Ahí, entre malabaristas y cantantes de dudosa afinación, Mario Moreno encontró el único lugar donde sentía que pertenecía, el escenario. No el escenario elegante de los teatros del centro, el escenario sucio y ruidoso de la carpa, donde el público no fingía entusiasmo y donde, si no hacías reír, te tiraban jitomates. Fue en ese mundo donde Mario Moreno empezó a construir el personaje que lo haría inmortal.
Fue ahí donde observó a los borrachitos del barrio, a los vagabundos, que hablaban sin decir nada, pero que llenaban el espacio con una energía particular. Fue ahí donde nació Cantinflas, un pantalón caído sostenido con una soga, una camiseta vieja, un sombrero maltrecho, dos mechones de pelo en los costados de la boca que simulaban un bigote y sobre todo la voz, una voz que hablaba y hablaba y hablaba sin decir absolutamente nada concreto, girando alrededor de las palabras sin llegar nunca al punto, con la precisión de alguien que ha observado cómo hablan
los que no tienen poder cuando intentan defenderse ante los que sí lo tienen. Cantinflas no era un payaso, era una crítica, era el retrato exacto de la burocracia, de la arbitrariedad del poder, de la impotencia del hombre común frente al sistema. Y el público lo entendía de inmediato porque el público era ese hombre común.
Recuerda esto porque es clave. Cantinflas no era solo un personaje cómico, era un espejo. Era la versión ridiculizada, pero reconocible de millones de mexicanos que cada día intentaban navegar un mundo que no estaba hecho para ellos. Por eso lo amaban con una intensidad que iba más allá del entretenimiento. Por eso, cuando Cantinflas aparecía en la pantalla, la gente en las salas de cine no solo reía, se reconocía, se veía a sí misma en esa figura desaliñada que intentaba explicar algo imposible con las palabras que tenía. Y esa
identificación, esa conexión entre el personaje y el público fue la base de un éxito sin precedentes en el cine de habla hispana. La carrera de Mario Moreno explotó con la película Ahí está el detalle en 1940. Fue el punto de inflexión que separó el antes del después. Antes era un cómico de carpa conocido en los barrios populares.
Después era una estrella nacional y en los años que siguieron, la escala del éxito fue creciendo de una manera que habría resultado inconcebible para el niño que ilustraba zapatos en Santa María la Redonda. Más de 55 películas, El Salto a Hollywood con la vuelta al mundo en 80 días en 1956. Película que ganó el Óscar a la mejor película y por la que Cantinflas recibió un globo de oro como mejor actor de comedia.
El elogio de Charlie Chaplin que lo declaró el mejor cómico del mundo. Cuentas bancarias en cuatro países. Una fortuna que en el momento de su muerte se estimaba entre 68 y 8 y 70 millones de dólares. Un rancho, una mansión en Acapulco, una hacienda llamada la purísima. El hombre que había nacido siendo el sexto de 14 hijos de un cartero, se había convertido en uno de los artistas más ricos de América Latina.
Pero mientras todo eso ocurría en el exterior, mientras la fama y el dinero se acumulaban, dentro de la vida privada de Mario Moreno había una grieta que Valentina conocía y callaba. La grieta de la infidelidad. Cantinflas no fue un hombre fiel, nunca lo fue. Fue un hombre que amó a su esposa, eso parece cierto, pero que también se permitió otros amores a lo largo de las décadas con la libertad que da la fama y con la discreción que impone el miedo al escándalo.
Valentina lo sabía y Valentina eligió quedarse, no por debilidad, sino porque entendía que a veces el amor verdadero convive con la imperfección, que a veces uno elige quedarse no porque todo esté bien, sino porque lo que hay vale más que lo que se perdería al irse. 32 años juntos, hasta que en 1966 un cáncer de huesos se llevó a Valentina con una lentitud cruel que Mario presenció sin poder hacer nada.
Y la muerte de Valentina, según los relatos de quienes lo conocieron en esa época, lo sumió en una depresión que el dinero no podía comprar y que la fama no podía disimular. Aquí viene lo que casi nadie veía. Porque mientras Valentina agonizaba con el cáncer, mientras Mario Moreno sostenía la mano de su esposa en la habitación del hospital, en esa misma casa ya vivía desde hacía 6 años un niño de 6 años al que los dos llamaban su hijo, un niño que se llamaba Mario Arturo Moreno Ivanova.
Un niño cuya historia de origen tenía dos versiones. La versión oficial, la que Cantinflas y Valentina contaban en público, decía que lo habían adoptado porque los dos eran estériles y no podían tener hijos biológicos. Era una historia limpia, una historia de amor, dos personas que no podían tener hijos y que eligieron darle un hogar a un niño que lo necesitaba.
