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El Día Que El Mundo Lloró: La Verdadera Historia De Vida, Dolor, Rebelión Y Muerte De Lady Di

Desde el principio de los tiempos modernos, los incesantes medios de comunicación han llenado sus portadas principales detallando y desmenuzando los pormenores de la vida de las personas más poderosas del planeta. Es una regla no escrita del periodismo comercial: narrar y exponer las extravagancias, lujos y secretos de quienes más tienen es algo que siempre atrae la atención del público y, por consiguiente, vende ejemplares de forma masiva. En este contexto tan particular y despiadado, las innumerables vicisitudes de la realeza europea y de la aristocracia siempre representaron un cheque en blanco, un negocio asegurado para aquellos mercenarios del periodismo de corte amarillista que no dudan en sobrepasar cualquier límite ético.

Sin embargo, en medio de este circo mediático, emergió una figura que cambiaría las reglas del juego para siempre. La princesa Diana, con su innegable carisma y su aura magnética, logró cautivar a absolutamente todos en un nivel completamente diferente y profundo. Los ciudadanos británicos, tradicionalmente conocidos por su compostura reservada, demostraron sentir por ella una estima, un fervor y una devoción sin ningún tipo de precedentes en la historia de la monarquía. Muy rápido y de manera espontánea, fue coronada en el corazón de la gente como la inigualable “Princesa del Pueblo”. Y aunque muchos detractores y miembros de la prensa sensacionalista se encargaron de intentar escarbar y sacar a la luz sus más íntimas y oscuras miserias, sus fieles seguidores siempre, sin excepción, se posicionaron incondicionalmente de su lado, defendiéndola con una lealtad inquebrantable.

Diana Spencer, o como el mundo entero la inmortalizaría, simplemente “Lady Di”, gozó de una popularidad tan abrumadora e inmanejable que la antiquísima institución de la Corona británica comenzó a observarla con evidente desconfianza, temor y un profundo recelo. Hoy en día, es considerada por múltiples historiadores y expertos como la mujer más famosa y extensamente fotografiada de su época, e incluso quizás de toda la historia contemporánea. Su fascinante vida y su loable obra la transmutaron en un auténtico mito viviente que respiraba y caminaba entre los mortales. Su repentina, violenta e inesperada muerte sumió al globo terráqueo en un mar de especulaciones interminables, y las teorías de conspiración más oscuras y complejas no se hicieron esperar.

¿Se trató realmente y de forma exclusiva de un lamentable accidente de tránsito por exceso de velocidad, o hubo algo más siniestro detrás de las sombras de esa noche en París? A un cuarto de siglo de su trágica desaparición física, las interrogantes siguen resonando con fuerza, y el debate sobre un posible y elaborado homicidio sigue tan vivo como el primer día. Para comprender la magnitud de su trágico desenlace, es imperativo sumergirse profundamente en la historia de vida de Lady Di, desde su silencioso sufrimiento hasta su luminoso pero efímero estrellato.

El alba del 31 de agosto de 1997 comenzó de una manera espeluznante para uno de los hombres de su máxima confianza. Su fiel guardaespaldas, quien habitaba en un silencioso departamento en el barrio londinense de Notting Hill, escuchó unos golpes contundentes en su puerta que lo alarmaron de inmediato. Eran exactamente las 6 de la mañana y las primeras, tímidas luces del día apenas se filtraban por sus enormes ventanas. Antes de que este entrenado hombre de seguridad pudiera siquiera reaccionar o tomar su arma reglamentaria por puro instinto de supervivencia, los golpes insistieron con una urgencia aterradora. Como el excelente profesional que era, sabía perfectamente cómo mantener la mente fría en situaciones límite, pero esto no pudo evitar que un oscuro y horrible presentimiento invadiera cada fibra de su ser. Sabía que detrás de esa puerta aguardaba una mala noticia, pero jamás imaginó la colosal magnitud de la tragedia.

