La hija menor está arrodillada en el patio de la casa paterna, frente a una caja de madera podrida llena de tierra negra y húmeda. Mientras en la sala los hermanos se reparten escrituras, joyas y cuentas de banco sin voltear a verla. “Déjala ahí con su basura”, grita el hermano mayor desde la ventana riéndose con los abogados.
La desheredada no levanta la cabeza. Hunde las dos manos hasta el fondo de la caja y empieza a escarvar hasta que las uñas chocan con algo duro envuelto en un trapo que su padre cosió a mano. Esto, esto es lo que mi papá escondió toda la vida. Esto es por lo que ellos lo torturaron antes de morir. Que nadie firme esos papeles, que nadie salga de esta casa, que nadie se atreva a tocar la puerta hasta que yo desenvuelva lo que mi padre me dejó enterrado a mí.
Antes de continuar, necesito contarte algo que está pesando en mi pecho. YouTube desmonetizó nuestro canal y hoy es la única forma que tengo de sostener a mi familia y seguir trayéndote estas historias. Por eso preparé un regalo, un audiolibro completo grabado con mi propia voz como forma de agradecimiento.
Está en el primer enlace de los comentarios. Ahora respira conmigo, porque lo que viene a continuación te va a marcar para siempre. La tierra olía a ese olor salado que solo hay cerca del mar, a salitre mezclado con hierba buena a humedad de pozo viejo. Mi papá había llenado esa caja con tierra traída de las Salinas donde trabajó toda su vida, la de las cruces, allá por la salida a todos santos.
Yo reconocí el olor de inmediato. Era el olor de las botas de mi papá cuando volvía del trabajo a las 6 de la tarde, el olor de su ropa cuando se la quitaba en el patio antes de meterse a bañar. El olor de esa tierra arenosa, marrón oscuro, con granitos blancos de sal atrapados entre los terrones, que era una mezcla que solo existía en ese pedazo de Baja California Sur, donde la península se angosta y el mar de Cortés besa casi casi al Pacífico.
Tenía las manos temblándome. Sé si de coraje o de la emoción de haber encontrado algo después de 3 horas de humillaciones en esa sala. Me aparté el cabello de la cara con el antebrazo porque tenía las dos manos sucias y seguía escarvando. El trapo era una franela azul idéntica a las que mi papá usaba para limpiar las herramientas del Tejaban.
Estaba cocida con hilo grueso, con puntadas torpes, esas puntadas que uno aprende a reconocer cuando ha visto a un hombre viejo intentar coser por primera vez en su vida. Era la costura de mi papá, sin duda, como la que le había hecho al dobladillo de mis jeans cuando yo tenía 14 años y mamá estaba enferma y no podía levantarse a ayudarme. Saqué el bulto. Pesaba.
Pesaba como medio ladrillo. Lo puse sobre mis rodillas. La franela estaba tiesa por la humedad de la tierra. Mis hermanos seguían hablando en la sala, riéndose, sirviéndose whisky, del que mi papá guardaba para las fiestas y que ahora ya era de ellos, porque ellos se habían quedado con todo. Hilario, el mayor festejaba con los abogados.
Aurora, la del medio, firmaba papeles con una sonrisa de llena. Y yo, Genove Carolina, la hija menor, la arrimada, la que siempre sobró, estaba arrodillada en el patio con las uñas negras y con un bulto envuelto en franela azul que estaba a punto de cambiarme la vida. Pero antes de abrir ese bulto, antes de ver lo que mi papá me había dejado enterrado a mí y solamente a mí, tengo que contarte cómo llegamos hasta aquí.
Porque para que entiendas el peso de ese momento, tienes que saber quién era mi papá. Tienes que saber cómo se murió, tienes que saber lo que mis hermanos le hicieron. Y tienes que saber por qué yo, la menor, la que nunca tuvo voz en esa casa, fui la única que recibió una caja con tierra, mientras los demás se repartían millones.
Me llamo Genoveva Carolina Peralta Monroy. Tengo 37 años. Nací en La Paz, Baja California Sur, en el hospital Salvatierra aquella madrugada de febrero, que según mi mamá fue la más fría que había tenido el puerto en 20 años. Soy la más chica de tres hermanos. Me lleva 10 años Hilario, 7 años Aurora. Yo fui el accidente, el chiquito que llegó cuando mis papás ya casi se estaban resignando a tener nás dos.
Por eso mi mamá me decía siempre mi sorpresa, mi regalo, mi paloma. Y por eso mi papá, que era un hombre de pocas palabras, me decía nomás mi hija. Pero me lo decía con una voz que a los otros dos nunca les dijo nada. Mi papá se llamaba Eliseo Peralta Godoy. Nació en un pueblo chiquito llamado Los Planes, a una hora al sur de La Paz, en 1943, hijo de campesinos.
Creció descalso hasta los 8 años. empezó a trabajar en las Salinas del Mogote a los 12, cargando cubetas de agua de mar para los evaporadores. A los 18 ya era supervisor de un turno. A los 30 tenía su propio pedazo de tierra arrendado en la sala de las cruces, donde producía sal de grano gruesa, esa que se usa para curar pescado y para conservar quesos.
A los 35 se casó con mi mamá, Cecilia Monroy Vargas. que era maestra de primaria en la escuela niños héroes. Tuvieron a Hilario al año, a Aurora 3 años después, a mí 10 años después. Y para cuando yo nací, mi papá ya tenía su salinera propia, pequeña, modesta, pero suya, con 12 obreros que le ayudaban, con dos camionetas de tres toneladas para repartir la sal y con un nombre que se había ganado en toda la región por ser un hombre cumplido, serio y que pagaba a tiempo sus compromisos.
Mi papá era un hombre alto. Cuando yo era niña, me parecía un gigante. Tenía la piel curtida por el sol del mar, color marrón oscuro, y las manos callosas como cáscaras de coco viejo. El cabello chino, siempre corto, canoso desde los 40, los ojos verdes claros, un verde medio gris que contrastaban con su piel oscura de una manera que llamaba la atención.
Vestía casi siempre playeras de algodón blanco y pantalones de mezclilla. Usaba botas de trabajo color miel, las mismas marca y modelo durante 30 años, que él mismo se compraba cada año en la ferretería del puerto. Era un hombre callado, pero no sombrío. como son los hombres del desierto, que miden sus palabras, porque en el desierto las palabras se las lleva el viento y hay que guardarlas para cuando de veras valen.
No era frío, era reservado, pero cuando hablaba lo que decía se recordaba porque nunca decía cosas por decir, decía cosas que pesaban. Me acuerdo de una vez, yo tendría como 14 años, que mi papá me llevó a una cantina en el centro de La Paz. Se llamaba El dragón, una cantina vieja, de esas que huelen a cerveza derramada y a madera mojada.
Mi mamá se había enterado y se había enojado muchísimo. Le había dicho Eliseo, “¿Cómo se te ocurre llevar a la niña a una cantina?” Mi papá le había contestado a Cecilia, “La niña tiene que ver cómo se toma un hombre una cerveza sin hacer tonterías. Prefiero enseñarle yo a que aprenda con uno que no le importe.
” Y me llevó, me pidió una Coca y me pidió a mí también una coca. Se la tomó despacio platicando con don Melquíades, el dueño de la cantina, un viejo cachanilla que le debía favores a mi papá de hacía años. Yo escuchaba sin hablar. Don Melquíades me miraba de vez en cuando y me sonreía como diciéndome, “Eres hija de un hombre bueno, niña.
” Cuando nos íbamos ya de salida, mi papá me agarró del hombro afuera en la banqueta y me dijo, “Mi hija, algún día cuando yo me muera, si necesitas ayuda en este puerto, te vienes con Melquiades. Él sabe quién eres. Ya hablamos de ti.” Le dije, “Papá, ¿cómo cree usted no se va a morir?” Él me dijo, “Genobeba, todos nos morimos.
Hay que saber dónde dejar amigos. Y me apretó el hombro con esa mano gigante que tenía, que siempre olía a salitre y a tabaco. Y nos fuimos caminando hasta la Ford Ranger. Nunca se me olvidó esa frase, hay que saber dónde dejar amigos. Mi papá fue un hombre que sembró amigos donde iba. Yo no lo supe hasta mucho después, hasta que pasó lo que pasó y empecé a descubrir de cuántos lados venía ayuda para mí.
Sin yo saberlo. Conmigo era distinto que con mis hermanos. Eso lo entendí desde chiquita, aunque de niña yo no sabía por qué. Mis hermanos crecieron compitiendo entre ellos por la atención de mi papá, peleando por quién era más parecido a él, quién se iba a quedar con qué cuando él faltara. Hilario decía que como era el mayor le tocaba la salinera.
Aurora decía que como era la única mujer que había trabajado en las oficinas con mi papá, le tocaba el dinero y los bienes. Los dos se enfrascaron en una competencia que duró décadas. Yo, como era la más chica, nunca me metí ni me interesó. A mí mi papá me llevaba a otros lados, a otros lugares, a otra cosa completamente. Desde que tenía 6 años, los sábados por la mañana, mi papá me llevaba con él a las Salinas, no a trabajar, no más a acompañarlo.
Salíamos a las 5:30 de la mañana en su camioneta Ford Ranger, color verde olivo. Yo con mi termo de café con leche que él me preparaba antes de salir. con su termo de café negro amargo. Íbamos los dos en silencio por la carretera con las ventanas abiertas porque el aire frío de la madrugada del desierto a esa hora es una cosa que uno siente en los huesos y en el alma al mismo tiempo.
El cielo iba cambiando de negro a gris, de gris a lila, de lila a naranja. Y cuando salía el sol, ya estábamos en las salinas caminando entre los tanques cuadrados de evaporación, viendo como el agua de marba perdiendo lo líquido y dejando la sal cristalizada arriba como nieve, como algodón blanco. Esos sábados mi papá me hablaba solo conmigo.
que contaba de su infancia en los planes, de cómo se escapó de la casa a los 12 años, porque su padre le pegaba con un cinturón con clavos, de cómo aprendió a sobrevivir solo, de cómo le debía la vida a don Feliciano, el primer patrón que tuvo en las Salinas, que lo recibió y le dio comida y le enseñó el oficio.
me hablaba de mi abuela, que era una mujer muy brava, muy del sur de la península, que sabía curanderismo y que murió cuando él tenía 17 años sin haber podido despedirse. Y me hablaba de cosas más raras todavía. me hablaba de mapas, de terrenos viejos, de historias de piratas que habían pasado por esas costas en el siglo 18, de minas abandonadas que, según él, todavía tenían plata adentro.
Me contaba todo eso como si fueran cuentos para dormir. Pero yo sentía desde que era chiquita que mi papá no me estaba contando cuentos, me estaba contando algo importante, algo que después iba a significar. Mi mamá murió cuando yo tenía 16 años. Cáncer de mama. Le llegó tarde porque ella no se revisaba nunca. Lo descubrieron ya muy avanzado.
Luchó 2 años. Se fue en 1999, un 5 de julio, día del santo de mi hermano Hilario. Él lo tomó como una ofensa personal. Dijo que ni para escoger el día de morirse su madre había pensado en él. Esa frase la dijo en el velorio, delante de todos. Mi papá lo agarró del brazo afuera de la capilla y le dio una bofetada que le sonó como un trueno.
Le dijo Hilario, “Si vuelves a decir una cosa así sobre tu madre, te parto el alma.” Hilario se lo aguantó. Pero a partir de ese día, algo entre mi papá y Hilario se quebró para siempre, algo que nunca se volvió a arreglar. Y ese quiebre iba a tener consecuencias muy grandes 20 años después, más grandes de las que nadie podía imaginar esa tarde en el velorio de mi mamá.
Mi hermano Hilario se parece a mi papá físicamente, pero en nada más. Tiene la misma estatura, la misma piel oscura, los mismos ojos verdes, pero por dentro es otro. Es ambicioso, es calculador. Desde chiquito agarraba cosas ajenas y las escondía. Le robaba dulces a Aurora y decía que se los había encontrado.
Le robaba monedas a mi mamá y las escondía debajo del colchón. A los 18 años agarró la camioneta de mi papá sin permiso y se fue a una fiesta a Cabo San Lucas. Regresó dos días después con la camioneta abollada. Mi papá no le pegó. Nás le dijo Hilario, la camioneta me la compones con tu sueldo del próximo mes.
Hilario no la compuso. Mi papá la compuso él mismo y nunca se lo perdonó del todo. Hilario estudió administración de empresas en la Universidad Privada de La Paz. Se graduó con calificaciones mediocres. Mi papá lo metió a trabajar en la Salinera como supervisor. Hilario ahí empezó a hacer cosas. a firmar papeles que no tenía que firmar, a hacer tratos con proveedores por fuera, a meter comisiones que no eran suyas.
Mi papá se enteró, hubo una pelea muy grande. Hilario se salió dando un portazo. Se fue a vivir a Tijuana. Estuvo 6 años allá. Trabajó con unos primos en el ramo de la construcción. Ganó dinero sucio que nunca nos quiso explicar. Volvió a La Paz en 2008 con una camioneta grande, con un reloj caro, con un aire de éxito que nadie le había autorizado.
Se reconcilió con mi papá, al menos de dientes para fuera, y empezó a rondar la salinera otra vez. Esta vez más astuto, esta vez calculando los tiempos. Mi hermana Aurora es diferente. Aurora no es mala por ambición. Aurora es mala por envidia. Aurora siempre envidió a mi mamá por haber tenido una educación.
Aurora también se recibió de contadora, pero nunca brilló en nada. Trabajaba en el despacho de un licenciado en el centro de la paz. se casó a los 30 con un señor 15 años mayor que ella, dueño de una tienda de materiales de construcción, que la veía con esa indulgencia de hombre que se casa con una mujer por no quedarse solo. Tuvieron un hijo, mi sobrino Osvaldito.
Aurora lo crió como a un príncipe. Lo consintió hasta el absurdo. Y a mí me guardaba siempre un resentimiento que nunca entendí del todo. Creo que era porque yo me llevaba mejor con mi papá o porque yo heredé los ojos verdes de mi papá o porque mi mamá antes de morir me había dejado a mí sus anillos y no a ella cualquier cosa.