Pero había una segunda versión, una versión que empezó a circular en los pasillos del medio artístico en los años 60. Una versión que el propio Mario Arturo confirmaría décadas después en entrevistas televisivas. Una versión que involucraba a una joven tejana, un hotel de la Ciudad de México y una historia que terminó de la manera más oscura.
posible. Recuerda esto porque es clave. En 1959, un año antes del nacimiento oficial de Mario Arturo, Cantinflas era ya el hombre más famoso y más rico del espectáculo mexicano. Tenía 48 años, vivía en una mansión, viajaba en primera clase. Era recibido en Hollywood como un igual entre iguales. Y una noche cualquiera, en el lobby de un hotel de la Ciudad de México, un botones le avisó que había una joven estadounidense que no podía pagar su cuenta.
una joven que un grupo de amigos había abandonado sin dinero en un hotel al que no podía pagar. El botones sabía que Cantinflas tenía fama de ser generoso, que nunca le había dicho que no a alguien en apuros y Cantinflas, fiel a esa reputación, pagó la cuenta. Y entre él y la joven surgió algo más que agradecimiento.
Su nombre era Marion Roberts, tenía 20 años. Venía de Texas y lo que empezó como un gesto de generosidad en el lobby de un hotel se convirtió en meses en algo que Cantinflas. no había planeado. Algo que en septiembre de 1960 produjo un resultado que cambió todo. Pero antes de llegar a ese resultado, antes de entender lo que ocurrió con Marion Roberts, hay que entender algo sobre quién era Cantinflas en ese momento, porque la historia que viene no es la historia de un hombre malo, es la historia de un hombre que tomó una
decisión equivocada y que pasó el resto de su vida intentando pagar el precio de esa decisión y que descubrió demasiado tarde que hay precios que el dinero no puede pagar. Y entonces llegó el momento que terminó de partirlo todo. Marion Roberts no desapareció en silencio. Marion Roberts se enamoró y Marion Roberts, al darse cuenta de que el hombre que la había amado no iba a dejar a su esposa, decidió hacer algo que Cantinflas no esperaba.
Algo que Cantinflas, con todo el dinero y todos los contactos que tenía, no pudo detener a tiempo. Algo que ocurrió en una habitación de hotel de la Ciudad de México y que el mismo de México pasaría el resto de su vida intentando que nadie supiera. Pero hay cosas que el dinero no puede comprar y hay secretos que por más que se entierren siempre encuentran la manera de salir a la superficie.
Marion Roberts llegó a México en el verano de 1959 con la ligereza de los 20 años y con la ingenuidad de quien no sabe todavía que ciertas puertas una vez que se abren no vuelven a cerrarse del mismo modo. Era joven, era tejana, era el tipo de mujer que en otra época y en otro contexto habría pasado por México, como pasan los turistas, dejando apenas la huella de una postal y el recuerdo de un viaje, pero el grupo de amigos que la trajo la abandonó.
La dejaron en un hotel con una cuenta que ella no podía pagar, con una maleta que no alcanzaba para mucho y con la certeza brutal de estar completamente sola en una ciudad que no era la suya. Y entonces apareció Cantinflas, no como héroe de ninguna historia, como lo que era, un hombre generoso que pagó una deuda ajena porque alguien se lo pidió y porque nunca había sabido decirle que no a quien lo necesitaba.
pagó la cuenta, resolvió el problema y debió haberse ido. Debió haber vuelto a su mansión, a su vida, a Valentina, a la fama y al dinero que lo esperaban a unas cuadras de ese hotel. Pero no se fue, se quedó y en esa decisión de quedarse, en ese momento donde el hombre más famoso de México eligió no irse, empezó todo lo que vendría después.
La relación entre Mario Moreno y Marion Roberts duró meses. No fue un encuentro de una noche, fue algo que creció, que tuvo conversaciones, encuentros, una intimidad que ninguno de los dos había planeado. Cantinflas seguía casado con Valentina. Valentina no sabía o no quería saber o sabía y miraba hacia otro lado, como había aprendido a hacer en 20 años de matrimonio con un hombre que nunca le fue del todo fiel.
Y Marion Roberts, que tenía 20 años y que estaba sola en una ciudad extraña, construyó en esos meses algo que para ella era real, un vínculo, una esperanza. La idea equivocada o no, de que ese hombre que la había ayudado cuando nadie más lo hizo podría ser algo más permanente en su vida, algo que durara.
En septiembre de 1960, Marion Roberts descubrió que estaba embarazada. Aquí viene lo que casi nadie veía, porque la reacción de Cantinflas ante esa noticia no fue la reacción de un hombre que celebra, fue la reacción de un hombre que calcula. Mario Moreno tenía 48 años. Tenía una esposa que lo amaba y que llevaba decadas a su lado.