Al abrir, le comunicaron la noticia que paralizaría su mundo y el de millones: su amada jefa, que a esas alturas era ya una entrañable amiga, había perdido trágicamente la vida hacía apenas dos horas en una fría sala de emergencias de un hospital de la ciudad de París. Durante unos agonizantes segundos, el hombre quedó completamente petrificado. Como un torbellino, acudió a su mente la última y determinante charla telefónica que habían mantenido apenas 24 horas antes, en la que ella le había informado de un cambio de planes de último minuto. Diana le había expresado su negativa a regresar a Londres en la fecha que tenían pactada originalmente; el asedio implacable, asfixiante y agobiante de la prensa internacional había alcanzado su punto más crítico y enfermizo, por lo que ella prefirió buscar refugio y descansar unos días adicionales en la capital francesa. Tras su polémico divorcio, Diana había renunciado voluntariamente a la protección real oficial por un inmenso temor fundado a que la espiaran constantemente, depositando su confianza y su seguridad en hombres como él.

Completamente consternado, este leal servidor tuvo que tragar su inmenso dolor al recibir una orden directa e ineludible: debía viajar de urgencia y organizar, en tiempo récord, los preparativos de un enorme e histórico funeral para la persona que, sin lugar a dudas, era amada por casi toda la población del Reino Unido. Volando de emergencia en una aerolínea comercial, llegó a París. Al ingresar a la lúgubre habitación del hospital donde descansaba el cuerpo sin vida de la mujer más famosa del planeta, la indignación lo colmó. Aquella habitación carecía de cortinas adecuadas, y a través de los cristales podía ver, con total repulsión, cómo los inescrupulosos periodistas y paparazzis ya se apostaban como aves de rapiña sobre los techos de los edificios vecinos, buscando con desesperación la macabra y cotizada primicia de obtener una fotografía de su cadáver.

Rápidamente y con determinación, exigió que se colocaran gruesas mantas sobre los ventanales para frenar la morbosidad exterior y se enfrentó duramente tanto con el personal médico como con las autoridades francesas por el imperdonable y humillante poco tacto con el que estaban manejando la situación. Surgió un segundo obstáculo logístico: nadie tenía autorización para mover el cuerpo hasta que llegara el equipo funerario de alto nivel designado específicamente para muertes de semejante magnitud diplomática. Tomando el control de la situación para proteger la integridad de su amiga hasta el final, el guardaespaldas ordenó el traslado inmediato de la mujer al oscuro y apartado subsuelo del hospital, donde estaría finalmente a salvo de las miradas más perversas, morbosas e invasivas del mundo exterior. Allí, en un solemne y doloroso silencio que se prolongó durante diez largas horas, se sentó estoicamente a su lado, velando y cuidando a Lady Di por última vez.

Durante ese desgarrador lapso de tiempo en soledad junto a los restos de su jefa, los recuerdos inundaron su mente. En particular, rememoró con escalofriante precisión una carta manuscrita que la propia Diana le había entregado hace solamente dos años atrás. Las palabras impresas en aquel papel, leídas en retrospectiva, resultaban ser una oscura y acertada premonición que le heló la sangre. La misiva declaraba de puño y letra de la princesa: “Esta fase de mi vida es la más peligrosa. Mi esposo está planeando un accidente en mi automóvil… nos está utilizando en todos los sentidos de la palabra”. A pesar de su férreo entrenamiento y su duro temple, no pudo evitar sentir un intenso escalofrío recorriéndole la espalda de arriba a abajo.

La historia de esta mujer, cuya luz se apagó tan prematuramente, había estado marcada por claroscuros desde el inicio. Gracias a una serie de valientes y sinceras entrevistas que Lady Di otorgó en secreto al periodista Andrew Morton para la explosiva publicación de su libro biográfico, el mundo pudo asomarse a los detalles íntimos de su infancia. Y para sorpresa de muchos, dichos detalles no eran para nada felices, y mucho menos se asemejaban a un cuento de hadas de la alta sociedad. Diana Frances Spencer nació un 1 de julio de 1961 en Park House, en la majestuosa finca de Sandringham. Era la hija menor de John Spencer, el octavo conde de Althorp, y de su distinguida esposa, Frances Ruth.