Aurora envidiaba cosas chiquitas, pero las envidiaba tanto que se le hacían grandes. Y yo, yo Genoveva, la menor, yo estudié biología marina en la Universidad de La Paz. Me recibí. Trabajé unos años en un centro de investigación de mamíferos marinos en la ventana observando ballenas. Después me salí porque no me pagaban bien y entré a ayudarle a mi papá con la salera.
No en el manejo administrativo, porque eso le tocaba a mis hermanos en teoría, sino en la parte productiva, en la calidad de la sal, en los análisis del agua de mar, en la certificación orgánica que queríamos conseguir para exportar a restaurantes gourmet de Estados Unidos. Yo llevaba 9 años trabajando con mi papá en eso cuando él murió.
9 años a su lado, 9 años aprendiendo cosas que nadie más en la familia quería aprender, porque a Hilario no más le interesaba el dinero y a Aurora no más le interesaban las escrituras de las propiedades. A ninguno de los dos les interesaba la sal en sí, el oficio, el agua, el sol, las bandejas de evaporación, nada de eso. A mí sí.
A mí me fascinaba como le había fascinado a mi papá toda la vida. Por eso los sábados seguíamos yendo juntos a las Salinas. Aunque yo ya no era niña, aunque yo ya era una mujer de treint y tantos años, aunque yo ya podía ir sola, mi papá me esperaba en la puerta a las 5:30 con mi termo de café con leche y nos íbamos los dos en la camioneta Ford Ranger, que seguía siendo la misma, verde olivo, vieja.
con 250,000 km encima, pero mi papá no la cambiaba. Decía que esa camioneta nos había llevado a todas partes, que no se iba a separar de ella hasta que una de las dos se rindiera primero. Mi papá murió el 15 de marzo de este año, hace 4 meses. Lo mataron. Eso es lo que yo creo. Aunque la policía no lo registró así.
La policía dijo que fue un paro cardíaco, que un hombre de 73 años con hipertensión no controlada podía caerse muerto en cualquier momento. Pero yo sé lo que vi. Yo sé lo que pasó esa noche. La noche del 15 de marzo, como a las 9:30, yo estaba en mi departamento que queda en el malecón de la paz. Cuando me llamó mi papá al celular, me dijo con una voz agitada, “Mi hija, vente a la casa. Vente ya.
Estoy bien, pero necesito que vengas. Le pregunté qué pasaba. Me dijo, “Aquí te cuento, nomás, vente.” Y colgó. Le escuché algo raro en la voz, algo que no era normal en mi papá. Mi papá nunca hablaba agitado. Mi papá era un hombre que podía tener un problema grande enfrente y contarlo como si estuviera contando que había llovido.
Pero esa noche su voz tenía una respiración cortada, como si hubiera estado corriendo o como si estuviera escondido en algún cuarto de la casa. Esa respiración me dio mala espina desde el primer segundo, pero no le di más vueltas. Agarré las llaves, bajé al estacionamiento, manejé los 15 minutos que hay de mi departamento a la casa de mi papá, que queda en la colonia Juárez, a cuatro cuadras de la catedral.
En el camino le hablé dos veces al celular. No me contestó. Ya iba por la avenida Aolo cuando le hablé por tercera vez. Nada. Empecé a sentir que el corazón me latía más fuerte. Aceleré. Me pasé un alto. Llegué a la casa en 12 minutos en lugar de 15. Cuando llegué la puerta estaba entreabierta. Mi papá nunca dejaba la puerta entreabierta.
Nunca. Una regla de oro desde que yo era chiquita. Se la había inculcado mi mamá y él la había cumplido toda la vida. La puerta entreabierta era una cosa que ya de entrada me el heló la sangre. Entré, lo llamé, nadie me contestó. Caminé por la sala. Todo estaba normal. Entré a la cocina, todo en orden.
Entré al cuarto de mi papá y ahí lo encontré tirado en el piso, al lado de la cama, boca arriba, con la camisa desabrochada, con los ojos abiertos, con una mano sobre el pecho y la otra estirada como si hubiera intentado agarrar algo y no hubiera podido. Estaba muerto. Me tiré al piso junto a él, lo sacudí.
Le grité, “Papá, papá, despierta!” Le puse la mano en la cara. Estaba caliente todavía. Le toqué el cuello buscándole el pulso, como había aprendido en un curso de primeros auxilios en la universidad. No había pulso. Le abrí la boca para ver si respiraba. No respiraba. Empecé a hacerle compresiones en el pecho. Una, dos, tres. Le soplé aire por la boca.
Le hice más compresiones. Le grité, “Papá, por favor, no me hagas esto. No te me vayas.” Seguí así como 5 minutos sudando, llorando, con los brazos agotados, hasta que me di cuenta de que ya no había nada que hacer. Pero había más cosas en el cuarto, cosas que yo vi antes de llamar a la ambulancia. El cajón del buró abierto, papeles regados por el piso, el colchón levantado por una esquina, el closet abierto y con la ropa tirada.
La caja de zapatos donde mi papá guardaba documentos importantes estaba volteada con los papeles desparramados. Alguien había estado buscando algo ahí. Alguien había revuelto todo. Y ese alguien o esos alguienes habían salido corriendo cuando mi papá me había llamado al celular. Le llamé a los paramédicos con la voz medio cortada. Tardaron media hora.
Cuando llegaron, dijeron que llevaba muerto como 40 minutos, que había sido un infarto, que no había señales de violencia, que no le encontraron moretones, le revisaron el cuerpo. Uno de los paramédicos, un muchacho joven que se llamaba Rodrigo, me dijo, “Señora, lo siento mucho.” Le pregunté, “Muchacho, ¿usted está seguro de que fue un infarto? No pudo haber sido otra cosa. El muchacho me miró raro.
Me dijo, “Señora, físicamente no hay señales de nada, pero la muerte es un asunto que a veces no se explica con señales.” Y se quedó con esa frase colgando como una pregunta que yo nunca iba a poder contestar. Sí había señales, pero no las vieron porque no estaban buscando. Yo sí las vi después cuando llegó la policía y se fueron todos.
Yo le revisé las manos a mi papá. antes de que se lo llevaran. Y tenía las uñas rotas, las dos manos con las uñas rotas, como si hubiera estado arañando algo, como si se hubiera defendido o como si hubiera estado intentando agarrar con fuerza algo que le estaban quitando. Y tenía una marca roja en la muñeca derecha, como la marca que deja una cuerda o una mano apretada con fuerza.
No le dije nada a los policías porque cuando llegué a hablar con ellos ya venían mis hermanos de camino y algo dentro de mí, una corazonada muy fea, me hizo dudar, me hizo pensar cosas feas de ellos y me dije, “Genenobeba, cállate. No hables, no digas nada hasta que entiendas qué pasó.” Y me callé. Y durante 4 meses me callé hasta hoy, hasta esta tarde, hasta que los hermanos Peralta Monroy nos reunimos en la casa paterna para que los abogados abrieran el testamento que mi papá había dejado.
Y lo que pasó en esa reunión fue lo que me trajo ya al final de la tarde arrodillada en el patio, con las manos sucias de tierra salada, abriendo un bulto envuelto en franela azul que mi papá me había dejado enterrado. A mí y solamente a mí. Pero para que entiendas cómo llegué al patio, primero tengo que contarte lo que pasó adentro, lo que dijeron los abogados, lo que firmaron mis hermanos y lo que a mí me tocó.
La reunión fue a las 3 de la tarde en la sala grande de la casa de mi papá, que era la misma sala donde habíamos crecido los tres, la misma sala donde mi mamá nos enseñaba a leer con una pizarra colgada en la pared, la misma sala donde mi papá se sentaba en su sillón de cuero marrón a ver las noticias a las 9 de la noche. Ahora esa sala estaba ocupada por dos licenciados de traje oscuro, por hilario con una corbata roja, por aurora con un vestido negro ajustado y por mí con mis jeans y una blusa blanca, porque yo nunca he sido de arreglare para las cosas
importantes. Estaba sentada en el sillón de mi papá, en ese sillón de cuero marrón, y era la única manera que había encontrado de sentirlo cerca. Hilario llegó en una camioneta nueva, una Range Rover blanca. Se estacionó en la cochera y se bajó con los lentes de sol puestos, aunque ya estaba empezando a meterse el sol. Entró sin tocar el timbre.
Saludó a los abogados con un abrazo demasiado amistoso. Uno de los abogados, Castellón, era amigo suyo de años. Eso yo ya lo sabía. Lo que no sabía era que Castellón había sido el abogado que había redactado la modificación del testamento dos años antes. Eso lo iba a descubrir después. Aurora llegó 15 minutos después en un coche gris con Osvaldito su hijo, un muchacho de 9 años al que mi hermana no podía dejar ni un minuto sin vigilancia.
El niño se sentó en un rincón con una tableta. Aurora me dio un beso en la mejilla frío formal. Me dijo, “¿Cómo estás, Genovea?” Le dije bien y no dije nada más. Porque desde hacía 4 meses, desde la muerte de mi papá, mi hermana y mi hermano, habían estado tratando de evitarme, de no hablar conmigo sobre la muerte, de cambiar el tema cada vez que yo lo sacaba y eso me había hecho sospechar muy feo.
El licenciado principal, que se llamaba Evaristo Castellón, se paró frente a nosotros con una carpeta. Era un hombre de unos 50 años con bigote canoso, con un traje gris que le quedaba apretado en la panza. olía a una loción cara que no combinaba con su cuerpo. Abrió la carpeta, sacó un documento, empezó a leer.
Dijo que mi papá había modificado el testamento dos años antes de morir, que la modificación estaba registrada y protocolizada, que la voluntad del finado era la siguiente. Hilario Peralta Monroy, hijo mayor, le correspondía la salinera completa con sus 12 trabajadores, sus dos camionetas, su oficina, sus bodegas, sus tanques de evaporación y todas sus cuentas bancarias relacionadas con el negocio, un patrimonio valuado en aproximadamente 11 millones de pesos.
A Aurora Peralta Monroy, hija de En medio, le correspondía la casa paterna. donde estábamos reunidos, una casa en Cabo San Lucas que mi papá había comprado en los 80s, dos terrenos en todos santos, las joyas de mi mamá y todas las cuentas personales de mi papá en el banco, un patrimonio valuado en aproximadamente 9 millones.
A Genoveva Carolina Peralta Monroy, hija menor, le correspondía una caja de madera, 25 cm por 40. llena de tierra que se encontraba enterrada en el patio trasero de la casa paterna bajo el limonero del lado izquierdo, a 80 cm de profundidad. La hija menor debía excavar ella misma la caja en presencia de los otros herederos. Ese era su legado.
No se le asignaba ningún bien mueble, inmueble, cuenta bancaria ni joya. Se me paró el corazón literalmente. Hilario soltó una carcajada. Aurora abrió la boca y se tapó con una mano como fingiendo escándalo, pero estaba disfrutando. Los abogados se miraron entre ellos y yo me quedé sentada en el sillón de cuero de mi papá sin parpadear, sin respirar, sintiendo que algo muy feo acababa de confirmarse adentro de mi pecho.
Mi papá no me había desheredado, eso lo supe en ese momento. Mi papá me había dejado algo, algo que los otros no iban a entender, porque lo que él me había dejado no estaba en papel, estaba enterrado, estaba debajo de 80 cm de tierra y estaba debajo del limonero que él mismo había plantado el día que yo nací, 37 años antes.
Me paré sin decir nada. Salí de la sala, crucé el pasillo, llegué al patio trasero, me asomé. Ahí estaba el limonero grande, con los limones colgando verdes todavía porque era abril y ahí estaba el sol cayendo sobre la tierra seca y ahí estaba la pala vieja que mi papá usaba para el jardín apoyada en la pared como esperándome. Regresé a la sala.
Les dije a los abogados licenciados, “Yo voy a recibir mi herencia tal como está escrita. Voy a excavar. Voy a desenterrar la caja aquí mismo, ahorita mismo. Y ellos me dijeron que estaba bien, que era mi derecho. Hilario dijo en voz alta, “Órale, la huerfanita se va a quedar con una caja de tierra mientras nosotros nos repartimos lo que tiene valor.” Aurora se rió tapándose la boca.
Los abogados guardaron silencio porque ellos cobraban igual y lo que pasara entre nosotros no era su asunto. Salí al patio, agarré la pala, empecé a acabar bajo el limonero y lo que vino después, lo que saqué de ese hoyo, lo que mi papá había dejado enterrado durante quién sabe cuántos años, bajo 80 cm de tierra arenosa con granitos de sal, era algo que ni Hilario, ni Aurora, ni los abogados se podían imaginar.
Ni yo tampoco, para ser honesta, porque yo pensé al principio que iba a sacar solo una caja vieja con papeles, con fotos viejas, con tal vez una última carta de mi papá diciéndome cuánto me había querido, pero me equivoqué. Lo que había en esa caja era mucho, mucho más grande que eso. Era tan grande que iba a hacerme entender finalmente por qué mi papá había tenido las uñas rotas la noche que se murió.
¿Por qué alguien había revuelto su cuarto? ¿Por qué alguien lo había estado buscando durante años sin encontrarlo? ¿Y por qué durante las últimas semanas de vida mi papá había empezado a dormir con un revólver debajo de la almohada, cosa que yo había descubierto la semana antes de su muerte y que él me había pedido con los ojos humedecidos que no le contara a nadie.
Bajo esa tierra estaba lo que mis hermanos llevaban años buscando, lo que habían torturado a mi papá para encontrar en los meses antes de que él muriera. Y lo que yo, con las manos sucias y las uñas rotas, estaba a punto de sacar a la luz del sol de esta tarde de abril en La Paz, Baja California Sur. Déjame regresarte una semana antes de que mi papá muriera para que entiendas por qué yo sabía desde antes del 15 de marzo que algo feo estaba pasando en esa casa.
Una semana antes, un sábado como cualquier otro, yo llegué temprano a las Salinas con mi papá. Trabajamos toda la mañana, pero mi papá estaba distraído. Se le caían las herramientas, confundía los nombres de los trabajadores. Se le olvidó pagarle a uno de los chóeres. Yo le preguntaba a papá, “¿Qué le pasa? Está raro.
