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Antes de morir, LIBERTAD LAMARQUE REVELÓ el OSCURO SECRETO que destruyó a su hijo

funciones a beneficio de los presos políticos, festivales sindicales, recitales en plazas públicas donde una nena de 7 años cantaba para que los presos pudieran comer. Esa es la primera escena real de la biografía de libertad la Marque. No el conservatorio, no las clases de canto con maestros italianos. Una niña flaca de zapatos remendados recitando poemas a los presos políticos del puerto de Rosario.

Y todavía hay algo más oscuro, algo que ella misma cuenta en su autobiografía, pero que pocos se atrevieron a citar. Su madre, Josefa Bouza, a la que llamaban Peppa, venía de la Coruña en España. Era una mujer dura, marcada por la pobreza y por una primera viudez en Francia con cinco hijos a cuestas. Cuando se mudó a Argentina, volvió a casarse, esta vez con un sastre que resultó ser un bígamo.

Estaba casado en otro lado y nunca se lo había dicho. Cuando se descubrió, Peppa amenazó con denunciarlo y el hombre huyó a Francia. Imagina la infancia de libertad. Una madre traicionada dos veces, un padre anarquista entrando y saliendo de comisarías, hermanos mayores que se habían perdido en la marina y una casa donde no había dinero, pero sí ideología, donde no había estabilidad, pero sí canciones, donde la palabra libertad significaba todo y nada al mismo tiempo.

Hay una escena de esos años que se me clava cada vez que la vuelvo a leer. La madre de libertad, Peppa, la castigaba haciéndola arrodillar sobre granos de maíz. Una vecina, harta de escuchar los llantos de la niña, fue una vez a la comisaría a denunciar a la madre. Esto no aparece en los homenajes, no aparece en los pósters del centenario, aparece en una autobiografía publicada en 1986 y luego enterrada por décadas.

Libertad, la marque, la diva de América, la voz que enamoró a un continente, fue de niña una víctima de violencia doméstica. Y eso lo entendemos hoy con más claridad que entonces deja marcas que no se borran ni con todos los aplausos del mundo. A los 12 años se subió a un escenario con un grupo llamado Los Libres.

A los 14 ya cantaba en giras por el interior del país. A los 15 empezaba a viajar por provincias. Y a los 18 grabó su primer disco con la empresa Víctor, un sello con el que se quedaría toda la vida ocho décadas seguidas. Imagínate la magnitud de eso. Ocho décadas grabando para la misma compañía. Es un récord que probablemente nadie va a volver a romper en la historia del fonógrafo.

Pero los aplausos no la salvaron y aquí empieza la primera grieta de su vida, la primera caída, la primera muerte simbólica antes de la muerte real. Y atento, porque esto es algo que vas a encontrar repetido en cada etapa de su existencia. Cada vez que parecía que tocaba el cielo, alguien le cortaba las alas desde adentro. En 1925, con apenas 16 años, Libertad estaba en una gira por el sur de Argentina cuando conoció a un hombre llamado Emilio Romero.

Algunos dicen que se llamaba José María, otros lo registran como Emiliano. Lo que está claro es que era apuntador de teatro, trabajaba en el Smart, tenía 31 años y la doblaba en edad. Ella tenía 16, él tenía 31. Hagan la matemática. Estamos hablando de una niña casi y un hombre adulto que sabía exactamente lo que hacía. Volvieron a encontrarse meses después en el cabaret Tabarís en Buenos Aires, y en menos de un año se habían casado contra la opinión de la familia, contra el consejo de las amigas.

Libertad estaba enamorada o estaba huyendo, no se sabe bien. Su biografía no aclara cuál de las dos cosas pesaba más. Lo que sí sabemos es que el matrimonio fue con sus propias palabras un infierno. Emilio Romero era alcohólico y era ludópata y era violento. Tres ingredientes que en cualquier época, pero más en 1927, formaban un cóctel devastador para una mujer joven sin recursos legales para defenderse.

Libertad no podía denunciarlo. No existía la figura de violencia de género. No existían refugios, no existía nada. Lo único que existía era la vergüenza social de una mujer separada y la pobreza segura para una madre soltera. Y Libertad ya era madre. En noviembre de 1927, mientras seguía actuando en teatro hasta los últimos días del embarazo, dio a luz a su única hija.

La llamó Libertad Mirta. Le decían ñatita en casa. Tita entre los íntimos. Y esa criatura, esa beba recién nacida, iba a convertirse pronto en el reen de una guerra silenciosa entre dos padres que ya no podían sostener nada juntos. Emilio le prohibía trabajar. Le rechazaba a contratos para que ella no actuara en el teatro Maipo, uno de los grandes escenarios de Buenos Aires. Le hacía escenas de celos.

La golpeaba, le gritaba en hoteles, le revisaba la correspondencia. Era el manual completo del marido controlador, escrito antes de que el manual se llamara así. Y Libertad, mientras tanto, era una estrella en ascenso. En 1933, con apenas 25 años, protagonizó Tango, la primera película sonora del cine argentino. Con eso bastó.

Su nombre empezó a sonar en las marquesinas, en las radios, en los discos. Una encuesta de la revista Sintonía en 1934 la coronó Miss Radio con 57,483 votos. Una cifra brutal para la época. ganaba en sueldo lo mismo que ganaban Nini Marshall, Pepe Arias y Luis Sandrini, los grandes nombres del momento, pero en casa la cosa empeoraba.

Y aquí llega el episodio que durante décadas se ocultó por orden expresa de sus abogados. El episodio del balcón era 1935. Libertad estaba de gira por Chile presentándose en Santiago. Su marido la había acompañado, no como apoyo, sino como vigilante. Los testigos cuentan que esa noche hubo una discusión brutal en la habitación del hotel, que él la insultó, la empujó, la acorraló, que ella, desesperada, hizo lo único que se le ocurrió para escapar de ese hombre que ya no era su marido, sino su carcelero. Se subió a la varanda

del balcón. y se dejó caer. Era un primer piso, no muy alto, pero alto suficiente como para terminar todo si caía mal. Cayó sobre un toldo. El toldo amortiguó el golpe y de ahí cayó encima de un hombre que pasaba por la calle y que por puro instinto intentó atajarla. Algunas versiones que nunca pudieron confirmarse aseguran que ese hombre era el músico Alfredo Malerba, que años después se convertiría en su segundo esposo.

Otras versiones lo niegan tajantemente. Lo único cierto es que Libertad salió viva, magullada, con golpes, pero viva. y los abogados le aconsejaron callar porque en 1935 en Chile intentar quitarse la vida estaba penado por la ley. Era delito. Podían meterla en la cárcel, podían quitarle la patria potestad de la hija. Entonces, la versión oficial fue otra, que se había resbalado, que era un accidente, que el balcón tenía la varanda baja.

Y así se contó durante décadas, hasta que ella misma, en su autobiografía de 1986 dejó caer la verdad en una página, casi al pasar, como quien suelta una piedra en un pozo profundo y se queda mirando cómo se hunde. Pero la tragedia de esa noche no terminó ahí. Mientras Libertad se recuperaba en una clínica de Santiago, Emilio Romero hizo lo más cruel que podía hacer un padre.

agarró a la pequeña Mirta que tenía 7 años, la subió a un tren y se la llevó a Montevideo. La cruzó el río de la plata sin avisar, sin papeles, sin permiso de la madre. Cuando Libertad llegó a Buenos Aires, su hija no estaba. Le habían robado a su hija. Imagina ese momento. Imagina el silencio de una casa vacía después de un secuestro.

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