Tenía una carrera que en ese momento estaba en su punto más alto. Acababa de regresar del éxito internacional de la vuelta al mundo en 80 días. era recibido en Hollywood como igual entre iguales. Charlie Chaplin lo había llamado el mejor cómico del mundo. No podía permitirse un escándalo. No podía permitirse que la prensa mexicana, que en esos años tenía el olfato específico de quien busca el derrumbe de los grandes, se enterara de que el mimo de México tenía una amante tejana embarazada en un hotel de la Ciudad de México. Y entonces Mario Moreno hizo lo
que hacen los hombres con poder y con miedo. Al mismo tiempo tomó el control de la situación, habló con Marion, le explicó que no iba a dejar a Valentina, le explicó que ese niño no podía ser reconocido públicamente como suyo y le ofreció algo que en ese momento parecía una solución.
Dinero, $,000, un cadilac nuevo y un salón de belleza en Houston. a cambio de la custodia del niño, a cambio de que Marion Roberts firmara los papeles y desapareciera, Marion Roberts firmó y en septiembre de 1960 nació Mario Arturo Moreno Ivanova, el único hijo de Cantinflas, registrado como adoptado, presentado al mundo como el niño que Mario y Valentina habían esperado durante décadas.
una historia de amor y generosidad, una pareja que no podía tener hijos biológicos y que le abrió las puertas de su casa a un niño que lo necesitaba. Esa fue la versión oficial, la versión que los periódicos publicaron, la versión que el entorno de Cantinflas repitió durante años, pero había una pieza que no encajaba en esa versión tan limpia, una pieza que Cantinflas intentó suprimir con la misma energía con que suprimía todo lo que amenazaba su imagen pública.
Marion Roberts no desapareció en silencio después de firmar los papeles. Marion Roberts no tomó los ,000 el cadilac y el salón de belleza de Houston y se fue a vivir su vida lejos de todo esto. Marion Roberts se hundió. El dinero que recibió no compró su paz, no compró su equilibrio, no compró la capacidad de olvidar que había entregado a su hijo a cambio de una suma que en el momento parecía suficiente y que después, cuando la realidad de lo que había firmado se instaló en su vida cotidiana, resultó ser completamente insuficiente. Marion
Roberts cayó en una depresión. Una depresión que los relatos de la época describen como profunda y progresiva. Una depresión que ningún médico de Houston logró detener. Y en algún momento de 1961, Marion Roberts, la joven tejana que había llegado a México sin dinero y que había conocido al hombre más famoso del país y que había tenido un hijo suyo y que había firmado los papeles que decían que ese hijo no era suyo, murió en una habitación de hotel de la Ciudad de México. Se había suicidado.
Recuerda esto porque es clave. Hay una pregunta que esta parte de la historia impone con una fuerza que no se puede ignorar. ¿Qué habría pasado si Cantinflas hubiera tomado una decisión diferente en el verano de 1959? Si hubiera pagado la cuenta del hotel y se hubiera ido. Si hubiera conocido a Marion Roberts y hubiera puesto una distancia que el miedo al escándalo no fue capaz de imponerle a tiempo.
No hay respuesta. Las decisiones que se toman no se deshacen y la decisión que Mario Moreno tomó esa noche en el lobby de un hotel derivó en una cadena de consecuencias que él pasó el resto de su vida intentando contener. Lo primero que hizo cuando se enteró de la muerte de Marion fue exactamente lo que hacía con todo lo que amenazaba su imagen.
Mover sus contactos para que la historia no llegara a los periódicos. Su propio hijo lo confirmaría décadas después en una entrevista televisiva. Dijo que su padre movió cielo, mar y tierra para que no se hiciera escándalo, que lo único que salió fue una fotografía, una sola fotografía, y que después de esa fotografía, el nombre de Marion Roberts desapareció de los medios tan completamente como si nunca hubiera existido.
El niño creció sin saber nada de esto. Mario Arturo Moreno Ivanova creció en la mansión más famosa del espectáculo mexicano, rodeado de lujo, de viajes, de la presencia omnipresente de la fama de su padre. Creció siendo el hijo de Cantinflas, que era en el México de los años 60 casi equivalente a ser el hijo de un rey.
Creció siendo tratado con la deferencia que el mundo reserva para los herederos de los grandes. Pero también creció con algo que ninguna mansión y ningún dinero podían comprar. creció con la presión invisible de ser el hijo de una leyenda, de saber que cada cosa que hiciera iba a medirse contra ese estándar imposible, que cada error suyo iba a leerse como una mancha sobre un nombre que millones de personas consideraban intocable.
