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Repartieron La Herencia Y Solo Le Dejaron Una Caja Con Tierra… Pero La Había Abierto Antes De Nacer

La hija menor está arrodillada en el patio de la casa paterna, frente a una caja de madera podrida llena de tierra negra y húmeda. Mientras en la sala los hermanos se reparten escrituras, joyas y cuentas de banco sin voltear a verla. “Déjala ahí con su basura”, grita el hermano mayor desde la ventana riéndose con los abogados.

 La desheredada no levanta la cabeza. Hunde las dos manos hasta el fondo de la caja y empieza a escarvar hasta que las uñas chocan con algo duro envuelto en un trapo que su padre cosió a mano. Esto, esto es lo que mi papá escondió toda la vida. Esto es por lo que ellos lo torturaron antes de morir. Que nadie firme esos papeles, que nadie salga de esta casa, que nadie se atreva a tocar la puerta hasta que yo desenvuelva lo que mi padre me dejó enterrado a mí.

Antes de continuar, necesito contarte algo que está pesando en mi pecho. YouTube desmonetizó nuestro canal y hoy es la única forma que tengo de sostener a mi familia y seguir trayéndote estas historias. Por eso preparé un regalo, un audiolibro completo grabado con mi propia voz como forma de agradecimiento.

Está en el primer enlace de los comentarios. Ahora respira conmigo, porque lo que viene a continuación te va a marcar para siempre. La tierra olía a ese olor salado que solo hay cerca del mar, a salitre mezclado con hierba buena a humedad de pozo viejo. Mi papá había llenado esa caja con tierra traída de las Salinas donde trabajó toda su vida, la de las cruces, allá por la salida a todos santos.

 Yo reconocí el olor de inmediato. Era el olor de las botas de mi papá cuando volvía del trabajo a las 6 de la tarde, el olor de su ropa cuando se la quitaba en el patio antes de meterse a bañar. El olor de esa tierra arenosa, marrón oscuro, con granitos blancos de sal atrapados entre los terrones, que era una mezcla que solo existía en ese pedazo de Baja California Sur, donde la península se angosta y el mar de Cortés besa casi casi al Pacífico.

Tenía las manos temblándome. Sé si de coraje o de la emoción de haber encontrado algo después de 3 horas de humillaciones en esa sala. Me aparté el cabello de la cara con el antebrazo porque tenía las dos manos sucias y seguía escarvando. El trapo era una franela azul idéntica a las que mi papá usaba para limpiar las herramientas del Tejaban.

 Estaba cocida con hilo grueso, con puntadas torpes, esas puntadas que uno aprende a reconocer cuando ha visto a un hombre viejo intentar coser por primera vez en su vida. Era la costura de mi papá, sin duda, como la que le había hecho al dobladillo de mis jeans cuando yo tenía 14 años y mamá estaba enferma y no podía levantarse a ayudarme. Saqué el bulto. Pesaba.

 Pesaba como medio ladrillo. Lo puse sobre mis rodillas. La franela estaba tiesa por la humedad de la tierra. Mis hermanos seguían hablando en la sala, riéndose, sirviéndose whisky, del que mi papá guardaba para las fiestas y que ahora ya era de ellos, porque ellos se habían quedado con todo. Hilario, el mayor festejaba con los abogados.

 Aurora, la del medio, firmaba papeles con una sonrisa de llena. Y yo, Genove Carolina, la hija menor, la arrimada, la que siempre sobró, estaba arrodillada en el patio con las uñas negras y con un bulto envuelto en franela azul que estaba a punto de cambiarme la vida. Pero antes de abrir ese bulto, antes de ver lo que mi papá me había dejado enterrado a mí y solamente a mí, tengo que contarte cómo llegamos hasta aquí.

Porque para que entiendas el peso de ese momento, tienes que saber quién era mi papá. Tienes que saber cómo se murió, tienes que saber lo que mis hermanos le hicieron. Y tienes que saber por qué yo, la menor, la que nunca tuvo voz en esa casa, fui la única que recibió una caja con tierra, mientras los demás se repartían millones.

 Me llamo Genoveva Carolina Peralta Monroy. Tengo 37 años. Nací en La Paz, Baja California Sur, en el hospital Salvatierra aquella madrugada de febrero, que según mi mamá fue la más fría que había tenido el puerto en 20 años. Soy la más chica de tres hermanos. Me lleva 10 años Hilario, 7 años Aurora. Yo fui el accidente, el chiquito que llegó cuando mis papás ya casi se estaban resignando a tener nás dos.

 Por eso mi mamá me decía siempre mi sorpresa, mi regalo, mi paloma. Y por eso mi papá, que era un hombre de pocas palabras, me decía nomás mi hija. Pero me lo decía con una voz que a los otros dos nunca les dijo nada. Mi papá se llamaba Eliseo Peralta Godoy. Nació en un pueblo chiquito llamado Los Planes, a una hora al sur de La Paz, en 1943, hijo de campesinos.

Creció descalso hasta los 8 años. empezó a trabajar en las Salinas del Mogote a los 12, cargando cubetas de agua de mar para los evaporadores. A los 18 ya era supervisor de un turno. A los 30 tenía su propio pedazo de tierra arrendado en la sala de las cruces, donde producía sal de grano gruesa, esa que se usa para curar pescado y para conservar quesos.

 A los 35 se casó con mi mamá, Cecilia Monroy Vargas. que era maestra de primaria en la escuela niños héroes. Tuvieron a Hilario al año, a Aurora 3 años después, a mí 10 años después. Y para cuando yo nací, mi papá ya tenía su salinera propia, pequeña, modesta, pero suya, con 12 obreros que le ayudaban, con dos camionetas de tres toneladas para repartir la sal y con un nombre que se había ganado en toda la región por ser un hombre cumplido, serio y que pagaba a tiempo sus compromisos.

Mi papá era un hombre alto. Cuando yo era niña, me parecía un gigante. Tenía la piel curtida por el sol del mar, color marrón oscuro, y las manos callosas como cáscaras de coco viejo. El cabello chino, siempre corto, canoso desde los 40, los ojos verdes claros, un verde medio gris que contrastaban con su piel oscura de una manera que llamaba la atención.

Vestía casi siempre playeras de algodón blanco y pantalones de mezclilla. Usaba botas de trabajo color miel, las mismas marca y modelo durante 30 años, que él mismo se compraba cada año en la ferretería del puerto. Era un hombre callado, pero no sombrío. como son los hombres del desierto, que miden sus palabras, porque en el desierto las palabras se las lleva el viento y hay que guardarlas para cuando de veras valen.

 No era frío, era reservado, pero cuando hablaba lo que decía se recordaba porque nunca decía cosas por decir, decía cosas que pesaban. Me acuerdo de una vez, yo tendría como 14 años, que mi papá me llevó a una cantina en el centro de La Paz. Se llamaba El dragón, una cantina vieja, de esas que huelen a cerveza derramada y a madera mojada.

 Mi mamá se había enterado y se había enojado muchísimo. Le había dicho Eliseo, “¿Cómo se te ocurre llevar a la niña a una cantina?” Mi papá le había contestado a Cecilia, “La niña tiene que ver cómo se toma un hombre una cerveza sin hacer tonterías. Prefiero enseñarle yo a que aprenda con uno que no le importe.

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