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EL CASO QUE OCURRIÓ EN 2019 Y CONGELÓ PERÚ: BODA QUE TERMINÓ CON UN HOMBRE DESAPARECIDO

Un caso que comenzó con una boda de ensueño en el bohemio distrito de Barranco en Lima y terminó con una familia destrozada, una investigación policial llena de preguntas sin respuesta y un hombre que hasta el día de hoy no ha dicho toda la verdad sobre lo que ocurrió aquella noche. El nombre de la víctima es Luisa Amaral. Tenía 29 años. Era arquitecta.

Soñaba con construir casas para otros mientras construía su propia vida junto al hombre que amaba. El nombre del esposo es Bruno Pedam. Tenía 34 años. Ingeniero, carismático, conocido en su círculo social como alguien encantador, seguro de sí mismo, siempre con una sonrisa en la cara. Pero esa sonrisa, dicen quienes lo conocieron de cerca, escondía algo que nadie supo ver a tiempo.

Esta es la historia de una luna de miel que duró 4 días, de un amor que terminó en silencio, de una mujer que salió a caminar en la noche y nunca más regresó, y de un misterio que todavía años después sigue sin resolverse completamente. Prepárate porque esta historia no te va a soltar. Suscríbete al canal, activa la campanita de notificaciones para que no te pierdas ningún caso y deja un like en este video y en los comentarios cuéntame desde qué ciudad o país estás viendo esto.

Me encanta leer cada uno de sus mensajes. Lima, Perú, enero de 2019. El distrito de Barranco en verano tiene una luz particular. No es la luz violenta del mediodía que aplana los colores y cansa los ojos. Es una luz suave, dorada, que llega desde el Pacífico cargada de humedad y hace que todo brille como si el mundo hubiera sido pintado con acuarela.

Las bugambilias moradas caen sobre las fachadas coloniales. Los cafés abren sus puertas a la brisa. Y en las noches de enero, cuando la ciudad se afloja el nudo de la corbata y respira, Barranco se convierte en el lugar más romántico del Perú. Fue en ese escenario donde Luisa Amaral y Bruno Pedam eligieron celebrar el día más importante de sus vidas.

El salón de eventos La Cazona del Sur, ubicado a pocas cuadras del famoso puente de los suspiros, había sido reservado con casi un año de anticipación. Luisa era meticulosa para los detalles, como correspondía a una arquitecta formada en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Había elegido cada elemento de la decoración con la misma precisión con que diseñaba sus planos, centros de mesa de orquídeas blancas, manteles de lino crudo, velas altas en candelabros de bronce y una iluminación cálida que hacía que los rostros de los

invitados brillaran como en una película de época. La madre de Luisa, Adriana Amaral, recordaría mucho después, en declaraciones a la prensa que esa noche fue la más feliz de su vida. “Mi hija estaba resplandeciente”, diría con la voz quebrada. Nunca la había visto así, tan [carraspeo] plena, tan segura de que estaba tomando la decisión correcta.

Y es que Luisa y Bruno llevaban 3 años de relación. Se habían conocido en una conferencia de construcción sostenible organizada por el Colegio de Ingenieros del Perú allá por 2016. Él la había abordado con una frase sobre el ángulo de inclinación de un techo que, según contaba ella con carcajadas, era la excusa más creativa que le habían puesto en su vida.

A partir de ahí, todo había fluido con una naturalidad que Luisa describía como inevitable, como si el universo hubiera decidido que esas dos personas debían estar juntas. El noviazgo fue tranquilo, sin grandes tormentas. Bruno era ordenado, puntual, detallista. Llevaba flores sin que hubiera un motivo especial. Recordaba los cumpleaños de los tíos de Luisa.

Cocinaba los domingos. era en apariencia el compañero ideal. Sin embargo, hay algo que Adriana mencionaría meses después a los investigadores, casi como al pasar, como quien menciona algo que no sabe si tiene importancia. Bruno siempre necesitaba tener razón, siempre, en las cosas pequeñas y en las grandes.

Y cuando no la tenía, se ponía distante, frío, como si se apagara por dentro. Nadie prestó atención a eso en ese momento. Era enero, era verano, era una boda. La ceremonia comenzó a las 7 de la tarde con una liturgia religiosa en la capilla adyacente al salón. Luisa llegó del brazo de su padre Ernesto Amaral, un hombre de 58 años, ingeniero jubilado, que trataba de contener el llanto con la misma dignidad con que había contenido todo en su vida.

cuando la vio avanzar por el pasillo con el vestido de Tul Marfil que ella misma había diseñado, porque Luisa era así, incapaz de dejar que otros hicieran lo que ella podía hacer mejor, Ernesto dejó escapar una lágrima que no intentó ocultar. Bruno esperaba al altar con una sonrisa amplia. Estaba bien parecido esa noche. Traje azul marino, corbata blanca, cabello peinado con cuidado.

A su lado, su testigo y mejor amigo, Marco Delgado, le susurraba algo al oído que lo hizo reír justo cuando Luisa llegó a su altura. Los votos fueron escritos por ellos mismos. El de Luisa era poético, lleno de imágenes arquitectónicas. habló de construir una vida juntos, como se construye una catedral, piedra por piedra, con paciencia y con fe.

El de Bruno fue más corto, más directo, pero emotivo. Prometió ser su refugio, su puerto seguro, el hombre con quien ella podría envejecer sin miedo. La recepción duró hasta pasada la medianoche. Hubo piscosa saur y ceviche en la entrada, lomo saltado y causa rellena como platos principales y un pastel de tres pisos decorado con flores de azúcar que Luisa había encargado a una repostera de miflores.

La banda tocó salsa, cumbia y algunos boleros que pusieron a bailar hasta los abuelos. En las fotos de esa noche, muchas de las cuales serían publicadas meses después por la prensa en un contexto muy diferente, Luisa aparece radiante en todas, riendo, abrazando a sus amigas, bailando con su padre, mirando a Bruno con una ternura que no necesita traducción.

Bruno también aparece sonriendo, pero hay algo en su mirada en algunas de esas imágenes que los analistas de redes sociales y los miles de ciudadanos que se convirtieron en detectives aficionados señalarían obsesivamente en los meses siguientes una especie de distancia, como si una parte de él estuviera en otro lugar o como si supiera algo que los demás aún no sabían.

A la 1 de la mañana, entre aplausos y pétalos de flores, Luisa y Bruno salieron del salón tomados de la mano. Un auto decorado con cintas blancas y una pancarta que decía, “Recién casados, los esperaba afuera.” Los invitados los despidieron con gritos y risas. Adriana lloró de nuevo. Ernesto se mordió el labio para no hacerlo. Nadie en ese salón esa noche podía imaginar que esa sería la última vez que muchos de ellos verían a Luisa Amaral con vida, o al menos la última vez que la verían libre y feliz.

Al día siguiente, la pareja tomó un vuelo de Lima al aeropuerto de Pisco y de ahí un traslado privado al balneario de Paracas. Los esperaba una semana en el Beach Front Paradise Resort, un complejo de cabañas de lujo frente al océano, conocido por sus atardeceres espectaculares y su proximidad a las islas ballestas, las pequeñas Galápagos del Perú.

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