Y cuando tenía 6 años, la única madre que había conocido, Valentina Ivanova, murió de cáncer de huesos después de una agonía que duró meses, 6 años. Un niño de 6 años que perdió a su madre y cuyo padre, sumido en su propia depresión por la pérdida de Valentina, no tenía las herramientas emocionales para sostener a ese niño de la manera que un niño de 6 años necesita ser sostenido.
La muerte de Valentina en 1966 fue el primer gran derrumbe en la vida privada de Mario Moreno. El segundo vino 12 años después, cuando Mario Arturo cumplió 18 años y su padre lo invitó a cenar. Una cena que el mismo de México había estado planeando y postergando durante meses. Una cena que Cantinflas sabía que tenía que ocurrir, pero que seguía aplazando porque no encontraba las palabras correctas.
Porque no hay palabras correctas para lo que tenía que decir. Porque no existe una manera de contarle a tu hijo que su madre biológica no era quien él creía, que nació de una relación que su padre nunca reconoció públicamente, que esa madre murió sola en un hotel y que él, Cantinflas, el hombre más querido de México, fue la razón directa de esa muerte.
Mario Arturo lo contó en sus propias palabras en una entrevista que dio a Joaquín López Dóriga en Televisa en noviembre de 2016. dijo que su padre lo invitó a cenar, que él no sabía de qué le iba a platicar y que su padre le contó la historia de Marion Roberts. La historia completa, sin omisiones, con la honestidad tardía de los hombres que han cargado un secreto demasiado tiempo y que en algún momento necesitan soltarlo, aunque ya no cambie nada.
Aquí viene lo que casi nadie veía, porque lo que Mario Arturo recibió esa noche no fue solo información sobre su origen, fue algo más complejo y más difícil de profesar. fue la revelación de que su vida entera había sido construida sobre una historia que no era exactamente la que le habían contado, que el niño amado y adoptado era también el resultado de una aventura que su padre prefirió suprimir antes que reconocer, que la madre, cuya imagen nunca pudo conocer, había muerto no de enfermedad ni de vejez, sino de dolor, y
que entre ese dolor y la decisión de su padre había una línea directa que ninguna cantidad de obras de caridad y ningún número de niños pobres ayudados podía borrar del todo. Mario Arturo Moreno Ivanova tenía 18 años cuando recibió todo eso y como hacen muchas personas cuando reciben una verdad que no tienen las herramientas para profesar, la enterró, la metió adentro, la guardó en el mismo cajón donde guardamos las cosas que duelen demasiado para mirarlas directamente y siguió adelante o intentó seguir adelante porque hay cosas que uno cree
que puede guardar indefinidamente y que después emergen de maneras que no se pueden controlar. Los años 70 y 80 fueron para Mario Arturo Moreno Ivanova los años de la construcción de una vida que en apariencia tenía todo. El apellido más famoso del cine mexicano, el acceso a los recursos de un padre cuya fortuna seguía creciendo.
El glamur de moverse en los círculos del espectáculo como hijo de una leyenda se casó en primer lugar con una mujer llamada Abril del Moral, con quien tuvo dos hijos, Mario y Valentina. Después se casó con Sandra Bernat, con quien tuvo a Mario Patricio y a los mellizos Marisa y Gabriel. Y en algún momento de esos años, en algún punto que sus exesposas y sus propios hijos ubicarían después en sus testimonios públicos, Mario Arturo Moreno Ivanova empezó a consumir cocaína.
No fue un secreto, fue algo que su entorno vio y que su primera esposa Abril del Moral, describió públicamente con una franqueza que dejó sin palabras a quienes la escucharon. dijo que los tres chicos de la familia habían consumido drogas, que Mario Arturo había sido el responsable de ese entorno, que el hijo de Cantinflas, el heredero del mismo más querido de México, era un hombre atrapado entre el alcoholismo y la cocaína y que no tenía las herramientas para ser el padre que sus hijos necesitaban.
Y aquí es donde la historia da el giro que más duele, porque en julio de 2012, Mario Patricio Moreno Bernat, nieto de Cantinflas, hijo de Mario Arturo, interpuso una demanda contra su propio padre. Tenía poco más de 20 años y lo que denunció en esa demanda quedó registrado en documentos judiciales que después circularon en los medios mexicanos.
declaró que desde los 14 años su padre lo había introducido al consumo de cocaína, que había habido noches en hoteles, en antros, consumiendo junto a su padre, que le decía que no dijera que era el nieto de Cantinflas, que la infancia de Mario Patricio, el nieto del hombre que había hecho reír a medio siglo de mexicanos, había transcurrido en esa oscuridad específica que solo conocen los hijos de los adictos.
