Che se dio cuenta de algo terrible. Fidel no estaba apoyando la misión, la estaba dejando fracasar. Todavía no sabes lo que está por venir, porque en octubre de 1967, cuando soldados bolivianos entrenados por la CIA rodeen a Cheé en la quebrada del yuro, Fidel Castro recibirá las noticias de la captura y tomará la decisión más calculada y cruel de su vida.
no enviará ayuda, no movilizará recursos diplomáticos, no presionará internacionalmente, simplemente esperará las noticias de la ejecución que él sabe inevitable, la ejecución que él pudo haber evitado, pero eligió no evitar, porque un Che muerto le sirve más políticamente que un Che vivo y problemático. Los primeros meses de la guerrilla boliviana parecían prometedores.
Che llegó a Bolivia en noviembre de 1966. Disfrazado como un empresario uruguayo, usaba peluca, lentes gruesos. Nadie reconoció al revolucionario más famoso del mundo cuando pasó por el aeropuerto de La Paz. Se dirigió inmediatamente a Ñaguazú, una región remota y montañosa cerca de la frontera con Argentina. Allí estableció el campamento base de lo que sería su última y fatal guerrilla.
Reclutó a 50 hombres total. 17 eran cubanos veteranos de Sierra Maestra que lo habían seguido desde Cuba. El resto eran bolivianos y algunos peruanos. Che entrenaba personalmente a cada combatiente, les enseñaba tácticas de emboscada, movimientos nocturnos, supervivencia en la selva. Creía firmemente que esta vez no fracasaría como en el Congo.
Esta vez construiría el foco revolucionario que encendería toda América Latina. Durante diciembre de 1966 y enero de 1967, Che escribió varias cartas a Fidel. Necesitaba más hombres, mejores armas, equipos de radio, medicinas para su asma. Necesitaba apoyo logístico para rutas de suministro. Las respuestas de Fidel llegaban tarde, eran vagas.
prometían ayuda que nunca llegaba concretamente. Un mensaje de febrero de 1967 decía simplemente, “Estamos trabajando en conseguir lo que pedís. Ten paciencia.” Che anotó en su diario esa noche. La paciencia no gana revoluciones. La acción decisiva gana revoluciones. Estoy comenzando a pensar que Fidel no entiende la urgencia de este momento histórico.
Lo que Che no sabía era que Fidel había tomado una decisión calculada. Apoyar la guerrilla boliviana complicaría las relaciones con la Unión Soviética y otros países. Los soviéticos estaban molestos por las críticas de Che. Gobiernos latinoamericanos advertían que cualquier apoyo sería considerado agresión. Fidel estaba atrapado entre dos opciones.
Podía apoyar completamente a Che, arriesgando el aislamiento internacional de Cuba y la pérdida de millones de dólares en ayuda soviética. O podía dejar que Che fracasara solo en las montañas bolivianas, manteniendo la negabilidad diplomática perfecta que la carta de renuncia de Che había establecido. Fidel eligió la segunda opción sin dudar.
No fue una decisión emocional ni sentimental. Fue una decisión política absolutamente fría basada en cálculos pragmáticos de poder. En marzo de 1967, la guerrilla tuvo su primer enfrentamiento con el ejército boliviano. Una emboscada perfecta. Mataron siete soldados sin bajas. Che escribió, “Hemos demostrado que podemos golpear al enemigo.
” Pero ese éxito inicial resultó ser contraproducente. El gobierno boliviano, alarmado por el ataque, solicitó inmediatamente ayuda militar a Estados Unidos. La CIA respondió enviando un equipo de asesores militares especializados en guerra contra Insurgente. Entre ellos estaba el capitán Gary Prado Salmón, un oficial boliviano entrenado en Fort Bening, que sería quien eventualmente capturaría a Che.
Los estadounidenses también proporcionaron helicópteros, equipos de comunicación avanzados y entrenamiento intensivo para batallones especiales de Rangers bolivianos. Durante abril y mayo de 1967, la situación se deterioró rápidamente. El ejército cortó las rutas de suministro. Los campesinos, en lugar de apoyar a los guerrilleros, los denunciaban.