” Él me decía, “Nada, mi hija, no más cansado. Ayer no dormí.” Al mediodía, cuando estábamos comiendo unos tacos de pescado en un puesto de la carretera, mi papá me dijo algo que no se me olvidó. Me dijo, “Genobeba, si algún día me pasa algo, no hagas nada. No acuses a nadie. No levantes denuncias. No hables con la policía más de lo necesario.
No más cállate y espera.” Yo le dije, “Papá, ¿qué me está diciendo? ¿Qué pasa?” Él me contestó, “No pasa nada todavía. Pero si algo llegara a pasar, hazme caso. ¡Cállate, espera y ve a las cruces, al limonero, y pórtate lista, mi hija, porque la gente a veces es más mala de lo que uno cree, hasta la que uno cree que quiere.
” Me heló la sangre. Le pregunté, “¿De quién está hablando papá?” “De mis hermanos.” Él no me contestó, noás me miró. Y en esa mirada vi que no había visto nunca. Vi miedo, vi cansancio y vi determinación como si estuviera tomando decisiones sobre cosas que yo no podía ni imaginar. Esa misma semana, dos noches después, yo me quedé a dormir en la casa de mi papá, porque él se había quejado de un dolor de pecho y yo no quería dejarlo solo.
Como a las 2 de la madrugada, me levanté al baño. Al pasar frente a su cuarto escuché un ruido. La puerta entré abierta. Me asomé. Mi papá estaba sentado en la cama en la oscuridad con un revólver en las manos, revisándolo, girando el cilindro, metiendo y sacando las balas. Lo miré en silencio un rato, después regresé a mi cuarto sin que me viera.
Al día siguiente le pregunté en el desayuno, “Papá, ¿usted tiene una pistola?” Él se quedó callado un rato. Después me dijo, “Sí, mija, la tengo desde hace meses. ¡Cállatelo, no le digas a nadie, a nadie, Genove, ni siquiera a las paredes. ¿Me oíste?” Le dije, “Sí, papá.” Él me dijo, “Gracias.” Y no hablamos más del asunto. Esa pistola yo nunca la volví a ver.
Después de que mi papá murió, la pistola no apareció en la casa. La busqué. Busqué debajo del colchón. en el cajón del buró, en la caja de zapatos de los documentos, en ningún lado. Alguien se la llevó esa noche, alguien que estuvo en el cuarto antes de que yo llegara y ese alguien o alguienes quedan reducidos a tres posibles candidatos.
Tres personas con llave de la casa, tres personas que habían visto a mi papá ponerse raro en las últimas semanas. tres personas que tenían motivos para estarlo torturando sobre algo que él se había negado a darles. Hilario, Aurora y una tercera persona de la que yo ni siquiera sospechaba todavía, pero que iba a descubrir en las próximas semanas que estaba metida hasta el cuello en todo esto. Abrí la franela azul con cuidado.
Dentro, envuelto en un pedazo de ule y amarrado con cordel, había un objeto rectangular pesado de como 20 cm por 15. Lo desenvolví y lo que vi dejó sin habla. Era un cofre de metal, un cofre pequeño oxidado en las esquinas con dos cerraduras chiquitas, metal gris plomo con unos grabaditos que parecían letras viejas.
Encima del cofre, pegada con cinta adhesiva amarillenta, había una llave y debajo de la llave una nota manuscrita doblada en dos con la letra apretada de mi papá. Decía así, “Mija, si estás leyendo esto es porque yo ya no estoy. Dentro de este cofre está lo que tus hermanos buscaron, lo que me torturaron los últimos 4 meses para encontrar. No lo abras aquí.
Vete a tu departamento, cierra con llave y abrilo sola. Nadie más tiene que verlo. Te amo, mi hija, tu papá. Me temblaba todo el cuerpo. Cerré la franela otra vez sobre el cofre. Me lo metí debajo de la blusa pegado al estómago, sujetándolo con el brazo. Me paré. Me sacudí la tierra de las rodillas.
Caminé hacia la puerta del patio desde la ventana y Lario me gritó. Oye, hermanita, muéstranos qué te dejó tu papá. A ver qué tesoro sacaste. Aurora se reía atrás de él. Yo no les contesté. Crucé la sala. Los abogados me miraron. Castellón me dijo, “Señorita Genoveva, nos falta todavía que firme unos papeles para completar la sesión.
” Le dije, “Licenciado, los firmo mañana. Me voy.” Castellón se levantó, dijo que no podía irse sin firmar. Yo le dije, “Licenciado, mi papá me dejó esto. Yo lo acepto. Lo firmaré mañana en su oficina, pero ahorita me voy.” Hilario se paró también, me agarró del brazo fuerte, me dijo al oído, bajito, para que los abogados no escucharan.
“Genobeba, ¿qué sacaste de esa caja?”, le dije, “Tierra, como estaba escrito en el testamento, él me apretó más. Me dijo, no te hagas pendeja. Sacaste algo. Lo vi desde la ventana. Le miré a los ojos. Le dije, “Suéltame, Hilario, me estás lastimando.” No me soltó. Aurora se acercó también. Me dijo, “Jeno, sí, muéstranos qué te dejó, papá.
Somos familia, compartamos.” Les dije, “No hay nada que compartir. Lo que me dejó es mío. Ustedes se quedaron con lo suyo. Déjenme en paz.” Hilario me apretó tanto el brazo que me salió una mueca de dolor. Los abogados voltearon. Castellón dijo, “Muchachos, por favor, tranquilicen esto.” Hilario me soltó, pero me dijo una cosa al oído antes de soltarme.
Me dijo, “Genobeba, hermanita, si tú crees que lo que sacaste es solo tuyo, te equivocas. Esa cosa lleva años siendo de la familia y tú no te la vas a quedar así no más. Le dije, Hilario, ven a quitármela, pero si vienes, ven armado, porque no voy a dejar que nadie me robe lo último que me dejó mi papá. Y salí de la casa.
Me subí a mi camioneta, una Nissan Frontier vieja que le había comprado a mi papá hace 4 años cuando él se compró la Ford nueva. Arranqué y salí rumbo a mi departamento en el malecón con el cofre apretado contra mi vientre como si fuera un hijo. Manejé las calles de La Paz viendo por el retrovisor a cada rato. No sé si me seguían, pero sentía que me podían estar siguiendo.
Llegué al malecón, me estacioné en el sótano del edificio, tomé el elevador hasta el quinto piso, entré al departamento, cerré con las tres cerraduras, puse la cadena, cerré las cortinas, saqué el cofre de debajo de la blusa, lo puse sobre la mesa de centro, agarré la llave, metí la llave en la primera cerradura, giré, click, metí la llave en la segunda cerradura click.
Levanté la tapa despacio, con el corazón latiéndome como cuando era niña y me asomaba a los regalos de Navidad antes de tiempo. Adentro había tres cosas. Primero, un mapa viejo, un mapa dibujado a mano en un papel grueso, medio amarillo, que parecía tener unos 80 o 90 años.
marcaba una zona específica de la península de Baja California Sur, unas montañas, una ensenada, unas cuevas y una X roja en un punto exacto. En el mapa estaba escrito con letra antigua, no la de mi papá. Las palabras mina Santa Regina. Año de la gracia, 1904. Segundo, un cuaderno. Un cuaderno pequeño con tapas de cuero café, con hojas amarillas apretadas de notas, todo escrito con la letra de mi papá.
Un cuaderno que tenía fechas desde 1980 hasta el año pasado. Era una bitácora, una especie de diario donde mi papá iba anotando cosas, cosas que él iba averiguando sobre algo. Pasaría horas en los siguientes días leyendo ese cuaderno. Tercero, una bolsa de terciopelo azul oscuro amarrada con un cordón. La agarré. Pesaba.
Pesaba como si adentro tuviera piedras. Desamarré el cordón, metí la mano y saqué saqué lo que había adentro. Y cuando lo vi, me senté en el piso de mi sala sin pensarlo. Se me aflojaron las rodillas y caí sentada. Mi amigo, mi hermano, necesito pausar esta historia por un instante y hablar contigo con el corazón abierto.
Esta semana recibí una noticia que me rompió el alma. YouTube desmonetizó nuestro canal. De un día para otro, todo aquello que mantenía vivas estas historias, todo lo que ponía comida en la mesa de mi familia fue cortado. Y te confieso, lloré. Pensé en rendirme. Pensé en borrar cada video y volver al silencio. Pero entonces me acordé de ti.
Recordé los comentarios, las lágrimas compartidas, las vidas que han sido tocadas por cada palabra contada aquí y no pude abandonar esta misión. Así que con lo poco que me quedaba, preparé un regalo especial para ti, un audiolibro completo con las historias más emocionantes que he contado, narrado con mi propia voz.
Está en el primer enlace fijado en los comentarios esperándote. Si tu corazón siente el llamado de apoyar, aunque sea con el valor de un cafecito, debes saber que eso es lo que hoy sostiene a mi familia y me permite seguir aquí. del otro lado de la pantalla contando historias para ti. No te lo pido por mí, te lo pido por la continuación de este camino que tú y yo construimos juntos.
Ahora respira hondo conmigo, porque lo que viene a continuación en esta historia te va a dejar sin palabras. Eran lingotes, lingotes pequeños del tamaño de una pastilla de jabón grande de plata, plata pura. Había como 20 lingotes adentro de esa bolsa con una marca grabada en cada uno, una letra S y una R. Santa Regina, la mina del mapa.
Mi papá, el salo, el hombre callado que trabajaba con agua de mar, el que nunca había hablado de riquezas, nunca había mostrado plata más que la poca que daban las ventas de la salinera. Mi papá tenía un cofre con lingotes de plata en la casa y un mapa de una mina del siglo pasado y un cuaderno de décadas de investigación.
Me quedé sentada en el piso un rato largo con los lingotes fríos entre las manos. pensando, procesando, tratando de armar una historia que tuviera sentido. ¿De dónde habían salido esos lingotes? Eran originales del siglo pasado. Mi papá los había sacado de la mina. Él mismo. Sabían mis hermanos que existían. Evidentemente sabían que existía algo.
Hilario me lo había dicho. La cosa lleva años siendo de la familia y yo no sabía nada, ni una palabra. Me paré, metí los lingotes de vuelta en la bolsa, metí la bolsa en el cofre, metí el mapa en el cofre, metí el cuaderno en el cofre, cerré el cofre con llave, lo escondí en el fondo del closet, detrás de las cajas de zapatos, debajo de una manta vieja.
Eché tres cerrojos más a las cerraduras del departamento. Me senté en el sofá y me puse a pensar qué hacer. Primero, lo primero, tenía que leer ese cuaderno, tenía que entender, tenía que saber qué había averiguado mi papá en 40 años de investigación, porque algo me decía que la respuesta a por qué había muerto mi papá estaba en esas páginas.
Me serví un mezcal, me encerré en el cuarto con el cuaderno. Empecé a leer el cuaderno empezaba en 1980. Mi papá tenía 37 años. Entonces decía así, hoy don Feliciano me contó la historia de la mina Santa Regina. dice que está abandonada desde 1920, que en los registros oficiales nunca existió, que era una mina clandestina de plata que dos españoles ricos de la colonia descubrieron a principios de 1900, que sacaron plata durante 16 años sin pagar impuestos al gobierno federal, que los agentes federales los mataron en 1920 cuando se enteraron que la mina
quedó sellada con dinamita, pero que la plata que ya habían sacado nunca se encontró. Don Feliciano dice que hay un mapa, un mapa que pasó de mano en mano entre los obreros salineros de la región durante cuatro generaciones. Un mapa que muestra dónde los españoles escondieron la plata antes de morir.
Mi bisabuelo lo tuvo. Se lo pasó a mi abuelo. Mi abuelo se lo pasó a don Feliciano y don Feliciano, que no tuvo hijos, me lo pasó hoy a mí. Seguí leyendo. Mi papá había estudiado el mapa durante años. Había ido personalmente a la zona, había identificado las montañas, había encontrado las cuevas y en una entrada de 1983, mi papá escribía, “Hoy encontré lo escondido, 57 lingotes de plata pura.

Los dejé adentro de la cueva, no los saqué. No los voy a sacar de golpe. Voy a ir sacando unos cuantos al año, los que nos haga falta en caso de necesidad para que nadie se dé cuenta. No voy a tocar nada más. Esto es para mis hijos, para cuando yo falte, para cuando les haga falta. Se me humedecieron los ojos.
Mi papá había encontrado un tesoro y no lo había tocado. Durante casi 40 años había tenido acceso a esos lingotes y no los había usado para hacerse rico. Había seguido viviendo de su salinera, de su trabajo, de su sudor, y había guardado los lingotes para nosotros como herencia para cuando hiciera falta.
Seguí leyendo. Las entradas de los años 80 y 90s eran pocas, tal vez una o dos por año. Mi papá anotaba solo las veces que iba a la cueva, las veces que sacaba un lingote para alguna emergencia. 1990 saqué dos para las operaciones de Cecilia. 1992. Saqué uno para pagar la entrada de la escuela privada de Hilario. 1995.
Saqué uno para el coche de Aurora. 2000 saqué tres para pagar la maestría de Aurora. 2002 saqué dos para el primer negocio de Hilario. Y así de pronto me di cuenta de una cosa. Mi papá había gastado lingotes en Hilario y en Aurora. En mí casi nada. en mí dos lingotes, uno para la universidad y uno para un coche, pero en los otros dos muchos.
Y sin embargo, en los últimos 10 años las entradas cambiaban. Mi papá empezaba a escribir cosas como, “2, Hilario volvió a pedirme dinero, no le di. tres años seguidos ha estado pidiendo. Empieza a sospechar que tengo algo más que la salinera. 2015, Aurora me pidió 100,000 pesos para una inversión. Le presté de la salera.
No toqué la plata. 2016, Hilario me amenazó. dijo que si no le decía dónde tenía el dinero escondido, él y su hermana me iban a llevar al asilo y a venderlo todo. Entre las páginas del cuaderno había una carta metida, una carta chiquita, doblada, sin sobre. La saqué, la abrí. Era de mi mamá, de mi mamá antes de morir, escrita con esa letra delicada que ella tenía, la letra de maestra de escuela.
Decía así. Eliseo, si me adelanto antes que tú, cuida a Genovea. Te lo pido por lo que más quieras. Los otros dos ya están formados, ya tienen sus vidas. Pero Genoveva apenas tiene 16 y es la más sensible. Es la que más se va a parecer a mí con el tiempo y la que más te va a acompañar. Cuídala. No le des todo. No la consientas, pero cuídala.