La oscuridad de ver al padre que debería protegerte convertido en la fuente del daño. La oscuridad de crecer sin la red de seguridad que un padre debería ser. Recuerda esto porque es clave. La cadena que empezó en 1959 cuando Cantinflas tomó la decisión de no irse de ese hotel se extendió 34 años hacia delante.
Se extendió a través de Marion Roberts y su muerte solitaria. Se extendió a través de Mario Arturo y las revelaciones de la cena de los 18 años. Se extendió a través de las adicciones de Mario Arturo, que nadie detuvo a tiempo, y se extendió hasta Mario Patricio, el Nieto, que a los 14 años recibió de las manos de su propio padre el mismo tipo de destrucción que su abuelo había desatado generaciones antes.
No porque Cantinflas fuera un monstruo, no porque Mario Arturo fuera un monstruo, sino porque hay heridas que no se atienden a tiempo y que se transmiten, que pasan de una generación a la siguiente, como pasan los apellidos y los ojos. y la forma de reír, con la misma naturalidad y con la misma inevitabilidad de las cosas que nadie eligió, pero que nadie tampoco detuvo.
El 20 de abril de 1993, cuando Cantinflas murió y el país entero llenó las calles de flores, ninguno de los que lloraban sabía todavía lo que vendría después. No sabían lo de los 13,000 pesos en el banco. No sabían lo de la guerra legal entre Mario Arturo y su primo Eduardo Moreno, la paradé por los derechos de las películas.
No sabían lo de las cuentas en España, en Islas Caimán, en Nueva York, que de alguna manera entre la muerte y el funeral se habían vaciado de una manera que nadie pudo explicar. No sabían lo de las adicciones que ya estaban consumiendo a Mario Arturo desde adentro. Y no sabían que en junio de 2013, 20 años después del funeral más grande de la historia del espectáculo mexicano, un joven de poco más de 20 años llamado Mario Patricio Moreno Bernat, nieto de Cantinflas, iba a ser encontrado sin vida en la habitación de un hotel en
Talnepantla. Se había suicidado. Un hotel, de nuevo, un hotel como Marion Roberts, como si la historia con la crueldad específica de las historias que se cierran sobre sí mismas hubiera decidido que el lugar donde todo empezó también el lugar donde ciertas cosas tenían que terminar. Y entonces llegó el momento que terminó de partirlo todo, porque cuando Mario Arturo fue al banco el día después del funeral de su padre, con el dolor todavía fresco y con los papeles en la mano, lo que encontró cambió todo. No solo para él, para todos
los que amaban a Cantinflas, para todos los que creían que detrás de ese hombre generoso que donaba millones a los niños pobres, había una vida privada tan limpia como la imagen pública que había construido durante 60 años. El día después del funeral más grande en la historia del espectáculo mexicano, mientras México seguía procesando la pérdida del mimo más querido de su historia, Mario Arturo Moreno Ivanova entró a una sucursal de Banamex en la Ciudad de México.
Llevaba los documentos que lo identificaban como heredero universal. Llevaba los papeles del testamento. Llevaba la certeza de que lo que estaba a punto de reclamar era la confirmación material de una vida entera, siendo el hijo de Cantinflas. Sabía que había dinero en esa cuenta. Todo el mundo lo sabía. Su padre había acumulado durante décadas una fortuna que los que estaban cerca estimaban entre 68 y 70 millones de dólares.
Cuentas en España, cuentas en Islas Caimán, cuentas en Nueva York y la cuenta principal en Banamex, donde todos sabían que estaba la mayor parte del dinero líquido. El ejecutivo del banco lo recibió, revisó los documentos, buscó en el sistema y entonces dijo algo que Mario Arturo recordaría durante el resto de su vida con la nitidez específica de los momentos que no se pueden descreer, por más que uno lo intente.
Le dijo que en esa cuenta había 13,000 pesos. 13,000 pesos nuevos mexicanos, menos de $4,000. En la cuenta donde todos sabían que había 70 millones, Mario Arturo preguntó dónde estaba el resto. El ejecutivo no supo qué responder. No había una explicación disponible. No había un movimiento reciente que justificara el saldo.