Che no entendía por qué en Cuba los campesinos de Sierra Maestra habían apoyado masivamente la revolución contra Batista. Pero Bolivia no era Cuba para nada. Los campesinos bolivianos ya habían recibido tierras en una reforma agraria exitosa de 1952. No sentían la misma desesperación económica y social que los campesinos cubanos habían sentido bajo la dictadura de Batista.
Además, muchos eran indígenas quechuas y aimaras, que no hablaban español fluidamente. Che y sus guerrilleros, mayormente hispanohablantes, no podían comunicarse efectivamente con la población local. El foco revolucionario que Che imaginaba nunca logró conectar con las masas que supuestamente debía liberar. Los [carraspeo] problemas internos se multiplicaron, varios guerrilleros desertaron.
Vicente Rocabado reveló la ubicación del campamento. Otro desertor reveló algo más peligroso, que el comandante de la guerrilla era el famoso Cheegevara. Hasta ese momento, el gobierno boliviano no estaba seguro de la identidad del líder guerrillero. Esta confirmación cambió todo. Si capturaban o mataban al Cheegev vara, sería un golpe propagandístico enorme contra el comunismo internacional.
El gobierno boliviano intensificó dramáticamente sus operaciones militares. La CIA duplicó su apoyo. La cacería del Che se convirtió en prioridad máxima. En junio de 1967, Che escribió su última carta desesperada a Fidel. Necesito urgentemente medicamentos. Necesito refuerzos. Necesito contacto con grupos revolucionarios en Argentina y Perú.
Fidel, te pido esto no como un favor personal, sino como una necesidad revolucionaria. Si esta guerrilla fracasa, el movimiento revolucionario continental sufrirá un golpe del que tardará años en recuperarse. La respuesta de Fidel nunca llegó. Che esperó semanas, nada. En su diario escribió una frase terrible.
El silencio de Fidel es más elocuente que mil palabras. Me he quedado solo para un momento. No te pierdas este detalle, porque lo que Che no sabía era que Fidel había recibido su carta y deliberadamente había decidido no responder. En los archivos cubanos que se revelarían décadas después hay un memorándum fechado en julio de 1967 donde Fidel escribe a sus asesores, “No podemos comprometer a Cuba apoyando abiertamente la operación boliviana.
La carta de renuncia de Ernesto nos da la cobertura legal necesaria. Él eligió irse. Nosotros debemos respetar esa decisión y mantener distancia. Era una racionalización perfecta. Fidel había convertido el sacrificio voluntario de Che en una justificación para abandonarlo. Durante julio y agosto, la guerrilla se desintegró.
El grupo se dividió en dos columnas sin contacto. Che comandaba 17 hombres enfermos, hambrientos y desmoralizados. Su asma empeoraba sin medicamentos. A veces pasaban días enteros caminando en círculos, perdidos en la selva tratando de evadir las patrullas del ejército que parecían estar en todas partes. Los guerrilleros comenzaron a sufrir disentería por beber agua contaminada.
Varios desarrollaron infecciones en los pies que dificultaban caminar. Che escribió en su diario, “Estamos física y moralmente quebrados. Solo la disciplina revolucionaria nos mantiene juntos. El 28 de agosto de 1967, la guerrilla sufrió un golpe devastador. Una patrulla del ejército emboscó a la columna secundaria en Bado del yeso.
Murieron nueve guerrilleros, incluyendo Tania la guerrillera, la única mujer en el grupo. Entre los documentos capturados estaba el diario de campaña de Che hasta julio. El ejército boliviano ahora conocía exactamente la situación desesperada de los guerrilleros. Sabían que estaban enfermos, perdidos, sin suministros.
Era solo cuestión de tiempo casarlos. En septiembre de 1967, Che y sus 17 hombres restantes estaban completamente aislados. No tenían contacto con el mundo exterior. No sabían que Tania y otros habían muerto. No sabían que el ejército tenía su diario. No sabían que los rangers bolivianos entrenados por la CIA estaban cerrando metódicamente el cerco.