Y si algún día tienes que escoger entre los tres, escógela a ella, porque los otros dos ya se escogieron a sí mismos desde chiquitos. Ella es la única que todavía puede ser buena. Te amo, Cecilia. Lloré otra vez. Otra vez. Mi mamá le había pedido a mi papá que me cuidara. Le había pedido que si tenía que escoger me escogiera a mí.
y mi papá la había obedecido. Durante 22 años después de la muerte de mi mamá, mi papá había cuidado esa carta guardada y había seguido sus instrucciones. Hasta el último día. Se me paró el corazón otra vez. Mi hermano había amenazado a mi papá con llevarlo al asilo, con despojarlo, con venderlo todo.
Y esa amenaza tenía 7 años de antigüedad. 7 años. Y yo no sabía nada, absolutamente nada. Mi papá nunca me había dicho una palabra. Seguí leyendo. Las entradas de los últimos años eran las más gruesas, cosas como 2021. Hilario contrató a un investigador privado para seguirme los fines de semana. Lo vi detrás de mí en la carretera tres veces.
Me despisté yendo en caminos alternos. 2022. Aurora empezó a venir a la casa con preguntas raras sobre documentos viejos, sobre si había papeles del abuelo Peralta, sobre si yo tenía cajas fuertes en el banco. La fui despistando. 2023, Hilario me dijo a la cara que sabía que yo tenía algo escondido, que algún obrero viejo de las Salinas le había contado que si no le pasaba la mitad iba a denunciar.
¿Denunciar qué? le pregunté yo. Él me dijo lo que sea, lo que encuentre. Y yo le dije, “Hilario, pierdes tu tiempo. No tengo nada. La última entrada del cuaderno era del 8 de marzo, una semana antes de que mi papá muriera.” Decía así: “Hoy me asustaron mucho. Hilario y Aurora me vinieron a ver juntos a la casa. Me sentaron en la sala.
Me dijeron, “Papá, se acabó. Sabemos que tienes algo.” Lo sabemos. Un muchacho de confianza nos acaba de confirmar que en tus recorridos de los sábados vas a una cueva en la sierra, que hay cosas ahí, así que nos la entregas o nosotros la buscamos hasta encontrarla y empezamos por tu casa. Y si no está en tu casa, revolvemos tu salinera, tus bodegas, tu vida entera hasta que aparezca, porque nos la merecemos.
No le voy a contestar nada, ni hoy ni mañana, pero esta noche escondí algo debajo del limonero, bajo la excusa de regar. Enterré una caja. Adentro va lo más importante, los lingotes que siempre les iba a dejar cuando me muriera, pero ya no a los tres, no más a Genenobeva, porque ella nunca me pidió nada, ella nunca me amenazó, ella siempre estuvo.
Mañana voy a llamar a Castellón. y le voy a dictar un Nuevo Testamento, que yo también me reservo mis derechos, que si quieren guerra, guerra les voy a dar, aunque sea después de muerto. Cerré el cuaderno, me quedé mirando la pared, se me saltaron las lágrimas. Mi papá había cambiado el testamento la semana antes de morir.
Dos años no semana. La modificación de que hablaba el abogado era de dos años antes, pero esta era otra, una modificación más reciente, una que dejaba todo lo que realmente importaba enterrado en el patio para mí. Pero entonces algo se me quebró adentro porque me di cuenta de que mi papá había muerto 7 días después de esa entrada.
7 días. Y a los pocos días tenía que haber ido con Castellón para formalizar el Nuevo Testamento, pero no llegó porque mis hermanos llegaron primero la noche del 15 de marzo, a torturarlo, a obligarlo a que les dijera dónde estaba la plata. Y mi papá no les dijo, por eso lo mataron o lo acorralaron lo suficiente para que el corazón le reventara o le pusieron algo en la bebida, no sé, algo le hicieron y yo lo iba a averiguar.
Iba a averiguarlo aunque me costara la vida. Oye, si llevas rato escuchándome y sientes que esta historia te está atrapando, déjame un comentario ahorita. Quiero saber qué harías tú en mi lugar si tú descubrieras que tus hermanos mataron a tu papá por una herencia. Dime si pedirías justicia o si guardarías silencio por miedo, porque yo te juro, esa noche en mi departamento estuve al borde de no saber qué hacer.
A la mañana siguiente, madrugué, me vestí con jeans, botas de trabajo, una camisa de manta, agarré las llaves, bajé al estacionamiento, me subí a la camioneta y manejé directo a las Salinas de Las Cruces, porque tenía que hablar con alguien antes de seguir con esto. Tenía que hablar con don Amador Villacusa, el trabajador más viejo de mi papá, el obrero que había estado con él 40 años, el único que sabía todo, porque yo iba a necesitar aliados si iba a pelear esta guerra.
Y Don Amador era el primero. Don Amador tenía 78 años. vivía en una casita de un cuarto al fondo de la salinera con un corral de gallinas y un perro viejo que se llamaba Capitán. Cuando llegué en la camioneta, todavía no había amanecido. Don Amador estaba prendiendo la lumbre para el café. Me vio llegar, se sorprendió.
Me dijo, “Genobeba, ¿qué haces aquí tan temprano?” Le dije, “Don Amador, necesito hablar con usted solos ahorita.” Él me miró, no preguntó por qué. Me dijo, “Pásale, pon café tú también.” Me senté en un banquito frente a su hornilla. Le conté todo. Lo de la lectura del testamento, lo de la caja en el patio, lo del cofre, los lingotes, el mapa, el cuaderno, la última entrada sobre mis hermanos, amenazando a mi papá. todo.
Don Amador me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, él tardó como 5 minutos en contestar. Se tomó un trago largo de café, miró el fuego y me dijo, “Genobeba, hija, tu papá me hizo prometerle muchas cosas a lo largo de estos años. Una de ellas fue que si algo le pasaba, yo te cuidara a ti, a ti y a nadie más.
que tus hermanos estaban corrompidos desde hacía tiempo, que habían perdido el alma, que tú eras la única que merecía lo que él había guardado. Me dijo que cuando tú me vinieras a buscar, yo te iba a contar cosas que ni tú sabías, cosas que ni él te había contado, porque no te las quiso decir en vida por protegerte. Le pregunté, “¿Cómo qué, don Amador? Él me dijo primero que tu papá no trabajó solo en esto de la mina.
Hay dos personas más que saben, tienen que saberlo porque los tres se repartieron el trabajo hace 40 años. Uno era don Feliciano, que ya murió, otro era tu papá y el tercero sigue vivo. Se llama Primitivo Cocosío. Viven todos santos. Tiene 70 años. Es panadero. Tu papá y él eran compadres desde niños.
Tu padre me hizo jurar que te mandara a buscarlo, porque él sabe cosas que nadie más sabe. Le pregunté, ¿qué cosas? Don Amador me dijo cosas sobre tus hermanos, hija. Cosas feas, cosas que yo no te puedo repetir porque no son mías para repetirlas. Pero ve a verlo, ve con primitivo, menciona el nombre de tu papá.
Dile que vas de parte de Eliseo y él te va a contar lo que tiene que contarte. Pero ten cuidado, porque si tus hermanos ya supieron que te fuiste con algo esa tarde, te van a seguir, te van a cuidar de cerca. No vayas sola, lleva a alguien. Le pregunté, ¿a quién llevo, don Amador? Él sonrió por primera vez en toda la conversación.
Me dijo, “A mí, pues, ¿a quién más? Si tu papá me dijo que te cuidara, yo cumplo con mi palabra hasta la muerte. Agarra un sombrero mío y vámonos. Todos santos queda a hora y media. Me sonreí también. Por primera vez en 4 meses sentí que tenía a alguien de mi lado, a don Amador, el viejo de los ojos saltones, el de las manos huesudas, el que había estado con mi papá 40 años.
Ese señor, con su playera vieja y sus botas gastadas valía más que los dos hermanos que me habían tocado en la sangre. Salimos de la salinera a las 7:30 de la mañana rumbo a Todos santos en mi camioneta con don Amador de Copiloto fumándose un delicado sin filtro con la ventana abierta y yo manejando con la sensación de que esa mañana algo iba a cambiar en mi vida.
algo grande, algo que iba a decidir si me convertía en la víctima de mis hermanos o en la que les hacía frente. Don Amador no habló mucho en el camino, me dejaba pensar. Cada tanto miraba por el retrovisor. Me dijo, “Genove, no nos siguen por ahora, pero maneja tranquila. Si te siguen en el regreso, yo te aviso. Le dije, “Gracias, don Amador.
” Él me contestó, “No me agradezcas, hija. Esto lo hago por tu padre. Yo a tu padre le debo la vida. Me la salvó hace 40 años cuando casi me ahogo en un tanque de evaporación. Entró por mí, me sacó. Desde ese día, lo que necesite tu familia se lo doy. Esta es mi manera de pagarle, aunque sea a destiempo, porque con lo que me iba a contar el panadero primitivo cosío en su casa de todos santos, ese mismo día, yo ya no iba a poder seguir siendo la hija chica, la desheredada, la que siempre sobró.
iba a tener que convertirme en otra cosa, en una mujer con un tesoro escondido, con enemigos peligrosos en su propia familia y con una misión encomendada por su padre muerto. Y eso, te lo juro, no estaba preparada para hacerlo. Pero el destino no te pregunta si estás preparada. El destino no más te empuja y uno aprende a nadar o se ahoga.
No hay opción tres. Llegamos a Todos santos a las 9:15 de la mañana. El pueblo ya estaba despertando. Los restaurantes para turistas abrían sus puertas. Los pescadores regresaban de la costa con las capturas del amanecer. La panadería de don primitivo Cosío quedaba en la calle Hidalgo, a tres cuadras de la plaza principal.
Era una panadería chica de las de pueblo, con el letrero pintado a mano que decía la espiga sagrada, panes, pasteles y café de olla. Nos estacionamos enfrente. Bajamos. Don Amador me hizo una seña con la cabeza para que fuera adelante. Entré. Olía a pan recién horneado, a canela, a masa. Detrás del mostrador había un señor alto, delgado, calvo, con un mandil blanco manchado de harina, los brazos con muchos tatuajes viejos, desbaídos, los ojos negros muy penetrantes.
Era primitivo cosío. Me vio entrar, nos miró a los dos, se limpió las manos en el mandil, me preguntó con una voz ronca, “Buenos días, señorita. ¿En qué le puedo ayudar?” Le dije, “Don primitivo, vengo de parte de Eliseo Peralta. El panadero se quedó tieso, como si lo hubieran congelado. Tardó unos 3 segundos en reaccionar.
Después me miró con una atención nueva. Me preguntó, “¿Cómo se llama usted, señorita?” Le dije, “Soy Genoveva Carolina.” Su hija menor. Primitivo asintió despacio. Me dijo, “Usted se parece mucho a Cecilia, su madre. Tiene los mismos ojos.” me saludó de la mano a don Amador con un apretón largo. Le dijo, “Amador, qué bueno que la trajiste.
” Don Amador le dijo a primitivo, “Vengo con ella porque a Eliseo le prometí cuidarla. Tiene cosas que decirte, compadre.” Y usted tiene cosas que decirle a ella. Primitivo cerró la panadería. Le dijo a su empleado, “Un muchacho de como 16 años, cierra hasta el mediodía. Tenemos visita. Nos llevó a una salita trasera donde él vivía.
Una salita con dos sillones, una mesa, una Virgen de Guadalupe colgada en la pared y el retrato de una mujer vieja en un marco de madera. Probablemente su esposa muerta. Nos sirvió café, nos ofreció conchas. Nos sentamos. Yo le conté lo mismo que le había contado a don Amador, más breve esta vez, los lingotes, el mapa, el cuaderno, las amenazas, mi papá muerto con las uñas rotas, la marca roja en la muñeca, la casa revuelta, el testamento, hilario apretándome el brazo, Aurora riéndose, primitivo me escuchó sin interrumpirme. Cuando
terminé, él dejó pasar un silencio largo, se paró, caminó hasta una repisa. bajó una caja de metal oxidado, la puso sobre la mesa, la abrió. Adentro había fotos viejas, cartas, un rosario y una foto en particular que él agarró con cuidado y me mostró. Era una foto de tres muchachos como de 10 años en una plaza de pueblo, los tres descalzos, los tres con los mismos pantalones de manta, los tres sonriendo con esa sonrisa de niño pobre.
que todavía no sabe que es pobre. Me dijo, “Mira, Genovea, este soy yo. Este es Feliciano y este es tu padre. 1952, La Plaza de los planes. Tu papá tenía 9 años, yo nueve. Feliciano 12. Esta foto nos la tomó un fotógrafo ambulante que pasaba por el pueblo dos veces al año. A tu papá le regalamos esta foto, Feliciano, y yo cuando cumplió 30 años, porque era la única que tenía de su infancia.
Y cuando tu papá supo que se estaba muriendo, me la mandó de regreso con una nota que decía, “Guárdala y si algún día mi genobva viene a buscarte, muéstrasela, para que sepa que yo vengo de aquí, que no nací rico, que todo lo que hice lo hice yo solo con mis manos.” Le regresé la foto con las manos, temblándome primitivo me la empujó de vuelta. Me dijo, “No es tuya ahora.
Tu papá me pidió que te la diera. La metí en mi bolsa. La iba a poner en un marco cuando regresara al departamento. Era lo único que me quedaba visible de mi papá. Una foto de cuando era niño, antes de que la vida le diera todo lo que le dio, antes de que los hijos lo traicionaran. Me dijo Genovea.
Tu padre y yo fuimos amigos desde los 9 años con padres de bautizo, hermanos de la vida. Tu padre fue el hombre más honrado que conocí en 70 años en esta tierra y yo he conocido a muchos hombres, pero ninguno como él. Hace 40 años con don Feliciano, los tres hicimos un pacto, un pacto sobre la plata de la Santa Regina, que nadie iba a tocar esos lingotes hasta que la familia los necesitara de verdad, que la plata nos iba a servir para sacar a los hijos adelante, pero no para volvernos ricos de golpe.