No había una transferencia documentada que explicara como 70 millones de dólares se habían convertido en 13,000 pesos entre el momento en que Cantinflas entró al hospital y el momento en que Mario Arturo se paró frente a ese ejecutivo con los documentos en la mano. Simplemente no estaba. El dinero había desaparecido y nadie en ninguno de los bancos donde Cantinflas tenía cuentas, en ninguna de las instituciones financieras de España, Islas Caimán o Nueva York, pudo darle una respuesta satisfactoria sobre su paradero. Décadas después, Mario Arturo
lo contó en la entrevista con López Dorriga con la voz de alguien que haado el golpe, pero que nunca ha dejado de sentirlo. dijo que su padre tenía cuentas en España, en Islas Caimán, en Nueva York y en México, que al fallecer fue a los bancos a informar del deceso para congelar las cuentas y hacer los inventarios, y que en el saldo de Banamex, donde él sabía que había como 68 o 70 millones de dólares, solamente encontraron 13,000 pesos nuevos.
Aquí viene lo que casi nadie veía, porque el misterio de los 70 millones de Cantinflas no es solo la historia de un dinero que desapareció, es la historia de lo que ese dinero representaba y de lo que su desaparición le hizo a las personas que dependían de él. Mario Arturo no era un hombre con recursos propios independientes de su padre.
su vida, sus gastos, su manera de moverse en el mundo. Todo había estado construido sobre la certeza de que había una fortuna esperándolo. Y cuando esa certeza se evaporó en un saldo bancario de 1,000 pes, lo que colapsó no fue solo la economía personal de Mario Arturo. colapsó algo más fundamental, la narrativa entera sobre quién había sido su padre, la imagen del hombre generoso que donaba a los pobres y que tenía los papeles en orden y que había construido un legado sólido para su hijo, se fracturó de una manera que ninguna
explicación pública podía reparar. Y en ese vacío que dejó la fractura, en ese espacio donde debería haber habido certeza y solo había preguntas sin respuesta, Mario Arturo empezó a buscar explicaciones donde podía encontrarlas. empezó a señalar a su primo Eduardo Moreno Laparade. Eduardo Moreno Laparade era hijo de uno de los hermanos de Cantinflas, sobrino del mismo.
Y antes de que Mario Arturo fuera al banco, antes de que el saldo de 13,000 pesos cambiara todo, Eduardo ya había comenzado a moverse. ya había obtenido, según él, documentación que probaba que Cantinflas le había cedido ante notario los derechos de 39 películas, que el propio mimo en vida había decidido dejarle a su sobrino parte de su legado cinematográfico. Mario Arturo lo negó.
Dijo que su padre nunca habría cedido los derechos de nada que fuera suyo, que ese documento era fraudulento o que había sido obtenido bajo condiciones que no reflejaban la voluntad real de Cantinflas. Y la guerra comenzó. Una guerra legal que duró más de una década, que se libró en tribunales mexicanos con la intensidad de las peleas familiares, donde el dinero y el dolor van mezclados en proporciones que ningún juez puede separar completamente.
Una guerra que consumió en honorarios de abogados una parte sustancial del dinero que Mario Arturo fue recuperando a lo largo de los años con la venta de propiedades. La hacienda la purísima en Xtlahuaca. Ranchos, hoteles, casas, todo lo que se podía vender se fue vendiendo para sostener la vida y para pagar a los abogados que peleaban por lo que quedaba.
En 2014, más de 20 años después de la muerte de Cantinflas, un tribunal mexicano falló a favor de Mario Arturo en el tema de las películas. recuperó los derechos de 35 producciones, pero la victoria legal llegó tarde y costó demasiado. El dinero que debería haber estado intacto esperándolo nunca apareció. Las cuentas en el extranjero siguieron siendo un misterio que ninguna investigación resolvió de manera concluyente y la relación entre Mario Arturo y Eduardo Moreno la parade quedó destruida para siempre.
Dos hombres que compartían la sangre del mismo hombre, que llevaban el mismo apellido, aunque por ramas distintas, que habían crecido en el mismo universo de la familia Moreno, se convirtieron en enemigos sin posibilidad de reconciliación. Se fueron de este mundo sin dirigirse la palabra. Eduardo murió. Mario Arturo murió.
Y el misterio de los 70 millones sigue siendo hasta el día de hoy uno de los grandes enigmas, sin resolver de la historia económica del espectáculo mexicano. Recuerda esto porque es clave. Mientras la guerra legal se libraba, mientras los abogados cobraban y las propiedades se vendían, la vida privada de Mario Arturo Moreno Ivanova seguía su propio derrumbe paralelo.
Las adicciones que sus exesposas describían en sus testimonios no eran un secreto en el medio. Su segunda esposa, Sandra Bernat, lo demandó por haberle provocado agresiones físicas y psicológicas durante 19 años. exigió mediante conferencia de prensa la repartición del 50% de los bienes obtenidos durante el matrimonio, 15,000 pesos de indemnización y 25,000 pesos mensuales durante 8 años.