Se crio en el seno de una familia perteneciente a la histórica y pequeña nobleza británica, conviviendo junto a sus dos hermanas mayores y a su hermano menor. Transitó los primeros y cruciales años de su existencia en la imponente residencia familiar, recibiendo una estricta educación inicial dictada en el hogar por refinadas institutrices. Si bien las fotografías que se conservan de aquellos años iniciales de su vida siempre la retratan como una niña brillante, rubia, angelical y constantemente sonriente, los recuerdos que Diana guardaba en su propia memoria dictaban una verdad mucho más cruda y sombría.

Desde una edad sumamente temprana, la pequeña Diana fue testigo involuntario de una violencia doméstica devastadora, observando con sus propios ojos cómo su propio padre abofeteaba cruelmente a su madre. Estos incidentes traumáticos precedieron al momento de quiebre definitivo, pocos días antes de que la madre tomara la drástica decisión de abandonar el hogar familiar para marcharse con el hombre con quien mantenía una relación extramatrimonial clandestina. Así se desató una prolongada, amarga, pública y dolorosa batalla legal entre sus adinerados progenitores, quienes lucharon encarnizadamente por obtener la custodia legal exclusiva de Diana y la de sus hermanos.

A lo largo de su adultez, Diana nunca tuvo reparos en describir su etapa de la infancia como profundamente traumática y dolorosa. De acuerdo a sus propias, desgarradoras palabras, en innumerables ocasiones llegó a sentirse como una enorme molestia, un estorbo indeseado para la vida de sus propios padres. Más doloroso aún fue enterarse del amargo secreto familiar: en realidad, sus padres deseaban fervientemente concebir un varón en el momento en el que ella llegó al mundo. Esta desilusión tenía una dolorosa raíz, ya que tan solo doce meses antes del nacimiento de Diana, su madre había dado a luz a un pequeño niño que, en una profunda tragedia familiar, falleció trágicamente tras contar con apenas diez breves horas de vida.

La princesa llegó a sostener con profunda convicción que, durante una inmensa parte de su niñez y juventud, la opresiva y fantasmagórica presencia de aquel hermano mayor fallecido la acosó mentalmente, atrayendo hacia ella un malestar sombrío y constante, haciéndola sentir que nunca podría llenar el enorme vacío que el bebé había dejado en la dinastía. Con la traumática consolidación del divorcio de sus padres, irrumpió en su vida una inestabilidad marcada por el constante y agotador cambio de residencia y de hogar. En un intento casi desesperado e inefectivo por apaciguar su dolor y compensar la carencia de afecto genuino, sus padres luchaban por complacerla atiborrándola de bienes y cosas materiales y superficiales. En consecuencia, su enorme habitación infantil pronto se vio abarrotada hasta el techo de juguetes lujosos y sumamente novedosos para la época, vestidos confeccionados con telas carísimas y exclusivos osos de peluche que se volvían cada vez más gigantescos. Sin embargo, en contraste directo con este opulento desborde material, las largas noches de la niña Diana eran oscuras, gélidas y repletas de una desgarradora y absoluta soledad.

Avanzando en su formación académica y personal, en el año 1968, Diana ingresó a una estricta escuela ubicada en King’s Lynn. Dos años más tarde, en 1970, se trasladó con sus pertenencias al exclusivo y riguroso internado femenino de Riddlesworth Hall. Continuando con este constante nomadismo estudiantil, en 1973 logró su ingreso en West Heath, otro prestigioso internado privado ubicado en los frondosos paisajes del condado de Kent. Para consternación de muchos miembros de la aristocracia que valoraban los títulos formales, Diana nunca demostró el más mínimo interés ni ambición por ingresar a la educación universitaria. Optó por una vía alternativa, pasando tan solo unos breves y solitarios meses en el exclusivo Instituto Alpin Videmanette, un selecto establecimiento ubicado en las frías montañas de Suiza, donde se dedicó a perfeccionar su idioma francés, además de cursar rudimentarias materias de corte tradicional como confección, taquigrafía y mecanografía. Tras abandonar dicha institución, decidió establecerse en la bulliciosa ciudad de Londres. En la capital británica llevó una vida sorprendentemente normal y mundana para alguien de su estatus; trabajó de forma esporádica prestando servicios para varias empresas menores, se desempeñó como niñera y cuidadora, viviendo una vida común y corriente hasta que, en el frío mes de noviembre del año 1977, el curso de su destino sufrió una alteración que cambiaría la historia mundial para siempre.