íbamos a seguir trabajando como siempre, porque si cambiábamos la manera de vivir, íbamos a levantar sospechas y los federales podían volver a investigar lo que pasó en 1920. Cumplimos ese pacto, Genove, los tres. Don Feliciano lo cumplió hasta su muerte. Tu padre lo cumplió hasta hace 4 meses. Yo lo sigo cumpliendo ahorita.
No tengo ni un lingote en mi casa. Yo saqué los pocos que necesité para operarme de la próstata hace 8 años y ya no toqué nada más. Vivo aquí con lo que me da la panadería, no más eso. Ahora bien, hace 3 años, hija, tu hermano Hilario vino a buscarme a esta misma panadería. Me sentó ahí donde estás sentada tú.
Me dijo primero con buenas palabras, con cortesía. Me dijo don primitivo, “Sé que usted conoce el asunto de mi papá. Sé que hay cosas que se heredan por sangre. Queremos nuestra parte, yo mi hermana.” Le dije, “Hilario, yo no sé de qué me estás hablando.” Me dijo, “No se haga. Sé que mi papá tiene un secreto y sé que usted es parte de ese secreto.
” Le volví a decir, “No sé de qué me hablas.” Hilario se enojó. Me dijo que si no le decía iba a regresar con gente a cobrar, que me iba a ir muy mal. Le contesté Hilario, en mi panadería no entra nadie con amenazas. Dile a quien quieras que venga, yo voy a estar aquí horneando pan. Y si vienen, vienen, pero no a amenazar a un viejo.
Porque si me vienen a amenazar, yo también sé amenazar. Ya no será con los años de antes, pero con los míos basta. Hilario se fue furioso. No regresó, pero un mes después regresó con su hermana. Las dos veces las grabé en el celular que me enseñó mi nieto. Tengo las grabaciones, las guardé. Se las voy a dar.
Me dijo, “Tus hermanos, Genenobeva, son peligrosos. Llevan años coordinándose, llevan años buscando la plata. Pensaban que tu padre la iba a heredar. Cuando supieron que les había dejado casi todo en el testamento original, antes del cambio se frotaron las manos. Pensaron que cuando tu padre muriera iban a encontrar la plata fácil, no más revisando la casa y la salera.
Pero cuando tu papá modificó el testamento dos años atrás, se dieron cuenta de que no iba a ser fácil. Y creo, Genove, que esa noche del 15 de marzo fueron a torturarlo, a presionarlo, a obligarlo a decirles dónde estaba la mina o dónde estaban escondidos los lingotes. Y tu papá se resistió y del coraje, del miedo o de lo que le hicieron le reventó el corazón. Se me salieron las lágrimas.
Yo lo sabía. Pero que alguien me lo dijera, con esas palabras me partía el alma en mil pedazos. Primitivo siguió. Me dijo, “Hija, hay una cosa más que necesitas saber. Lo más importante, lo que tu papá no te contó, pero que yo sí te tengo que contar, porque si no no vas a entender todo.
” Le pregunté, “¿Qué, don primitivo?” me dijo, “Tu hermano Hilario está metido con gente pesada, narcos Tijuana que lo usa para lavar dinero a través de la Salinera, la sala de tu papá desde hace 6 años. Tu papá lo descubrió hace como 3 años. Por eso Hilario necesita desesperadamente la plata, porque la plata pura líquida se puede vender sin rastro.
Porque la gente con la que está metido le está pidiendo pagos que él no tiene como cumplir. Le han puesto plazos y Hilario está con el agua al cuello. Por eso atacó a tu papá así. Por eso se puso tan violento. No es solo ambición, es necesidad. Si Hilario no paga en los próximos meses, lo van a matar y él ya no le tiene miedo a nada.
Porque entre morir ahogado sin plata o pelear por la plata de su padre, escogió pelear. Me tapé la cara con las manos. Primitivo me dijo, por eso, Genove, yo te recomiendo una cosa y perdóname si suena fuerte, pero tu padre me la dijo y yo te la digo. Vende todo los lingotes, el mapa y vete, vete lejos de La Paz, de Baja California. Cambia de nombre si puedes.
Vete al sur, a Oaxaca, a Chiapas, a donde sea, porque si te quedas aquí con lo que tienes, en un mes estás muerta. Te matan. Te van a matar Hilario y Aurora o la gente con la que está metido Hilario, porque ellos no van a parar hasta conseguir la plata y tú la tienes. Así que véndela, sal de aquí y olvida todo.
Tu padre no te dejó esa herencia para que te murieras por defenderla. te la dejó para que vivieras bien. Me quedé callada un rato largo. Me agarré las manos, me las apreté, miré la imagen de la Virgen, miré el retrato de la esposa muerta de primitivo. Respiré hondo. Le dije, “Don Primitivo, le agradezco el consejo, pero yo no voy a huir.
Yo voy a pelear, porque si me voy, le quedo debiendo algo a mi papá y a mí misma. Mi papá murió defendiendo la plata y yo no voy a honrar su muerte yéndome con miedo. Voy a pelear. Primitivo suspiró. Me dijo, “Hija, admiro tu valor, pero el valor a veces no es suficiente. A veces lo único inteligente es correr.
” Le dije, “Don primitivo, con todo respeto, yo no nací para correr. Nací en este puerto. Crecí en esta tierra. Esta es mi casa y no me van a sacar hilario, ni aurora ni nadie de esta tierra. Yo me voy a quedar, pero necesito su ayuda. Necesito las grabaciones. Necesito que lo que usted me acaba de contar lo ponga por escrito.
Necesito pruebas porque voy a ir con la policía, no con la municipal que está comprada. Voy a ir con la federal, con alguien de fuera, y voy a denunciar lo del lavado de dinero y lo de la muerte de mi papá y voy a hacer que paguen los dos. Primitivo me miró con respeto nuevo, asintió, me dijo, “Está bien, hija.
Si esa es tu decisión, yo te apoyo. Te doy lo que tengo, pero tienes que hacerlo rápido porque ya pasaron 4 meses, porque ya te vieron sacar algo de esa caja esa tarde y porque ahora sí van a ir por ti. Cada día que pasas sin moverte es un día más de ventaja para ellos. Me paré, le di la mano, le agradecí. Don Amador también.
Primitivo nos dio una memoria USB con los archivos. Además nos dio un sobre con un testimonio escrito que ya tenía preparado, con fechas, con nombres, con lo que él sabía. Me dijo, “Esto lo tenía listo desde hace 6 meses. Tu papá me pidió que lo preparara. Supongo que ya sabía lo que iba a pasar. Tómalo. Salimos a la calle, nos subimos a la camioneta, regresamos a La Paz.
En el camino, don Amador me dijo, “Genenobeba, esta pelea no la vas a dar sola. Tienes más gente de tu lado de lo que crees. Los obreros viejos de la Salinera, don Melquíades, el cantinero. Yo, primitivo. Todos somos amigos viejos de tu padre. Todos estamos contigo. Dinos qué necesitas y lo hacemos.
” Le dije, “Don Amador, primero necesito pensar, necesito planear con calma. No puedo actuar de impulso, porque si me equivoco una vez, ya no hay segunda oportunidad. Llegamos a La Paz a las 2 de la tarde. Dejé a don Amador en las Salinas. Le prometí hablarle en los siguientes días. Seguí manejando hacia mi departamento, pero mientras manejaba por el retrovisor vi algo, una camioneta negra que me venía siguiendo desde la salida de Todos Santos. Aceleré.
La camioneta negra también aceleró. Me pasé dos altos. Ella también. Me metí a un estacionamiento de un Soriana. Me escondí entre los coches. La camioneta negra se paró afuera del estacionamiento. Esperó 10 minutos. Después se fue. Me quedé adentro del estacionamiento como una hora con el corazón saltándome del pecho, con las manos sudadas esperando.
Cuando me animé a salir, fui manejando por calles laterales hasta llegar al malecón. Entré al edificio por el estacionamiento subterráneo, subí al quinto piso, entré al departamento, cerré las tres cerraduras, puse la cadena, me senté en el piso de la sala y lloré. Lloré de miedo, lloré de rabia, lloré de tristeza.
Lloré porque me daba cuenta de que estaba metida hasta el cuello en algo que no había pedido. Lloré porque mi papá ya no estaba. Lloré porque mi mamá ya no estaba. Lloré porque tenía dos hermanos que querían matarme. Lloré porque en todo el mundo, en ese momento, me quedaban como tres o cuatro aliados y ninguno era mi familia de sangre.
Me quedé llorando un rato largo. Cuando se me acabaron las lágrimas, me paré, me lavé la cara, me preparé un café fuerte y me senté frente a la computadora. Si iba a pelear, tenía que prepararme, tenía que aprender, tenía que entender el sistema. Empecé a buscar en internet cómo denunciar lavado de dinero en México, cómo llegar a la Fiscalía General de la República sin pasar por la local, cómo exhumar un cuerpo para una nueva autopsia, cómo conseguir un abogado penalista que no estuviera comprado todo.
Hice una lista, me la organicé por prioridades. Oye, si estás siguiendo esta historia desde el principio y sientes que vale algo lo que te estoy contando, déjame pedirte una cosa. Porque producir estas historias cuesta mucho, cuesta tiempo, cuesta noche sin dormir, cuesta investigar, cuesta revivir emociones que uno preferiría dejar dormidas.
Si sientes que quieres apoyar este canal directamente, puedes hacerlo con un super thanks ahí abajo o uniéndote como miembro. No es obligatorio, lo juro por la memoria de mi papá, pero si lo haces, me ayudas a seguir contándote historias como esta. Te lo agradecería desde el fondo del pecho. Y ahora sí, déjame contarte lo que pasó después, porque de ahí para adelante todo se me puso peor antes de ponerse mejor.
Al día siguiente llamé a un abogado que una amiga me había recomendado, un licenciado de Cabo San Lucas fuera del círculo de la paz, que según me decía no era comprable. Se llamaba Fausto Ramírez Delgado. Le hablé por teléfono, le conté por encima lo que pasaba. Me dio cita para el día siguiente. Fui a cabo.
2 horas y media de carretera lo conocí. Era un señor como de 60 años, flaco, con el cabello gris largo, con unos lentes bifocales, con una oficina modesta pero ordenada. Le conté todo, todo lo que le había contado a don Amador y a Primitivo, más lo de la camioneta negra que me había seguido, más lo de los lingotes, más lo que acababa de aprender yo misma buscando en internet.
El licenciado Ramírez me escuchó tomando notas. Cuando terminé me dijo una cosa que me cambió la perspectiva. Me dijo, “Señorita Genove, usted no está peleando una herencia. Usted está peleando por su vida. Lo que su papá le dejó enterrado es valioso, sí, pero lo más valioso que tiene usted ahorita no son esos lingotes, es la información, es la evidencia de lavado de dinero.
Es el testimonio de don primitivo, es el cuaderno de su papá. Eso vale mucho más que la plata, porque con eso usted puede meter a sus hermanos a la cárcel. Sin eso usted está sola contra dos enemigos poderosos. Le dije, licenciado, entonces, ¿qué hago? me dijo, “Primero, resguarde todo. No lo tenga todo en el departamento, divídalo.
Ponga una copia en una caja de seguridad de un banco, otra copia en un lugar secreto, otra con usted, pero no todo junto. Segundo, denuncie formalmente lo del lavado. Yo la acompaño. Vamos a la Fiscalía General de la República en Tijuana. No en La Paz, porque en la paz tienen comprados a medio mundo.
Tercero, solicitamos la exhumación del cuerpo de su papá para una nueva autopsia, un forense independiente. Si encontramos rastros de golpes, rastros de ataduras, cualquier cosa rara, podemos abrir una carpeta de investigación por homicidio. Cuarto, mientras todo eso pasa, usted se protege, se cambia de departamento, se mueve, no mantiene rutinas porque sus hermanos van a tratar de presionarla y posiblemente atacarla.
Le pregunté, licenciado, ¿usted se atreve a tomar este caso sabiendo quién está metido? Me contestó, señorita, yo tengo 60 años y ya enterré a mi esposa y a dos hijos. A mí no me queda más que honor. Y ustedes, los Peralta, son gente que nunca ha tenido mala reputación, excepto sus hermanos. Su padre fue un hombre honrado.
Yo no conozco a su padre, pero he oído hablar de él toda mi carrera. Si Eliseo Peralta murió defendiendo algo que él creía justo, yo me sumo a ese lado. Sin pensarlo, le pagué un adelanto, firmamos un contrato. Acordamos ver los pasos. Salí de Cabo San Lucas con un aliado más, un aliado con título profesional, un aliado que podía hacer las cosas bien.
Regresé a La Paz. Esa misma tarde empecé a mover cosas. Fui al banco HSBC, abrí una caja de seguridad. Metí una copia del cuaderno de mi papá, el testimonio de primitivo, la memoria USB con las grabaciones y 10 de los lingotes. No todos. 10. para tener guardado y para tener suelto por si necesitaba moverme con algo rápido.
Los otros 10 lingotes los envolví en un plástico grueso y los metí en un lugar que mis hermanos nunca se iban a imaginar. Los metía adentro del tanque del inodoro de mi departamento, envueltos en plástico con dos capas, pegados al fondo con cinta waterproof, porque si alguien entraba a revolver, no iban a pensar en el tanque.
El cofre lo quemé en el patio del departamento. Con el mapa adentro lo prendí fuego, todo, porque si alguien me encontraba y me registraba, yo no quería tener en mi casa ningún rastro del cofre original. La evidencia ya estaba en el banco, los lingotes ya estaban separados y el cofre y el mapa originales ya no existían más. Esa noche dormí con la pistola de mi papá junto a la almohada, porque cuando regresé a la casa de mi papá esa misma tarde, con pretexto de recoger unas cosas personales, encontré la pistola.
Mis hermanos habían buscado en el cuarto, sí, pero no habían buscado en un lugar que solo yo sabía. en el estante de arriba del closet, adentro de una caja de zapatos que tenía un doble fondo que mi papá me había construido cuando yo tenía 8 años para guardar mis secretos de niña. Ahí estaba la pistola con seis balas y un sobre con $,000 en efectivo.
Y una nota, la nota decía, “Mi hija, si encuentras esto es porque soy muerto. La pistola está cargada, úsala si tienes que usarla y no vaciles. Eliseo, me salieron las lágrimas otra vez. Dos días después, el licenciado Ramírez y yo viajamos a Tijuana en avión. Sin decirle a nadie, hicimos la denuncia formal en la Fiscalía General de la República.
