, como si dos personas hubieran decidido caminar hacia ningún lugar y el desierto se los hubiera tragado.
La noticia llegó a Medellín con una llamada de la embajada colombiana en Ancara a las 3 de la tarde del 26 de enero. Don Héctor la recibió solo en su casa. Cuando le contó a doña Mercedes esa noche, ella no gritó. Se sentó en la silla de la cocina y dijo, “Muy despacio, hay que ir a buscarlos.” Esa noche Paola llegó desde su apartamento en el poblado y los tres se sentaron juntos en la sala hasta las 2 de la mañana con los teléfonos encendidos esperando una llamada que no llegó.
En el análisis posterior del teléfono de Josías, los técnicos de la policía iraní encontraron un video 13 segundos grabado a las 2:47 de la tarde del 24 de enero. La imagen es oscura e inestable, como si el teléfono estuviera siendo sostenido con una mano que no tiene certeza de qué está haciendo. El encuadre es caótico.
tierra, cielo, el borde de algo que podría ser una roca o podría ser otra cosa. No hay referencia clara de orientación. Se escucha la respiración de Sandra, rápida, no exactamente el jadeo del miedo extremo, pero tampoco la respiración tranquila de alguien que está bien y luego la voz de Josías en español diciendo con una claridad que contrasta con todo lo demás.
No estamos solos. Un sonido difícil de describir con precisión como pasos sobre arena regulares acercándose y el video termina. Ese fragmento de 13 segundos fue clasificado como material sensible por las autoridades iraníes. La familia recibió una transcripción escrita. No el audio, no el video.
Nadie les explicó por qué. Medellín, Colombia, Just Irán, enero, marzo de 2026. La noticia se filtró el 1 de febrero de 2026 a través de una publicación en un foro de viajeros colombianos. No fue una filtración oficial. Fue una amiga de Paola que, sin entender completamente la dimensión de lo que hacía, publicó un mensaje pidiendo información sobre la zona de Caranac en Irán, porque una pareja colombiana ha desaparecido allá y la familia está desesperada.
En menos de 12 horas el post tenía 200 respuestas. En menos de 48 era noticia en tres portales digitales colombianos. En menos de una semana la historia había llegado a medios internacionales de habla hispana. Y entonces llegó la llamada, no a la familia, no a los medios directamente. llegó a los editores de los portales que habían publicado la historia y según lo que trascendió después fue una comunicación de la cancillería colombiana solicitando formalmente que se suspendiera la difusión pública del caso por razones de
sensibilidad diplomática y para no entorpecer las gestiones de búsqueda en curso. Dos de los tres portales bajaron los artículos esa misma noche. El tercero publicó un artículo adicional sobre la solicitud de censura antes de también retirar el contenido. Las redes sociales, sin embargo, eran otra cosa. Los posts compartidos, los screenshots, los hilos en Instagram no desaparecían tan fácilmente y en la comunidad de colombianos viajeros y en grupos de seguimiento de noticias internacionales, el caso siguió circulando en voz baja
con esa tenacidad de la información que alguien no quiere que exista. Don Héctor, cuando se enteró de la solicitud de censura, llamó directamente a la cancillería. La respuesta que recibió fue cordial, técnica y absolutamente insatisfactoria. Las gestiones diplomáticas de búsqueda estaban en curso.
La colaboración de las autoridades iraníes era dentro de los parámetros posibles y la publicidad del caso generaba complicaciones en las negociaciones. Le aseguraron que recibirían información actualizada de forma regular. La información regular llegó en forma de correos electrónicos con lenguaje burocrático que decían lo mismo cada semana.
Las investigaciones continúan. No hay novedades concretas que reportar. Mantendremos informada a la familia. Me están tratando como si fuera idiota”, le dijo don Héctor a Paola una tarde después de leer el cuarto correo consecutivo con ese mismo tono. ¿Qué significa mantendremos informada a la familia? ¿Que están buscando a mi hijo? ¿Que lo están dejando de buscar? ¿Qué está pasando exactamente? Paola no tenía respuesta porque ella tampoco la sabía.