Che escribió el 20 de septiembre, “Hoy cumplimos 11 meses de la guerrilla. El balance es negativo. No hemos logrado incorporar campesinos. La base no se ha desarrollado. Estamos aislados. Pero mientras tengamos voluntad revolucionaria, mientras tengamos fusiles, seguiremos luchando. El 8 de octubre de 1967, la columna de Che cayó en una trampa.
Estaban acampados en la quebrada del yuro cuando una campesina llamada Epifanía los vio y avisó al ejército. El capitán Gary Prado recibió la información y movió rápidamente a sus rangers para rodear la quebrada. Al amanecer del 9 de octubre, Che y sus hombres intentaron romper el cerco. Se produjo un tiroteo violento.
Varios guerrilleros murieron. Che recibió un disparo en la pierna que destruyó su carabina M2. Intentó seguir luchando con su pistola, pero otro balazo lo hirió en el brazo. El boliviano Simón Cuba gritó, “¡No disparen, soy el Cheegue Vara y valgo más vivo que muerto.” Los soldados dejaron de disparar. Sorprendidos.
Che fue capturado junto con Willy, otro guerrillero sobreviviente. Los soldados bolivianos no podían creer que habían capturado al Cheegevara. El hombre herido y sucio frente a ellos parecía un vagabundo, no el revolucionario legendario. Pero cuando el capitán Prado le preguntó su nombre, Che respondió con voz firme: “Soy Ernesto Che Guevara, comandante.
Prado ordenó inmediatamente que llevaran a Che y a Willy a la higuera. El pueblo más cercano. Che caminaba cojeando por la herida de la pierna. Cuando llegaron al pueblo, los soldados lo encerraron en la pequeña escuela rural. Era una habitación de 4 m por 3 m con piso de tierra. Habían estudiantes sentados allí solo horas antes.
Ahora era la celda del revolucionario más buscado del continente. El capitán Prado inmediatamente reportó la captura a sus superiores en La Paz. El alto mando boliviano se reunió de emergencia. También contactaron a la CIA. Todos enfrentaban la misma pregunta. ¿Qué hacer con el Cheegevara? Si lo juzgaban públicamente, se convertiría en un escenario propagandístico.
Che usaría el juicio para denunciar al imperialismo, para llamar a la revolución continental, para convertirse en un mártir viviente. Si lo enviaban a prisión, grupos revolucionarios de todo el mundo organizarían campañas para liberarlo, secuestros, actos terroristas. La única solución práctica era ejecutarlo inmediatamente y presentarlo como muerto en combate.
Esa noche del 9 de octubre, mientras Che yacía herido en el piso de la escuela de la higuera, en La Paz se tomaba la decisión sobre su destino. El presidente boliviano René Barrientos consultó con sus generales y con los asesores de la CIA. La decisión fue unánime. Chegue vara debía morir.
La orden de ejecución fue transmitida por radio al coronel Joaquín Centeno, comandante de la octava división del ejército boliviano. Centeno a su vez transmitió la orden al capitán Prado en la higuera. La ejecución debía realizarse inmediatamente antes del amanecer, antes de que la prensa internacional llegara al pueblo.
Durante sus últimas horas en la escuela, Che conversó con varios oficiales bolivianos que lo visitaban con curiosidad mórbida. Les habló de revolución, de justicia social, de la inevitabilidad histórica del socialismo. Un joven teniente le preguntó, “¿No tiene miedo de morir?” Che respondió, “He estado esperando morir en combate durante años.
Morir por la revolución es la muerte más honrosa que un revolucionario puede tener. Solo lamento no haber logrado ver el triunfo de la revolución continental.” El teniente le preguntó, “¿Tiene algún mensaje final?” Che pensó un momento y dijo, “Díganle al mundo que la revolución es imparable. Pueden matar revolucionarios, pero no pueden matar la idea revolucionaria.