Los agentes federales me escucharon con atención. Recibieron la memoria USB con las grabaciones. Recibieron el testimonio de primitivo. Abrieron una carpeta de investigación por lavado de dinero. Me prometieron protección si la necesitaba. El agente que me recibió se llamaba Ernesto Dueñas, un hombre de unos 40 años, alto, delgado, con una barba cerrada, con una mirada seria, pero no fría.
me dijo, “Señorita Peralta, voy a ser honesto con usted. Casos como este tardan meses, a veces años. La ventaja que tenemos es que usted trae evidencia muy sólida. Grabaciones, testimonio firmado, bitácora del difunto. Con esto podemos armar una investigación que resulte en órdenes de apreensón en cuatro o 5 meses.
Pero para ese tiempo usted va a tener que cuidarse sola. No tenemos capacidad de darle escolta permanente. Le vamos a pedir que nos mantenga informados, que cambie de lugar con frecuencia, que no hable con nadie que no haya filtrado el licenciado Ramírez. ¿Me entiende? Le dije, “Sí, agente, entiendo.” Me dijo otra cosa.
Señorita, si en algún momento su vida corre peligro inmediato, llame a este número. Es el mío personal. 24 horas. Yo voy a poder mandarle apoyo de la delegación estatal, aunque sea lento. Prefiero que me llame usted viva y me diga que está en peligro, a que me llamen los vecinos a decirme que encontraron un cuerpo.
Me entregó una tarjetita con el número. La metí en el compartimento secreto de mi cartera. Regresamos a La Paz el día siguiente. Al llegar encontramos que alguien había entrado a mi departamento mientras yo estaba fuera. Habían forzado la cerradura, habían revuelto todo, papeles, ropa, libros. Los lingotes que yo había escondido en el tanque del inodoro seguían ahí porque no habían buscado en ese lugar, pero habían buscado en todos los demás.
Se habían llevado una cosa, mi laptop, donde yo tenía las búsquedas de internet que había hecho, los correos con el abogado Ramírez, cosas que podían comprometerme. Le hablé al licenciado, le conté lo que había pasado, me dijo, “Genove, esto se está poniendo feo. Usted tiene que salir de ese departamento ya hoy mismo.
Recoge lo esencial, los lingotes del tanque, la pistola, documentos y váyase a un hotel. Uno pequeño sin reservación a su nombre. Páguelo en efectivo. Quédese ahí hasta nuevo aviso. No se quede donde la puedan encontrar. Lo hice esa misma noche. Saqué los 10 lingotes del tanque, saqué la pistola, saqué el pasaporte, mi acta de nacimiento, mi cédula, cosas importantes.
Me fui a un hotel chiquito de la colonia Perla, fuera del radar. Pagué en efectivo tres días por adelantado y esa noche en un cuarto con el ventilador dando vueltas en el techo y el ruido del tráfico en la calle, mientras yo me preguntaba cómo había llegado mi vida a ese punto, alguien tocó a la puerta. Me paré con la pistola en la mano, con las manos temblándome.
Le pregunté quién era. Me contestó una voz de mujer, una voz conocida. Era Aurora, mi hermana. Le dije a través de la puerta, “¿Qué chingados haces aquí? ¿Cómo me encontraste?” Ella me contestó, “Hermanita, ábreme. Vengo sola sin hilario. Tengo algo que decirte, algo muy importante, algo sobre nuestro papá, algo que tú no sabes, pero qué necesitas saber.
” Le dije a Aurora, “Vete, no voy a abrir. Si tienes algo que decirme, me lo dices por teléfono.” Ella me dijo, “Genobeba, por favor, te juro por mi hijo Osvaldito que vengo en paz.” Hilario se volvió loco. Hilario va a venir a matarte esta noche con unos tipos. Yo no quiero eso. Yo vine a avisarte porque a pesar de todo eres mi hermana. Déjame entrar, por favor.
Ábreme. Le pregunté desde la puerta sin abrir. ¿Por qué debería creerte, Aurora? Después de todo lo que me hicieron, ella lloró. Del otro lado de la puerta la escuché llorar. Me dijo Genovea. Porque soy yo la que te llamó por teléfono la noche que murió papá. Yo le marqué a él primero desde afuera de la casa.
Le dije, “Papá, no abra la puerta. Viene Hilario con dos tipos.” Pero papá no me contestó porque ya estaba con ellos adentro. Yo estaba en el jardín de enfrente. Vi todo. Vi a Hilario entrar con esos tipos y yo no hice nada. Me quedé paralizada. Hoy vengo a pedirte perdón y a ayudarte, porque después de 4 meses de verte sola con esto, ya no aguanto más. Genovea, por favor, ábreme.
Me quedé en silencio un minuto entero, pensando, midiendo, mientras afuera mi hermana seguía llorando bajito. Me acordé de Aurora Chiquita, de cuando tenía 6 años y yo dos, y ella me cargaba en el patio porque a mí me daba miedo el perro del vecino. Me acordé de Aurora a los 12, enseñándome a amarrarme las agujetas. De Aurora a los 18.
defendiéndome de un muchacho en la escuela. Esas habían sido otras auroras antes de que el marido la volviera tacaña y amargada, antes de que el hijo la consumiera, antes de que Hilario le sembrara en el oído la idea de que yo era la más consentida de la casa. Pero también me acordé de las malas, de Aurora riéndose ayer en la sala, de Aurora quedándose con la casa paterna, sin preguntar si yo quería algún recuerdo, de aurora firmando papeles con los abogados, sin mirarme a los ojos.
Y sin embargo, había dicho una cosa concreta, que había llamado a mi papá la noche que murió, que había estado ahí. Si era mentira, no iba a aguantar 5 minutos de interrogatorio. Si era verdad, era oro. Era evidencia directa. Era un testigo. Le contesté a través de la puerta, Aurora, vas a hacer lo siguiente.
Vas a sacar tu celular ahorita. vas a ponerlo en grabación y vas a decir tu nombre completo, la fecha, la hora y vas a repetir lo que me acabas de decir y después me lo vas a mandar por WhatsApp. Y si haces todo eso, yo te abro. Si no lo haces, vete. Hubo un silencio. Escuché el sonido de un celular. Escuché a mi hermana decir con voz cortada, soy Aurora Peralta Monroy. Hoy es tal día.
Son las 8:30 de la noche. La noche que murió mi padre, yo estuve afuera de la casa. Vi a mi hermano Hilario entrar con dos hombres que no conocía. No hice nada para impedirlo. Me paralicé. Mi hermano Hilario le propinó presión física a mi padre para obtener información sobre un tesoro familiar. Mi padre murió durante esa confrontación.
No llamé a la policía, oculté el hecho. Hoy vengo a pedirle perdón a mi hermana Genoveva y a denunciar lo que pasó. Después de unos segundos, mi celular sonó con el mensaje. Abrí el WhatsApp. Ahí estaba el audio, lo escuché completo. Era la grabación que yo le había pedido. Me quedé quieta un momento. Después abrí la puerta, pero no completa, no más una rendija, con la pistola apuntando directamente a la cara de Aurora, que estaba parada en el pasillo, sola, sin nadie detrás, con las manos abiertas hacia los lados para mostrarme que no
traía nada. Le dije, “Aurora, pasa lento, con las manos arriba. Si veo que alguien aparece detrás de ti, disparo. Ella asintió, entró con las manos arriba, lloraba. Yo cerré la puerta, puse los tres cerrojos, le dije, “Siéntate ahí en esa silla, no te muevas.” Ella obedeció, se sentó, bajó las manos y se tapó la cara y lloró hundiéndose hacia adelante.
Me senté en la otra silla con la pistola sobre la mesa a una mano. Le dije, “Empieza por el principio.” Ella levantó la cara. Empezó. Me dijo Genove, llevo 6 meses aguantando esto desde que empezó todo. Hilario vino a mí hace 6 meses y me dijo, “Mira, Aurora, papá tiene una plata escondida, mucha, vale millones. Tengo pruebas, tengo un investigador y yo le estoy debiendo gente mala.
Si no le saco la plata a papá, me matan y a ti te conviene ayudarme, porque la mitad va a ser tuya. Yo le dije, Hilario, no me metas en cosas feas. Tengo un hijo, no puedo. Pero él me presionó, me amenazó con contar cosas mías al marido. Tengo un asunto con otro hombre hace años, un amante. Y Hilario lo sabe.
Me amenazó con contarle a mi esposo. Yo soy cobarde, Genoveva. Yo siempre he sido cobarde y le dije que sí. Me quedé sin aire. Mi hermana me confesaba una aventura extramatonial de muchos años y me confesaba que se había dejado chantajear por Hilario para traicionar a nuestro papá. Siguió. Me dijo al principio iba a ser no más presionarlo, asustarlo, para que nos dijera dónde estaba la plata.
Los días antes del 15 de marzo, Hilario pasó noches enteras revisando cuadernos viejos de papá, facturas, documentos del banco. No encontraba nada, se estaba volviendo loco. Los tipos que le cobran le pusieron fecha límite. 15 de marzo, ese mismo día. Entonces Hilario decidió ir a la casa con dos hombres a obligarlo a hablar.
Yo le dije, “Hilario, no vayas con violencia.” Y él me dijo, “Cállate, Aurora. Si no vienes tú también, tu marido va a saber de tu amante mañana.” Yo tuve que ir, pero no entré. Me quedé afuera. Llamé a papá desde el celular para avisarle que no abriera, pero papá ya estaba con ellos adentro. Los oí gritar, los oí golpear. Yo me quedé paralizada en el jardín.
No entré a ayudarlo, no llamé a la policía, no hice nada y cuando salieron escuché a Hilario decir, “El viejo se murió, No lo aguantó el corazón.” Escuché que se subieron a la camioneta y se fueron. Yo me acerqué a la casa, entré, lo vi muerto y en lugar de llamar a la ambulancia salí corriendo porque tenía miedo de que me involucraran.
Llegaste tú 20 minutos después, llamaste a la ambulancia tú. Me quedé muda. Mi hermana estaba confesando ser cómplice de la muerte de nuestro padre. Una cómplice pasiva, pero cómplice al fin, por cobardía, por chantaje, por esconder una infidelidad. Le pregunté, “¿Por qué hoy, Aurora? ¿Por qué hoy me vienes a contar todo esto?” me dijo, “Porque hoy, Genove, hoy Hilario me llamó y me dijo que esta noche iba a resolver el problema, que sabía dónde estabas tú, que tenía cómo entrar al hotel y que si yo quería quedarme con mi parte, que me
esperara sin hacer ruido.” Yo le pregunté qué va a pasar con Genoveva. Él me dijo, “Lo que tenga que pasar.” Y ahí, Genoveva, ahí fue cuando reaccioné. Porque matar a papá fue una cosa. Papá ya tenía 73 años. Pero matarte a ti, mi hermana chica, la que cargué en el patio cuando eras bebé, no, no puedo, no pude.
Agarré el coche, vine para acá y aquí estoy pidiéndote perdón y ofreciéndote mi ayuda, toda lo que sea. Voy a testificar, voy a contar todo a los agentes. Voy a ir a la cárcel si me tengo que ir. Pero salvemos nuestras vidas, por favor. Me quedé mirándola, a esa mujer destruida en una silla de un hotel de la colonia Perla, a la hermana que me había traicionado durante 6 meses y que ahora venía a salvarme la vida.
Ya no era la aurora de ayer, ya no era la llena que se había reído cuando Hilario me dijo, “Huérfanita, era otra, una mujer quebrada, desnuda, con todas las máscaras en el suelo.” Le dije a Aurora, “Tengo que llamar al licenciado y a la gente de Tijuana ahorita mismo. Mientras yo los llamo, tú vas a escribir en un papel con tu letra todo lo que me acabas de decir.
vas a firmarlo y después vas a grabar otro audio con más detalles. Nombres de los hombres que iban con Hilario, cualquier cosa que recuerdes. Y si Hilario viene esta noche al hotel, vamos a estar listos. Tú te escondes en el baño, yo lo recibo con la pistola y cuando llegue la policía lo agarran. Aurora asintió. Llamé a la gente dueñas primero a su número personal.
Me contestó al tercer timbre. Le conté todo en 3 minutos. Me dijo Genove, “No te muevas del hotel. Voy a llamar a la delegación estatal y voy a pedir apoyo urgente. Que lleguen unidades en 30 minutos y voy a llamar a la gente de la paz que está trabajando conmigo. Su nombre es Bernal. Él va a llegar primero. Él es de confianza.
Es el único que es de confianza allá en el puerto. Aguanten las dos. Le hablé al licenciado Ramírez, le conté lo de Aurora, le conté que iba a testificar. Me dijo, “No la dejes mover. Agarra las grabaciones, firma el testimonio, todo. Yo salgo para allá. Estoy en cabo, pero voy a manejar ahorita.” Aurora sacó una pluma de su bolsa, agarró una hoja de papel membretada del hotel, empezó a escribir con la letra temblorosa, pero escribió página y media, nombres, fechas, cantidades, cómplices de hilario. Los dos hombres que habían ido
esa noche a la casa, uno se llamaba el trueno, el otro el Pelotas. Tijuanenses, conexión con un operador chiquito del cartel. Aurora sabía mucho más de lo que yo pensaba. Firmó la hoja, me la pasó, la puse en mi bolsa. 20 minutos después tocaron la puerta fuerte. Yo me puse en posición con la pistola.
Aurora se metió al baño. Pregunté quién era. Una voz de hombre me contestó, “Soy el agente Bernal, Fiscalía General de la República, delegación La Paz. Me manda Ernesto Dueñas, traigo placa. Abra la puerta con calma. Me asomé por la mirilla, un señor alto de traje con una placa en la mano. Le pedí que pasara la placa por debajo de la puerta. Lo hizo.
La revisé. Era real. Abrí. Bernal entró. Era el agente federal. Venía con dos más. Saludó rápido. Me pidió que le entregara la confesión escrita de Aurora. Se la di. La leyó rapidísimo. Me dijo, “Genoveva. Voy a dejar dos unidades afuera del hotel. Si llega Hilario, lo capturamos. Aurora me la llevo a resguardo para interrogatorio formal.