El hijo de Cantinflas, el niño amado que había crecido en la mansión más famosa del espectáculo mexicano, era en los tribunales un hombre acusado de violencia por su propia esposa. Y en julio de 2012, su hijo Mario Patricio interpuso la demanda por corrupción de menores que reveló ante la opinión pública lo que muchos en el medio ya sabían en privado, que Mario Arturo le había dado cocaína por primera vez a los 14 años, que habían pasado noches enteras juntos consumiendo en hoteles y antros, que el nieto de Cantinflas había
crecido en el mismo tipo de oscuridad que hace décadas había tragado a su abuelo biológico en forma de secreto y que ahora regresaba en forma de adicción. Apenas un año después de esa demanda. En junio de 2013, Mario Patricio Moreno Bernat fue encontrado sin vida en la habitación de un hotel en Talnepantla. Tenía poco más de 20 años.
El reporte oficial determinó suicidio y México, que 20 años antes había llorado en las calles al abuelo con una intensidad que no se había visto desde la muerte de Pedro Infante, recibió la noticia de la muerte del nieto con el silencio específico de las tragedias que son demasiado complejas, para llorar en voz alta.
Porque para llorar al nieto habría que explicar todo lo demás. Habría que explicar la cadena completa Marion Roberts, los 13,000 pesos, las adicciones, la demanda y hay tragedias que son demasiado largas para caber en un titular. Aquí viene lo que casi nadie veía, porque la muerte de Mario Patricio en ese hotel no fue solo la muerte de un joven de 20 años, fue el punto en que la cadena que comenzó en 1959 llegó a su eslabón más oscuro.
Marion Roberts había muerto en un hotel. Mario Patricio murió en un hotel, la misma palabra, el mismo tipo de espacio anónimo donde las personas van cuando no encuentran otro lugar donde estar. Como si la historia, con la crueldad de las historias que se cierran sobre sí mismas, hubiera decidido que el lugar donde todo empezó también el lugar donde ciertas cosas tenían que terminar.
Y el hombre que conectaba esos dos puntos, Mario, Arturo Moreno y Ivan Banova, vivió los 4 años que le quedaban después de la muerte de su hijo, con el peso de esa conexión que nadie le dijo explícitamente, pero que él conocía mejor que nadie. El 15 de mayo de 2017, Mario Arturo Moreno Ivanova murió de un infarto fulminante en la Ciudad de México.
Tenía 57 años y con su muerte se abrió un nuevo capítulo en la guerra por el apellido Cantinflas, porque Mario Arturo había nombrado heredera universal a su tercera esposa, Tita Marv, con quien estaba separado, pero no divorciado en el momento de su muerte. Y Tita Marvez, que heredó lo que quedaba del patrimonio de Mario Arturo, salió a decir algo que los cuatro nietos de Cantinflas recibieron como una segunda traición después de décadas de traiciones acumuladas.
Dijo que cuando Mario Arturo llegó a su vida en 2009 no traía nada, absolutamente nada, que tenía deudas, que tenía problemas legales, que tenía asuntos pendientes, que la herencia que supuestamente había recibido de Cantinflas ya no existía en términos prácticos. que los 70 millones se habían ido en la guerra legal, en los abogados, en las propiedades vendidas, en las adicciones, en las demandas, en las pensiones, en los costos acumulados de décadas de una vida que se fue desarmando pieza a pieza.
Desde el día en que Mario Arturo se paró frente a ese ejecutivo de Banamex con los papeles en la mano y escuchó la cifra que no podía ser verdad. Los cuatro nietos de Cantinflas, Mario, Valentina, Marisa y Gabriel, impugnaron el testamento de su padre. iniciaron procesos legales para recuperar los derechos de imagen, los derechos de autor, lo que quedaba del nombre de Cantinflas.
Y en esas peleas, en esas demandas y contrademantas que se van acumulando en los tribunales mexicanos, con la inevitabilidad de las historias que no saben cómo terminar, Gabriel Moreno Bernard hizo algo que sus hermanos no habían hecho. Habló. En una entrevista para el podcast No pasa nada en 2023, Gabriel contó lo que había vivido con su padre.
Contó que a los 16 años su padre lo llevó a un prostíbulo y lo obligó a consumir cocaína. Que esa había sido su introducción al mundo adulto, que el nieto del hombre, que había basado toda su imagen pública en la defensa de los pobres y los desvalidos, había crecido en una casa donde el abuso era la norma y la cocaína era el lenguaje con que el padre se comunicaba con los hijos.
Y mientras Gabriel hablaba en ese podcast, mientras sus palabras circulaban en las redes y los medios las recogían con la avidez con que los medios recogen las tragedias de los apellidos famosos, en una hacienda del Estado de México llamada La Purísima, las paredes seguían ahí. las paredes de la propiedad que Cantinflas había comprado con el dinero de sus películas y que después se había vendido para pagar abogados y que hoy funciona como hotel turístico que preserva la historia del comediante.