Lo que sí hicieron fue contratar a un abogado especializado en derecho internacional con experiencia en casos consulares, un hombre de 48 años llamado Felipe Arango, que ejercía en Bogotá y que Paola consiguió a través de un contacto universitario. Arango revisó la documentación disponible, hizo sus propias consultas a través de canales informales y les presentó un diagnóstico honesto, aunque doloroso.
El problema central, explicó en una reunión por videollamada a la que asistieron don Héctor, doña Cecilia, Paola y los papás de Sandra, es que Colombia no tiene representación diplomática directa en Irán. Todo pasa por la embajada en Ancara. que a su vez tiene que coordinar con intermediarios. Eso crea capas de comunicación que enlentecen todo y permiten que la información se pierda o se filtre de maneras que nosotros no controlamos.
“¿Y las autoridades iraníes están buscando?”, preguntó doña Cecilia. Según los reportes que hemos podido acceder, sí, hubo una búsqueda inicial en la zona del coche los días 25 y 26 de enero con equipos de tierra y un dron de reconocimiento. No encontraron nada, luego una segunda búsqueda más amplia el 2 y 3 de febrero. Tampoco.
¿Por qué no hubo tercera búsqueda? preguntó don Héctor. Arango hizo una pausa. Las autoridades iraníes clasificaron el caso internamente como personas desaparecidas en circunstancias no determinadas. En la práctica eso significa que ya no hay recursos asignados activamente a la búsqueda. El expediente está abierto, pero inactivo.
El silencio que siguió en la sala fue denso. Doña Cecilia fue la primera en hablar. ¿Podemos ir nosotros a Irán a buscarlos? Técnicamente sí, respondió Arango, pero les recomendaría coordinarlo con la embajada para que su presencia tenga respaldo oficial y les advierto que el acceso a las zonas de búsqueda podría estar limitado.
¿Por qué limitado? Preguntó Paola. Otra pausa. Hay zonas en esa región de Justen clasificación de acceso restringido por razones que las autoridades iraníes no han especificado públicamente. No es inusual en esa parte del país, pero complica cualquier búsqueda independiente. Nadie preguntó qué significaba eso en términos concretos, pero todos pensaron en ello durante días.
El testimonio del pastor llegó a través de un canal indirecto. Omid había mantenido contacto con la familia y con el abogado Arango desde el principio. Era, junto con Cacha, la única fuente de información directa y confiable sobre lo que había sucedido en Jast antes de la desaparición. El 15 de febrero, Omid envió un mensaje de voz de 4 minutos a Arango.
En el mensaje explicaba que un hombre mayor del pueblo de Karanac, un pastor que usaba esas rutas del desierto con su rebaño de cabras desde hacía décadas, le había contado algo a un conocido de Omid que vivía en el pueblo. El pastor afirmaba haber visto la noche del 24 de enero a una pareja de extranjeros caminando por una zona del desierto a varios kilómetros de la ruta principal.
Era tarde, ya había oscurecido, pero había luna esa noche y se veía con relativa claridad. La pareja caminaba sin dirección aparente, según el pastor. No parecían en peligro inmediato, pero tampoco parecían saber exactamente hacia dónde iban. Y a unos metros detrás de ellos, o quizás caminando junto a ellos, había una tercera figura alta, completamente cubierta, tanto que el pastor no podía decir si era hombre o mujer, ni determinar ninguna característica física.
simplemente una figura oscura que acompañaba a la pareja. El pastor no los llamó, no se acercó, pensó que eran turistas que se habían perdido y que la tercera persona era quizás un guía local que los llevaba a algún lugar. Continuó su camino. La mañana siguiente escuchó que estaban buscando a una pareja de extranjeros desaparecidos. ató los cabos, pero tardó semanas en contarlo y lo hizo indirectamente, sin dar declaración formal a la policía, porque el pastor no quería involucrarse con las autoridades por cuestiones de su historial personal. Cuando Arango
presentó este testimonio a la embajada colombiana en Ancara para que lo transmitieran a las autoridades iraníes, la respuesta llegó 10 días después y decía escuetamente que el testimonio había sido tomado en consideración, pero que no podía ser verificado ni corroborado. No hubo más detalles, no hubo investigación adicional sobre la identidad de la tercera figura.