El hombre que se cruzaría en su apacible y sencillo camino no era otro que Carlos, el ilustre hijo primogénito de la entonces todopoderosa reina Isabel II de Inglaterra, y el indiscutido y directo heredero del histórico trono británico. Curiosamente, el primer y definitivo encuentro entre Diana y Carlos se orquestó, de manera indirecta, gracias a una de las hermanas mayores de Diana, Lady Sarah. Sarah había mantenido, durante un breve y fugaz período, un comentado romance con el propio Príncipe de Gales en aquel mismo año de 1977. En el preciso momento en que sus miradas se cruzaron por vez primera, él era un hombre maduro de 29 años, agobiado por el inmenso peso de las expectativas reales, mientras que ella era apenas una jovencita inocente de tan solo 16 años de edad. Al concluir este primer contacto, la impresión que se llevó Diana fue profunda y algo desconcertante, tanto que llegó a exclamar frente a sus íntimos: “Dios, qué hombre tan triste”.

Tendrían que transcurrir algunos años para que el destino, con sus hilos invisibles, volviera a entrelazarlos. En el caluroso verano del año 1980, la dispareja pareja volvió a coincidir casualmente en una imponente casa de campo, propiedad compartida de un círculo de amigos que tenían en común. La agenda del día dictaba ocio y relajación; por la soleada mañana, la alta sociedad allí congregada había organizado y disfrutado de un tradicional partido de polo ecuestre. Luego, el ambiente se tornó más distendido y disfrutaron de un suculento almuerzo estilo barbacoa al aire libre. Fue en ese preciso escenario posterior, mientras ambos se encontraban sentados de manera informal sobre un rústico fardo de heno, cuando Diana y el futuro rey Carlos comenzaron a charlar de manera genuina, conectando a un nivel inesperado. El príncipe se encontraba atravesando un momento de tremenda vulnerabilidad emocional; aún estaba profundamente afligido, destrozado y atormentado por el reciente y violento asesinato de su amado tío y mentor, Lord Mountbatten, quien había sido asesinado por las fuerzas rebeldes del IRA apenas un año antes en un atentado con bomba. Mostrando una inmensa y cálida empatía que la caracterizaría por el resto de su vida, la joven Diana le confesó con tono suave que lo había observado atentamente a través de las transmisiones de televisión durante el solemne y masivo funeral, y que, en medio de la multitud, él le había parecido un hombre que se veía sumamente solo y desamparado. Acto seguido, con la inocencia y bondad que la definían, le susurró unas palabras que cambiarían todo: “Alguien debería cuidar de ti”. En ese instante íntimo y cargado de una poderosa tensión emocional, se fundieron en el que sería su primer e histórico beso. Así, casi sin preverlo, daba su verdadero comienzo uno de los romances reales más famosos, mediáticos, pero a la vez letales y mortales que el mundo jamás haya presenciado.

A partir de ese punto de inflexión, el príncipe Carlos comenzó a incluirla de forma constante en su sofisticada agenda, invitándola reiteradamente a ostentosas funciones de ballet clásico y a magistrales presentaciones de ópera en los mejores teatros. Curiosamente, a pesar del evidente cortejo romántico, jamás compartían citas verdaderamente a solas en la intimidad; de acuerdo a los férreos y asfixiantes protocolos, siempre debían estar fuertemente rodeados de amigos, guardaespaldas y personal real. No obstante, Diana no tardó en brillar con luz propia, logrando deleitar, encantar y cautivar a absolutamente todos los miembros de la corte y la familia real con su desbordante simpatía, su frescura y su inigualable espontaneidad. En la superficie, ella parecía representar a la candidata ideal, un diamante en bruto, la mujer inmaculada y perfecta para contraer matrimonio y convertirse de la noche a la mañana en la flamante y adorada Princesa de Gales. La fría y calculadora institución monárquica asumió, con un inmenso y fatal error de cálculo, que al tratarse de una joven tan inocente, inexperta e ingenua, sería también un peón perfectamente maleable, dócil y fácil de manipular a su entero capricho. Poco imaginaban lo monumentalmente equivocados que estaban al subestimar el espíritu resiliente e indomable que anidaba en el interior de esa adolescente.

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