A las 12:30 del día siguiente, 10 de octubre de 1967, un suboficial llamado Mario Terán entró en la pequeña escuela. Había sido elegido para ejecutar a Che porque su mejor amigo había muerto combatiendo a los guerrilleros. Terán estaba extremadamente nervioso. Che lo miró y le dijo, “Tranquilo, vas a matar a un hombre.
” Terá apuntó su carabina, pero no podía disparar. salió temblando. El coronel Miguel Aoroa le ordenó, “Es una orden, tienes que hacerlo.” Terán regresó, cerró los ojos y disparó una ráfaga al pecho de Che. Che gritó de dolor, pero no murió inmediatamente. Terán disparó varias ráfagas más. Finalmente, Ernesto Cheegevara dejó de respirar. Tenía 39 años.
Había pasado los últimos 20 años de su vida luchando por una revolución que creía inevitable y necesaria. Inmediatamente después de la ejecución, los militares bolivianos prepararon la escena para presentarla como muerte en combate. Ataron el cuerpo de Che a los patines de un helicóptero y lo llevaron a Valle Grande, el pueblo más grande de la región.
Allí lo exhibieron en el lavadero del hospital local. Periodistas y fotógrafos llegaron de todo el mundo. Las fotografías del cadáver de Che, con los ojos abiertos mirando al vacío, se convirtieron en imágenes icónicas. parecía Cristo bajado de la cruz. El revolucionario ateo se había convertido en un icono religioso.
Todavía no sabes lo que está por venir, porque cuando Fidel Castro reciba las noticias de la muerte de Che dos días después, su reacción será tan calculada y tan performativa que revelará la verdadera naturaleza de su relación. Fidel no mostrará sorpresa genuina ni dolor inconsolable. En cambio, leerá la carta de despedida de Che en televisión nacional.
Llorará lágrimas cuidadosamente calibradas y convertirá al Che muerto en el símbolo revolucionario perfecto, el mártir conveniente que un Che vivo y problemático nunca pudo ser. 12 de octubre de 1967, La Habana. Fidel Castro recibió la confirmación oficial de la muerte de Chejevara dos días después de la ejecución.
La noticia llegó a través de canales de inteligencia cubanos que monitoreaban las comunicaciones bolivianas. Fidel estaba en su despacho cuando le entregaron el cable cifrado. Lo leyó en silencio. Uno de sus asistentes que estaba presente recordaría años después. Fidel no mostró sorpresa, no mostró shock, simplemente asintió como si hubiera estado esperando esas noticias durante meses.
Fidel inmediatamente convocó una reunión de emergencia con su círculo más cercano. Había que tomar decisiones rápidas sobre cómo manejar públicamente la muerte del revolucionario más famoso del mundo después de él mismo. Algunos asesores sugirieron negar cualquier conexión con la guerrilla boliviana. Otros propusieron un luto nacional discreto.
Fidel rechazó ambas opciones. Tenía una visión más calculada y más brillante. Usaría la muerte de Che para consolidar su propio poder y crear el mártir revolucionario perfecto. El 18 de octubre de 1967, una semana después, Fidel apareció en televisión nacional. La plaza de la revolución estaba llena con cientos de miles de cubanos.
Fidel subió al podio vestido de verde olivo. Habló con voz quebrada. Compañeros, nuestro compañero Ernesto Cheeguevara ha caído combatiendo en Bolivia, pausó. Las cámaras captaron lágrimas en sus ojos. Entonces Fidel hizo algo brillante y calculado. Sacó la carta de despedida que Che había escrito en 1965. La había guardado 2 años y medio.
Comenzó a leerla. Fidel, me acuerdo en esta hora de muchas cosas. Su voz temblaba. La plaza estaba en un silencio absoluto. Fidel leyó cada palabra donde Che renunciaba a todo, donde se despedía de Fidel como hermano. Cuando terminó, alzó la vista. Ernesto eligió libremente el camino del revolucionario internacionalista.
Debemos honrar su memoria. Fue una performance magistral. Fidel logró varias cosas simultáneamente. Estableció que Che renunció voluntariamente eliminando responsabilidad cubana. Transformó a Che en símbolo abstracto. Consolidó su posición como heredero del legado revolucionario. Lloró lágrimas que servían perfectamente a sus intereses políticos.