La familia de Josías viajó a Irán en la primera semana de marzo. Don Héctor, doña Mercedes y Paola. Tres personas con visas tramitadas a través de la embajada iraní en Bogotá, con respaldo formal de la cancillería colombiana, con cartas de apoyo de organizaciones de derechos humanos y con una determinación que era más grande que cualquier protocolo diplomático.
Llegaron a Terán y de allí a Jazz. Conocieron a Omid y Katya, que lo recibieron con una hospitalidad que hizo llorar a doña Mercedes en el umbral del hostal. “Hicimos todo lo que pudimos”, dijo Omid. Y en su voz había algo que sonaba a culpa, aunque no era su culpa. Lo sé, respondió doña Mercedes. Por eso estamos aquí para seguir haciendo.
Al día siguiente, Lonéctor y Paola fueron a la zona donde habían encontrado el coche. Un policía local los acompañó en calidad de guía oficial, que era el eufemismo que las autoridades usaban para decir supervisor que asegura que no vayan a zonas no autorizadas. El coche ya no estaba. había sido llevado a un depósito en Just.
Las maletas también habían sido trasladadas pendientes de procesos administrativos. El lugar era exactamente lo que las fotos y los reportes describían: terreno plano, árido, silencioso, hasta el punto de la incomodidad. Don Héctor se bajó del vehículo y se quedó parado en el sitio exacto donde había estado el pelló, mirando hacia el horizonte. Paola lo observó desde lejos.
Después de varios minutos, don Héctor se limpió los ojos con el dorso de la mano, se subió de nuevo al vehículo y no dijo nada en el camino de regreso. Esa tarde, en el hostal, Paola escribió en su diario. Papá estuvo parado en el desierto como si pudiera escuchar algo que nosotros no podíamos. No sé si estaba rezando o si estaba simplemente tratando de entender cómo este lugar se llevó a su hijo.
El policía miraba su reloj cada 2 minutos. El desierto no tiene reloj. La semana en Just produjo algunas cosas concretas y muchas que no lo eran. concreto, consiguieron que las autoridades locales les entregaran las maletas que habían permanecido en el depósito durante más de un mes. Las llevaron al hostal y las abrieron ahí con Omid y Katya, presentes como testigos. Todo estaba en perfecto orden.
Ropa doblada, artículos de tocador empacados cuidadosamente, un cuaderno de notas de Sandra con bocetos y apuntes del viaje, el cargador portátil de Josías, su disco duro externo con los backups de las fotos. En el cuaderno de Sandra, la última entrada era del 23 de enero, el día antes de ir a Karanac. escribía sobre jazz, sobre las torres de viento, sobre la sensación de estar en un lugar donde el tiempo funcionaba de manera diferente.
La última línea decía, “Mañana vamos al desierto de verdad. Josías está emocionado. Yo también, aunque no se lo digo para no inflármele el ego.” Paola leyó esa línea tres veces, luego cerró el cuaderno y no lo abrió de nuevo. No concreto, pero igualmente real. La sensación compartida por todos de que había información que las autoridades iraníes tenían y no estaban compartiendo, no necesariamente por malicia, sino por esa lógica burocrática que convierte la información en moneda de cambio y que prioriza el orden institucional sobre cualquier otra
cosa. El policía que los acompañó durante la semana era cordial y profesional. Pero cuando las preguntas se acercaban a ciertos temas, las zonas de acceso restringido cercanas a la ruta o el contenido completo del video, respondía con frases que eran técnicamente respuestas, pero que no decían nada. La última noche, en jazz, Paola le preguntó directamente a Omid.
“¿Vos qué crees que pasó?” Omid tardó en responder. Calla, sentada a su lado, le tomó la mano. Creo, dijo Omid finalmente, que el desierto aquí guarda muchas cosas y que hay lugares donde la gente del pueblo no va, no porque tengan miedo de algo sobrenatural, sino porque saben que hay cosas que el Estado no quiere que se vean y no preguntan, porque preguntar tiene costos.
¿Qué tipo de cosas?, preguntó Paola. Omit sacudió la cabeza. No lo sé con certeza. Solo te digo que hay rutas en ese desierto que en el GPS aparecen sin nombre y que cuando uno pregunta a las autoridades locales dicen que son caminos privados. ¿Crees que Sandra y Josías llegaron sin saber a una de esas zonas? Creo que es posible y que lo que pasó después de eso, eso sí no lo sé.