Un hotel, de nuevo, un hotel donde los turistas van a ver el legado del mimo más querido de México sin saber que el hilo que conecta esa tienda con Marion Roberts en su cuarto de hotel de 1961 y con Mario Patricio en su cuarto de hotel de 2013 es el mismo hilo rojo. Continúó. Imposible de cortar con el dinero, aunque el dinero sea suficiente.
Imposible de borrar con la fama, aunque la fama alcance para llenar las calles en el funeral. La historia de Cantinflas, vista en su totalidad es la historia de un hombre extraordinario que construyó el legado más grande del cine cómico latinoamericano y que al mismo tiempo tomó decisiones privadas cuyos costos no pagó él, sino quienes vinieron después, no porque fuera un hombre sin conciencia.
Cantinflas donó millones a los niños pobres. Construyó viviendas populares en la Ciudad de México con su propio dinero. Fue, en términos de generosidad pública, una figura que pocos artistas de su generación igualaron. Pero la generosidad pública y la responsabilidad privada son dos cosas distintas. Y en el espacio que existe entre las dos vivieron Marion Roberts, Mario Arturo, Mario Patricio, Gabriel y todos los demás que cargaron sin haberlo elegido las consecuencias de las decisiones que el mismo de México tomó en privado, las decisiones que tomó la
noche que no se fue del hotel, las decisiones que tomó cuando eligió el silencio sobre el reconocimiento, las decisiones que tomó cuando construyó una fortuna en cuatro países sin dejar instrucciones claras sobre cómo protegerla después de su muerte. Hay una última cosa que vale la pena decir sobre los 13,000 pes.
Nunca se supo con certeza qué pasó con el resto del dinero. Hay teorías, hay versiones, hay personas que señalan a Eduardo Moreno la parabade, que señalan a ejecutivos bancarios, que señalan a transferencias que se hicieron en los últimos meses de vida de Cantinflas, cuando ya estaba demasiado enfermo para supervisar sus propias finanzas.
Pero no hay una respuesta definitiva. No hay un culpable identificado y condenado. No hay un tribunal que haya dicho con autoridad, aquí fue. Así ocurrió. Esto es lo que pasó con los 70 millones de dólares que Mario Moreno acumuló durante 60 años de carrera. El dinero desapareció y la ausencia de una explicación es en sí misma parte del legado, parte de lo que el nombre Cantinflas significa hoy para los nietos que siguen peleando en los tribunales por los derechos de imagen de un abuelo al que la mayoría de ellos no alcanzó a conocer como persona, sino
solo como sombra, como el peso de un apellido que prometía Gloria y que entregó otra cosa completamente distinta. ¿Qué queda de Cantín Flas hoy? Queda la risa. Queda ahí está el detalle en las plataformas de streaming. Queda El Globo de Oro y el elogio de Chaplin y las 55 películas y el personaje del pantalón caído que sigue siendo reconocible en cualquier rincón del mundo de habla hispana.
Queda la estatua en Garibaldi, queda el hotel que era la hacienda la purísima, queda el recuerdo de 150,000 personas llorando en las calles de la Ciudad de México el 20 de abril de 1993. Todo eso queda y también queda la pregunta. La pregunta que esta historia no puede evitar dejar flotando. La pregunta que no tiene respuesta cómoda, ni respuesta fácil, ni respuesta que no duela.
¿Cuántas personas tienen que pagar el precio de las decisiones que tomamos en privado? ¿Cuántas generaciones carga una herida que no se atendió a tiempo? ¿Cuántos nietos tienen que crecer en la oscuridad de los errores de los abuelos para que entendamos que la responsabilidad no termina donde termina la fama, ni se detiene donde empieza el dinero, ni se cierra con un cheque o con una donación o con un homenaje póstumo de 150,000 personas en las calles, Cantinflas hizo reír a millones.
Eso es verdad, eso no se discute, eso no se puede borrar, pero también es verdad que hay personas que vivieron y murieron en el espacio oscuro de lo que ese hombre eligió no ver y que sus historias merecen ser contadas con la misma honestidad con que se cuentan las películas, sin el pantalón caído, sin el sombrero maltrecho, sin la voz que habla y habla sin llegar al punto, con la claridad brutal de quien mira una cadena completa y reconoce que cada eslabón está conectado al anterior Desde Marion Roberts en 1961 hasta Mario Patricio en 2013, desde un
hotel hasta otro hotel, desde un secreto hasta sus consecuencias. M.