Durante los primeros años después de la muerte de Che, Fidel construyó su culto como mártir revolucionario. La imagen del Cheé apareció en carteles por toda Cuba. Su rostro se convirtió en símbolo de resistencia revolucionaria mundial. Fidel pronunció docenas de discursos invocando el espíritu del Cheé, siempre presentándolo como el revolucionario puro que sacrificó todo.
Lo que nunca mencionó fue su propio papel en ese sacrificio. Nunca habló de las cartas que ignoró, de los suministros que nunca envió, de la decisión de dejar que Che fracasara solo. Pero había un problema que complicaba la narrativa heroica. El cuerpo de Che había desaparecido. Los militares bolivianos lo enterraron secretamente cerca de Vallegrande.
Durante 30 años nadie sabía dónde estaban los restos. Fidel intentó recuperar el cuerpo, pero Bolivia se negaba. Para Fidel esto era frustrante. Un mártir sin tumba es menos útil políticamente. En 1997, 30 años después, antropólogos localizaron los restos de Che cerca de Vallegrande. Bolivia permitió la exhumación.
Fidel organizó el regreso triunfal a Cuba. Fue un evento propagandístico masivo. Millones salieron a las calles. Los restos fueron enterrados en un mausoleo monumental en Santa Clara para un momento. Durante la ceremonia, Fidel habló sobre el heroísmo de Che, pero una frase llamó la atención. Ernesto eligió su destino libremente.
Nosotros no pudimos detenerlo. Era técnicamente cierto, pero engañoso. Fidel había facilitado su partida y luego lo abandonó. Durante sus últimos años, entre 2006 y 2016, Fidel se volvió más reflexivo. Ya no estaba en el poder, habiendo cedido a su hermano Raúl. En una entrevista de 2013, un periodista preguntó, “¿Pudo haber salvado a Che?” Fidel guardó silencio.
Finalmente respondió, “Las decisiones en el poder son más complicadas. Ernesto era un idealista. Yo era un gobernante. Teníamos roles diferentes. No era admisión de culpa ni negación.” Un asistente reveló. A veces Fidel miraba fotografías viejas de Sierra Maestra. Una vez lo escuché murmurar, éramos hermanos.
Entonces, antes de que el poder nos separara, el 25 de noviembre de 2016, Fidel murió a los 90 años. Había vivido 49 años más que Che. Nunca escapó de su sombra. Che murió joven y puro. Fidel envejeció viendo su revolución marchitarse. ¿Quién tenía razón? El idealista que murió por principios o el pragmático que vivió para ver cómo sus compromisos los socavaban.
Fidel y Che comenzaron como hermanos y terminaron como antagonistas ideológicos. Che creía en pureza absoluta de principios. Estaba dispuesto a morir antes que comprometer. Fidel creía en supervivencia a cualquier costo. Ambos caminos tienen su lógica, ambos tienen su precio. La tragedia de Che fue que el hombre que pudo salvarlo, el hombre que lo llamó hermano, tomó la decisión calculada de no hacerlo.
Fidel eligió pragmatismo sobre lealtad personal. Eligió supervivencia del estado sobre la vida de su camarada. Fue racional desde el poder, pero reveló el precio humano del pragmatismo. Hoy la imagen de Che aparece en camisetas y pósters. Se convirtió en símbolo comercializado. Irónicamente, Che odiaba el materialismo capitalista, pero su imagen genera millones.
Fidel vivió para ver su revolución estancarse en pobreza. La pureza de Che se conservó en muerte prematura. El pragmatismo de Fidel se corrolló en décadas de compromiso. Es mejor morir joven por ideales imposibles o vivir largo comprometiéndolos. Ser el mártir puro como Che o el sobreviviente pragmático como Fidel. La historia no da veredictos simples, pero revela que Fidel y Che representan dos respuestas fundamentalmente diferentes sobre cómo los revolucionarios deben relacionarse con el poder.
Esa diferencia lo separó para siempre. M.