La familia regresó a Medellín el 15 de marzo de 2026 con las maletas de Sandra y Josías, con el cuaderno de notas, con el disco duro de las fotos, sin respuestas. En el aeropuerto del Dorado, antes de tomar el vuelo de conexión a Medellín, don Héctor le dijo a Paola algo que ella no olvidaría.

Cuando estuve parado en ese desierto, sentí la certeza de que ellos estuvieron ahí, de que pisaron exactamente ese suelo y de que lo que les pasó no fue un accidente, ni fue algo que ellos causaron. ¿Y qué fue entonces?, preguntó Paola. Don Héctor miró por la ventana hacia la pista donde los aviones esperaban. Fue algo que nosotros no entendemos todavía y hay gente que sabe más de lo que nos dice y eso es lo que me mantiene despierto de noche.
Medellín, Colombia, marzo de 2026. Hoy es finales de marzo de 2026. Han pasado exactamente dos meses desde que Sandra y Josías desaparecieron en el desierto de Jazd. Dos meses en los que las familias han dormido mal. Han contestado teléfonos con el corazón acelerado cada vez que suena. Han aprendido a funcionar con un peso permanente en el centro del pecho que no tiene nombre preciso porque no es todavía el duelo completo.
El duelo completo requiere de algo sobre qué cerrar y esto todavía no ha cerrado. Medellín tiene una relación particular con el dolor colectivo. Es una ciudad que ha construido su identidad contemporánea sobre la memoria de lo que fue y la determinación de ser algo diferente. Sus barrios recuerdan décadas de violencia con murales, con nombres de calles, con celebraciones de comunidad que son también actos de resistencia.
Los paisas han aprendido a vivir con la presencia del duelo sin dejarse consumir por él. Pero el caso de Sandra y Josías golpeó de una manera particular, porque era diferente a los dolores que Medellín conocía. No era el dolor de la violencia interna, del conflicto armado, de las décadas de crisis que habían marcado a generaciones.
Era el dolor de la incomprensión total. Dos personas jóvenes, sin enemigos, sin ninguna razón identificable para que algo malo les pasara, que habían desaparecido en el otro lado del mundo de una manera que ninguna narrativa conocida podía explicar satisfactoriamente. Y eso, paradójicamente lo hacía más difícil de procesar.
En la segunda semana de marzo, mientras la familia todavía estaba en JZT, Paola tomó una decisión que no era parte de ningún protocolo legal ni diplomático. Desde el hostal de Omid y Kya, con el computador prestado de Kaya, creó una página web dedicada al caso. No era un sitio de denuncia política, era un archivo.
Las fotos del viaje que Sandra y Josías habían compartido en redes sociales, la información verificada sobre la cronología de eventos, los datos de contacto de la familia para quien tuviera información y una sección con el testimonio del pastor, tal como OmID lo había transmitido, con todas las advertencias sobre su naturaleza indirecta y no verificada.
La página tuvo 10,000 visitas en la primera semana. En la segunda semana, cuando Paola ya había vuelto a Medellín, llegó un correo electrónico de una dirección que no reconocía. El remitente no se identificó. El mensaje decía, “Sé quién es usted y por qué tiene esa página.” No soy periodista ni funcionario. Estuve en Irán por trabajo durante varios años y conozco la región de Just.
La zona cerca de donde desaparecieron sus familiares tiene historia, no de leyendas, sino de situaciones reales que el gobierno iraní no documenta públicamente porque involucran actividades que no quieren que sean visibles. No puedo decirle más por este canal. Si quieres saber más, contrate a alguien con experiencia en investigaciones en esa región.
Paola reenvió el correo a Arango de inmediato. El abogado está haciendo sus propias averiguaciones esta semana. Todavía no hay resultados. Lo que sí encontró Arango a través de fuentes que él mismo describe como creíbles, pero no verificables por canales oficiales, es lo siguiente. zona noreste la provincia de Yast, que incluye las rutas cercanas a Caranac y al desierto que Sandra y Josías visitaron, ha tenido en los últimos años actividad relacionada con instalaciones de acceso restringido, cuya naturaleza exacta no es pública. No es un secreto
total. Algunos mapas satelitales muestran construcciones en zonas que formalmente no existen, pero tampoco es información que el gobierno iraní confirmen ni discuta. Eso explicaría potencialmente por qué ciertas búsquedas fueron limitadas, por qué ciertas preguntas no reciben respuesta, porque el video fue clasificado.