Tú te quedas con una escolta dentro del cuarto. Está bien, todo controlado. Aurora salió del baño, se dejó esposar, me miró antes de salir, me dijo, “Genobeba, gracias por creerme. No merecía que me creyeras, pero gracias, le dije Aurora. Todavía no sé qué siento por ti, pero gracias por venir. Por lo menos hiciste algo.
Se la llevaron, la metieron en una patrulla. Se fueron. Yo me quedé en el cuarto con el agente Bernal y otro muchacho joven. Bernal se sentó en un sillón. El muchacho se paró al lado de la puerta. Yo me senté en la cama con la pistola sobre las piernas. Le pregunté al agente bernal, “¿Ahora qué, agente?” me dijo, “Ahora, señorita, esperamos.
Si Hilario viene, lo agarramos esta noche. Si no viene, abrimos órdenes mañana con la declaración de su hermana y lo capturamos en su casa. Esto ya no se detiene, ya no tiene marcha atrás.” Le pregunté, “¿Y yo?” Me dijo, “Usted está en riesgo las próximas 72 horas. después va a estar más segura, porque una vez que Hilario esté detenido y sus cómplices también, los de arriba que lo están usando van a perder interés en usted porque ya no va a valer la pena.
Pero las próximas 72 horas son críticas, así que aguante aquí y confíe en nosotros. Le dije, “Confío a gente.” Le dije algo más. Le dije, “A gente, no entiendo una cosa. ¿Por qué mi papá, si tenía miedo de que pasara esto, nunca se fue a vivir con alguien? ¿Por qué se quedó en esa casa solo sabiendo que lo estaban acechando?” Bernal me miró, me dijo, “Señorita, cuando los hombres son de la generación de su papá, no huyen, se quedan.
Enfrentan las cosas en su casa. Eso es lo que aprendieron de sus padres, no huir. Su papá no iba a dejar esa casa ni esa salinera, por orgullo, por dignidad y por algo más. Tal vez por esperarla a usted, Genoveva, por cuidarle hasta el final la herencia que le quería dejar. Se me salió una lágrima porque la gente tenía razón.
Mi papá se había quedado esperándome, sabiendo que iban a venir, sabiendo que tal vez no iba a salir con vida. Pero esperando a que yo un día leyera el testamento, cavara bajo el limonero y encontrara lo que él me había guardado durante 40 años. Esa noche Hilario no apareció en el hotel. Probablemente Aurora no le había llegado a decir dónde estaba, o el cambio de planes de ella lo asustó.
Los agentes esperaron toda la noche afuera. A las 5 de la mañana, cuando ya salía el sol, me dijeron, “Genobeba, no viene.” Vamos a cerrar aquí. Usted se va a una casa de seguridad que tenemos en La Paz. Póngase algo ligero. Agarre lo esencial. Salimos. Ahora agarré los 10 lingotes que tenía en el cuarto, la pistola, el pasaporte, la foto de mis papás cuando eran jóvenes y la foto que primitivo me había dado esa mañana.
De tres niños descalzos en los planes, salí con los agentes, me subí en la patrulla trasera y me llevaron a una casa de seguridad en la colonia Fidepaz, al norte de La Paz. Esa misma mañana a las 8 los agentes fueron a la casa de Hilario con orden de apreensón por la declaración de Aurora más las evidencias que yo había entregado.
Lo arrestaron, lo encontraron empacando una maleta. Se iba a ir a Estados Unidos esa tarde no alcanzó. Se llevaron a Hilario y a los dos hombres que estaban con él. Los tres entraron al penal de la paz ese mismo día. Y mi hermana Aurora, aunque también fue detenida, consiguió por su cooperación una reducción importante de la pena. iba a pagar menos años a cambio de su testimonio completo en el juicio.
Y yo, en la casa de seguridad, con una agente mujer cuidándome la puerta, me acosté en una cama que no era la mía, con las sábanas que olían a detergente barato, con el ventilador dando vueltas, con la certeza, por primera vez en 4 meses, de que algo se había empezado a resolver, pero todavía faltaba mucho.
Faltaba el juicio, faltaba la sentencia, faltaba la segunda autopsia de mi papá, que iba a confirmar semanas después, sin duda, que había habido presión física en el cuello y moretones en los brazos. Faltaba reconstruir mi vida, faltaba recuperar la salinera, faltaba decidir qué iba a hacer con esos lingotes y faltaba, sobre todo, aprender a vivir sabiendo que mi propia sangre me había querido matar y que la hermana que me había traicionado también me había salvado la vida.
Y eso, te lo juro, iba a ser el hueso más duro de Roer, porque la cabeza me iba a tardar años en acomodar esas dos cosas juntas, traición y salvación, maldad y redención, viniendo de la misma persona, de mi hermana Aurora, de la que cargué en el patio cuando yo era bebé y ella tenía 6 años.
Esa madrugada acostada en la casa de seguridad cerré los ojos. Me dormí por primera vez en 4 meses. Dormí profundo, sin soñar, sin despertarme cada hora. No más dormí. Como duerme alguien que ha llegado al fondo del pozo y ya empieza a subir poquito a poco hacia la luz. Las semanas siguientes a la captura de Hilario fueron lentas, como manejar una camioneta vieja por un camino de terracería.
Avanzas, pero despacio, con el cuerpo rebotando, con el polvo entrándote por la ventana, sin saber bien cuándo vas a llegar. Pero avanzando, me quedé 10 días en la casa de seguridad de Fide Paz, 10 días viendo la televisión mientras la agente Lucrecia, una mujer de unos 40 años con un uniforme azul marino y con un arma siempre al cinto me acompañaba sin hablar mucho.
Ella me preparaba el café en las mañanas, yo le preparaba la comida en las tardes. Aprendí que tenía dos hijos en ensenada, que se había divorciado hacía 5 años, que odiaba el pescado, pero lo comía de vez en cuando por educación. Ella aprendió que yo era bióloga marina frustrada, que mi papá había sido salinero, que no sabía cocinar muy bien, pero me defendía.
Fue una compañía rara, una compañía de circunstancia, pero agradable. El agente bernal venía a verme cada dos días. Me ponía al tanto de lo que iba pasando. Me dijo que Hilario estaba en el penal federal de la paz negando todo al principio, pero después flaqueando cuando le mostraron las grabaciones de Primitivo y la declaración escrita de Aurora.
Me dijo que los dos hombres que habían ido con él esa noche del 15 de marzo habían confesado a cambio de reducir sus penas. Uno de ellos, el que le decían el trueno, había contado con detalle lo que le habían hecho a mi papá. Lo habían agarrado por los brazos, lo habían sentado en la cama. Hilario le había puesto una almohada sobre la cara para que hablara.
Mi papá había aguantado, había gritado que no iba a decir nada. Hilario le había presionado el pecho con la rodilla, le había dicho, “Viejo cabrón, ¿me vas a decir dónde está esa plata o aquí te quedas?” Mi papá, sofocándose había seguido callado. Y en algún momento, durante esa presión el corazón le reventó. El forense después confirmaría marcas compatibles con asfixia parcial y compresión toráxica.
Cuando escuché eso, llorando en una silla de la casa de seguridad, lloré como no había llorado en toda mi vida, porque supe que mi papá se había muerto defendiéndome, defendiendo lo que me quería dejar, defendiendo su dignidad, defendiendo la plata, no por el dinero, sino por el pacto de 40 años que había hecho con Feliciano y con Primitivo.
Mi papá había muerto como un hombre, como el hombre que siempre había sido. A los 11 días me dejaron salir de la casa de seguridad. Los de arriba, la gente pesada con la que Hilario estaba metido, habían perdido interés en mí, porque con Hilario detenido y con las investigaciones federales abiertas, la plata ya no era un objetivo viable.
Lo que ellos querían era desaparecer del radar, ya no acercarse al caso. Así que el riesgo se redujo. No se fue del todo, pero se redujo. Y yo podía salir de la casa de seguridad y rehacer mi vida con precauciones, sin rutinas fijas, sin salir mucho de noche. Pero salir, le pedí a don Amador que me acompañara a buscar otro departamento, uno nuevo, en otra parte de la ciudad.
Lejos del malecón donde todos me conocían, encontramos uno en la colonia Bellavista, en el segundo piso de un edificio chiquito, tranquilo, con vista a un parque. Me mudé ahí con lo poco que me quedaba. La salinera quedó en limbo legal durante meses porque el testamento le había dejado la salinera a Hilario y Hilario estaba detenido.
Los trabajadores seguían trabajando sin jefe, sin pagos claros, sin saber qué iba a pasar. El licenciado Ramírez presentó una impugnación del testamento. Argumentó que el testamento modificado dos años atrás se había hecho bajo presión emocional de Hilario. Argumentó que había evidencia de maltrato familiar constante durante años y pidió que se ejecutara el testamento más reciente, el que mi papá había planeado la semana antes de morir y que nunca había formalizado.
Sabíamos que era una batalla larga, pero contábamos con algo. Contábamos con la última entrada del cuaderno de mi papá del 8 de marzo, donde él mismo escribía que iba a modificar el testamento. Contábamos con la declaración del licenciado Castellón, el abogado amigo de Hilario, que bajo presión y amenaza de perder su licencia, reconoció que dos años antes había redactado el testamento bajo instrucciones que le habían parecido raras.
Castellón se salvó de ir a la cárcel al cooperar. perdió su cédula, pero no fue detenido. Con todo eso, 6 meses después del entierro de mi papá, un juez federal emitió una sentencia reconociéndome como heredera universal de la Salinera de Las Cruces. Hilario perdió todo. Aurora mantuvo la casa paterna y los bienes que le habían tocado a cambio de su colaboración con las autoridades, pero tuvo que pagar una multa grande.
La casa en cabo quedó embargada porque tenía hipoteca que Aurora no podía cubrir sola. Me quedé con la Salinera. El primer día que fui como dueña a las oficinas de la Salinera, los 12 trabajadores se pararon en fila. Don Amador estaba a la cabeza. Les dije, “Muchachos, yo sé que el mundo se les movió hace meses.
Yo sé que no sabían si iban a tener trabajo o no. Yo sé que me ven chica, mujer, con cara de no saber mandar. Pero les voy a decir dos cosas. Primera, aquí nadie pierde su trabajo. Todos siguen con los sueldos que tenían, con los bonos que les había prometido mi papá. Segunda, no voy a administrar yo sola.
Voy a traer a una persona de confianza que me ayude con los números, pero la parte de la sal, la calidad, las certificaciones, los contactos con los compradores, eso lo voy a hacer yo, porque de eso sí sé. Y don Amador, que es el más viejo y el más sabio de ustedes, va a ser mi supervisor general de planta. Él va a ser mi brazo derecho.
Los trabajadores aplaudieron. Don Amador se quitó el sombrero. Le dije una cosa más al final. Les dije, “Muchachos, mi papá me enseñó algo que nunca voy a olvidar. me enseñó que esta salinera es de los trabajadores también, no solo mía, que la sal la hace el sol, el mar y el trabajador.
Sin ustedes aquí no hay negocio. Así que voy a pedir que todos ustedes reciban un aumento del 10% a partir del próximo mes y que cada fin de año reciban un bono equivalente a dos meses más de sueldo, porque así lo hubiera querido mi papá y porque ustedes se lo ganan todos los días del año. Los 12 me dieron un aplauso largo, varios lloraron.
Don Fidencio, el más viejo después de don Amador, se acercó y me abrazó llorando. Me dijo, “Gracias, Genoveva. Tu papá estaría orgulloso.” Le dije, “Don Fidencio, yo no más estoy siguiendo lo que me enseñó. No es invento mío.” Él me dijo, “Aún así, hija, aún así, gracias.” Esa tarde, sola en la oficina de mi papá, me senté en su silla, en ese escritorio viejo de madera, donde él firmaba todos sus papeles, con su lámpara de latón prendida, con el ventilador del techo dando vueltas.
Saqué del cajón una foto de él y yo juntos de hace como 10 años, tomada en la salinera cuando yo acababa de empezar a trabajar con él. Los dos sonriendo, los dos con las botas llenas de salitre. Puse la foto sobre el escritorio, le hablé en voz baja, le dije, “Papá, voy a cuidarla, le voy a cuidar todo.
No se preocupe, cierre los ojos donde esté. Yo me encargo. Si te está llegando esta historia hasta aquí, dale like al video si crees que tomé las decisiones correctas o si piensas que debía hacer algo distinto. También me sirve saber qué piensas. Los siguientes meses me fui reacomodando, despacio, muy despacio. Con los lingotes tomé una decisión que hubiera sido difícil para cualquiera.
No me los quedé. No vendí los 20 de la caja, ni fui por los otros 37 que quedaban en la cueva de Santa Regina. Decidí otra cosa. Hablé con el licenciado Ramírez. Le dije, “Licenciado, yo quiero donarlos a un museo. Quiero que la historia de la mina se conozca. Que la gente sepa lo que pasó en 1920 con los españoles.
Que la gente sepa que mi padre y sus compañeros guardaron esta plata durante 40 años porque creían que pertenecía a una historia más grande que la suya. El licenciado me miró sorprendido. Me dijo, “Genobeba, esos son millones”, le dije, “Lo sé, pero esos millones me los quiero ganar yo con mi trabajo, con la salera.
Mi papá se murió por esa plata. No me voy a quedar con ella. La voy a devolver al pueblo de Baja California Sur, a través del Museo de Antropología de la Paz. El licenciado aceptó. hicimos los trámites. 57 lingotes, incluidos los 20 de la caja y los 37 que después fuimos a sacar de la cueva con acompañamiento del INA y de las autoridades federales, terminaron donados al museo con una placa que decía colección Eliseo Peralta Godoy en honor a mi papá, en honor a don Feliciano que ya había muerto, en honor a don primitivo Cosío que seguía
haciendo pan en todos santos. Los tres nombres quedaron grabados en una placa de bronce en la vitrina donde se exhiben los lingotes. Y cualquier persona que visita la paz hoy puede ir al museo y ver la historia completa, la historia de una mina clandestina de plata que atravesó un siglo, cuatro generaciones de salineros y que terminó en manos de una hija que decidió que no era para ella. Mi papá hubiera hecho lo mismo.