Pero no explica qué sucedió con Sandra y Josías. No explica la tercera figura. No explica los 13 segundos del video. No explica por qué dos personas en perfectas condiciones físicas y mentales, con agua, con GPS, con teléfonos cargados, con una ruta clara, desaparecieron en pleno día en un terreno abierto, sin dejar rastro más allá del coche intacto y las huellas borradas por el viento.
La investigación oficial a fecha de hoy no ha sido archivada formalmente, pero en los hechos está congelada. La última comunicación de la cancillería colombiana llegó la semana pasada. Lenguaje cuidadosamente neutro, gestiones en curso dentro de los parámetros disponibles. Expediente activo ante posibilidad de nuevos elementos.
La familia puede contactar a la embajada en caso de surgir información adicional. Don Héctor leyó la comunicación en silencio, la dobló cuidadosamente y la guardó en la carpeta donde tiene todos los documentos del caso. Fue a la cocina a prepararse un tinto. Doña Cecilia, la mamá de Sandra, no preguntó qué decía. Cuando una carta lleva ese tono, el contenido ya no importa.
Esta semana, don Héctor llamó a Paola. Déjame preguntarte algo, dijo, en toda esta investigación. En todo lo que encontramos en el correo anónimo, en lo que nos dijo el abogado, en algún momento sentiste que había una explicación que tenía sentido. No una explicación perfecta, solo una que cerrara, aunque fuera de manera imperfecta. Paola tardó en responder.
No dijo finalmente, y creo que eso es lo que hace que este caso sea lo que es. No es que haya una explicación imposible, es que hay demasiadas explicaciones posibles y ninguna es suficiente. Pudieron haberse perdido y haber muerto de exposición en algún punto del desierto que no se buscó. Pudo haber algún contacto no deseado con personas en zonas donde no debían estar.
Pudo haber algo relacionado con esas instalaciones que el abogado mencionó. El viento pudo haber borrado las huellas de cualquiera de esas cosas. Y la tercera figura, preguntó don Héctor. El pastor era un hombre mayor que vio a personas de noche en el desierto desde lejos. Su interpretación de lo que vio pudo ser diferente a lo que en realidad había. Eso también es posible.
Y el video. Paola cerró los ojos. El video es lo que me quita el sueño, papá. No porque sea inexplicable, sino porque no lo tenemos. Y cuando algo no está disponible, la mente llena el espacio con lo peor que puede imaginar. Y no sé si lo peor que imagino es peor que lo que realmente dice. Don Héctor no respondió de inmediato.
Sí, dijo finalmente. Eso mismo. Doña Cecilia tiene enmarcada en la sala de su casa la última foto de Josías. Sandra de espaldas mirando el desierto. La colgó el día que volvió de Just. No la ha movido. Cada mañana que pasa frente a ella de camino a la cocina. Doña Cecilia dice en voz baja el nombre de su hija, no como ritual, no como oración, simplemente como la costumbre de no dejar que el silencio gane completamente.
El cuaderno de notas de Sandra está en el cajón del escritorio de Paola. Todavía no puede leerlo completo. Ha llegado hasta la entrada del 20 de enero cuando Sandra describía Isfá con esa mezcla de entusiasmo y precisión que era su forma de escribir. Dice que esa entrada la dejó llorando durante 20 minutos y que no está segura de cuándo va a poder seguir.
El disco duro de Josías tiene cuatro 847 fotos del viaje. Nadie las ha revisado en su totalidad todavía. Están ahí guardadas esperando el momento en que las familias tengan la fortaleza de verlas todas. El caso de Sandra y Josías a finales de marzo de 2026 permanece completamente abierto e irresuelto. Las autoridades iraníes mantienen el expediente en categoría de personas desaparecidas en circunstancias no determinadas.
La cancillería colombiana lo clasifica como caso consular en seguimiento activo, aunque la diferencia entre seguimiento activo y seguimiento pasivo en la práctica parece ser solamente la palabra. El video de 13 segundos sigue siendo material clasificado. La familia nunca recibió el audio, nunca recibió una explicación sobre por qué no podían tenerlo.
El testimonio del pastor nunca fue formalmente investigado. La tercera figura que describió no tiene nombre, no tiene identidad, no tiene ningún lugar en ningún informe oficial. El correo anónimo que recibió Paola está en manos del abogado Arango, que esta semana está intentando verificar su origen a través de sus propios canales.
Todavía no hay respuesta. ¿Qué pasó exactamente en ese desierto el 24 de enero de 2026, a partir de las 2:51 de la tarde? Nadie lo sabe. O al menos nadie que lo sabe está diciendo la verdad completa. Hay una teoría que las familias no descartan, pero tampoco pueden afirmar que Sandra y Josías llegaron, sin saberlo, a una zona de exclusión cerca de una instalación que las autoridades iraníes no reconocen oficialmente y que lo que sucedió a partir de ese momento fue gestionado de una manera que ningún gobierno quiere documentar formalmente, porque
documentarlo implicaría reconocer la existencia. de lo que querían que no existiera. Eso explicaría la clasificación del video, explicaría las búsquedas que se detuvieron, explicaría la solicitud de censura a los medios colombianos, explicaría los caminos sin nombre en el GPS. Pero también es posible que sea mucho más simple y mucho más brutal, que dos personas se perdieron en un desierto en un día de 40 grados, que el calor o la deshidratación o el agotamiento los llevó a tomar decisiones que no tenían sentido
racional, que caminaron en la dirección equivocada, que el desierto no tiene ningún misterio más allá de su propia indiferencia hacia los seres humanos que se adentran en sin suficiente preparación. Eso también es posible y también sería una tragedia completa. El problema, el verdadero problema es que sin el video completo, sin la investigación de la tercera figura, sin acceso a las zonas donde se detuvo la búsqueda, sin una respuesta del gobierno iraní que vaya más allá del lenguaje diplomático, ninguna de esas posibilidades puede
confirmarse ni descartarse. Y las familias viven en ese espacio intermedio que es quizás el lugar más difícil en el que puede estar un ser humano. No el dolor del final, sino el peso insostenible de no saber si hay final. Esta noche en Medellín, doña Cecilia va a cenar sola porque don Héctor salió a reunirse con el abogado Arango, que tiene novedades del correo anónimo.
Todavía no se sabe qué son esas novedades. Paola está en su apartamento en el poblado terminando de escribir un texto largo sobre el caso que no sabe todavía si va a publicar o si simplemente necesitaba escribir. La última línea que escribió esta tarde dice, “El mundo se hace más grande cuando dejás de tenerle miedo.
” Eso escribió mi hermana. Ojalá el mundo hubiera sido más generoso con ella. Y en algún lugar en el desierto de Jast, donde la arena conserva la temperatura del día durante horas después de que el sol se pone, donde el silencio no es ausencia de sonido, sino presencia de algo más antiguo que el sonido. Donde las huellas duran minutos antes de que el viento las borre como si nunca hubieran existido, hay una respuesta que todavía no ha llegado, que puede no llegar nunca.
Pero mientras alguien siga diciendo el nombre, mientras alguien siga preguntando, mientras alguien tenga el valor de contar la historia, aunque le pidan que no la cuente, la pregunta sigue viva. Y una pregunta viva vale más que un silencio cómodo. Eso lo hubieran entendido Sandra y Josías, que conocían el mundo exactamente porque no tenían miedo de sus preguntas.
Un caso que ocurrió hace apenas dos meses que todavía no tiene respuesta, pero ustedes lo saben ahora y eso importa. Suscríbete al canal si todavía no lo hiciste. Para no perderte cuando haya novedades en este caso y los que vienen, dale like a este video. Cada like nos ayuda a llegar a más personas que merecen saber estas historias.
Cuéntanos en los comentarios desde qué ciudad o país estás viendo esto. Y si tienes alguna teoría sobre lo que pasó, la queremos leer. Leemos absolutamente todos los mensajes. Hasta la próxima historia. Y recuerden, el mundo está lleno de preguntas sin responder. La diferencia la hace quien se atreve a seguir preguntando.