Eso yo lo sabía. Pasó un año, pasó otro. La salinera empezó a crecer. Conseguimos la certificación orgánica que estábamos persiguiendo desde antes de que muriera mi papá. Empezamos a exportar a tres restaurantes gourmet en San Diego y a dos en Los Ángeles con pedidos mensuales. Contratamos a cuatro trabajadores más.
Compramos una camioneta nueva, una Ford doble rodada para repartir en mayor volumen, pero la Ford Ranger verde Olivo de mi papá la dejé como estaba, estacionada afuera de la oficina, con las llaves adentro del contacto. la usaba para dar vueltas por los tanques de evaporación los sábados por la mañana, como había hecho mi papá toda la vida, con mi termo de café con leche en el portavasos, con las ventanas abiertas para sentir el aire del desierto al amanecer.
Fui a visitar a Aurora a la cárcel tres veces. La primera vez fue muy incómoda. Las dos estuvimos lejos de ahogarnos en el silencio. La segunda fue más tranquila. Hablamos del hijo de Osvaldito, que se había ido a vivir con el papá después del divorcio. Aurora iba a perder muchos años con él. La tercera vez lloramos las dos juntas.
Le dije que no la había perdonado, pero que entendía y que cuando saliera si quería venir a ayudar en la salinera como trabajadora más. Yo no me iba a oponer. Ella me dijo que no sabía si se iba a atrever a regresar a La Paz después, que tal vez se iba a ir lejos. Le dije, “Aurora, decide tú cuando salgas.
” A Hilario no lo fui a ver ni una vez. No me interesó. El licenciado Ramírez me dijo que probablemente iba a salir en 15 años y se portaba bien, que iba a salir como de 57. Le dije, “Licenciado, para mí es como si no saliera, porque aunque salga para mí Hilario se murió el 15 de marzo junto con mi papá.
Esa madrugada del 15 fue el día que perdí a mi hermano mayor, no el día que salga de la cárcel. Don Amador siguió siendo mi supervisor de planta hasta los 82 años. Entonces le pedí que se retirara. Le dije, “Don Amador, usted ya dio todo lo que tenía que dar. Descanse. Le ofrecí una pensión vitalicia del 70% de su último sueldo. Él al principio no quería.
Decía que trabajando se iba a morir como tenía que ser. Le dije, “Don Amador, pero ya deje que le cuide alguien. Cuando se retiró por fin, le regalé la Ford Ranger verde olivo. Le dije, “Úsela, es suya. Mi papá se la hubiera dado también. A él le hubiera gustado que usted tuviera esa camioneta.” Don Amador lloró.
me abrazó como si yo hubiera sido su hija y durante tres años más, hasta que se murió de viejo a los 85 se paseaba en la Ford Verde Olivo, por las calles de La Paz, con la ventana abierta, con la mano apoyada en el volante, viéndose a sí mismo feliz. Don primitivo vino a mi boda. Sí, me casé a los 39 años con un biólogo marino uruguayo que se llamaba Matías Acuña, que había venido a La Paz a estudiar leones marinos para un posdoctorado en la UABCS.
Nos conocimos dos años después de que mi papá se muriera en una cena casual organizada por una compañera de la universidad. Empezamos a salir. Él no tenía idea de todo lo que yo había pasado. Le fui contando de a poco. Conforme la confianza crecía, Matías me aceptó con toda mi historia, con toda mi mochila, con todos mis miedos.
Y yo lo acepté a él con todos los suyos. Nos casamos 3 años después de conocernos en una boda chiquita en la playa de Balandra con 30 invitados. Don primitivo hizo el pan. Don Amador me entregó en el altar improvisado que hicimos en la arena porque ya no tenía a mi papá. Aurora no pudo venir porque estaba en la cárcel todavía, pero me mandó una carta, una carta larga que leí llorando en la habitación del hotel la noche antes de la boda.
Me felicitaba, me pedía perdón otra vez, me deseaba lo que mi papá hubiera deseado, una buena vida. Matías y yo tuvimos un hijo 2 años después. Le pusimos Eliseo en honor a mi papá. Eliseo Acuña Peralta. Nació en el hospital Salvatierra, el mismo donde yo había nacido. Lo cargué en brazos 40 minutos después de parirlo en la habitación del hospital. Lo miré.
Tenía los ojos verdes claros, verdes gris, como los de mi papá, como los míos. Le dije en voz baja a Eliseo, “Mi hijo, bienvenido. Tu abuelo te está viendo. Aunque no lo veas, él te está viendo y te va a cuidar toda tu vida. Ahora Eliseo tiene 4 años. va a preescolar, va a las Salinas los sábados conmigo con su termo chiquito de leche con chocolate.

Yo con mi termo de café con leche, manejando la Ford Nueva porque la verde olivo ya estaba con Don Amador en ese entonces. Le voy enseñando las cosas como mi papá me las enseñó a mí, cómo se hace la sal, cómo se cuidan los tanques, cómo se reconoce el grano que está listo. Le voy contando historias de sus abuelos, de mi papá, de mi mamá, aunque él todavía es muy chico para entender, algún día va a entender.
Hace unos días, Eliseo me preguntó, “Mamá, ¿por qué ese señor viejito que viene a comer a veces nos trae pan?”, Le contesté, “Porque ese señor es muy importante en mi vida, mi hijo. Se llama Don Primitivo. Fue amigo de tu abuelo, el mejor amigo, y ahora es parte de nuestra familia.” Eliseo me preguntó, “¿Y por qué no viene más seguido?” Le dije, “Porque vive lejos, en todos santos, pero cada que podemos vamos a verlo.” Eliseo se quedó pensando.
Me dijo, “Mamá, cuando sea grande voy a llevar pan yo también.” Le dije, “Eso está bien, mi hijo, eso está muy bien. Yo miro a mi hijo a veces y pienso, pienso que la vida es una cosa rara, que uno a veces pierde todo para ganar lo que no sabía que iba a ganar, que uno a veces cree que está al fondo del pozo y resulta que apenas estaba empezando a caer y que la caída, si uno aguanta, termina siendo una subida.
” Mi papá me enseñó eso sin decírmelo con palabras. me lo enseñó con su vida, trabajando 40 años en el mismo oficio, criándonos a los tres sin quejarse, soportando la traición de dos hijos, muriendo en silencio para protegerme, confiando en que yo iba a entender, confiando en que la caja con tierra iba a ser suficiente.
y lo fue. Porque debajo de esa tierra no estaban solamente los lingotes, debajo de esa tierra estaba el reconocimiento, estaba la respuesta a por qué mi papá me había escogido a mí para cuidar la herencia real. La herencia que no era de plata, era de valores, de dignidad, de palabra empeñada, de 40 años de fidelidad a un pacto.
Eso es lo que mi papá me dejó. Los lingotes eran no más el envase, el contenido era otro. Todavía voy a visitar la tumba de mi papá al panteón municipal de la paz, cada cumpleaños mío, cada cumpleaños de él, cada aniversario de su muerte, cada 2 de noviembre. Le llevo flores blancas, le limpio la tumba, le cuento cómo va todo, de la salinera, de Eliseo, de Matías, de don primitivo que se está poniendo viejito.
A veces voy sola, a veces con mi hijo, a veces con mi esposo, nunca con Aurora, porque cuando Aurora salió de la cárcel, se fue a vivir a Guadalajara y no ha vuelto al puerto. Nos escribimos una vez al año en Navidad. Nada más. Hace tr meses, en una de esas visitas me senté en la banca frente a la tumba de mi papá y le hablé en voz alta.
Le dije, “Papá, ya se cerraron las cuentas. Hilario sigue en la cárcel. Aurora le estoy escribiendo de vuelta, aunque me cuesta. La Salinera está fuerte. Eliseo, su nieto, ya tiene 4 años. Don Amador ya está con usted allá arriba platicando de las viejas anécdotas. Don primitivo le manda saludos. Todo está en su lugar, papá. Todo.
Me quedé callada un rato viendo las cruces, viendo los pájaros que volaban bajo, sintiendo el calor del sol pegando en las losas. Y después le dije una cosa más. Le dije, “Papá, no más tengo una duda. Si usted me escucha, deme una señal. Yo quiero saber si lo que hice con los lingotes estuvo bien, si donarlos al museo fue la decisión correcta, porque a veces cuando veo cómo nos cuesta mantener la salinera, pienso que tal vez debía haberme quedado con algunos para asegurarle el futuro a Eliseo. Démela esa señal, papá, si me
escucha, yo la voy a esperar. Me paré, caminé hacia la salida del panteón. Ya en la puerta pasó algo que me puso la piel de gallina. Un viejito que yo no había visto antes, como de 80 años, vestido con una camisa de manta color hueso, apareció caminando en el sendero de enfrente con un sombrero en la mano.
Cuando pasó junto a mí, me miró, me sonrió y me dijo, “Señora, no se preocupe. Su papá aprueba lo que hizo.” Y se siguió caminando. Me quedé petrificada. Me di la vuelta para decirle algo, pero el viejito ya no estaba ni en el sendero, ni en ninguna tumba cerca. Había desaparecido. Era imposible. Había caminado solo 10 m. Pude haber pensado que me estaba imaginando cosas.
Pude haber pensado que el calor me había hecho ver visiones. Pero no. Yo sé lo que vi y yo sé lo que escuché. Y desde ese día, te lo juro, dejé de dudar de si había tomado las decisiones correctas. Mi papá me había mandado su señal a su manera, como él siempre mandaba sus señales, sin hacer mucho ruido, con una frase corta y desapareciendo después.
Eso pasó hace 3 meses. Hoy es un miércoles cualquiera. Son las 8 de la noche. Yo acabo de acostar a Eliseo. Matías está en la sala leyendo un libro de cetáceos. Yo estoy en la cocina preparando un té de canela. Afuera, en el patio de nuestra casa de la colonia Bellavista, hay un limonero que planté hace dos años chiquito, dando sus primeros limones.
Debajo del limonero no enterré ninguna caja. No hace falta, pero me acuerdo del otro, del limonero de mi papá, que por cierto mandé trasplantar a la salera cuando vendimos la casa paterna. Está allá junto a la oficina. Sigue dando frutos. La vida se acomodó. No es perfecta. Nada es perfecto. Mi hermano está en una cárcel. Mi hermana vive lejos.
Mi papá está muerto. Mi mamá también. Tengo un hijo que un día me va a preguntar por qué no tiene tíos cerca y le voy a tener que contestar con cuidado, con honestidad, pero sin crueldad, contándole pedazos conforme crezca, hasta que entienda todo. Pero también tengo cosas que no esperaba. Tengo un esposo que me ama, tengo un hijo sano, tengo una salinera que funciona.
Tengo amigos viejos como don primitivo. Tengo la memoria de don Amador. Tengo los recuerdos de mi papá en cada sábado que me subo a la camioneta y manejo rumbo a las Salinas antes del amanecer. Tengo, sobre todo paz, una paz que me costó mucho, pero que es mía, que me la gané. La herencia real de mi papá no fueron los lingotes, fue esto.
Fue la vida que estoy viviendo ahora. Fue la mujer en la que me convertí. Fue el haber aprendido que el apellido Peralta puede significar dignidad si uno lo carga con cuidado. Que uno puede perder a la familia de sangre y ganar otra de elección. Que las cajas con tierra a veces contienen más que las cajas con oro.
Si uno sabe dónde buscar, si uno tiene paciencia para escarvar, eso es lo que yo hice esa tarde de abril, escarbé con las uñas rotas, con los dedos sucios, con mis hermanos riéndose de mí, pero escarbé y lo que saqué de ese hoyo no fue solo un cofre de metal con lingotes, fue una vida, la mía, la que mi papá me había estado preparando desde que yo tenía 6 años y él me llevaba a las Salinas.
los sábados en la Ford Ranger Verde Olivo. Hoy sigo escarvando en cierta forma, sigo buscando, sigo aprendiendo. Y cada día en la salinera, cuando veo el agua del mar evaporándose bajo el sol del desierto y dejando esos granitos blancos de sal que después van a sazonar comidas en todo el mundo, me acuerdo de él, de mi papá, del hombre callado, del hombre de las manos gigantes, del hombre que murió protegiendo a la hija más chica, que apenas era la que se había ganado el derecho de cargar su nombre.
Eliseo Peralta Godoy, mi padre, que donde estés, papá, sepas que todo está bien, que todo se compuso, que Genove sí entendió que tardó unos meses, pero entendió y que va a seguir entendiendo el resto de su vida hasta que le toque a ella también irse. Y entonces, papá, me vas a recibir y nos vamos a sentar los dos en una banca, donde sea que estén las bancas en el otro lado con una Ford Ranger Verde Olivo estacionada cerca y me vas a decir, “Mija, te esperaba.
” Y yo te voy a decir, “Ya llegué, papá, ya llegué. Pero por ahora, mientras tanto, sigo aquí con el té de canela, con el libro de Matías en la sala, con Eliseo chiquito dormido en su cuarto, con los limones verdes colgando del árbol del patio, con la vida, con lo que quedó, con lo que se construyó, con lo que voy a seguir construyendo hasta que se me acabe el tiempo.
Y cuando me toque irme también voy a dejar algo enterrado, no lingotes, eso no. Voy a dejar cartas, diarios, fotos, cosas escritas, cosas que expliquen a mi hijo. Y si tiene hijos a mis nietos, ¿quiénes fuimos? ¿Quién fue su abuelo Eliseo? ¿Quién fue su bisabuela Cecilia? ¿Quién fui yo? ¿Qué hicimos? ¿Por qué lo hicimos? para que no se pierda, para que el hilo siga, porque las familias no se terminan con una muerte, las familias se siguen tejiendo, mientras haya alguien vivo que acuerde cómo iban los hilos y yo voy a ser ese alguien mientras me alcance la
vida y cuando ya no me alcance, le tocará a Eliseo, que ya le estoy enseñando sin que él se dé cuenta. Los mismos sábados en la salinera que mi papá me enseñó a mí. El oficio se hereda, la saleda, la dignidad se hereda. Eso es lo que me dejó mi papá debajo de una caja con tierra negra y húmeda que olía a salitre y a hierbabuena, debajo de 80 cm de tierra en el patio de una casa en la colonia Juárez, debajo de un limonero que él plantó el día que yo nací, me dejó el oficio, me dejó la sal, me dejó la dignidad y con eso te juro sobra.
Yeah.